JESSICA AZUL

Al príncipe, mi gaucho favorito

Han pasado tres años, desde que  el hilo rojo se extendió en nuestro caminar.  Nunca he sido una apasionada a las redes sociales, habiendo cosas menos desgastantes como ver la televisión, escuchar a Beethoven en tardes de invierno, y comer los dulces de don Rogelio. El destino tenía reservada una cita para nosotros entre cuentos, poemas, y relatos. Recuerdo, que empecé a escribir en esa página que ofrecía un mundo de polifonías.  Había una señora Rosa que era tan delicada, jugando con unos versos que le obsequiaba el gran Bécquer. Y ni hablar de don Pedro que contaba  historias tan fascinantes, que despiertan al ruiseñor en otoño. Eran tantos los escritores que estaban ahí, que no hacía falta Alfaguara y Planeta. En medio de ese ramillete  estaba mi músico, y ese mí es tan solo un decir, porque los dos teníamos una vida.  El sería papá en ese momento, y yo tenía una relación de la cual no me quiero acordar. En un principio nos hacíamos comentarios cordiales sobre nuestros escritos, y con el pasar del tiempo mensajes privados sobre nuestra vida personal.  Quizás de esa forma sabíamos quien había detrás de la pantalla.  Esa pantalla que  tenía un fragmento de vida, porque en muchas ocasiones sentí que mí querido músico estaba aquí.  Yo aprendí a quererlo a través de sus palabras, y sus escritos, que eran una canción  de esas que regalaban Andrés Caicedo, y Rafael Chaparro Madiedo. Pienso que hubieran podido hacer una agrupación literaria apoteósica, los tres son arrolladores en el juego de las palabras.

El  músico nunca creyó que pudiese quererlo a través de una red social,  y tampoco algunos capítulos de mi vida.  Y ese día, usó algunas palabras soeces para alejarme de él. Palabras que me atravesaron el corazón, porque cuando dije que lo quería era tan cierto como el agua, como todo aquello que le había contado de mi vida. Durante mucho tiempo insistí,  que lo quería,  y lo extrañaba. Pero  sus palabras  fueron tan hirientes que no volví a escribirle más, ni tampoco en aquella página lo volví hacer.  No quería molestarlo con mi presencia, ni mis escritos. Aunque en el  fondo lo extrañaba mucho, y mis  lágrimas se manifestaban los días lunes, quizás porque era el día que más hablábamos.  Intente sacármelo de la cabeza, y el corazón, centrándome en mi trabajo, y las charlas de los viernes,  sobre la situación del mundo con mis amigos.  Ese esquema me funcionó, lo extrañaba pero ya no era con la misma intensidad. Comprendí que aunque no habláramos no lo había dejado de querer,  solo tenía que equilibrar mi vida.  No andaba de maravilla,  porque muchas veces me pregunté: ¿Qué había hecho mal?  Porque si había alguien con quien era yo, era con él.  Nunca he podido entender, porque me produce tanta libertad,  tantos sueños, y tanta vida, yo  que había perdido las ganas de anhelar, y me dedicaba a vivir porque me tocaba.  Y en medio de ese silencio abismal me dediqué a escribir un diario para mi músico, quizás algún día  lo lea y pueda ver que me hizo falta.

En esos ires, y venires, hemos vuelto hablar. Nuestras conversaciones son más profundas, y más reales, aunque el temor suele apoderarse de mi corazón.  Pienso que una mañana pueda despertar, y no quiera saber de mí. Y  me duele el alma porque nunca deje de quererlo, todo lo contrario, el sentimiento se ha incrementado. Mi músico es uno de los colores más hermosos que se posó en mi  ventana,  aunque él insista que es gris.

Sé que  a nuestra historia le faltan muchos capítulos, tal vez alguna noche pueda contarlos no desde la oda de la melancolía, sino desde el canto a la vida…

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