ALEX BLAME

 

La decisión

Era increíble. ¿Cómo la gente era capaz de mandar a la hoguera a una criatura como aquella? Si hubiese sido una vieja arrugada y escrofulosa, probablemente me hubiese hecho el tonto y la hubiese dado matarile, pero ver a aquella joven indefensa y maltratada fue superior a mí. Toda mi determinación se esfumó y supe inmediatamente que iba a hacer todo lo posible por salvarla. Pero para ayudarla necesitaba que ella se ayudase a sí misma.

—Sé que estás dolorida y  asustada y supongo que sabes quién soy yo.

—Eres un inquisidor… —dijo la joven con un hilo de voz.

—Exacto. Y sé de sobra la fama que tenemos. Pero al contrario de lo que piensas, no me voy a dedicar a romper todos tus huesos hasta que digas lo suficiente para que pueda enviarte a la hoguera. Ante todo, quiero saber la verdad.

La joven asintió aunque sus bonitos ojos decían que no se acababa de creer lo que le estaba contando. Conteniendo el impulso de acogerla entre mis brazos continué:

—Solo por la forma en que me han planteado las acusaciones, estoy casi convencido de que estas son falsas. Lamentablemente no puedo evitar que un verdugo intente sacarte una confesión.  Yo estaré presente e intentaré evitar que te hagan demasiado daño, pero tú debes resistir el dolor y la humillación. Lo necesito para poder investigar los sucesos con más profundidad.

La joven me miró de nuevo a los ojos y asintió. Creo que aun no me creía del todo, pero se encontraba acorralada y sabía que su única vía de escape era yo. Tras sonreírle y acariciar un instante sus mejillas, recorridas por churretes de suciedad me erguí y llamé al carcelero.

—¿Quién la ha pegado? —dije yo en cuanto salimos de los calabozos.

—Bueno, nosotros pensamos que quizás…

—¡Vosotros no pensáis nada! —exclamé fijando en el carcelero una mirada asesina— A partir de ahora la única persona que tocara a esa mujer será el verdugo y solo si estoy yo presente. Si alguno de vosotros vuelve a poner las manos sobre ella la acompañaréis en el cadalso. ¿He sido claro?

—Sí, señor. —respondió el hombre tragando saliva con dificultad.

Cuando salí de la ciudadela, era casi de noche. La villa bullía con la gente que volvía a casa después de una larga jornada de trabajo. En ese momento me fijé en lo jóvenes que eran todos. Apenas se veía gente de mi edad y los que había, o eran gente acomodada, o estaban tan cascados que parecían ancianos.

A medida que caminaba, todos cedían paso a aquel monje alto y calvo que venía a limpiar la villa de brujas y demonios.

 

Nunca había comido unas verduras tan deliciosas. Acostumbrado al sabor a plástico de todos los productos actuales, aquellos alimentos tenían tanto sabor que no echaba de menos la carne.

Cuando terminé de cenar, dejé que la abadesa me alcanzase y alabé su huerta y su cocina.

—Gracias, hermano. La verdad es que comer con austeridad no tiene porque significar comer mal. Mis hermanas procuran hacerlo todo de forma que agrade a Dios y las verduras podridas o el guiso incomible no es la obra de Dios.

—Amén, madre —dije yo— Voy a echarlas de menos cuando me vaya.

—Por cierto, ¿Qué tal va la investigación?

—Apenas he empezado, pero no sé. Me parece que, como me adelantaste, va  a ser más compleja de lo que esperaba. Tarde o temprano averiguaré la verdad, pero no va a ser fácil. Yo también hago la obra de Dios y al igual que tú, me gusta hacerla bien.

Tras despedirme de la abadesa y darle las gracias de nuevo por acogerme, me retiré a mi celda, estudié un rato más y cuando empecé a sentir sueño, me desnudé y me acosté bajo las acogedoras sábanas.

Una sensación de opresión sobre mi cintura me despertó. Cuando abrí los ojos vi una figura voluminosa y oscura encima de mí. Al sentir que me movía se inclinó sobre mi cara. Yo intenté levantar los brazos para defenderme, pero estos estaban atrapados bajo las sábanas…

Justo en ese momento, Íker deja el volumen sobre su regazo y aparentando necesitar un poco de descanso para sus cuerdas vocales, da paso a la publicidad.

—Cariño, apaga. —dice Carla— Ya es tarde.

—¿Cómo? ¿Ahora que se pone interesante? ¿No me digas que no quieres saber qué pasa con la bruja?

—No tanto como saber qué pasa si hago esto. —dice Carla tirando del escote de su camisón para enseñarle un pecho.

Gerardo mira aquel pecho perfecto con el pezón rosado y erecto invitándole a acariciarlo y a besarlo. Está  a punto de caer. Desea hacerle el amor a su mujer, siente como su polla crece bajo las sábanas, pero la publicidad termina y la voz de Íker atrae su atención justo a tiempo, provocando un suspiro de de disgusto de su esposa.

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