ALEX BLAME

 

Todo Sherlock tiene su Watson

La hermana Digna hizo sus deberes con presteza y cuando terminamos los rezos de laudes la abadesa se me acercó con gesto serio. Me preguntó si era cierto que necesitaba a la hermana Digna para ayudarme en la investigación y cuando le dije el porqué, no pudo por menos que darme la razón. Además era evidente que confiaba en la hermana y sabía que podía serme de utilidad para averiguar la verdad.

Cuando volví a mi celda, la hermana Digna ya me estaba esperando. Ignorando la primera de mis condiciones se frotó contra mí como una gata en celo y me besó antes de que consiguiese apartarla. Tras tomarle juramento apresuradamente la joven empezó a preguntar emocionada.

—¿Puedes decirme ahora por fin quienes son los testigos?

—Sí. Veamos, —dije examinando de nuevo el informe— Tengo a dos pastores, Regino Ferreros y Crisando Cruz. Afirman que Úrsula envenenó a sus ovejas.

La monja estalló en carcajadas y se puso roja como un tomate intentando hablar a la vez que reía.

—¿A qué viene tanta risa? —pregunté entre extrañado y divertido.

—A que esos dos borrachines, en vez de pastorear sus ovejas, se pasan el día bebiendo en la cantina y dejando que sus ovejas se mueran de hambre. Puedes comprobarlo tú mismo. —respondió la mujer cuando hubo recuperado la compostura a duras penas— ¿Cuál es el siguiente?

—Tiburcia Calador. Es una anciana que vive al otro lado del pueblo. No tengo muchos más datos. Acusa a Úrsula de haber facilitado a las jóvenes del lugar los medios para deshacerse de sus hijos nonatos.

—¡Ja! Otro buen ejemplar. Nuestra amiga Tiburcia es la otra curandera de la Villa, es una puta avariciosa, una alcahueta y una curandera pésima. Lleva años intentando hundir la reputación de Úrsula sin ningún éxito, hasta ahora.

—Ya veo. —dije yo— ¿Y qué sabes del alcalde? Al parecer el excelentísimo señor Don Matías Mercado, cuando paseaba una noche de luna llena por el bosque, se encontró a la acusada follando  con el gran cabrón sobre un altar de piedra.

—¡Arghh! Ese hi de puta es el peor de todos. Antes era un mercader, de hecho fue el que arruinó a mi padre con sus malas artes y luego uso el dinero que nos robó para comprar su cargo. Ahora quiere hacerse un rico hacendado para intentar comprar un titulo de barón y aunque no sea la más grande, ni la mejor propiedad de la villa, la de Úrsula, al lado del río, con pastizales y un pequeño bosque que da abundante leña, es muy apetitosa. Úrsula me comentó una vez entre risas que  Maese Matías  le ofreció comprarle varias veces la propiedad sin éxito. Por otra parte, cuando lo veas, sabrás por qué lo del paseo nocturno es pura invención. Estos cabrones tienen más cara que espalda. Seguro que se han puesto de acuerdo para deshacerse de Úrsula.

—Desde luego no es mal plan. —apunté yo— Sobre todo, teniendo en cuenta que los acusadores tienen derecho a repartirse los bienes de la rea, si esta resulta ser culpable.

—¿Y eso es todo? ¿De veras vas a tener en cuenta esos testimonios?

—Por supuesto que tengo que tenerlos en cuenta. —respondí—Tu amiga aun puede ser culpable y ellos estar diciendo la verdad. ¿O creías que iba a soltar a Úrsula solo por la fuerza de tus argumentos?

—Pues claro que sí. Te estoy diciendo la verdad. —replicó ella toda llena de razón.

—Bueno pues tu misión es preguntar por el pueblo y averiguar la verdad sobre los hechos. No quiero que  interrogues a los testigos, de eso ya me encargo yo. Tu habla con los conocidos de Úrsula y de los testigos para ver que averiguas de la historia y los motivos que puedan tener para acusar a la joven. ¿Entendido?

—Perfecto. —dijo la joven dando pequeños saltitos con una sonrisa que me pareció encantadora.

Tras despedirla, me tumbé en la cama para meditar un rato, pero no pasó mucho tiempo antes de que volviesen a llamar a mi puerta. Era una de las novicias que me dijo que en la puerta había un chaval con un mensaje para mí.

El chico había venido a decirme que un verdugo había llegado  de una ciudad vecina para asistirme en el interrogatorio de la acusada y le esperaba en la ciudadela, al parecer enfadado porque la guardia no le permitía acceder a la rea. El día, al parecer, iba a ser largo.

Cuando piensas en un verdugo, te imaginas un tipo grande, de cara obtusa  y no especialmente listo, que ocultaba su cara bajo una siniestra capucha, así que cuando me presenté ante Servando me llevé una relativa sorpresa.

El verdugo era un tipo más bien canijo, de rasgos finos y ojos oscuros y maliciosos, o eso me pareció a mí.

Servando provenía de una familia con una larga tradición. Su padre había sido verdugo y también lo había sido el padre de su padre. Y eso hacía de él una persona que se tomaba muy en serio su trabajo.  Me saludó con cierta frialdad, aun un poco enfadado por no haber tenido acceso a Úrsula, pero no estaba dispuesto a dejarle hacer lo que diera la gana.

Charlé un rato con él del tiempo y el viaje que había tenido antes de entrar directamente en materia.

—No sé cuál es tu método de trabajo, así que me gustaría poner las cosas claras. —dije observando un fugaz gesto de disgusto en Servando.

—Yo considero el nuestro un trabajo en equipo y por eso me gustaría que estuviésemos coordinados. —continué mientras el verdugo me escuchaba con atención sin decir nada.

—Ante todo soy un hombre de Dios y no me interesan las confesiones, me interesa la verdad. ¿Entiendes a lo que me refiero?

—Creo que sí. —contestó Servando.

—En efecto. He participado en los suficientes procesos para saber que un verdugo puede hacer confesar a un acusado de que vuela como los pájaros, que es el hijo del demonio o que sabe como leer el futuro en la mierda de caballo, pero ambos sabemos que ese no es el trabajo de un verdugo, es el trabajo de un matarife.  Y por lo poco que sé de ti me parece que no eres de esos.

El hombre me miró y pareció complacido con mi discurso. Probablemente la mayoría de su vida se había topado con el miedo y el desprecio de las personas para las que había trabajado y apelar a su  orgullo pareció ser una buena forma de tratar con él.

—¿Qué es lo que quiere exactamente de mí? —preguntó el hombre tras un largo silencio.

—Quiero que utilices tu arte, quiero que le aprietes las tuercas a la acusada mientras yo le pregunto y quiero que la hagas hablar, pero no que le causes tanto dolor o humillación que esté dispuesta a confesar cualquier idiotez que se le ocurra con tal de que cese la tortura. De ti quiero que extraigas a esa mujer la verdad, no lo que me gustaría oír. Sé que es un equilibrio delicado, pero creo que tienes suficiente experiencia en tu trabajo para saber qué es lo que quiero.

—La verdad es que no es lo que acostumbro a hacer. La mayoría de los hombres de su posición, hermano, lo único que quieren es dejarme con la acusada para que le saque la confesión a toda costa mientras ellos están en la iglesia o la taberna rezando por el alma de la pobre infortunada.

—Bueno yo no soy un inquisidor normal. De hecho no he recorrido doscientas leguas para sentenciar una persona tras media jornada de trabajo.

El verdugo asintió y pareció estar de acuerdo con mi forma de pensar. Por la manera de mirarme estaba seguro de que le había impresionado favorablemente.

Bajamos al calabozo y nos presentamos ante Úrsula. Servando se había quitado el jubón de cuero y la tosca camisa de lino que llevaba debajo, dejando a la vista un cuerpo enjuto pero fibroso y se puso una capucha negra con agujeros para los ojos y la boca. La verdad es que aquel hombre conocía su oficio. Su aspecto con el rebenque en la mano y los ademanes cuidadosamente calculados tenía que ser una visión realmente aterradora para los reos.

Y así era. En cuanto Úrsula lo vio, soltó un gemido y se meo encima. Sin decir nada, Servando abrió el enorme candado y cogiendo a la acusada por el pelo la obligó a ponerse en pie.

La mujer me miró un instante aterrada y aprovechando que el verdugo me daba la espalda le hice un gesto de ánimo que la reconfortó un tanto. Esperaba que confiase en mí o si no, aquello no duraría mucho.

No había tiempo que perder. Con un insulto, Servando tiró del pelo de la mujer y la arrastró medio en volandas por unas escaleras que bajaban hasta la sala de torturas de la ciudadela.

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