JANIS MULLIGAN

 

Todo pasó en Halloween

 31 de octubre de 2013.

Ángela abrió los ojos unos milímetros y observó la oscura habitación a través de las rubias pestañas. Ginger estaba a su lado, como casi siempre. Solía levantarse sobre mediodía y hacía las faenas necesarias en la casa, o salía de compras. Después hacía el almuerzo y la cena, a la misma vez. Guardaba la cena en el frigorífico y almorzaba ella sola, viendo la tele.

Tras el almuerzo, se marchaba al club en donde ensayaba un par de horas y luego corría unos kilómetros hasta volver a casa. Una buena ducha y se metía, desnuda, en la cama de Ángela, a dormitar un pequeña siesta hasta que su compañera despertase. Esa era la rutina diaria de Ginger y a la rubia le encantaba. Saber donde estaba la tailandesa en todo momento, o, al menos, confiar donde estuviera, le confería un excitante control que saboreaba sin prisas.

Bajo el edredón, la mano de Ángela se movió hasta posarse sobre la desnuda cadera de su amiga. Sonrió en la penumbra. Ginger siempre estaba desnuda para ella, para que la pudiera tocar cuando quisiera, para no poner traba alguna a su relación. La tailandesa no se había confesado con ella en ningún momento, pero Ángela pensaba que Ginger sentía algo serio por ella y, aunque no quisiera reconocerlo, la rubia estaba empezando a notar que la correspondía cada vez más, sobre todos los demás humanos que estaban conectados, de alguna forma, a ella.

Las redonditas nalgas de Ginger rebulleron al sentir la suave caricia. Echó su trasero hacia atrás, pegándose más al cuerpo de su compañera, y ronroneó como una gata satisfecha.

—    Feliz Halloween, cariño – musitó en el oído de la asiática.

—    Mmmm… ¿Saldremos a pedir chuches?

—    ¿Para qué? Yo ya tengo mi cosita dulce aquí, metida en la cama…

—    Viciosa…

—    A mucha honra – Ángela metió la punta de su lengua en la oreja de Ginger, haciendo que se estremeciera y dejara escapar una risita.

—    This night… no tener que estar en club antes de… midnight – barbotó Gingerr, en su clásica mezcla lingüística.

—    ¿Eso quiere decir que podemos quedarnos en la camita hasta entonces? – preguntó Ángela, juguetona, deslizando su mano sobre los enhiestos pechos de Ginger.

Ésta siseó como respuesta, levantando un brazo y doblándolo hacia atrás, sobre su hombro, para acariciar el suave cabello de su amiga. Se derretía en cuanto la empezaba a tocar así, borrando cualquier estado anímico que la tailandesa tuviera en aquel momento. Daba igual que estuviera cabreada como una mona, depresiva, o preocupada. Las manos de Ángela la hacían entrar en un estado de excitación y lujuria que anulaba todo lo demás. En sus momentos más calmos, aún se preguntaba si eso era preocupante, pues la habían educado para no entregarse sin luchar.

—    Puede que sea un buen momento para una de esas historias excitantes de Halloween, ¿no crees? – le preguntó la rubia, abrazándose aún más, cuerpo desnudo contra cuerpo desnudo. Sus dedos descendieron lentamente de la cúspide de sus senos al cerrado desfiladero de su pubis. – Te contaré una que escuché cuando era más niña…

—    La noche de Halloween es el momento especial para revivir cuentos, viejas historias tradicionales, y cambiar sus valores morales, haciendo que lo perverso sea excitante, lo más bello, risible, y la inocencia un estado engañoso – la voz de Ángela se hizo algo más grave, melosa.

“Según me contaron, en aquel tiempo España era un país sin ninguna tradición brujeril, salvo en las tierras interiores del norte. Halloween no significaba nada para los españoles, veinte atrás, a no ser que estuvieras en un lugar concreto: en una base militar americana en suelo español. La historia sucedió en la base naval de Rota, en Cádiz, ya sabes, Ginger, totalmente al sur.”

“Allí, tanto el personal civil como militar americano, habían instituido con fuerza la tradición de la última noche de octubre, casi como una esperada fiesta para todos los críos, españoles y estadounidenses, antes de la Navidad. Así que la comunidad de la base, bastante numerosa en aquellos años en que sucedió esta historia, se volcaba totalmente con la noche de Halloween.”

“La comunidad, de casi ocho mil almas, se engalanaba, colgando esqueletos, brujas voladoras, y sobre todo calabazas ahuecadas por sus calles y zonas de juego, siempre dentro de la seguridad de la base. Había bastantes niños entre aquellos militares jóvenes y eso hacía de Halloween algo inevitable y excitante.

Sin embargo, cierta historia, con visos de leyenda urbana, empezaba a correr entre los chicos mayores. Se decía que en los últimos ocho años, aparecía una Caperucita Roja en la noche de Halloween. Cada año era la misma y parecía no envejecer. Tenía sobre los quince años y era rubia como el sol. Vestía capita con capucha, roja, por supuesto, una minifalda roja, a medio muslo, una camisa blanca, con corpiño de peto, y unos zapatitos de charol con calcetines blancos. De la mano, llevaba una cestita, donde almacenaba caramelos y sándwiches.”

“Pero lo escalofriante era que nadie la conocía, nadie la había visto antes en la base, ni en el pueblo, y, de alguna manera, solía dejar varios chicos tocados a su paso, unos debilitados, otros encandilados, y algunos, verdaderamente enloquecidos. También se contaba que hubo una familia en la que todos sus miembros quedaron afectados, en mayor o menor grado, por la Caperucita. Las historias eran liosas y se contradecían unas a otras, pero todas tenían ciertos datos en común. Aquella Caperucita no era una chica normal.”

“Como en toda historia que se precie, debe haber un imbécil que se haga el héroe o el interesante. En esta estaba Frank Mollin, quien aseguraba tener un plan para atrapar la Caperucita Roja, con la ayuda de unos amigos y de su hermano mayor, Thomas, militar de la base. Frank era un chico muy dado a obtener ventajas sobre la gente que le rodeaba, ya fueran amigos, conocidos, o bien elementos de Rota, como profesores del colegio bilingüe al que acudía. “

“Frank estaba a punto de cumplir la mayoría de edad y su vida había sido fácil y divertida, como hijo del comandante de la base. Eso le hacía creer que tenía todo el derecho a controlar a la gente de su entorno porque, un día cercano, él estaba destinado a convertirse en alguien muy importante. A saber de dónde le venía aquello, pero así era como pensaba.”

“Había obligado a varias chicas, tanto españolas como yankees, a acostarse con él. La verdad es que tenía un don para enterarse de chismorreos y detalles suculentos que le conferían la posibilidad de chantajear o presionar a las personas, y desde luego era algo que aprovechaba a cada ocasión.”

“Aquel Halloween se obsesionó con la historia de la Caperucita Roja y convenció a sus amigos más cercanos, así como a su hermano, para atraerla y atraparla. Si era una criatura mágica, se haría absolutamente el más famoso de la base. Si no lo era, bueno, ya se vería, sonrió.”

“El plan era bien simple. La Caperucita había aparecido siempre en lugares donde se reunían los adolescentes mayores, los que se tomaban Halloween como una excusa para irse de fiesta. Algunos ni siquiera se disfrazaban. Parecía que era atraída por estos jolgorios, rondando las reuniones y escogiendo víctima. Así que Frank pensaba montar una buena movida, invitando a mucha gente, y estando al acecho con su hermano Thomas, sus amigotes Perry y Louis, y su inseparable Natalia, su amiga-novia española de Rota.”

“De alguna forma, había conseguido que su padre le cediera una de las casas vacías de la base para la ocasión. Dejó que varias de sus amigas la engalanaran y corrieran la voz de que iba a ser la mejor fiesta de Halloween que se celebrara en la base.”

Ginger gimió cuando la mano de su compañera se asentó entre sus muslos. Pegó aún más sus nalgas contra la ingle de Ángela y sonrió, mecida por la voz de la rubia.

—    La noche de Halloween, en pleno apogeo de la fiesta, la Caperucita Roja apareció, atraída por las risas y el alcohol. Venía más hermosa que nunca, con la falta tan corta como se podía llevar en la década de los ochenta, unos zapatos de alta plataforma, y la caperuza pillada con unas horquillas a su coronilla, para mostrar bien su bello rostro.

“Se acercó a la mesa de las bebidas y probó varios destilados, como buscando cual le gustaba más. Enseguida atrajo la atención de todos los chicos, con sus largas piernas desnudas y el escote de su camisa blanca, que dejaba entrever su sostén de encaje marfil.”

“Por supuesto, Frank también fue en su busca, apoyado por sus amigos. Ni que decir que consiguió atraerla hasta apartarla de los demás. El chico se tenía por irresistible y encantador, pero, en el fondo, lo que atrajo a la Caperucita era las dos botellas de ron jamaicano que Frank llevaba bajo el brazo.”

“Frank sonreía y charlaba de cosas banales mientras admiraba aquellos ojos tan azules como el cielo de verano y los hilachos de oro que surgían de debajo de la caperuza. Nunca había visto un pelo tan rubio y tan sedoso. Volvió a llenar el vaso de ella mientras esperaba el momento oportuno para llevarla a la habitación donde esperaba su hermano y un colega suyo, con una red de camuflaje para atraparla.”

“En un par de ocasiones, tocó aquellas manos pequeñas para asegurarse de que era real, de que tenía consistencia física y no era ningún fantasma etéreo. Para su conmoción, era piel cálida, llena de vida, y aquella sonrisa que la Caperucita mantenía en sus labios, sin desfallecer, le estaba minando la voluntad. A su lado, Louis y Perry se mostraban igualmente afectados, o incluso más, ya que el moreno Louis la miraba totalmente embobado.”

—    ¿Cómo yo? – preguntó Ginger, girando la cabeza todo lo que pudo para mirar a su amiga de reojo. Le ofreció sus labios que Ángela besuqueó antes de proseguir.

—    Un poco más embobado – sonrió la rubia. – El caso fue que cuando Frank le propuso ir a otra habitación, ella eligió salir al pequeña jardín trasero, lejos de miradas indiscretas, pero insistió en que sus amigos también les acompañaran.

“Frank no pudo o no supo cómo negarse. Aquellas pupilas azules y la piel nacarada le tenían atrapado, olvidándose de su plan. Los cuatro acabaron sentados sobre la gruesa tapa redonda de un falso pozo, que hacía de mesa en el centro del patio. Ni siquiera tuvo consciencia de cómo acabó bebiendo ron de la boca de la Caperucita y mirando cómo sus amigos hacían lo mismo, por turnos.”

“Aquellos besos alcohólicos eran geniales, llenos de dulzura y calor. Nunca le había besado así una chica. La punta de sus dedos aleteaba sobre su rostro, bajando hasta sus hombros, incitándole a seguir, a buscarla con su lengua. Frank incluso sonreía cuando la veía hacer lo mismo con sus amigos y participaba alegremente en la unión de lenguas que ella organizaba entre los cuatro. Se preguntó por qué antes le daba tanto asco pensar en besar a otro hombre. Las lenguas de sus amigos eran tan suaves y calientes como las de las chicas. Además… estaba la lengua de ella también, en medio de aquel embrollo lingüístico, casi como una recompensa.”

“Cuando ella echó mano a la bragueta de Luis, todo pareció tan lógico y normal que se rieron entre ellos. El pene de su amigo brotó, totalmente enardecido, avivado por las caricias y el ron. La Caperucita, sin perder su preciosa sonrisa, lo abarcó amorosamente con sus manitas. Louis se estremeció cuando comenzó a sobarlo con más precisión, iniciando un ritmo lento mientras les miraba a los tres a los ojos.”

“Al poco, hizo lo mismo con Perry, dejando su miembro al descubierto. Siguió masturbando con su mano izquierda a Louis y con la mano derecha a Perry, pero tenía los ojos posados sobre Frank, justo en el medio. Irguiéndose sobre sus rodillas, aplicó sus rojos labios sobre la entreabierta boca de Frank, quien no atinaba a desabrochar su cinturón y la bragueta. Cuando consiguió extraer su pene, el cual nunca había estado tan duro y firme, balbuceó: Chúpamela, por favor…”

“Frank, en su vida, había suplicado por algo, y menos pidiéndolo por favor. Se tenía por un alguien especial, con derechos que debían ser satisfechos. La Caperucita sonrió aún más y asintió levemente, inclinando su cabeza hasta alcanzar con la boca el erguido miembro. Pero no soltó pene alguno de los que tenía aferrados con sus manos. Siguió masturbándoles lentamente mientras devoraba lánguidamente el falo de Frank. Este, con un gemido, puso sus manos sobre la caperuza, intentando controlar la felación.”

Los tres se corrieron con segundos de diferencia, pero, extrañamente, continuaron con sus príapos tan duros como al empezar. La Caperucita se tumbó de costado sobre la enorme tapa de pozo, sugiriéndole a Louis, a su espalda, que le levantase la faldita y le quitase la braguita que la molestaba, sonriente, el muchacho hizo lo que le había pedido, dejando aún más al descubierto aquellas delicadas piernas níveas. La braguita era blanca, de algodón, de esas que llevan las niñas buenas, pero en ella resultaba sumamente incitadora. Louis la bajó a lo largo de las piernas, regodeándose con el tacto.”

“Ahora, tú por detrás, le dijo a Louis, tomando de nuevo su miembro con la mano y conduciéndole a su apretado ano, sin lubricar. Al muchacho le costó trabajo introducir su pene por tan estrecha apertura, pero no se rindió. Ella bufaba, gemía y se agitaba, pero tampoco se echó atrás hasta tenerla dentro. Entonces, sonrió y miró a Frank, abriendo los brazos. El chico se tumbó sobre ella y sobre su amigo, que quedó doblemente aprisionado, y se la coló lentamente por la vagina. A medida que entraba, notó la pulsación del pene de su amigo, tan solo separado por la pared vaginal y el recto. Aquella intimidad, aquel roce tan delicado, le encantó. Por un momento, pensó que incluso estaría bien sin estar separados por la carne de la chica. Se clavó con más fuerza, haciéndola gemir adorablemente. Tenían a la Caperucita totalmente empalada y aún así, ella pidió a Perry que usara su boca.”

“¡Es la más puta que he conocido!, pensó Frank, pero también era lo mejor que jamás le hubiera pasado. Los dedos de Louis apretaba los pequeños senos mientras él mordisqueaba los endurecidos pezones que su amigo afilaba. Frank lamía tanto aquellos remates como los dedos de Louis. Sobre su ceja derecha, los testículos de Perry se rozaban y bamboleaban en su incesante empuje dentro de la garganta femenina, sin que a Frank le importase lo más mínimo. Había algo nuevo que estaba surgiendo en él, con fuerza; algo que aún no comprendía del todo.”

“Al cabo de unos minutos, los amigos intercambiaron las posiciones, alentados en todo momento por la rubia Caperucita. Frank se corrió inevitablemente, estrujado por el esfínter femenino. Perry descargó en cuanto se hundió en la cálida vagina, pero siguió empujando y bufando, como un jabato, dispuesto a continuar. Louis tardó un poco más, pero acabó llenando aquella glotona boca con todo lo que tenía en sus bolas peludas.”

“¡Tomad un trago más, nenes, que vamos a seguir follando durante mucho tiempo!, rió ella, acaramelándoles aún más con su voz encantadora. Pasaron la botella entre bromas.”

“¡Se está acabando!, dijo Frank, agitando el culo de la botella.”

“Pues súbete los pantalones y tráete otra, guapo, y también a tu novia.”

“¿De veras quieres que la traiga?”

“Por supuesto. Necesito que me lama bien el coño, cariño.”

“Frank sonrió y se subió los pantalones que llevaba en los tobillos. Salió a toda prisa del patio. La Caperucita se giró hacia los dos amigos. Nenes, ¿por qué no os besáis, que os vea bien?, les dijo. Los chicos, sin pensárselo, se abrazaron y se besaron con entusiasmo, pegando bien sus lenguas. La chica metió una mano entre los cuerpos de los chicos, procurando poner sus tiesos penes en contacto, el uno con el otro. Louis y Perry suspiraron y se frotaron lentamente, agradecidos. Sin saberlo, tanto el uno como el otro pensaron lo mismo: ¿por qué no se les había ocurrido esto antes?”

“Frank volvió con una botella de vodka en la mano y su novia Natalia aferrada de la muñeca con la otra. ¿Qué es esto?, exclamó, intentando librarse de la mano de su chico y mirando a los dos amigos retozando juntos. Después, la miró a ella, descubriendo su camisa abierta, los senos fuera del sujetador, el carmín corrido sobre sus labios… Su boca estaba entreabierta, respirando agitadamente.”

La Caperucita le arrebató la botella a Frank, que no tenía ojos más que para lo que estaban haciendo sus dos amigos, y echó un buen trago. Entonces, le quitó la mano de la novia, tirando de ella y sentándose sobre la tapa de pozo, justo al lado de los chicos que se morreaban. La joven, de pelo oscuro y ensortijado, la miró con extrañeza, envarada. Era atractiva pero con una mirada rebeldes en sus ojos marrones.”

“¿Cómo te llamas?”

“¡Vete a la mierda, pedazo de puta!, respondió la chica, intentado que aquella manita la soltara, pero sin conseguirle.”

“Ya veo, murmuró la Caperucita. Y, entonces, la aferró fuertemente del pelo y le echó la cabeza hacia atrás, con un grito que no inmutó a ninguno de los chicos. De hecho, su novio estaba tocándose la entrepierna, por encima de la tela del pantalón, y mantenía la vista clavada en las nalgas de Perry. La Caperucita Roja se inclinó sobre aquel cuello joven y vibrante que su mano mantenía ofrecido, y mordió con experiencia.”

“Los gritos y resistencia de la chica disminuyeron y terminaron finalmente. Con un gemido, subió una mano y la posó delicadamente sobre el hombro de la Caperucita, dejando que bebiera de su yugular. La extraña rubia se retiró, cortando la pequeña hemorragia. Sus mejillas estaban singularmente arreboladas, sus ojos brillaban como si hubiera fuego detrás de ellos.”

“¿Cómo te llamas?, volvió a preguntar, pellizcando la barbilla de la joven.”

“Natalia… ¿Qué me has hecho?, balbuceó.”

“Nada, nada, pequeña… solo abrir tu mente. Toma, echa un buen trago y enjuágate la boca. Hay que desinfectarla para lo que debes hacer…”

“Natalia obedeció, sonriente, y se enjuagó la boca con vodka, que después tragó. Tosió y escupió y su rostro enrojeció. La Caperucita la tomó otra vez de la mano, poniéndola en pie.”

“Bien, ahora me vas a besar, Natalia, que estoy muy caliente y deseosa. ¿Lo harás? Y la morena asintió, mirándola a los ojos. La rubia se llevó las manos de la chica a la apertura de la camisa, dejando que rozara su piel. Con una expresión de gozo en el rostro, Natalia ascendió las manos por el vientre desnudos hasta llegar al sujetador arrugado, de donde asomaban los pezones rosados y erguidos.

Cuando Natalia los estrujó con delicadeza, la Caperucita la acomodó contra su cuerpo y sus labios mordisquearon la boca ajena. Tras degustar la saliva de Natalia, se apartó y miró a su novio, quien se había sacado el pene, manoseándolo a escasos centímetros de las nalgas de su amigo.”

“Usa la miel que llevo en la cestita y métesela. Te mueres por hacerlo, capullo, le dijo con un jadeo.”

“El chico sonrió y rebuscó en el interior de la cesta de mimbre, sacando un tarrito con miel. No sabía si era algún tipo de chuchería o es que la Caperucita era fiel al cuento. Pero se acercó a aquellas nalgas que le atraían y dejó caer un goterón justo sobre la raja que las separaba. Perry gruñó pero no dejó de besar a Louis y menear las caderas, sobre todo cuando su amigo metió los dedos y embadurnó su esfínter.”

“Despacio, despacio, susurró Perry, alzando su trasero para que su amigo pudiera acceder mejor.”

“Oh, sí, sí, te voy a follar, Perry, se relamió Frank.”

“Mientras tanto, Natalia aprendía cada vez más a besar una mujer. Nunca lo había hecho pero no era demasiado diferente de hacerlo con un chico. Tan sólo tenía que hacerlo más suave, más lánguido, hacerlo como a ella le gustaba. La Caperucita la mantenía aferrada por las nalgas, apretando con fuerza sobre el tejido. Ambas meneaban las caderas y ondulaban el vientre, escenificando una pasión que Natalia jamás había sentido. En el interior de su boca, la Caperucita farfullaba algo ininteligible. Aquella boca estaba tan caliente que casi quemada, se dijo Natalia, pero era muy sabrosa, como una golosina que no se terminara. La saliva que destilaba era puro azúcar. Si todas las tías sabían así, Natalia se prometió que se haría lesbiana.”

“Con esfuerzo, Frank metió su verga en el ano de su amigo. Era aún más estrecho que el culo de la Caperucita, pero a base de gruñidos, la coló por completo. Louis sujetaba el rostro esforzado de Perry, dándole besitos de consuelo mientras que con sus dedos tanteaba la zona en litigio. Él mismo guió la polla de Frank, para que no se doblara en un mal ángulo al empujar. Pensaba en ofrecerse voluntario la próxima vez. Estaba seguro que ninguno de ellos iba a olvidar aquel Halloween.”

“Frank se movía lentamente sobre aquel culito que le apretaba como un guante. Una de sus manos subió hasta acabar metiendo un dedo en la boca de Perry. Al mismo tiempo, sentía el cipote de Louis rozarse contra sus testículos. Se había bajado un tanto para poder frotarse contra él y le sonreía, casi oculto bajo el peso de Perry. Un goterón de esperma se quedó colgado del vello de sus huevos cuando Louis se corrió, y eso hizo disparar su propia eyaculación en el interior del intestino de Perry, el cual ya se había corrido hacía un buen rato, sobre el vientre del amigo que tenía debajo.”

“Dios, qué bueno se sentía todo eso, pensó Frank, retirándose y mirando la espalda de su novia.”

“Estaba tumbada de bruces sobre la tapa del pozo, el rostro oculto en la entrepierna de la Caperucita, la cual se agitaba y gemía como si no pudiera controlarse. La caperuza había caído de su cabeza, dejando todo el rubio cabello al descubierto. Natalia, que iba disfrazada de dama victoriana, tenía la amplia falda y el refajo totalmente levantados, dejando ver una de sus manos atareada en el interior de su braguita azulona. Frank sonrió al ver su descaro.”

“¡Necesito más… más!, jadeó la Caperucita, alzando los ojos y mirándole. ¡Venid todos y folladme, jodidos patanes yankees! El insulto les hizo separarse y ocuparse de ellas. Obligaron a Natalia a tumbarse sobre la Caperucita, cosa que aprovecharon para darse las lenguas con ferocidad. Las tumbaron de costado y Frank se puso a la espalda de la Caperucita y Louis le imitó usando a la novia de su amigo.”

“Las chicas se abrieron de piernas, permitiendo que las vergas las penetraran desde atrás. Perry, sin sitio para meterse, se arrodilló sobre las cabezas femeninas, dejando que se atarearan en devorar su pene, endurecido de nuevo.”

“Frank, Louis y Perry despertaron de su extraña disposición tres días después, desnudos sobre las camas de La Perla Azul, un sitio infame de la bahía de San Fernando, donde se citaban todos los maricones de Cádiz. Cada uno estaba en una pequeña habitación, con el trasero lleno de esperma, al igual que la boca y gran parte del cuerpo. Al parecer, se los habían estado follando por un módico precio, sobre todo sarasas maduritos y viejos pendejos. Se fueron a casa, asustados y vejados, pero dispuestos a repetir entre ellos.”

“Natalia lloró, tumbada sobre las lonas que cubrían el patio en verano. Estaba desnuda y aún se estremecía por el placer recibido. La Caperucita se vestía, en pie, en el interior del cocherón, a espaldas de la casa de Natalia. Había estado allí oculta tres días y Natalia acudía cada noche, a alimentarla y gozar con ella. Ni siquiera se había acordado una sola vez de su novio, ni volvió a hacerlo cuando se vieron de nuevo. Ambos habían abrazado una vertiente sexual distinta. Ahora, había llegado el momento de la partida y Natalia estaba muy triste.”

“Aquel fue el último Halloween que se vio la Caperucita Roja por Rota.”

Las manos de Ginger aprisionaron la muñeca de Ángela, obligándola a presionar su vulva con más fuerza. La rubia se frotó contra aquellas nalgas redonditas y mullidas y le susurró al oído:

—    ¿Te ha gustado la historia?

—    Me has puesto muy… mala, zorra… muy cachonda – jadeó la tailandesa.

—    ¿Por lo puta que era la Caperucita? – sonrió Ángela, mordisqueando el lóbulo.

—    No… por cómo los… pervirtió a todos – la mano de Ginger voló hacia atrás, buscando la entrepierna de su amiga. – Los imaginé… follando… todos… y… ooooohhh…Ángela… cómo haces… correrme…

—    Sí, sí… tú córrete, que vas a estar comiéndome la almejita hasta que nos vayamos, putita mía – susurró la rubia, alargando el orgasmo de la tailandesa.

* * * * * * * * * *

Ángela apartó los ojos de la actuación de Ginger por un momento, para clavarlos sobre la pareja que pasó bajo la cortina de la entrada. La noche de Halloween prometía bastante, ya que era viernes y el club ya estaba lleno aún siendo las diez de la noche. El show de la vampiresa tendría lugar más avanzada la madrugada y esperaba a que su compañera acabase con el suyo para conseguir un buen cliente.

En un principio, al ver la pareja creyó que se trataba de aquella que espió con Ginger, unas semanas atrás: el señor Lolo y su esposa. Pero ambos parecían más jóvenes y el hombre era mucho más alto y robusto que el señor Lolo.

Normalmente no entraban muchas parejas en el club y las que lo hacían, solían estar formadas por un señor y su fulana, con evidentes ganas de juerga, por lo que llamaban rápidamente la atención entre tantos tíos solos y salidos. Ángela les echó un buen vistazo mientras pasaban casi delante de sus narices.

El hombre vestía un liviano jersey de fina lana, cuyo pico dejaba entrever demasiada piel de su torso, revelando que no llevaba nada más debajo. Al acercarse más, Ángela comprobó que era más alto de lo que creía y que poseía unos sinuosos brazos que marcaban una buena musculatura bajo la lana. Posaba una mano sobre el hombro de la mujer, dejando que ella caminase un paso por delante, como si quisiera indicar que le pertenecía en cuerpo y alma. Apenas giró la morena cabeza hacia el escenario pero sí recorrió todo el local con los ojos.

Si el hombre era impresionante, la mujer no se le quedaba a la zaga. También era alta, cercana al metro ochenta, y portaba un abrigo de piel oscura que Ángela intuyó de alta peletería. Una bella cabellera de bucles dorados se desparramaba sobre el oscuro vello. Si era una fulana, debía de ser de las caras, seguro.

Los vio desaparecer en uno de los reservados y se los quitó de la cabeza al encaminarse hacia los camerinos para esperar a Ginger. Unos minutos más tarde, después de que Ginger terminara su número, se refrescara y retocara su maquillaje, las dos salieron a la palestra, dispuestas a ganarse el pan.

Marina, una bella cordobesa de ojos enormes que se dedicaba solo que a atender mesas y mostrador, era habitualmente la encargada de recoger las peticiones de los clientes que las solicitaban. Desde que habían pulido su show conjunto, Ángela y Ginger tenían cada vez más admiradores que querían verlas bailar juntas en la intimidad.

Marina dejó su bandeja en el rincón del mostrador, reservado para las camareras. Las miró con una sonrisa mientras entregaba su comanda a la chica de dentro de la barra.

—    Tenéis unas cuantas peticiones para esta noche – les dijo, sin mirarlas apenas, atenta al pedido que le servían. – Creo que tendríais que darle prioridad a la pareja que está en el reservado dos. Han pedido champán del caro y el tío me ha dado cincuenta pavos de propina. Dice que os han recomendado…

—    ¿Pareja? – musitó Ginger, enarcando una de sus finas cejas.

—    Sí… parece que hay pasta ahí. La chica es de primera, ya os digo…

—    ¿Un tío alto y moreno? – preguntó Ángela, a su vez.

—    Sí, el mismo. Guapo y cachas – sonrió Marina, esta vez mirándolas.

—    ¿Guapo? Entonces no ser señor Lolo – meneó la cabeza Ginger, arrancando una risita de su rubia compañera.

Meneando su corta faldita de colegiala, Ángela se dirigió hacia el reservado en cuestión, tomando a Ginger de la mano. Ésta llevaba un sucinto bikini de lentejuelas con un corto mantón de largos flecos como pareo. Una felpa con largas orejas de conejito completaba su indumentaria.

—    Buenas noches – expresó con una sincera sonrisa mientras Ginger cerraba los cortinajes a su espalda.

—    Buenas noches – respondió el hombre, con una voz grave y varonil, repantigado como un pachá en el mullido sofá. La mujer respondió solo con una sonrisa y un alzamiento de la copa que tenía en la mano.

El foco que caía en el centro del reservado dejaba el rostro del hombre en la penumbra, pero aún así Ángela pudo vislumbrar el extraño color acerado de sus ojos, así como la media sonrisa que alzaba sus labios. Su acompañante femenina sí estaba mejor iluminada y resultaba casi fastuosa, ahora que se había quitado el abrigo de piel. Cabalgaba una pierna sobre la otra, enfundadas en medias de brillante fantasía que el exiguo vestido dejaba a la vista, justo hasta la altura donde la presilla del liguero la sujetaba. El ondulante cabello rubio le caía frondosamente sobre el pecho y hombro, solo de un lado, pues lo llevaba recogido del otro.

La mirada de la mujer se topó con la suya y Ángela se dijo que tenían los ojos muy parecidos entre ellas, de un azul cobalto. También comprobó que aquella rubia iba exquisitamente maquillada y, en verdad, no parecía ninguna fulana. Además, era muy bella y elegante para ser una…

—    Creo que habían preguntado por nosotras – dijo Ángela, inclinándose para tomar la copa de champán que el hombre le ofrecía. La mujer hizo lo mismo con Ginger.

—    Sí. Me han hablado muy bien de vuestro número privado y nos gustaría verlo – agitó el hombre una mano, casi con desgana.

—    Por supuesto. Debo indicar que…

—    Hay mil euros para cada una por permanecer con nosotros. ¿Os importa? – dijo el cliente, con un nuevo movimiento de su mano.

—    Como si hay que estar toda la noche – rió Ginger.

Ángela y Ginger apuraron las copas y aprovecharon el inicio de un nuevo tema musical para comenzar su sensual coreografía. Adosaron sus espaldas y flexionaron las rodillas en un par de movimientos que les hizo subir y bajar, los muslos bien abiertos para los ojos de sus clientes. La mano de Ginger levantó en varias ocasiones los bordes tableteados de la faldita a cuadro escoceses de su compañera, dejando al descubierto la blanca braguita de encaje. Por su parte, Ángela aprovechó que la tailandesa se sentó sobre la baja mesita para frotar lánguidamente su entrepierna contra una de las esbeltas piernas.

Poco a poco, entre lentas contorsiones y movimientos de pelvis al ritmo de la música, las chicas se olvidaron de quienes las miraban, como siempre les ocurría. Solo quedaron los roces, las insinuantes caricias de la punta de los dedos, los mohines cada vez más genuinos que sus rostros adoptaban, las miradas que entrecruzaban, cargadas de promesas placenteras. Todo ello quedaba patente para sus clientes, que pronto intuían que allí había algo más que puro espectáculo, que se excitaban con el propio frenesí que emanaba de ellas. Apenas eran conscientes de que englobaban al cliente en el ardiente círculo de su propia sensualidad.

La mano de la mujer rubia dejó la copa sobre la mesita y se movió hasta la pierna de su acompañante. La posó allí, masajeando, acariciando, pellizcando incluso la dura carne masculina sobre el pantalón, sin quitar ojo de la danza lésbica. Su acompañante la miró, sonriente, y la tomó de la barbilla, besándola suavemente para luego seguir admirando el espectáculo.

El mantón de flecos fue lo primero que cayó al suelo, desanudado por los hábiles dedos de Ángela, mientras que las lenguas de ambas se unían ligeramente bajo el foco de luz. Ángela fingió timidez cuando su compañera se colocó a su espalda y le desabotonó la camisa blanca, sin quitarle la corbata. Ya sin camisa, Ginger la obligó a recostarse contra uno de los sillones, manteniendo las nalgas alzadas y la faldita muy subida. Las manos de la tailandesa apretaron y amasaron a fondo los níveos glúteos de la rubia, haciéndola gemir con tanto ímpetu que la pareja escuchó perfectamente el quejido sobre el volumen de la música.

Por algún motivo, quizás por tener delante a una pareja que las devoraba con los ojos, Ginger y Ángela se sentían más libres en su show y menos teatrales en sus movimientos. Las lenguas profundizaban más que en otras ocasiones, los besos se volvían más intensos, más ardientes, y los pubis se buscaban con más fervor, causando abrazos más duraderos y con más contacto.

Cuando Ginger despojó a su amiga de la faldita, su mano no pudo impedir colarse bajo la cinturilla de la braguita y deslizar el dedo índice sobre la vulva sonrojada de Ángela. Ésta era consciente de que estaban yendo más lejos que nunca, que la excitación que sentían no la habían experimentado nunca en un tiempo tan corto; si no se detenían enseguida, se descontrolarían sin duda. Pero al mirar a su amiga a los ojos, Ángela supo que le daba ya igual. Ginger tenía esos ojos entornados y viciados que solía adoptar cuando estaba muy excitada, y ella misma tragó saliva, encogiéndose de hombros mentalmente.

Ángela empujó suavemente a Ginger hacia el regazo del cliente, susurrando que le quitara la parte inferior del bikini, cosa que el hombre hizo diligentemente, con una gran sonrisa. La rubia acompañante hizo una seña a Ángela con un dedo para que se acercara. Pellizcando la tela de la braguita por los laterales, deslizó la prenda por las suaves piernas de la vampiresa mientras que ésta se apoyaba, con una mano, sobre el hombro de la clienta. Como un suave aleteo, Ángela notó un dedo de la mujer rozar su entrepierna, comprobando lo húmeda que estaba.

Las dos bailarinas volvieron a abrazarse en medio del reservado. Ángela descendió su lengua a lo largo del cuello de Ginger, haciendo que ésta echara la cabeza hacia atrás y ronroneara. Un muslo de cada una se presionó contra la entrepierna de la otra, pudiendo iniciar así un corto pero intenso frotamiento que agitó las caderas de ambas.

Estaban desnudas y ansiosas, deseando dejarse caer sobre uno de los sillones y retozar como hembras ardientes, como zorras libidinosas. Ginger no dejaba de quejarse y abrir sus muslos, pidiendo algo que la calmara. Ángela, por su parte, necesitaba la boca de su amiga entre sus piernas para hacerla aullar. Los clientes quedaban cada vez más olvidados, más lejanos, como algo secundario.

Se dejaron caer sobre el sillón vecino, suspirando y agitándose. Rodaron sobre él, entre besos y mordisquitos, hasta que, en un alarde de elasticidad, Ginger acopló sus piernas entre las de su amiga. Se fusionaron aún más, incrustando sus pelvis, la una contra la otra, los talones abrazando la cadera amiga. Sus sexos se besaban como si de labios bucales se tratasen, consiguiendo que las caderas rotasen en un movimiento experto y embriagador. Ángela tenía una mano en la nuca de Ginger, atrayéndola hacia ella para lamer su naricita y sus labios. Ambas se miraban febrilmente, los labios entreabiertos, las aletas de la nariz contraídas.

Cada vez más invadida por una pasión irrefrenable, Ginger empujó a su amiga hasta que hizo que su rubia cabeza tocara el suelo, manteniendo sus caderas levantadas y las piernas abiertas. Entonces, loca de deseo, la tailandesa aprovechó su postura para frotarse intensa y raudamente contra el coño de Ángela.

Con una mano, Ginger abría una pierna de Ángela, con la otra sujetaba a su amiga para que no se deslizara totalmente hasta el suelo. El ritmo de ambos sexos frotándose ascendió alocadamente; Ginger se había convertido en una máquina sexual que solo vivía para agitarse y frotarse. Tenía el rostro alzado al techo, los ojos cerrados, y un increíble mohín putero que ponía gloria bendita en sus rasgos.

—    Mira como goza la asiática, cariño – Ángela entreabrió los ojos al escuchar la voz femenina.

Las piernas de la clienta estaban cerca de ella y pudo entrever cómo una de sus manos se perdía bajo el vestido, ocupada entre sus muslos.

—    Sí, ya no aguanta más. Quizás debería ayudarla, ¿no crees? – contestó el hombre.

—    Yo quiero comerme a la rubita. Me tiene loca desde que entré…

—    Muy bien. ¡Chicas! – una sonora palmada hizo que las bailarinas prestaran atención, aún sin dejar de frotarse la una contra la otra. – Ven conmigo, Ginger…

La asiática destrabó su pierna del cuerpo de su amiga, poniéndose en pie. Avanzó con una sonrisa aviesa hacia el hombre. El cliente le indicó que se arrodillará sobre su regazo, de frente a él.

—    Ponme el coño en la boca, guapa – susurró y Ginger levantó su cuerpo hasta colocar cuidadosamente su sexo al alcance de la boca masculina.

Ángela tuvo un breve chispazo de lucidez al pensar que Ginger jamás llevaría a cabo algo así con un cliente, pero parecía contentísima de hacerlo. Un dedo de la acompañante del cliente se agitó ante su cara, haciendo desaparecer toda cuestión de su mente. El dedo la instó a gatear por el suelo y acomodar su rostro entre las piernas bellamente decoradas. Bajo el caro liguero no había ninguna prenda íntima, solo una bella vagina hinchada de deseo abierta para ella. El olor a hembra deseosa atufó la nariz de Ángela. El pubis aparecía limpio y suave, sin duda depilado con láser. Con una sonrisa, Ángela hundió la punta de su lengua en la delicada carne íntima, notando el estremecimiento de la mujer.

A su lado, Ginger, con las manos aferrando el respaldo del sillón, bufaba, sollozaba y gemía a medida que la hábil lengua del hombre recorría cada uno de los rincones de su coño. Su cabeza se mecía, agitando la larga melena azabache al ritmo que marcaba sus caderas. Una de las manos del cliente estaba posada sobre las nalgas femeninas, sujetando así el agitado cuerpo.

El cliente devoraba el coño asiático como un gourmet sorbiendo ostras. Solo le faltaba sacar cuchillo y tenedor de un bolsillo. La lefa que goteaba del coño de Ginger era sorbida con deleite y complacencia. Desde su posición de rodillas, Ángela pensó que nunca había visto a un hombre lamer de aquella forma, e, inconscientemente, se aplicó aún más sobre el sexo que tenía a su disposición.

Ginger se corrió intensamente, contrayendo su cuerpo y abrazándose a la cabeza del cliente. Finalmente, se dejó caer, con lágrimas en los ojos, hasta quedar tumbada de espaldas sobre el regazo del hombre. Éste aún se relamía y retuvo el cuerpo desnudo de la tailandesa con una mano. Giró la cabeza y contempló cómo su compañera gozaba de la lengua de la vampiresa. Ésta peinaba incansablemente la suave cabellera de Ángela, a medida que su pelvis se sacudía con pequeños espasmos. Tenía los ojos entornados, turbios de placer, y no dejó de mirar la actividad que Ángela mantenía entre sus piernas, hasta que el placer le ganó la batalla. Enfrascada en su propio delirio, Ángela tuvo que reconocer que aquella mujer era elegante hasta para correrse.

—    Ahora, hermosas, mi marido es quien tiene que gozar – dijo la mujer de rubios rizos, alzando la barbilla de Ángela. – Quiero que lo hagáis con vuestras bocas… ¿lo haréis?

Ginger asintió con una sonrisa, dejándose caer hasta el suelo y poniéndose de rodillas. Sus dedos se atarearon enseguida sobre la bragueta masculina hasta abrirla.

—    Tú no – le dijo la señora a Ángela, quien aún le estaba dando vueltas al hecho de saber que los clientes eran esposos. – Túmbate sobre el sillón y apoya la barbilla sobre las piernas de él. Mientras te voy a comer ese coñito de niña buena…

Ángela sonrió y la obedeció con gusto, quedando de bruces sobre el sillón, las nalgas un tanto levantadas para permitir el acceso a la boca de la señora. Los dedos femeninos aferraron sus nalgas y las abrieron posesivamente, antes de hundir su lengua entre ellas. Mientras tanto, Ginger estaba atareada con sacar el pene del hombre y exponerlo a su boca y la de Ángela, pero le estaba costando trabajo.

—    Doy mæ̀ p̄hū̂ h̄ı̂ kảneid c̄hạn… — susurró la tailandesa en su idioma natal, impresionada por el tarugo que acaba de sacar del interior del holgado pantalón.

Ángela también quiso decir algo pero la endiablada lengua de la rubia la estaba matando de gusto. Esa cabrona se había comido más coños que pelos tenía en la cabeza y se lo estaba demostrando, se dijo. Tenía uno de sus deditos clavado en el esfínter de Ángela y otros dos en la vagina, presionando sabiamente. Su lengua trabajaba sin descanso el inflamado clítoris, haciendo que Ángela no pudiera cerrar la boca siquiera. Así que llevó sus dedos hacia aquel miembro enorme y dúctil para ayudar a su amiga. En sus sesenta años de existencia no había visto un pene así, tan grande y tan… ¿bonito?

Ginger ya estaba atareada en aquel manubrio, frotándolo con sus pequeñas manos, ensalivándolo con su lengua, e incluso restregando su mejilla contra él. Ángela abarcó parte de la base del pene con una mano y colocó un dedo de la otra sobre el morado glande. Ginger le sonrió, sin dejar de lamer.

Cinco segundos más tarde, Ángela tuvo que apoyar su frente contra la pierna masculina, entregándose a un demoledor orgasmo que le produjo las caricias de la esposa. Sin embargo, ésta no dejó la entrepierna de la vampiresa, sino que siguió dedicada a ella aunque con un ritmo más lento.

Ángela pasó su lengua por aquel grueso glande y la de Ginger se le unió. Juguetearon entre ellas, alternando entre chupar aquel bálano y succionar sus lenguas, conscientes de que las manos del hombre estaban apoyadas sobre sus cabezas. Ángela gruñó al sentir en su ano otro dedo más, abriéndolo. Aquella caricia la estaba poniendo frenética, junto con la manipulación del clítoris.

Nunca se había sentido así sin tomar sangre. Ángela, aunque era una criatura muy sensual, controlaba su estado sexual bastante bien. Sabía que no podía dejarse ir sin causar daño, por lo que mantenía bajo control sus impulsos, incluso cuando se alimentaba. Pero ahora era como si hubieran anulado ese control, esa faceta suya que le permitía ahogar ese instinto primario. Quería gozar sin importarle nada más…

—    Oooh… joder… que bocas – jadeó el hombre, revolviendo el pelo de ambas chicas.

La esposa pasó sus piernas bajo el cuerpo de Ángela, para acercarse más a su hombre y besarle apasionadamente, sin dejar de meter sus dedos en los orificios de la bailarina. Su marido la besaba profundamente mientras lanzaba su pelvis hacia delante, buscando que las bocas de las chicas desnudas se tragaran todo su miembro, algo verdaderamente imposible para ellas.

Entre todo aquel frotamiento, besuqueo, chupeteo, y otras artes bucales, el cliente gimió en el interior de la boca de su esposa, anunciando su pronto derrame. Ella le pasó una mano por el cuello, besándole aún más apasionadamente, dispuesta a sentir cómo exhalaba el orgasmo contra su lengua. Al mismo tiempo, sacó los dedos que tenía en el interior del culito de Ángela y coló casi el puño en la encharcada vagina.

El placer enloqueció a Ángela, haciendo que irguiera todo su torso y acaparara el pene ella sola. Ginger se echó atrás, contemplando el rostro de goce supremo que su amiga le mostraba, frotando el falo contra su boca abierta y mejilla.

Justo en aquel instante, el ansia que Ángela sentía hizo que perdiera, por unos segundos, el control sobre sus largos caninos, los cuales brotaron del interior de su encía. Ni siquiera se dio cuenta que mostraba a Ginger sus colmillos en toda su magnificencia, con la boca abierta al jadear su éxtasis, hasta que fue demasiado tarde. Al tocar el glande con aquellas duras protuberancias dentales, el hombre se corrió con impresionantes chorros de blanco engrudo.

Ángela lamió y restañó con su lengua, con alegría y avidez, sin ser consciente que Ginger miraba alucinada sus finos colmillos. Tragaba todo el semen que podía, esperando a su compañera, y solo cuando empezó a preguntarse por qué Ginger no compartía la eyaculación con ella, la buscó con los ojos. Entonces, descubrió su mirada de asombro y horror… y su lengua tocó los puntiagudos colmillos.

Los retrajo rápidamente, maldiciéndose mentalmente, e intentó calmar a la tailandesa con la mirada. Ginger seguía de rodillas, sentada sobre sus talones y mirándola con la boca abierta.

—    Por favor – musitó la rubia, con los labios aún manchados de esperma. – Te lo explicaré…

Ginger parpadeó, como saliendo de un mal sueño, el rostro lívido. Tomó aire y se puso en pie, recogió su ropa y empezó a vestirse. Ángela, sabiendo que debía cubrir a su compañera, limpió aquella grandiosa polla con la lengua, con todo esmero, sintiendo un nudo en las tripas. Había fantaseado con decirle a Ginger lo que era, pero nunca hubiera imaginado que sucedería así. Al menos, los clientes no se habían dado cuenta de nada…

—    Tu amiga tenía mucha prisa – dijo el hombre, guardándose el pene en el pantalón.

—    Tiene una actuación enseguida y debía prepararse – la excusó Ángela.

—    Nos ha gustado mucho vuestro show, ¿verdad, querida? – le preguntó a su esposa.

—    Oh, desde luego que sí – respondió ella, poniéndose de pie al lado de Ángela, y sobando lentamente las nalgas desnudas de la bailarina.

—    Si algún día piensas dedicarte a esto a lo grande, ven a verme – le dijo el hombre, tendiéndole una tarjeta con una sonrisa.

Sin saber qué responder, Ángela leyó la elegante tarjeta impresa en letras doradas sobre un fondo oscuro:

GRUPO RASSE.

Sergio Talmión

Presidente ejecutivo.

 

Ángela se quedo de muestra. Ni siquiera se dio cuenta cuando el matrimonio se despidió y se marchó, dejándola allí de pie y desnuda, con la tarjeta entre los dedos. RASSE era la empresa propietaria de La Mordaza, el célebre club de sadomaso de El Raval y ese hombre… ¡era su presidente! ¡Había estado bailando para él! Bueno, había hecho algo más que bailar, por cierto.

Cuando se vistió y buscó a Ginger, una compañera la informó que la asiática decía sentirse mal y se había ido a casa. Ángela se mordió el labio, preocupada. Tenía que hablar con Ginger y contarle todo o bien hacer que lo olvidara. Pero la segunda opción no era demasiado fiable, pues tendría que estar manipulándola cada dos o tres días para que los recuerdos no regresaran.

Un grupo de jóvenes con la cara pintada como zombis entraron, riendo y bromeando. Suspiró, sabiendo que aún tardaría en irse a casa.

¡Jodido Halloween! Era mucho mejor cuando estaba en Cádiz y jugaba a revolucionar a los americanos…

 

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (11)

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