JANIS MULLIGAN

 

Repartiendo justicia

14 de octubre de 2013.

Los camerinos de La Gata Negra estaban vacíos, muchos de los fluorescentes que coronaban los espejos se encontraban apagados. Eran las cinco de la madrugada del sábado que comenzaba. El club estaba casi vacío y Domingo se ocupaba de echar a los borrachos.

Ginger y Ángela estaban sentadas a sus tocadores, retirando sus maquillajes mientras charlaban. Habían tenido una buena noche: una despedida de solteros las había acaparado a las dos durante todo el tiempo. De hecho, era algo que empezaba a ser habitual, a medida que eran conocidas en la alocada noche barcelonesa.

Las dos amigas conjugaban muy bien y no les importaba dejar caer ciertos gestos sensuales entre ellas, aunando sus bailes cada vez que podía. No hay nada que tenga más morbo para un hombre que ver a dos gatitas arrullándose entre ellas, pero sin llegar a ser algo demasiado obvio. Los clientes querían ver incitación, no verse excluidos, claro estaba.

Así que cada vez más, había cierto sector que las quería a ellas dos, y eso tenía un precio elevado. Ningún cliente había salido descontento con su espectáculo improvisado, y ese podía ser el secreto de su éxito. El número era auténtico, genuino, nada de ensayo ni puesta en escena. Eran dos chicas que se sentían muy cómodas con sus caricias, sus roces y contoneos, y eso saltaba a la vista. Por eso mismo, los afortunados que presenciaban sus privados acaban con los labios enrojecidos, de morderlos, de humedecerlos constantemente, y, por qué no, de sonreír abiertamente al seguir muy de cerca el enervante y sensual baile de aquellas dos bellezas.

Por eso mismo, terminaron las últimas en el club. Todas las demás ya se habían vestido y marchado, o tomaban la última copa en la barra. La dominicana Betina era la única compañera que se había quedado charlando con ellas, aún estando ya vestida. Su poderoso trasero se apoyaba en uno de los tocadores, enfundado en unas mallas imitación a piel de guepardo. Encendió un pitillo mientras seguía charlando sobre su novio y sus galanterías, cosa que hacía que Ángela y Ginger se miraran, la una a la otra.

Monte, como todo el mundo conocía al novio de Betina, tenía cierta fama de vividor y crápula, y las chicas sabían perfectamente que no le daba un palo ni al agua, o sea, que de oficio tenía puesto sus labores. Betina le mantenía, dejándole vivir en su apartamento.

La dominicana miró el pequeño reloj de su muñeca y apagó el cigarrillo en el interior de una botella de agua.

—    Llevo esperándole un ratico ya a mi nene – murmuró. — ¿Dónde cojones se ha metido ese mastuerzo? Voy a asomarme fuera, a ver si le atraigo – les dijo, apretujándose las poderosas tetas que medio asomaban a su escote.

Ginger se rió del chiste y Ángela agitó una mano para despedirla. Betina era buena gente, pero su charla inconsistente producía dolor de cabeza. Una vez a solas, Ginger retomó el asunto que las interesaba verdaderamente.

—    ¿Cuánto has hecho de propinas?

—    No lo sé, Ginger, no he contado la pasta. Está toda ahí – señaló Ángela el bolso que colgaba de una de las esquinas del tocador.

—    Buena noche – rió la tailandesa. – He contado cuatrocientos cincuenta euros míos.

—    ¡Genial! Si alcanzo esa cifra, nos daremos un caprichito, cariño.

—    ¿Sí? ¿Cómo qué? – preguntó juguetonamente Ginger.

—    Ya lo verás…

Acabaron de desmaquillarse y se cambiaron de ropa. Afuera, la temperatura había caído en picado a lo largo de la madrugada. Para Ángela no significaba nada, pero cubría las apariencias ante su amiga. Domingo estaba colocando taburetes y sillas patas arriba sobre las mesas, para dejar el espacio necesario a las limpiadoras, las cuales llegarían en cuanto saliera el sol.

—    ¿Te vienes, Domingo? – le preguntó Ángela.

—    Me queda un poco aún, princesa – sonrió él. – Tengo que guardar el dinero en la caja y rellenar el “diario de a bordo”.

—    Vale, que descanses. Nosotras nos vamos directas a la cama – agitó la mano la rubia, mientras se encaminaban hacia la puerta exterior.

Ángela sonrió al pensar en la broma habitual del masivo protector. Domingo había bautizado de aquella forma la petición de Olivia, la dueña, de poner por escrito todo cuanto sucediera en el local mientras estuviera abierto, así como las posibles sugerencias para mejoras, o lo que se necesitaba urgentemente. El diario de a bordo…La verdad es que Olivia se preocupaba mucho por su negocio y había que reconocer que aquella forma era ideal para que cualquier detalle o problema estuviera solucionado rápidamente.

En cuanto salió a la calle, la mente de Ángela se vació de tonterías. El aroma a sangre caliente, a sangre vertida, despertó sus tripas. Su boca ensalivó inconscientemente y buscó instintivamente el origen de todo. Llevaba un día sin probar ni una gota y, aunque no estaba aún necesitada, la tentación era grande.

No tuvo que buscar demasiado. En el portal de más arriba asomaban dos pies, uno de ellos calzado con un zapato de alto tacón, el otro descalzo. Ángela tiró de la manga de su compañera, deteniéndola.

—    ¡Dioses! ¡Es Betina! – exclamó Ginger, reconociendo los leggins de guepardo.

Betina estaba tirada sobre un charco de su propia sangre que se desparramaba sobre las losas blancas y negras del zaguán. Tenía los ojos cerrados, pero se quejaba débilmente. Ángela se arrodilló a su lado, sin importarle llenarse las rodillas del rojizo líquido vital. Expertamente, recorrió con los ojos los daños. Eran puñaladas, pocas y precisas. La obra de alguien que buscaba joder la vida que llevaba la dominicana.

Tenía dos en la cara, una en cada mejilla. No parecían ser cortes que desgarraran la boca, sino más bien la clavada de una estrecha y afilada navaja. La hoja, sin duda, había tenido que penetrar en el interior de la boca, pero Ángela no pudo distinguir si la lengua o las encías habían sido afectadas, dada toda la sangre que cubría el interior.

Sobre su pecho había aún más sangre. Los senos estaban fuera de la blusa, ensangrentados y abiertos. Se habían entretenido en sacarles los dos implantes de silicona de sus pechos, dejándolos vacíos, flácidos, y expuestos cual cuarto de res en una carnicería.

—    ¡Llama a una ambulancia, Ginger! – le gritó a su amiga, y ésta, con dedos nerviosos, marcó el número de Emergencias.

Giró el cuerpo de la dominicana para que quedara de perfil y no se asfixiara con su propia sangre. De esa forma, pudo comprobar otra mancha oscura en los glúteos.

Ángela deslizó el dedo sobre la piel sintética de los leggins, que aparecía cortada en un largo trazo. Le habían rajado también las nalgas profundamente, al menos en un corte de diez centímetros de trazado.

Ninguna de ellas era una herida grave, letal. No pretendían matarla, sino desfigurarla. Por eso la habían dejado en la puerta del club, para que quien saliera llamara a una ambulancia y, de esa forma, la salvara de desangrarse.

—    ¿Cómo está? – se acuclilló Ginger al lado de su amiga, contemplando a la herida. – La ambulancia llegará enseguida.

—    Se salvará, pero tendrá que buscarse otro trabajo. Las cicatrices que le dejara este ataque… no podrá ser stripper de nuevo – meneó la cabeza Ángela. – Esto ha sido una venganza…

En ese momento, Betina se quejó y abrió los ojos. Parpadeó y miró a Ángela.

—    Los… reyes… han sido… ellos – musitó débilmente. – Tienes que… avisar a… Monte… por favor…

—    Ssshhh… calla – chistó Ángela, apartando con la mano el rizado pelo oscuro de Betina, para que no se llenara de sangre.

—    P-por favor… los reyes…

—    Se lo diré, no te preocupes – asintió Ángela, tranquilizándola, e instintivamente, se llevó su mano derecha, tinta en sangre, a la boca.

Succionó sus dedos cuando se dio cuenta de que Ginger la miraba fijamente, con los ojos muy abiertos. Apartó la mano de inmediato, pero sabía que ya era tarde. Se había relajado.

—    ¿Qué haces? – siseó Ginger.

—    No lo sé… tenía la mano manchada de su sangre y… ha sido un reflejo – gruñó la rubia, intentando quitarle importancia.

—    ¡Qué asco!

—    Pues sí… coño, parezco una vampira. ¿Tienes un caramelo para quitarme el sabor?

Ginger negó con la cabeza, pero saco una pequeña petaca forrada en cuero, alargándosela. Ángela asintió y la abrió, dándole un trago al dulce ron de su interior y enjuagándose la boca teatralmente. Su estómago estaba ardiendo mucho antes de que el ron cayera en él, incendiado por la poca sangre que había tragado. Se obligó a permanecer estoica y no dejarse llevar por ninguna alteración. La onda candente recorrió todo su cuerpo y se estableció en su bajo vientre, como un paciente brasero. La rubia asintió para ella misma, allí podía controlarlo. Había sido poca cantidad… ¡qué estúpida había sido! ¡Podría haberse delatado ella misma!

El destello anaranjado de las luces de la ambulancia sacó a ambas de pensamientos. Había sido rápido, sin duda. Los paramédicos estuvieron encima de la víctima, desplegando su arte de inmediato. Fueron de la misma opinión que Ángela sobre la naturaleza de las heridas y se llevaron a la chica.

—    Tengo que ver a Monte – musitó Ángela, mirando como la ambulancia se alejaba, con sus luces encendidas pero sin sonido alguno.

—    Podrías haber tomado su número del móvil de Betina – respondió Ginger, señalando con su mano hacia el vehículo que se marchaba.

—    No me he acordado, pero, de todas formas, no es una noticia para decir por teléfono y menos a estas horas, ¿no crees?

—    ¿Vas a ir al apartamento de Betina? ¿Ahora? – Ginger la volvió a mirar con intensidad.

—    Sí, antes de que amanezca. De otra manera, tendría que dejar que tú lo hicieras.

—    Si quieres, lo haré mañana por la mañana.

—    No. Betina me lo suplicó. Es lo menos que puedo hacer. Estaré en El Raval en unos minutos y después tomaré un taxi a casa.

—    Está bien – asintió Ginger y se alejó en dirección de su propio apartamento.

Ángela había estado una vez en casa de la dominicana, para llevarle su nómina cuando estuvo enferma. El Raval podía ser un laberinto si uno no se situaba con precisión y a aquellas horas, estaba silencioso y desierto. Sus zapatos de tacón no servían para ir de azotea en azotea, así que se los quitó, los metió en el bolso, y corrió con los pies desnudos. No era la primera vez que lo hacía, y posiblemente tampoco sería la última. Las excrecencias de las tejas raspaban las plantas de sus pies, pero podía soportarlo. Además, recorrer la Ciutat Vella a aquellas horas era una gozada. Así que Ángela respiró a pleno pulmón mientras saltaba, dejando que los gatos callejeros contemplaran sus piernas y la braguita que el movimiento de la falda dejaba al descubierto.

Monte no estaba dormido, ni mucho menos. Se paseaba por la pequeña sala del apartamento, hablando consigo mismo. Al menos es lo que Ángela podía ver desde la ventana a la que se asomaba. De vez en cuando, hacía furiosos aspavientos, teléfono en mano. Vestía una vieja camiseta de Leño, con el dibujo ya desvaído, y unos jeans oscuros. En sus pies, unas zapatillas de paño, más propias de un abuelote que de un chico joven.

Ángela subió hasta el tejado y descendió por una escotilla mal cerrada, hasta alcanzar el pasillo del tercer piso. Allí, se puso los zapatos y llamó con los nudillos a la puerta. En el interior, Monte pegó un salto al escuchar los golpes. Su corazón amenazó con detenerse con otro sobresalto de esos. Echó un vistazo por la mirilla y, al ver la figura de la chiquilla, abrió la puerta.

Monte había visto más de una vez a la rubia, en el club. No era su tipo, pero aquel cabello siempre atraía su mirada, como una bandera desplegada.

—    ¿Qué quieres? – preguntó de mala manera al encararse con ella. – No es hora para visitas.

—    Betina ha sufrido una agresión al salir del club. Está en urgencias del Clinic – respondió ella, sin inmutarse al pasar por debajo del brazo del hombre.

—    ¿Es grave? – preguntó él, girándose y cerrando la puerta. Se llevó las manos a la cabeza.

—    Sí. Betina no será la misma – suspiró ella.

—    Dios… Dios…

—    Ya lo sabías, ¿verdad? – enarcó una ceja Ángela.

Monte asintió, entregándole el teléfono. Un mensaje con un video añadido estaba marcado. Ángela lo pulsó. Betina estaba tirada en el suelo de la trasera de una furgoneta. Chillaba y pataleaba, rodeada de un par de tipos curiosamente vestidos. Uno la sujetó mientras el otro le rajaba los pechos e introducía sus dedos en el tejido mamario para extraer las dúctiles prótesis de silicona.

—    A eso se refería cuando dijo “reyes” – suspiró de nuevo Ángela. – Se refería a los Latin Kings – precisó al ver a aquellos sujetos con gorras y camisas con los faldones al aire.

—    Sí…

—    ¿Qué tiene Betina con los latinos para qué le hayan hecho esto?

—    Ella no, yo – Monte se sentó en el sofá de cuero rojo y se echó a llorar.

—    Explícate.

Monte no se habría confiado así con nadie, pero el tono de Ángela no admitía demora, ni excusa. Además, estaba deseando soltarlo todo, desahogarse.

—    Sigue mirando – gruñó, limpiándose los mocos y lágrimas con la manga.

Los de la banda habían grabado todo, de principio al fin. Primero le cortaron los pechos, luego las nalgas y, finalmente, le perforaron las mejillas. Como colofón, la bajaron de la furgoneta y la arrastraron hasta el portal adyacente al club. Al subirse de nuevo a la furgoneta y ponerse en marcha, el rostro chulesco de un hombre joven, de no más de veinte y pocos años, apareció en pantalla. Sin duda era latino, moreno, y con una pieza dental de oro.

—    Tú tienes la culpa de esto, Monte. Me has dejado sin mi negocio de armas, al vender al Bosco a la INTERPOL… así que te he dejado sin tu chipilina, el colchón que te follabas y que te mantenía. Puede que te sirva como puta en el puerto, pero no más, créeme – dijo con un marcado acento, antes de soltar una risita siniestra. – Por ahora, estamos en paz, Monte, es solo cuestión de negocios, pero jódeme una vez más y tendrán que coserte las tripas al pecho, chamaco.

—    ¿Así que Betina ha pagado a causa de tus chanchullos de mierda? – le dijo Ángela, con un tono helado que puso la piel de gallina a su novio.

—    Sí, ha sido culpa mía – las lágrimas volvieron a brotar. — ¡Soy un desgraciado, un inútil! Creí poder esquivar todo y hacerme con un buen negocio…

—    Vale, vale – alzó una mano Ángela, consciente de que Monte ya se estaba flagelando él mismo bastante. – Ahora tienes que ir al hospital y quedarte a su lado. Necesitará que alguien la apoye cuando se de cuenta de lo que le han hecho. ¿Estarás a salvo?

—    Sí, ya lo ha dicho El Cóndor… estamos en paz.

—    ¿Ese es El Cóndor?

—    Sí. Es uno de los jefecillos de los Latin Kings. Eduardo Parnas, alias El Cóndor. Es un puto sádico…

—    Bien. ¿Y por dónde suele estar ese tipo? ¿Y con quién?

—    Bueno, El Cóndor es el jefe de guerra del chapter que engloba tanto al Nou Barris como a Santa Coloma de Gramanet. Junto con él, van siempre varios supremos, soldados fieles que le protegen y que le hacen sentirse poderoso… el muy cabrón…

—    Bien. Deja que las chicas nos ocupemos de esto. Nadie puede atacar a una de nosotras y salir indemne – masculló Ángela.

—    ¿Tías? ¿Formáis una banda?

—    No, pero si te crees que vamos a dejar pasar esto, estás majara. Eso sería como activar el coto de caza para las strippers… tenemos contactos y gente que nos protege – mintió la rubia con todo descaro. – Tenemos un sindicato…

Tras despachar al aturdido Monte para el hospital, Ángela regresó a su apartamento, justo cuando las primeras luces del alba llegaban desde el mar. Se deslizó bajo la manta, enroscándose contra el casi desnudo cuerpo de Ginger, quien rebulló y sonrió en sueños, meneando sus exquisitas nalgas para recibir a su compañera.

* * * * * * * * * * *

15 de octubre de 2013.

Ginger despertó cuando su móvil pasó, por segunda vez, la banda sonora del Padrino. Quien llamara estaba insistiendo. Retiró la manta y antes de sacar las piernas, besó la punta de la nariz de Ángela, que estaba apoyada sobre su hombro. Frunció el ceño al ver el nombre de señor Naviero en el indicador.

—    ¿Sí, señor Naviero? – contestó tras un carraspeo. – Buenos días.

—    Buenos días, Huni. ¿Te he despertado?

—    No, señor, estaba en baño – se excusó ella. — ¿Qué necesita?

No era habitual que el casero la llamara. Menos que habitual, nunca había ocurrido.

—    Veras, mi dulce Huni, necesito que me hagas un favor. He dejado algunas cajas de cartón delante del estudio de mi sobrino, para que él las llevara a la casa parroquial, pero le ha surgido algo que le mantendrá fuera de la ciudad todo el día. me pregunto si podrías llevarlas tú.

—    ¿A casa parroquial de la iglesia de los Santos?

—    Sí, esa misma. Ya sabes que está muy cerquita, aunque tú no seas cristiana – la voz del casero sonó juguetona.

—    Sé, sí.

—    Son dos cajas grandes, así que puedes pedirle a tu nueva compañera de piso que te ayude. Las acercáis en un salto y las entregáis al padre Ortega. ¿Lo recordarás?

—    Sí, padre Ortega.

—    No pesan mucho, descuida. Son juguetes, peluches y cosas así, para niños necesitados.

—    Bien, descuide, señor Naviero. Iremos al caer la tarde.

—    Bien, Huni, muchas gracias. Puede que te resulten interesantes las actividades que se dan en la casa parroquial.

Ginger no contestó a eso y colgó. El señor Naviero solía hacer comentarios de ese tipo cada vez que se veían. No sabía si era creyente o tenía algún tipo de impulso racista con respecto a la religión, pero intentaba involucrarla en actos cristianos en cuanto podía. La bailarina bufó y se tumbó sobre el colchón de nuevo, tapándose con las mantas. Colocó las manos bajo la nuca y dejó que su cuerpo casi desnudo recuperara el calor que había perdido. Así que el señor Naviero también tenía su corazoncito, pensó. ¿De dónde habría sacado tantos juguetes? No tenía hijos que ella supiera.

A las seis de la tarde se plantó al lado de la cama, mirando a la dormida Ángela. De nuevo, le vino a la mente la imagen de su compañera llevándose a la boca los dedos embadurnados en sangre y chuparlos, sin una simple mueca de asco, como si fuera grasa de pollo caliente. No sabía qué pensar sobre eso. Ángela intentó explicarle que había sido algo impulsivo, una simple reacción instintiva, pero hubo algo en su tono que llevó a Ginger a no creerla, aunque no sabía por qué. En aquel momento, varias imágenes pasaron como misiles por la mente de la tailandesa, escenas de películas ya olvidadas, de miedos infantiles, de leyendas susurradas.

Era una pieza más para el puzzle de Ángela. Piel pálida, dormía durante el día como una muerta, era extremadamente ágil, y, ahora, chupaba sangre…

Ginger meneó la cabeza, alejando esas tonterías de su mente. Ángela era su mejor amiga, su compañera. Si ella decía que estaba bien, todo estaba bien entonces. Se arrodilló a su lado y la despertó suavemente, susurrando su nombre. La rubia la miró con aquellos ojos incandescentemente azules y sonrió dulcemente. Estiró los brazos con una mueca y la abrazó, atrayéndola para darle un largo beso. Juguetearon sensualmente un buen rato antes de conseguir levantarla.

—    Te he preparado té negro y pastas con miel – le dijo para animarla.

—    Yum…

—    Y una vez desayunes, llevaremos unas cosas a un par de manzanas, ¿vale?

—    ¿Qué cosas? – preguntó Ángela mordisqueando una de las pastas árabes.

—    Cajas con juguetes para los niños pobres de no sé donde…

—    Tía, ¿tas metio en una ONG ahora? – preguntó la rubia tras sorber el té caliente de su bol preferido.

—    No, no, es favor para señor Naviero. Iba a llevar cajas Cristian pero no está aquí, así que llamarme esta mañana para pedirme favor. Es buen hombre.

—    Sí, con un corazón de oro. Por eso mismo nos arregla el alquiler… no te jode – gruñó Ángela.

—    Es buen cristiano. Ayuda a templo. ¿Tú eres cristiana? No hemos hablado nunca de eso.

—    Pues… la verdad, me bautizaron e hice la comunión, como todas las niñas de este país, pero… no soy practicante – la inflexión de la voz de la bailarina rubia fue muy débil, casi temerosa. – De hecho, hace muchos años que no entro en una iglesia. ¿No tenemos que ir a la iglesia, verdad?

—    No, a casa parroquial, al lado de iglesia, creo.

—    Mejor – musitó Ángela, dando un buen trago de su bol.

—    ¿Qué? – Ginger no estaba segura de haberla entendido.

—    Las iglesias no me gustan – rezongó su compañera. – Ese imperio del Vaticano me resulta de lo más hipócrita. Ya que hablamos de religión, ¿Cuál es la tuya?

—    Budista, pero no soy tampoco practicante. Mis padres sí lo eran, de la tradición tailandesa del bosque. Ellos muy rectos, ¿sabes?

—    ¿Tuvo eso la culpa de que huyeras de tu país? – Ginger no le había contado aún sus motivos para emigrar, pero Ángela sabía que tuvo que ser algo malo, muy malo.

—    En parte – Ginger cambió de tema rápidamente. – Tenemos que entregarlas a padre Ortega.

—    Está bien. Deja que me vista.

Una hora más tarde, las dos chicas caminaban portando cada una gran caja de cartón entre los brazos. Optaron por vestir jeans dado la noche ventosa que se había levantado, así como unas chaquetas vaqueras sobre sus blusas. Desde detrás de su caja de cartón, como si fuese un parapeto, Ángela vislumbró la artística veleta del tejado de la iglesia de los Santos Mártires, y sintió un escalofrío.

Estaba en su naturaleza odiar aquellos signos. Apenas la afectaban en la pared de una escuela, o expuestos sobre el cabecero de una cama, pero allí, en su terreno sagrado… ganaban en poder. Las estatuas de santos, las efigies de ángeles, los crucifijos… todo eso la repudiaba con más fuerza a medida que se acercaban. Intentó imaginar que se encontraba en un camposanto antiguo, pues había dormido en varios de ellos y los signos no la afectaron en lo más mínimo cuando se colocaban para los muertos. Pero no sirvió de nada. Sentía la quemazón sobre su piel, la irritabilidad de sus retinas al recoger la sagrada imagen, el burbujear de su sangre al intentar escapar…

La casa parroquial estaba a una veintena de metros del costado de la iglesia, por lo que Ángela solo tuvo que soportar la visión de la veleta en forma de crucifijo, antes de entrar en el amplio portal de la casa y así protegerse. Ginger llamó al timbre y una sonriente matrona de cabellos plateados las recibió, haciéndolas pasar. Inmediatamente se marchó a llamar al padre Ortega.

—    Bien, bien, señoritas… ¿qué traéis ahí? – preguntó una sonora voz.

El padre Manuel Ortega era joven, muy joven quizás para estar al cargo de una iglesia tan venerada. No había cumplido aún los treinta y poseía una de esas miradas francas e impulsivas, propia de los visionarios. Hacía poco que se había ordenado sacerdote y no dejaba de crear cruzadas en las que implicaba a sus parroquianos. También había que decir que disponía de muy buenos padrinos en el estamento eclesiástico. Su mentor era el obispo de Gerona y tenía un tío carnal en la jerarquía del Vaticano.

—    Es de parte de señor Naviero – respondió Ginger.

—    Ah, los juguetes prometidos. Bien, bien – dijo el cura, abriendo las lengüetas de la caja y contemplando el interior. — ¿De qué conocéis a Antón?

—    Inquilinas – masculló Ángela, depositando la caja en el suelo.

—    Ya veo, ya veo. ¿Y de dónde sois? Porque creo que ninguna es de aquí, ¿verdad?

—    Tailandia – respondió Ginger.

—    De Madrid – Ángela observó más atentamente al sacerdote.

Poseía unos ojos claros aunque de un tono indefinible, puede que grises verdosos. Tenía las cuencas oculares hundidas bajo unas cejas espesas y casi rubias, del mismo tono pajizo que su rebelde cabello, quizás un poco largo para ser ministro de Dios. Claro estaba que tampoco utilizaba alzacuellos ni sotana, así que nadie tenía que saber que se dedicaba a embaucar a aburridas y maduras damas como inercia laboral, pensó Ángela con una sonrisa interior.

Había que reconocer que el cura tenía una buena planta, con un cuerpo firme y delgado, y unos rasgos simpáticos. Si le hubiera conocido en el club, le habría dejado que la magrease a placer. Pero, bueno, ese no iba a ser el caso, ¿no?

—    Vaya, ¡qué de lejos vienes, hija mía! – exclamó el padre Ortega, quitándole la caja a Ginger. Le dio un par de patadas a la que estaba en el suelo, arrimándola a la pared, y depositó la que tenía en brazos sobre ella. – Eres sin duda budista, ¿no es así?

—    Sí, señor.

—    ¿Tienes tu religión cubierta aquí, en Barcelona?

—    No pienso mucho en eso – negó la tailandesa.

—    Vaya, cuanto siento escuchar eso. La religión siempre es importante, sobre todo cuando estás lejos del hogar.

—    ¿Sea la que sea, padre? – preguntó con cierto retintín Ángela.

—    Sea la que sea – respondió él con firmeza, borrando la sonrisa de la rubia. — ¿Acaso crees que la Iglesia mantiene los valores de hace siglos? Todas las religiones se hermanan con la comprensión, con el desarrollo de la teología. No son más que ramas de un mismo árbol, que sostienen a miles de millones de hojas, que no son más que los creyentes, claro.

—    Un bonito pensamiento, padre, pero que no es en absoluto real.

—    ¿Ah, no?

—    Pues no. Me gustaría decirle eso a los millones de afectados de Sida en África, a todos los niños acosados por perversos mentores eclesiásticos que se ocultan en el anonimato de su madre Iglesia, o bien conseguir con ello que la hereditaria corruptela de los pasillos vaticanos salga a la luz. ¿Cree que tendrán la misma opinión que usted? – dijo Ángela con énfasis.

—    Pues… la verdad… no, diría que no – se encogió el cura de hombros, con una sorprendente sonrisa. – Pero soy de la opinión que el cambio debe comenzar en algún lugar. Este es tan bueno como otro.

—    Vaya, un cura revolucionario – dijo Ángela con una risita.

—    ¿Por qué no? ¿Y tú, jovencita? Denotas mucho conocimiento para tan poca edad.

—    Leo mucho, padre. A veces, hasta cosas que no debería…

—    Tendré que hablar con tus padres para que te vigilen mejor – bromeó el cura.

—    Solo hemos hecho favor a señor Naviero de traer cajas. Su sobrino no podía hacerlo – cortó la charla Ginger.

—    Ah, pues os lo agradezco infinitamente. Estos juguetes saldrán a final de semana para África, concretamente al Sahara. ¿Queréis pasar? Hay un cursillo de artesanía en este momento. ya sabéis, cántaros, ceniceros, algún botijo… – bromeó de nuevo.

—    Tenemos que marchar, señor. Hay cosas que hacer – negó Ginger.

—    ¿Estudiar? ¿Habéis quedado en la biblioteca municipal? – preguntó el padre Ortega, con demasiada ingenuidad quizás.

—    No. Tenemos que bailar – repuso la tailandesa, abriendo la puerta.

—    Ah, veo que estudiáis Danza. ¿Clásica o moderna?

—    No, padre – suspiró Ángela. – Somos strippers, nos desnudamos para los buenos parroquianos. Esa clase de baile…

Ginger y Ángela salieron de la casa parroquial, riéndose contenidamente y cogidas del brazo. El joven sacerdote se lo había puesto tan fácil que había sido una tentación dejarle con el rostro demudado.

—    Simpático el padre, ¿eh? – la codeó Ginger.

—    Demasiado confiado el pobre. Creo que no ha visto apenas mundo y se cree que todo es como lo que asiste a sus misas.

—    Puede, pero no parece ingenuo, solo con mucha confianza.

—    Casi es lo mismo, Ginger. Tengo que hacer unos recados, cariño. Nos vemos en el club.

—    Vale – asintió la tailandesa, al mismo tiempo que aceptaba el rápido pico. Ni siquiera tuvo tiempo de preguntarla a dónde iba cuando Ángela ya había tomado una de las callejas y desaparecido.

* * * * * * * * * *

Nessy se maldijo por segunda vez, mientras intentaba despistar a aquellos jodidos “panchitos” entre el público que recorría los amplios paseos de La Maquinista, el centro comercial en El Bon Pastor.

¿Por qué coño había tenido que volver allí, solo? ¿Por una maldita pibita? No aprendería nunca, tal y como le decía el viejo Nayo. Se giró disimuladamente de nuevo, observando. Eran al menos tres, al menos esos eran los que lo seguían sin tapujo, pero podía haber más, ocultos.

¿Qué querían de él? ¡No se había metido con ellos! De acuerdo que estaba en territorio de los reyes, pero no había hecho nada malo. ¿Sería por su color de piel? No tenía entendido que los reyes fueran racistas… pero… sí, debía de ser por eso. Había escuchado de un enfrentamiento entre reyes y negratas en Badalona, por cuestiones de drogas. ¡Se la tendrían jurada a cualquier negro sospechoso!

¡Y a negro a él no le ganaba nadie! Nessy era algo más que negro; era oscuro, casi azulón, hijo de una casta de puros zakas de Costa de Marfil. Alto, esbelto como un junco, de enorme ojos castaños y grandes dientes blancos, Nessy tenía veinte años y un sueño: quería ser el mayor proxeneta de Barcelona.

Sabía que tenía un don con las mujeres y debía aprovecharlo. Antes de cumplir los catorce, ya había mantenido relaciones con más de veinte mujeres, todas mayores que él. Nessy era un niño guapo y muy dicharachero, pero ese no era su especial atractivo, no. A medida que las mujeres le iban conociendo, también iban sabiendo de sus veinticinco centímetros de rabo y de que podía correrse tres veces seguidas. Un puto prodigio de la naturaleza.

Ahora, a sus veinte años, no faltaba una mujer en su cama, cada día, y, además, ya tenía a dos trabajando para él. Y no a dos cualquiera… ¡a dos blancas y españolas! Se sentía ufano de ello ante sus hermanos negros, y fardaba todo lo que podía. Por eso mismo, se había metido en el actual atolladero ¡por fardar, como no!

No hacía ni una hora que se había cruzado con una chavalita rubia, a la cual había guiñado un ojo. Estaba comprando con su madre, pero aún así, deslizó un papelito en su mano, con una hora y un lugar dentro del propio centro comercial. ¡Una cita sorpresa!, se dijo, frotándose las manos de alegría. Sus amigotes le empujaron, bromeando, incitándole. Por eso había vuelto al centro, solo, con una enorme sonrisa que ahora se le había congelado en la cara, porque no había visto a la rubia, pero sí a tres Latín Kings que le estaban siguiendo como putos sabuesos.

Consideró, por un momento, detenerse y hablar con ellos, pero acabó meneando la cabeza. Los reyes no charlaban, primero golpeaban o incluso algo peor, apuñalaban. Temía dirigirse a la salida porque podía haber más esperándole en la calle. Allí dentro, con un segurata en cada esquina, estaba medianamente a salvo por el momento. Pero se estaba quedando sin espacio para moverse, cada vez le acorralaban más, como jóvenes leones cazando.

Se palpó el bolsillo del ancho pantalón, comprobando que su navaja estaba allí, pero no confiaba en su pericia. No había luchado nunca de esa forma, ni había pinchado a nadie en su vida. La tenía para cortar algo de droga, para comer, y, sobre todo, tallar. En eso sí era bueno, pero de nada le iba a servir.

¿Por qué coño había tenido que subir aquella tarde a La Maquinista? Aquel centro comercial estaba tan lejos de su zona segura… tan lejos de casa. Echaba de menos su comuna de hermanos en Carrer dels tallers, casi desembocando en La Rambla. Deseó fervientemente poder volver a verla.

Miró la hora en su móvil. Aún faltaba una hora para que cerraran las tiendas y la gente menguara en los accesos. Si debía intentar algo, era el momento. Se pasó la pálida lengua por los resecos labios. Notaba como el sudor le caía por el pecho, fruto del miedo. Se decidió y cambió el rumbo de sus largos pasos, dirigiéndose hacia uno de los pasillos adyacentes. Le conduciría a los ascensores, a los lavabos, y, con suerte, a una puerta de emergencia que pudiera abrir.

Con esperanza, aceleró el paso hacia las cuatro puertas dispuestas a los lados de uno de los grandes pilares, y maldijo en khandú cuando ninguna cedió. Se giró, notando como sus testículos se escondían en el interior de su cuerpo. Los “panchitos” estaban mucho más cerca y sonreían, los muy hijos de puta.

Se lanzó a la carrera hacia las escaleras de servicio que bajaban a los pisos inferiores, y los escuchó lanzar gritos emotivos al perseguirle. Aquello iba a acabar muy mal…

Descendió a toda prisa, intentando sacar toda la ventaja posible. No se encontró con apenas gente, pero la poca con la que se cruzó, le miró como si estuviera loco. Alcanzó la primera planta del parking, allí donde estaba la salida, pero pronto descubrió al tipo echado en la pared, justo al lado de la barrera.

Entre horribles juramentos, Nessy tuvo que bajar a la otra planta de aparcamientos, lejos de posibles testigos. Aún podría esconderse debajo de algún coche y pasar desapercibido, pensó.

Con la espalda apoyada en el costado de una furgoneta de una empresa de bricolaje, jadeando por el esfuerzo, Nessy escuchó un acento cantarín llamar a los demás. Sabía que estaba allí y lo iban a arrinconar finalmente. Buscó desesperadamente una salida, algo con lo que defenderse, pero tan sólo había coches y cemento.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la navaja. La abrió y se encomendó a Dios y a los viejos dioses de sus abuelos, por si de algo servía. Un sonriente latino, sin duda un ecuatoriano, asomó por un extremo de la furgoneta. Llevaba una porra extensible en una mano. Se giró y llamó a sus compinches, momento que aprovechó Nessy para salir corriendo por el otro extremo. Pero no había acabado de asomar cuando una pierna le puso una zancadilla, haciéndole caer al suelo con un rachazo que le hizo perder su única arma.

—    ¿Dónde vas con tanta prisa, negrito? – le preguntó un latino, acuclillándose a su lado. Los demás se agruparon a su alrededor. Contó cinco.

—    Tíos… tíos… no quiero líos, de veras. No he hecho nada, solo estaba comprando…

—    Claro, claro, manito, pero verás… ¿Tú no sabrás nada de lo ocurrido en el parque Arnús, en Badalona?

—    ¡No he estado en mi vida en Badalona! – exclamó Nessy, sentándose en el suelo.

—    ¿Veis? No lleva colores – dijo uno.

—    Los negros no llevan colores, desgraciao – le increpó un compinche. – Este tío es mu sospechoso. Está solo, no ha comprado nada, y en cuanto nos ha visto, ha intentado pirrarse.

—    ¡Además, llevaba un pincho! – escupió otro.

—    Tíos, os lo juro por lo más sagrado… no sé nada de esa movida. Me he acojonado cuando he comprobado que me seguíais, esto es todo – intentó convencerles Nessy.

—    Bueno, seas o no seas, eres negro, y es lo importante – dijo el que parecía el mayor de todos, de unos veintitantos años. – “Mangosta” necesita subir sus créditos dentro de la banda, ya sabes, para hacerse soldado permanente. Serás su “examen” – acabó con una risotada.

—    ¡De puta madre! – exclamó sin duda “Mangosta”

Y en un segundo, todos empezaron a darle de patadas, como si hubieran estado en contacto telepático. Nessy se hizo una bola, intentando proteger sus órganos de los salvajes golpes con las punteras de las deportivas. Una patada le alcanzó en el puente de la nariz, haciendo brotar la sangre como un manantial. Eso hizo que todos se rieran e intentaran darle de nuevo en el mismo sitio. Nessy se cubrió la cara con las manos mientras los golpes arreciaban.

—    Una pregunta… ¿sois reyes? – preguntó una voz musical detrás de ellos. — ¿Latin Kings de verdad?

Todos parpadearon al contemplar la preciosidad rubia que tenían delante. Mantenía una mano atrás y se tomaba el codo con la otra mano, adoptando una pose ingenua y casi infantil. Sin embargo, sus largas piernas enfundadas en un apretado jeans y los agudos pechos que empujaban su camiseta sugerían otra cosa.

—    ¿Qué pasa, rubita? ¿No ves que los hombres tienen trabajo? La diversión vendrá cuando terminemos – avanzó hacia ella el mayor, agitando las manos con esa chulesca versión pandillera tan vista ya.

—    Bien, me alegro… porque quiero que le llevéis un mensaje a un tal El Cóndor, de nombre Eduardo. ¿Le conocéis?

—    ¿Qué tienes con El Cóndor, muñeca? – torció el gesto el más adelantado.

—    Me debe una stripper y tiene que resarcirme, ya sabéis, simples negocios. Si pasado mañana, no tengo una chica en La Gata Negra para sustituir a Betina, iré a por él, y no será agradable, seguro – explicó Ángela, casi de forma inocente.

El tipo empezó a reír suavemente, casi en su nariz. Se medio giró hacia sus compinches y entre todos se animaron a reír más y más fuerte. En el suelo, Nessy lo contemplaba todo entre sus dedos. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Aquella niña estaba loca, enfrentándose de esa manera a esos lobos ya sedientos de sangre.

La bofetada que se llevó el tipo le dejó sordo de un oído, el tímpano reventado. Cayó a varios metros, con un pitido infernal que reverberaba en su cerebro. La mejilla se le estaba poniendo algo más que roja por segundos y el pómulo se estaba hinchando como si le hubieran golpeado con una barra de hierro. Sus colegas se quedaron atónitos, con la boca abierta y los ojos desorbitados. Jamás en sus vidas habían visto un guantazo de aquella intensidad, ni con tal rapidez. Sin embargo, ante sus ojos, la chiquilla seguía sonriendo, los brazos de nuevo en la misma pose.

—    ¿Con qué le ha pegado? – musitó uno.

—    ¡Con la mano, idiota! ¡Con la puta mano! – le contestó uno llamado Tarugo, echando a andar.

Tarugo era famoso por ser muy tozudo. A pesar de haberlo contemplado con sus propios ojos, no podía creerse lo que estaba pasando. Una niña había golpeado a su superior y lo había dejado tendido. ¿A dónde iba a parar el mundo?

—    Entonces, ¿se lo vas a decir tú? – inquirió Ángela, dejando que el tipo se acercara a ella.

—    ¡Jodida zorra! Te voy a…

Pero el golpe pasó por encima de la rubia cabeza, sin efecto. Ángela, con una rodilla en el suelo, tocó los testículos del rey con un latigazo de sus dedos. Ni siquiera tuvo que cerrar el puño. Las palabras se atrancaron en la garganta del latino, como si estuviesen hechas de estopa. Sus rodillas se doblaron lentamente y quedó tirado en el suelo, hecho un ovillo.

—    Ahí quieto, nene, ahora vuelvo – le susurró la bailarina, antes de saltar hacia delante.

Aquel salto acojonó tanto a los Latin Kings como a Nessy. Fue un salto de película de Bruce Lee, un salto para salir corriendo sin mirar atrás. Por supuesto que ninguno de ellos corrió. Se lo impedía dos cosas: una, su propia incredulidad; dos, su hombría. Claro que si hubieran sabido cómo iba a quedar de arrastrado su machismo, hasta podrían haber huido.

Desde su inmejorable posición en el suelo, Nessy asistió a un fugaz espectáculo que cambiaría por completo su vida. Los reyes eran zarandeando como si fuesen muñecos de trapo, haciendo que sus dientes castañearan tan fuertes que daba grima. Uno de ellos quedó estampado contra el muro de cemento que había detrás; otro chilló y chilló cuando una férrea mano le mantuvo los brazos tiesos hacia atrás. Mientras tanto, Ángela usó una patada para frenar el último mono que intentaba tocarla. Giró sobre una puntera, lanzando la otra pierna en un semicírculo que clavó al tipo contra la trasera de la cercana furgoneta, mientras que los gritos del colega arrodillado se cortaban, al subir los brazos más arriba de lo que la naturaleza había diseñado. Se escucharon unos “plooops” húmedos y asquerosos, cuando los dos hombros se salieron de sus alvéolos. Por supuesto, el tipo se desmayó, ni qué decir.

Ángela se inclinó sobre Tarugo, el rey que se aferraba aún los huevos, entre gemiditos.

—    Escúchame bien, pringao. Recuerda esto. Necesito que una de vuestras chicas, bien buena y dispuesta, eso sí, tome el lugar de Betina en el club. Todo el dinero que gane irá destinado a pagar las facturas médicas de mi amiga, ¿capice? Cuando la deuda esté cubierta, podrá dejar el trabajo. Es muy importante que le digas al Cóndor, que esto son sólo negocios. Eah, ya podéis iros, chicos – se levantó, dándole unas palmadas en un muslo. – Yo me llevaré al negrito…

Ángela se acercó a Nessy, quien no se atrevía a retirar las manos de su precioso rostro.

—    ¿Qué? ¿Te vienes o prefieres esperar a que estos se recuperen? – le preguntó, acuclillándose ante sus ojos. Nessy se puso de pie de un salto. – Míralo, parecía desmejorado el pobre. Siempre he dicho que estos tíos son atletas. Se cruzan el estrecho a nado…

—    He nacido en España – balbuceó Nessy.

—    Mejor, así entenderás bien mis palabras. Vámonos, chico.

“¿Chico, chico? ¡Pero si ella es una niña!”, rumió Nessy, siguiendo aquellas nalguitas que se meneaban tan bien.

—    Sabes que El Cóndor no va a hacer eso que le pides, ¿no? – Nessy abrió la boca cuando estuvieron a un par de calles del centro La Maquinista.

—    Posiblemente. Sinceramente, espero que me desafíe – le miró Ángela de reojo, a su lado.

—    ¿Qué le ha hecho a tu amiga?

—    Desfigurarla para toda la vida.

—    Fiiiuuuu… tía, ¿haces artes marciales o algo así?

—    Algo así – cortó ella.

—    Me llamo Enasso Gourge, pero todos me llaman Nessy – se presentó el joven, quien le sacaba un palmo de altura a la chica.

—    ¿Cómo el monstruo del lago Ness? – Ángela abrió los ojos con sorpresa.

—    Pues sí.

—    Mola – le dijo, tendiendo su mano. – Yo soy Ángela.

—    Pues mola también – dijo él, con una risa.

—    ¿Y tú? ¿Qué tenías con ellos?

—    Un malentendido, de los de verdad. Sólo se guiaban por el color de piel.

—    Encima esos “panchitos” son racistas. ¿Los entrenan así en su país o chupan toda la mierda que encuentran cuando llegan aquí? – se preguntó ella.

—    A saber.

—    ¿De dónde vienes tú? – le preguntó ella, deteniéndose en un paso de semáforo.

—    Mi padre vino de Costa de Marfil. Mi madre de Sudán. Y yo llegué hace veinte años, en Cornellá.

—    Bien, Nessy, yo he estado en muchos lados y por eso te digo que ese Cóndor va a ir por mi cabeza.

—    Eres muy joven para haber estado en muchos sitios – dijo él en el momento en que el semáforo cambiaba a verde. Se quedó un tanto atrás y tuvo que correr para alcanzarla.

—    No te fíes de mi aspecto. Es lo que les ha pasado a esos cinco capullos – le dijo ella con una intensa mirada que le acojonó.

Aquellos ojos azules no pertenecían a una quinceañera, ni mucho menos.

—    Vale, lo que tú digas – asintió el chico negro. – Te estoy muy agradecido por salvarme. Si puedo ayudarte en lo que sea…

—    Te tomo la palabra – dijo Ángela, deteniéndose de repente y tomándolo de los brazos. – Necesito información. ¿Qué sabes del Cóndor?

—    Pues… ya sabes, que es un jefecillo de los Latin – Nessy se pasó la lengua sobre los anchos labios. – Que es un bruto… y que ya ha matado a dos personas, que se sepa.

—    Vale. Necesito algo más específico, como por dónde suele moverse, sus sitios preferidos, su guarida, todas esas cosas…

—    Puedo conseguirlas – musitó Nessy, atrapado por la intensa mirada de su nueva amiga.

—    ¿De veras?

—    Sí. Necesitaré un día, pero lo averiguaré.

—    Eso estaría bien, muñeco – sonrió la bailarina. – Dame tu móvil.

Tras apuntarse los números, siguieron caminando sin prisas, como si estuviesen paseando.

—    Así que eres stripper, ¿eh? – preguntó por fin Nessy. Era una pregunta que le estaba quemando.

—    Sí, en La Gata Negra.

—    Un buen sitio, con clase.

—    Sí – sonrió ella. ¿Qué consideraba Nessy un sitio con clase, por Satanás?

—    Tienes que ser la número uno de las bailarinas. Eres muy hermosa.

—    Vaya, gracias. ¿Y tú? Y no me digas que tu familia tiene un locutorio.

Esta vez fue el turno de Nessy de soltar una carcajada.

—    No, no, que va, nada de eso. Me busco la vida como puedo. He trapicheado, he mangado carteras en la Rambla, y he birlado coches, pero todo eso es una poca mierda, miseria.

—    Ya.

—    Acabé sacándome el bachillerato y he empezado un módulo de Marketing y empresas. Quiero montar mi propio negocio.

—    Eso está bien. Eres emprendedor. ¿Un negocio de qué?

—    De putas – Ángela se llevó la mano a los ojos. – Ya tengo a dos trabajando para mí.

—    Tío, ¿de verdad? ¿Sabes que la mitad de los negros que tenemos en España se dedican a eso mismo. No van a quedar compatriotas para putearlas – dijo la chica, con un suspiro.

—    Mis chicas no son negras, son españolas – Nessy sacó pecho al decirlo.

—    Vaya. Eso es nuevo. ¿Has conseguido engatusar a dos españolas? Debes de ser bueno en eso.

—    Ya te digo, como tú pegando hostias – ambos se rieron.

—    Así que prostitución.

—    Sí.

—    ¿Y piensas aplicar lo que estás estudiando al negocio?

—    Por supuesto. No quiero ser un simple chulo de putas. Quiero calidad y elegancia en el negocio, pero, por el momento, estoy ahorrando.

—    Bien, bien. Se una hormiguita ahora para poder convertirte en una mantis mañana.

—    ¿Eso es de Confucio? – pestañeó el negrito.

—    No, capullo… bueno, quizás – Ángela sonrió. El humor de Nessy era delicado, casi inglés. Le gustaba aquel chico. – Bien, ya hablaremos. Es hora de que me marche a mi nido.

—    Gracias de nuevo, Ángela. Averiguaré todo lo que pueda y te llamo.

—    Hace, negro – exclamó ella, chocando su palma con la de él.

Y, en un segundo, la chica rubia desapareció en la noche, como el enigma que era para el joven.

* * * * * * * * * *

Nessy tenía más o menos idea de dónde sacar la información prometida a su nueva amiga. No hacía mucho que había conocido a una chica que acudía a su mismo campus. Bueno, en realidad, había hecho algo más que conocerla, se la había tirado en el transcurso de una fiesta universitaria, pero resultaba que esa chica era latina y vivía en el Nou Barris. Había muchas posibilidades de que conociera o supiera algo de los reyes. Así que Nessy se apostó a la hora del almuerzo en los peldaños de la cafetería y pasó revista.

La vio llegar desde lejos, charlando con una compañera. Marisa era bajita y morena, con un largo cabello flotante a su espalda. Poseía un cabello lustroso y muy lacio que la chica solía mimar plenamente. A pesar de ser bajita y latina, Marisa mantenía una complexión esbelta y bien estructurada. A Nessy le encantaba su culito, una de esas gloriosas posaderas latinas que parecían disponer de vida propia. De nalgas alzadas y redonditas, que parecían temblar a cada paso. Una delicia.

Claro estaba que no solo tenía un culito precioso, pensó Nessy mirándola subir las escaleras. Poseía unos rasgos atractivos, de ojos oscuros y labios gordezuelos, hechos para mordisquear y besar. Su nariz era algo pequeña y aguileña, pero le confería una decidida firmeza a su rostro.

Nessy se puso en pie y ella lo apercibió. Sonrió y le susurró algo a su amiga, separándose. Se quedó plantada ante el chico negro, un escalón más abajo que él. Sus ojos estaban alzados, mirándole sin perder la sonrisa.

—    ¿Qué tal estás? – le preguntó Nessy.

—    Bien, gracias, ¿y tú?

—    Ya ves – Nessy repasó su cuerpo con los dedos índices, sonriendo a su vez.

—    Ya veo – rió ella.

—    ¿Vienes a almorzar?

—    Sí.

—    Venga. Te invito.

—    Vaya. Gracias.

Se sentaron en una de las mesas pequeñas de la galería superior, alejados del barullo estudiantil. Dejaron sus libros ocupando la mesa y se dirigieron al mostrador de vitrinas, mientras charlaban de sus propias clases. Marisa estudiaba Enfermería y estaba en el segundo año.

Cuando regresaron a la mesa, portando sus bandejas, la conversación se convirtió en algo más íntima.

—    Me lo pasé muy bien en la fiesta – confesó ella, sintiendo como sus mejillas se arrebolaban.

—    Yo también – dijo Nessy, sintiéndose cómodo con la conversación. Era la que necesitaba, ciertamente.

—    Esperé que me llamaras…

—    Bueno, estuve a punto de hacerlo, pero…

—    ¿Pero?

—    No sabía cómo actuar en tu caso, Marisa.

—    ¿A qué te refieres?

—    Eres peruana, con toda una familia residiendo contigo. Posees unos valores que yo no comparto. Aquella noche estuvo muy bien. Nos entendimos perfectamente bajo las sábanas, pero ¿significa eso que podemos salir sin más?

—    ¿Te refieres a que tú eres de color?

—    Algo así, pero no es sólo el color. Yo vivo en una comuna, no soy cristiano siquiera, y provengo de un clan con tradiciones… digamos algo salvajes – Nessy sonrió al decir la palabra.

Marisa no contestó y empezó a cortar su bistec.

—    Tienes razón. Mi familia no estaría muy a gusto. Mamá es muy religiosa y papá, pues… es papá – los rasgos de la boca femenina se tensaron. – Te someterían al tercer grado.

—    Jeje… tampoco es para tanto. Sé ser encantador cuando lo necesito.

—    No lo dudo – contestó ella, mirándole a los ojos.

—    Me dijiste que tu familia posee un bar o algo así en el Nou Barris.

—    Sí. Se llama El pequeño Callao. Suelo ayudar los fines de semana a servir mesas.

—    ¿Suelen acudir por allí los reyes? Ya sabes, los Latin Kings.

Marisa le miró, ceñuda. No parecía estar cómoda con la pregunta.

—    ¿Por qué lo preguntas? – inquirió ella, a su vez.

—    Verás. Mis hermanos han tenido una serie de problemas con esos tipos. Al parecer, se están moviendo por zonas que no son habituales, invadiendo territorios y tal… Todo el mundo está preocupado y tenso. Me gustaría saber si es algo que suelen hacer puntualmente, o es una puta expansión de territorio.

—    ¿Para eso me has invitado a almorzar?

—    Bueno, ese es uno de los motivos. El otro es regocijarme con esa carita – sonrió Nessy. – Debes disculparme, pero me acordé inmediatamente de ti cuando me hablaron del problema. Posiblemente, puedas estar mejor informada de todo esto que cualquiera.

—    ¿Por qué soy latina?

—    No, porque vives en el mismo barrio. Se escuchan comentarios, rumores, confesiones… sobre todo entre chicas. Las mujeres tenéis esa capacidad…

—    Ya. El chismorreo.

—    ¿Por qué te enfadas? Es tan solo una pregunta, mujer.

—    No estoy enfadada, sino preocupada.

—    ¿Por?

—    Los reyes pasan mucho por el bar. Desayunan o almuerzan allí, se reúnen para tomar café, juegan al dominó… mi padre les tiene mucho respeto… o quizás temor. Pero, al fin y al cabo, son buenos clientes. Si por algo averiguasen que estoy hablando contigo… el perjudicado sería mi padre, y, por lo tanto, mi familia.

—    No te preocupes, Marisa. Tan sólo necesito información para tranquilizar a mi propia familia. No tiene nada que ver ni con los mossos, ni nada por el estilo. No trascenderá por mi parte.

—    Está bien, pero… ¿qué gano yo? – sonrió ella.

—    Pon el precio tú misma – abrió las manos Nessy.

Marisa mojó una sopa de pan en el jugo de la carne mientras se decidía a decir lo que deseaba en voz alta. Y lo que de verdad quería era volver a disfrutar del cuerpo de aquel chico, que había vuelto de revés todo su planteamiento de la vida. Llevaba pensando en él dos semanas, es decir, el tiempo que había pasado desde la fiesta universitaria. Más que pensar, sería mejor decir ensoñar con él. En la intimidad de su habitación, cuando todo quedaba en silencio, en la noche, sus dedos no dejaban de jugar con su cuerpo, a la par que su mente evocaba recuerdos calientes. Marisa no dejaba de sentir aquel miembro ondulante ahondando en su coñito. Dios, qué burra se ponía al evocar…

—    Puedo tomarme esta tarde libre – se decidió finalmente.

—    ¿Ah, sí? ¿Y qué tienes pensado? – preguntó él, pelando una mandarina con las uñas.

—    Quiero repetir lo de aquella… noche.

Nessy la miró, levantando mínimamente las comisuras de los labios. Marisa bajó la mirada, pudorosa, y se dedicó a su propio postre.

“Así que es eso. Lo que quiere es que la folle de nuevo, bien folladita. Ah, estas latinas son bien calientes, la verdad”, pensó Nessy.

—    Está bien. Te recojo en dos horas en la entrada del campus – asintió él, haciendo sonreír dulcemente a la peruana.

Dos horas más tarde, Nessy se quitaba el casco para que Marisa pudiera reconocerlo, pero no se bajó de la moto de gran cilindrada, propiedad de uno de sus hermanos. Se la había pedido prestada, así como la llave de un estudio de sesenta metros cuadrados que mantenían como picadero entre todos, situado en Claris, justo detrás de la Torre de les Aigües.

Marisa apareció y caminó muy deprisa hacia él en cuanto le vio. Su largo pelo oscuro dejaba una estela capilar a su paso, casi como si fuese el anuncio de una de esas colonias.

—    Hola – le saludó, depositando un suave beso en su negra mejilla.

—    Hola, Marisa.

—    ¿De quien es este trasto?

—    De un hermano. Toma, ponte el casco. ¿Has subido antes en moto?

—    Sí, no te preocupes – contestó ella, mientras el casco ocultaba lentamente su sonrisa.

Un minuto más tarde, la moto se perdía entre el intenso tráfico, saliendo del campus La Salle y poniendo rumbo hacia el sureste, hacia el mar.

Cuando llegaron al picadero, Nessy no le enseñó siquiera el apartamento. ¿Para qué? Podía ver todo cuando había desde el sofá, el cual era también una cama desplegable. Estaba ocupado en abrazarla por el talle y llenar su cara de besitos. Marisa era de la misma opinión. Le importaba una mierda el piso, los pósteres de la pared, y los tapetes de ganchillo que había sobre la mesita redonda.

Abarcó con sus labios la urgente lengua sonrosada de Nessy, sintiendo la vivaz alegría que nacía entre sus caderas. ¡Iba a follar de nuevo con el pollón de Nessy! Sintió sus grandes manos abarcar sus nalgas y apretarlas con fuerza, haciéndola gemir. Ella misma desabotonó su pantalón con rapidez. Ambos se desnudaron, entre besos, lametones, y gruñidos. Las ropas cayeron al suelo, en sucesivo orden, como si fuesen mondaduras de piel de fruta.

Marisa, a horcajadas sobre el regazo masculino, buscó frotar su propia entrepierna con la de él. Con pericia, las hizo coincidir lentamente, alzando su cuerpo y dejándolo caer con suavidad. Aquella barra oscura y caliente arañaba dulcemente su pubis, con toda intención.

—    Espera… espera – musitó Nessy, deteniéndola.

—    ¿Qué? ¿Qué? Ya te he dicho que tomo la píldora. No necesitas condón – se quejó ella.

—    No es eso – rió él. – Quiero comerte antes…

—    ¿Comerme? – ella le miró a los ojos, sin saber de qué hablaba.

—    Tu coñito, nena… quiero devorarlo antes de entrar en él.

—    Oh, Cristo – gimió ella, gozando del escalofrío que recorrió su columna al escuchar aquellas palabras. Nadie se lo había hecho en su vida y era una de sus fantasías más íntimas.

Nessy dejó que ella apoyara sus rodillas sobre el sofá y él aprovechó para resbalarse hacia abajo, entre sus piernas, hasta quedar sentado en el frío suelo. Sus ojos quedaron a la altura de aquel pubis hinchadito, de oscura pelambre bien recortada. Olisqueó ligeramente, aspirando el efluvio a hembra dispuesta, lo que le hizo sonreír. Abrió los labios con sus dedos y paseó largamente la lengua por entremedias, sintiendo como las caderas femeninas se agitaban suavemente.

Marisa llevó una de sus manos a la cabeza del chico, apoyándola sobre el cortísimo y crespo pelo. La otra se ocupó especialmente de uno de sus pezones, pellizcándolo con fuerza. Se tenía por una chica de buena moral, pero, a solas, era muy dada a excitarse, y eso siempre le hacía recordar la frase: “una caliente hembra latina necesita algo más que un piropo”.

Sin embargo, no había tenido más que un amante para experimentar, su anterior novio. Desde que se hicieron novios, al cumplir ella diecisiete años, Carles la desfloró y la inició. Por eso mismo, había comenzado a tomar la píldora. Pero Marisa jamás sintió con su novio lo que había experimentado la noche de la fiesta con Nessy, ni se había puesto la mitad de caliente que lo estaba ahora.

Aquella lengua licuaba sus entrañas entre ardientes oleadas de lujuria. Sus nalgas temblaban con cada aplicación y mantenía el rostro mirando al techo, los ojos cerrados, mordisqueándose el labio sin cesar, y los pezones bien atormentados de pellizcos.

—    ¡Joder, joder… Nessy! – siseó, a punto de desbordarse.

Nessy no contestó, pero se lanzó a mordisquear el clítoris con tanto acierto que Marisa se dejó caer hacia delante, doblando hacia atrás sus caderas, anulada por el ascendente orgasmo. Se quedó gimiendo, con la mejilla apoyada sobre el respaldo del sofá, mientras que Nessy frotaba fuertemente sus dedos contra su vagina encharcada.

—    ¡Madre mía! ¡Qué bueno eres comiendo, Nessy! – susurró ella, mirando como el chico volvía a sentarse en el sofá.

—    Gracias, pero creo que tu chochito estaba falto de lengua – le guiñó un ojo Nessy.

—    Puede ser – respondió ella, descabalgando y arrodillándose en el suelo. — ¿Me toca a mí? – preguntó inocentemente.

—    Creo que sí, nena – y Nessy empujó su nuca para acercarla a su miembro.

Por primera vez, Marisa se encaró con la fiera negra, aquella polla que la había desflorado por segunda vez semanas atrás. En la oscuridad del despacho que utilizaron, no la había visto, tan sólo sentido, pero ahora la tenía delante y podía jurar que no se parecía en nada a la pichita de su ex novio. Con razón la había espatarrado sin contemplaciones…

La empuñó suavemente, manoseándola y sopesándola, así como los gruesos testículos. Nessy no tenía ni un solo pelo allí abajo, completamente depilado, y eso volvía su herramienta mucho más lustrosa y grande a su vista. El chico colocó una ansiosa mano en la cabeza de ella, indicándole que estaba necesitado de caricias. Sonriendo, Marisa se tragó todo el glande, chupeteándolo con verdaderas ganas.

Con un gemido, el negrito se echó hacia atrás mientras acariciaba el cabello femenino. La boca de Marisa estaba tan caliente y era taaaan suave… Halagada por la reacción de su amante, la chica se lanzó a tragar más centímetros de aquella polla negra, enfundándola finalmente en su garganta. No hizo caso de las arcadas, ni siquiera de la falta de aire, empeñada en tragarla completamente, pero le resultó físicamente imposible. Medía demasiado y era gruesa, muy gruesa.

Nessy sonreía, mirando lánguidamente cuanto intentaba Marisa por tragar su pene. Disfrutaba admirando como dejaba caer toda aquella baba sobre la erguida polla, como tosía y daba arcadas en seco en su afán, como lamía su propia saliva para repartirla bien. Todo aquello le ponía aún más bruto, aunque con una caucásica se hubiera excitado aún más. Era lo que más frenético le ponía, ver como una blanca se atragantaba con su polla negra, como pedía ser clavada sin contemplaciones. Una perra blanca jadeando por su rabo negro, ¡era el cielo!

Marisa, a pesar de ser latina, estaba realmente bien para su gusto. Era clarita de piel y hermosa, todo un dulce. Ya vería si podía emputecerla. Sería una buena adquisición.

Le metió un dedo en la boca, apartándola de su pene. La miró a los ojos y ella le devolvió una mirada febril y apasionada.

—    Es hora de que te la meta, nena. Es hora de follar – le susurró y ella sonrió, las mejillas enrojecidas. – Ven…

La volvió a subir a horcajadas sobre su regazo. Sujetando su polla con una mano, por la base, paseó el glande varias veces sobre los labios vaginales. Marisa se rozaba con toda alegría, procurando que el cabezón capullo topase contra su clítoris a cada pasada. Ella no era consciente de que gruñía con cada larga rozadura, deseando empalarse ya. Finalmente, Nessy la guió para dejarse caer sobre aquel pitón de carne negra, que la penetró lentamente, haciéndola gozar desde el primer momento.

—    Te voy a estar follando hasta que no puedas más, hasta que me supliques que me corra dentro de ti – susurró Nessy contra los labios femeninos, sin dejar de mirarla a los ojos.

—    Ooooh… qué cabrón – gimió ella, abrazándose a su cuello.

—    Aquella noche no va a ser nada comparado con lo que voy a hacerte ahora… se te va a quedar el coño escocido, nena…

—    Métemela toda… vamos… negrito guapo… toda dentro – balbuceó Marisa, con los ojos cerrados y besuqueando la sien del chico.

—    ¡Ahí la tienes, guarra! – exclamó Nessy, dando un caderazo que hizo que su polla invadiera toda la vagina.

Marisa no pudo hablar, tan sólo jadeó y se quedó quieta, dejando que su sexo se acostumbrara a la repentina intrusión. Tenía los dedos de los pies constreñidos, intentando no correrse, a caballo entre un estado de máxima excitación y un resbaladizo terreno que se deslizaba hacia una total euforia de los sentidos. Sin embargo, Nessy no la dejó tranquilizarse. Levantó las caderas femeninas con sus manos, haciendo que su polla friccionara las paredes vaginales. Marisa cayó, sin remedio, por la vertiente del orgasmo, que llegó sin prisas pero con gran redundancia. Agitó un par de veces sus preciosas nalgas y se quedó de nuevo estática, aferrada al cuerpo del chico negro, sintiendo como todas sus terminaciones vibraban por el placer.

Nessy sonrió al escuchar el largo quejido que brotó de los labios femeninos, casi junto a su oído. No había nada más sensual que una hembra corriéndose de gusto. Esperó unos segundos y de nuevo comenzó a moverse, a bombear en aquel coño que se deshacía en efluvios, el coño que pronto sería suyo.

Tras un par de minutos de sentir ese émbolo en su interior, Marisa empezó a agitar sus caderas, sus hombros, y su pecho. De nuevo, se acercaba a un estallido de placer y lo anunció repitiendo el nombre del negrito, cada vez con más urgencia.

Atrapado también por la emoción, Nessy rodó con ella, dejándola debajo de él. Marisa aprisionó el trasero del chico con sus piernas, cruzando los talones. Se quedaron ambos mirándose, ella abriendo cada vez más su hermosa boca, a medida que él incrementaba salvajemente el ritmo, hasta que, con un fuerte espasmo, descargó un buen chorro de esperma contra su útero.

Comprobó, de muy de cerca, la exquisitez de los rasgos de la latina, en el momento de rendirse al nuevo orgasmo, la belleza que reflejó su rostro al recibir la descarga de semen, que acabó de enloquecerla. Debía tener cuidado para no mezclarse con emociones que podían complicar el asunto. Podía acabar sintiendo algo que no podría controlar y eso no estaba en sus planes.

La boca femenina se pegó a sus labios, suspirando al cabo de un minuto. Marisa seguía abrazada a él, sonriente.

—    Bien, creo que es el momento indicado para que me cuentes cosas sobre los reyes y, sobre todo, de uno de ellos… El Cóndor, y después, te follaré otra vez, pero por detrás.

Marisa dejó escapar una risita y comenzó a contar cuanto sabía.

* * * * * * * * * * *

17 de octubre de 2013.

Los billares Gómez se solían llenar cada noche de chicos latinos. Los había de todas las nacionalidades, bebiendo latas de cerveza que el propio Sebastián Gómez vendía bien frías y a buen precio. Paraguayos, panameños, brasileños, peruanos, y colombianos, todos hermanados por estar fuera de sus países. Por supuesto, también estaban los Latin Kings, ecuatorianos en su mayoría, y sus damas, las Latin Queens, la banda femenina satélite.

Aquel era su territorio más acérrimo y se sentían seguro en él. Ningún Ñeta iba a colarse hasta allí. Los colores de la banda, el amarillo y el negro, brillaban allí.

Ángela se había empapado un poco de la jerarquía de los Latin Kings. Había cinco, como las puntas de la corona que representaba su símbolo: el Inca, que era el líder; el Cacique, el subjefe; el Caudillo, el jefe de guerra; el Tesorero, y finalmente, el Maestro, que es quien está al cargo de adoctrinar los nuevos adeptos.

Como cualquier líder que se preciase, aparecerían los últimos por allí, así que ella apareció antes, vistiendo provocativamente. Se acercó a uno de los billares centrales y recostó sus nalgas sobre el filo, aferrando uno de los tacos de madera con la mano. Estiró su cuerpo, con marcada sensualidad. Vestía una blusita rosa sin mangas, que dejaba su ombligo al aire, y una faldita blanca, tableteada en su borde inferior, que quedaba muy corta y liviana sobre sus muslos. Unas oscuras botas de media caña remataban sus largas piernas.

Se pasó una mano por la melena, aspaventándola y atrayendo, al mismo tiempo, la mirada de todos los tíos de la gran sala sobre ella. Las chicas la odiaron al minuto, por supuesto, pero eso no le importó lo más mínimo a la rubia. Tenía lo que quería y era el momento de jugar.

—    ¿Qué tal, chicos? – saludó a los dos latinos que estaban jugando en el billar sobre el que se apoyaba. — ¿Dispuestos a echar unas partidas?

—    Claro, preciosa. A diez pavos la partida – respondió uno.

—    Me parece perfecto. Que uno de vosotros coloque las bolas…

Los tipos se miraron, como echándolo al suertes, y sonrieron.

Cuando Ángela se inclinó para romper el triángulo de bolas, los tíos que estaban a su espalda pudieron contemplar como la faldita revelaba su blanco tanga. Hubo codazos entre los colegas, avisándose unos a otros del panorama. Ángela sonrió e impulsó la bola blanca con fuerza y pericia, dispersando todas las demás. No era la primera vez que jugaba al billar americano, por supuesto.

Ganó rápidamente a su adversario, con facilidad. Su compinche se estuvo burlando mientras colocaba nuevamente las bolas para probar él mismo suerte. No lo hizo mucho mejor. Un sonriente brasileño puso un billete en el borde y echó una moneda para sacar las bolas. Ángela repuso de tiza azul la punta de su taco y esperó a que el nuevo jugador rompiera la formación multicolor.

Entró un grupo de reyes. Buscó el rostro de El Cóndor, pero no estaba. Buscó el collar de colores que portaban los jefes al cuello y lo encontró en un tipo bajito y regordete, de unos 30 años. Tenía un par de cicatrices en una mejilla. Por lo que sabía, se trataba del Inca, el jefe supremo del chapter: Gorila Paez. Sería un tipo a tener en cuenta aquella noche, se dijo, antes de inclinarse para tirar y animar el cotarro con su trasero.

Diez minutos más tarde, escuchó una exclamación lejana, a su espalda, mientras estaba inclinada de nuevo sobre la gran piedra forrada de tela.

“¡Es ella!”, avisó una voz.

Le dio la vuelta a la mesa, sin prisas, para obtener una nueva postura de tiro y, por un momento, levantó los ojos hacia el lugar de donde procedía la imprecación. Había un par de tipos murmurando al oído de un tercero. Era El Cóndor, sin duda. Lo reconoció por el vídeo. A su derecha, el tipo que le soplaba tenía un ojo a la funerala, marca registrada de las hostias de la rubia. El otro lo reconoció también, era el tal Tarugo, aunque ella no supo nunca cómo se llamaba.

“Bien. La partida empieza”, se dijo, dejando que una sonrisa iluminara su rostro.

El brasileño tiró su palo sobre la mesa, reconociendo su derrota, y Ángela se embolsó el billete de diez euros.

—    ¿Por qué no subimos la apuesta? – preguntó una irónica voz, detrás de ella.

—    Tú dirás, Cóndor – se encogió de hombros ella, volviéndose.

—    Cincuenta pavos – sonrió el latino, mostrando el diente de oro.

—    Hecho.

Ángela colocó las bolas sobre el tapete verde, meneando traviesamente las nalgas. Sabía que la escuadra del Cóndor la tenía rodeada, pero no era algo que la preocupara demasiado. En el fondo, sabía que si el jaleo empezaba, todos los latinos irían a por ella, fueran reyes o no.

—    Espero que buscar una chica dispuesta a suplir a Betina no te haya costado demasiado – dejó caer cuando El Cóndor estaba a punto de romper.

—    Oh, no fue nada. De hecho, no hice nada de nada – contestó él, tras contemplar como las bolas se abrían por el impacto.

—    Ya, es lo que pensaba. ¿Quizás has pensado ocuparte tú mismo de los gastos hospitalarios y otros varios?

—    Pues va a ser que no – la sonrisa no le abandonaba, seguro de su entorno.

—    Entonces… ¿Cuál es tu propuesta? – preguntó ella, con la barbilla cerca del tapete. Su suave golpe llevó una bola al interior de la tronera superior.

—    Ninguna, por supuesto. Fue un acto de compensación, nena. Un aviso, digamos.

—    Ya. Comprendo. Pero tienes que saber que también fue un ataque bárbaro al sector de bailarinas, strippers, y calienta braguetas oficiales, ¿sabes? No podemos consentir que cualquier capullo con ínfulas de grandeza, se crea con derecho a destrozar la vida de una mujer porque tiene que dar ejemplo, ¿no crees? – Ángela le miró antes de empujar la bola blanca hacia un nuevo destino.

—    ¿Así que soy un capullo con… ¿cómo ha dicho? – le preguntó a uno de sus hombres.

—    Ínfulas, Caudillo.

—    Eso. Ínfulas de grandeza – El Cóndor ya no sonreía.

—    ¿Acaso me equivoco? Aquí estás, rodeado de unos pocos de idiotas analfabetos, arraigado con uñas y dientes a un país que ni siquiera reconoce tu existencia. Yo diría que sí, que son muchas ínfulas de grandeza.

—    ¡Somos una familia! ¡Nos amparamos los unos a los otros! – exclamó, abarcando con un gesto a todos los presentes.

—    Puede que así fuera en un principio, pero se ha ido convirtiendo en el reinado de más de un tirano de pacotilla – expresó ella, apoyada sobre el palo. El juego se había detenido, de momento. – No veo que hagáis nada por otros latinos, por ayudar en el barrio, en protestar sobre posibles injusticias. No, no hay nada de eso. Tan sólo engaño, coacción, terror, brutalidad… sin contar con el menudeo en los parques, claro.

—    Zorra – escupió.

—    Pajarraco – se rió ella. — ¿Acaso no vas a proponer ningún acuerdo? ¿Crees que he venido aquí como una tonta, a darme la vuelta con el rabo entre las piernas? ¿No piensas que pueda estar preparada para lo que me espera aquí dentro?

—    Tú misma te lo has buscado – rechinó los dientes El Cóndor.

—    Tenía razón cuando te llamé capullo. ¿Piensas que he entrado aquí a morir, a entregarme en sacrificio?

—    No llegará nadie a tiempo de salvarte, créeme – dijo el tipo, sacando un machete de su cintura.

—    Es lo que estaba a punto de decir…

Y entonces, Ángela se movió, con una elegancia y una gracia increíbles, con una soltura impresionante, que tomó a todos por sorpresa. Dio como un paso de danza, abriendo las piernas en el aire y volteando el taco de madera en un perfecto giro, cogiéndolo con una sola mano, del extremo más fino. La protección de gruesa goma que la madera tenía en su extremo más basto, golpeó la boca del Cóndor con extrema violencia. Sangre, saliva, y cachos de dientes saltaron por el aire, entre ellos, el recubierto de oro.

Nada más poner los pies en el suelo, Ángela hizo girar el taco por encima de su cabeza y alcanzó al tipo que venía lanzado a por ella en el vientre. Lo atravesó como si el taco de madera fuera una lanza. El palo surgió por la baja espalda del pandillero, rezumando sangre. Se escucharon los primeros chillidos histéricos entre el público.

Una patada envió al tipo empalado contra un grupo de reyes que habían sacado sus navajas. Una finta de cadera le sirvió para engañar al otro que la embestía como un miura. Un suave empujón le hizo levantar el vuelo y aterrizar sobre una de las mesas de billar. La sangre de Ángela empezó a hervir, a circular mucho más rauda por sus venas. Los poros de su piel se abrieron de par en par, transpirando.

Su vieja alma se agitó con fuerza, de nuevo despierta, atenta y esperanzada en un festín.

Hazlo. Hazlo ya. Sangre…

Dejó salir la primera esfera de fuego que se formó en la capa exterior de su aura, lanzándola con alegría hacia la escuadra de reyes que saltaba hacia ella, comandados por el Cacique. Tan sólo habían transcurrido doce segundos desde que le partió la boca al Cóndor. Ángela estaba exultante, pues hacía ya mucho tiempo que no se soltaba la melena de aquella forma.

La esfera explotó cuando rozó uno de los tipos, demasiado sorprendidos para esquivarla. Sembró de goterones ardientes a todos, así como un par de mesas. El fuego tenía propiedades oleosas, como el fuego griego, y prendió cuanto tocó, con llamas muy anaranjadas. Los pandilleros salieron corriendo, gritando y agitando sus brazos como si pretendieran despegar. Otros dos se tiraron al suelo, rodando para extinguir unas llamas que no actuaban de forma natural, sino que crecían y se expandían sin control.

Ángela apoyó un pie sobre una mesa que ya estaba ardiendo y saltó, lanzando otra esfera por encima de las cabezas de la gente que intentaba huir, en dirección a la puerta principal. Las llamas se alzaron con intensidad, formando una barrera ardiente que nadie pudo cruzar. Ahora estaban encerrados con ella, con esa extraña chica que parecía loca, pero tampoco podía entrar el grupo de reyes que estaba fuera hasta el momento, fumando. No habría refuerzos para los del interior.

El Maestro llevó a los suyos hasta la puerta de emergencia y se la encontró cerrada con una cadena y un candado. Ordenó a varios hombres que buscaran dentro del mostrador una llave o algo capaz de romper el candado. Giró la cabeza y contempló cómo ardía el Cacique en el suelo, ya muerto. En su interior, le importó un comino. Él estaba aún vivo, que era lo importante.

Ángela puso en pie al Cóndor, quien gemía y escupía sangre de su boca. Al menos había perdido cuatro o cinco dientes, tanto superiores como inferiores. Intentó pegarla, pero Ángela lo bloqueó como si se tratara de un niño.

—    Ahora vamos a bailar tú y yo, bien pegaditos – le dijo, empezando a girar con él entre los brazos.

Por mucho que intentó resistirse, El Cóndor se vio obligado a seguir los pasos de la bailarina, a la par que ella acercaba sus labios a los suyos sangrantes. Una ágil lengua lamió delicadamente las gotas sanguinolentas y acabó estampando toda la boca sobre la del pandillero. El Cóndor, al principio, se quedó muy sorprendido, lo mismo que los colegas que se acercaban a ayudarle, esquivando los focos que ardían. Pero, a los pocos segundos, empezó a manotear, a tirarle del suave pelo, a golpearla en la nuca y en la espalda, sin relativa consecuencia, ya que estaba notando como se tragaba su sangre, la sangre que manaba de sus abiertas encías. Ángela se estaba dando un banquete, chupando y llenándose la boca con ansias, para engullir largos tragos.

El fuego rugió en su interior, alimentado con la sangre. Ya no era posible frenarlo por ningún método que ella conociera, ni siquiera con el sexo más vil. Sólo quedaba sacarlo de sus venas, expulsarlo de una vez, arrasarlo todo…

Lo traspasó al interior del cuerpo del Cóndor, a través de sus bocas, como una corriente de lava que asomara desde su estómago. Eduardo Parnas intentó aullar de dolor pero el fuego líquido había asado sus cuerdas vocales y su esófago. Las llamas, en el interior de su garganta y estómago, ascendieron como si los ácidos de su vientre las hicieran reaccionar. El resplandor anaranjado apareció detrás de sus globos oculares, que reventaron en dos segundos por el calor. Las llamas surgieron a través de las cuencas orbitales, con fuerza.

Ángela le soltó en el suelo, como un miserable muñeco que se hubiera tirado al interior de una chimenea. Nadie pudo acercarse a él, ni a Ángela tampoco, ya que empezó a girar sobre ella, como la bailarina de una caja de música. La envolvía un fatuo resplandor que le otorgaba un aspecto aún más sobrenatural. El aura se incendió al expulsar todo el fuego que amenazaba con devorar su interior. Nuevas esferas, aún más gordas y densas, salieron despedidas en todas direcciones, una detrás de otra.

El público apresado chillaba y se quejaba histéricamente. Muchos lloraban, arrinconados contra los muros exteriores, encomendándose a la Gracia Divina. Uno de los hombres del Maestro trajo de un brazo a Sebastián Gómez, el dueño del local, quien enarbolaba la llave del candado de la puerta de emergencia. Su cabeza aún humeaba pues se le había incendiado el cabello, del que no quedaba ni rastro.

Ángela dejó de girar y contempló el caos que había engendrado. Una tenue sonrisa expandió sus labios. El resplandor del incendio se reflejaba en su rostro, otorgándole una expresión infernal, diabólica.

Contempló como la gente empezaba a escapar por la puerta de emergencia pero no hizo nada por impedirlo. Sus ansias estaban saciadas, por el momento. Esperó a que la última persona viva saliera del local para hacerlo ella. Aún a pesar de su resistencia al fuego, varias ampollas empezaron a crecer en sus brazos, hombros y piernas. No les hizo caso, pues sabía que sanarían casi enseguida.

Cuando atravesó la puerta, los reyes supervivientes la estaban esperando en la acera de enfrente, mientras, a lo lejos, se escuchaban las sirenas de los bomberos. Se dijo que, al menos, eran valientes.

Todo el mundo estaba en silencio, mirándola con pavor la mayoría. Parecía una diosa terrible, con el rubio pelo agitado por un vendaval que nadie más podía sentir, y la asombrosa gracia felina de sus andares.

—    ¿Tengo que volver a repetir mi propuesta? – gritó para que todos la escucharan.

—    ¡BASTA!

El Inca, Gorila Paez, apareció desde detrás de sus pandilleros, con una mano levantada.

—    No quiero que muera ninguno más de mis hombres – bajó su tono al acercarse a ella. – Sé lo que eres, dama del fuego. Mi abuelo me contaba historias sobre criaturas como tú, que moraban en las montañas y en las selvas. Había que calmarlas con sangre, son sacrificios de animales si no había otra cosa mejor…

Ángela no dijo nada, pero le miró con la cabeza algo inclinada, como si fuera una gata decidiendo si atrapar al ratón o dejarle un poco más de tiempo.

—    He sabido lo que El Cóndor hizo el otro día. Te juro por mis muertos que era uno de sus negocios, no tenía ni idea. Así que te ofrezco ocuparme de todos los gastos de esa chica, hasta que se recupere, tanto los del hospital como los que necesite para vivir – el Inca alargó la mano hacia ella. – ¿Hace?

Ángela aferró aquel brazo con fuerza, clavándole las duras uñas. Cuatro riachuelos de sangre aparecieron inmediatamente. El rostro del Inca Paez se volvió lívido.

—    Hace, Inca – dijo ella, con una sonrisa, antes de llevarse los dedos manchados de sangre a la boca.

—    Bien. Hermanos… – el líder se giró, encarando tanto a sus hombres como a los vecinos. – Aquí no ha sucedido nada, ¿me entendéis? Todo ha sido un accidente por culpa de un cortocircuito. Eso es lo que todos diremos.

La mayoría asintió en silencio, al mismo tiempo que el primer coche de bomberos, una furgoneta Woslvagen, aparecía calle abajo. Gorila Paez se giró de nuevo para encarar a aquella bruja demoníaca, cuando se dio cuenta de que había desaparecido y nadie supo decirle en qué dirección.

Ángela estaba contenta. Incluso sonreía mientras se alejaba saltando entre edificios. La cosa había salido mucho mejor de lo que esperaba. Por otra parte, el regusto a sangre en sus papilas la enervaba como nunca. No estaba preocupada por la matanza. Allí se imponía la ley del silencio y los investigadores no llegarían a ningún lado sin testigos presenciales.

Se frenó en el alero de un tejado. Frente a ella una gran explanada vacía y el hospital de la Santa Cruz, a más de cuarenta metros. Se decidió a bordearlo, acercándose a la escuela universitaria de enfermería de Sant Pau. Aquellos viejos edificios eran mejores para impulsarse y correr. Aún tenía que hacer un par de visitas esta noche…

* * * * * * * * * * *

No hacía ni veinte minutos que Nessy se había acostado, cuando un golpeteo en la ventana le hizo abrir los ojos. Miró asustado hacia la ventana. Estaba en un sexto piso y no había escalera de incendios. ¿Quién coño tocaba en  el cristal?

Una mano asomó y golpeó de nuevo, proveniente de la parte superior de la ventana. Arrastró sus pies descalzos hasta allí, con el escroto encogido por el miedo. De repente, el rostro sonriente de la extraña rubia asomó. Incluso le saludó agitando la mano, como si estuviera en una playa, tomando el sol. Nessy se dio prisa en abrir la ventana y la chica hizo una pirueta para entrar. El chico lanzó un vistazo a la calle abajo y se estremeció. Ni siquiera verle el tanga a la rubia, por la pirueta, le animó.

—    Bueno, asunto solucionado – le dijo ella, muy animada.

—    ¿Ah, sí? ¿Cómo lo has hecho?

—    Bueno, digamos que me exalté un poco y me puse candente. El Cóndor y el subjefe, como se llamase, han partido hacia un mundo mejor, con algunos de sus colegas.

—    ¡Cago en la leche! ¡Eso va a ser la guerra!

—    No lo creo – dijo ella, sentándose en la cama. – El propio Gorila Paez hizo un trazo conmigo y prometió ocuparse de mi amiga.

—    ¡No jodas!

—    Eso lo haré al llegar a casa, descuida – sonrió ella de forma pícara. – Sólo he venido a decirte que no ahondes en el asunto, ya que la cosa se va a tapar para todos. Si tienes que preguntar algo, me lo haces a mí, ¿vale?

—    Vale. Hay cosas que no quiero saber, tenlo por seguro. ¿Estamos en paz? – preguntó él, intentando mantenerse alejado de ella. Como mujer le embelesaba, pero en cuanto pensaba en lo que la había visto hacer, le acojonaba estar demasiado cerca de ella. Lo que acabaría sabiendo del asunto de los billares, no le tranquilizaría más.

—    Por mí está bien, pero eres un chico listo y despierto. Puede que te pida información de vez en cuando.

—    Está bien, puedo vivir con eso.

—    Te pagaré, descuida – levantó ella una mano.

—    No hace falta. Mejor me proteges el negocio…

—    ¿Me quieres de guardaespaldas?

—    No, no puedo mantenerte como eso – se rió Nessy. – Pero si necesito un poco de músculo, acudiré a ti. Seguro que la peña se entera rápidamente que me proteges.

—    Ya te dije que eras espabilado, Nessy. Está bien, acepto.

Los dos se apretaron la mano y Ángela salió por la abierta ventana como un fantasma. Nessy tuvo que parpadear para entender que se había marchado. Se metió en la cama, tras cerrar la ventana, y se tapó hasta los ojos. Si su abuelo hubiera visto eso, aún estaría poniendo protecciones contra demonios en puertas y ventanas.

Quizás también tuviera él que hacerlo algún día…

 

 

 

CONTINUARÁ…

 

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