JANIS MULLIGAN

 

La rendición del Padre Ortega

Ángela introdujo la llave en la cerradura de la puerta del pequeño apartamento, pero aunque escuchó el pestillo correr, la puerta no se abrió. Indudablemente el gran cerrojo interno estaba echado, lo que la hizo maldecir entre dientes. Ginger se había encerrado intencionadamente, negándole la entrada. Podía desencajar la puerta fácilmente, pero no estaba dispuesta a llamar la atención de los vecinos a las cinco de la madrugada.

Ya se temía una reacción así. Ginger había dejado el club en plena noche de Halloween, cuando estaba lleno de clientes, y se había encerrado en casa. No era para menos, se dijo la vampiresa. Había visto como sus colmillos crecían en su encía, cuando la pasión que había sentido con el señor Talmión y su esposa anuló el control que Ángela mantenía sobre su cuerpo. Aunque había querido correr tras ella, se quedó para cubrir la ausencia de la tailandesa. Después de eso, la preocupación había ido creciendo en ella y no quiso enfrentarse a las explicaciones que tendría que dar. Había estado dando largas al asunto hasta que el club cerró y no le quedó más remedio que volver a casa.

“¡Cobarde!”, se dijo. Así que bajó de nuevo la escalera y accedió al estrecho patio interior usando la puerta de abajo por primera vez. Como una araña humana, trepó ágilmente hasta la ventana de su dormitorio.

El mismo día en que Ángela se vino a vivir al apartamento, se preocupó de romper el mecanismo del cierre de la ventana, impidiendo así que pudiera bloquearse. Le gustaba tener siempre una salida de escape, o, en este caso, de entrada.

—    No entres… no doy permiso para pasar – le habló una voz algo estrangulada desde las sombras, al empujar las hojas de la ventana.

Ginger estaba esperándola, recostada en su cama. ¿Eso significaba algo? ¿Le daba esperanzas? No estaba segura. Tragó saliva y bajó un pie hasta tocar el piso de madera.

—    Eso no funciona realmente, Ginger – dijo en voz baja. – Sólo en las pelis…

Ginger sorbió ruidosamente en la oscuridad. La vampiresa olio las lágrimas de su amigas más que verlas.

—    ¿Eres un kin-jin? – preguntó en un tono asustado.

—    ¿Qué es eso? ¿Algún tipo de fideos chinos? – bromeó Ángela, pero sin atreverse a moverse de la ventana.

—    Mi abuela contaba historias sobre las Cortes Doradas… las criaturas sobrenaturales que dominan las montañas de Tailandia. Unos seres que fueron humanos una vez pero que se… corrompieron cuando sus… almas se negaron a abandonar este mundo. Son los kuei-jin, el Pueblo Demonio. Tú eres kin-jin, un demonio occidental… Abuela decía que para mantener aspecto humano y vivir entre nosotros, debían tomar sangre, cuanto más inocente mejor.

—    Sí. Parece que cada cultura de la Tierra tiene sus propios mitos sobre vampiros – asintió Ángela.

—    Vampiros… – musitó su compañera, recogiendo las piernas y haciéndose una bola. — ¿Eso es lo que eres?

—    Algo parecido, Ginger, pero te juro por mi vida que no te voy a hacer daño… jamás.

—    Vi tus afilados dientes… ¡Dioses, le he dado cobijo a un monstruo! – sollozó la asiática.

A Ángela se le encogió el corazón al escucharla. Quiso avanzar hasta su amiga y abrazarla, pero se quedó estática, clavada en el lugar donde se encontraba, abrumada por la decepción que percibía en Ginger.

—    Sí, lo soy – susurró, dejando caer la cabeza hacia delante. Una cortina sedosa y rubia cubrió sus facciones.

—    Por eso duermes de día como muerta… por eso mismo te mueves con esa facilidad cuando bailas…

—    Sí, y también es la razón por la que acepto que los clientes me toquen – confesó Ángela.

—    ¿Te alimentas de ellos? – se asombró Ginger, al comprender.

—    Sí, aunque no necesito mucha sangre… apenas unos doscientos centímetros cúbicos cada dos o tres días – Ángela dobló las rodillas y se dejó resbalar hasta el suelo, donde se quedó sentada, abrazándose las rodillas. – Hago que no recuerden nada y se marchen felices.

—    ¿También controlas mi mente? – la congoja era evidente en la voz de Ginger.

—    ¡NO! No lo haría nunca… cariño – Ángela bajó la voz tras la explosiva negación. – He pensado en ello al venir hacia aquí… quería que todo siguiera igual que antes, de verdad… pero no puedo hacerlo porque, entonces, ya no serías tú, ¿no?

—    Cierto, ya no sería yo – cabeceó Ginger, limpiándose las lágrimas de las mejillas.

—    La sangre no es para mantenerme humana, ni siquiera sirve para alimentarme. De hecho, ya me has visto comer y beber de todo…

—    ¿Entonces?

—    La necesito para recargarme… para mantener ciertas habilidades… – dejó escapar la vampiresa casi en un silbido.

—    ¿Habilidades? – Ginger enarcó una ceja en la penumbra.

Ángela no contestó. Se limitó a extender una mano, atrayendo hasta la palma el poderoso calor de su cuerpo. Unas llamas azuladas se elevaron sin un solo sonido, pero hicieron que Ginger saltara de sorpresa.

—    ¿Qué has hecho? – la pregunta se asemejó a un quejido más bien. Se mantenía de rodillas, con los dedos clavados en el colchón, totalmente en tensión.

—    Se llama pirokinesis – explicó Ángela tranquilamente. – Es la capacidad de la mente para controlar el elemento fuego, un fuego que recorre mi cuerpo, mis venas, desde que cumplí los catorce años. Para esto necesito la sangre, para reavivar el fuego, para que no se extinga – acabó, pasando las llamas de una mano a otra.

—    Por mis antepasados… eso es… ¡magia!

—    No, no es nada sobrenatural, aunque debo confesar que yo también lo creía hasta hace bien poco. Me han explicado que pertenecemos a una raza más vieja que la humana, llamada adanita…

—    ¿Pertenecéis? ¿Hay más como tú?

—    Por ahora, solo conozco a uno – Ángela agitó la mano, apagando el fuego como si se tratase de una gran cerilla. No quería pensar siquiera que Cuero Viejo también era de los suyos. Ese ser aún la aterraba. – Para mí también es nuevo. He vivido sola durante muchos años, creyéndome única, una criatura depredadora… por eso tuve que abandonar a mi familia. Mis padres eran absolutamente humanos…

Ginger rebulló y relajó un tanto la postura. La vampiresa distinguió, en la oscuridad, el pijama de franela, de dos piezas, que cubría el cuerpo de su amiga y que la resguardaba del frío de noviembre que entraba por la abierta ventana. La asiática palmeó un par de veces el colchón, haciéndole saber que la permitía sentarse a su lado. Con una sonrisa, Ángela se reunió con ella en su propia cama. Intuyó que lo peor había pasado, pero que aún quedaba charla entre ellas.

—    No soy una criatura de leyenda, Ginger. Ojala, así sería quizás más fácil – le susurró, posando una de sus manos sobre el dorso de la que la tailandesa tenía apoyada en el colchón. – Es que no soy totalmente humana, digamos una mestiza, pero no tengo ni idea de en que proporción.

—    ¿Adanita? ¿Provienes de Adán? – susurró a su vez Ginger, como si cuchichearan confidencias en una silenciosa iglesia.

—    Supongo que sí, aunque no lo sé cierto. El otro chico adanita que conozco posee unos dones totalmente diferentes a los míos.

—    ¿Qué puede hacer? – preguntó Ginger, abriendo bien sus rasgados ojos.

—    Cambia su cuerpo a un animal, un lobo…

—    ¡Joder! ¡Una vampira y un hombre lobo! ¿Estás de coña?— exclamó Ginger, mirándola fijamente.

—    Pues no, pero es algo un poco más lioso… además, es apenas un crío. Acaba de Despertar hace poco…

—    ¿Qué sabe él? ¿Le has preguntado? ¿Por sus padres, su familia? – más calmada, la mente de Ginger empezaba a funcionar.

—    Nada, le pasa como a mí – negó Ángela. – Toca de oído…

—    ¿Toca con la oreja? – Ginger arrugó su preciosa naricita al mirarla.

—    Es una expresión, Ginger. Significa que aprende al hacer las cosas por primera vez.

—    Ah – los ojos de la asiática se clavaron en el contorno de su compañera, como si pudiera verla en la oscuridad. — ¿Ángela?

—    ¿Sí?

—    ¿Tienes hambre ahora?

—    Me comí un sándwich en el club – bromeó la rubia. – Pero si te refieres a la necesidad de sangre… no. La satisfice ayer.

—    Bien – asintió Ginger varias veces con la cabeza. — ¿Me lo harás saber cuando te ocurra?

—    Si es lo que quieres…

—    Sí, quiero saberlo.

—    Está bien, lo haré – se encogió de hombros la vampiresa.

—    ¿Me presentaras ese chico? – esta vez la pregunta sí que la cogió por sorpresa.

—    ¿Para qué quieres conocerle? ¿No tienes miedo?

—    Oh, ya creo que sí. Estoy cagada, pero… también preocupada – contestó, agitando las manos.

—    ¿Preocupada, por qué?

—    Por ti.

Ángela se quedó con la boca abierta, muda de sorpresa. La tailandesa esbelta y menuda se preocupaba por ella, ¡por una vampiresa letal!

—    ¿Por mí?

—    He intentado verte como monstruo, como criatura del demonio – Ginger le tomó la mano, intentando ver la chispa azul de sus pupilas en la oscuridad. — He querido odiarte para echarte lejos, para mandarte a mierda… pero no puedo. Sigues siendo tú, la preciosa Ángela, la que me mece al despertar, la que me hace reír cuando estoy triste y echo de menos casa en Namh. No puedo odiarte porque te quiero con toda alma.

El pecho de Ángela se inflamó con una sensación desconocida, como si el fuego interno se acumulara allí y quemara lentamente su corazón, al mismo tiempo que la meciera en un arrullo armonioso que sólo ella pudiera escuchar.

—    Oh, Ginger, mi dulce muñeca oriental… perdóname por tanto engaño y embuste – balbuceó Ángela, abrazando a su amiga, con la barbilla temblorosa. – He soñado con decírtelo muchas veces, pero siempre me reprimía el temor de que te asustaras y no quisieras verme más.

—    Bueno, bueno, pero si pones cara rara y ojos de zombi, te mando a la mierda, eh – gruñó la asiática, con la barbilla sobre el hombro de Ángela.

—    Hecho – rió ésta, besando la suave mejilla de su amiga.

—    ¡Venga, a la cama! – exclamó Ginger, apartando la ropa de la cama y metiendo los pies bajo el nórdico.

Ángela se puso en pie y se desnudó completamente en dos segundos y se reunió con su compañera.

—    Ahora comprendo por qué estás siempre tan calentita y no tienes frío nunca, nunca – los pequeños dientes de Ginger brillaron en la penumbra.

—    Ya ves… es algo que traigo de serie.

—    Cuéntame más cosas de tu gente – le susurró Ginger al oído, abrazándose a ella.

El amanecer las sorprendió abrazadas. Ángela susurraba anécdotas de su larga vida, encandilando aún más a una muy sorprendida Ginger, quien no daba crédito a la edad que decía tener su amiga. ¡Sesenta años, nada menos! De vez en cuando, la tailandesa la interrumpía con una pregunta o con unos suaves besitos en los labios, que le hacían saber a la vampiresa que todo lo ocurrido ya estaba perdonado pero no olvidado.

* * * * * * * * * * *

 

14 de noviembre de 2013.

Aunque eran apenas las cuatro de la tarde, Ángela despertó con el ruido que estaba haciendo Ginger en el cuartito de la lavadora. Se levantó y retiró con cuidado la gruesa cortina que cubría la ventana. El cielo estaba totalmente cubierto de nubes preñadas de agua, oscuras y ominosas, que presagiaban una buena tromba en poco. No había sol que traspasara esa cubierta natural y, por ello, Ángela se sentía más activa y lúcida.

—    ¿Qué haces? – susurró la vampiresa, saliendo completamente desnuda del dormitorio y situándose a la espalda de su compañera, quien saltó en un gran repullo.

—    ¡Coño, Ángela! ¡Me matas cualquier día de susto! – se quejó la tailandesa, con unas zapatillas de paño en la mano.

—    Perdona – se excusó, sonriendo.

—    ¿Ya despierta? Muy pronto, ¿no?

—    No hay sol, tonta. Es lo bueno del invierno – se encogió de hombros Ángela, mirando como su amiga metía aquellas zapatillas usadas en el interior de una gran caja de cartón. — ¿Vas a ir a la casa parroquial?

—    Sí. He conseguido zapatos usados de todos los vecinos. Voy a llevar esta caja para recogida de ropa. ¿Acompañas?

Ángela volvió a encogerse de hombros. En estas dos últimas semanas, tras su confesión, Ginger se había tomado muy en serio lo de colaborar con el grupo de voluntarios que ayudaban al padre Ortega. Ángela no estaba muy segura del por qué, ya que Ginger no era ni siquiera cristiana, pero estaba segura de que tenía algo que ver con lo que ella era y con una especie de promesa redentora que la tailandesa se había hecho a sí misma.

El caso era que Ginger había estado en la casa parroquial en dos o tres veces ocasiones en las últimas semanas, participando activamente en los diversos programas que el joven padre mantenía para sus feligreses: grupos de apoyo, ayuda a la comunidad, recogida de ropa usada, juguetes para niños desamparados, y, además, se estaba iniciando un pequeño comedor social en el que cocinaba diversas vecinas.

El padre Ortega estaba contentísimo de haber reclutado a la bailarina tailandesa, aunque no compartiese su fe, y no dejaba de preguntarle, cada vez que la veía, si su amiga rubia no estaría dispuesta también a participar.

—    No me gustan las iglesias – le respondió Ángela cuando Ginger se lo comentó.

—    ¿Te afecta la cruz?

—    Solo cuando está en terreno sagrado. Una cruz colgada de una de estas paredes – explicó, señalando hacia uno de los cuadros del apartamento – no me diría más que esa reproducción. Pero en una iglesia… no estoy segura, nunca me he atrevido a entrar en una por lo que pudiese pasar, ¿sabes? Pero siento que es así, o al menos lo intuyo. Cuando veo la veleta de los Santos Mártires me tiembla todo el cuerpo… no es nada agradable, te lo aseguro.

—    Pero… ¿en la casa parroquial también? – inquirió Ginger, con preocupación.

—    No sentí nada la otra vez que estuvimos – reconoció Ángela. – Está bien, iré contigo. Puede que me divierta… de todas formas, el padre Ortega es bastante guapo…

—    No seas mala, Ángela – la amonestó su amiga.

—    ¿Qué? ¿Es que crees en el celibato de los sacerdotes católicos, o en el de los monjes budistas?

—    No, el celibato es algo innatural, pero…

—    ¿Entonces? – preguntó Ángela, con los brazos en jarra.

—    El padre Ortega es una buena persona. No vayas a…

—    ¿Pervertirle? – Ángela esbozó una traviesa sonrisa.

—    Bueno, ya sabes… ten cuidado.

—    Uuuuy… ¿no estarás celosa, cariño? – la abrazó la vampiresa, besándola en la mejilla.

—    Quita, quita – se debatió la tailandesa, sonriendo a su vez.

Cuando Ángela se enfrentó de nuevo a la veleta en forma de cruz gótica de la iglesia de los Santos Mártires, no sintió tanto recelo como la última vez. Quizás fuera por el día gris y ventoso que no dejaba de hacerla girar; quizás por haber hablado de ello con Ginger. El caso era que no le afectó más que contemplar una fea obra de arte sobre la pared de un museo, lo cual consideró todo un triunfo.

Ángela llamó al timbre de la casa parroquial y Ginger se quedó detrás de ella, sosteniendo la gran caja de cartón llena de zapatos usados. Un bello rostro sonriente apareció al abrirse la puerta. Un rostro recubierto de un espeso cabello cobrizo ensortijado que se mantenía anudado sobre el occipital, y unas hermosas pupilas verdosas brillaron al posarse sobre la tailandesa.

—    Hola, Ginger – sonrió aquella chica que no parecía tener más de veintitrés o veinticuatro años. Ángela la contempló con curiosidad, pues su compañera no le había hablado de ella.

—    Hola Ruth. Traigo zapatos – Ginger agitó la caja para que resonase. – Ésta es mi compañera de piso, Ángela. Ella es Ruth, una voluntaria.

—    Hola – respondió Ángela, alzando una mano en un saludo comanche. – Vives por la zona, ¿no?

—    Sí, en calle l’ Argentería, aquí cerca – respondió la chica con una sonrisa de lo más cordial y echándose a un lado para que pudieran pasar.

Allí dentro, se encontraron con mucha gente en la gran sala principal de la casa. Todos los muebles que Ángela vio allí la primera vez, estaban retirados contra una de las paredes y cubiertos de innumerables cajas de cartón vacías. Varios montones de objetos salpicaban el suelo de la sala. Uno de ellos estaba formado por ropa masculina, otro con ropa evidentemente femenina. Un pequeño cerro de zapatos de todos los estilos y tamaños, todos unidos con sus pares por los cordones o bien con cinta americana, se alzaba cerca de ellas.

Ginger plantó su caja delante y se arrodilló para comenzar a sacar zapatos usados y emparejarlos antes de echarlos con el resto. A su lado, Ángela aún miraba a la recién conocida Ruth, quien se había unido a dos mujeres de mediana edad que examinaban otro cerro de juguetes.

—    ¿Amiga tuya? – le preguntó a Ginger, arrodillándose a su lado.

—    La conocí la semana pasada.

—    Es muy guapa… y te come con la mirada.

—    ¡Venga ya! – agitó una mano la tailandesa, quitándole importancia. – Solo es otra voluntaria. Además, está casada…

—    Como si eso importara…

—    ¡Mira quien tenemos aquí! – exclamó una voz masculina al otro extremo de la sala.

El padre Ortega dejó en el suelo dos grandes bolsas de plástico negro, de las que se hizo cargo un hombre ya anciano. El sacerdote, tras darle las gracias al caballero, avanzó hasta situarse al lado de Ángela, quien se alzó del suelo inmediatamente. El padre Ortega tomó su mano y la apretó cálidamente.

—    ¿Tu compañera te ha convencido para venir?

—    Algo así – sonrió Ángela, mirando aquellos ojos ensoñadores.

—    Necesitamos mucha ayuda, así que todas las manos son bienvenidas.

—    Me hubiera gustado donar mi ropa más antigua, pero no creo que encajara… a no ser que se destinara para prostitutas – dijo Ángela con un tono incisivo que hizo que el codo de Ginger se clavara en su costado, al ponerse en pie a su lado.

—    Seguro que dispones de otras cualidades que no dependan de tu indumentaria – repuso el cura, echando un rápido vistazo a la breve minifalda de la chica.

—    Sí, sí, ella buena chica – barbotó Ginger.

—    Claro, claro… hasta estuve en un colegio privado – sonrió Ángela, como si no hubiera roto un plato nunca.

—    ¿En qué te gustaría ocuparte? – preguntó el padre.

—    En lo que usted ande metido, padre. Úseme a su total disposición – Ginger cerró los ojos al escuchar la provocación de su compañera.

—    Bueno, ya veremos. De momento, ayuda a Ginger a clasificar los zapatos por números. Hay plantillas de medidas en ese cajón.

—    Sí, señor – Ángela se cuadró y se llevó una mano a la sien, en un fingido saludo militar.

—    Mala puta… has tardado sólo un par de minutos en insinuarte al padre – musitó Ginger en cuando el sacerdote se alejó.

—    ¿Por qué esperar? Me reitero en mi impresión de que está muy bueno, aunque creo que el curita va hacerse de rogar… ya verás…

 

* * * * * * * * * *

29 de noviembre de 2013.

El mes de noviembre, según Olivia Infante, era un mes de ahorro, de quedarse en casa, y más si venía tan frío y lluvioso como el que estaban viviendo. Los clientes del club se hacían más reacios a gastar e incluso a salir, ahorrando para los próximos gastos de Navidad. Todo eso se traducía en que Ginger tenía más tiempo libre y, con ello, arrastraba a su amiga muchos más ratos en la casa parroquial.

Para Ángela no suponía un problema demasiado serio, pero sencillamente se aburría muchísimo en ocasiones. Pero estas oportunidades la habían demostrado que las cruces en la casa parroquial no la molestaban, ni siquiera el pequeño crucifijo que el padre Ortega llevaba al cuello. Se hizo la promesa de que cualquier día se decidiría a entrar en la misma iglesia y comprobar qué pasaría.

Acudía a estas reuniones de voluntarios porque no quería defraudar a Ginger, no ahora que las cosas habían mejorado de tal manera. Así que cerraba la boca y la acompañaba. Claro estaba que siempre maquinaba alguna travesura, sólo para divertirse, y algunas bromas eran de aupa, pero todo el mundo sonreía. Eso hizo que tomara mayor confianza con todo el personal voluntario y, sobre todo, con el guapo sacerdote. El padre Ortega reclamaba cada día más su atención. Parecía gustar de su compañía y colaboración, y Ángela se entretenía en insinuarse cada vez más, de forma descarada.

Otro hecho a tomar en cuenta era la amistad de Ruth. Aunque fue Ginger la primera en consolidar tal confianza, no tardó en contagiarla a Ángela. Ruth era una mujer simple y bastante ingenua. Su amistad era sincera e intensa, lo daba todo y no pedía apenas nada a cambio. Parecía muy necesitada de compañía, de tratar con otras personas, y no tardó en presentarse algunas tardes en el apartamento de las chicas, llevando un pastel casero o magdalenas horneadas por ella. Tomaba café con Ginger y charlaban hasta que Ángela despertaba y se levantaba. Entonces, acudían juntas a su tarea de voluntarias. Una vez, se la llevaron de tiendas y Ruth chilló, alborotó y rió como una cría pequeña, emocionada por ir con ellas.

Todo eso quería decir algo concreto, pero Ginger no quiso indagar más en el tema. Cuando Ángela insistió, le dijo que Ruth se abriría a ellas cuando lo necesitase. Por otra parte, Ruth era increíblemente crédula y aceptaba todas las excusas que Ginger le daba sobre el comportamiento de Ángela. Así que ésta no tuvo más remedio que aceptar su presencia y su amistad. Aún veía ese interés por Ginger en los ojos de Ruth, pero acabó comprendiendo que se trataba de admiración más que deseo; una admiración que también parecía encontrar en la vampiresa.

Volviendo de nuevo al tema del sacerdote… A pesar de los largos ratos que Ángela pasaba trabajando al lado del padre Ortega y de todas sus insinuaciones, el hombre de fe no había caído en su juego. Se hacía el despistado o sencillamente el total ignorante en algunos casos, haciendo caso omiso de las cada vez más directas puyas de la bailarina rubia. Y eso la estaba empezando a cabrear, sinceramente.

Había que decir que Ángela no sentía una atracción fatal por el cura, ni mucho menos. No, en realidad todo el asunto había comenzado como un juego, una pequeña travesura para combatir el tedio que sentía entre las paredes de aquella enorme casa parroquial. Sin duda, ese juego había ido mutando a algo más obsesivo al transcurrir los días.

Para Ángela, el hecho se convirtió en una especie de cuestión de honor el tentar al padre con los placeres carnales. Pero el sacerdote se resistía mucho más de lo que jamás hubiera pensado, incluso llegó a pensar que podía ser gay. Sin embargo, se fijaba demasiado en sus piernas y en su escote como para situarse en la acera de enfrente.

Así que había llegado el momento en que Ángela estaba dispuesta a poner toda la carne en el asador. La ocasión propicia vino con el repaso de las cuentas anuales de la parroquia, antes de enviarlas al archivo del obispado. Ángela y el padre Ortega se encontraban a solas en el pequeño despacho de la planta baja. Éste se situaba a la trasera de la señorial casa, alejado del gran salón usado para los cursos y reuniones de la comunidad, así que era poco probable que les molestasen los demás.

Ángela se sentaba al otro lado del viejo escritorio de caoba, frente al concentrado sacerdote. Su tarea era separar las facturas por meses, organizando pequeños y ordenados montones, y dictar al padre Ortega, al que ya llamaba Manuel, las cantidades reseñadas.

Aquel día, lo designara el destino o fuera causa fortuita, Ángela portaba una amplia falda más larga de lo habitual, justo por encima de la rodilla. Sobre las seis y media de la tarde, hora a la que anochecía, la bailarina pidió permiso y fue al cuarto de baño, donde se despojó del brevísimo tanga que llevaba. Con una sonrisa de sátrapa, regresó al despacho y ocupó de nuevo su lugar, pero esta vez procurando abrirse más de piernas.

De igual forma, colocó su silla algo más retirada del escritorio y en vez de tomar las facturas de una en una, como estaba haciendo, se agenció con todo el montón de un mes, dejándolo sobre su regazo. A cada factura que leía, su falda iba izándose apenas un centímetro, pero era un centímetro de hermosa pierna desnuda, ya que Ángela no utilizaba medias más que cuando debía enseñarlas, o sea lencería fina con liguero para provocar en el trabajo.

No pasaron más que unos escasos minutos cuando percibió la interesada mirada del joven cura sobre sus piernas. Sonrió mentalmente y siguió dictando, pero tuvo buen cuidado de separar aún más los muslos.

El padre Ortega se obligó a apartar la vista de aquellas tersas piernas juveniles, inmaculadas en su perfección y palidez. Hizo un intento de advertirla, quizás de reprenderla por su descuido, pero las palabras no pasaron de su garganta, silenciadas por ese pequeño demonio que era el instinto primario. Su condición de macho primó instintivamente sobre su adquirido estado de hombre de fe.

Anotaba las cantidades que Ángela le facilitaba de forma automática, utilizando tan sólo una pequeña parte racional de su mente mientras sus ojos devoraban ansiosamente cada centímetro de blanca piel que la chica dejaba entrever “involuntariamente”. Aquella chiquilla le intimidaba como nadie que hubiera conocido, con sus pícaras insinuaciones, con su actitud provocativa… Desde el primer día en que la conoció, supo ver en ella una hembra tentadora y experimentada que nada tenía que ver con su juventud.

“Esa niña parecía haber nacido para follar”, se dijo entonces, pero ahora estaba cada vez más seguro de que “había nacido follando en vez de traer un pan bajo el brazo”. La abierta sexualidad que demostraba y la profesión a la que se dedicaba, confirmaban esta impresión.

El padre Ortega se mordió el labio cuando un nuevo movimiento de Ángela expuso el íntimo pliegue de su entrepierna. A los ojos del sacerdote, que sólo había tenido tres experiencias sexuales definitivas en su vida, fue toda una visión celestial, digna de la más hermosa “madonna”. Sin embargo, aún no estaba seguro, dada su poca experiencia, qué era exactamente aquel grueso surco abultado en la carne femenina. Apostaba en que se trataba de la parte más baja e interna de los cachetes del trasero. Sin duda, Ángela estaba sentada muy reclinada, apoyando la parte superior de sus nalgas, y de esa forma, mostraba parte de su culito. Pero, entonces, una súbita idea rebotó con fuerza en las paredes de su cerebro… ¿y la ropa interior? ¿Llevaría uno de esos diminutos tangas que se perdían entre las intimidades femeninas?

Tragó saliva con dificultad cuando, unos segundos después, reconoció finalmente aquel pliegue. Eran los hinchados y cerrados labios mayores de una hermosa vulva sin asomo de vello. ¡Por Dios, Ángela no llevaba bragas!

Ya no le quedó duda alguna sobre el extraño y sensual juego de la chiquilla. No estaba jugando a tentarle con traviesas insinuaciones, no, nada de eso. Era toda una diablesa empecinada en destrozar su honra, su virtud… y, lamentablemente, el padre Ortega sabía que carecía de fuerzas para resistir. No pasaba una noche en que no soñara con ella, que no se le apareciera en sueños, de una u otra manera. Unas veces era inocente y bella, pidiendo su ayuda y consejo; otras, seductora y terriblemente sensual, ofreciéndole todas las mieles de este mundo.

El padre Ortega no podía hacer otra cosa más que rezar cada noche, pidiéndole a Dios fuerzas, y acababa masturbándose como un maldito mono salido cada mañana, al despertar. Esa era la rutina del sacerdote desde el mismo día en que conoció a la bailarina. Más de una vez, había estado a punto de entrar en La Gata Negra para verla en su mundo, pero pasaba de largo ante la puerta, alejándose vergonzosamente de los focos de la fachada. Sabía que si entraba, no solo le reconocerían, sino que también vería muchos rostros de clientes que solían estar en la misa del domingo. Eso sin hablar de la sonrisa que imaginaba que aparecería en el rostro de Ángela, sabiendo que había ganado la batalla. No, no podía entrar en aquel antro, no a tres calles de su iglesia, en un barrio en que todo el mundo le conocía.

Pero, ahora, no estaban en el night-club, sino en su despacho, y no había nadie delante para increparle. La bailarina, a sabiendas o no, le estaba enseñando sus intimidades y a él sólo le faltaba echar albero para atrás con el pie, como un buen miura. Notaba su dura erección apretarse contra la opresión de su pantalón y no quería levantar la vista para que la chica no pudiera leer la tremenda lujuria en sus ojos.

Pero todo eso era algo que Ángela ya intuía y no pensaba esperar a que el cura tomara la iniciativa.

—    Creía entender que su Dios era un epítome del amor y de la comprensión, no un Dios de la vergüenza y la tribulación – dejó caer ella con aplomo.

—    ¿Por qué dices eso? – inquirió el sacerdote, más por entablar una conversación en aquel momento indiscreto que por necesitar una explicación. Su rostro se había puesto rojo como la grana.

—    Bueno, creo que está claro. Estoy deseando que me toque… ni siquiera llevo bragas en su honor y usted aún pierde el tiempo balbuceando.

—    ¡No digas eso! ¡No… puede ser, criatura! – el cura se echó para atrás, arrastrando las patas de su silla.

—    ¿Por qué? ¿Por ese tonto voto de castidad? ¿Cómo pretende Dios que comprenda el amor si no le deja probarlo?

—    Es un… compromiso… entre Él y yo. Una muestra de lealtad.

—    Más bien es un bulo de la Madre Iglesia para controlar a sus sacerdotes – respondió ella, despectiva, al mismo tiempo que alzaba completamente su falda.

El padre Ortega hizo además de taparse los ojos pero su mano se quedó a medio camino. Mantuvo la mirada clavada en aquel sexo sonrosado y sin asomo de vello, admirando como los gruesos labios se estremecían levemente, entreabriendo ligeramente la vulva.

—    Ande, padre Manuel… métase bajo la mesa y gatee hasta esta maravilla que le invito a explorar – musitó Ángela, con una sonrisa.

—    Ángela… por favor… no puedo…

—    Sí que puede. Lo sabe tan bien como yo.

—    Oh, Señor, dame fuerzas – susurró el sacerdote, con los ojos redondos, fijos en la vagina de Ángela.

—    Sí, eso mismo… pida fuerzas, Manuel, que esto va a ser duro – bromeó la stripper, levantando sus piernas y apoyando las corvas sobre los brazos de madera de su silla. Quedó tan abierta como si estuviera sobre una camilla ginecológica.

—    ¡Santa Madre de Dios! – barbotó el cura.

—    ¿No será de esos que creen que María siguió siendo virgen incluso tras el parto, verdad? – preguntó con cierta ironía, a la par que sus dedos abrían completamente la vagina, mostrándole al sacerdote la rosada y húmeda mucosa.

—    Por favor, Ángela… ¿Qué quieres de mí? – la sangre iba y venía del rostro del hombre.

—    Quiero que se arrodille y meta la cabeza entre mis piernas, padre. Quiero que hunda su lengua suavemente en este coñito que está chorreando de ganas. Quiero que me haga temblar y gritar de gusto… ¿Lo hará?

—    No… no debo.

—    ¡HAZLO!

La orden surgió como una detonación y el cura se dejó caer al suelo de rodillas, sin ni siquiera pensarlo. Ni siquiera Ángela fue consciente de este hecho inaudito, pues ya estaba inmersa en el baile sexual que se había montado. El padre Ortega gateó sobre manos y rodillas bajo el alto escritorio, en dirección a aquellas piernas desnudas y abiertas que le sorbían la mente. Su boca ya salivaba exageradamente, como si estuviera a punto de degustar el mejor bocado de la historia. Justo antes de rozar con su boca la piel del pubis, inspiró largamente, abarcando los efluvios que despedía la entrepierna femenina.

El padre Manuel no comprendía qué le ocurría. Más que sentirse impelido a obedecer la orden que le había dado la joven, era toda una urgencia interna la que recorría cada célula de su cuerpo, como si él estuviera hecho de puro hierro y la bailarina fuese el electroimán más potente del mundo. Era absolutamente inútil resistirse a ese impulso.

El vértice de aquellos tersos muslos constituía la meta de su vida. Los labios del sacerdote dejaron una húmeda impronta en la suave cara interna de una de las piernas, al degustar concienzudamente la blanca piel femenina.

—    Tenía muchas ganas de saborearme, ¿no es cierto, padre?

El cura cabeceó sin proferir palabra, las palmas de las manos apoyadas en la fría solería, las rodillas bien juntas. Estiró la lengua, endureciéndola, hasta rozar los pétalos abiertos de aquella vagina que le sorbía el seso. Ángela rebulló, feliz, y posó una mano sobre la rubicunda cabeza del sacerdote. Tensó sus caderas, ofreciéndole mejor el pubis al hombre al sentarse en el filo de la silla.

—    Despacio, padre, sin prisas…

Tras aquellas palabras que le concedían el permiso para adentrarse en el pecado, el padre Manuel depositó un beso sobre los labios mayores y deslizó su lengua de abajo arriba, separándolos bien.

—    Más abajo… mi culito está deseoso también – gimió la vampiresa.

La voz juvenil le puso los nervios a flor de piel. No podía creer que estuviera haciendo aquello, realizando la fantasía que llevaba semanas soñando. La total aceptación de Ángela le enardecía como un huno hambriento. En el interior de sus pantalones, su pene estaba más rígido que nunca, tan hinchado como si fuera aún un adolescente lujurioso. Realizó la petición de la rubia bailarina y su lengua intentó horadar el apretado esfínter, el cual, poco a poco, se distendió entre gemidos de su dueña.

El hombre de fe arrastró sus piernas, acercándolas más a los pies de la joven. Se acabó sentando sobre sus talones y así liberó sus manos de sujetar su cuerpo a gatas. Los dedos del cura subieron hasta la entrepierna femenina, situándose a cada lado de la vagina. De esta forma, abrieron la vulva como si fuese una breva madura, exponiendo su interior a la salivada lengua. El sacerdote sorbió de manera brusca y soez, igual que si estuviera extrayendo el zumo de una fruta, pero Ángela se tensó toda, tironeando del flequillo del hombre. Pudiera ser que el padre Manuel no tuviera demasiada experiencia pero su entusiasmo compensaba sobradamente la carencia.

La lengua masculina trataba de llegar a todos los rincones, pegando totalmente los labios a la pelvis femenina. Ángela podía escuchar crujir las articulaciones de la mandíbula del padre, forzándose a ahondar más. Recogía pacientemente cuanto efluvio surgía del interior de la caverna íntima, paladeándolo como puro elixir. Cada cierto tiempo, se atareaba completamente sobre el enhiesto clítoris, el cual no dejaba de engordar por instantes, llevando a Ángela a morderse los labios para no gemir de forma descontrolada.

—    Joder, padre… que bien me lo hace – musitó ella, elevando sus piernas y apoyando las corvas sobre los hombros masculinos. De esa forma, encerró la cabeza del cura entre sus muslos, aumentando el calor que el hombre ya sentía. – Coma… cómase todo, guapo… q-que estoy a puntooooo…

El sacerdote titiló rápidamente su lengua sobre el romo extremo del clítoris, sintiendo como las piernas de la chica temblaban fuertemente, casi sin control. El pubis sin vello de Ángela se pegó a su boca, con fuerza, y entre contracciones pelvianas, la vulva dejó un húmedo regalo que el padre recogió con satisfacción.

—    Pppffffiuuuu… padre… no se diría que es célibe – dijo Ángela, retrepada en la silla y aspaventando su rubia melena con la mano.

El sacerdote no respondió. Solo la miraba, de rodillas en el suelo, relamiéndose. Ella se inclinó y le tomó el rostro por la barbilla, besándole suavemente y deslizando su lengua sobre los labios aún húmedos.

—    Venga, vamos a solucionar esa dureza – le dijo ella, extendiendo una mano para ayudarle a ponerle en pie. Su otra mano se deslizó por la bragueta del pantalón, acariciando delicadamente la erguida virilidad.

Con dedos diligentes, Ángela desabotonó el pantalón y lo bajó de un tirón, junto con un boxer ceñido que no conseguía retener la erección. Con la ropa en los tobillos, el padre se quedó expuesto cuando ella se inclinó para sobar el miembro, las mejillas encarnadas.

—    Vaya, padre Manuel, ¿Quién diría que guardaba usted todo esto?

Un pene de gruesas venas azuladas, doblado casi en ángulo recto hacia arriba, y con una gruesa cabeza en forma de seta, asomó. Mediría unos buenos dieciocho centímetros al menos y los testículos colgaban bajos y llenos. El hombre gimió y contrajo las nalgas cuando ella le pasó la lengua sobre el descubierto glande.

“Debo tener cuidado”, se dijo para sí misma. “Si sigo con esto se va a correr como un saco de caninas. No creo que esté acostumbrado a estas caricias.”

Se irguió y apoyó las manos sobre el escritorio, dándole la espalda al sacerdote. Con una mano, se levantó la falda hasta dejarla remangada sobre sus riñones, mostrando sus apretadas y divinas nalgas. Las meneó sensualmente para hacerle comprender al hombre lo que deseaba. Dejó caer su cabeza entre sus hombros y separó las piernas. En segundos, notó el miembro del cura chocar como un ariete entre sus piernas, resbalando por su perineo. Tuvo que llevar una mano entre sus piernas para guiar aquel pene inexperto.

Con un golpe de riñones, el padre Manuel clavó su miembro de una vez, en cuanto notó que la vagina lo aceptaba. Ángela gruñó de felicidad al sentir como la herramienta del hombre la empalaba perfectamente. Se dejó empotrar contra la mesa de caoba por los envites del sacerdote que se estaba descontrolando rápidamente. El padre Manuel movía el trasero con ganas, loco por alcanzar su propio placer, y eso llevó a Ángela a recostar su pecho contra el escritorio, quejándose a cada embate.

—    ¡Por el r-rabo de Satanás! Va a hacer q-que me… corra otra vez – musitó ella.

De su boca entreabierta surgió un hilo de saliva que se quedó sobre la superficie barnizada, ya que tenía su mejilla descansando sobre ella. Un nuevo clímax detonó desde sus riñones al sentir como su amante vertía su esperma en el interior de su vagina. El padre Manuel gruñía como una bestia junto a su oreja con cada emisión de semen que conseguía soltar. De forma inconsciente, pensó en que estaba tan burra como el cura y no sabía a qué se debía. El padre Manuel era atractivo y tal, pero… ¿para ponerla así?

Pero ya que estaba en materia, ¿por qué no aprovecharlo? Se giró, dejando que el pene aún tieso del hombre manchara su falda, y le subió los brazos al cuello, abrazándole con pasión. Compartieron un interminable beso que les dejó goteando saliva por las barbillas.

—    ¿Con ánimos de repetir, padre Manuel? – susurró ella, pegando su nariz a la del cura.

—    Por Dios, Ángela – jadeó él.

—    Bueno, no sé si será por Dios o por el Diablo, pero esa polla no se baja – bromeó ella, pellizcándole suavemente el glande. – Venga, padre, que no se diga, ya puestos en faena…

Le arrastró de la mano hasta el remendado sofá lleno de cojines que las feligresas habían restaurado para el anterior sacerdote, y le arrojó sobre él como un pelele.  Con premura, tironeó de las perneras del pantalón, quitándoselo junto con los zapatos, y después la emprendió con el jersey y la camisa que llevaba. Le quería desnudo para rozarse con su piel por lo que ella hizo lo mismo con la ropa que cubría su torso, pero se dejó el blanco sujetador de media copa, el cual dejaba sus senos casi al aire. Se remangó la falda al cabalgar al padre y se dejó caer con acierto sobre su pene.

Entonces fue el turno de ella de agitarse y emprender un duro galope. Se erguía al dejarse caer sobre el miembro masculino, retorciendo sus pezones con fuerza. Mantenía los ojos puestos en el hombre y su boca estaba entreabierta, las fosas nasales pinzadas por una expresión de placer, o quizás desdén, pues parecían iguales. Su garganta emitía un ronroneo placentero que llevaba al sacerdote al paroxismo de la lujuria.

—    Oh, Dulce Jesús… ¿qué me haces? – murmuró el padre Manuel.

—    Le estoy follando, padre. Su gruesa polla me llena totalmente… ¿no es lo más hermoso de ser humanos? – le contestó ella, su voz quebrada por la cabalgata.

—    Sí… sublime…

Ángela metió el índice en la boca del sacerdote, quien empezó a chupetearlo como si estuviera bañado en chocolate. Colocó su otra mano sobre el pecho masculino y redujo su ritmo para dejar caer varios hilos de saliva en la entreabierta boca del padre Manuel. Ángela estaba loca por pervertirle totalmente, por hacer con él todas las marranadas que se le ocurrieran. Ahora le pertenecía a ella, le estaba llevando a realizar todos los pecados que pudiera imaginar.

“¡Joder, cómo aguanta el curita!”, se dijo mientras aumentaba el movimiento de sus nalgas. Prácticamente, estaba friccionando el pene del hombre con las paredes de su vagina, a una velocidad casi pasmosa. De hecho, su temperatura interior estaba subiendo sin que ella fuese consciente. El cura se dejaba amar, mecido por las sensaciones extremas que estaban sintiendo por primera vez. No le hubiera importado morir en aquel momento.

Un explosivo orgasmo se acercaba para los dos, a pasos agigantados. Uno jadeaba, exprimido; la otra gemía como la mayor perra en celo de la Historia. Las miradas de ambos estaban trabadas, los ojos febriles, entrecerrados. La lengua de Ángela asomó la punta, como un áspid que se preparase para morder. Una gota de blanca saliva colgaba del apéndice. Sus mejillas se tiñeron de un rubor que anunciaba el eminente placer.

—    Padre Manuel, ¿qué hacemos con la ropa deportiva que hay…?

Doña Blanca, una dama solterona de sesenta años, la mayor beata de Barcelona según las malas lenguas, se llevó las manos al pecho donde se quedaron engarfiadas sobre su blusa. Sus labios realizaron un perfecto círculo de sorpresa y sus ojos, tras las gafas de carey, se desorbitaron al descubrir en qué asuntos prohibidos andaba su confesor. Tras esto, su cuerpo se desplomó al suelo, desvanecida.

Ángela se quedó mirando hacia atrás, aún sin descabalgarse del miembro del sacerdote, pero toda la tensión sexual había desaparecido en su rostro. Más bien una expresión de pavor iba sustituyendo la primera impresión de sorpresa. Sin embargo, el padre Manuel había comenzado a puntear por su cuenta al detenerse el meneo de su amante. No parecía preocupado por la aparición de la señora, ni por las implicaciones que eso supondría. Bueno, había que decir que ni siquiera estaba en la Tierra en aquel momento. Estaba totalmente ido, no solo por el polvazo que le estaba echando la joven bailarina, sino que la saliva de Ángela había influenciado en su mente de alguna forma, dejándole la voluntad totalmente anulada.

Maldiciendo en voz baja, la vampiresa se desclavó de su amante y acudió a comprobar el estado de la anciana. Suspiró al comprender que sólo había sido un desmayo a consecuencia de la impresión, y no un infarto como había creído en un principio.

—    ¡Padre Manuel! – exclamó cuando descubrió que el cura estaba masturbándose, tumbado en el sofá, ajeno a cuanto ocurría. Con gesto contrito, se puso en pie y se acercó. – Vístase y traiga agua, rápido.

En cuanto el sacerdote salió del despacho, Ángela recuperó su blusa y se adecentó. Miró a la mujer tumbada en el suelo y sus ojos se clavaron en la pulsación que vibraba en su yugular.

—    Bueno, a ver cómo soy de buena convenciendo a una beata – murmuró, inclinándose. – Encima, la muy santa me ha cortado el disfrute… no te jode…

 

* * * * * * * * *

3 de diciembre de 2013.

Ginger estaba atenta a la espita de la olla Express, la cual llevaba soltando vapor un par de minutos. Estaba cocinando una de esas sopas de verduras que tanto le gustaban a Ángela, con sus puerros, tomates y espinacas, sin olvidar de los huesos de espinazo que eran el secreto del guiso. El sonido del timbre de la puerta la sacó de ese ligero trance hipnótico que le producía el siseo de la válvula. Era la hora del almuerzo, así que se imaginó que sería alguna de sus vecinas, a la que le faltaría algún ingrediente.

Se anudó mejor el kimono y abrió la puerta. Parpadeó, sorprendida, al encontrarse con Ruth, la cual parecía estar meciéndose sobre sus pies, con el rostro casi oculto por el cabello. Aún así, Ginger pudo atisbar los hinchados y enrojecidos ojos, prueba de que había estado llorando y mucho.

—    Ruth, ¿qué haces aquí? – Ginger sabía que no era una hora habitual para una visita de Ruth.

—    No sabía dónde ir – musitó, pasando al interior del apartamento.

Ginger la llevó hasta la mesa del salón comedor/cocina, donde la sentó frente a la hornilla. Allí, la asiática observó el moratón que Ruth lucía sobre uno de los pómulos.

—    ¿Qué te ha pasado, Ruth?

—    Guille y yo hemos discutido – murmuró, antes de empezar a llorar mansamente.

—    Y te ha pegado – cabeceó Ginger, asintiendo con rotundidad.

—    No, ha sido…

—    No me mientas, Ruth. Puedo ver cada vez más golpes que se señalan en tu cara. Mañana, la tendrás hinchada y morada, ya verás.

Ruth se abandonó a un sollozo más sentido, enterrando su rostro en el hueco del codo del brazo que mantenía sobre la mesa. Ginger esperó a que se calmara y se levantó de su silla para apagar el fuego bajo la olla.

—    Me enfadé cuando supe que había sacado de la cuenta de ahorro dos meses de mi salario.

Ruth trabajaba haciendo arreglos de moda para Cortefield. No era que cobrara mucho, pero dos meses significaba al menos dos mil euros, pensó Ginger. Eso era mucho dinero y muchas horas de costura.

—    ¿Te ha dicho para qué los quería?

—    No, pero supongo que para una deuda de juego. Sé que ha recaído…

—    No sabía que jugaba – meneó la cabeza Ginger.

—    Estuvo en rehabilitación hace poco más de un año – confesó Ruth, tras sonarse la nariz.

La tailandesa arrugó su pequeña nariz en una mueca de disgusto. Guillermo, el marido de Ruth, era uno de esos tipos buenos para nada. Saltaba de un empleo a otro con suma facilidad y ninguno le agradaba. Se quejaba de todos ellos y solía echarle la culpa de sus fracasos a sus compañeros, al jefe, o a cualquier otra cosa cada vez que le despedían. Vivía de su esposa y, al parecer, tenía suficientes vicios por los dos. Ginger conocía a Ruth. Era una joven sin pretensiones, ahorradora y muy capaz, pero le estaba demostrando que carecía de carácter. Su marido era un absoluto vividor.

—    ¿Te ha pegado más veces? – se decidió a preguntarle.

Ruth titubeó y retorció sus dedos, en un intento de poner en orden sus pensamientos.

—    Guille siempre ha sido un chico apasionado, casi explosivo. Se lo toma todo muy a pecho – confesó. – Nos conocemos desde siempre. Íbamos al mismo colegio… siempre me gustó – sonrió levemente, quizás cansada de sentir eso precisamente. – Ya entonces tenía ideas grandilocuentes con las que pretendía hacerse rico e importante, y así tratarme como una reina. Al menos, eso decía…

—    La realidad defrauda siempre – comentó Ginger, sirviendo dos copas de vino blanco de una botella que sacó del frigorífico.

—    Sí, eso también dijo mi madre la primera vez que aparecí ante ella con un ojo morado – suspiró Ruth.

—    ¿Por qué lo soportas?

—    Porque, a pesar de todo, le quiero. He estado toda mi vida a su lado y estoy tan acostumbrada a sus reacciones que no podía vivir sin él… hasta ahora – susurró las dos últimas palabras en un tono tan suave que Ginger apenas las escuchó.

La asiática la miró con ojos entornados, lo que le confirió una expresión felina y algo cruel.

—    Voy a dejarle – dejó escapar Ruth con un suspiro – pero no puedo hacerlo sola. He tenido la fuerza para huir de casa, pero sé que sin apoyo, volveré con la cabeza gacha y me reconfortaré con sus disculpas. No quiero caer de nuevo en eso.

—    Yo te apoyaré – Ginger alargó una mano y apretó los dedos de la mano de su amiga. – Y Ángela también lo hará. Te lo prometo.

—    Gracias, Ginger… eres una buena amiga. Más que eso… tú y Ángela sois mis únicas amigas aquí.

—    Vamos, vamos, conoces más gente, más mujeres de la casa parroquial – sonrió la tailandesa.

—    Pero no son mis amigas. Siempre están cuchicheando sobre mí, a mi espalda; siempre juzgando y valorando. ¡Arpías!

Ginger se rió con el exabrupto de la joven catalana.

—    Vale, dejemos eso ahora. Vas a preparar una buena ensalada y yo haré dos filetes de emperador a la plancha, ¿te gusta?

Ruth asintió con una sonrisa y se puso en pie, secándose las lágrimas.

—    ¿Y Ángela? – preguntó.

—    Durmiendo. Esa no despierta hasta las cuatro, por lo menos – se encogió de hombros la asiática. – Era de día cuando se acostó.

—    ¿Siempre se acuesta al amanecer? – preguntó Ruth, abriendo la nevera.

—    Tiene un… trastorno desde pequeña – Ginger buscó la palabra que utilizaba Ángela. – Un raro desarreglo del sueño.

—    Sí, me lo comentaste.

—    Digamos que es hiperactiva durante la noche, o algo parecido. El caso es que no puede dormir, así que ve la tele, entrena sus bailes, escribe en su diario, o bien nos pasamos toda la noche jugando bajo las mantas – Ginger hizo un mohín travieso al mirar a su amiga, la cual enrojeció fuertemente.

Ginger no le había ocultado nunca a Ruth que su compañera de piso y ella se reconfortaban sexualmente. Era algo que Ruth, como católica practicante, le costó bastante asumir y aceptar. Fueron las palabras de Ángela las que se abrieron paso en el cerrado esquema de su mentalidad casi victoriana.

—    ¿De qué sirve haber conseguido la igualdad frente al hombre si dejas que tus creencias te mantengan de rodillas? – le dijo la rubia una vez, mirándola con esos ojos tan azules y penetrantes. – Según las enseñanzas de tu Dios, el cariño, la comprensión y la ternura no deberían ser competencia exclusiva de la pareja tradicional. Es también patrimonio de la amistad más sincera, sin importar el sexo; se encuentra en los lazos familiares, y en los diversos actos de todos los seres humanos. Ginger y yo nos reconfortamos anímicamente, sin constituir una pareja de la clase que sea. No queremos etiquetas. Nuestras familias están lejos, inalcanzables; nos encontramos fuera de nuestra tierra natal, sin más apoyo que el nuestro. Trabajamos juntas, vivimos juntas… ¿por qué no amarnos juntas?

En aquel momento, Ruth estuvo a punto de esgrimir la homosexualidad como razón de peso, como pecado, como anatema de la ley de Dios, pero contemplar la naturalidad que existía en los actos de aquellas dos preciosas mujeres, tan bellas como diferentes entre ellas, la hizo desestimar tal argumento. No quería ser una hipócrita blandiendo argumentos que otros le habían inculcado cuando ella, en el fondo, sentía envidia de ellas, de su desparpajo, de su confianza, de su arrojo… Cuando veía como los dedos de las bailarinas se posaban con ligereza sobre el brazo o el muslo de la otra, con tanta confianza y elegancia, no resultaba nada extraño ni pecaminoso.

Ángela era, sin duda, la más joven de ellas pero, por alguna razón que aún no comprendía, no resultaba ser la más inexperta, sino que parecía llevar la voz cantante. Con anterioridad, ya había refutado el pecado de la homosexualidad que solía esgrimir Ruth, y con bastante acierto, ya que hacía recapacitar a la catalana. Le hizo ver que la religión no era más que otra forma de control de masas, más suave sin duda, pero mucho más duradera que una tiranía.

Aún recordaba algunas de las preguntas que la rubia bailarina le había hecho: si el destino del ser humano era ser libre para realizar su existencia, ¿por qué otros hombres debían imponer reglas éticas que no solían cumplir de hecho? ¿Quién les había conferido esa autoridad? ¿Dios? Si era así, entonces quedaba una sola pregunta a ese axioma: si Dios se revelaba a algunos humanos en ocasiones, ¿por qué no aparecía ante todos y demostraba, de una vez por todas, que era el Creador, el Padre de todos? Acabaría con las dudas y controversias de un solo golpe. ¿De qué servía jugar al escondite, al misterio y a enunciar paradojas?

El caso era que, desde que Ruth andaba con ellas dos, su visión teológica se estaba modificando cada vez más, sin que ella fuera demasiado consciente de ello. Seguía acudiendo a ayudar en la casa parroquial, pero se trataba más de un entretenimiento que otra cosa, un motivo para salir de casa y verse con las chicas.

Sin embargo, sí era consciente de un detalle. Cada vez que veía a Ángela y Ginger besarse, darse uno de aquellos ligeros picos tan rápidos como espontáneos, se encontraba preguntándose qué se sentiría al rozar los labios con otros femeninos.

Durante la preparación del almuerzo, el calor humano que Ginger le brindó desató la lengua de Ruth y acabó confesando, mientras almorzaban, todos los desagravios que su marido había cometido con ella. Las noches en blanco que había pasado esperando a que Guillermo regresara de sus habituales correrías con los amigotes. El dinero que había dilapidado en timbas semanales. Las veces que había regresado a casa, apestando a alcohol, totalmente excitado por el efecto de otras drogas que le llevaban a satisfacerse brutalmente con ella. De cómo él controlaba sus salidas y entradas, su horario laboral, y le indicaba con quiénes podía hablar y quienes no.

Finalmente, le habló de las cada vez más sucesivas palizas que Ruth se llevaba en cuanto le ponía la contra o le desobedecía en sus crecientes normas. Ginger escuchaba atentamente, cortando pequeños trozos de su filete de pescado y masticando delicadamente, pero sus rasgados ojos se abrían cada vez más, bueno, en la medida de lo posible. Estaba realmente sorprendida de cuantos sinsabores llenaban la vida de su amiga.

—    No vas a volver a casa – negó Ginger con vehemencia.

—    Pero… es mi casa – se quejó Ruth.

—    Y solucionaremos eso, pero no vuelves con él.

—    ¿Y qué hago entonces?

—    Te quedas con nosotras. Tenemos una cama de más, ya que Ángela y yo dormimos juntas. Vivirás con nosotras un tiempo…

—    ¿De verdad? – sonrió la catalana.

—    Sí. Esperaremos que Ángela levante y pensaremos qué hacer.

—    Bueno – Ruth se dedicó a su propio filete de emperador, esta vez con entusiasmo.

Cuando Ángela despertó, Ginger, siempre previsora, había enviado a Ruth a comprar algunas provisiones a una tienda cercana. La asiática se sentó al lado de su compañera, mientras ésta se comía un bol de cereales chocolateados. Abrazándola mimosamente, vertió en su oído cuanto le ocurría a su amiga catalana. El ceño de la rubia se fue frunciendo cada vez más, hasta que dejó caer la cuchara dentro del bol, sin acabarse el contenido.

—    ¿Por qué no nos ha contado nada hasta ahora?

—    Todo el mundo no es bueno para pedir ayuda – se encogió de hombros Ginger. — ¿Estás de acuerdo que se quede con nosotras lo que sea necesario?

—    Sí, por supuesto amor, pero…

—    ¿Pero?

—    Esto va a ir para largo y más si su marido Guillermo es todo lo que te ha contado.

—    ¿A qué te refieres? – se abrió de brazos la asiática al preguntar.

—    Que no lo va a aceptar, simplemente. Ruth es su fuente de ingresos y no querrá perderla, sin hablar de su orgullo machista. Va a venir a por ella…

—    Pues tú la protegerás, cariño.

—    Pero puede acecharla fuera. No puedo estar siempre sobre ella y menos de día…

—    Entonces, ¿qué propones?

—    No estoy segura. Antes debo investigar un poco el terreno. Que Ruth se quede mientras en tu habitación y deja que me ocupe de ello. Ah, deberías llevarla a Urgencias y que den parte de sus hematomas.

—    Sí, ya lo había pensado.

—    También deberás acompañarla cuando salga de día. Por la noche, lo haré yo.

—    Como tú digas – contestó Ginger, sonriendo y besándola en la mejilla.

—    Bufff… tendré que tener cuidado de nuevo – rezongó Ángela, caminando hacia la ventana de su habitación. – Ahora que me había descuidado contigo…

A Ángela no le costó demasiado dar con el apartamento de Ruth. Conocía la dirección y las fuertes risotadas que surgían de su interior acabaron de situar el piso concreto. Apenas eran las siete de la tarde pero podía notar el alcohol en las soeces voces masculinas. Plantada en el pasillo del inmueble, con la oreja pegada a la puerta, decidió echar un vistazo más panorámico, aprovechando las sombras que cubrían buena parte de la fachada del edificio de seis plantas. Así que subió hasta el tejado, utilizando una ventana de la caseta de la maquinaria del ascensor, y se descolgó por la fachada hasta dar con una ventana que le permitiera atisbar dentro del apartamento.

Eran cinco individuos, todos metidos en la treintena, todos mal afeitados y vistiendo sudaderas y chándales. Incluso uno de ello llevaba rastas de un pelo entre rubio y estropajoso.”Ralea”, pensó Ángela, buena conocedora del género urbano. No conocía físicamente a Guillermo y, por ello, agudizó el oído. Colgaba boca abajo, aferrada con los pies a los hierros de la balconada que había por encima de la ventana y asomaba los ojos por la esquina superior de ésta. Si no se movía y atraía la atención de alguno de los hombres, nadie repararía en ella.

Los compinches jugaban a las cartas. Un buen montón de monedas, así como algunos billetes se acumulaban en el centro de la mesa redonda. También había botellines de cerveza, y muchos otros vacíos en un par de mesitas auxiliares. Uno de los tíos reveló su juego y, con una gran carcajada, arrastró el botín hacia él.

—    Estamos dejando esto hecho un desastre – gruñó otro. – A Ruth no le va a gustar.

—    No creo que mi esposa replique hoy, no con las hostias que se ha llevado – contestó uno de los dos tipos que estaban de cara con Ángela.

“Así que ese es Guillermo”, se dijo la rubia, apretando los dientes. Era moreno y se había dejado un frondoso bigote setentero, de guías que bajaban por los lados de la barbilla. Las mangas de su amplia sudadera estaban subidas, mostrando unos musculosos antebrazos sin asomo de vello.”Un tipo coqueto”, asintió Ángela.

—    ¿Es que aún no la has enseñado a obedecer a su marido? – le preguntó con sorna el que tenía sentado a su lado, con una poderosa palmada en el hombro.

—    Ruth es una buena mujer – respondió Guillermo. – Tan solo tengo que dejarle claro, de cuando en cuando, quien es el que toma decisiones.

—    Ya, pero seguro que se mosqueó tela cuando le has birlado la pasta con la que has pagado al Turco – dijo otro.

—    Tienes razón, Carle, pero no pretenderías que cabreara al Turco, ¿no? No es nada sano…

—    ¡Ya te digo! Los morromierda que lleva con él son malas bestias – comentó un tercero. – No debiste haber ido en ese último envite…

—    Ahora lo dices, cabrón – masculló Guillermo – pero bien que me animaste al ver mi mano.

—    ¡Joder! ¿Quién coño iba a suponer que el Turco tenía una puta escalera de color? – se excusó el amigote.

—    Bueno, ya está hecho. Le he pagado a tiempo y punto, que es lo importante. Ya arreglaré las cosas con mi mujer.

—    A todo esto, ¿dónde se ha ido?

—    Se piró como un cohete tras la bronca. Supongo que estará en la casa de los curas, como siempre. Si no vuelve para la hora de la cena, iré a buscarla.

—    ¡Eso, eso, Guille! Ya de paso que nos haga unas croquetitas de esas tan buenas para picar algo mientras jugamos – bromeó el de las rastas.

—    ¡Que te crees tú que te voy a adoptar, desgraciao! La partida se acaba en una hora, gane quien gane. Después, me daré una ducha y haré las paces con la parienta. ¡Esta noche pienso mojar a lo grande!

—    ¡Coño con el cortarrollos! – se quejaron.

—    A callar, putas. Carle, te toca repartir…

Toda aquella historia tenía mala pinta a los ojos de Ángela. Guillermo no parecía nada arrepentido de su acto, más bien se jactaba de ello. Al parecer, tenía ya cierta experiencia en imponerse brutalmente a Ruth y, desgraciadamente, el asunto iría a peor al pasar el tiempo. Los maltratadores no solían dejar su agresividad por si mismos. Trepó de nuevo al tejado y sacó el móvil de su bolsillo. Marcó el uno, llamando a Ginger.

—    ¿Dónde estás? – preguntó nada más escuchar la conexión.

—    De camino al hospital – respondió la tailandesa.

—    ¿Aún no habéis llegado?

—    No, estamos cerca.

—    Bien. Esperad un poco aún. Tomaros un café en algún sitio. Quiero que hables con Ruth y que la convenzas de que cuente que la agresión ha sucedido hace poco, esta tarde… que ha tardado solo lo justo en buscarte para que la acompañes al hospital, ¿comprendes? – recalcó Ángela.

—    No, pero lo haré. Confío en ti.

—    Gracias, después te lo explico mejor, pero es importante que en el informe médico haya un corto lapso de tiempo. Ah… y que Ruth exagere al contar la discusión, ya sabes, platos rotos y destrozos…

—    Vale.

Ángela cortó la comunicación y se quedó sentada en el tejado, perfilando lo que tenía pensado. Sabía que era una solución drástica pero definitiva, de la que Ruth jamás debía enterarse. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Esperó hasta que los cuatro amigos de Guillermo se marcharon entre bromas. Abrir la puerta de la vivienda no supuso demasiada complicación, ya que no estaba echada la cadena de seguridad ni el pestillo interior. Escuchó el agua correr. Guillermo estaba en la ducha, tal y como dijo.

Mientras el hombre se duchaba, la vampiresa encontró un gran bolso de lona sobre el armario y lo llenó con la ropa masculina que había dentro del mueble. Tampoco olvidó calcetines y ropa interior. Al registrar varios cajones, se topó con el pasaporte de Guillermo que añadió al petate. Cuando el esposo de Ruth salió de la ducha, entró en el dormitorio totalmente desnudo y se encontró con el armario abierto y vacío, al menos su lado.

—    ¿Qué cojones…? – barbotó, atónito.

—    No te hace falta vestirte, por el momento.

Aquella voz a su espalda le hizo saltar, el corazón martilleando en su pecho. Se giró para descubrir una rubita muy joven y guapa, que se apoyaba indolentemente en el marco de la puerta del dormitorio. Lo miraba seriamente, con las cejas curvadas y apretadas.

—    ¿Quién coño eres tú? ¿Cómo has entrado? ¿Y dónde está mi ropa?

—    Tsk, tsk… menos preguntas, grandullón.

—    ¿Te cachondeas de mí, niña? – rugió Guillermo, lanzándose hacia delante, los puños apretados.

Ángela saltó hacia atrás, al pasillo, con esa elegancia innata tan suya, esquivando varios intentos del hombre por atraparla. De esa forma le condujo hasta el comedor, incitándole.

—    Parece que lo que te pone es pegarle a las mujeres, ¿cierto? – dejó caer Ángela, interponiendo las mesas entre los dos. Las cartas de póquer aún estaban sobre la central, así como los cascos de cerveza en las más pequeñas.

—    ¿Qué coño dices, ladrona? ¿Es que conoces a mi mujer?

—    Ya lo creo. En este momento, se encuentra en el hospital, levantando un parte de lesiones y después te denunciará por agresión y maltrato.

—    ¡Una mierda! – exclamó Guillermo, rodeando las mesas pero sin poder acercarse a Ángela. Se detuvo, pensando en saltar sobre el obstáculo y sorprender a la descarada jovencita. — ¿Eres de una de esas ONGs que ayudan a las mujeres maltratadas? ¡Pues te voy a denunciar por allanamiento, puta!

—    Venga, muéstrame de lo que eres capaz, bestia. Atrápame si puedes – le retó ella, burlona.

Guillermo no se lo pensó. Estaba demasiado colocado para discurrir con calma y muy envalentonado por cuanto había dicho ante sus colegas. Así que saltó como un tigre furioso, deslizando su desnuda nalga izquierda sobre la pulida superficie de la mesa redonda. Su pie derecho barrió descuidadamente todas las botellas que se encontraban sobre la mesita auxiliar. El estrépito fue colosal pero no le importó. Solo tenía ojos para aquella chiquilla que se había quedado clavada ante él, seguramente sorprendida por su respuesta.

Ángela se quedó mirando aquel cuerpo desnudo que se abalanzaba sobre ella. Era como si se moviera a cámara lenta, una sucesión de movimientos pausados en una dirección predeterminada. Se entretuvo comprobando que Guillermo llevaba todo su cuerpo depilado, incluido el pubis. Su pene era apenas un colgajo empequeñecido sin duda por la ducha y la impresión de encontrarla en su apartamento. Parecía uno de esos tipos que gustan de exhibirse, orgulloso de su afinado cuerpo, de sus trabajados músculos. Ángela calculó que pesaría unos buenos noventa kilos, así que no refrenó la patada que lanzó en un vertiginoso arco.

El empeine de la zapatilla golpeó duramente la parte superior del brazo de Guillermo, desequilibrándole totalmente y arrojándole contra un aparador con vitrinas. De nuevo, el fragor de cristales rotos llenó el apartamento, salvo que, esta vez, todo un costado del cuerpo del hombre se llenó de pequeños cortes sangrantes. Sorprendido por la contundencia del golpe, Guillermo agitó la cabeza, se puso en pie y alzó sus puños para defenderse.

—    Vaya, no me lo esperaba – dijo a través de los apretados dientes. – Yo también practico una disciplina marcial…

—    ¿Para pegarle mejor a Ruth? – ironizó ella.

El indignado marido lanzó sus puños hacia Ángela, en un rápido uno, dos pugilístico, pero la rubia ya no estaba en el sitio; había movido la cintura para zafarse del ataque. Guillermo avanzó, lanzando una serie de ganchos y upercuts que habrían derribado a cualquier oponente si hubieran dado en su objetivo.

—    ¡Estate quieta, putón!

Como si aquel insulto jadeado la hubiera convencido, Ángela se irguió y se detuvo en su danza de esquivos, presentando bien su barbilla. Con una mueca de triunfo, Guillermo metió en el siguiente golpe todo el hombro y la cadera, con la intención de fulminarla. El canto de la mano de la joven subió al encuentro del antebrazo masculino con tremenda celeridad, desviando el curso del ataque apenas unos centímetros, justo lo suficiente como para que el puño de Guillermo pasara rozando su oreja.

Aunque todo sucedió en un mísero segundo, el hombre vio claramente la amplia sonrisa en el rostro de la chica y, de inmediato, sintió una explosión de dolor en el costado, justo debajo del brazo que aún tenía alzado para golpear. Se le cortó el aliento súbitamente y boqueó en busca de aire. Todo el cuerpo se le contrajo, doblándose de dolor. Estuvo seguro que jamás había sentido un daño semejante.

Ni siquiera supo que Ángela había puesto una rodilla en el suelo, en una fracción de segundo, y pasando por debajo de su guardia, había golpeado con ambos puños, como un martillo pilón, contra las costillas masculinas. Dos de ellas se habían fracturado, con tanta mala suerte que habían perforado un pulmón. Guillermo tosió al conseguir tomar aire. Fue una tos húmeda y bronca, de las que suelen avisar de complicaciones, se dijo, de rodillas en el suelo de la sala. Aquella chiquilla le había reventado…

Como si hubiera perdido el juicio, Ángela comenzó a destrozar la sala. Volcó la mesa, derribó las sillas, rompió algunos cuatros… De repente, se quedó quieta en mitad de la habitación, con las manos sobre las caderas y mirando a su alrededor.

—    Bien, perfecto – musitó. Entonces, se giró hacia el hombre, el cual tenía la cara cubierta de lágrimas por el dolor que sentía. – Es hora de irnos. ¿Dónde tienes el coche?

—    ¿I-irnos? – balbuceó débilmente.

—    Sí, bonito. Vas a hacer un largo viaje. ¿Tu coche?

—    Abajo, en… el garaje.

—    ¿Las llaves?

—    Al lado… de la puerta… comodín…

Ángela caminó hasta el vestíbulo y las encontró en el interior de un cenicero de latón grabado. Tenían un llavero con el símbolo de Renault. Cuando regresó ante Guillermo, éste intentaba ponerse en pie, entre quejidos y muecas. Su respiración era silbante. Ángela recuperó la gran enagua color mostaza de la mesa volcada y la dispuso sobre los hombros de Guillermo, ocultando sus desnudeces.

—    Deja que me… vista – murmuró.

—    Nah, con esto es suficiente por si nos topamos con un vecino. Todas tus cosas van en la bolsa, así que ya te vestirás cuando salgamos de Barcelona.

—    ¿Dónde vamos?

—    Tranquilo, va a ser una bonita sorpresa – dijo, sacando el móvil y llamando nuevamente a su compañera. – Ya podéis ir al hospital. ¿Te ha puesto pegas?

—    No, está demasiado agradecida por nuestra ayuda – contestó Ginger.

—    Bien. No me esperes, voy a tardar bastante.

—    Ten cuidado.

—    Lo tendré.

Ángela pasó una mano bajo el brazo de Guillermo, ayudándole a incorporarse y caminar. En la otra, llevaba atrapada la bandolera de la gran bolsa. No se encontraron a nadie al salir al pasillo, pero los agudos sentidos de Ángela situaron al menos dos vecinos apostados tras sus puertas. Los ruidos de la pelea les habían puesto sobre aviso. La rubia sonrió y empujó al hombre al interior del ascensor. Guillermo parecía un indio con la enagua envolviendo su desnudo cuerpo. Afortunadamente, no se cruzaron con nadie en el garaje y Ángela movió las dos cámaras que encontró hasta que enfocaron el techo.

El coche en cuestión en un Renault Megane del 2004 al menos, y Ángela, tras sentar al hombre en el asiento del copiloto, se puso al volante. Había aprendido a conducir en los últimos años aunque no le gustara especialmente. Prefería desplazarse a su manera pero, a veces, un vehículo le era necesario, como en esta ocasión. Así que había dejado que uno de sus protectores temporales le enseñara el manejo de un automóvil.

Arrancó y salió al tráfico nocturno de la ciudad. Se dirigió al norte, tomando la carretera de la costa. Dejaron atrás Badalona y siguió conduciendo hasta Mataró. Guillermo tosía y esputó sangre un par de veces en un pañuelo de papel, por lo que no trató de entablar conversación, cosa que alegró a la chica. Sin embargo, el hombre le daba muchas vueltas a todo el asunto, intentando adivinar los planes que tenía aquella extraña jovencita que se movía en todo aquello con un terrible aplomo. Cuando no pudo soportar más la tensión, intentó preguntar de nuevo pero una tremenda bofetada, que ni siquiera vio venir, le hizo callar rápidamente.

Tras una hora de silenciosa conducción, Ángela se detuvo en una solitaria área de descanso. Solo había una farola para iluminar el amplio aparcamiento.

—    Vístete – le indicó a Guillermo. – En la bolsa está tu cartera y también el pasaporte.

—    ¿Vamos a salir de España? – preguntó él, totalmente vencido, al abrir la puerta del coche. Había estado pendiente a los carteles indicadores y sabía que habían dejado atrás Tossa de Mar y Sant Feliu de Guixols. Si la chica seguía conduciendo así estarían en la frontera con Francia en una hora más.

—    Solo tú, pero te acompañaré un trecho – le contestó, sin soltar las manos del volante.

—    No quiero abandonar a Ruth – masculló, dejando caer la enagua sobre el asfalto e inclinándose sobre el asiento trasero, rebuscando en la bolsa.

—    Olvídate de tu mujer. Tienes que elegir: encontrar una vida lejos, o quedarte y que te mate a guantazos – el tono de Ángela fue tan frío y cortante que acalló cualquier protesta.

La vampiresa le contempló vestirse rápidamente y repartir la cartera, el pasaporte, y un paquete de tabaco que también encontró, entre sus bolsillos. Se sentó al lado de Ángela, sin abrir la boca, y se abrochó el cinturón. Encendió un pitillo con el mechero del coche. Tras mirarle, la chica arrancó y se incorporó a la carretera.

—    Verás, los tipos como tú sois de ideas fijas y primitivas – dijo Ángela de repente, tras un buen rato de conducción silenciosa. – Creéis que una esposa es una posesión, un electrodoméstico más que os facilita la vida. Te has acostumbrado a tenerla a tu lado, a que ella te mantenga, aprovechándote de su candor, su compasión, del amor que prendiste en ella una vez…

—    Yo no…

—    Calla y escucha – le cortó Ángela. – Ruth es demasiado joven y buena como para ser enterrada en vida. Aún puede encontrar alegrías que la hagan florecer de nuevo. Así que… te vas a marchar, muy lejos…

—    Sí – asintió él, más por darle la razón en ese momento que estando convencido. El cartel indicador de una población pasó raudamente: Palamós.

Recordó haber estado allí cuando pequeño. Su padre trajo a toda la familia y le enseñó a pescar en las rocas. El sabor del pescado a la brasa volvió de sus recuerdos para llenarle la boca. Una imagen le vino a la cabeza, de una costa bastante quebrada, llena de pequeñas calas y acantilados, con olas furiosas que golpeaban duramente la piedra.

—    La policía investigará la denuncia de tu esposa y cuando vayan al apartamento en tu busca, encontrarán el caos que hemos dejado. Señales de pelea y hasta sangre tuya…

Guillermo parpadeó y miró el perfil de la rubia que conducía. ¿Lo tenía ya todo planeado?, se preguntó.

—    Por supuesto, falta tu ropa y tus documentos. Los vecinos atestiguaran de un gran estruendo y gritos de una mujer, que no dudaran que se trate de tu esposa. Nadie nos ha visto salir, nadie sabe donde te has marchado, ni siquiera tus amigos, pero es evidente que has huido.

—    Joder – dijo él, comprendiendo las evidencias.

—    Sí, eso mismo. Estás jodido. Todo el mundo pensará que te has marchado, asustado por las implicaciones de la denuncia.

Ángela tomó una salida de la C-31 y condujo por una carretera secundaria bien asfaltada. Dejó a la izquierda unas grandes verjas pintadas de amarillo con un gran cartel que rezaba: Camping Benelux, y, al dejar atrás toda traza de urbanismo, apretó el acelerador a fondo al tomar un tramo recto que enfilaba hacia el mar del horizonte. El Renault brincó hacia delante como una bestia ávida de libertad. Guillermo vio pasar los llanos terrenos de pastizal que dieron paso a un homogéneo sotobosque mediterráneo, apenas visible en la oscuridad. La noche no ayudaba tampoco demasiado, con el cielo nublado y sin luna.

Guillermo se moría por preguntar el destino que tenía en mente la chica, pero, a la misma vez, le daba un miedo terrible la posible contestación. Un nudo enfermizo había aparecido en su esófago, haciendo que un interminable reflujo llenara su boca con el sabor de la bilis. No podía saber que se debía al líquido que se estaba acumulando en el pulmón perforado.

Los faros iluminaron pequeños carteles indicativos tallados en madera, apenas entrevistos por él: cala de Castell… cala de Seniá… punta dels Canyers… Ángela tomó el desvío de éste último, girando con brusquedad en un camino rural sin asfaltar pero de suelo compacto.

—    Y cuando pase un tiempo prudencial, te pondrás en contacto con ella y le ofrecerás el divorcio – siguió diciendo como si nada.

—    Pero… – Guillermo quería protestar, negarse a todo aquello, pero la aguja del cuentakilómetros le preocupaba demasiado. Ángela había aumentado la velocidad al tomar aquella ruta solitaria. El polvo volaba a sus espaldas. El miedo le empezaba a roer los intestinos, pues el coche ya superaba los 180 Km. /h. y se agitaba y saltaba, casi sin control.

—    Nada de peros, bonito. Los dos quedaréis libres para rehacer vuestras vidas e incluso podrás volver a Barcelona, si lo deseas – Ángela giró la cabeza para mirarle durante largos segundos.

Los cabellos de la nuca de Guillermo se erizaron con fuerza al comprobar como la recta se acababa a toda velocidad. Señaló hacia delante, queriendo avisar, pero sólo le salió un grito agudo, más propio de una mujer. Ángela sonrió, sin parecer preocupada cuando el coche destrozó la gruesa barandilla hecha con vigas de madera y salió disparado, saltando y traqueteando, hacia el abismo. Cuando las ruedas perdieron tracción con el terreno, los dedos de Ángela desabrocharon hábilmente ambos cinturones de seguridad. Abrió la puerta en el momento en que el vehículo hincaba el morro hacia el océano y se impulsó con toda su fuerza.

—    ¡¡PUUUTTAAAAAAAAAA…!! – fue lo último que escuchó salir de la garganta de Guillermo.

Los fuertes dedos de Ángela se aferraron a la piedra, resbalando por ella hasta encontrar asidero seguro, como lo haría un insecto trepador. Colgada en la pared del acantilado, con las pupilas tremendamente dilatadas para ver en la oscuridad, contempló como el Renault se zambullía en las aguas. Esperó un buen rato para comprobar si la cabeza de Guillermo volvía a salir, pero no lo hizo. Tenía demasiado tocado el pulmón como para aguantar la respiración más allá de medio minuto. Aunque no acabó demasiado profundo, el coche se llenó inmediatamente de agua al mantener una puerta abierta. Guillermo tragó dos buenas bocanadas de salobre agua marina, que le hicieron entrar en pánico, y de ahí al desenlace final, un paso. El cuerpo del hombre, libre de sujeción, quedó flotando en el habitáculo, con una expresión de pasmo y horror reflejada en su rostro.

Confiando en la potencia de sus músculos, Ángela trepó hasta alcanzar el borde del acantilado. Había calculado bien el momento, asegurándose que ningún otro conductor viera la caída. No había dejado testigo, ni prueba alguna. Se felicitó por su improvisación. Debía reconocer que era buena cuando tenía que tomar decisiones a la tremenda. Claro que también contaba la poca estima que le tenía a los maltratadores y a los crápulas. La vida de Guillermo, en verdad, no significaba gran cosa para ella.

Ahora, si recordaba bien, quedaba un buen paseo hasta las masías de la punta de Sant Esteve, un barrio residencial de Palamós. De algo tenían que servirle los tostoneros programas de turismo que veía en la tele durante las madrugadas, se dijo. Cuando pensó deshacerse del sujeto, enseguida se le vino a la mente los acantilados de Girona. Tanto si el cuerpo de Guillermo aparecía o no, Ruth estaba a salvo y sin estar bajo sospecha. Su marido había huido tras pegarle una paliza y conocer que le iba a denunciar. Si aparecía, las autoridades pensarían que había tenido un accidente durante la huida, pues había bebido bastante, hecho que probaban los rotos cascos de cerveza del apartamento. Ruth se convertiría en viuda con todos los derechos. Si no aparecía, pues… tendría que esperar unos años para divorciarse legalmente, alegando abandono, pero también estaría bien. En ambos casos ganaba la joven catalana, aunque hubiera que consolarla en un primer momento, se dijo Ángela mentalmente, andando campo a través para acortar distancias. Seguro que Ruth se soltaba a llorar a moco tendido en cuanto supiera la noticia. Pedazo de masoquista…

“También hay que explicárselo a Ginger. No creo que lo acepte a la primera, por muy hijo de puta que fuera el tal Guillermo. Como si la estuviera viendo… la bronca que me va a pegar por cargármelo, pero tengo que dejarle muy claro que Ruth no debe saber nada. Tiene que pensar que su marido se ha fugado.”, iba pensando la rubia, dejando asomar una sonrisita en sus labios. “Ahora, a encontrar un sitio para refugiarme antes de que salga el sol. Ya convenceré a un alma cándida para que me lleve a la ciudad mañana, al atardecer.”

CONTINUARÁ…

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