JULIO ALEJANDRE

Por ser montañosa, estaba la tierra más lejos de lo que pensábamos y nos llevó todo aquel día alcanzarla. Y una vez en ella, seguimos en paralelo a la costa, que corría en la orientación sureste noroeste, buscando una bahía o ensenada que ofreciese buen puerto. Se veían algunos ríos y una manigua espesa, de un verde profundo, que llegaba hasta la misma orilla y por sobre de ella aparecían algunas columnas de humo. Al cabo de unas horas hallamos un lugar que pareció propicio para surgir y se botó la chalupa con algunos marineros para que lo comprobasen.

Cuando estaban a un cable de la orilla, comenzaron a aparecer muchos indios salidos de la arboleda, que serían más de doscientos, y que se mostraron en todo punto diferentes a los otros que habíamos encontrado, pues, en lugar de botar al agua sus canoas y acercársenos en nutrida flotilla, permanecieron en la playa y desde ella hacían señas a los nuestros para que desembarcasen. Eran gentes de constitución fuerte, piel más de negro que de indio, con los cabellos ensortijados y desnudos de cuerpo, si no era por unos taparrabos de corteza que les cubrían las vergüenzas.

Los hombres de la chalupa, recelándose alguna emboscada, no quisieron llegarse hasta la playa y decidieron regresar, pero uno de los indios se lanzó al agua, nadó hasta la barca y por medio de señas les pidió que lo subieran al navío. Al cuello y muñecas traía unas pulseras como de colmillos de animal y cuando lo presentaron al capitán, le señaló la isla y le habló de ella con mucho brío y arrogancia, aunque nada entendiéramos de su discurso.

El piloto, que era el único de nosotros que conocía aquellos mares y sus gentes, se acercó al indígena y pronunció algunas palabras que  había oído y que el otro reconoció, sobre todo taubrique, que quiere decir jefe, y se señalaba al pecho y lo golpeaba, y así tuvimos por cierto que estábamos por fin en las islas del Espíritu Santo. Por medio de señas y gestos nos dijo que él era Tenile, señor de muchos naclonis, que quiere decir vasallos. Y se movía por la cubierta sorprendiéndose de todo, y todo lo tocaba y miraba y remiraba, las barbas de los hombres, las corazas de los soldados, el armamento y a las mujeres, pero de forma harto educada y sin ocasionar molestia ni ofensa a nadie.

Para congraciarse con él, el capitán le entregó una camisa y un gorro de terciopelo carmesí, con lo que quedó muy conforme y comenzó a cantar y no dejó de hacerlo hasta que lo llevamos a tierra en la chalupa. En la playa estaban esperándolo los suyos, que salieron a recibirlo con gran fiesta y muy admirados por las ropas que vestía. El taubrique se llegó hasta ellos y, seguido de unos cuantos, se perdió entre la arboleda.

julioalejandre.com

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