JANIS MULLIGAN

 

Lola, ¿por qué es tás sola? *

20 de septiembre de 2013.

David mantenía los dientes apretados, tan fuertemente que los sentía rechinar, mientras aumentaba el ritmo de sus embestidas contra las morenas y bonitas nalgas de su novia Mirella. La chica no cesaba de gemir y balbucear, cabalgando su tercer orgasmo. Su muy cuidada cabellera no estaba en su mejor momento, fruto de enterrar la cabeza en la almohada por el placer, pero eso no era algo que preocupara a Mirella, al menos de momento. Ni siquiera estar follando a pelo con David, ya no se preocupaba de esas cosas. Si se quedaba preñada, ataría más a ella al chico.

David se había convertido en todo su mundo, en cuestión de semanas. Nunca había sentido nada tan fuerte por alguien. David era el hombre de su vida y, en este momento, la estaba follando de lujo, y ya no podía contener ni su alegría, ni el orgasmo que explotaba en su interior.

—    ¡Ay, Diossssss! – exclamó con fuerza, haciendo que la mano de David le tapara la boca inmediatamente.

Balbuceó algo entre los dedos durante un buen minuto, a medida que su cuerpo se tensaba y se arqueaba bajo el de su amante, recorrido por una interminable corriente de energía sexual. David se dejó ir también, regando por segunda vez el interior de su chica, pero enseguida que recobró la lucidez, dejó que sus agudos sentidos investigaran las habitaciones próximas. Estaban en su casa y no quería que sus padres se enteraran de que metía a Mirella en su cama, al menos, aún no.

No encontró nada. Sus padres dormían. Volvió la atención a la chica, derrumbada sobre su cama, entre sábanas arrugadas y llenas de semen, lo cual no parecía molestar en absoluto a la chica. Mirella empezaba a dejarse ver cómo era en realidad, y estaba siendo un poquito guarra, la verdad, un hecho que encantaba a David.

—    Nene, estoy… reventada – musitó Mirella, la mejilla aplastada sobre el colchón. – Voy a dormir un ratito, campeón.

—    Claro que sí, cariño – se inclinó él para besarle la sien. – Duerme, que yo te despierto cuando sea…

Mirella no tardó en respirar profundamente, dejando escapar un ronroneo de sus entreabiertos labios. David sonrió, sentándose en la cama y encendiendo un delgado porro de marihuana. Solía usar a Mirella como una muñeca sexual, haciéndole todas las perrerías que se le ocurrían, desde que había descubierto que la elegante y pija chica se volvía loca con todas esas perversiones. Incluso el chico había tenido que buscar muchas de ellas en Internet, porque dada su juventud, no las conocía.

“Es la novia perfecta”, se dijo, dejando escapar lentamente el humo de sus pulmones.

Una discreta tos atrajo su atención hacia la ventana, que estaba abierta de par en par. Ya no hacía calor por las noches, pero así ventilaba su habitación del tufo a sexo que generaban. Una cabecita rubia y una hermosa sonrisa le esperaban, colgando, de alguna manera, del alfeizar.

—    ¡Ángela! – musitó, poniéndose en pie y alargando la mano para ayudarla a entrar.

—    Bonitas nalgas – opinó la rubia, dejándose caer en el piso.

David giró la cabeza y observó el desnudo trasero de su novia, aún marcado por las señales que habían dejado sus dedos en él. Sonrió, conociendo las inclinaciones sexuales de Ángela.

—    Se mira pero no se toca. Es mío.

—    Hombre, entre hermanos se suele compartir, ¿no? – sonrió ella.

—    ¡Ni de coña, golfa! – la abrazó de repente, alzándola en el aire, como una muñequita.

—    ¡Suelta, que aún te gotea leche de esa polla, coño! – susurró ella, haciendo una mueca de desagrado.

—    Bajemos al jardín, que vamos a acabar despertando a la Bella Durmiente, o a mis padres, que es peor – le susurró él al oído, señalando la ventana.

Saltaron por ella sin preocupación, pues estaban en una casa de dos pisos, en Santa Coloma. El jardín era frondoso y algo descuidado, y se sentaron en banco hecho con troncos, detrás de un macizo de rododendros.

—    ¿Algún movimiento de esos tipos? – le preguntó ella, refiriéndose a la gente que trató de secuestrarle.

—    No, nada. Incluso mi tío se porta bien – respondió él, sonriendo.

—    No te fíes.

—    Lo sé. Me mantengo alerta, hermanita. ¿Y tú? ¿Qué tal tu vida?

—    Bien, a punto de comenzar a estudiar – Ángela le había ocultado que era stripper, y le había convencido que estaba en una residencia estudiantil. Las costumbres protectoras eran difíciles de dejar de lado.

—    Tiene que ser duro tener tu edad y hacerte pasar por un pimpollo. Ir a clase y eso… — opinó David.

—    No te creas. No pude hacerlo en su momento y ahora me doy un gusto. Además, siempre he sido un poco actriz y mola adoptar un papel de cría – dijo ella, pasando un brazo por encima de los masivos hombros de él.

—    ¿A qué se debe la visita? ¿Algún problema?

—    No, no – quitó ella importancia al asunto con un movimiento de la mano. – Hacía días que no nos veíamos y he decidido saludarte. Un poco más y te pillo en faena, ¿no?

—    Bueno, es casi normal. Últimamente siempre estoy metido en faena.

—    Es lo que tiene echarse una novia con tu edad. Siempre estás dispuesto. ¿Sabe ella de…?

—    ¿De mi verdadera edad? No, nanay de la China… aunque creo que ya no importa.

—    ¿Por? – levantó ella las cejas rubias.

—    Porque está tan colgada de mí que creo que aceptaría cualquier cosa que hiciera. Aunque no sé a qué es debido. Follo bien, la trato con ternura, y eso, pero… eso no explica el encoñamiento que tiene conmigo. ¿Tú sabes algo?

—    ¿La has mordido?

—    ¡No, que va! ¡Estás loca! ¿Por qué iba a hacerlo? – exclamó él con cierta expresión de asco.

—    Mi mordedura produce una sensible subyugación en mis presas, pero no parece ser tu caso. No lo sé, ya te dicho que toco de oído.

—    Y yo más que de oído, con el culo – se encogió de hombros David.

—    Procura no hacerlo con una trompeta – bromeó ella, consiguiendo sacarle una carcajada a su amigo. – Bueno, mientras sea así, aprovecha, pero te aconsejo que tú no te encoñes. Puede ser que tengas que dejarla cuando menos te lo esperes.

—    Lo sé – asintió con la cabeza el chico. – Pero es difícil. Mirella es una tía divertida y buena gente.

—    Ya, ese es el problema. Me pasa lo mismo con… mi compañera de dormitorio.

—    ¿Ah, sí? ¿Estás con alguien?

—    Se llama Huni, pero todas la llamamos Ginger.

—    ¿Huni? Eso suena a…

—    Tailandesa, eso es… una estudiante de intercambio. Le tengo mucha estima, y creo que ella aún más, pero tengo que decirme que cualquier día se marchará y no puedo quedarme tocada con eso.

—    Sí, te entiendo.

—    Ojala tuviéramos un manual de instrucciones para poder consultar todas las dudas que nos asaltan.

—    Pero eso sería hacerlo bien de una vez – sonrió David, tironeando de la coleta de ella.

—    Me tengo que ir – dijo ella, poniéndose en pie. Le echó los brazos al cuello, él aún sentado. Su cabeza se quedó a la altura del pecho de ella. – Ya sabes, David… cualquier cosa, en cualquier momento… me llamas. Si fuera de día, deja el recado a Ginger. Ella contesta siempre a mi móvil.

—    Bien, tranquila. Estamos en contacto – replicó él, levantándose y besándola en la frente.

La contempló subirse al tejado de la casa de enfrente de un increíble salto y bajar la colina de tejado en tejado, como si fuesen gigantescos escalones. Sonrió antes de escalar hasta la ventana de su dormitorio.

* * * * * * * * *

23 de septiembre de 2013.

Ese viernes, Ginger y Ángela decidieron pasarse por Ana María antes de ir al club. Ana María era una cafetería pastelería bastante afamada en la plaza de les Olles. Era habitual en ellas pasarse antes de las nueve de la noche y tomarse un bol de café con leche y algún pastel que las permitiera tener energía hasta la madrugada, momento en que pedirían que algún chico de una pizzería o de un restaurante de comida china, les trajera alimento a los camerinos. Ana María – aquel era el nombre de la abuela del actual dueño, que había heredado el negocio – tenía la fama de disponer de los mejores cuernos de crema de Barcelona, también llamado tuétanos.

Las dos chicas se sentaron en una mesa pequeña, lejos de la cristalera. Pidieron sus cafés y varios cuernos, con diferentes rellenos. Estaban charlando de sus cosas, pellizcando el hojaldre relleno de suave crema pastelera, de crema Chantilly, de crema de trufa, o de fundido chocolate negro, cuando Ángela levantó la mirada, enarcando una ceja.

—    ¿Qué ocurre? – preguntó Ginger, que conocía las expresiones de su amiga.

—    No lo sé. Acaba de entrar la hija de la jefa, Lola.

La chica charlaba con una señora mayor, justo en la entrada. Justo entonces, giró la cabeza y vio a Ángela. Sonrió y la saludó con la mano.

—    ¿De qué la conoces? – musitó Ginger.

—    Su madre me la presentó la noche que cenamos. Al parecer, nos sorprendió en plena cita – explicó Ángela, con una sonrisa.

—    No me comentaste nada de eso – la recriminó su compañera.

—    Fue una tontería, pero, desde entonces, me la he encontrado varias veces… demasiadas coincidencias – musitó la rubia.

Sabiendo dónde vivían madre e hija, encontrarse a Lola varias veces, siempre alrededor del club, comenzaba a ser extraño. Se la había tropezado en el mismo club, saliendo por la puerta trasera. No se dijeron nada, tan sólo un simple adiós. A Ángela le resultó muy raro verla allí, pues su madre le había comentado que nunca la había llevado al club, en horario de público. Pero, como la había visto bajar del despacho de su madre, supuso que había acudido por algún motivo y que, una vez terminado, se deslizaba hasta la calle por la puerta de atrás, para no toparse con ningún cliente.

No lo pensó más, hasta que se volvieron a encontrar en plena calle, en la Rambla. Lola iba con otra chica de su edad, las dos cogidas del brazo. Ésta vez si se detuvo a hablar con Ángela, la cual venía de alimentarse copiosamente. Lola la saludó con dos besos en la mejilla y le comentó algo sobre acudir a la consulta de una pitonisa cercana para su amiga. “Males de amores”, le dijo, encogiéndose de hombros antes de recibir un doloroso pellizco de su amiga.

La última vez fue mirando un espectacular guiñol que se montó en la plaza de Sant Miguel. Entre el gentío, alguien se le colgó del brazo e, instintivamente, estuvo a punto de hundirle el costado de un golpe, cuando se dio cuenta de que se trataba de la chiquilla. Se saludaron efusivamente y Lola se pasó media hora, lo que duró la obra, aferrada a su brazo. Ángela sólo consiguió evasivas cuando trató de averiguar qué hacía allí, sola y tan lejos de su casa, a las diez de la noche.

Ahora, al verla acercarse al mostrador con aquella mujer, Ángela supuso que sería la explicación a por qué rondaba Lola el Barrio Gótico. La chiquilla comentó algo con su acompañante y se encaminó hacia ellas.

—    Hola – saludó al llegar a la mesa, sentándose en una silla. — ¿También compráis cuernos aquí?

—    Hola, Lola – sonrió Ángela.

—    Son los mejores de la ciudad – comentó Ginger con su gracioso acento.

—    Oh, sí, por supuesto – cabeceó Lola.

—    ¿Y tú? Te pilla un pelín retirado de tu casa – dijo Ángela, sin dejar de lucir la sonrisa.

—    Me paso siempre que vengo a visitar a mi tía Nieves – explicó, señalando a la mujer que hablaba con uno de los camareros, en el mostrador.

—    ¿Tía Nieves? – enarcó de nuevo una ceja Ángela.

—    Sí, es la hermana mayor de mi padre. Se ha quedado sola en Barcelona cuando papá se mudó a Valencia. Vive a poca distancia del club.

—    ¿Y vienes sola a visitarla?

—    Bueno, a mamá no le cae muy bien. Tía Nieves crió prácticamente a papá cuando la abuela murió. Cuando se divorciaron, tomó partido por su hermano, lógicamente – explicó la chiquilla con facilidad. – Así que cuando digo de venir, mamá no dice nada, sólo me da dinero para un taxi.

“Eso lo explica todo”, se dijo la rubita. Lola se movía por el barrio sin que su madre tuviera constancia.

—    ¿Tú también trabajas con mamá? – le preguntó a Ginger, de sopetón.

—    Sí, en el club.

—    Ginger y yo compartimos piso – puntualizó Ángela.

—    Oh, Ginger… bonito nombre – sonrió Lola.

—    Nombre artístico – sonrió la tailandesa a su vez.

—    Así que sois compañeras de piso. Genial – repuso la jovencita, mirando hacia atrás, hacia su tía. — ¿Y trabajáis esta noche?

—    Por supuesto, es viernes – cabeceó Ginger.

—    Mucho tío suelto los viernes – bromeó Ángela.

—    Ya, comprendo, pero, al veros aquí…

—    Sólo estamos tomando fuerzas antes de currar – detalló Ángela. – Nos iremos enseguida.

—    Claro, que tonta. Había pensado que teníais la noche libre o algo así. Pensaba invitaros a un concierto que se celebra en la plaza de Europa, en Montjuic. Tengo entradas para todas.

—    Gracias de todas formas – Ángela puso su mano sobre la de ella, apenas un segundo, y la vio enrojecer. – Quizás en otro momento.

—    Bueno, ya sé que soy sólo una niñata, pero… no sé… quizás quisierais salir con nosotros algún día que podáis. Se que vuestro trabajo no deja hacer muchas amistades, y la pandilla que nos reunimos son buena gente, divertida. Los chicos son algo mayores que yo, así que podrían ser… ¿interesantes?

—    No sé yo… ¿Verdad, Ginger? ¿Hombres interesantes? – bromeó Ángela.

—    Deben tener más de cincuenta años para ser interesantes – remachó la asiática, haciendo reír a la más joven.

—    Mira, Lola, te agradezco la invitación y puede que te tome la palabra cualquier noche que el piso me parezca demasiado pequeño como para soportarlo – le dijo Ángela, con sinceridad.

—    Bueno, ya queda dicho. Déjame tu móvil – y con una letal presteza, Lola escribió y grabó su número en el teléfono de la rubia. – Me tengo que ir. Que tengáis una buena noche…

—    Lo mismo para ti – le deseó Ginger. — ¿De qué va esto, Ángela? – le preguntó en cuando la mujer y la chica salieron por la puerta.

—    No tengo ni idea. Me la he tropezado algunas veces por el barrio y no sabía por qué hasta conocer lo de su tía. Pero a mí me ha sonado a cita, ¿a ti no?

—    Cita disimulada – asintió la asiática, soltando una de sus típicas risitas.

—    Pues no sé, pero la niña es muy hermosa, ya sabes…

—    ¿Ya sé? ¡Yo no sé nada! – exclamó Ginger

—    Pues bien que le has mirado el culito al salir – la pinchó su amiga.

Ángela se ganó un puntapié en la espinilla por debajo de la mesa. Ginger no soportaba las bromas sexuales de ese tipo y Ángela conocía el límite. Aún así, se echó hacia delante y susurró a su amiga:

—    Ahora, en serio, Ginger. ¿Qué te ha parecido la hija de Olivia?

—    Es bonita, más que madre – subió uno de sus hombros, mirando la taza de café. – Tiene piernas largas y buen cuerpo. Podría bailar para su madre si quisiera – comentó mordazmente.

—    Sí, eso pensaba. Además, somos casi de la misma edad. Podríamos pasar por amigas del colegio.

—    Perfectamente, aunque quiero que me avises si te vas a vestir de colegiala – la recriminó Ginger, con un dedo alzado.

—    No sería mala idea – musitó Ángela para ella misma.

* * * * * * * * * *

30 de septiembre de 2013.

Ángela se miró en el espejo que cubría casi una pared de su dormitorio. Se vio más juvenil que nunca, con aquella falda que subía en volantes por encima de sus rodillas. En cuanto la vio en el escaparate, la compró, siguiendo un impulso. De un color rosa pálido, con incrustaciones doradas, y volantes de encaje blanco. La falda poseía cierto relleno que le daba cuerpo, armando la prenda en redondo alrededor de sus piernas. La acompañaba con una blusita marinera, con rayas azules y fondo crema tostado, con espaldera y todo. Finalmente, remataba sus pies con los taconazos de quince centímetros de unas sandalias fantasiosas de Michu.

—    Divina de la muerte – le dijo al espejo.

—    No vayas.

Ginger la miraba desde la puerta, el hombro contra la jamba de madera, los brazos cruzados, la mirada enfurruñada. Ángela se aproximó a ella y colocó las manos sobre el antebrazo cruzado.

—    Ya hemos hablado de esto, Ginger. Necesito salir, airearme, y cometer locuras de vez en cuando, sino me apolillo.

—    Podemos hacer locuras juntas.

—    Ginger, ¿estás celosa?

—    Sí, estoy celosa – afirmó ella con toda rotundidad.

Ángela se llevó una larga uña a la boca, mordisqueándola sin conseguir ni una muesca. Sus uñas eran demasiado duras para eso, tenía que cortarlas con una pequeña cizalla.

—    Sólo voy a divertirme, Ginger, como me divertí con su madre. Eso es todo.

—    Yo sé bien cómo se divierte su madre. Yo también estuve en tu lugar. Conozco a la jefa. Es una devoradora y no vuelve nunca a la misma presa. Pero su hija… no tiene ojos de devoradora, sino de necesidad…

Ginger no quería pronunciar cuanto pensaba en voz alta, sabiendo que los dioses le podían tomar la palabra. Pero intuía que si Ángela aceptaba el juego de Lola, la niña se colgaría de ella, sin remedio. Y no quería luchar con la hija de su jefa por Ángela.

Ángela se la quedó mirando con una fijeza que enervó a la tailandesa. Había decidido hacer esto por diversión. Darle una oportunidad a la jovencita y aceptar la invitación de Lola para salir una noche con su pandilla. Pero si eso significaba perder la amistad de Ginger, mandaría a la chiquilla de vuelta con su madre de una patada en el culo. Sin embargo, eso también significaría darle toda la importancia del mundo a su historia con Ginger, y eso también no era cierto.

Amaba a Ginger, con un amor algo más fuerte que el fraternal. Ginger era la persona de confianza en la que apoyarse, a la que contar sus más oscuros secretos. De hecho, sabía certeramente que le acabaría confesando su naturaleza, aunque esperaba que eso tardara aún bastante.

—    Ginger, cariño, sé lo que pasa por tu cabeza. Conozco tus dudas y tus miedos, por eso mismo, te voy hacer una promesa – le susurró, mirándola a los ojos. Ginger tragó saliva, reconociendo la seriedad del momento. – No soy una mujer de un solo romance, lo sabes, pero procuro respetar los sentimientos que genero. Ocurra lo que ocurra, Lola no se va a entrometer entre nosotras, porque te la voy a entregar a la mínima ocasión.

—    ¿Entregar? – Ginger estaba confusa por el significado de la palabra.

—    Sí, entregar. Te la daré para que la disfrutes, o la uses para lo que desees. De esa manera, espero hacerte comprender que sólo es un juguete, una diversión del momento, y que sólo tú cuentas en mi vida.

Ginger no respondió, tan sólo se echó hacia delante, pasando sus brazos alrededor del cuello de Ángela y abrazándola muy fuerte. Sorbió sus primeras lágrimas junto a su oído, al mismo tiempo que musitaba: “Gracias, gracias.”

Habían quedado en el parque de l’Estació del Nord, donde se tomarían una botella entre todos, con todo disimulo. Los mossos d’Esquadra eran bastante quisquillosos con el botellón, según Lola. Ángela no llevaba una indumentaria para saltar por los tejados, así que tomó un taxi. Cuando llegó a destino, el crepúsculo había caído y las sombras nocturnas invadían el parque, allí donde las farolas de luz anaranjada no alcanzaban.

Había bastante gente en el parque. Las pandillas se reunían en sus rincones favoritos, ocultando las bolsas de plástico con bebida con las piernas. Aunque beber en la calle estaba prohibido, los mossos solían pasar la mano si no se juntaba demasiada peña en el mismo sitio y, sobre todo, si dejaban la zona bien limpia al marcharse.

Ángela sonrió cuando escuchó los piropos que una pandilla de chicos le dedicaba. Meneó bien el culo para ellos mientras cruzaba el parque. A distancia distinguió a Lola, que estaba charlando con un chico alto. Mientras avanzaba hacia ella, la repasó tranquilamente. La jovencita vestía una especie de mono enterizo, de un azul turquesa con finas rayas rosas en vertical, una prenda que se ajustaba como un guante a su figura. Poseía grandes solapas y varios bolsillos en la parte superior, otorgándole la forma de un chaleco de cazador. Sin embargo, el calzado no concordaba pues llevaba unas deportivas oscuras, algo desgastadas.

—    ¡Ángela! ¡Has venido! – exclamó en cuanto la vio, abriendo los brazos y avanzando hasta abrazarla y besarla. – No estaba segura de que lo hicieras.

—    Te llamé el miércoles, ¿no? – sonrió Ángela.

—    Sí, sí, claro. Ven, te voy a presentar a la basca – Lola la arrastró del brazo. El chico que estaba con ella la miró de la cabeza a los pies, con cierta sonrisa sardónica. – Éste es Pep, ella es Ángela.

El tal Pep alargó la mano hasta coger la de Ángela. La atrajo para darle dos besos.

—    Vaya, vaya… No sabía que tuvieras amigas tan guapas escondidas – dijo galantemente.

—    Gracias – musitó Ángela, sonriendo.

Lola la llevó hasta un banco de madera y hierro, totalmente ocupado por su pandilla de amigos. Los chicos se pusieron en pie al verlas acercarse, sumamente interesados en la recién llegada. Las chicas la miraron con cierta reserva, en un gesto típicamente femenino.

—    A ver, todos… ella es mi amiga Ángela. Lleva poco tiempo en Barcelona y no tiene muchos amigos – la presentó Lola. – Portaros bien. Ella – señaló a la chica más cercana – es Lidia.

—    Hola, Lidia – dijo Ángela, acercándose para tocar la mejilla de la chica con la suya. Era joven, incluso más que Lola, de pelo oscuro cortado a lo chico y despeinado, y portaba unas gafas redondas, al estilo de Harry Potter.

—    Antoine – presentó Lola a uno más de los chicos. Delgado, moreno, y con un bigotito medio ralo que adornaba su labio superior.

—    Mucho gusto – dijo, besándolo.

—    Edu – otro chico, vestido muy pijo, con el cabello oscuro bien relamido por el gel fijador. Llevaba un jersey sobre los hombros, con las mangas anudadas a su cuello.

—    Hola Edu.

—    Carla…

—    Ya nos conocemos, ¿verdad? – la interrumpió su amiga.

—    Sí, me acuerdo – Ángela reconoció a la chica que acompañaba a Lola en la Rambla. Melenita rubita, ojos color miel, y unos labios gordezuelos. – Mucho gusto, Carla.

—    Éste es Chus, nuestro poeta – rió Lola, presentando al último chico. Un tío rubio, de pelo alborotado y perilla de chivo. Portaba dos baquetas de tambor en las manos, con las que hizo un redoble sobre el metal del banco. – Ellas son Mariana y Bego.

—    Encantada – las saludó Ángela.

Mariana parecía la mayor de las chicas, más que nada por su cuerpo generoso. Ángela apostó a que tenía algo de sangre gitana en las venas, y sus ojos oscuros miraban todo con descaro. Bego era más bien una caña vestida, sobrándole tejano por todas partes. Llevaba mechas californianas en su cabellera rizada, y parecía ser hiperactiva, moviendo las manos frenéticamente al hablar.

La asaetaron con las clásicas preguntas enseguida. ¿De dónde eres? ¿Qué estudias? ¿Qué edad tienes? Y si tenía familia en la ciudad.

—    Soy de Madrid, tengo dieciocho años, no tengo a nadie aquí, y no estudio. Soy stripper. De hecho, trabajo para su madre – Ángela señaló a Lola con el pulgar. La confesión fue directa, brutal, dejando a todos, chicos y chicas, con la boca abierta. A su lado, Lola, sonrió, callada.

La chiquilla no había querido comentar nada de Ángela, dejando que fuera ella la que tomara la decisión. Comprobó que era muy valiente y arrojada, al descubrirse así, y la respetó aún más. Los chicos se lanzaron inmediatamente, cuales kamikazes. No se conocía a una stripper todos los días, quizás con unos halagos y unas sonrisas…Pero Ángela no parecía estar interesada en ellos. Estuvo muy atenta y educada, pero acabó cortándoles en cuanto derivaban la conversación al trabajo. Sin embargo, con las chicas estaba más comunicativa. Éstas preguntaban por cómo se llevaban entre las bailarinas, en las charlas de camerino, en qué pensaban cuando debían actuar ante tantos tíos, y mil preguntas más que sólo se le podían ocurrir a unas chicas.

Acabaron un par de botellas de ron mezclado con cola y charlaron casi dos horas. Los chicos prestaron atención a cuanto hablaban las chicas, manteniéndose callados, atraídos por el tema. Desde luego, la protagonista de la noche fue Ángela y a ésta le gustó el interés, pues nadie parecía tener prejuicios sobre su trabajo. Finalmente, decidieron bajar hasta la Villa Olímpica del Poblenou, donde pubs y bares ofrecían diversión bien entrada la noche.

Se sentaron en una terraza, contemplando el muelle al fondo de la avenida, con los mástiles de los veleros meciéndose, y allí, Ángela esperó las preguntas más íntimas, que vinieron de parte de las chicas.

—    ¿Sales con alguien? – preguntó Carla, mirándola a los ojos.

—    No, nada serio. No tengo tiempo ni ganas para un romance.

—    Bueno, ese trabajo tiene que dejarte un poco asqueada de los hombres, ¿no? – metió baza Bego, sacudiendo su cabeza de rizos.

—    A veces sí – reconoció Ángela. – Sobre todo de hombres maduros.

—    Entonces, ¿no tienes nada contra los jóvenes? – bromeó Chus.

—    No, siempre que sepan comportarse – sonrió la bailarina.

—    Ouch – dejó escapar Edu.

—    Veréis, chicos, esta profesión es un poco como la prostitución. De acuerdo que nadie nos toca si no lo deseamos, pero tenemos que procurar que los clientes fantaseen con nosotras. Nadie nos pedirá un baile si nos comportamos como un frío robot – explicó Ángela. – Hay que sonreír mucho y aguantar mucha marranada oratoria, así como los clásicos pellizcos y palmadas sobre las nalgas. Todo eso va con el trabajo.

Ángela contempló cómo su público asentía ante sus palabras.

—    Pero, por otra parte, es genial sentirte adorada literalmente, atrayendo todas sus miradas cuando bailas bien, cuando te entregas a la música, exponiendo tu cuerpo. Hay que ser un poco exhibicionista, claro está – rió ella.

—    ¿Y te ganas bien la vida con eso? – preguntó Mariana.

—    Sí, no me quejo. Tengo para pagar el alquiler, para comprarme ropa, para comer y divertirme…

—    ¿Y durante el día, a qué te dedicas? – preguntó esta vez Pep.

—    A dormir. Me paso diez horas en la cama – dijo, antes de apurar su copa.

—    Vaya. Pero tendrás algún hobby, ¿no? – insistió el chico.

—    Oh, más que un hobby es una necesidad, ¿sabes?

—    ¿A qué te refieres?

Ángela sonrió, mirando a Lola, que se mantenía muy callada con el tema. Por lo que Ángela sabía, sus amigas conocían el hecho de que su madre poseía un club de strip tease, pero no solía hablar de ello.

—    Aunque los tíos suelen ser unos babosos y unos pulpos, eso no quita que, al final de la noche, muchas de nosotras, si ha tenido suerte, esté como una moto, ya sabéis, excitadas por tanto roce, por la lujuria que flota en el local, por ver a tantos bellos cuerpos desnudos – respondió, paseando su mirada por todos ellos. Chus se relamió obscenamente. – Así que, cuando llego a casa reventada, me acuesto de inmediato. Pero, al día siguiente, tengo que combatir toda esa excitación acumulada, más que nada para estar despejada a la noche siguiente y no sobrecargar más mi cuerpo…

—    ¿Y cómo combates…? – se le escapó a Bego, quien recibió el codazo de Lola.

—    Bueno, cada una de nosotras tiene una forma de bajar el estrés, desde luego. Mi compañera de piso, Ginger, antes de que yo llegara, tenía un bonito consolador de veinte centímetros que ella llama Oscar. Lo usaba para bajar la tensión sexual y así no tener que depender de un amante.

Los chicos se rieron descaradamente, Carla se llevó la mano a la boca.

—    ¿Y ahora que estás tú en el piso? – preguntó con toda malicia Lola.

—    Pues que ahora compartimos a Oscar – sonrió Ángela, mirándola. – Y no sólo a Oscar, sino también la cama. Es mucho mejor rebajar tensión entre dos chicas, sin malos rollos, ni condiciones, ni posesiones… tan sólo dos compañeras necesitadas.

—    Hostias – se le escapó a Antoine.

—    Conozco a Ginger – susurró Lola. – Es una china muy bonita.

—    Tailandesa – repuso la rubia. – En suma, las strippers suelen tener sus propios métodos consoladores. Algunas tienen novio, las menos claro.

—    ¿Por qué eso de claro? – esta vez el turno de Edu de preguntar.

—    Las relaciones profundas no suelen funcionar con este trabajo. Normalmente, el novio se vuelve celoso e intransigente, y finalmente deja a la chica o monta un pollo en el local. Una de las reglas del club es nada de problemas emotivos con la clientela. Y si por algún motivo no aparecen los celos, es que en el fondo ese chico no te ama.

—    Fijo – admitió Lidia.

—    Por eso digo que las chicas tienen sus propios métodos consoladores, según los gustos. Pero hay un alto índice de relaciones entre nosotras, quizás por lo que antes decía Bego, que estemos un poco hartas de los sobeos de los hombres. Pero eso no indica que reneguemos de ellos, sólo que somos bastante… exclusivas.

—    Wooaah – susurró Carla. – Jamás había pensado que esa vida fuera tan intensa. Sexo día y noche…

Lola estaba perdida en sus propias elucubraciones. Ella tampoco se lo había planteado así. Con razón, su madre se traía a todas aquellas chicas a casa. Contemplarlas desnudas cada noche desataba la tentación de cualquiera, sobre todo si eran como Ángela. La miró de nuevo, admirando como le sentaba el vestido y la longitud de sus piernas. Ella se había cambiado de calzado al salir del parque, dejando las deportivas en una bolsa y colocándose unos buenos tacones. Pero los de Ángela eran infinitamente más glamorosos y, además, sabía caminar con ellos.

Lola había tenido, desde siempre, pensamientos lésbicos. Podía ser debido a conocer cómo se relacionaba su madre con sus trabajadoras, o bien podía ser genético. No lo sabía, ni le importaba. El caso era que se fijaba en otras chicas, en sus amigas, en las modelos que se exhibían en los anuncios, en las actrices de moda… pero nunca había dado el paso definitivo, tan sólo fantaseaba.

Había tenido un par de líos amorosos con chicos – ninguno de su pandilla, por supuesto – pero era algo que no acababa de convencerla. Sus ojos seguían admirando las formas femeninas con las que se topaba. Y, ahora mismo, quien más atraía su atención, desde hacía semanas, era aquella rubia esbelta y monísima, Ángela.

Tres horas más tarde, Ángela y Lola estaban sentadas sobre el murete de cemento del puerto deportivo, balanceando las piernas y sintiendo la brisa marina. Todo el paseo marítimo estaba lleno de gente joven apurando la noche, después de que hubieran cerrado los sitios de ocio. Lola tenía en la mano un vaso de plástico con el contenido de la última copa que había pedido en uno de los bares. En la otra, un cigarrillo se consumía. Ángela miraba las cercanas embarcaciones, alineadas en los embarcaderos. Todos eran veleros o pequeños yates de recreo, caros y elegantes. Uno de los guardias del puerto deportivo pasaba ante ellos cada diez minutos, dejando ver que la zona estaba bajo vigilancia.

—    Tus amigos se están dando un buen repaso – dijo Ángela, con algo de sorna.

—    La culpa la tienes tú – respondió Lola, mirando hacia donde Edu y Mariana se estaban comiendo las bocas.

—    ¿Yo?

—    Ya te digo. Las has calentado a todas con lo que has contado.

—    Bueno – se encogió de hombros Ángela –, puede que tengas razón. Es que, por un momento, me olvidé de lo crías que son. Pero, ¿están saliendo entre ellos?

—    Naaa… bueno, salvo Edu y Mariana, que están uniéndose y peleándose a todas horas. Los demás se cubren unos a otros.

—    Comprendo. Son majas tus amigas – asintió Ángela.

—    ¿Y los chicos?

—    Psshhh… nada del otro mundo.

—    Los has calado – se rió Lola.

—    ¿Y por qué estás con ellos si lo sabes?

—    Me fío de ellos.

—    Es decir, más vale malo conocido que bueno por conocer.

—    Algo así – volvió a reírse la chiquilla.

Lola apuró el cigarrillo, tirándolo lejos, y acabó el contenido del vaso. Pasaron algunos minutos en que ambas se quedaron en silencio, contemplando la oscuridad del agua.

—    Ángela…

—    ¿Sí?

—    Gracias por venir esta noche – susurró Lola.

—    De nada, chica. Me he divertido.

—    Y yo te he conocido.

—    ¿A qué te refieres? – Ángela giró el rostro para mirar a la chiquilla que, con la cabeza gacha, le daba infinitas vueltas a su vaso vacío.

—    No lo sé exactamente – pareció decidirse. – Cuando te vi aquella noche, con mi madre, pensé que eras otra putilla más que buscaba el favor de la jefa.

—    Vaya, gracias – musitó Ángela, arrimándose más a Lola.

—    En suma como todas las mujeres que ha traído mamá a casa, salvo que tú eras la más joven de todas ellas, y eso me dejó tocada. ¡Eres casi de mi edad y mi madre iba a meterte en su cama!

—    Tranquila, Lola…

—    Sí, sí. Pero aquello me cabreó y discutí con mi madre. Me hizo pensar toda la noche. Me preguntaba si mamá era pederasta.

—    ¡No flipes, tonta! ¡Con nuestra edad, no es un crimen!

—    Ya lo sé. Es exactamente lo que me dije, pero no dejaba de fastidiarme, hasta que llegué a la conclusión que no era eso lo que me jodía, sino que me sentía celosa.

—    ¿Celosa? – esta vez, Ángela puso la mano sobre el hombro de la chiquilla, haciendo que girase la cara para mirarse. – No nos habíamos visto antes…

—    Fue algo de primera impresión, ¿sabes? – musitó, encogiéndose de hombros, los oscuros ojos clavados en los celestes de la rubia. – Me sentí celosa de mi madre, por disfrutar de tu compañía, de tu amistad. ¿Cómo podía mi madre conocer a alguien como tú? Aquella noche, la odié con todas mis fuerzas… oh, joder, odié a mi madre porque te iba a meter en su cama – y estalló en un sollozo.

—    Ssshhh… ya está, Lola, tranquila – Ángela la abrazó, dejando que apoyara la mejilla sobre su hombro. Las lágrimas mojaron su blanca piel.

—    Eres taaan bonita… iluminabas el porche con tu presencia – sollozó muy bajito. – Una vieja como mi madre no debería tener derecho a tocarte…

—    Tu madre no es vieja, cariño. Está muy bien, te lo garantizo – dijo Ángela con un tono divertido.

—    ¡Dios, cállate! No hagas que os vea a las dos juntas en mi cabeza – repuso Lola, medio riendo, medio llorando.

—    Sin embargo, me asombra que hayas aceptado la nueva sexualidad de tu madre tan pronto tras el divorcio – Ángela puso erecto el cuerpo de la chica, mirándola a los ojos.

—    Me pareció bien – dijo, encogiéndose de hombros y sorbiendo sus lágrimas. – Así no metería a otro hombre en su cama que no fuese papá.

Ángela asintió, sonriente ante la explicación.

—    El caso es que desde aquella noche, quise conocerte mejor. Me sentía intrigada.

—    ¿Intrigada? – parpadeó Ángela.

—    Sí, ya sabes, por tu juventud sobre todo. Me preguntaba si era posible que bailaras en el club, que…

—    ¿Los hombres me sobaran?

—    Sí.

—    Bueno, ahora sabes más o menos mi historia. ¿Qué piensas?

—    Yo creía otra cosa. Te hacía una animadora devora hombres, como esas chicas guarras del instituto que no le importan acostarse con quien sea con tal de conseguir salir del barrio.

—    Te entiendo.

—    Pero no eres así. Eres divertida y sensible, y muy realista, y…

—    Me vas a poner colorada – Ángela pasó su mano por los hombros de Lola, abrazándola y pegándola a su cuerpo.

—    Cuando te he escuchado hablar, esta noche, de tu vida… bueno, todo cuanto pensaba de mi madre y de sus chicas, se me ha dado la vuelta, golpeándome en la cara.

—    Siempre hay dos puntos de vista en una cuestión.

—    Sí, pero no había pensado nunca en el otro punto de vista, sólo en el mío. El de una niña pija, mimada y egoísta, dolida con su madre…

—    Al menos, es bueno que reconozcas eso. Es un primer paso – Lola asintió, apoyando la sien en el hombro de Ángela. – Por mi parte, no tengo nada en contra de ser amiga de una niña tonta y pija.

—    No te pases – susurró Lola, el rostro en sombras – pero gracias. De veras que lo necesito.

—    ¿Lo necesitas? Pero… tienes amigas.

—    No podría hablar de esto con ninguna de ellas, y dudo que fueran capaces de entender las implicaciones.

—    En eso tienes suerte de que soy muy madura – la mano de Ángela subió para secar una lágrima que pendía de su párpado inferior.

—    Por eso me siento tan bien contigo. Eres una chica de mi edad que no me juzga, que no se ríe de mis locos sentimientos. Por favor, sé mi amiga íntima, con la que pueda confesarme, con la que pueda desahogar mis penas y mis secretos más ocultos… por favor, Ángela… quiéreme – musitó Lola a su oído, de manera tan inocente y sensible que la desarmó por completo.

—    Ssshhh, cariño… lo seré, tranquila, seré lo que tu quieres – la meció, arrullándola con las palabras. – Pero tu madre no debe saber nada de todo esto, me lo tienes que prometer.

—    Te lo prometo, Ángela. No lo sabrá nunca.

—    Bien, no llores más.

—    Lloro de alegría, Ángela.

—    Deja que las limpie – susurró Ángela, atrayendo el rostro de la morenita, y, sacando la lengua, limpió lentamente los surcos dejados por las lágrimas.

Lola suspiró al notar la lengua rozar su piel. Las manos de Ángela la tomaban por las mejillas y las suyas aferraban las de la rubia por las muñecas. Se estremeció al ser consciente de lo que estaba haciendo Ángela, quien aprovechó tener la lengua tan cerca de la boca de Lola para meterla entre sus labios. Aquel nuevo contacto disparó la libido de la chiquilla, que había estado toda la noche revolucionada, y atrapó la lengua con suavidad, succionándola.

Había tenido sus escarceos de besos lésbicos con Carla, el verano pasado, en un campamento en Girona, pero no habían pasado de ahí. La lengua de Ángela tenía otro sabor y otra textura, algo más sensual y prohibido, algo deseado… sus labios eran tan suaves y dulces…No existía la urgencia en ellos, nada del afán posesivo que emanaba de los chicos. Sólo la estaba besando y se regodeaba deliciosamente en ello.

Cuando Ángela se separó y la miró a los ojos, Lola musitó solamente: “Más, por favor”. No le importaba que sus amigas y amigos las viesen, que murmurasen con lo que suponían que significaban aquellos besos, no le importaba su madre, ni su padre… Sólo quería seguir besando aquella boca de fuego que la atormentaba tan deliciosamente.

Las manos de Ángela aleteaban sobre su cuerpo, sin llegar a presionar nunca más de la cuenta. Era como un tímido hámster paseándose sobre sus brazos, sus hombros, el nacimiento del pecho, y los muslos.

Estuvieron mucho tiempo besándose y magreándose esa noche, tanto que casi todo el mundo se marchó del puerto deportivo y Carla tuvo que carraspear ante ellas para que se soltaran.

—    Edu tiene que irse ya. Nos está esperando – dijo la amiga, con las mejillas sonrosadas.

Lola miró a Ángela y se sonrieron, pensando ambas en que la próxima vez que se vieran deberían llegar un poco más lejos en su amistad.

* * * * * * * * *

10 de octubre de 2013.

Iba a ser la noche adecuada, el momento de cumplir la promesa hecha a Ginger. Era lunes y ninguna de las dos tenía que ir a trabajar, ¿qué momento mejor para una cena entre amigas y compartir el postre?

Ángela sonrió mientras salía del cuarto de baño, toda desnuda y mojada. Apenas habían dado las siete de la tarde, pero ya soportaba mucho mejor el ocaso otoñal en aquellas fechas. Ginger estaba mirando la tele y le sonrió al verla acercarse. Ágilmente, la rubia se deslizó en el sofá, a su lado. La besó en la mejilla y le hizo cosquillas.

—    ¿Qué estás viendo?

—    Cotilleos – musitó Ginger.

—    Vale, pero tienes que preparar una de tus cenas. Esta noche tenemos invitada.

—    ¿Invitada? – la miró Ginger, ceñuda.

—    Sip… te vas a comer a la hijita de tu patrona, Ginger.

—    ¿Lola viene esta noche? ¿Tan pronto? – se asombró la asiática.

—    Cuanto antes mejor. Nos vamos a dar un banquete esta noche, ya verás.

—    Bufff… ¿Cómo es posible que ella acepte en tan solo una semana?

—    Una que es buena – exclamó chasqueando los dedos ante el rostro de su compañera.

Ángela evocó el mensaje que la chiquilla le envió el domingo por la noche, justo después de salir con la pandilla. Lola intentaba que salieran de compras al día siguiente, las dos solas. Ángela aceptó pero a partir de las siete y media de la tarde. Se verían en la puerta del edificio del Corte Inglés de Sant Marti.

Se divirtieron mucho, probándose trapitos, zapatos, y devorando bombones extranjeros. Consciente de atraer a Lola, se metió con ella en los probadores, acariciándola y adulándola en numerosas ocasiones. La calentó tanto que Lola se fue chorreando a su casa. Una hora después, la llamaba por el móvil para una sesión de sexo telefónico.

El martes salieron a pasear al atardecer por el paseo marítimo de la Barceloneta, cogidas de la mano, como si fuesen novias. Llegaron caminando hasta los jardines de Dolores Aleu, donde se besaron largamente bajo los frondosos árboles. Ángela le metió la mano bajo la falda, de pie las dos y apoyadas contra un grueso tronco, mientras se besaban desesperadamente. Lola se dejó ir en tan sólo un minuto, cerrando con fuerza sus muslos y gimiendo como un cachorrito.

El miércoles fueron al cine, a ver la última producción catalana, “Barcelona noche de verano”. La película era infumable y Ángela consiguió, con tiernas palabras, que la chiquilla le bajara los tirantes de la blusa y dejara sus pechitos al aire, volcándose en ellos como una gata hambrienta. Finalmente, se divirtieron masturbándose lánguidamente, la una a la otra en la oscuridad, aprovechando la escasez de público.

El jueves, Lola la llamó en cuanto su madre se marchó al club. Ángela estaba esperando la llamada en el mismo tejado de la casa de Olivia. Lola la llevó a su dormitorio, en donde se dejó desnudar y recostar en su cama. Ángela se alimentó de ella, suavemente, vertiendo palabras de control en ella mientras calmaba su ardor con su boca. Estuvieron amándose casi cuatro horas, y cuando Ángela se marchó, la chiquilla dormía, totalmente agotada.

El fin de semana no se vieron, debido al trabajo de Ángela, pero sí hablaron por teléfono, y la bailarina aprovechó para invitarla a cenar en casa, el lunes. Durante todo el fin de semana estuvo hablándole de Ginger y de cuanto le apetecía conocerla. Lola era ciertamente reticente en hacerlo, ya que conocía la faceta de amante de la tailandesa, pero Ángela insistió tanto…

Ginger miró el perfil de su compañera de piso. Parecía perdida en sus pensamientos. Estaba segura de que había algo en ella que estaba cambiando su serenidad mental, algo que lentamente se enquistaba en Ginger. Antes de conocerla no hubiera aceptado jamás una proposición así. Depravar a una jovencita no estaba en su naturaleza, pero, en aquel momento, temblaba de deseo morboso por disponer de la hija de su jefa, y más tras escuchar de boca de Ángela, cuanto había hecho con ella y lo que pensaba aún hacer.

“Será mi primer trío con Ángela,” se dijo, tomando la mano de la rubia.

Lola sentía sus rodillas temblorosas cuando llamó a la puerta del apartamento de las bailarinas con los nudillos. Tragó saliva e intentó serenarse, al mismo tiempo que se abría la puerta. Ángela y Ginger aparecieron, sonrientes, y vestidas con unos cortos vestidos de suave raso que dejaban poco a la imaginación. El de Ginger era color limón, el de Ángela cereza. Lola dio gracias a Dios por haber pasado media tarde poniéndose guapa; lo último que hubiera querido era desentonar. Su vestido era un poco más somero, pero juvenil con una buena raja por detrás.

—    ¡Lola! ¡Qué guapa vienes! – la saludó Ángela, besando sus mejillas

—    Gracias. Traigo vino – dijo, mostrando la botella de tinto riojano en alto.

—    Trae, la pondré en hielo – le dijo Ginger, sonriendo. Al mismo tiempo, la besó húmedamente en la comisura de la boca, lo que puso a Lola aún más nerviosa.

Ángela le mostró el coqueto y pequeño apartamento que las chicas compartían, y le contó que era un cine reconvertido. Ginger, por su parte, estaba llenando la mesa del comedor/ sala/ cocina, con diversos platos de maravillosos entrantes.

—    ¿Qué es esto? – Lola señaló con el índice lo que parecía un diminuto nido de hojas sobre una tostadita untada de crema azulona.

—    Nidos de espinaca y rúcula, con taquitos de bacón frito y piñones asados, sobre crema parmesana irisada – puntualizó Ginger, contenta de despertar el interés de la chiquilla.

—    ¿Cocinas tú?

—    Ginger es toda una artista. Podría ganarse la vida en una cocina – aclaró Ángela.

—    Pero tendría que estar todo día cocinando y eso no gusta – arrugó Ginger su naricita. – Prueba, prueba…

Lola se llevó uno de los canapés a la boca, más por hacerle el gusto que por ser amante de las verduras. Sin embargo, el especial sabor se fundió en su boca, dejándola asombrada de lo bueno que era. Las dos bailarinas se rieron al ver la expresión de su rostro.

—    Sentaros, voy a abrir el vino – indicó la rubia.

Mientras, Ginger condicionó a su invitada a probar otros canapés distintos. A la chiquilla le encantó uno que parecía una albóndiga, pero rellena de arroz frito, carne de cangrejo, y emborrizada en miel. Ángela regresó con el vino en hielo y copas en la mano libre. Sirvió una generosa cantidad a cada una y se sentó.

—    Hay que brindar por este primer encuentro – dijo, levantando su copa. Las demás la imitaron. — ¡Por nosotras!

Cenaron, picoteando de muchos platos, entre alegre conversación. Lola se enteró de muchas cosas de la vida cotidiana de las bailarinas, y Ginger se centró en sacar a la luz las ocultas emociones de la chiquilla. Ángela las miraba a las dos, sonriendo. De vez en cuando, aferraba la mano de Ginger y la palmeaba, para cambiarla por la de Lola, a los pocos minutos. De esta forma, conseguía mantener el equilibrio emocional entre todas, a la par de hacer más íntimo el ambiente.

En un momento dado, Ángela se inclinó hasta quedar a centímetros de la roja boca de Lola. Los intensos y azules ojos de la rubia atraparon la mirada de la jovencita.

—    ¿A qué era cierto lo que te había dicho de mi compañera? – le preguntó suavemente.

—    Sí, es muy simpática y divertida – asintió Lola, atrapada por el brillo de las pupilas de Ángela.

—    Y muy hermosa, ¿verdad? – insistió ésta.

—    Sí que lo es. Muy hermosa – Lola desvió la mirada para recorrer la figura sentada de la tailandesa, quien se estremeció de deleite.

La oscura alma de Ángela despertó de su letargo, atraída por el creciente deseo en la carne de su ancla. Como una bestia famélica, se relamió las etéreas fauces y esperó acontecimientos para alimentarse y fortalecerse. Últimamente, había estado a pan y agua, mientras Ángela llevaba una vida rutinaria. Tan sólo aquellos crímenes de la azotea habían servido de algo…

—    Sí, es muy hermosa – repitió Ángela. – ¿Te importa que la bese, Lola?

—    N-no… no – balbuceó la morenita, confusa por el giro de la conversación.

Ángela se inclinó hacia la asiática y sacando su lengua sensualmente, dejó que Ginger la succionara lentamente, hasta profundizar más y convertir ese acto en todo un beso francés. Las mejillas de Lola se llenaron de rubor, pero no pudo apartar la vista de aquella escena. Ni siquiera las manos de las chicas se tocaron, tan sólo sus labios pintados maravillosamente.

—    ¿Y tú, cariño? ¿Quieres besarme de esa manera? – le propuso Ángela, con una voz tentadora, una vez que se separó de Ginger. No pudo más que encogerse de hombros, aturdida.

La fina nariz de Ángela ya estaba casi contra la suya cuando volvió a preguntarle y, en esta ocasión, aspiró el cálido aliento de la rubia.

—    ¿Te atreves a hacerlo? ¿Por mí?

Atrapó los labios de Ángela con pasión, mordiéndolos suavemente. Internó su lengua con decisión, acariciando el afilado borde de los níveos paletones de la rubia y contactando con la esponjosa y gruesa lengua; una lengua que la volvía loca cada vez que la tocaba. ¿Cómo podía ser tan adictiva una lengua? La idea pasó por su cabeza fugazmente, como un ramalazo de energía que acabó disipándose contra la poderosa ola que se encrespaba debida a su creciente lujuria.

Escuchó a Ginger aplaudir por aquel beso y cuando abrió los ojos, Ángela sostenía la nuca de su compañera de piso, colocando su rostro junto a los suyos. Lola sintió los dedos de la rubia tomarla de la parte posterior de su cuello y, suavemente, unir su boca a la de la tailandesa.

—    Ahora vosotras – musitó Ángela.

El lápiz de labios de Ginger sabía a manzana y su aliento era muy fresco. Lola dejó que la tailandesa tomara la iniciativa. Los efímeros reparos que la chiquilla esgrimía a su llegada, se desvanecieron como humo en el viento. La lengua de Ginger no se parecía en absoluto a la de Ángela, pero su beso fue muy tierno y respetuoso dentro de sus implicaciones. Ginger se retiró con un suave mordisco en el labio inferior de la chiquilla.

Ángela casi no le dio tiempo para pensar, ya que tomó el relevo, atormentándola con su experta boca. Dejó a Lola sin aliento, jadeando con los ojos cerrados, al retirarse. Ginger la dejó tomar aire durante unos cuantos segundos, antes de sumergirse en un nuevo beso, esta vez mucho más largo.

Ángela, Ginger. Una boca y otra, sin descanso, alternándose para entremezclar saliva, para devorar su interior, para aspirar su vital aliento como exóticas lampreas. Tan sólo podía gemir y suspirar al mismo tiempo que enroscaba su lengua con una y otra, hasta que las dos se volcaron en su boca, al mismo tiempo.

Las manos de sus anfitrionas se posaron sobre sus muslos, una sobre cada pierna, mientras que los labios de las tres se unían en la cúspide; las lenguas surgieron buscando el múltiple contacto, húmedas y ansiosas. Lola gimió al entreabrir los párpados y obtener una fugaz visión de aquellos rosados apéndices con vida propia. Era lo más excitante que jamás hubiera visto o hecho.

No fue apenas consciente de cuando la dejaron desnuda. Aquellas manos parecían mágicas y los besos la volvían desmemoriada. Mientras una la besaba, la otra la desnudaba, y ella sólo podía abrirse y entregarse, como una flor ante dos empecinadas abejas.

Se retorcía y gemía; su pelvis se contraía y se quejaba obscenamente sin ningún pudor, sometida por las voluptuosas caricias que no cesaba de experimentar. La rubia y la asiática se habían convertido en dos sensuales serpientes que la rodeaban con brazos y piernas, que la asfixiaban con sus lenguas y senos. Lola no sabía ya a quien besaba o acariciaba, ni quien de las dos estaba apegada a sus tiernos pechos, o cual buceaba entre sus piernas. Todo era una sucesión de sensaciones, unas más intensas que otras, que dimanaban de expertas caricias que nunca pudo imaginar antes. Saltaba de una a otra, se estremecía con todas ellas, y chillaba cuando no podía soportarlo más, corriéndose con estremecidos lamentos.

Casi podría decirse que empalmaba todas esos goces, transformándolos en una única y larga agonía que sus amantes sabían mantener en suspenso. Llorando de placer y realmente agotada, Lola puso su mano en la frente de quien estuviese bebiendo de su encharcada vagina y musitó:

—    Parad… por favor… un minuto de pausa…

Y los dulces calambres de pasión se detuvieron. Solo quedó su jadeante respiración que intentaba recuperar la normalidad. Su sexo ardía en pulsantes ráfagas, que ninguna sesión de masturbación había podido crear antes. Abrió los ojos y contempló a Ginger y Ángela, de rodillas ante ella, besándose. Lola sonrió de forma bobalicona. Esas fieras seguían y seguían, nada las colmaba…

—    Ven, Lola, ayúdame… esta jodida tailandesa está que arde… tendremos que usar a Oscar – le dijo Ángela, alargando una mano para levantarla.

Fue entonces, al ponerse en pie, que Lola se dio cuenta que aún llevaba puesta la camisetita de tirantes que usaba de ropa interior, sólo que estaba arrugada y remangada por encima de sus enrojecidos pechitos. No le importó, ni hizo gesto de quitársela o bajarla. Ángela mantenía a Ginger de cara contra la mesa, una rodilla apoyada sobre una de las sillas. El delicioso trasero de la tailandesa estaba expuesto y ella no dejaba de rotarlo, intentando ver lo que Ángela pensaba hacer por encima de uno de sus hombros.

La rubia esgrimía un largo consolador de rosado látex, con el que punteaba la vagina de la tailandesa, arrancándole grititos de júbilo. Miró a Lola que se acercaba y señaló uno de los canapés con el consolador. La chiquilla, aún sin comprender, se lo alargó. Rápidamente, Ángela restregó la punta del falso pene en la suave crema de queso y, sin más dilación, enterró el aparato en la vagina asiática.

Ginger gruñó al sentirse clavada, pero estaba acostumbrada a estos trances y estaba más que lubricada para hacerle frente. Cerró los ojos y se apoyó mejor con sus manos sobre la mesa, alzando su trasero. Ángela se arrodilló, la barbilla posada sobre una de las nalgas de Ginger, mirando muy de cerca cómo el consolador se abría paso entre las carnes íntimas de su compañera. Se mordía el labio inferior, en un sensual mohín, cada vez que el látex entraba y salía lentamente. Al otro lado de Ginger, Lola, en pie, abría con una mano el cachete de la asiática. Sus ojos también estaban clavados en la acción del consolador y, sin ser consciente de ello, susurraba algo incesantemente.

—    Más hondo, Ángela… méteselo más…

Pero Ángela sí la escuchaba por lo que acabó dejando el consolador enterrado y apartó la mano, mirando a los ojos de Lola. Ésta no necesitó que le dijeran nada más. Alargó su otra mano y aferró el aparato sexual. Los dedos de su otra mano abrieron aún más las nalgas, y pisándose la lengua con los dientes, sacó y hundió el consolador con fuerza. Ginger culeó y se quejó ardientemente, haciéndole saber que estaba dispuesta a correrse en cuanto siguiera así.

—    Este encuentro merece acabar en la cama, ¿no? – se rió Ángela.

Ginger la miró, con la barbilla sobre su hombro, los ojos turbios de deseo. Sólo gruñó, quizás asintiendo. Lola dejó de empujar el consolador al interior de la vagina de Ginger y la miró de una forma adorable, el rostro arrebolado. Asintió en silencio.

—    ¡Vamos, vamos! – exclamó Ángela, azotándolas ligeramente en las nalgas con la mano. Las chicas salieron corriendo hacia el dormitorio más cercano, el de Ginger, soltando grititos.

Ginger quedó de bruces sobre el colchón, los codos afianzados, las manos unidas, las nalgas alzadas, esperando.

—    Fóllala fuerte – le dijo Ángela a Lola. – Se correrá enseguida.

La chiquilla parecía estar esperando aquellas palabras. Tomó de nuevo el control del consolador e inició un ritmo fuerte y rápido. Ginger empezó a gemir y pronto a aullar, con las caderas estremeciéndose, intentando seguir el ritmo al que estaba sometida. Por su parte, Ángela se arrodilló a un costado de su compañera, atrapando con una mano un oscuro pezón tan rígido que parecía falso. Lo retorció con tal fuerza que Ginger empezó a retorcerse y gritar, alcanzada por uno de esos tremendos orgasmos que Ángela sabía extraerle de lo más interno de su cuerpo.

Lola intentaba seguir con el ritmo, pero las sacudidas de la pelvis de la asiática lo hacían imposible. Maravillada, contemplaba aquella demostración de placer intenso que la hacía envidiarla involuntariamente. Cuando Ginger cayó de bruces sobre el colchón, Ángela se inclinó para acariciar el oscuro y sedoso cabello de su compañera, mientras los estertores placenteros remitían.

—    Lola, ¿eres virgen? – le preguntó suavemente Ángela.

—    Sí – asintió la chiquilla, esta vez sin trazas de vergüenza.

—    ¿Quieres que sea yo la que te desflore?

No tuvo que pensarlo mucho. Sería todo un honor que Ángela la partiese el himen. Ángela salió del dormitorio rápidamente y regresó en un minuto.

—    Compré esto pensando en esta posibilidad – dijo, enseñando lo que traía entre las manos.

Era un largo pene de dos cabezas, mucho más flexible que Oscar, de unos veinticinco centímetros de largo. Era de un tono muy realista, así como los glandes y prepucios. Lola se quedó alucinada, sin atinar a qué contestar cuando Ángela se tumbó en la cama.

Ginger se puso de rodillas, tomando el juguete de flexible silicona. Lamió y chupó una de sus cabezas y, cuando estuvo satisfecha, se inclinó sobre su compañera, que ya se había abierto completamente de piernas, mostrando su sexo totalmente imberbe. Un extremo del juguete desapareció lentamente en aquel coñito estrecho y sonrosado, haciéndola gemir. Lola aún seguía arrodillada en un extremo de la cama, mirando atónita.

—    Ponte frente a mí, de la misma forma que yo – susurró la rubia, haciéndola reaccionar.

Lola se abrió de piernas, las plantas de sus pies casi rozando las de Ángela. Ésta no pudo dejar de mirar el vello corto del pubis de la morenita. La próxima vez se lo iba a rapar ella misma, se dijo.

Ginger mantenía la cabeza inclinada, chupando la otra cabeza del consolador doble. Alzó la mirada, contemplando a Lola, que estaba un poco temblorosa. Sonrió al sacarse el glande de la boca y pasar su lengua exageradamente sobre él.

—    ¿Preparada? – le preguntó y Lola asintió, con una forzada sonrisa.

Dejó el consolador en la mano de Ángela, quien se acercó más a Lola, arrastrando las nalgas por el colchón. Colocó el glande contra los labios vaginales de la morena y la sonrió tiernamente.

—    Como si fuera tu novio – musitó.

—    Sí – asintió con una sonrisa más confiada Lola.

Impidiendo que el flexible material se doblase, Ángela empujó el dildo lentamente, hasta topar con la resistencia del himen. Las dos chicas se miraban a los ojos, Ángela sujetaba a Lola por uno de sus muslos, las piernas a punto de cruzarse como una tijera. Al primer empujón fuerte de la pelvis de Ángela, el largo pene se introdujo en la vagina de la chiquilla, sin apenas esfuerzo. El himen debía de estar medio rasgado o ser bastante débil, ya que Lola apenas notó algo rasgarse en su interior, casi sin dolor. De repente, sintió su vagina llena, repleta de un cuerpo suave que la colmaba de una forma nunca experimentada.

Notaba la mirada de Ángela sobre ella, atenta a sus expresiones, preparada para retirarse al mínimo gesto de contrariedad. Lola le devolvió la mirada, más entrecerrada por lo que estaba sintiendo, pero le sonrió.

—    Joder, Ángela, ¡qué morbo! ¡Me estás… follando! – jadeó.

—    Ah, putita… y yo que creía que te estaba haciendo daño – susurró Ángela, antes de dar otro puyazo con su pelvis para acabar de meter el consolador hasta el fondo.

Lola se quedó sin voz cuando el glande de silicona tocó su cerviz. Se mordió el labio y agitó sus caderas, adecuando su interior al tamaño del consolador. Sus ojos brillaban, enfebrecidos y se aferró a una pierna de su amante. No le costó nada adaptarse al ritmo que Ángela mantenía, empujando con las caderas para introducir el consolador, contrayendo la pelvis para sacarlo. Ambas tenían las bocas entreabiertas, jadeando, dejando escapar tiernos gemiditos que estaban poniendo a Ginger como una moto.

Ésta, arrodillada a su lado, restregaba la punta de los dedos sobre su inflamado clítoris, sin perder ni un detalle de la contienda de pelvis. Con una súbita inspiración, llevó una mano al pecho de las chicas, pellizcando duramente los erguidos pezones. Las hizo gemir más fuerte y sólo entonces volvió a acariciarse su coñito.

—    Ya eres una… mujer – susurró Ángela. — ¿Vas a ser nuestra mujer? ¿Nuestra putita? – la mano de la rubia salió disparada, aferrando la cabellera castaña de Lola con fuerza, tironeando de su cabeza.

Ginger sonrió. Ángela cumplía lo que prometía.

—    ¡Aaaahh! ¿De las dos? – Lola hizo un puchero junto con la pregunta.

—    ¡Por supuesto! ¡De las dos o de ninguna!

—    Sí – musitó.

—    ¡Más fuerte!

—    ¡Sí, sí, seré vuestra putita! ¡Oh, Dios… qué gusto! – Lola cerró los ojos al empujar fuertemente con la cadera.

—    Bien, porque te vamos a follar muchos días, la una y la otra, hasta que desfallezcas, y puede que hasta que te entreguemos a alguna compañera necesitada, putita…

Lola se corrió bestialmente al escuchar aquella amenaza. Aún no estaba segura de nada, pero pensó que posiblemente era lo que necesitaba, trato duro. Si su madre la hubiera castigado en su momento, quizás nada de esto estuviera pasando.

¡Gracias, mamá!, expresó mentalmente, agitando locamente las caderas en busca de un nuevo orgasmo.

CONTINUARÁ…

* Título de un tema de Cicatriz.

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