ALEX BLAME

 

La hermana Digna 

—Tranquilo, soy yo, la hermana Digna, la que sirve la cena… —dijo la monja poniéndome un dedo en la boca.

—¿Y qué coños has venido a haaacer? —pregunté mientras la mujer apartaba las sábanas y se levantaba las faldas para que nuestros sexos entraran en contacto.

—Chsst, no diga nada, hermano. Lo necesito.

Un rayo de luz de la luna se coló por la estrecha ventana e iluminó la cara de concentración de la mujer mientras frotaba su pubis contra el mío. Uno no es de piedra y la monja, con una sonrisa de satisfacción, empezó a dar saltitos sobre mi polla erecta cubriéndola con los jugos de su sexo.

—Tranquilo, no pasa nada, cariño. Yo me encargo de todo. —continuó la hermana Digna con la cara arrebolada por el deseo.

Yo tuve que adoptar mi papel de novato y le dejé hacer a la monja, que cogiendo mis manos, las colocó sobre sus pechos.

Era obvio que no llevaba nada por debajo del hábito. Los pechos grandes y pesados bailaban en mis manos mientras la monja se mordía la mano para no soltar grititos de placer. Durante un instante, la hermana Digna se paró para poder desembarazarse de su ropa y mostrar su cuerpo cremoso a la luz de la luna.

Yo aproveché para observar aquel cuerpo generoso en curvas, con unos pechos grandes y pesados y unos pezones oscuros y grandes como galletas Oreo.

Tras unos instantes se inclinó y cogiendo mi polla se la metió de un golpe. Mi miembro resbaló fácilmente alojándose profundamente en el interior de la hermana mientras yo amasaba sus pechos, pellizcando sus pezones y besando cualquier parte de su anatomía que estuviese a mi alcance.

Con un gemido ahogado, la hermana comenzó a mover sus caderas de una manera muy poco casta, levantando los brazos y recogiendo su melena con ellos. Tenía que reconocer que aquella visión desató mi lujuria y agarrando a la hermana digna por las caderas la obligué a descabalgar.

La iba a enseñar yo a esa mujer lo que era follar. Cegado por la lujuria, la tumbé boca arriba, me interné entre sus muslos, apresé su clítoris entre mis labios y lo exprimí hasta que todo el cuerpo  de la joven se combó como si estuviese poseída.

Dándole la vuelta, le puse a cuatro patas y la penetré con un golpe seco. Agarrando su espesa melena la empujé con todas mis fuerzas mientras ella hundía sus gritos de placer en las profundidades de mi almohada. Mordiendo y arañando aquel cuerpo en total silencio, seguí follándola hasta que todo su cuerpo se puso rígido y temblando de arriba a abajo, se derrumbó sobre el lecho.

Sin poder aguantarme más, me aparte y vacié mis huevos sobre aquel cuerpo que aun se estremecía víctima de un brutal orgasmo.

—¡Joder con la edad media y sus órdenes religiosas! —dice Gerardo acariciando la entrepierna de Carla sin dejar de mirar a la pantalla.

—¡Oh! ¡Dios mío! —sigue leyendo Íker ajeno a los comentarios de su espectador— Jamás había sentido algo así. La verdad es que yo nunca debí acabar aquí. Era la hija de un rico comerciante de verduras, pero se arruinó, y sin dote, lo único que pudo hacer por mí fue meterme en el convento gracias a la influencia de un cura primo suyo. El siempre decía que prefería que su pequeña joya sirviese a Dios antes de que cayese en manos de un zafio campesino. En fin, esto no esta tan mal. ¿Pero por qué Dios es tan egoísta como para decir que esto es pecado?

—Quizás porque si lo permitiera, nos pasaríamos fornicando todo el día en vez de hacer su obra. —dije yo tumbándome al lado de la exhausta monja.

Durante un rato, mientras recuperábamos el resuello, no dijimos nada más. Pero estaba claro que la hermana Digna no era de las que mantenía mucho tiempo cerrada la boca. Y su curiosidad era insaciable.

—Todas las hermanas están asustadas. —dijo la joven jugueteando con una lágrima de semen que había rescatado de su culo— Pero yo sé que no eres un mal hombre. Esos ojos son los de un hombre justo. —añadió mirándome fijamente y besándome suavemente a continuación— Es más, estoy casi segura de que librarás a Úrsula de esas estúpidas acusaciones.

—¿Cómo estás tan segura de que Úrsula es inocente? —le pregunté interesado.

—Porque la conozco y puede ser muchas cosas, pero no una bruja. Como ayudante de cocina soy la encargada de salir a comprar todo lo necesario para hacer las comidas y como  las hierbas aromáticas y las especias, se usan tanto para cocinar, como para hacer medicamentos y cataplasmas, yo me encargaba de todo y recurría a ella siempre que teníamos necesidad de alguna planta difícil de conseguir. Su alacena y sus consejos eran de inestimable valor para nosotras y en todas las ocasiones que la visité, jamás vi nada raro ni ninguna actitud extraña por parte de ella.

—Ya veo, pero hay cuatro testigos que afirman lo contrario.

—¿Quiénes son? —preguntó la hermana.

—No debería decírtelo. Según las reglas de un proceso por brujería, tanto los testimonios como los testigos son confidenciales hasta el juicio, para evitar que posibles cómplices puedan presionarles o hacerles daño.

—Entiendo, pero si me nombrases tu ayudante, me lo podrías contar. Además, podría serte muy útil. Conozco a todos los habitantes de esta villa y ellos me contarían cosas que no se atreverían a confesar a un inquisidor.

La miré extrañado. Tenía que reconocer que era una buena idea. Seguramente aquella monja sería mucho más hábil que yo sonsacando a los habitantes de aquella villa, pero ¿Podía fiarme de ella?

—Vamos, por favor. —dijo ella poniendo morritos— Estoy harta y aburrida de hacer siempre lo mismo.

—Está bien. —dije finalmente— Pero con dos condiciones. Nada de volver a asaltarme a mi cuarto y tienes que conseguir la autorización de tu abadesa. Si la consigues, te nombraré mi ayudante.

—¿Es realmente necesario? —preguntó la joven apretando su cuerpo voluptuoso y cálido contra el mío.

—Sí, es necesario. Y por supuesto, nada de contar lo que ha sucedido esta noche en confesión. Si te sientes culpable cuéntalo en tu extremaunción, no antes. Y ahora lárgate a tu lecho. —respondí dándole un cachete en el culo que sonó como un disparo en el silencio de la noche.

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