ALEX BLAME

 

Un hermano y cien hermanas 

El convento era  un  edificio cuadrado, de piedra y madera, con el techo de pizarra y un tamaño comparable al de la ciudadela de la villa, rodeado de tierras de labor. Por el lado izquierdo corría un pequeño arroyo que desembocaba en el río unas decenas de metros más abajo. En el lado norte destacaba un modesto campanario de piedra mientras que  la fachada, orientada hacia el sur, parecía la zona dedicada a la vida diaria. En ella estaban la mayoría de las ventanas, pequeñas y profundas,  cubiertas por gruesas cortinas y celosías de hierro que las protegían de miradas curiosas.

Después de admirar el edificio unos minutos, me acerqué a la puerta y tiré de la campanilla. La puerta se abrió y una adolescente que llevaba un hábito sencillo y de color gris claro, me abrió la puerta y con un gesto me invitó a entrar. Yo la saludé, pero ella me ignoró y se limitó a girarse guiándome por un corto pasillo hasta un claustro interior.

Lo atravesamos en silencio, rodeados por el perfume de las rosas y el zumbido de las abejas. Yo caminaba aparentando desinterés, pero observando cada uno de los capiteles del claustro primorosamente decorados.

Tras entrar de nuevo en el edificio, la novicia me guio por unas escaleras hasta el primer piso, donde me esperaba la abadesa.

—Gracias, María, puedes retirarte. —dijo la abadesa despidiendo a la jovencita e invitándome a entrar en su despacho— Disculpa a María, pero parte de su instrucción consiste en el voto de silencio, por eso no ha podido saludarte.

El despacho de la abadesa era sencillo. Unas estanterías que hacían las veces de archivo, un pesado baúl de madera de castaño donde debía guardar los documentos importantes, una mesa de madera solida y una silla para ella, así como dos butacones de aspecto un poco más cómodo para los visitantes, eran los únicos muebles que ocupaban la estancia.

Mientras me sentaba en uno de los sillones, aproveché para echar un rápido vistazo a la abadesa. El habito oscuro y voluminoso, perfectamente limpio y planchado disimulaba sus curvas, pero no su altura y la esbeltez de su cuerpo. En un mundo donde la medía de altura de las mujeres superaba por poco el metro y medio, su metro setenta hacía que destacase en cualquier parte.

Nunca he sabido calcular muy bien la edad de las mujeres, pero por la ausencia de arrugas y la forma desenvuelta en la que se movía, no debía de tener mucho más de treinta años. Su cara era un poco alargada en consonancia con el resto de su cuerpo, pero lo que más llamaba la atención de ella eran sus ojos grandes y grises enmarcados por unas pestañas largas y rizadas. No me podía explicar como aquella mujer tan hermosa y por sus ademanes, de noble cuna, había acabado allí y no en la cama de algún cabrón analfabeto.

La abadesa percibió mi curiosidad e hizo un gesto de disgusto frunciendo el ceño y arrugando la nariz fina y afilada.

Carraspeando, aparté un poco avergonzado la mirada de aquellos labios finos  y aquel cutis pálido y terso, fijándola en la pequeña ventana por la que se veía un pedazo de cielo limpio y azul.

—Gracias por acogerme, Reverenda Madre. —dije yo recordando de una película el tratamiento adecuado para la abadesa— Se que el párroco la ha avisado con poco tiempo. Espero no ser una carga para vosotras.

—¡Oh! No diga tonterías, hermano. —dijo la abadesa relajándose un poco al ver que no me mostraba autoritario— Está en su casa, hermano Ortuño y por favor con madre Sara o madre es suficiente, aquí todas somos bastante informales. Ya hemos preparado una habitación en el tercer piso, espero que sea de su agrado.

—Seguro que lo será. Y por favor trátame de tú. En realidad me conformo con una cama, un escritorio y una silla. La verdad es que me sentía un poco asfixiado en la casa del padre Daniel con todos aquellos tapices y cortinajes…

—… Y esa ama de llaves joven y rolliza. —me interrumpió la abadesa con rostro serio, dando a entender que tenía conocimiento de los manejos del señor cura.

Yo me limité a asentir, pero no dije nada, dándole a entender a la mujer que no estaba allí para perseguir pequeños pecadillos de la clase eclesiástica. Conteniendo las ganas de esparrancarme en el cómodo sillón y cruzar las piernas sondeé a la abadesa intentando obtener un poco de información.

—Supongo que sabe por qué estoy aquí.

—Desde luego, hermano. Este no es un convento de clausura. Mis hermanas se mueven por los alrededores con relativa libertad y están al tanto de las noticias del pueblo y no creo que un inquisidor se desplace varios cientos de kilómetros, solo para ver el nuevo retablo de la iglesia.

—Tiene razón, madre Sara, ha sido una pregunta tonta. Pero necesito saber qué opina del caso. Como inquisidor, mi misión es conocer la verdad y por lo poco que he hablado con usted me parece una de las personas más cabales de esta villa.

La mujer enarcó sus finas cejas castañas y tensó los músculos de la cara evitando una sonrisa de complacencia. Era evidente que se consideraba una persona inteligente y que un hombre lo reconociese debía de ser una agradable sorpresa en aquel mundo machista.

—Pos supuesto todo lo que diga, madre, quedará entre nosotros.

La abadesa pareció dudar un instante, pero al fin se decidió a hablar:

—Para serte sincera, no sé qué pensar. No hace falta que le diga que este mundo no está hecho para que una mujer viva sola. Úrsula es una curandera muy hábil y hasta yo en alguna ocasión he recurrido a ella. Mi boticaria a aprendido muchos de sus remedios de ella y no he atisbado ningún tipo de encantamiento ni conjuro en ellos, solo hierbas y minerales sabiamente aplicados. La acusación de que se dedica a la brujería me parece más bien fruto de la envidia y el odio, otra cosa es que haya ayudado a las mujeres a abortar. No tengo pruebas, pero  si de veras buscas la verdad, tendrás bastante trabajo para desenredarla de una maraña de mentiras.

—Entiendo.  Como inquisidor, mi primera responsabilidad es buscar la verdad y no he recorrido doscientas leguas para tratar este caso a la ligera. —repliqué yo sin ninguna intención de cumplir mi promesa.

La abadesa asintió aparentemente satisfecha y tras desearme suerte en mis investigaciones me despidió y llamó con una campana a la misma novicia que me había recibido en la entrada para que me guiase hasta mi celda.

Al igual que el despacho de la abadesa, la celda era espartana, pero los muebles eran sólidos y la cama era sorprendentemente cómoda. El pequeño ventanuco, orientado hacia el sur, permitía entrar la luz del sol y proporcionaba una bonita vista de la villa y las montañas que rodeaban el valle.

Apenas pude depositar la bolsa de cuero sobre la cama cuando una monja regordeta y sonriente llamó a la puerta para avisarme de que el almuerzo estaba servido.  La seguí escaleras abajo hasta un amplio refectorio, donde se estaban reuniendo las monjas para comer. La hermana Jacoba me contó que no veía el convento tan revuelto desde la visita del obispo, hacía un par de años, así que cuando entré en la sala, me sentí como una estrella de rock, con cincuenta pares de ojos grandes y femeninos fijos en mí.

Declinando la invitación que me hizo la abadesa para que ocupase el lugar de honor, me senté a su izquierda entre ella y la parlanchina hermana Jacoba.

Estaba realmente hambriento. Cuando pusieron las bandejas con pan estuve a punto de abalanzarme sobre él cuando la abadesa se inclinó y comenzó a bendecir la mesa.

La madre terminó la oración y dos monjas se acercaron con unos enormes peroles mientras otra hundía un cazo en ellos y llenaba los cuencos que teníamos delante con una espesa sopa de verduras. La mujer que se encargaba de servir, una joven de apenas veinte años, un poco entradita en carnes, pero realmente bonita, rebuscó en el perol y con una sonrisa coqueta y fugaz, me sirvió una generosa ración que incluía un bonito pedazo de tocino.

Mientras esperaba que todas estuviesen servidas, contuve los gruñidos de mi estómago y observé desde la mesa de la abadesa un poco por encima del nivel del resto del comedor.

La monja que se había encargado de servir se sentó y me lanzó otra rápida mirada que no tenía nada de casta. Era consciente de que en aquella época mucha gente optaba por la iglesia para huir del hambre y aquel convento no era una excepción. Entre todas aquellas monjas había mujeres guapas y feas, gordas y flacas, ricas y pobres y también las había que creían en Dios y en su misión en aquel lugar y otras que solo creían en una panza llena.

Sorbí con tranquilidad el delicioso caldo a base de verduras con algún que otro tropezón de tocino, sintiendo las miradas de respeto, temor y lujuria de las distintas mujeres que ocupaban el refectorio.

Cuando terminaron de servir, una de las monjas se colocó ante un atril y abriendo la biblia comenzó a leer uno de los pasajes del libro de Isaías mientras el resto comíamos en silencio.

Tras el caldo comimos una manzana y la abadesa dio permiso a sus acólitas para que fuese cada una a sus quehaceres. Yo me retiré a mi celda a estudiar el Malleus, intentando prepararme lo mejor posible para el trago que me esperaba.

La verdad es que la idea del informe había resultado genial, me daba tiempo suficiente para estudiar el libro, ya que como muy pronto no creía que el cura lograse terminarlo  antes de esa noche y entre recibirlo y estudiarlo no tendría que visitar a la rea hasta el día siguiente a última hora o incluso más tarde.

El resto de la tarde transcurrió tan rápidamente que apenas me di cuenta hasta que tocaron a Vísperas. Yo tenía una vaga idea de las costumbres de un convento, solo sabía que se acudía a la iglesia a rezar varias veces al día, así que cerré el libro y acudí al templo esperando no meter la pata.

La capilla era pequeña y coqueta y cuando entré, la abadesa estaba dirigiendo los rezos vespertinos. La mujer me miró sin saber muy bien qué hacer, pero yo me limité a arrodillarme  en uno de los bancos, con el rosario del verdadero inquisidor entre los dedos y seguir los rezos, simulando que recitaba el rosario.

Cuando terminó el servicio, nos dirigimos al refectorio para cenar. La abadesa se me acercó y mientras nos sentábamos a la mesa le dije que mi intención era dedicarme a la investigación y que me gustaría que me avisasen solo para los servicios más importantes.

Aquella noche la pasé en blanco, leyendo el libro de Ortuño. Era escalofriante. ¿A qué mente enferma se le podía ocurrir aquella sarta de tenebrosas idioteces?

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