ALEX BLAME

 

Impostura

Nunca había matado a nadie. Llorando, cerré los ojos de aquel hombre y lo aparté del camino depositándolo bajo un árbol, a unos metros de la orilla del camino. En ese momento no sabía qué hacer. Observé el cadáver, intentando imaginar quién podía ser aquel hombre. Por el hábito y la tonsura que descubrí al retirar la capucha estaba claro que era un monje, aunque no tenía ni idea de que tipo.

Su hábito que en algún tiempo pretérito había sido blanco, estaba lleno de lamparones a los que se habían unido alguna que otra mancha de sangre y barro debido al accidente, aunque lo peor se lo había llevado la capa negra que llevaba por encima, en algunos sitios agujereada y en otros acartonada por la sangre seca.

Devanándome los sesos, traté de recordar qué órdenes aun conservaban la tonsura, pero sabía mucho más de latín que de religión y no pude llegar a ninguna conclusión.

Justo en ese momento empezó a llover. Me quedé bajo el árbol, junto al cadáver, temblando de frío y miedo mientras esperaba que pasase un coche, o más bien un tractor que nos llevase a la civilización al cadáver y a mí mientras intentaba encontrar una explicación racional a todo lo que me había pasado.

Diez minutos después, un ruido me alertó, pero no era el de un motor, era más bien el ruido como de una estampida. Asustado, no me atreví a salir al camino y tras un par de minutos, la visión de un par de hombres vestidos de cuero y rodeados de una escolta de soldados armados con ballestas y armaduras, me dijeron que algo iba muy mal.

En ese momento me di cuenta de que si esos tipos me hubiesen pillado en bolas, con el cadáver de un monje en el regazo, me hubiesen descuartizado y hubiesen clavado mi cabeza en una pica.

A partir de ese momento, actué por puro instinto de supervivencia. Evitando las arcadas, desnudé el cadáver, delgado como un sarmiento y pálido como un esparrago de Tudela y me puse sus ropas  ásperas y malolientes. Los hábitos me quedaban un poco estrechos y la áspera lana picaba como alambre de espino, pero las sandalias eran de mi número  y por lo menos pude dar un poco de descanso a mis doloridos pies.

A continuación, me acerqué con precaución al camino, examinando el lugar dónde había caído el fraile, tratando de no dejar ninguna prueba que pudiese incriminarme. Moviéndome tan rápido como el barro y la torrencial lluvia me lo permitían, recogí todos los restos del coche que pude encontrar, tirándolos entre la maleza y cuando ya estaba volviendo al lado del cadáver, encontré una pequeña bolsa de viaje de cuero, que obviamente pertenecía al muerto. En el interior había una pequeña bota de vino, un mendrugo de pan, un poco de queso, un rosario hecho con cuentas de madera, una biblia y  otro libro, con encuadernación de cuero, y aspecto muy sobado.

Estuve a punto de abrirlo, pero tenía cosas que hacer. Tropezando y resbalando en el cieno, llegué de nuevo hasta el cadáver y al tercer intento conseguí echármelo al hombro. Con las piernas temblando por el esfuerzo y luchando contra la lluvia, que cada vez caía más fuerte, me dirigí hasta el lugar donde me había salido con el coche.

Cuando llegué a lo alto del terraplén, lancé el cuerpo y dejé que la gravedad me ahorrase trabajos.

El cuerpo había caído al lado del coche así que en un par de minutos lo arrastré hasta el interior y lo dejé allí, sentado al volante, con la puerta abierta para que se lo comieran los bichos. Sin mirar atrás,  trepé de nuevo hasta el camino y disimulé las rodadas del Corsa lo mejor que pude. Cuando terminé estaba totalmente derrotado y solo la perspectiva de tener que caminar hasta encontrar un lugar donde acogerme, hizo que casi volviese a echarme a llorar.

Descansé unos minutos bajo la lluvia, y con un supremo esfuerzo, me puse en pie y empecé a caminar, aunque solo fuese para entrar en calor. Jurando en arameo, comencé a andar por el lado menos cenagoso del camino, resbalando y trastabillando, aguantando aquella lluvia fría e inclemente y viendo como el cieno se me colaba entre los dedos de los pies que se me estaban poniendo azules por el frío.

Llevaba una media hora larga caminando, cuando oí un ruido unos metros detrás de mí. Preparado para tirarme a la cuneta, miré hacia atrás y pude vislumbrar un carro cargado de nabos que se acercaba lentamente entre la lluvia.

Mientras se acercaba a paso de tortuga, observé el vehículo. Estaba hecho a base de toscos tablones y sus ruedas eran de madera maciza. En el pescante, un hombre pequeño y de  hombros anchos, vestido con unos pantalones de cuero, una casaca y un gorro redondo arreaba a  dos bueyes que tiraban de el  carro con desgana y tardaron casi dos minutos en ponerse a mi altura.

Me aparté un poco para dejarle pasar y seguí caminando penosamente.

—Buenas tardes, hermano. —saludó el campesino  desde el pescante, quitándose el gorro en señal de respeto a pesar del chaparrón.

—Que Dios te bendiga, hermano. —respondí automáticamente.

—Una mala tarde para pasear.

—La que Dios nos da, ni más, ni menos. Sin la lluvia el trigo no crece y los corderos no tienen qué pastar. —dije intentando parecer tan sabio como beato.

—Quizás ha sido Dios el que me ha traído hasta usted. Ande, suba, hermano, que aun le quedan más de tres horas de camino.

La perspectiva de tres horas más chapoteando bajo la lluvia me resultaron tan aterradoras que no me lo pensé, subí de un salto al pescante y me senté al lado del orondo campesino. El olor agrio, mezcla de sudor y cerveza barata que desprendía, casi me hizo vomitar, pero la perspectiva de seguir chapoteando varias horas bajo aquel diluvio, me animaron a hacer de tripas corazón y aguantar.

En cuanto me hube acomodado, el hombre arreó a los dos bueyes y estos, sin apresurarse lo más mínimo, comenzaron a moverse. El boyero era hombre de pocas palabras y tras quejarse de nuevo del chaparrón, se concentró en conducir el descapotable. Yo me encasqueté la capucha todo lo que pude y me dediqué a meditar sobre mi situación.

Parecía imposible, pero era evidente que de alguna manera me había desplazado hasta la Edad Media. El paso de los caballeros, el fraile, incluso el carro podían tener una explicación, pero lo que no podía explicar de ninguna manera era cómo una autovía se había convertido en un camino de cabras y como una calurosa noche de verano pasaba a ser un día desapacible y lluvioso, todo en cuestión de un instante y sobre todo y definitivamente, ninguna persona de mi época podía oler tan mal como aquel paleto.

La perspectiva no era muy halagadora. Estaba solo, en un mundo terriblemente duro, donde la infección de un padrastro podía ser mortal y todo el que no fuese noble tenía unas altas posibilidades de morir de hambre. Por lo menos había tenido los reflejos suficientes para quitarle las ropas al hombre que había atropellado y al menos, a corto plazo, podría vivir de la caridad de la gente, aunque no sabía muy bien cuanto podría aguantar aquella vida.

Increíblemente, el grueso y tosco hábito que rascaba mi piel como un estropajo de níquel aguantaba bastante bien el agua y poco a poco entre en calor. Un poco más cómodo y ayudado por el rítmico chapoteo de los cascos de los bueyes y el silencio del campesino, me fui quedando dormido.

—Bueno, hermano. Ya hemos llegado. —me despertó el boyero zarandeándome suavemente.

Desorientado abrí los ojos y me encontré frente a una iglesia de piedra de estilo mozárabe con una torre cuadrada imponente. Me giré intentando ubicarme. Me encontraba en la plaza de una pequeña población. Me bajé del carro. Había anochecido y la lluvia nos había dado una tregua, estiré mis miembros entumecidos y me eché hacia atrás la capucha para poder ver la torre mejor. En ese momento una voz a mis espaldas, tan meliflua que me causó una ligera repulsión, me saludó.

—Bienvenido, hermano Ortuño. —dijo el cura que había salido de una casa que había justo al otro lado de la calle— Soy el padre Daniel. Gracias a Dios que has llegado. Ha sido un día de perros. Me temía que un torrente crecido te hubiese llevado. Afortunadamente, Dios siempre provee. Gracias, Domicio, puedes retirarte con mi bendición.

El cura hizo una rápida señal de la cruz y el boyero se despidió y arreó a sus bestias con una sonrisa tan amplia que parecía que le hubiese tocado la lotería.

—Afortunadamente, todos en el pueblo están al tanto de tu llegada y gracias a tu hábito, hermano, Domicio te ha reconocido al instante y te ha traído hasta aquí.

—La verdad es que hubiese llegado de todas las maneras con la ayuda de Dios, pero me ha ahorrado una buena mojadura. —dije yo muerto de curiosidad y de miedo a un tiempo por la notoriedad del personaje al que estaba suplantando.

—Pero pasa y acompáñame a mi humilde morada, hermano, —dijo el cura empujándome suavemente al interior de su casa— fuera empieza a hacer fresco.

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