ALBERTO ROMERO

A la Carrera.

Sonó el teléfono del despacho de Josu Aguirre y lo cogió sin mirar, atareado
en informes sobre delincuentes comunes que había ido retrasando hasta aquella
mañana.
El mensaje que le dieron desde el otro lado del auricular lo hizo levantarse de
un respingo de la silla. Colgó sin despedirse y salió corriendo en busca de dos
compañeros y un coche patrulla. Una comisaría de Madrid había emitido una orden
de búsqueda y captura contra Josefa Bengoetxea por amenazas de muerte y
desaparición.
El coche de Aguirre tardó en salir dos minutos de la cochera de la comisaría,
que a él se le hicieron eternos. Mientras se colocaba la gabardina, con poco cuidado,
encendieron las sirenas y salieron derrapando rumbo al convento de las Dominicas
de Barakaldo.
Marta se disponía a salir de la cafetería cuando Josefa pasó por delante del escaparate
y la vio en la barra.
El intercambio de miradas fue apenas de un micro segundo, pero ambas se
quedaron clavadas al verse. Una no esperaba ver a la otra, y la otra no esperaba
que pasara por delante de la cafetería. Marta sintió un escalofrío que le recorrió el
cuerpo entero y las piernas se pusieron a temblar.
Josefa reaccionó muy rápido al shock de ver a Marta y salió corriendo calle
abajo.
Ya la había visto, nada importaba. Salió de la cafetería tan rápido como pudo
pagar el desayuno y dirigirse a la puerta.
Cuando salió a la calle miró hacia el lado izquierdo, por el que Josefa había salido
como alma que lleva el diablo y trató de localizarla entre la gente y los coches.
Caminó a toda prisa en la misma dirección hasta que al final de la calle le pareció
ver el moño característico de Josefa, que se perdía a la vuelta de la esquina.
Un coche de policía pasó a toda velocidad y armando mucho jaleo en dirección
contraria a Marta. La gente se volvió a mirar.
Cuando Josu Aguirre llegó a la puerta del convento ya era demasiado tarde.
Josefa se acababa de escabullir apenas cinco minutos antes. La monja portera se
lo hizo saber y trató de retenerlo con preguntas sobre aquella urgencia que el policía
llevaba. Aguirre no le dio explicaciones y cuando le dijeron en que dirección
había salido corrió de nuevo al vehículo policial.
Se asomó la madre superiora cuando ya estaba a punto de arrancar y le gritó:
—Ha dicho que se iba a coger un tren con destino a Madrid.
Aguirre levantó la mano en agradecimiento y se perdieron a gran velocidad
calle abajo.
Marta trató de alcanzar a Josefa en dos ocasiones, pero el tráfico, los semáforos
y la gente que a aquellas horas ocupaba las aceras hizo que la terminase de
perder. En el último giro que hizo Josefa en una de las avenidas la perdió de vista
sin remedio.
Que rápido corre la cabrona, pensó enrabiada para sus adentros, mientras paraba
a tomar aire medio minuto. Aquella víbora estaba resultando de lo más escurridiza.

De nuevo sonaron las sirenas del coche policial en el que viajaba Aguirre, bajando
por la avenida en la que Marta había perdido a Josefa. La gente se giraba a
ver de donde venía aquel estruendo, la expectación era máxima. El coche pasó
por delante de Marta a la velocidad de la luz.
Marta sacó su teléfono móvil del bolsillo y llamó a Antonio.

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