JANIS MULLIGAN

 

LA INVITACIÓN DE OLIVIA.

3 de septiembre de 2013.

Ángela suspiraba cada vez que los exiguos rayos solares tocaban su piel, en el interior del vehículo. El sol rayaba el ocaso, a punto de ocultarse tras las colinas del Tibidabo, alargando las sombras de los edificios hacia el mar. No solía salir a aquella hora de casa, si podía evitarlo. El sol llameaba aún con fuerza en verano, a las ocho y media de la tarde. Nada de saltar tejados a esa hora. Aunque pudiera soportar el efecto del sol en aquella franja horaria, Ángela era reacia a sentir la mordedura sobre su piel.

Sabiendo donde estaba la casa de Olivia, en uno de los elegantes edificios de La Bordeta, Ángela tomó un taxi. Viajarían en dirección sur, dejando el sol a su derecha. De esa forma, llevando un suave chal sobre los hombros, la rubita se protegió del astro rey perfectamente, aunque removiéndose un tanto cuando el vehículo recorría uno de los espacios abiertos de la avenida de Les Corts.

Le gustaba ser puntual, aunque eso significase sufrir un poco. Olivia la había invitado a cenar a las nueve de la noche y allí estaría. Según Ginger, sería una cena informal, de tanteo para la patrona, sin duda, y Ángela se sentía juguetona con ello. Aún no había decidido si insinuarse a su jefa, o mantener esa apariencia inocente tan bien ensayada.

Amparada tras sus oscuras lentes, contempló la bola ígnea tras los edificios. Aunque llevaba mucho tiempo sin exponerse, no echaba de menos el contacto del sol, ni mucho menos. El calor sobrenatural de su cuerpo era suficiente para ella, y, a su vez, era una criatura de la noche, que necesitaba las sombras para ocultarse, para defenderse. No había lugar para ella bajo la luz del día, nunca más.

Al detenerse el taxi contra una acera, Ángela dejó sus pensamientos y contempló el entorno. Duplexs y bajos edificios de apartamentos, evidentemente lujosos, la rodeaban. Amplias aceras bien iluminadas por bellas farolas de tendencia “neo victoriana”, y pinceladas de verde naturaleza aquí y allá, con macetas, arbustos y delgados árboles.

“Barrio de ricos”, se dijo Ángela, pagando al taxista.

Se quedó sobre la acera, respirando la tranquilidad de la zona bajo la sombra de uno de los edificios, manteniendo la sedosa pañoleta cerrada en torno a su cuello y hombros con una mano. Distinguió perfectamente el número de la casa, a la que ya había reconocido por la descripción de su compañera. Cruzó la calle con andares decididos y juveniles, pisando tan sólo con la puntera de las zapatillas deportivas, y llamó al timbre del portero.

Contempló el sendero de piedra que sin duda llevaba hasta el garaje de la finca, y sus márgenes de lujuriosa vegetación. Aquello indicaba la presencia de un jardinero casi a diario. La voz de Olivia surgió del artefacto, en un monosilábico y alargado “¿Síiii?”

—    Soy Ángela.

—    Ah, perfecto. Sigue el sendero, querida – la verja se abrió con un sonoro chasquido.

Olivia la esperaba al pie de la entrada, admirando el caminar de la jovencita, las largas piernas enfundadas en unos pitillos oscuros que la hacían parecer aún más frágil, y aquella coleta de caballo, perfectamente erguida que oscilaba sobre su nuca a cada paso.

—    ¿Cómo estás, querida? – le preguntó su jefa, besando sus mejillas. — ¿Algún problema en dar con este sitio?

—    No, ninguno. El taxista parecía oriundo – bromeó Ángela.

Riendo y tomándola de un brazo, Olivia la metió en su casa. Desde el primer momento, Ángela tuvo una buena impresión del estilo minimalista que embargaba la vivienda. Amplias habitaciones de ángulos remarcados, con excelente iluminación, tanto natural como artificial. Cortinas nebulosas, de colores claros, cenefas remarcadas en contraposición, delineando espacios. Muebles de caro diseño, a veces extraños, pero sumamente agresivos, que dejaban muy clara la personalidad de la dueña de aquel hogar.

—    Una casa preciosa, Olivia – aduló la jovencita.

—    Gracias, querida. ¿Nos tomamos algo?

—    Estaría bien.

—    Bien, bien – exclamó la señora, abriendo un armario de la cocina. – Tengo una “mistela” que me envían desde el interior…

Olivia llenó dos estrechos vasitos de cristal tallado con el turbio licor que esgrimió, contenido en una botella anónima. Brindaron y Ángela degustó la mistela de aguardiente, uva, y canela. Era muy dulce y apenas notó el alcohol en ella.

—    Exquisita – asintió la joven.

—    Sí. Es una de las pocas cosas que hecho de menos de mi tierra. Así que mis tíos me envían cada tanto tiempo – explicó la mujer. — ¿Quieres otra?

—    Sí, por supuesto.

—    Ten cuidado. Entra bien, pero cocea después.

—    No lo dudo – sonrió Ángela, tendiendo su vaso. — ¿Vives sola aquí?

—    Con mi hija.

—    No sabía que tuvieras hijos.

—    Sí. Es lo único bueno que saqué de mi matrimonio. Bueno, eso y La Gata Negra – respondió Olivia, brindando por ello.

—    ¿Cuántos años tiene tu hija?

—    Lola tiene diecisiete años.

—    ¡Vaya! No pensaba que tuviera tantos. Tuviste que tenerla muy joven…

—    Aduladora – sonrió Olivia.

—    Es cierto – sonrió a su vez Ángela, antes de apurar su vaso.

—    Esta es Dolores, aunque no le gusta nada ese nombre, así que todos la llaman Lola – explicó, arrastrando a Ángela hasta el frigorífico.

Allí, sobre una de las dos puertas del electrodoméstico, atrapada por un pequeño imán, había una foto de dos mujeres abrazadas y sonriendo a la cámara: Olivia y Lola. Tenían un gran parecido entre ellas, ambas de cabellera castaña caoba, con grandes ojos marrones y narices patricias, largas y rectas. Lola dejaba asomar un incisivo montado sobre otro diente, que le otorgaba una sonrisa algo peculiar y ladina.

—    Os parecéis mucho – afirmó Ángela.

—    Sí – murmuró la mujer, contemplando la foto. – Casi sois de la misma edad.

—    Eso parece.

—    ¿Tienes hambre? – preguntó Olivia, meneando la cabeza, como si quisiera escapar a sus pensamientos.

—    Sí, un poco la verdad.

—    Bien.

La mujer la condujo hacia una puerta acristalada que daba a un porche trasero. Allí, sobre la gruesa tarima de madera del porche, una mesa rústica estaba preparada con la vajilla, cubiertos, y cristalería pertinente. Servilletas de hilo embutidas en aros metálicos descansaban sobre los platos, y un cubo de latón, lleno de hielo, contenía una botella de vino y otra de cava.

—    Abre el vino mientras yo traigo la cena – le dijo Olivia.

Ángela descorchó diestramente el vino, dejando que el caldo respirase sin corcho, y también encendió la gruesa vela que se encontraba en el centro de la mesa. Después, contempló la redonda piscina iluminada que se veía desde el porche, rodeada de un bien recortado césped. Giró la cabeza al escuchar acercarse los pasos de Olivia, quien traía una fuente de barro entre las manos.

Ángela hizo sitio en la mesa para que pudiera dejarla, y sus fosas nasales aspiraron el aroma que despedía el contenedor de barro.

—    Mmmm… ¿qué es eso? – se relamió.

—    Pechuga de pato marinada a la mostaza, con patatas al horno, cebolletas tiernas y champiñones ¿te gusta?

—    Sí sabe como huele, no lo dudes – bromeó Ángela.

—    Pues siéntate.

Olivia sirvió en cada plato varias porciones de pechuga, cortadas en dados, y patatas en gruesas rodajas con piel. La fécula estaba amarilla debido a la mantequilla que se habían tragado. Pequeños y redondos champiñones salpicaban los platos, negros y lustrosos. Ángela pinchó alegremente con su tenedor, probando cada uno de los manjares.

—    Un diez para la cocinera – sentenció, sin dejar de masticar.

—    Es una receta de mi madre.

—    Otro diez para ella…

—    Me gusta cocinar y comer en familia. Por eso nunca aparezco por el club hasta después de cenar.

Ángela detuvo su tenedor y la miró.

—    Hazlo mientras puedas. Eso es algo que echo muchísimo de menos – musitó, muy seria.

—    ¿Sí? ¿Dónde está tu familia? – preguntó Olivia, cortando uno de los dados de pato.

—    Murió.

El tono de la respuesta hizo que la mujer levantase los ojos para mirar a su invitada, pero Ángela ya estaba de nuevo concentrada en su plato.

—    P-pero… ¿cuándo? – la pregunta de Olivia sonó muy débil.

—    Hace años… no te preocupes. Crecí en una institución del gobierno.

—    Lo siento. Alguien… ¿alguien se hizo cargo de ti?

—    No.

Olivia tragó saliva, emocionada. La pobre chica no había tenido calor humano cuando lo necesitaba, y eso quería decir que nada más cumplir la edad obligatoria, había ido a pedirle trabajo a ella. Una huérfana que se desnudaba en su club…Dios… ahora comprendía de dónde provenía aquella inocencia que reverberaba en ella.

—    Ángela… escucha… No lo sabía. No quiero que te sientas cohibida en el club. Si prefieres estar en la barra o buscar otro trabajo, puedes contar conmigo. Conozco gente y…

—    ¿Por qué? – Ángela tomó la decisión en aquel momento. Jugaría la carta de la inocencia mientras pudiera. Abanicó sus pestañas y dejó que sus azules pupilas conectaran con las de Olivia. – No me tengas lástima. Soy fuerte y sé lo que es la vida. Me siento bien en tu club y tengo buenas compañeras. Lo demás – encogió los hombros – no importa. Sólo son hombres…

Aquellas palabras, para Olivia, querían decir mucho. Sonaban a resignación y a malas experiencias.

—    Ángela… ¿te han molestado en el trabajo? Sólo tienes que decírmelo…

—    No, no, todo va bien. Domingo está muy pendiente de todas nosotras.

—    Es que… me ha parecido que… has tenido tropiezos con algunos hombres – Olivia no sabía cómo suavizar sus palabras.

Ángela se encogió de hombros y mojó una sopa de pan en la salsa.

—    Sólo tienes que saber que estoy aquí, para escucharte si quieres, para ayudarte si lo necesitas, Ángela. No soy tu madre, ni pretendo serlo, pero me tienes a tu disposición.

—    Gracias, Olivia – Ángela la miró de nuevo con aquellos ojos celestiales, llenos de inocencia y candor. – No quiero que seas mi madre…me resultaría… confuso… porque estoy deseando… besarte…

—    Ángela…

—    Ssshhh… ¡no digas nada! Necesito soltarlo de un tirón. Me siento muy tonta cuando estoy a tu lado… no sé qué decir, ni qué contestar – confesó Ángela como una perfecta actriz. Jugueteaba con su tenedor, sin osar levantar los ojos del plato. – Me siento protegida, como si fueras mi madre, pero sé que no lo eres, porque siento también otras cosas que no es amor por una madre…y no sé lo que eso significa…Tengo experiencia con los hombres, por desgracia. En el orfanato tuve que ceder y meterme en algunas camas para conseguir cosas, con lo que aprendí que los hombres son bastantes simples… pero, las mujeres… no las conozco. No he tenido nunca amigas íntimas, ni mentoras, ni siquiera profesoras… ¡así que no sé cómo responderte!

—    Tranquila, Ángela, no hace falta que lo digas todo esta noche. Cenemos y… – la tranquilizó Olivia, colocando su mano sobre la de la joven.

—    ¿Ha quedado algo para mí? Me he venido sin cenar – las interrumpió una alegre voz.

Asomando la cabeza por la puerta de la cocina, Lola les sonreía.

—    ¡Hija! ¿Qué haces en casa? ¿No tenías una fiesta de pijama en casa de Merche? – se puso en pie su madre.

—    Eso se suponía que iba a ser, pero se ha convertido en “cómo restregar a sus invitadas lo bueno que está su novio” – dijo Lola, pasando al porche. Llevaba una camisetita de dormir que dejaba al descubierto su ombligo y unos holgados boxers que ponían de manifiesto sus bronceadas y largas piernas. – Así que me he venido.

—    ¿Así? – señaló su madre, escandalizada.

—    Me puse un impermeable por encima. Apenas son doscientos metros – se encogió de hombros Lola, llegando hasta la mesa y metiendo un dedo en el plato de su madre para luego llevárselo a la boca. — ¿No me vas a presentar?

Ángela contempló aquella chiquilla llena de desparpajo con una sonrisa en los labios. La fotografía de la nevera debía de ser de un par de años atrás, porque ahora era toda una mujer. Llevaba el pelo más corto y rizado y no había trazas de aparato bucal alguno. Por lo demás, la pujanza de su cuerpo estaba a la vista, bajo aquella reducida ropa.

—    Soy Ángela y trabajo para tu madre – sonrió la rubita, alargando su mano.

—    Lola – respondió la hija, desentiéndase de la mano y dándole dos besos en las mejillas. — ¿Te desnudas para pagarte los estudios?

—    ¡Lola! – exclamó su madre.

—    Más o menos – sonrió Ángela, quitando importancia a la pregunta.

Parecía que la chiquilla estaba habituada a ver a su madre en compañía de otras mujeres, porque no parecía nada extrañada. Más bien sentía curiosidad por la juventud de Ángela.

—    Me serviré un plato y me lo subiré a mi habitación. Os dejaré a solas… parece que tenéis mucho que hablar del… trabajo – dijo Lola con una sonrisita cínica.

—    ¡Lola, no seas impertinente! – la regañó su madre. – Trae, te ayudaré.

La madre llenó un plato con varios pedazos de pato y algunas patatas, pero nada de ajetes ni champiñones, mientras que la hija se abría un refresco y se agenciaba unos cubiertos. Ambas se perdieron en el interior de la casa.

Ángela siguió sus voces con el oído, incrementando su sensibilidad, escuchándolas como si aún estuvieran a su lado. Sus labios se distendieron con la conversación de madre e hija.

—    ¿Desde cuándo te has convertido en una asalta cunas, madre?

—    ¡No te permito que me hables así, Lola!

—    ¿Me vas a decir que esa chica es mayor de edad?

—    Sí, lo es. Ha cumplido los dieciocho años y trato de hacer que comprenda que puede dedicarse a algo más que a desnudarse…

—    Ah, creía que podía decirle a mis amigas que hablaran contigo si necesitaban algo de dinero extra para sus gastos – el tono de voz de la joven era muy mordaz.

—    Lola, por una maldita vez…

—    Entonces, madre, ¿no piensas meterla en tu cama como tantas otras? ¿Te preocupas realmente de esa chiquilla? No sé… puede que cualquier día, alguna de mis amigas me confiese que mi madre le ha metido mano mientras me esperaba.

—    ¡Dios! ¿Qué he hecho yo para que me trates así?

—    Ser demasiado puta, madre.

Un fuerte portazo terminó con la discusión y Ángela bajó su nivel de audición. La noche se había agriado, pero había sido instructiva para la vampiresa. Ahora conocía el punto débil de su patrona. Su hija.

Tras unos minutos, Olivia apareció con los ojos enrojecidos. Había estado llorando, sin duda. Sonrió bobamente a Ángela e intentó disculparse por el comportamiento de su hija.

—    No pasa nada, de verdad – alzó una mano Ángela. – Son asuntos de familia.

—    He malcriado a mi hija y, ahora, es tarde para enseñarle modales – se encogió de hombros la señora.

—    Comprendo. Será mejor que me marche – dijo la rubia, poniéndose en pie.

—    ¿Tan pronto?

—    Es lo mejor, Olivia. No me siento demasiado animada.

—    Si, puede que tengas razón. Quizás otro día…

—    Sí, otro día.

—    Deja que saque el coche y te alargue a casa – insistió Olivia.

—    No, por favor. Tomaré un taxi… aún es temprano – se negó Ángela.

—    No es ninguna molestia, de verdad.

—    No, gracias, no te preocupes.

—    Está bien, pero ni siquiera hemos tomado el postre – se lamentó la mujer.

—    En otra ocasión… en que estemos a solas – Ángela besó las tersas mejillas de la señora, quien aprovechó para enlazarla por el talle para acompañarla hasta la puerta.

Cuando llegó a la calle, Ángela se giró con disimulo y percibió la silueta de Lola mirando desde una ventana. Saludó con la mano y echó a andar hacia la avenida más cercana. No pensaba tomar otro taxi, pero necesitaba edificios más altos para moverse con intimidad. A pesar de estar bien alimentada, se sentía excitada y juguetona, quizás porque se había hecho ciertas expectativas para esa noche que no se habían cumplido.

Voló sobre los tejados, dirigiéndose a casa. Buscaba que la brisa marina refrescase su cuerpo y que se llevase el calentón, de una vez. Pero no parecía dar resultado. Pensó en Ginger, quizás ella… En mitad del salto, maldijo en voz alta. Ginger estaba trabajando y apenas eran las diez y poco de la noche. Su gozo en un pozo…

Aterrizó suavemente sobre los viejos y monstruosos aparatos de refrigeración del tejado. Se movió hasta la acristalada claraboya de Cristian y se inclinó para echar un vistazo. Un chispazo azulado le indicó que el chico estaba soldando. Efectivamente, Cristian se inclinaba sobre su banco de trabajo, portando una máscara de negro visor sobre su rostro. Llevaba puesto su eterno peto vaquero, pero sin camisa alguna. La vivida luz de la autógena hacía brillar la piel sudorosa del joven. Los ojos de Ángela se deslizaron sobre ella, regodeándose en cada detalle, en cada vibración.

Tragó saliva. Cristian era hermoso, a su manera. Su inteligencia y autosuficiencia le prestaban un aura encantadora que la conmovían. Tomó una decisión y se dejó caer por el hueco del patio, aferrándose al canalón para entrar por la abierta ventana de su dormitorio. Dejó el echarpe sobre uno de los estantes y se pasó una toalla húmeda por las axilas y el cuello en el cuarto de baño, limpiando el sudor de la carrera.

Con una sonrisa lobuna, subió las escaleras hasta el estudio de Cristian y llamó a la puerta. El joven abrió, llevando la careta alzada sobre la cabeza.

—    ¡Ángela! ¿No trabajas esta noche? – se extrañó él.

—    Pues va a ser que no.

—    ¿Ocurre algo? ¿Necesitas algo? – preguntó, dejándola pasar.

—    No ¿es que no puedo visitar a un amigo?

—    Claro, por supuesto. Siéntate – le señaló un taburete al lado del banco.

—    Ginger trabaja esta noche y me aburría. ¿Qué estás haciendo?

—    Un contrapeso para el nuevo sistema de basura.

—    ¿Nuevo sistema de basura? – parpadeó ella.

—    Sí. Casi lo tengo terminado. Ya no tendremos que bajar las bolsas. Podremos dejarlas caer por un conducto situado al fondo del pasillo.

—    ¡Joder, que guay!

—    El contrapeso es para mover el contenedor hacia la calle cuando se llene.

—    Muy ingenioso, como siempre – le alabó Ángela.

Estuvieron charlando mientras Cristian acababa de soldar piezas metálicas a una especie de péndulo cónico.

—    Creo que ya está – indicó el joven, quitándose la careta y dejándola sobre el banco de trabajo. – Mañana comprobaré si tiene suficiente peso.

—    Estás todo tiznado – dijo ella, con una sonrisa.

—    Cosas del directo – bromeó él.

—    Deja que te limpie.

Ángela saltó del taburete y tomó un pequeño barreño de plástico azul, poniéndolo medio de agua. Se adueñó de la esponja que había en el diminuto cuarto de baño, y regresó junto a Cristian en un revoloteo.

—    No hace falta que lo hagas – protestó él.

—    ¡Anda ya! – exclamó ella, estrujando la esponja en el agua y deslizándola por los sucios antebrazos.

—    ¿Cómo llevas tu estancia en la ciudad condal? – se interesó Cristian, mientras contemplaba la tarea de limpieza.

—    Bien. Me adapto.

—    Me alegro. ¿Y tu trabajo? – Cristian sabía que hacia de stripper.

—    Ya sabes. Muchos dedos y baba por doquier…

Cristian se rió con ganas. Ella le limpió una mancha sobre la nariz, antes de dedicarse al lampiño pecho.

—    No te he visto nunca por el club. ¿No te gustan las chicas?

—    Oh, sí que me gustan, pero no es el espectáculo que más me atrae.

—    Ya – musitó Ángela, decepcionada.

—    Oh, no lo decía por ti, de verdad. Es que… me siento cohibido con ellas, ¿sabes?

—    ¿Demasiado espabiladas para ti? – sonrió Ángela.

—    Sí, algo así, y eso no me deja disfrutar de su compañía. Lo he intentado, no te creas.

—    Bueno, tiene que haber de todo en la Viña del Señor, ¿no?

—    Sí, desde luego.

—    Esto ya está – dijo ella, dejando la esponja dentro del barreño.

—    Gracias, Ángela.

—    Nada, chico, es todo un placer adecentar a un tío como tú – respondió ella, poniendo sus manos sobre los desnudos hombros masculinos. Se puso de puntillas y besó a Cristian en la mejilla. — ¿Y de novias? ¿Cómo andas? – le susurró.

—    Nada desde hace tiempo – se encogió de hombros el chico.

—    Eso no es bueno… no, señor. Un hombre debe estar siempre engrasado para que la herramienta no se estropee – dijo ella con una risita.

—    Bueno, se hace lo que se puede – las mejillas de Cristian enrojecieron.

—    Quizás sea la ocasión para que yo pueda ayudar – propuso ella, pegando su cuerpo al de él. Se frotó lentamente, de forma sabia e incitadora, contra Cristian, empujando con sus caderas.

—    Ángela…

—    Ssshhh – siseó ella para acallarle, antes de sentarse, de un salto, sobre el banco de trabajo.

Con un gesto de la mano, le atrajo hasta ella, recibiéndole entre sus piernas abiertas. Sin dejar de mirarle, le echó las manos al cuello y le inclinó sobre su boca entreabierta. Cristian no pudo resistirse a aquellos labios húmedos y anhelantes, que parecían aspirar todo el aire de la habitación. No tuvo más remedio que hundirse en ellos, casi con desesperación, saboreándolos de forma real y no en sueños, como hasta el momento.

Amasó aquellos labios con los suyos propios, los succionó a placer, los mordisqueó, los degustó de mil y una maneras, pretendiendo retener el sabor de ella. El juego bucal se intensificó, permitiendo que las lenguas entraran en liza. Cristian se admiró de la extrema suavidad que transmitía la lengua de Ángela. Era cálida y casi pegajosa, tremendamente obscena cuando se paseaba sobre sus encías, casi glotona cuando se enroscaba de una forma espectacular a la suya, deliciosamente adictiva cuando ella le permitía succionar largamente su apéndice. Podría decirse que la lengua de Ángela era diabólica, toda una tentación para pecar.

Sin ser consciente de ello, Cristian apretaba su dura erección contra la pelvis de ella, como si su miembro buscara rasgar aquellas negras mallas ceñidas que esculpían perfectamente las piernas de la chica, y se abriera paso hasta el pulsante sexo femenino.

Las manos de ella se aferraban a su nuca, revolviendo pasionalmente su cabello absolutamente despeinado. Ángela estaba materialmente colgada de su cuello, con los codos bien alzados. Una pierna femenina se había cerrado sobre la parte alta de los muslos del chico, atrayéndole aún más contra ella. Atrapado como estaba, Cristian no había tenido más remedio que apoyar una de sus manos sobre el banco, para mantener la posición, mientras que la otra se había perdido bajo la blusa de Ángela, hasta apoderarse de uno de sus pechitos. Sus dedos no dejaban de pellizcar agónicamente el pezón que le desafiaba, un pezón duro y tieso que coronaba una mama hecha de cálido mármol.

Deseoso de tener más acceso a aquellos pechitos encumbrados, Cristian sacó la blusa de tirantes por encima de la cabeza de Ángela. Ella le miró desafiante en el momento en que sus bocas se separaron. En aquel momento, le hubiera gustado ser sometida por el macho, pero, desgraciadamente, Cristian no era de esos hombres. Aún así, la pasión masculina se cebó sobre sus senos, con pellizcos y succiones suficientemente agresivas. Ella lo abrazó por la nuca, aplastando más el rostro de Cristian contra sus tetas.

—    Muérdelas… — gimió.

Cristian obedeció, mordiendo dulcemente los pezones, enrojeciéndolos, haciendo que ella se quejara, mientras su pelvis se agitaba espasmódicamente. Mordisqueó la parte más baja del seno, a la par que sus dedos estrujaban el compañero, pero Cristian no disponía de la rudeza que ella ansiaba. Así que Ángela cambió el juego. De un par de expertos tirones, le bajó los tirantes y el peto cayó, junto con los pantalones, hasta las rodillas. con toda ansiedad, le bajó los clásicos calzoncillos, dejando al descubierto una tranca respetable, totalmente erguida y vibrante.

—    Métemela ya – le urgió.

Cristian metió sus dedos por las caderas de ella, bajándole los pitillos, los cuales se atrancaron en sus corvas. Necesitaba quitar totalmente la prenda para que Ángela pudiera abrirse de piernas, así que peleó con ellos hasta sacarlos por los pies, tras quitarle también las zapatillas deportivas. La propia Ángela echó mano del manubrio que se frotaba contra uno de sus muslos y, apartando ella misma el tanga a un lado, lo condujo al interior de su vagina.

Cristian gruñó al adentrarse en la intimidad femenina. Nunca había sentido nada tan caliente como eso, pero, al mismo tiempo, lujurioso y obsceno. Por unos segundos, la extraña idea de ser absorbido totalmente por un coño así pasó por su cabeza. Después, empujó con la cadera para hundirse totalmente, como no lo había hecho con ninguna mujer.

Ángela lo acogió con un murmullo de placer junto a su oreja. Sus talones se unieron sobre las nalgas del joven, manteniendo la presión del empuje. Cristian abrazó aquel cuerpo menudo que se acoplaba perfectamente a él. La cola de caballo rozó una de sus manos e, instintivamente, sus dedos se apoderaron de ella, tironeando febrilmente.

Cada embiste de sus caderas se aunaba a un tirón de aquel cabello convertido en brida, ocasionando arduos jadeos de la chiquilla, aún colgada de su cuello. Cada uno de ellos buscaba un rápido y decisivo desenlace, persiguiendo un cada vez más cercano éxtasis. Ángela temblaba de ansias, las posaderas rozándose contra el banco de trabajo, a medida que agitaba, más y más, sus caderas. Sus labios no dejaban de murmurar obscenidades en los oídos de su amante. Había entrado en una especie de trance que la mantenía con los ojos cerrados, pero con todos sus demás sentidos magnificados.

—    Fóllame… fóllame más duro… traspásame, cabrón… vamos… no te cortes… ¡Jódeme!

Por su parte, Cristian tan sólo podía aumentar el ritmo, que ya estaba siendo vertiginoso, y jadear. Una de sus manos se había cerrado sobre una de las caderas femeninas, pinzando con fuerza la carne, mientras que, con la otra, se apoyaba sobre el banco metálico. Gracias a que el mueblo estaba bien sujeto al suelo, no traqueteaba ni se abrían sus cajones.

—    Ángela… tengo c-condones en la… – tartamudeó Cristian, cercano a la explosión.

—    C-calla… córrete dentro… tonto…

—    Oh, Dios… Dios… — Cristian se mordió el labio, notando como el orgasmo le subía por la columna, dejándole las piernas temblorosas con el definitivo empuje que le hizo soltar su carga bien adentro.

—    Uummm…así, así… riégame… ¡BIEN ADENTROOOO! – acabó gritando Ángela, aplastando la mejilla contra el pecho de Cristian.

El pecho del joven resonaba como un tambor. Apenas podía respirar. Ni siquiera se dio cuenta cuando ella salió de debajo, dejándole con la frente apretada contra uno de los estantes, recuperando el aliento. Nunca se había corrido así, de aquella manera tan bárbara. El semen se escurría hasta gotear sobre sus testículos.

Cristian no había tenido demasiadas chicas en su vida, ni era un tipo que saliera de conquistas, aún así tenía su experiencia, y ninguna de ellas era comparable a la de ahora. Lo que más se acercaba era aquella vez con Daniel…

—    ¿Me vas a dejar así, cariño? – la compungida voz de niña le hizo levantar la cabeza.

Ángela estaba tumbada en la cama, de bruces, la mejilla contra el colchón. Le miraba intensamente, con su desnuda grupa levantada por la almohada que había pasado por debajo, las piernas medianamente abiertas. Mostraba su coñito pelado y abierto, dispuesto para otro ensartamiento.

Como una serpiente respondiendo al encantamiento del fakir, el pene se alzó, de nuevo voluntarioso y dispuesto. Se acercó hasta la cama y se tumbó sobre la espalda femenina, restregando el glande sobre las apretadas y blancas nalgas. Ella recogió sus piernas para dejarle sitio, exponiendo su trasero totalmente.

—    Vamos, campeón… una vez más – musitó, cerrando los ojos.

Y Cristian se hundió, como un naufrago cansado de nadar, en aquel coñito que le suplicaba.

* * * * * * * * *

8 de septiembre de 2013.

Ángela se bajó de la moto, dejando que su corta falda se alzara totalmente y enseñando al grupo de moteros sus braguitas blancas de encaje, lo que motivó un súbito aplauso. Una vez en la acera, se bajó la minifalda de un par de tirones hasta que cubrió las ligas de sus medias blancas. Se giró hacia los tipos y les sonrió.

—    Gracias por traerme, chicos.

—    ¡A mandar, nena! – corearon con risas.

Eran clientes habituales del club en los fines de semana. Ángela se había alimentado de todos ellos, en diferentes ocasiones, por lo que les había imbuido de buenas vibraciones hacia ella. Tenían entre treinta y cuarenta años, con buenas profesiones y buenos ingresos; presas ideales para ella. De hecho, ya los había utilizado en un par de ocasiones para sus chanchullos.

En esta ocasión, los había convencido para traerla hasta La Bordeta en sus motos para su siguiente cita con su patrona. Los despidió repartiendo besos y caminó media manzana hasta su destino. Eran las diez de la noche y todo estaba prácticamente desierto. Las noches de los domingos no eran demasiado boyantes. Ángela había convencido a sus compañeras de hacer el primer turno en el escenario y se había retirado para acudir a casa de Olivia.

Esta vez, según el mensaje que le había llegado al móvil, estarían solas, sin Lola. Sería interesante, se dijo Ángela. En verdad que le tenía ganas a la madurita.

La puerta de la verja estaba abierta, como esperándola. Sus tacones repiquetearon sobre la piedra del sendero hasta llegar a la puerta de la casa. Olivia le abrió la puerta, luciendo una especie de vestido-kimono, negro y dorado, y calzando zapatos de fino tacón.

—    Un vestido muy bonito – alabó Ángela mientras la besaba en la mejilla.

—    Gracias, querida. Tú también estás… muy exuberante.

Olivia repasó las piernas de Ángela, con sus medias blancas y sus sandalias rojas de tacón. La minifalda dejaba, en según qué movimientos, al descubierto la piel de los muslos.

—    Espero que no hayas cenado – dijo Olivia, tomándola del brazo y conduciéndola al interior.

—    No se me ocurriría.

Esta vez no fueron al porche trasero, sino a un salón comedor enorme en donde se ubicaba un piano de cola, una enorme y vacía mesa de comensales, y dos muros llenos de libros. Junto a un grandioso diván de cuero, una pequeña mesa auxiliar estaba habilitada con la cena.

—    He decidido usar el salón. Hace demasiado que lo tengo de adorno.

—    Por mí, está bien – repuso Ángela.

Se sentaron en el diván y Ángela repasó los platos dispuestos. Parecían más bien canapés y bocaditos de diversos tipos, algunos muy elaborados y decorados. Olivia sirvió champán en las copas.

—    Esta vez son más bien “delicatessen”. Algunos están elaborados por mí, pero otros los he comprado en una tienda exclusiva de Sant Gervasi – explicó la anfitriona. – Espero que te gusten.

—    No te preocupes. Soy muy glotona – se rió Ángela.

—    Prueba estas… son galletas de mijo con una base de mermelada de membrillo y queso Camembert…

—    Delicioso – musitó Ángela, con la boca llena.

—    Y estos son barquillos de arroz rellenos de gambas endulzadas.

—    Jo… me quieres poner como una foca – se quejó con simpatía la rubia. — ¿Y tu hija? ¿Dónde está?

—    No te preocupes – repuso Olivia, mordisqueando un dátil sin hueso. – Esta vez me he asegurado de que no regrese.

—    ¿Es que la has facturado a Katmandú? – alzó las cejas Ángela.

—    No, no, que va – agitó las manos Olivia, con una risita. – Está pasando el finde con su padre, en Valencia.

—    Aaaah.

—    Toma, abre la boca – le dijo la señora, extendiendo entre sus dedos un trozo de sushi.

Ángela lamió los dedos de la mujer, tras deglutir el pescado crudo. La mirada de Olivia no pudo ser más penetrante.

—    ¿Es normal que tu hija te pille con tus citas?

—    No. A veces me cito en un restaurante, y otras procuro que Lola está bien ocupada y lejos de aquí. Aquella noche tenía una fiesta de pijamas en casa de una amiga, en una urbanización vecina. Por lo visto, la anfitriona metió a su novio de incógnito en la velada…

—    Sí, y fardó de chico ante las demás, algo para mosquearse. Ya recuerdo.

—    Como estaba cerca, Lola se vino andando, y reventó nuestra cena – asintió Olivia.

—    Hizo algo más que reventar la velada. Os enfadasteis – repuso la rubia, probando una nueva delicia.

—    Creí que no gritábamos…

—    Tengo un oído muy sensible – se encogió de hombros Ángela.

—    La verdad es que me recriminó el que fueras tan joven – Olivia la miró directamente a los ojos, antes de tomar un buen trago de champán.

—    ¿Es que te gustan mayores? – sonrió Ángela.

—    No.

—    ¿Y los hombres? ¿Cómo te gustan?

—    Mayores y ricos – las dos soltaron una carcajada. – No he vuelto a salir con un hombre desde que me divorcié. Creo que he tenido suficiente hombría hasta mi muerte.

—    Te veo muy segura de eso.

—    Pienso que siempre me gustaron las mujeres, pero no me atrevía a aceptarlo. Así que busqué un marido perfecto – Olivia hizo un gesto evocador. – El divorcio me trajo amplitud de miras, en todos los sentidos.

—    Brindo por eso – Ángela levantó su copa. — ¿Qué dice tu hija de eso?

—    Oh, en ese sentido me ha dado todo su apoyo. Creo que, en el fondo, no desea tener ningún nuevo padrastro – apuntilló con una sonrisa.

—    Sí, tiene su lógica.

Siguieron devorando exquisiteces, entre amena conversación y bromas picantes. Congeniaron tanto que parecían viejas amigas, o quizás una sobrina con su adorada tía. Las bromas surgían con naturalidad entre ellas y no parecía haber ningún tema tabú.

—    ¿Quién toca el piano? – señaló Ángela con un dedo.

—    Mi ex. Luego, intentó enseñar a Lola, pero no tenía aptitudes. Lleva languideciendo años ahí, aunque debo reconocer que queda muy bien en ese rincón.

—    Siempre he deseado aprender a tocar ese instrumento – dijo Ángela, poniéndose en pie y acercándose al gran piano.

—    Puedes tocar, querida. Mientras, traeré el postre – repuso Olivia, recogiendo platos de la mesita.

Los dedos de Ángela rozaron la lacada superficie de madera y acabó sentándose en la banqueta, levantando la tapa protectora de las teclas. Punteó algunas con el índice, escuchando el sonido. Entonces, Olivia regresó con dos copas de helado, coronadas con nata fresca y trozos de fresa.

—    Wooah – exclamó, poniéndose en pie. – Inyección masiva de calorías.

—    Ya las rebajaras bailando.

—    Tirana – musitó Ángela, llevándose a la boca la primera cucharada. – Hooosshtias… que güeno eshtá eshto…

Olivia se rió con la exclamación de la joven. Las dos juguetearon con el postre, dándose cucharadas, la una a la otra, allí de pie, apoyadas contra el lateral del piano.

—    Tienes nata en la cara – le dijo Olivia, inclinándose sobre ella.

—    ¿Dónde? – preguntó Ángela, relamiéndose exageradamente.

—    No la alcanzas… déjame…

Olivia se inclinó aún más, acercando su rostro al de Ángela. Entonces, sacó la lengua y lamió una mota de nata justo bajo una aleta de la nariz. Se miraron a los ojos y, entonces, Ángela pasó la cuchara sobre el labio superior, dejando un amplio bigote de nata y helado. Con la mirada, incitó a Olivia a acercarse de nuevo y pasar su lengua lentamente por allí, limpiando su piel.

—    Te habías manchado – susurró la señora.

—    Sí…

La lengua de Ángela recogió un pedazo de helado y la dejó fuera, mostrándosela a su anfitriona. La lengua empezó a gotear helado, que cayó sobre el suelo de madera y también sobre la blusa de la joven.

—    No puedo permitir que ensucies el parqué – dijo roncamente la señora, inclinándose y succionando la lengua y el helado.

Aquello se convirtió en toda una batalla lingual, entre besos y lentas succiones. El helado de las copas quedó rápidamente olvidado sobre la superficie del piano. Las dos mujeres se acercaron más hasta abrazarse, sus bocas ya unidas, los ojos cerrados, las respiraciones agitadas. Ángela acabó por gemir en el interior de la boca de la anfitriona. Su cuerpo se estremeció al contacto de la mano de la mujer, cuando descendió lentamente por su espalda y posaderas, hasta acariciar ligeramente la zona desnuda y trasera de sus muslos.

—    Vamos a la cama – jadeó Olivia al separarse de aquellos labios que la enloquecían.

—    No… aquí… sobre el piano, por favor – susurró la chiquilla.

—    ¡Por los cuernos de Colón! ¡Qué cachonda me pones, coño! – exclamó Olivia, tomando a la chica por la cintura y sentándola sobre el piano.

Se lanzó de nuevo a besarla, pero esta vez acabó descendiendo por su cuello, al mismo tiempo que introducía su mano bajo la blusa. Por supuesto, una cría como ella no llevaría sujetador, acabó reconociendo. Sus tetitas estaban en su lugar, pujantes y firmes. Los dedos de Olivia retorcieron aquellos pezones endurecidos, casi con rabia y mucho de envidia. Ángela volvió a quejarse en su boca, pero los dedos de la chiquilla subieron hasta la nuca de la mujer, tirando de ella, uniéndola más a sus labios.

La propia Ángela se levantó la blusa, dejando los pitones al aire, para que la señora pudiera inclinarse y ponerlos en su boca. Olivia no se hizo de rogar, por supuesto. Los dedos de la rubita le acariciaban el pelo mientras se dedicaba a los rosados pezones. La piel de la joven sabía deliciosa, diferente a cualquier amante que hubiera tenido. Incluso el aroma íntimo olía distinto, como comprobó al acercarse a una de las axilas.

De repente, Ángela tomó una de sus manos entre las suyas, conduciéndola hasta sus abiertos muslos. Parecía ansiosa por gozar y Olivia sonrió.

“La impaciencia de la juventud”, pensó.

Sin embargo, sus propios dedos temblaron al ascender por los tersos y sedosos muslos, en busca de la íntima flor oculta. Un tremendo ramalazo de excitación recorrió su cuerpo. ¡Estaba a punto de tocar el punto más íntimo de aquella criatura que merecía la misma virtud inmaculada!

El encaje de las braguitas estaba más allá de lo mojado. Toda la prenda rezumaba líquido vaginal, más que mojada estaba “sumergida”.

—    ¡Dios, chiquilla, parece que te has orinado encima!

Ángela metió el rostro en el hueco del cuello de la mujer y no respondió, como si se avergonzara de lo sucedido. Olivia tanteó sobre la prenda íntima. A la presión de sus dedos, en cualquier parte, Ángela se contraía, agitando la pelvis hacia delante, como si estuviera súper sensible o al punto de estallar en un grandioso orgasmo.

—    Quieta, quieta… voy a quitarte las braguitas…

Mientras tironeaba de las humedecidas bragas piernas abajo, la chiquilla se subió la minifalda hasta convertirla en un cinturón en su talle. Relamiéndose, Olivia admiró aquel pubis perfectamente depilado y aquellos labios mayores hinchados por el deseo.

—    Es el coñito más bonito que he visto jamás – musitó.

—    G-gracias… – con el rostro oculto por la cabellera de la señora, Ángela tomó de nuevo su mano, depositándola sobre su coño. – Por lo que más… quieras… tócame…

Sin pensarlo más, Olivia hundió su dedo corazón entre los labios abultados. Era cómo meterlo en melaza caliente, o en el interior de un pastel cremoso; toda una gozada. Ángela siseo casi a su oído. Llevó el dedo a más profundidad. El calor era inusual y las paredes vaginales se agitaban, queriendo atrapar el dedo intruso. La chiquilla poseía una vagina de antología, de eso seguro.

Sacó el dedo de aquel horno y lo paseó por el perineo hasta pulsar el cerrado ojete. Después, ascendió de nuevo, sin prisas, hasta alcanzar el clítoris. Se asombró de lo grueso que era. Nada más pellizcarlo, Ángela se corrió dando culetazos sobre el piano. Se aferró al cuello de Olivia, ocultando aún más su rostro, y una serie de espasmos se apoderaron de sus caderas, haciendo que se escurriera del piano. Olivia tuvo que sostenerla para que no quedara sentada en el suelo, espatarrada.

—    ¡Hija, qué bien te lo pasas! – exclamó Olivia, con una risita.

—    ¡Fiiiuuuu! – silbó la jovencita suavemente.

Ángela dejó resbalar la minifalda por sus piernas, hasta quedar envolviendo sus sandalias. Con un par de patadas, la echó a volar por el salón. Acto seguido, se despojó de la blusa, quedando desnuda salvo por las medias y las sandalias rojas.

—    Te toca – le dijo a Olivia, abrazándola por las caderas.

—    Toda tuya.

Entre besos y suaves caricias, fue desnudando a la señora hasta dejarla en la misma situación que ella, aunque Olivia no portaba medias. En un momento dado, Olivia abrazó a Ángela por detrás, y poniendo sus labios en el oído de la rubia, le dijo:

—    Quiero explorarte…

—    Pero… iba a hacerte gozar – se sorprendió Ángela.

—    Hay tiempo. Quiero mirar cada uno de tus rincones, preciosa.

La empujó hasta la banqueta del piano, que había quedado separada del instrumento, y levantó una de las piernas de Ángela, depositando su pie sobre la acolchada superficie. Entonces, Olivia se arrodilló detrás de la jovencita, manteniendo sus ojos a la altura de los glúteos.

—    Son perfectos – alabó, pasando sus dedos por la curva de las nalgas, y pellizcándolas suavemente.

—    Gracias – dijo Ángela, meneando provocativamente el trasero.

—    A ver, ¿qué tenemos aquí? – preguntó con cierto retintín la señora, metiendo la cabeza entre los cachetes. — ¡Qué preciosidad!

Ángela cerró los ojos al sentir la lengua entrar en contacto con su esfínter. La punta del apéndice comenzó a hacer travesuras sobre él, dilatándolo en segundos, para introducir un dedo bien ensalivado. Ángela arqueó el cuerpo y echó la cabeza hacia atrás, expeliendo un gemido que surgió de más abajo del diafragma. Aquella mujer sabía cómo hacerla sentir…

Tuvo que poner sus brazos hacia atrás, buscando la cabeza de la mujer, para controlarse y no caer de rodillas. Con una mano, empujaba la cabeza de Olivia contra sus nalgas, con la otra, apartaba un cachete para que su lamedora alcanzase bien su objetivo. Ángela tenía un ano muy sensible, tanto que podía gozar con él como si fuese otra vagina.

—    Te gustan los culos, ¿eh, señora? – dejó escapar junto a un gran suspiro.

—    ¡Mmmffff! – fue la respuesta, pero era una clara afirmación para Ángela.

—    ¡Ya no lo aguanto! ¡Ven aquí! – exclamó la rubia, tirando de la mano de su patrona, y conduciéndola hasta el diván.

La tumbó sobre el cómodo mueble y, con una mueca pícara en su rostro, se subió sobre ella, de forma invertida, o sea, la cabeza en los pies.

—    ¡Ah, el clásico sesenta y ocho! – comentó Olivia, aferrándola de las caderas.

—    ¿68? Será sesenta y nueve, ¿no? – enarcó una ceja Ángela, girando la cabeza hacia sus nalgas.

—    El 68 es más divertido. “Tú me lames y te debo una” – bromeó la señora.

—    ¡Joder, ya te vale! ¡Que yo no sé de estas cosas, coño!

—    Pues no se nota nada, nada – musitó Olivia, antes de apoderarse del coñito que tenía delante con su lengua.

Todo rastro de conversación quedó en suspenso, tan sólo los húmedos sonidos de las lenguas atareadas quedaron como fidedigno fondo de la actividad amatoria. Los cuerpos temblaban, recorridos por pequeñas ondas de placer febril que agitaban hombros, caderas y rodillas, cada vez que las lenguas alcanzaban la cota anhelada.

En un momento dado, Olivia alzó las rodillas para empujar la cabeza de Ángela con sus talones, en respuesta al segundo orgasmo alcanzado. A la joven no le importó quedar estampada literalmente contra el coño de la señora. Olivia no comprendía cómo podía sentir la lengua de la jovencita tan adentro de su vagina. Su mente nunca imaginaría la clase de lengua que Ángela podía adoptar para tal requisito. Prácticamente, Ángela la estaba taladrando con la lengua.

Por su parte, Olivia no lamía, sino más bien mordía el tremendo clítoris de la jovencita, pues había descubierto lo que podía sentir Ángela a través de ese órgano. Procuraba distanciar los orgasmos de la rubia, pero, aún así, había contabilizado al menos cuatro.

Llegaron a un punto en que ambas quedaron desfallecidas, adormiladas la una sobre la otra.

—    ¡Necesito una buena polla! – declaró Ángela, irguiéndose sobre un codo.

—    ¡Paso de meter un tío en mi cama! – gruñó Olivia.

—    No, tonta. ¿No tienes un aparatito para las alegrías?

—    ¿Un qué?

—    Un falo, un consolador, una polla de plástico.

—    ¡Coño, haber empezado por ahí! – se rió la señora, dejándose caer del diván. — ¿Me lo traigo o subimos al dormitorio de una vez?

—    A su servicio, señora… la sigo hasta el infierno – bromeó Ángela, pasando una mano por las anchas caderas de su patrona.

Y ambas, desnudas, subieron abrazadas la lujosa escalinata que llevaba al piso superior, al dormitorio de Olivia Infante.

CONTINUARÁ…

 

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