ALEX BLAME

 

La Bruja

No había amanecido cuando alguien tocó suavemente a mi puerta. Me desperté aun sentado en el escritorio, con mi frente apoyada sobre aquel odioso y a la vez fascinante libro. Me estiré con la vista algo desenfocada y a trompicones me dirigí a la iglesia donde estaban celebrando los rezos de Maitines.

Desayunamos algo de avena con un poco de leche de cabra y volví a seguir a las mujeres al templo para celebrar los laudes, donde el señor párroco nos esperaba para celebrar la misa. Cuando terminó, el padre Daniel se acercó a mí con un rollo de pergamino y con un gesto temeroso me entregó el informe del arresto de la bruja, firmado por él y por el alcalde de la villa, en cuyo nombre se había realizado la detención.

Le di las gracias y le dije que por la tarde me acercaría al pueblo para ver a la rea y realizar  un primer interrogatorio. El padre me contestó que sin problema, que la mujer estaba en las mazmorras de la ciudadela y que solo tenía que presentarme a cualquier oficial de la guardia para que me guiasen hasta ella.

En cuanto el padre se despidió, me dirigí a mi celda y desenrollé el informe.  Constaba de tres hojas de pergamino cubiertas por la letra pequeña e irregular de una persona, que a pesar de saber escribir, no estaba acostumbrada a hacerlo.

Lo primero que hice fue  mirar la fecha del documento. Con un escalofrío y una sensación de irrealidad pude constatar que había viajado al 23 de mayo de 1509. Observé la fecha durante unos minutos hasta que el aullido lejano de un animal me devolvió a la realidad y empecé a leer el documento.

Había que reconocer que el cura me había sorprendido con un informe escueto, pero bien redactado y con toda la información necesaria para poder hacerme una idea del caso.  Al parecer Úrsula había sido detenida el día ocho por el capitán de la guardia tras la denuncia del propio alcalde y otras tres personas, dos pastores y una anciana.

Según los testimonios de esas personas, se la procesaba por supuesta brujería; los pastores la acusaban de haber matado a la mayor parte de su rebaño usando venenos y encantamientos, la anciana aseguraba que había practicado su oficio con descuido y ayudado a varias jóvenes a interrumpir sus embarazos y el alcalde hacía la acusación más grave, asegurando que había visto a aquella mujer ayuntarse con el demonio en un claro del bosque que hay al sur de la villa.

Leí los detalles con interés y estudié el documento sin creerme ni una sola palabra de aquella pandilla de mentirosos. Era una lástima que tuviese que mandar a alguien a la hoguera por acusaciones tan fantásticas como echarle un polvo al mismísimo diablo. Sabía muy bien dónde estaba el diablo en toda aquella historia y no  era entre los muslos de aquella mujer.

Cuando terminé de estudiar el informe, decidí salir a dar un paseo antes de visitar a la prisionera, con la esperanza de reunir fuerzas para enfrentarme a ella.

Salí del convento y me dirigí a la ciudad. El tiempo había vuelto a revolverse. Unas nubes grises y pesadas cubrían el cielo y un aire frío, proveniente de la montaña, trataba de atravesar el apretado tejido de mi hábito.

Hundido en mis pensamientos, atravesé la villa. Por el rabillo del ojo vi las miradas temerosas y huidizas de los adultos y las curiosas e insolentes de los niños. Sin ser muy consciente de lo que hacía, dirigí mis pasos de nuevo a la cabaña que había visto el día anterior.

Al igual que el día anterior, el gigantesco perro se acercó a la valla de la propiedad, ladrando amenazadoramente.

—¡Magda! ¡Quieta! ¡Ven aquí! —exclamó una mujer de mediana edad que salió de detrás de la pequeña cabaña.

En cuanto me reconoció, la mujer abrió mucho los ojos un instante, pero enseguida se rehízo y con gesto serio se acercó a la valla.

—Discúlpela, hermano. Es muy escandalosa, pero en el fondo es como su dueña, un pedazo de pan. —dijo la mujer rascando la nuca del animal que inmediatamente se relajó y empezó a mover la cola.

—Perdón, creí que esta era la casa de Úrsula. —dije yo a punto de darme la vuelta y dejar tranquila a la mujer.

—No se equivoca, hermano. Yo solo soy Leandra, una amiga. He venido a cuidar de sus animales y de su huerta. —dijo la mujer valientemente a pesar de que sabía que podía detenerla por asociarse con una bruja.

—Entonces la conoce bien. ¿Crees la acusación? —pregunté intentando que pareciese una pregunta casual.

Esta vez la mujer sí que pareció realmente sorprendida. Durante un instante frunció el ceño desconfiada, oliéndose una trampa, pero finalmente decidió ayudar a su amiga.

—No sé exactamente de que la acusan, pero como todo el pueblo, me puedo imaginar quienes son los testigos y si realmente quiere saber la verdad no tendrá que escarbar mucho para descubrir un montón de mierda debajo de una fina capa de aparente honorabilidad.

Estaba claro que la mujer no pensaba decir nada que le incriminara, pero no estaba dispuesta a dejar que quemaran a su amiga sin hacer un intento por librarla de una muerte horrible.

—Probablemente tenga testigos que le estarán contando cosas terribles de Úrsula, pero si no fuese porque están muertos de miedo, el resto de los habitantes de este lugar le dirían que es una mujer cariñosa, una curandera hábil que ha salvado más de una vida y una mujer temerosa de Dios, aunque no sea muy devota de la Santa Madre Iglesia.

Dicho esto, la mujer hizo una pequeña inclinación de cabeza y se alejó seguida por la san bernardo.

Como me imaginaba, todo aquello era una farsa y el problema era que mientras más sabía de aquella mujer, más me gustaba. Cada vez estaba más inclinado a hacer lo que pudiese por ella…

… Y cuando la vi por primera vez, me convencí.

Tal como me había dicho el padre Daniel, todos estaban avisados de mi llegada y me franquearon el paso hasta la prisionera.

La mazmorra estaba bajo los cimientos de la torre de la ciudadela. Era oscura y húmeda. Un estrecho ventanuco cerca del techo de la celda era la única fuente de luz. Al principio, por la reja de la puerta, solo vi un bulto encadenado a un anilla de la mohosa pared de piedra.

El guardia abrió la puerta y el ruido de las bisagras hizo que la mujer encogiese la cabeza entre los brazos, en un claro movimiento defensivo.

Con un gesto le dije al guardia que cerrase la pesada puerta y se retirase para poder hablar con la mujer a solas. Acercando una lámpara de aceite que llevaba conmigo, aparté las manos de su rostro y la observé. Era sorprendentemente joven, aparentaría unos veinte o veintidós años. Y alguien le había dado una paliza. Tenía una larga melena oscura, encrespada por la suciedad y lo que parecían pegotes de sangre seca.

A pesar de la suciedad, la sangre y la nariz rota, aun se podía ver en ella un rostro hermoso, de perfil ovalado, cutis suave, nariz pequeña y recta y labios gruesos. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos grandes, avellanados y de un verde aguamarina, capaces de volver loco a cualquier hombre.

La joven me miró con todo el cuerpo temblando y trató de arrebujarse bajo una pedazo de arpillera que le habían dado para cubrir su cuerpo desnudo.

Me acerqué un poco más a ella y la mujer se volvió a encoger haciendo tintinear las gruesas cadenas que la unían a la pared de la celda.

—Tranquila, Úrsula solo  he venido a descubrir la verdad.  —dije limpiando la sangre seca de su nariz.

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