ALEX BLAME

 

Inquisidor

Desperté tan congelado como me había acostado. En cuanto el primer hilo de luz se coló por el postigo de la ventana, la abrí de par en par, deseando que la el sol penetrase en la habitación caldeándola. Me asomé a la ventana y miré al cielo. Milagrosamente estaba totalmente despejado. Las hojas de los arboles brillaban y goteaban deslumbrándome, pero lo que más me asombró fue la ausencia de ruidos. Ni tráfico, ni aviones creando estelas en el cielo  más azul, limpio y brillante que había visto en mi vida.

Deseaba salir a dar un paseo, pero Luzdivina aun no me había devuelto la ropa, así que sin nada que hacer, cogí la bolsa de cuero y curioseé en su interior.

El mendrugo de pan y el cacho de queso seguían allí, engrasando las tapas de aquel libro. Con curiosidad lo examiné. Estaba encuadernado en vitela y sus páginas eran de pergamino. Su interior estaba escrito a mano, en latín, con una caligrafía cuidadosa, pero sin florituras.

Lo abrí por la primera página. El título Malleus Maleficarum, no me dijo mucho, pero tras leer medio capítulo, entendí. No supe si cagarme de miedo o admirarme de mi buena suerte. Al parecer aquello era una especie de manual del inquisidor. Cuando Luzdivina llamó suavemente a mi puerta, casi no me di cuenta de lo concentrado que estaba en la lectura.

Desde el otro lado de la puerta, la ama de llaves me comunicó que la ropa estaba limpia y seca y el desayuno estaba servido. Esperé unos segundos para dar tiempo a la mujer a retirarse y con un gesto rápido, cogí la ropa del otro lado de la puerta y me vestí.

El desayuno me estaba esperando. Rehuí la leche fresca imaginando a un tipo parecido al boyero que me había traído hasta allí, ordeñando a una vaca mientras se rascaba el trasero y me concentré en el montón de deliciosas torrijas con miel y la cerveza. El señor cura ya se había ido, y me había dejado recado de que fuese a verle a la iglesia cuando me viniese bien.

Suponía que querría echarme de aquellos aposentos relativamente confortables para colocarme en la celda de un convento, probablemente bastante más incómoda. La verdad es que estaba bastante cabreado, así que, cuando se acercó Luzdivina para traerme un trozo de queso y una manzana, decidí vengarme.

—Gracias, hermana, un desayuno delicioso. Y también gracias por esto. —dije señalándome el hábito.

—¡Oh, no es nada!

— Supongo que no habrá sido fácil quitar las manchas de sangre. La verdad es que no siempre es sencillo descubrir a los mentirosos y a los pecadores. —dije mirando a la mujer a los ojos— No es un trabajo placentero, pero es la obra de Dios.

Con placer observé cono la mujer evadía mi mirada y recogía la mesa con manos temblorosas. A continuación, me despedí educadamente y decidí dar un paseo para hacerme una idea del lugar antes de encontrarme con el padre Daniel.

El día era tan espléndido como asquerosa había sido la tarde anterior. El cielo estaba casi totalmente despejado y el horizonte era de un azul tan limpio que me parecía haber cambiado de planeta. El suelo aun estaba un poco fangoso, pero si tenía cuidado podía evitar mojarme los pies. La iglesia y la casa del cura estaban en el centro del pueblo, en la parte más alta de la población, libres de los hedores típicos de un lugar en el que el alcantarillado brillaba por su ausencia y  en  el lado oeste de una plaza del tamaño de un campo de fútbol. En el lado contrario estaba la ciudadela, ocupando todo el lateral de la plaza, era un edificio de piedra más grande, de muros más gruesos  y con una torre casi tan alta como el campanario de la iglesia. La entrada estaba protegida por un rastrillo y  a cada lado  dos hombres armados con alabardas hacían guardia con aire más bien aburrido. El resto estaba ocupado por casas de madera de los artesanos, más o menos grandes y bonitas de las que colgaban letreros que indicaban los negocios que albergaban.

Aquel no era día de mercado y la plaza estaba bastante tranquila. Apenas un par de chicos jugando al pilla pilla alrededor de la fuente que dominaba el centro de la plaza. Me dirigí a uno de los extremos de la plaza y salí por una pequeña calle lateral que bajaba hacia la muralla que rodeaba la villa. A medida que me alejaba, siguiendo el tortuoso trayecto de la calle, las casas se hacían cada vez más modestas, la calle más sucia y el olor menos soportable.

Tras unos cinco minutos de paseo, me encontré frente a la puerta sur de la ciudad. Saludando al guardia que la vigilaba, salí fuera de la muralla y dejando atrás las últimas chabolas, respiré por fin un poco de aire  puro.

El valle era realmente hermoso, rodeado de picos altos y escarpados y con un río ancho y caudaloso alimentado por la abundante nieve que aun se veía en lo más alto de las montañas.

A la orilla del río, todo el terreno estaba ocupado por tierras de labor mientras que a medida que el terreno se empinaba y se hacía más abrupto, las ovejas y las cabras se disputaban las briznas de hierba que crecían entre las rocas.

Caminé un poco más, disfrutando del sol que calentaba mis articulaciones y cuando llegué a un recodo de la vereda encontré una cabaña, rodeada de un prado, donde media docena de ovejas pastaban tranquilamente. Me acerqué a la valla picado por la curiosidad y observé el edificio. Era pequeño, pero se notaba que estaba bien cuidado. No había detritus a la puerta ni debajo de las ventanas y todo a su alrededor estaba pulcramente colocado.

Tanto la puerta como las contraventanas estaban cerradas a cal y canto así que me imaginé que sería la casa de la bruja. Iba a abrir la puerta de la valla  y entrar a curiosear cuando una especie de san bernardo del tamaño de una excavadora se acercó corriendo y ladrando estrepitosamente. Convencido de aquel chucho no me quería demasiado bien, me di la vuelta y deshice el camino.

Cuando llegué a la plaza era casi mediodía, la campana de la iglesia estaba repicando y me uní a los parroquianos que se dirigían a misa. Me coloqué en uno de los últimos bancos, arropado por la penumbra y fingí estar en profunda meditación mientras observaba al cura decir misa tratando de memorizar todo lo que decía y hacía. Esperaba no tener que verme obligado a pronunciar una, pero por si acaso quería estar preparado.

Era evidente que era un día de diario, así que la ceremonia no duro mucho. En apenas veinte minutos los feligreses desfilaron camino de sus respectivos quehaceres. Yo me adelanté por el pasillo central y tras arrodíllame un par de segundos ante una tosca figura de Cristo crucificado,  me reuní con el cura en el altar.

—Buenos días, querido amigo. ¿Has descansado?

—Desde luego, padre. He dormido como un lirón.  —respondí con una sonrisa.

—Estupendo porque tenemos asuntos que tratar. —me dijo el párroco llevándome a la sacristía. Por cierto, no sabía que estaba en la iglesia, de lo contrario le hubiese invitado a decir misa a mi lado.

—¡Oh! No, por favor. —dije disimulando un escalofrío— Hace tanto tiempo que no lo hago que dudo que me acuerde y lo que menos quiero es interferir en su trabajo. Los ciudadanos tienden a temer a las personas que se dedican a un trabajo como el mío y desconfían de las personas de nuestra… profesión.

El cura se acercó a un armarito, sacó dos copas y sirvió en ellas dos generosas medidas de vino blanco.

—Esta mañana he hablado con la abadesa. Hay un  convento  a poco más de una milla de la villa, es un lugar perfecto. Silencioso y tranquilo, para que puedas realizar tu trabajo sin interrupciones. Las monjas se ocuparan de todas tus necesidades, hermano. Más tarde yo mismo te guiaré hasta allí.

—Gracias, estaba a punto de comentárselo. No es que su casa sea incómoda, pero necesito estar un poco alejado de la fuente del pecado, para ver las cosas con más perspectiva…. —dije haciendo que el cura me mirase con prevención— Ya me entiende padre.

—Por cierto. Hablando de pecados. Todo está preparado para que comience a interrogar a la sospechosa.

—¿Ah sí? ¿Dónde está el informe? —pregunté de repente inspirado.

—¿Qué informe? —respondió el cura confuso.

—Pues un informe por escrito, donde se indica la fecha exacta, las circunstancias de la detención, los supuestos testigos y sus declaraciones.

—Nosotros no… —respondió el cura confuso.

—No puedo presentarme ante la rea sin tener una idea exacta de que va el caso. Creo que será mejor que se ponga manos a la obra. Ya me las arreglaré para encontrar el convento yo solo. Dicen que preguntando se va a Roma.

Apuré la copa de vino y me despedí del párroco con una mirada escrutadora, mientras el hombre me aseguraba que el informe estaría preparado aquella misma tarde. Salí de la iglesia medio muerto de risa, pensando en la mañana tan agitada que iba a tener el pobre cura, recogiendo testimonios y escribiendo un informe detallado de lo sucedido. Lo mejor de todo era que por fin sabría la fecha exacta en la que nos encontrábamos sin necesidad de tener que preguntarle a nadie  levantando sospechas.

A aquellas alturas del día, por las miradas de los villanos, la noticia de mi llegada debía de haber corrido por toda la población. Aprovechando que un pequeño grupo de ancianas se habían reunido al salir del templo, me acerqué a ellas y tras bendecirlas les pregunté por el camino del convento.

Ahogando risitas conspiratorias, las mujeres me indicaron la dirección, asegurándome que no tenía perdida, solo tenía que salir por la puerta este, seguir el meandro del río corriente abajo y subir un corto trecho por la primera vereda que me encontrase a mi derecha.

El sol estaba en ese momento en lo más alto y el calor y el vino del cura, hacían que me sintiese un poco mareado. En cuanto llegué al río, me senté en una piedra, justo en la orilla, a la sombra de un aliso.  Mi mirada se perdió en la corriente mientras pensaba si habría alguna posibilidad de volver al presente. Aunque el condensador de fluzo no se hubiese destruido, dudaba que pudiese cargarlo y desde luego la única manera que se me ocurría de pasar de los ciento cuarenta por hora, era tirarme por un barranco.

La segunda parte de mis problemas era cómo diablos debía de comportarme en el pasado, ¿Debía de tratar de no pisar ni el más pequeño insecto, por miedo a que esto provocase una reacción en cadena que acabase con el mundo o no hacía falta porque hiciese lo que hiciese el pasado ya estaba escrito?

Cogí una piedra de la orilla y la lancé a la corriente recordando la novela de Koontz que había leído en mi adolescencia y en la que un hombre se empeñaba en intentar cambiar el destino de una mujer saltando en el tiempo, siempre en contra de la corriente del tiempo que evitaba sus intentos de desviarla con la misma facilidad que la corriente evitaba que una pequeña piedra cambiase el curso de un río.

La verdad era que en ese momento, lo único que me importaba, era sobrevivir. No tenía muy claro que hacer, pero mis planes inmediatos eran entrar en la celda de aquella pobre desgraciada, gritar un par de veces anatema a todo pulmón, ponerla a asar a fuego lento y una vez  que estuviese bien crujiente, desaparecer y dedicarme a cualquier otra cosa.

Mientras observaba evolucionar peces y cangrejos en aquellas aguas cristalinas, me imaginé que pasaría si me dedicase a describir el futuro de forma enigmática, pero con exactitud, para dar luego a continuación la fecha exacta del fin del mundo. Sería una broma cojonuda.

Con un suspiro cogí un poco de agua fresca con mis manos y tras mojarme un poco la nuca para despejarme, continué mi camino.

Río abajo, el valle se ampliaba hasta convertirse en una vega rodeada por colinas menos abruptas y cubiertas de hierba. Al parecer toda aquella zona era propiedad del convento que se encontraba en una de las laderas que miraba hacia el sur. Siguiendo las instrucciones de las ancianas me desvié a la derecha y cogí una vereda limpia y bien cuidada que trepaba por la colina, haciendo curvas para suavizar la pendiente.

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