JANIS MULLIGAN

 

Cuero viejo

30 de octubre de 2013.

Ángela se detuvo ante el escaparate decorado con elementos de Halloween, las manos embutidas en los bolsillos de su chaquetilla de cuero. El viento no dejaba de mover la faldita verde agua, amenazando con revelar su ropa interior, algo que en sí mismo le importaba bien poco a la criatura rubia. No había mucha gente por la calle, a la hora de cierre de los negocios, y menos con el día de viento que hacía. La tramontana soplaba del norte, gélida y fuerte. Según el parte meteorológico, iba a arreciar durante la noche.

Ángela no le daba importancia a aquella racha continuada de aire frío que venía de las montañas del Pirineo. Ni siquiera llevaba medias en sus desnudas piernas. El cabello rubio volaba en todas direcciones y, con el rostro cubierto por él, ocultaba una sonrisa.

Muchos de los automovilistas con los que se cruzaba la miraban desconcertados, como preguntándose qué hacía esa chica paseándose bajo un clima tan adverso. Sin embargo, para Ángela aquel viento era liberador y catártico. Alejaba los humanos de la calle y la permitía pasear entre recuerdos.

Sin embargo, no estaba sola, ni mucho menos. Cincuenta metros más atrás, una masiva figura la seguía con todo cuidado. Enfundada en un gran abrigo de pelo corto, oscuro y lustroso, procuraba mantenerse contra el viento. Un gran gorro de lana, también negro, enfundaba su cráneo, y una bufanda beige rodeaba su boca y nariz, dejando tan solo al aire unos hundidos ojos negros. Debía medir dos metros, o quizás más, y presentaba un volumen tremendo, con un cuerpo tan ancho como si un rinoceronte se hubiera puesto en pie.

Llevaba siguiéndola desde que salió del apartamento, pues ya estaba esperándola escondido en uno de los portales. Con toda parsimonia, la persiguió de escaparate en escaparate, siempre dejando mucha distancia entre ellos. No le preocupaba perderla, pues tenía su olor en sus fosas nasales.

Había bajado del Alto Pirineo, de una aldea llamada Tor, situada en una de las cimas, en cuanto había escuchado nombrarla. Uno de los chavales jóvenes hablaba de ella a sus amigotes, de cuanto le había impactado verla bailar en aquel club cuando visitó la gran ciudad.

Enseguida supo que se trataba de ella y se decidió a recorrer de nuevo las calles humanas para verla de nuevo. Recordaba la primera vez que la había visto. Era 1977 y ella estaba desnuda, aferrada a la barandilla metálica de una azotea de Manacor, en Mallorca. Soplaba el mistral, desde los Alpes, y se maravilló al descubrir que a ella tampoco le afectaba el frío viento.

Sin embargo, se tenía que agarrar a la barandilla para que el viento no se la llevara. Era tan menuda, tan niña, tan ligera, que el viento levantaba sus piernas, haciendo ondear su cuerpo y su cabello, con gracia meritoria. Recordó haber gruñido y babeado, mirándola, oculto a sus ojos por supuesto. En aquel tiempo, él estaba a cargo de uno de criaderos de perlas artificiales, y casi nunca salía al exterior, salvo en días puntuales como la llegada del mistral, por ejemplo, en los que todos los humanos se quedaban en casa.

El destino había querido repetir esa noche para unirlos. Todo estaba predestinado, rumió bajo la bufanda, pero aún así, debía tener cuidado para acercarse a ella. En aquella época, envió uno de sus espías para averiguar más cosas sobre la preciosa rubia. Se hacía pasar por hija de un matrimonio maduro. Él era un pequeño armador y su esposa se quedaba en casa con sus labores, junto a su bella hija. Sin embargo, la realidad es que se metía en la cama con ambos. Los tenía como juguetes. Lejos de incomodarle, le encantó aquella forma de promiscuidad.

La imaginaba retozando con ambos cónyuges en la cama, besando a uno y otro, alternativamente; cabalgando a uno mientras acariciaba al otro. Era perfecta, la mujer que siempre había imaginado en sueños. Sin embargo, mientras se decidía a abordarla, una noche desapareció sin dejar ni un sutil rastro.

Bramó, se desesperó, maldijo los cielos, pero de nada le sirvió. Ella se había ido, dejando dos cadáveres calcinados en una cama. Habían transcurrido treinta y seis años para encontrarla de nuevo, y no estaba dispuesto a perderla esta vez.

La observó detenerse de nuevo, sujetando el borde de su faldita con una mano mientras se llevaba el teléfono a su oído. Estaba demasiado lejos para escuchar sus palabras, pero sí podía ver su expresión y el mohín que hizo al colgar. Tomándole por sorpresa, levantó la mano y detuvo un taxi que se acercaba. Maldiciendo por lo bajo, el masivo individuo se quedó compuesto sobre la acera, pero se dijo que sabía dónde vivía y eso era algo.

Ángela se dejó llevar hasta Santa Coloma de Cervelló y, antes de llegar, llamó a David.

—    ¿Estás solo? – le preguntó.

—    Pues sí. Hace demasiada mala noche para que Mirella venga. ¿Qué pasa?

—    Voy hacia tu casa.

—    Pues será mejor que busquemos otro sitio. Mi madre tiene visitas y se puede poner muy pesadita si te ve aquí.

—    Tú dirás – sonrió Ángela, mirando la nuca del maduro taxista.

—    Hay un pub llamado Porca Miseria. Está en el pinar Lafont, al final del pueblo. Te espero allí.

—    Vale. Ahora te veo.

El viento parecía pegar menos allí, quizás debido a los montes cercanos o a la gran masa forestal que rodeaba el lugar. Aún así, la falda se le subió totalmente cuando se bajó del vehículo, tras pagarle al taxista. El Porca Miseria era una granja remodelada, con varios senderos pavimentados y unos cuantos edificios fusionados por galerías de plástico. Cuando Ángela entró en el que estaba iluminado por un gran rótulo, el olor a marihuana la asaltó, así como el potente riff de guitarra. Un grupo de chicos ponía la música en directo, subidos a un bajo escenario. Delante de ellos, una treintena de mesas estaban ocupadas por un público joven y con visos roqueros, por lo que pudo ver.

En la amplia barra que ocupaba todo un lateral, David le hizo una señal, acodado como todo un profesional. Ella le abrazó y él la alzó en el aire, como siempre, haciéndola sonreír. Varios tipos les miraron, analizando plenamente las piernas de ella.

—    ¿Cómo se te ocurre salir con el tiempo que hace, hermanita? – le preguntó David, alzando una mano para llamar al camarero. — ¿Qué quieres?

—    Una cerveza y un chupito de Bourbon – pidió ella, mirando al joven que estaba delante. – El frío no me afecta, ya lo sabes.

—    Ya sé que no, pero aún así, es desapacible moverse en un día como este.

—    Tenía que verte.

—    ¿Ah sí?

—    Sí – remachó ella, trincándose el vasito de whisky a coleto.

—    Yo también te he echado de menos – dijo David, abriendo las manos.

Riéndose, con la botella de cerveza en la mano, Ángela se dejó caer entre aquellos brazos, siempre dispuestos a reconfortarla. David besó un par de veces sus cabellos. Tanto uno como otro, se sentían armonizados cuando estaban juntos. Era una fuerte sensación fraternal la que compartían. David era hijo único y siempre había deseado tener un hermano; Ángela, por su parte, echaba mucho de menos a su hermanito perdido. David le sustituía perfectamente.

—    Necesito ayuda – le dijo al oído, cubierta por la música. – Alguien me está siguiendo, vigilándome…

—    Joder. ¿Los mismos que…? – se interesó él, con rostro serio.

—    No lo creo. Lo que sea que me persigue no es… humano, pero está fuera de mi percepción. Es como si fuera invisible a mis sentidos.

—    ¡Coño! Eso es intenso, ya te digo – dijo el chico, antes de tragarse medio botellín de cerveza. — ¿Qué quieres que haga?

—    Pues seguirme tú a mí, tontorrón – Ángela le dio una fuerte palmada en el pecho que hubiera doblado a cualquiera de los presentes.

—    Y así descubrir quién te sigue, ¿no?

—    Pues claro. ¿No has visto ninguna peli de espías?

—    A mí me va más la fantasía y el porno – rió él.

—    ¡Salido!

—    ¿Y cuándo quieres que haga eso?

—    Desde mañana, si puedes.

—    ¿Toda la noche?

—    No, que va – ella pudo ver el problema en la expresión de David. No podía dejar a su novia tirada durante varias noches. – Te llamo si voy a salir al atardecer y nos ponemos de acuerdo. En cuanto entre a trabajar en el club, te largas. Ya te llamaré cuando salga.

—    Ah, vale. Perfecto. Tendrás que pagarme la gasofa de la moto, porque no tengo ni un euro en palanca – levantó un dedo David.

—    Descuida, tonto – se rió Ángela. – Te llenaré el depósito.

—    Hola, David.

Ambos giraron la cabeza, contemplando a la chica que se había detenido ante ellos. Llevaba la corta melenita pintada de rojo violáceo y los ojos rodeados de lápiz oscuro. Era de la misma estatura que Ángela, pero algo más opulenta, sobre todo el pecho. En conjunto, era bastante mona y, además, tenía una expresión traviesa pintada en el rostro.

—    Hola, Rissie… te hacía en Salamanca. ¿Cuándo has regresado? – preguntó David tras inclinarse y besar a la chica en las mejillas.

—    Me he quedado sin beca – se encogió ella de hombros.

—    Oh, vaya, lo siento. Ésta es mi buena amiga Ángela – presentó a las chicas.

—    Encantada – dijo Rissie, besando a su vez la mejilla de Ángela.

—    El placer es mío – susurró la rubia al oído de la recién llegada, haciéndola estremecerse.

—    ¡Qué bien hueles! ¿Qué colonia usas? – preguntó la rojiza, sin soltar el codo de Ángela.

—    Es Voracidad, de Kendell, creo – sonrió Ángela con toda sofisticación.

David asistía a todo este protocolo con la boca abierta, mirándolas alternativamente. No sabía qué estaba pasando, pero sí intuía que algo sucedía.

—    Así que eres amiga de David – dejó caer Rissie. – No te había visto nunca por aquí.

—    De hecho, es mi primera vez. Nos conocemos del trabajo – mintió la rubia, mirando a su amigo.

—    Euh, sí, sí… Ángela trabaja muy cerca de la carnicería. Solemos quedar para almorzar – argumentó rápidamente David.

—    ¿Y tú? ¿Estudiabas con él o algo así? – le tocó el turno a Ángela.

—    No, más bien hemos salido juntos en un par de ocasiones – la sonrisa de Rissie se volvió artera al mirarle.

—    Ah, comprendo…

El alma oscura estremeció su columna, llenándola con el deseo de usar aquella perra, de depravarla malignamente. Avanzó una mano, posándola sobre el antebrazo del chico, y la otra tomando el de Rissie.

—    ¿No podríamos encontrar un sitio más tranquilo para tomar unas copas y charlar los tres? – la sonrisa de Ángela fue espectacular, totalmente encantadora.

—    Podemos ir al anexo – señaló David la galería que llevaba al edificio de al lado. – Allí hay música de baladas y reservados.

—    ¿Por qué no? – encogió un hombro Rissie cuando Ángela la miró.

Mientras caminaban hacia allí, la rubia se regodeó mirando las oscilantes nalgas que la malla oscura que llevaba Rissie, manifestaba. Se mordió el labio inferior, muy deseosa de sentirla. El anexo era más pequeño que el recinto principal, de techo más bajo, pero lleno de rincones oscuros. David pidió unas cervezas y se instalaron en un pequeño semicírculo de mullido skay marrón. Quedaba a la derecha del pequeño mostrador y casi fuera de la vista de quien entrase en la sala.

Ángela tuvo buen cuidado de dejar a la chica entre los dos. David le lanzó una mirada llena de interrogantes, pero ella agitó la cabeza, quitándole importancia y sentándose al lado de Rissie.

—    Así que habéis salido juntos – comentó Ángela, colocando su codo sobre el hombro de la chica, y apartándole varios rizos del cuello, hasta dejarlo libre.

—    Sí – musitó la chica, pegando su espalda al flanco de David, en un vano intento de apartarse de ella.

—    Lo que me gustaría saber es si David te folló bien folladita con esa gruesa polla que tiene – dijo Ángela con cierta sorna, inclinándose aún más.

—    P-pero… ¿qué dice esta loca? – Rissie se giró hacia David, pero éste tan sólo se encogió de hombros, como si no supiese lo que sucedía, lo cual no estaba nada alejado de la realidad. – No te consiento que…

Pero la frase quedó cortada cuando Rissie se giró de nuevo, encarando a Ángela. Ésta tenía los finos colmillos al descubierto, los labios retraídos, y la malsana intención de morder su carótida en los ojos. Una mano de la rubia empujó la cabeza de la chica hacia atrás, contra el hombro de David, y mordió sin saña. Quería alimentarse pero se encontraban en un local público. Procuraría que Rissie no hiciera aspavientos ni gritara. Bebería solo un poco, lo justo para quitarse la tentación.

Tragó las primeras gotas de sangre, las cuales parecieron fundirse con su paladar, enviando el tremendo placer de saborearlas a su cerebro. Gimió mientras aspiraba. David se inclinaba para ver mejor cuanto sucedía y, al mismo tiempo, tapaba con su ancha espalda la acción a ojos ajenos.

Ángela, tras un corto trago, pasó su lengua sobre la mordedura, cerrando la herida. Su especial saliva desinfectaba y cauterizaba, dejando enzimas sobre la piel de su víctima que se ocupaban de ello.

—    ¿Qué me has hecho? ¿Me has… mordido? – gimió Rissie, llevándose una mano al cuello.

—    No ha sido nada, Rissie. Ahora, te sentirás mejor, más animada, más viva que nunca, más dispuesta a llevar a cabo sueños imposibles – la ronca voz de la rubia no dejaba de verter instrucciones a su oído, consiguiendo que la rojiza sonriera más y más.

De hecho, aferraba una mano de Ángela y otra de David, como si fuesen sus anclas vitales.

—    ¿Hiciste el amor con David? – musitó la rubia a su oído.

—    No, tan solo manitas…

—    Pero hubieras querido hacerlo, ¿no?

—    Ooh, sí, ya lo creo. Le hice una paja y me quedé alucinada con esa cosa gorda que esconde bajo los pantalones – sonrió Rissie.

—    Pues vas a hacerlo de nuevo… una lenta paja, una a él y otra a mí… ¿Lo harás? – susurró Ángela, mirando a David. El fuego interno la estaba poniendo más y más cachonda.

—    Por supuesto. Me apetece muchííísimo – respondió, soltando las manos y afanándose en abrir la bragueta del chico.

—    Pero, Ángela… – gruñó este – ¿qué hay de Mirella?

—    ¿Se lo vas a decir tú? Pues yo tampoco, y ésta aún menos… relájate, David, y disfruta del regalo.

A pesar de su protesta, estaba muy excitado. Su pene surgió rígido y durísimo cuando Rissie desabrochó el pantalón. Lo aferró con su manita, empuñándolo fuerte, pasionalmente, y el chico tragó saliva, sin dejar de mirar qué iba a hacer seguidamente su hermana. Ángela rozó con un dedo el dorso de la mano de Rissie, recordándole que ella estaba esperando. La rojiza llevó su mano al terso muslo blanco de Ángela, subiendo a medida que acariciaba y pellizcaba.

La rubia se abrió de muslos, permitiéndole ascender hasta donde era necesario. Aferró la muñeca de la joven, presionando su mano contra la ya mojada braguita. Cerró los ojos y dejó escapar un suave gemido que puso los pelos de punta a su compinche. David nunca había contemplado nada tan morboso, ni tan hermoso. Se hizo la firme promesa de que eso sería lo próximo que le propondría a Mirella. Quizás con una de sus pijas amigas estaría bien…

—    Oh, Señor, qué manita tienes… Rissie – dijo, con voz enronquecida.

—    Sí, sí que la tiene, la jodía – musitó Ángela al otro lado. El pecho de Rissie se inflamó de orgullo. Nada la hizo jamás tan feliz como aquellas palabras.

—    ¿Esto no es engañar a mi novia? – le preguntó David a Ángela, mirándola por encima de la cabecita inclinada de la chica de pelo rojo.

—    No somos como los humanos, David. Nuestros apetitos son mucho más intensos y tenemos que satisfacerlos – levantó la mano de Rissie y, retirando la braguita a un lado, la colocó sobre su hirviente vagina. – Es como si te dijeran que sólo puedes comer pollo toda tu vida, nada de cerdo, ni ternera, u otra carne.

—    Tienes razón – dijo quedamente, echando un buen vistazo a aquel coñito sin vello que Rissie manoseaba a placer. Era perfecto.

—    A ver, guarra… el nene necesita más roce – exclamó Ángela, empujando la cabeza rojiza más abajo, hasta tocar con los labios el enervado pene.

—    Oh, joder… joder… ¡Sí! – exclamó a su vez David, colocando una mano sobre la cabecita de rojos tirabuzones.

A pesar de su poca experiencia con David, Rissie chupaba y tragaba como una profesional. Sin duda, había aprendido con otros, varios, muchos… Succionaba con los labios el glande, haciendo presión con la lengua y consiguiendo atraer el pene y escupiéndolo finalmente con un ingente PLOP, tan sonoro que podría llamar la atención del camarero.

—    ¡Me cago en to mi armario! ¡Qué guarra esssss! ¡Esto no me lo había hecho nadie! – jadeo David.

—    Todas las chicas tienen su… pequeño secreto – Ángela hizo que la chica retirara la mano de su coño y sopesara los cargados testículos. – Vamos, ocúpate de él ahora… ya me satisfarás a mí después, guarrilla…

Rissie giró su cuerpo para aferrarse completamente al chico y Ángela se inclinó para no perderse detalle.

—    ¿Te importa que mire, David?

—    No, que va… pero me da más morbo aún… como si mi hermana me estuviera espiando – sonrió él, la cabeza medio echada hacia atrás.

—    Tengo un hermanito que está muy bueno y con el que puedo compartir un montón de guarras – musitó ella, con una risita depravada. – Vamos, traga más polla, Rissie… más profundo…

David tenía una sonrisa bobalicona en los labios, los ojos entrecerrados. Rissie estaba a punto de conseguir que soltara toda su carga en su boca, no solo por la pericia de sus labios, sino también por cómo se movía cada vez que Ángela le pasaba un dedo entre las piernas, sobre aquella malla negra que era como una segunda piel. Botaba prácticamente bajo los sabios dedos de la rubita. Ver todo aquello estaba poniendo a David en órbita, prácticamente.

—    Que voy – jadeó, palmeando la cabeza de Rissie –, que me corro… que manchoooo…

—    No se te ocurra apartar la cabeza, putilla – masculló Ángela, empujando la nuca de la chica contra el pene.

No era tampoco la intención de la chica de pelo rojo. Unió con más fuerza sus labios, reteniendo toda la emisión de semen, que fue abundante. Después, alzó la cabeza, enseñando todo lo que encharcaba su boca, y entonces tragó.

—    Lo has hecho muy bien, Rissie – la aduló Ángela. – Ahora me toca a mí, ¿no es cierto?

—    Sí, sí…

Ángela se sentó en la pequeña mesa, apartando las botellas de cerveza. Se bajó ella misma la estrecha braguita a lo largo de sus piernas y no tuvo ni que remangar la corta falda. Rissie hundió la cabeza entre sus piernas, con ansias. No lo había hecho nunca, pero sí había fantaseado lo suficiente con ello como para conocer los pasos a seguir. Su lengua se apoderó de la encharcada vagina, anegada por lo que estaba soportando desde que había tragado su sangre. Ángela se corrió salvajemente a la décima o doceava pasada de lengua, agitando sus caderas como si estuviera en un rodeo americano, a lomos de un toro bravo. Tironeó del pelo rojizo a medida que su coño se licuaba, y David tuvo que taparle la boca con una mano, al darse cuenta que estaba a punto de chillar de gusto.

—    Joder… la madre que me parió… vaya hermanita más depravada que me he agenciado – murmuró.

* * *  * * *  * * *

Cuando llegó a La Gata Negra, estaba mucho más tranquila, aunque no menos preocupada. Ángela no se sentía ya tan segura de que utilizar a David fuera la mejor idea. El chico era voluntarioso pero era muy novato aún.

Meneando la cabeza, se dijo que tan sólo le vigilaría la espalda, eso era todo. Había recalcado muy bien que si surgía algún problema en la vigilancia, la llamara. Con un toque sería suficiente para que ella acudiera.

Se cambió en los camerinos, colocándose su famoso uniforme de colegiala. Le hubiera gustado darse una ducha después de la faena de Rissie, pero no había tenido tiempo de pasar por el apartamento.

“¿Qué pasa? Lo mejor es oler a coño recalentado, ¿no? Es lo que los hombres prefieren de todos los olores”, bromeó, dándose el último toque.

El local no estaba mal para ser entre semana, final de mes, y correr ráfagas de viento de cien kilómetros por hora en la calle. La verdad es que el club estaba subiendo en ventas últimamente. Ginger la saludó desde la barra y Ángela se acercó.

—    ¿Cuándo me toca? – le preguntó la rubia, refiriéndose al show del escenario.

—    Una y media madrugada – le respondió su compañera, poniendo entre sus manos un vaso con un líquido ambarino, una cañita, hielo, y un ramito de hierba.

—    ¿Qué es esto?

—    Es mate fresquito, lo hace Lianna – señaló al interior de la barra. – Está muy bueno.

Emiliana, Lianna de nombre de guerra, procedía de Chile y había llegado en la última semana. Era una morena guerrera, de nalgas tatuadas, y reemplazaba el puesto que había dejado Betina. Aún estaba en la fase de hacerse merecer por las demás chicas, de ahí el mate o los chipirones en salsa de la otra noche.

Ángela alzó el vaso en su honor y recibió una gran sonrisa, a cambio.

—    ¿Dónde has estado? Te fuiste sin decir nada – le preguntó Ginger.

—    Quería pasear.

—    ¿Con el día asqueroso que hace? – las largas cejas perfiladas de la tailandesa subieron con incredulidad.

—    Me ponen triste los días así – se encogió de hombros la rubia. — ¿Es que me has echado de menos, cariño?

—    Siempre, ya lo sabes – Ginger unió su frente a la de su amiga, sorbiendo al mismo tiempo de la cañita de su propia vaso.

—    Bueno, ya lo solucionaremos esta noche, cuando lleguemos al apartamento – Ángela le dio un suave beso en la nariz.

Rosalie las interrumpió. La gabacha señaló, con el pulgar sobre su hombro, hacia uno de los reservados.

—    Tenéis unos clientes ahí. Han preguntado específicamente por vosotras – el tono de Rosalie contenía un poco de envidia.

—    Gracias, Rosalie – contestó Ginger, aferrando de la mano a Ángela y tirando de ella.

—    Vaya, estoy propia para un numerito de bollo – se rió la rubia.

—    ¿Por qué?

—    Nada, nada, cosas mías.

A las tres de la madrugada, Ángela le envió un mensaje a David: “Salgo en una hora.” Estaba deseando irse a su casa y meterse en la cama para comerse a Ginger toda la noche. Llevaba todo el día muy excitada y deseaba tener una buena sesión de sexo para templar sus nervios. Recibió la contestación de David, diciéndole que se ponía en camino. Finalmente, lo había pensado mejor y prefirió que el chico le cubriera las espaldas desde aquella misma noche.

David aparcó su moto en un callejón, dos manzanas antes de llegar al club. La encadenó a una farola y se movió silenciosamente por las vacías calles. Instintivamente, comprobó el viento para no dejar que arrastrase su olor. Él era también una criatura cazadora y sabía acechar. Desde detrás de un contenedor, husmeó y vigiló la calle. Había algo en el aire que no le gustaba, un regusto amargo que nunca antes había olisqueado, pero no encontraría la fuente sin salir al descubierto. Podía esperar, se dijo.

Alguien salió del club, entre risotadas. Se trataba de dos amigos, abrazados y pasados de copas, riéndose de cuanto habían visto aquella noche. Salieron varios tipos más durante un buen rato. El local se estaba vaciando. Entonces, Ángela salió, cogida de la mano de una hermosa asiática, tan esbelta como ella. Sin duda, debe de tratarse de Ginger, se dijo el chico, relamiéndose instintivamente. Pudo ver por sí mismo cómo se complementaban la una a la otra, a pesar de ser una humana. Sí, Ángela tenía razón, su compañera era perfecta para ella, sólo faltaba que comprendiese lo que era en realidad la mujer que vivía con ella.

Las chicas tomaron la calle abajo, en dirección a su apartamento. David nunca había estado en él, pero sí delante del portal, así que esperó, oculto tras el contenedor. Dos minutos después, una forma inmensa, como un ropero andante, se despegó de la sombra de una fachada, y comenzó a caminar detrás de ellas. Si David no hubiera estado apostado, jamás le hubiera visto. Parecía formar parte del artesonado del edificio, como si siempre hubiera estado allí.

A pesar de lo grande y pesado que parecía, se movía son sigilo y gracia. Los lobunos ojos de David atravesaron la calle mal iluminada, intentando ver más detalles, pero aquella cosa parecía totalmente tapada por gorro, bufanda, y abrigo. Incluso llevaba guantes, como grandes manoplas de nieve.

Dejó un poco de espacio y se movió con mucha lentitud, siguiendo al acosador. No tardaron en estar a pie del viejo cine reconvertido y aquella mole se introdujo en uno de los portales de enfrente, ocultándose.

“Es hora de reunirme con Ángela”, se dijo David, metiéndose las manos en el bolsillo y pasando ante el portal que servía de escondite a la criatura, como si fuese un paseante. Incluso arrastró las suelas de los zapatos para indicar hastío y algo de embriaguez. Llegó hasta el cruce, más abajo, y desapareció de la vista. Sin embargo, lo que hizo fue trepar hasta una balconada y, desde ella, alcanzar una escalera de incendios que le condujo a la azotea del inmueble. De ahí a estar en la estrecha techumbre del cine Eldorado, solo transcurrió un minuto. Apoyado en las grandes letras apagadas, envió un mensaje a su hermana: “Stoi dtras de las letras del cine. Reúnete.”

Ángela tardó unos tres minutos en aparecer, escalando lo que parecía un estrecho patio interior. Se había cambiando la faldita por unas mallas oscuras y calzaba unas deportivas.

—    ¿Qué pasa? – preguntó al acercarse. Por algún motivo indiscernible, David supo que estaba enfadada, como si la hubiera arrancado de algo más interesante.

—    Está abajo – señaló con el pulgar. – En un portal. Sea lo que sea, es enorme, como un oso…

—    ¿No has podido verle bien? – enarcó ella una ceja.

—    No, va totalmente tapado. He podido captar su olor y tienes razón. No es humano, pero tampoco sé lo que es…

—    Está bien. Quiero hablar con él.

—    Ángela… ¿Crees que es seguro? No sabemos nada de lo que pretende.

—    Y no lo sabremos sino lo enfrentamos. Lo atraeré hasta un sitio seguro para hablar sin que nadie nos vea. Tú mantente oculto. Eres mi as en la manga.

—    Vale.

Cinco minutos después, Ángela salía a la calle por la puerta del edificio, tras tener unas palabras con Ginger. Ésta no comprendía dónde pensaba ir a aquellas horas, y la explicación de la rubia dejaba mucho que desear, pero no tuvo tiempo de inventarse nada más. Dejando atrás a una enfurruñada Ginger, Ángela se detuvo en plena calle solitaria, dejando que su acosador la viera, oliera, o lo que fuera lo que hiciese. Se dirigió hacia el lugar que tenía en mente, unas obras de remodelación de un una vieja lonja, justo al lado de la escuela náutica de la ciudad, en el cercano puerto.

Giró la cabeza cuando cruzó el paseo de Isabel II, y pudo ver a su acosador por primera vez, bajo la potente iluminación amarilla. Oscuro, altísimo, y voluminoso, tal y como lo había descrito David. Apretó los dientes y saltó la valla de la zona en obras, internándose entre andamiajes y sombras.

La criatura supo reconocer la celada desde el primer momento. Llevaba mucho tiempo esquivando situaciones perjudiciales como para no reconocer una de ellas. Había detectado al nuevo jugador de aquel pilla pilla en cuanto apareció. Un infante licántropo, que interesante… ¿Acaso tendría que hacer de niñera de esos niños?

Ahora, la niña le atraía hacia una obra, un lugar apartado de la vista de los humanos. Eso significaba que quería algo de él, ¿hablar? ¿Atacarle? Bien, cualquiera de las dos cosas le iba bien a la criatura. Había llegado el momento de darse a conocer.

Ángela, oculta tras algunos palés de ladrillos, observó como la mole se acercaba a la puerta de la valla de la obra. El candado no supuso ningún estorbo para ella. Empujó la puerta y entró, volviendo a cerrar. Olisqueó el aire y, decidida, enfiló hacia donde se encontraba escondida Ángela.

—    ¿Qué quieres de mí? – preguntó Ángela, sin levantar la voz, saliendo al descubierto.

—    Hablar estaría bien – la voz surgía de detrás de la bufanda, grave y gutural.

—    ¿Por qué me sigues? – Ángela echó un vistazo a las vías de escape que tenía. Los muros exteriores estaban cerrados, pero había muchos huecos para ventanas y la rampa de subida al piso superior estaba cerca. Tenía por donde moverse, si el extraño resultaba demasiado fuerte. Además, con su tamaño le costaría maniobrar en aquel espacio sembrado de pivotes de hierro que sostenían el piso superior, en espera que fraguase el hormigón.

—    Sólo te observo. Me intrigas.

—    Bueno, para los humanos eso es una forma de acoso.

—    Pero no somos humanos, ¿verdad? Ninguno de los dos – la voz de la criatura sonó divertida.

—    No, no lo somos, pero no estoy muy segura de qué soy, en realidad.

—    Vaya, no me lo había imaginado. No conoces nada de su naturaleza… ¿No has tenido mentor? – preguntó el enorme ser, sentándose sobre una pila de sacos, al lado de una hormigonera.

—    No – aunque la respuesta fue seca, Ángela estaba sumamente interesada en lo que parecía conocer su acosador.

—    Bueno, bueno… ¿por dónde empiezo?

—    Por el principio, por supuesto – dijo ella, sin acercarse más.

—    Tú, yo, y… el cachorro que nos está rondando ahí atrás, pertenecemos a una especie más antigua que la humana, llamada la Casta.

—    ¿Sabes de la presencia de David?

—    Por supuesto, desde que llegó ante la fachada del club donde bailas. Es astuto, pero es un niño. No supone peligro alguno. Dile que entre. Si tú no sabes nada, dudo que él sí. Esto os servirá de enseñanza a los dos.

—    David, acércate – exclamó Ángela, sintiendo como sus manos temblaban de excitación. Iba a conocer finalmente de donde provenía.

David entró por uno de los huecos y se acercó a su hermana, sin dejar de calibrar aquella cosa que se sentaba frente a ellos. Cuando ambos estuvieron apoyados en un palé plastificado, el acosador continuó, a la par que se quitaba el gorro, mostrando una cabeza apepinada y calva, de un tono ceniciento.

—    Somos descendientes de adanitas, los primeros hombres creados por Dios y, como tales, disponemos de poderes que nos hacen superiores a los humanos.

—    ¿Adanitas? ¿De Adán? – preguntó David.

—    Así es – asintió el ser, desenrollando la bufanda.

Entonces, su rostro quedó al descubierto, en la penumbra del interior de la obra. Sin embargo, tanto Ángela como David disponían de una buenísima visión nocturna, y pudieron contemplar perfectamente sus rasgos. Al igual que la piel de su cabeza calva, la del rostro era gris, como empolvada con cenizas, pero, además, estaba agrietada, cuarteada, con profundas arrugas que más bien parecían cicatrices. La nariz era un pequeño montículo donde vibraban unos húmedos ollares, muy juntos. Los ojos eran profundos y tan negros que cuando la sombra de las órbitas caía sobre ellos, parecía no haber nada allí. En cuanto a la boca era enorme, con unas quijadas cuadradas y brutales, capaces de masticar el metal. Sus dientes eran grandes y bastos, de filo bien agudizado, y amarillentos quizás por el uso o por la edad.

—    Me llamo Cuero Viejo – dijo y, al girar, la masiva cabeza, los chicos pudieron ver que no disponía de orejas, ni tampoco cuello. – Y tengo muchos años, muchos.

—    Él es David y yo Ángela – señaló la chica.

—    ¿Aún no tenéis nombre de Casta?

—    No sé que es eso – negó Ángela.

—    Yo ya ni me acuerdo del nombre que me puso mi madre, el que llevé mientras era infante. Cuando mi don apareció, pude optar a mi nombre de Casta, aquel que dice lo que soy, lo que puedo hacer. Ese es el único que perdura.

—    ¿Así que Cuero Viejo se refiere a tu… don, tu poder? – esta vez fue el turno de David de preguntar.

—    Así es.

—    Entonces, ¿debería llamarme Lobo y ella Miss Drácula? – bromeó.

—    Ella es algo más que una vampiresa, ¿no es cierto? – inquirió Cuero Viejo, abriendo su enorme boca en una sonrisa que resultó hasta simpática.

David miró a su hermana, quien se encogió de hombros. No le había contado nada sobre su fuego interno.

—    Y tú, niño, aún es pronto para definir tu don. Seguramente se afinará mucho más aún, procurándote más habilidad, pero debes educarlo, ponerlo a prueba a diario porque si no…

—    No crecerá – terminó la frase Ángela.

—    Exacto – asintió la gran cabeza. – Tú misma lo has comprobado, sin duda.

—    ¿Qué hace tu don? – le señaló la chica rubia.

—    No estamos hablando de mí, ni es algo que se suela confesar a la primera de conocernos. Os he dicho mi nombre, con eso es suficiente – la voz surgió aún más profunda, como si viniera de un pozo insondable que estuviera en su interior.

—    Antes has hablado de tener un mentor – Ángela deseaba conocer mucho más detalles. — ¿Es que hay escuela para esto? ¿Cuántos más de nosotros hay por ahí?

—    La Casta se esconde entre los humanos, integrándose en la sociedad. Unos pueden salir de día, otros solo de noche, como representáis vosotros mismos. Algunos, como yo, somos demasiado diferentes para integrarnos y vivimos ocultos en refugios creados para ello, a los que llamamos Nidos.

Ángela sintió una punción en el estómago. Así es como ella siempre había llamado a los diferentes hogares que había creado, a lo largo de su vida.

—    Pero todos somos Casta y permanecemos en contacto. Otros adanitas se ocupan de eso, de que estemos seguros, que tengamos un refugio, una casa, un trabajo, y podamos criar nuestras familias.

—    P-pero… – balbuceó David.

—    Pero, a veces, se despista alguien, se pasa por alto un nacimiento, unos genes recesivos se disparan en el embarazo… Una familia humana, de varias generaciones, se ve bendecida con el nacimiento de un adanita tras doscientos o trescientos años. Sucede a veces y no hay ninguna alarma para ello. Para eso están los Ojeadores…

—    ¿Ojeadores? ¿Vigilantes? – preguntó Ángela.

—    Clasificadores, más bien. Son capaces de reconocer a los Durmientes, aquellos niños que aún no han alcanzado su don, pero que pronto lo harán. Pero los Ojeadores son muy escasos, ese poder apenas se da en un uno por ciento de los adanitas. Si descubren un Durmiente, se investigará a su familia y entraran en contacto con él o ella cuando suceda el Despertar. Justo entonces, podrán decidir cómo ayudarle con el don, si puede permanecer con su familia, o si debe ser ingresado en una comunidad, o en un Nido.

—    Joder, qué chungo – musitó David.

—    ¿Sí? ¿Qué hubiera pasado si no hubieras controlado tu parte animal? ¿Si te hubieras convertido en un lobo de forma permanente? – le preguntó con sorna Cuero Viejo.

—    ¿Eso puede pasar? – se asombró el chico.

—    Puede pasar cualquier cosa. Ninguno de nosotros controla el Despertar, aunque provengas de una vieja estirpe. Hay casos en que el retoño de un clan de, pongamos por caso, necrófagos Despierta siendo un cambia formas o un alado. No es lo habitual, claro está, pero a veces sucede.

—    ¿Y las familias humanas no conocen nada de esto? – preguntó David, pensando más bien su tío que en sus padres.

—    No, está prohibido, totalmente prohibido. Si el Despertado muestra malformaciones que no pueden ser ocultadas, tendrá que ser apartado de su familia. Para ello se utilizará cualquier argucia, desde simular su muerte, a un secuestro, o bien enviarle a estudiar fuera.

—    Inteligente – musitó Ángela. – Así que hay toda una infraestructura al servicio de… la Casta…

—    Sí. Surgió debido a la cantidad de los nuestros que murieron por la persecución de la Santa Inquisición.

—    Aquellos tiempos tuvieron que ser duros. Cualquier cosa que te hacían un poco diferente, te ponía en peligro – asintió David.

—    ¿Cómo puedo ponerme en contacto con un Ojeador? – preguntó Ángela.

—    No puedes. No existe ninguna oficina, ni ningún número de teléfono. El Ojeador de esta zona se pondrá en contacto contigo en el momento en que te hagas visible. Si te integras en la Casta, se te ofrecerá lo que necesites para mantener una vida digna y tendrás varias opciones para elegir.

—    ¿Elegir qué? – se rascó la cabeza David.

—    Tu futuro.

—    Entonces, ¿puedo negarme a pertenecer a la Casta?

—    Basta ya de preguntas. Sucederá lo que tenga que suceder. Sois cachorros aún… Los años que has vivido, Ángela, no son nada con los que aún te quedan por vivir. Yo nací en 1703, en el Tirol, y aún no me siento viejo – la risa que dejó escapar Cuero Viejo sonó siniestra.

—    ¿Cómo sabes lo que he vivido? – Ángela le cortó la risa, muy seria.

—    Te ví en Manacor, en el 77, pequeña. Tenías el mismo aspecto que ahora, no has cambiado nada, por lo que deduzco que tu crecimiento es muy lento. También sé que mataste a los que se hacían pasar por tus padres, en un incendio…

Ángela comprendió que aquel ser llevaba muchos años detrás de ella, con algún tipo de interés que no conocía, y eso no le hizo ni pizca de gracia.

—    Está bien, Cuero Viejo. Nos has ayudado mucho, contándonos todo eso. Ahora tengo que volver a mi apartamento y tratar de que mi compañera olvide esta salida, como sea – abrió las manos y apartándose del palé de ladrillos.

—    Oh, no, tú no te vas de aquí. Me he sincerado contigo, haciéndote entender lo que siento por ti, pero parece que no he sido lo suficientemente claro – Cuero Viejo se bajó de su sentadero, y se despojó lentamente de su abrigo. – Te he estado buscando durante más de treinta años, pues me dejaste impresionado. Vendrás conmigo a mi Nido y serás mi compañera. Tendrás cuanto desees, joyas, esclavos, comodidades, tan sólo debes jurarme amor y lealtad…

Cuero Viejo no llevaba nada más debajo del abrigo. Totalmente desnudo, su piel sí parecía cuero, un cuero en diversas piezas que estaban cosidas las unas a las otras, formando un extraño y macabro parche. Parecían ser distintas entre ellas, como si pertenecieran a distintos animales. Las había con pelaje corto, un par de ellas, sobre los hombros, tenían como crines; otras eran rugosas, como piel de elefante, y las más brillaban, como si estuviesen aceitadas.

Un largo y grueso pene colgaba entre dos muslos que parecían columnas. Parecía constreñido por una especie de condón de cuero que le recubría por completo, incluso los testículos, que no aparecían por ningún lado. Las piernas no parecían tener articulación alguna, aunque debía de estar oculta bajo los pliegues de grueso cuero costurado. Los pies no tenían trazas de dedos y se semejaban a burdos zapatos de fina suela.

—    ¡Ja! ¡Eso no te lo crees ni colocado, Costuritas! – exclamó Ángela. — ¡Vámonos, David.

Ambos retrocedieron, sin perder de vista al adanita que soltaba, en ese momento, el abrigo sobre los sacos de cemento. Pensaban utilizar uno de los huecos del piso superior para ganar la calle y despistar a esa cosa.

—    ¿Seguro que te lo has pensado bien, Ángela? ¿Podrás proteger a los humanos que te importan? – preguntó suavemente Cuero Viejo. – Tu compañera de piso a la que aprecias tanto, tus compañeras de baile, la dueña de La Gata Negra, tus vecinos… Puedo despellejarles fácilmente. Llevo haciéndolo trescientos años.

Se golpeó el pecho, señalando diversas pieles, con una mueca en la cara. Los dos chicos se quedaron muy quietos, escuchándole.

—    Ese es mi don, cubrirme con la piel de otro ser, no importa que sea humano, animal, o… adanita. Cada ente tiene sus propias cualidades y cuando esa piel entra en contacto con la mía, puedo utilizarlas como si fuesen mías. Estrategia, fuerza, habilidad, paciencia, resistencia… cada piel me hace mejor, más letal. ¿De verdad queréis ponerme a prueba?

—    ¡Puuaaj! – escupió David. — ¡Qué asqueroso!

—    ¿Estás amenazando con ponerte la piel de mis amigos? – barbotó Ángela, con el rostro crispado.

—    De ti depende, niña.

—    ¡No pienso someterme a tu antojo! – le gritó ella. — ¡Soy libre!

—    Pronto te acostumbrarás, Ángela. Serás la madre de mis hijos.

—    Este tío no ha tenido tiempo, en trescientos años, en formar una familia. ¡Qué inútil! – masculló David, quitándose los zapatos con la puntera del pie.

—    ¿Qué haces? – le susurró Ángela, pero sus palabras llegaron perfectamente a la bestia que sonreía.

—    Lo que hay que hacer. No nos dejará ir sin pelear, ¿no lo entiendes?

Ángela suspiró, mirando la fea sonrisa del rostro curtido de Cuero Viejo. Por supuesto, David tenía razón, tendrían que luchar por su libertad, por mantener sus vidas. La adrenalina inundó las venas de la vampiresa, haciendo latir su corazón como un tambor en el pecho. Saltó hacia un lado, aferrándose a uno de los pivotes, con el cual cambió el sentido de su dirección. Sus piernas se tensaron y el patadón que recibió el enorme adanita en la cara resonó fuertemente, pero ni siquiera le meneó.

Cuero Viejo alargó una de sus grandes manos, tratando de atrapar un tobillo de la rubita, quien se escamoteó aferrándose a otro de los gatos de hierro. Le obligó a fijar su atención en ella mientras que David cambiaba a su forma de lupino. Intentó patearle una rótula, pero fue como si golpeara un pilar de cemento. Los gruesos dedos estuvieron a punto de atrapar el rubio cabello.

Con un impresionante rugido, David cayó sobre su espalda, intentando morder su gruesa nuca y arañando ferozmente. Cuero Viejo ni siquiera se inmutó. Caminó hacia atrás llevándose varios de aquellos gatos extensibles que soportaban el piso superior, haciendo que David de golpeara duramente contra ellos, doblándolos, haciéndolos saltar. Se lo quitó de encima y le dio una patada que lo envió a un rincón, encorvado sobre sí mismo.

—    ¡David! – gritó Ángela, preocupada.

—    De ti depende… te lo he dicho. Regresa conmigo, sé mi reina.

—    ¡Nunca! – exclamó, lanzándose sobre aquella criatura.

Pasó sus piernas en torno al inexistente cuello, trabando los tobillos. Quedó sentada sobre los masivos hombros llenos de pelo y aferró con sus dedos la prominente quijada. Con un gruñido, Ángela aplicó toda su fuerza, tirando de la mandíbula para arriba, como si quisiera arrancarle la cabeza.

Sacudiendo la cabeza en su rincón, David recuperó el aliento. Necesitaba más velocidad, una forma más pequeña y ágil que la del lupino, así que se puso a cuatro patas y estiró el cuello. Sus vértebras chasquearon y estiraron, sus costillas se ahusaron en torno al esternón, sus brazos se acortaron, los músculos moldeándose en otros nuevos. El lobo aulló al quedar completo, sus ojos amarillentos fijos en su enemigo.

La había cogido por el pelo, alzándola de sus hombros y sujetándola a pulso. Aquel ser era demasiado fuerte para ella y para David. Le soltó varias patadas al rostro mientras colgaba de su mano, pero ni se inmutó, sólo reía. Un borrón oscuro se arrojó sobre una de las piernas de Cuero Viejo, destrozando en segundos la dura piel que recubría uno de sus pies. Por primera vez, Ángela pudo ver una mueca de interés en aquella bestia.

El lobo saltó a un lado cuando la otra pierna intentó acertarle. Giró un par de veces a su alrededor, antes de saltar e hincar sus afilados dientes en la corva izquierda de Cuero Viejo. Este soltó a Ángela, al buscar al lobo con sus manos. La rubia aprovechó el momento para impulsarse desde el suelo, con una de sus rodillas por delante. Alcanzó los ollares con tanta fuerza que salió rebotada de nuevo al suelo, pero, en esta ocasión, un chorro de sangre del adanita la acompañó en la caída.

Cuero Viejo se irguió con el golpe, tambaleándose sobre sus pies. El lobo atrapó el grueso pene de un mordisco y empezó a tironear de él, con estremecedores gruñidos.

—    ¡Maldito chucho! – exclamó Cuero, atrapando de un puñado el lomo del lobo. — ¡Suelta mi polla!

David tuvo que hacerlo, más que nada por el dolor. Cuero Viejo le rompió las dos patas traseras, como si fueran ramitas. El aullido puso los nervios de Ángela a flor de piel. Lágrimas y mocos cayeron de sus ojos y nariz. Los cabellos de su nuca se rizaron.

—    ¡Puto saco de mierda! – gritó. — ¡Deja a mi hermano!

Con una horrible sonrisa, Cuero Viejo tiró al malherido lobo sobre uno los palés, levantando las manos como si fuese inocente. Se acercó a ella y se inclinó, hasta casi tocar con sus ensangrentados ollares la nariz de ella.

—    Entonces, entrégate a mí, Ángela.

Ella contempló el gimiente lobo que intentaba arrastrarse, más allá de ellos. Cuero Viejo tenía razón, eran niños a su lado. Era más fuerte, más cruel, y más curtido que ellos en cualquier terreno. No podía permitir que le hiciera más daño a David o a cualquiera de sus conocidos.

—    Está bien. Soy tuya, Cuero – abrió sus brazos en completa entrega.

—    Buena chica – susurró el adanita, abarcándola con sus brazos y alzándola como si fuese una pluma.

Se dirigió hacia uno de los muros exteriores, al mismo tiempo que la iba desnudando con expertos pellizcos de sus gruesos dedos. Ángela jadeaba, aún con toda la adrenalina recorriendo sus venas. Se contorsionó cuando le bajó las negras mallas y luego le rompió la braguita. Creyó ver una llama de lujuria en los profundos ojos oscuros. ¿La despertaba ella?

Espera, espera.

 

Su alma oscura, por una vez, no parecía ansiosa, más bien paciente. A pesar de lo que la disgustaba sentirla despierta y paseándose por su mente, había aprendido a hacerle caso. Así que se dejó achuchar contra la pared de bloques, recubierta en parte por grandes lajas de piedra grisácea. El rostro de Cuero Viejo ronroneó contra su pecho y, de repente, sacó una gruesa y larga lengua amarillenta, llena de babas, que pasó lentamente, obscenamente, sobre el perfecto pecho de la bailarina.

 

Ángela compuso una mueca de asco al sentir la extraña saliva que goteaba de sus pezones. Aquella lengua debía de medir, al menos, cincuenta centímetros y se movía como si tuviera voluntad propia. Era cálida y gelatinosa, al mismo tiempo. Descendió por su vientre plano y chupeteó una de sus caderas. Ángela tragó saliva.

Acumula. Fuego, mucho fuego.

 

Asintió, más para su autoconvencimiento, e invocó su fuego interno, de una forma que nunca había hecho, conscientemente, de manera voluntaria. Mientras la lengua invasora alcanzaba su sexo, Ángela fue avivando todo el calor que pudo. Sus cabellos formaron una aureola de oro, mecidos por la onda que empezaba a emanar de su cuerpo. Jamás había hecho algo así, nunca había invocado su poder pirogenético con tal intensidad, con tanto deseo. Su piel comenzó a chorrear literalmente sudor, empapando su cuerpo

—    Ummm… deliciosa… hay que ver cómo te mojas, niña – susurró Cuero Viejo, dejando de lamer su vagina por un momento, engañado por el sudor que corría por los muslos de ella.

 

Fuego, arde, todo. ¡Deja salir todo!

 

—    ¡SSSÍÍÍÍÍÍÍÍÍ! – chilló ella, apoyando sus manos sobre la calva cabeza que quedaba perfectamente a su alcanza.

En un primer momento, Cuero Viejo pensó que Ángela se estaba corriendo como una loca con su dúctil lengua. El cuerpo de la chica llevaba unos segundos muy caliente y luego estaba aquel grito tan primario, lleno de fuerza… por un segundo, creyó que su fantasía se había hecho realidad. La niña se le entregaba totalmente.

Pero comprendió rápidamente que nada de eso era lo que parecía. Las llamas envolvieron su rostro, penetrando por lacrimales, ollares, y boca. Su tolerancia al dolor le llevó a darse cuenta de cuanto pasaba en los primeros segundos, pero enseguida tuvo que buscar las piezas de cuero que le ayudarían con el sufrimiento, sólo que no tenía suficientes. El dolor crecía y crecía, se expandía a sus naturales terminaciones nerviosas, bajando por su torso, la columna, quemándolo todo.

Arrojó lejos a la chiquilla, intentando estamparla contra algo para que el dolor se calmara, pero es lo que precisamente Ángela estaba esperando. Sus pies rebotaron en la pared y se impulsó a través de unos de los huecos para ventanas, saliendo al exterior. Maniobró para rodar y se puso en pie como un resorte, volviendo a introducirse por otro agujero entre ladrillos.

Cuero Viejo aullaba y barría todos los pivotes con desesperados manotazos. Todo su cuerpo estaba en llamas, de los talones hasta el oblongo cráneo. Había descuajaringado varios sacos de cemento para echárselos encima y así apagar las llamas, pero aquel fuego no parecía tener las mismas cualidades que las llamas normales.

Finalmente, salió al puerto, aullando y dejando una larga estela de llamas y materias grasas que estaban bajo los trozos de cuero, y se arrojó al agua.

—    Buen viaje, Cuerito – musitó Ángela, subida al tejado de la estructura, desde donde poder observar bien.

Esperó cinco minutos y regresó al lado de David. Éste había vuelto a adoptar su figura humana, y jadeaba a cuatro patas, dejando caer al suelo el río de lágrimas que había provocado la soldadura de sus huesos fracturados. Volver a la forma humana arreglaba todos los huesos rotos, pero no era ninguna alegría, ni mucho menos.

Ángela se sentó a su lado y lo abrazó, atrayéndole contra ella. Ninguno de los dos se sintió extraño por estar desnudos, por mantener en contacto sus pieles. Necesitaban consolarse, del miedo, del daño sufrido. Habían triunfado cuando todo parecía estar en su contra.

—    Eso… del fuego… es un truco excelente, rubia – gruñó él. – No me habías hablado de eso.

—    Es que aún no lo controlo, lobito.

—    No me gusta ese nombre. Tendremos que buscarnos unos bien chulos, nena.

—    De acuerdo – se rió ella.

—    ¿Lo has tostado bien?

—    No lo sé. Se ha tirado al agua, convertido en antorcha, y no ha salido. Pero…

—    Ya. Es un tipo duro. Puede que esté en el fondo, recuperándose, como Jean Grey…

—    ¿Quién?

—    Jean Grey, la Fénix de los X-Men, ya sabes…

—    No, no sé – parpadeó ella.

—    Joder, rubia, tienes que actualizarte.

—    Tienes razón. Tendremos reunión una vez por semana para ponerme al tanto del mundo adolescente – le dijo ella, besándole en la mejilla. — ¿Puedes moverte?

—    Sí, creo que sí. Habrá que vestirse, hace un frío que pela, coño.

—    Quejica – sonrió ella, ayudándole a ponerse en pie.

 

Aquella noche, robaron unas prendas en un almacén de Ayuda Humanitaria para Filipinas. Un tipo desgarbado y tan delgado como un esqueleto de Halloween tomó un autobús hacia los Pirineos. Cuero Viejo se sentó lejos de cualquier compañero de viaje, y se hizo un ovillo en su asiento. Rumiaba sobre cuanto había perdido en persecución de una fantasía. Todas las pieles que había conseguido a lo largo de trescientos años habían ardido y tan solo se había salvado al saltar al mar. No le quedaba nada de su tesoro y tendría que empezar de nuevo.

Por el momento, no se volvería a acercar más a aquella puta pirokinética. ¿Quién lo hubiera pensado? Una niña con tal poder sin controlar por la Casta… Ya habría tiempo de vengarse, pero primero tenía que conseguir ventajas, muchas de ellas. Entonces, volvería a reclamarla. Ya vería lo que iba a hacer con ella…

 

 

CONTINUARÁ…

 

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