ALEX BLAME

6. La casa del cura

Intentando disimular mi temor y mi estupefacción al ver que aquel cura me estaba… bueno estaba esperando a la persona a la que suplantaba, le acompañé al interior de la edificación.

La casa del cura era sorprendentemente cómoda y espaciosa y me llamó especialmente la atención lo limpia que estaba. El padre Daniel me precedió por el recibidor de tierra apisonada y me introdujo en una estancia cuadrada, con el suelo de piedra y una chimenea donde un fuego ardía alegremente.

Sin pensar en ello, me acerqué buscando un poco de calor. Agradecido, sentí como mis manos y pies entraban en reacción y dejaba de temblar.

—Justo en este momento iba a cenar, —dijo el cura sentándose a la gran mesa de madera de castaño que dominaba la estancia— será un honor que me acompañes, fray Ortuño.

—El honor es mío, padre Daniel. No sabe lo que agradezco su hospitalidad.—respondí apartándome de mala gana del hogar y sentándome frente a él.

En ese momento, una mujer de pelo largo y oscuro y que aparentaba poco más de veinte años, entró en la habitación, llevando en su regazo unos cuencos y unos vasos de madera. La joven me miró con unos ojos grandes y asustados como los de un cervatillo. Un instante después, apartó la mirada y se concentró en disponer la mesa para la cena.

—Luzdivina es mi ama de llaves. No sé qué haría sin ella y además cocina de maravilla. —dijo el cura dándose unas palmaditas en su enorme tripa y  observando aquel culo orondo y jugoso alejarse en dirección a la cocina.

Dos minutos después, llegó la criada con un enorme cuenco de estofado y una jarra de vino. Sin levantar la vista de la mesa se inclinó y me sirvió una generosa ración de estofado. Mientras el cura cerraba los ojos para bendecir la mesa, yo aproveché para observar como el vestido de lana, entallado, revelaba la figura rellenita y generosa en curvas de la joven. Levantando la mirada observé los rasgos de su cara, que  eran un poco vulgares, con una nariz pequeña y regordeta y unos labios pequeños y carnosos que le daban un ligero toque de gracia al conjunto.

La ama de llaves sirvió al párroco y tras echarle una rápida mirada, hizo una pequeña reverencia y se marchó con el permiso del padre, que le dijo que preparase la habitación de los invitados para mí y se fuese a la cama.

Comí rápido y en silencio, estaba tan hambriento que ni me preocupé de las condiciones sanitarias en las que se había elaborado aquel estofado.

Tras el delicioso estofado, comimos un par de trozos de queso y acabamos el vino. Estaba realmente horrible,  pero lo agradecí, me ayudó a entrar definitivamente en calor y sabía que las bebidas fermentadas eran mucho más seguras para beber que el agua en aquellos tiempos.

El cura se levantó y cogiendo su silla, la acercó a la chimenea. Yo le imité y me senté frente a él.

—Gracias por la cena, padre y felicite a la cocinera de mi parte, hacía tiempo que no comía nada tan jugoso.

—Es normal, supongo que el viaje hasta aquí, hermano no habrá sido fácil. Yo, que jamás he hecho un viaje de más de dos jornadas, no me puedo imaginar lo que significa recorrer doscientas leguas y además con la sencillez y la pobreza con la que te has desplazado.

—En efecto. El viaje ha sido largo, pero Dios ha proveído y gracias a él he conseguido llegar sano y salvo hasta aquí. —repliqué disimulando un escalofrío.

—Alguna vez me gustaría charlar contigo sobre tus viajes, por tu extraño acento estoy seguro de que tendrás un buen número de anécdotas que contar y paisajes extraños que describir.

—La verdad es que he visitado tantos lugares que ya me parece no saber de dónde vengo. De hecho,  mi extraño acento se debe a un largo viaje de estudios a Roma y  Malta. —dije esperando que aquel paleto se tragase la excusa por mi extraña forma de hablar.

La noticia de que venía de tan lejos me tranquilizó un poco, como decía el cura, casi nadie en aquella época se trasladaba tan lejos, así que era probable que ni un alma en aquella pequeña población conociese a Fray Ortuño en persona.

—Supongo que estará impaciente por empezar. Yo también lo estoy, este caso ha originado una importante convulsión en esta pequeña villa, que por otra parte ha sido siempre un remanso de paz.

—La verdad es que estoy cansado de tan largo viaje, pero no lo suficiente para que no me pongas en antecedentes. —dije yo intentando averiguar en qué lío me había metido.

—En principio parece el típico caso de brujería. Ya sé que para ti, hermano, acostumbrado a estar presente en los grandes oficios, al lado de su excelencia el arzobispo Diego de Leza, le parecerá relativamente sencillo, pero para nosotros es una fuente de desazón. Afortunadamente, ya te tenemos entre nosotros. Hasta aquí nos han llegado noticias de la habilidad con la que te incautaste de los escritos de Nebrija, semejante peligro no se puede tolerar.

—Gracias, padre. —dije empezando a imaginar con un escalofrío a que se dedicaba el tipo al que estaba suplantando— Y aunque parezcan sencillos, todos los casos de brujería son distintos. De todas maneras, seguro que con un poco de trabajo y la ayuda de Dios, lograremos que la verdad salga a la luz.

—Amén, hermano, amén.

Ambos observamos el fuego mientras el cura me daba una rápida descripción del lugar. La villa de Cabriles de la Sierra era una pequeña población de unos ochocientos habitantes en el fondo del valle del rio Pardiel. Sus habitantes eran en su mayoría descendientes de colonos que habían llegado tras la reconquista y habían empezado a trabajar pequeñas tierras con más o menos éxito. Al final habían quedado una minoría de terratenientes que se había hecho con las tierras más fértiles, mientras que el resto se habían tenido que conformar con trabajar para ellos o  criar ovejas y cabras en las agrestes colinas que rodeaban el valle. Con el tiempo y el final de la reconquista, la población se había convertido en uno de los lugares de paso de mercancías entre las fértiles llanuras del sur y las zonas altas al norte del valle. Gracias a ello había florecido un modesto mercado y con él una pequeña burguesía de artesanos y comerciantes.

Durante todo ese tiempo, la vida en Cabriles había sido bastante tranquila, solo alterada por algún episodio de persecución de judíos y moriscos que rápidamente fueron solucionados. El comercio y la artesanía habían ayudado a la paz, convirtiendo a la villa en un lugar relativamente próspero y en el centro comercial de la comarca.

Pero esa paz se había roto hacia dos semanas cuando cuatro personas habían acusado de brujería a Úrsula, una mujer que vivía sola en una pequeña cabaña en las afueras, junto al río y que era una de las curanderas de la villa y probablemente la más apreciada.

Inmediatamente,  la habían encerrado y habían llamado al obispado para que les consiguiese un inquisidor y por eso estaba yo allí.

Al escuchar el relato de aquel hombre, tuve que disimular un escalofrío. Estaba claro que mi vida no corría inmediato peligro, pero tenía que dirigir un tribunal inquisitorial sin tener ni puta idea de cómo hacerlo. Esperaba que las películas sobre Juana de Arco fuesen lo suficientemente realistas como para que no fuese yo el que acabase en la hoguera.

De todas maneras, no podía ser tan difícil, entraría en la celda, ordenaría a cualquier mala bestia que le apretase las clavijas a aquella vieja bruja y luego haría una bonita hoguera con ella. Esperaba tener tripas suficientes para hacerlo. Suponía que cuando la cosa se resumiese a un “o ella, o yo” no vacilaría, sobre todo, teniendo en cuenta que hiciese lo que hiciese, aquella fulana estaba muerta.

Cuando el cura terminó su explicación, se levantó dando por terminada la velada. Con paso cansado me indicó mis aposentos y me dijo que dejase mi ropa para que Luzdivina se encargase de lavarla y tenerla lista para cuando me levantase. Agradecí el gesto e intercambiamos bendiciones antes de retirarnos a nuestras respectivas habitaciones.

A pesar de la mugre, en cuanto me deshice de la ropa, la eché inmediatamente de menos. Hacía un frío del carajo en aquella habitación. Corrí hasta la cama y me metí entre pesadas mantas, pero eso no lo solucionó. El frío me calaba los huesos. Intenté hacerme un agujero en el mullido colchón de lana metiendo las extremidades bajo mi cuerpo e intentando entrar en calor.

Una vez estuve entre las acogedoras mantas y con la barriga llena, mi situación no me pareció tan desesperada. La verdad es que las cosas no pintaban tan mal. Estaba en algún momento de la Edad Media. Si no funcionaba en este nuevo trabajo, no me costaría demasiado ganarme la vida, teniendo en cuenta que debía ser una de las dos o tres personas que sabían leer escribir y sumar en cientos de kilómetros a la redonda.

Después de veinte minutos, me di cuenta de que no iba a entrar en calor. Tenía que  haber por ahí algo que pudiese calentar en las brasas del hogar y poder llevármelo a la cama. Arrebujándome con una manta, salí de la habitación y avancé hacia el comedor, deseando que el hogar aun estuviese caliente.

Avancé unos pasos, pero no llegué al comedor. Unos murmullos provenientes de la habitación del párroco, llamaron mi atención. La curiosidad y la palabra inquisidor oída entre los murmullos, me incitaron a echar un vistazo por el ojo de la cerradura.

El señor cura no tenía problema con el frío de la noche. Una chimenea en una de las esquinas de su habitación proporcionaba luz y calor a la estancia. El Padre estaba tumbado, desnudo sobre la cama de dosel, mientras su ama de llaves se paseaba desnuda arriba y abajo con aire atribulado.

—Te lo he dicho. Ese tipo no me gusta. Su mirada me causa escalofríos. ¿No puedes enviarlo a dormir a otro sitio? —dijo ella acercándose a la cama.

Yo apliqué el ojo a la cerradura intentando observar un poco más de cerca el cuerpo de la joven, voluptuoso como una virgen de Rubens. La luz de la fogata le daba su piel un atractivo color dorado. Desde la distancia observé los pechos grandes y pesados, la larga cabellera castaña que casi tapaba un culo grueso y  orondo, de los que uno amasaría hasta que se le cayesen las manos. Su muslos eran como grandes jamones temblorosos que se juntaban en un matojo de vello oscuro que evidentemente era la parte de la que no se despegaban los ojillos porcinos del padre.

—Tranquila. El señor inquisidor es una persona como otra cualquiera. Ha venido a juzgar a la bruja. En dos o tres días habrá acabado.

—Cariño, lo siento, pero no puedo estar bajo su mismo techo. —dijo la joven sentándose en la cama, deslizando la mano por las ingles del cura y acariciando sus huevos suavemente— Se me ha ocurrido… ¿Por qué no lo mandamos al convento? ¿Quién mejor para cuidar de él que  un ejército de monjas?

Sin esperar la respuesta del párroco, la cabeza de Luzdivina se inclinó y cogiendo la polla del cura comenzó a lamerla suavemente. Desde el otro lado de la puerta observé como el miembro del párroco crecía y su glande adquiría un vivo color ciruela.

Tras unos segundos, la polla del cura desapareció en la boca de la joven que empezó a chupar  con movimientos lentos y amplios mientras él apoyaba beatíficamente la mano en la cabeza de su joven ama de llaves.

La excitación pudo más que la vergüenza y observé como Luzdivina se incorporaba y se subía a horcajadas sobre las caderas de su amo. Tras frotarse unos segundos se inclinó para poder meterse aquel miembro oscuro y venoso.

En ese momento, el ama de llaves se transformó en ama en llamas. Sin darse un respiro se puso a botar encima de aquel cuerpo flácido mientras  no paraba de comerle la oreja entre jadeo y jadeo:

—Por favor, no me siento segura con ese hombre bajo el mismo techo…

—¿…Y si nos pilla? Dicen que esos tipos tienen el oído tan fino que pueden oír a través de las paredes.

El párroco se limitaba a gemir mientras se agarraba a los pechos de la joven y los chupaba con fuerza cada vez que se le ponían a tiro.

Tras un par de minutos más, al ver a su amo a punto de correrse, se levantó y dándose la vuelta se sentó sobre su cara mientras se inclinaba sobre su polla y volvía a saborearla de nuevo. Esta vez, al estar de cara a mí pude ver con detalle como acariciaba aquella ciruela con la punta de su lengua mientras la masturbaba suavemente. Los grititos del párroco se convirtieron en murmullos ahogados mientras ella movía sus caderas como una abeja sobre su cara.

Se notaba que aquello ocurría a menudo, porque la joven se las arregló para mantener al cura al borde del orgasmo hasta que ella alcanzó el suyo.

—Está bien, está bien. Mañana mismo se irá. —claudicó el párroco mientras su leche mancillaba los gruesos y virginales labios de la joven Luzdivina.

Íker pareció consciente de que los televidentes necesitaban un descanso y con una sonrisa dio paso a la publicidad.

Joder con el tío, ahora sé por qué los llamaban inquisidores… No se pierden una. —dice Gerardo— Estoy deseando saber lo que hace con la bruja.

—Espero que la salve de la hoguera. —replica su mujer.

—Me temo que esto no es La Princesa Prometida. Me apuesto lo que quieras a que la va a torturar y luego hará una bonita fogata con ella.

—Eres un gilipollas. —le mira su esposa con acritud— Ya verás como ese hombre te sorprende

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