JANIS MULLIGAN

La sociedad Van Helsing

El hombre avanzó nerviosamente detrás del sirviente, bajando los antiguos escalones de granito, con los bordes redondeados. El calzado del que estaba delante no sonaba lo más mínimo, en cambio las suelas del segundo repiqueteaban casi obscenamente en aquel silencioso descenso. Trataba todo lo posible de avanzar sin ruido, pero por más que lo intentaba, más nervioso se ponía.

Él era también un devoto miembro de la Sociedad, pero se encontraba en el escalafón más bajo, el de un miembro recién iniciado, y nunca había bajado a ese sótano, ese submundo dedicado solamente para los altos iniciados de la logia.

Sin embargo, la oportunidad había aparecido para que pudiera mostrar su valía y su dedicación. Había sido el primero en verle, en sorprenderle más bien, y conocía su identidad humana. Sería sólo cuestión de tiempo y trabajo encontrarle.

La retorcida escalera terminó y se encontró ante una arcada de la que pendían gruesos cortinajes, los cuales ocultaban la siguiente sala. El sirviente le hizo una seña de que esperase y, apartando parte del cortinaje verde oscuro, entró en la estancia, desapareciendo. Un minuto más tarde, asomó medio cuerpo y le hizo un gesto para que pasara.

Dejando escapar un carraspeo, el hombre nervioso obedeció. Cruzar el cortinaje era dejar atrás la penumbra y la humedad de aquel sótano. La sala a la que entró deslumbraba por el fulgor de sus luces incandescentes, que destellaban sobre los candelabros de plata, en los escudos bruñidos de las paredes, en las cristaleras de las distintas vitrinas que se exponían, y, sobre todo, destacaba el blanco suelo de mármol magníficamente pulido.

Sentado a un escritorio de nogal tallado, un enjuto hombre clavó la mirada en él. Vestía un traje de tweed rojizo, y un suéter de cuello de cisne forraba su largo pescuezo. Una nariz curvada y afilada siguió sus pasos, como si fuese la mira de un arma letal. Parecía uno de aquellos profesores del pasado, rectos y crueles, pero, en realidad, era el Obispo.

El Obispo Salomón.

―           Eminencia – se inclinó el hombre ante el escritorio, al mismo tiempo que hablaba.

―           Me dicen que has sido testigo de un fenómeno, ¿no es así? – la voz del líder era quizás un tanto aguda para que se le respetara solamente por ella, pero, sin duda, su dura mirada servía para acallar a cualquiera.

―           Así es, Eminencia.

―           Siéntate y cuéntamelo todo, Hermano.

El recién llegado tragó saliva y escogió una silla cercana, de alto respaldo, para sentarse, en vez de los cómodos sillones dispuestos ante el escritorio. Se decía que el Obispo Salomón juzgaba a los fieles por sus actos, y no quería pecar de jactancioso – o de otra cosa – ante él.

―           Soy carnicero, Eminencia. Tengo una tienda en Sant Marti que heredé de mi padre – el Obispo Salomón asintió, como si le agradase ese dato. – No hace mucho se me hizo el compromiso de tomar a un sobrino como aprendiz. Es uno de esos jóvenes que no quieren estudiar y que no son buenos para nada, con pendientes y cosas clavadas en la cara, pero mi esposa insistió mucho y acepté.

―           ¿De qué rama procede ese chico? – le interrumpió el Obispo.

―           De la familia de mi mujer – el hombre respondió con alivio, como si se quitase la culpa de encima.

―           Está bien. Continúa.

―           El caso es que le he tenido en la trastienda, despiezando y haciendo embutidos. Es demasiado hosco y provocativo con la clientela como para tenerle en la tienda, pero le he estado observando porque tenía algo que no me gustaba…

―           ¿A qué te refieres, Hermano?

―           No sé explicarlo. Sus miradas de reojo, pequeños gruñidos para contestar, siempre anda olfateando… es raro.

―           Así que le espiaste.

―           Sí, Eminencia. Entonces, un día, lo ví.

―           ¿Qué viste? – empezó a impacientarse el superior.

―           Sus fauces – el hombre se inclinó hacia delante y bajó la voz al pronunciar esas palabras. – Estaba fileteando un cuarto trasero de ternera y le salpicó sangre a la cara. Yo estaba en un pequeño despacho que tengo en la trastienda, para facturas y demás, y lo observaba a través de la puerta entornada. Una monstruosa lengua surgió de su boca, y se relamió como una bestia, limpiando todo rastro de sangre y materia. Después, sonrió, sin dejar de golpear con la hacheta. Eminencia, ¡juro por Dios que sus dientes habían cambiado! Eran todos puntiagudos y largos, como los de un animal, un perro, o un lobo quizás. ¡Los dientes se salían de su boca con aquella sonrisa! Después, en un segundo, volvió a ser normal.

―           Hermano, una simple visión de ese tipo no puede ser motivo para cazarle – le advirtió el Obispo.

―           Lo he sorprendido más veces. Sus ojos brillan en la oscuridad y me he dado cuenta de que me están desapareciendo piezas de carne. Tengo miedo, Eminencia. ¿Y si tengo razón y es uno de Ellos?

―           Está bien, Hermano, pediré que le investiguen, pero puede llevar un tiempo.

―           Gracias, Eminencia. Con saber que le vigilan, me siento más seguro.

―           Es el deber de la Sociedad. Puedes retirarte.

El hombre se puso en pie y se inclinó sobre el escritorio para besar el sello del dedo del Obispo, luego, sin más palabras, se marchó. El Obispo Salomón se quedó pensativo. Hacía meses que no se había vislumbrado ninguna criatura, lo que significaba que el territorio de Barcelona había sido limpiado de engendros. ¿Aquello era un nuevo brote o la simple aparición de una criatura incipiente?

Según el Hermano, el sujeto era muy joven, menor de edad. ¿Estaba aún acostumbrándose al Cambio? No sólo se investigaría al sujeto, sino a toda su familia. Era importante saber si otros familiares poseían la maldición en su sangre. La Sociedad Van Helsing debía proteger a las familias humanas, y, sobre todo, a las creyentes. Para eso se había creado la logia, centenares de años atrás, para purgar los engendros de la oscuridad.

* * * * * * * * *

18 de agosto de 2013.

Ángela abrió los ojos en la estigiana oscuridad de su dormitorio. Estaba sola y, a pesar de su resistencia al fuego, hacía calor. Una masa de aire caliente y polvo había cruzado el Mediterráneo desde África, y mantenía la ciudad condal tan caliente como un pipiolo en un lupanar.

Se puso en pie de un salto, totalmente desnuda. Se estiró como un gran felino en la oscuridad y bostezó largamente. Al salir del dormitorio, buscó ruidos que le indicaran la presencia de Ginger, pero el apartamento estaba silencioso, vacío. La asiática había tenido buen cuidado de dejar las persianas bajadas para que el sol del atardecer no dañase a su compañera, dejando el piso en una agradable penumbra, en la que algunos rayos cruzaban, evidenciando el polvo que había.

Ángela abrió el frigorífico, atrapó un cartón de zumo y bebió directamente de él, dejando que algunas frías gotas azucaradas cayeran sobre su pecho. Al cerrar la puerta, se encontró con una nota de Ginger, atrapada por uno de los imanes.

“Ido a la playa con chicas. Regreso atardecer. Hay canelones micro. Ginger.”

—    Toda una Maruja esta chica – dijo para sí, con una sonrisa.

Le dio un calentón a los canelones y se sentó en el sofá, comiendo y viendo un documental en el Discovery sobre acuarios XXL. Uno de los escenarios que aparecieron era en un club de Miami, donde habían instalado un acuario bajo los pies de los clientes. Era impresionante y le trajo a la mente escenas de lo que había hecho el sábado anterior, en el club Tarsus. Se había dejado llevar por las malditas ansias y había dejado tres cadáveres detrás de ella. La chiquilla que había medio salvado no le preocupaba, pues estaba demasiado drogada como para dar un fiel testimonio, y nadie la creería tampoco. Pero los cadáveres era otra cuestión…

Había encontrado el olor de Ubaldo entre el gentío y lo había seguido hasta el despacho privado. Los quejidos de la chica y el olor de aquellos cuerpos sudando detonaron sus ansias. Sabía que necesitaría de sus dones para enfrentarse a esos tipos, y no lo pensó más.

Cuando recobró el control, los había despedazado y Ubaldo estaba ardiendo, para rematar. Se largó inmediatamente, tras comprobar cómo estaba la chiquilla. No sentía remordimiento alguno, y no pensaba quedarse más tiempo para dejar más evidencias de su paso. Sabía que no había dejado huellas, que no había cámaras en el despacho, y que no había dejado testigos fiables. Se dijo que estaba a salvo.

Una vez en casa, estuvo tentada de decirle a Isandra que sus problemas habían terminado, pero sabía que eso era incriminarse directamente. Isandra se enteraría como todo el mundo, por las noticias o su propia familia. Efectivamente, a la mañana siguiente, su hermana, la esposa de Ubaldo, la llamó entre llantina y desespero, comunicándole la noticia: a su esposo lo habían matado cuando se encontraba con sus amigos del club.

Quería que la acompañara al Anatómico forense para identificar el cuerpo, e Isandra se vistió, hizo de tripas corazón, y acudió a contemplar la espantosa cabeza quemada de su cuñado y chulo. Finalmente, lo identificaron por las joyas, el DNI que llevaba encima, y la ficha dental.

Aquella noche, Ángela, Ginger, Cristian, y otra de las vecinas, Melanie, acudieron a consolar a la pobre y liberada Isandra. Ésta no soltó lágrima alguna, aunque se encontraba abatida y, sobre todo, sorprendida. Aún no podía creerse que ya nadie la controlaría, que nadie le impondría las obligadas visitas de clientes.

—    ¿Qué vas a hacer ahora? – le preguntó Ángela en un aparte. — ¿Seguirás con la profesión?

—    No lo sé. Dedicarme ahora a un trabajo más normal, en este momento, es difícil, tal y como está la cosa. Creo que seguiré con ciertos clientes – caviló la prostituta. – Tengo algunos muy buenos y tiernos. Con eso me basta.

“Claro. Ahora no tiene que repartir ganancias”, se dijo Ángela. Los ojos de Isandra tenían una nueva luminosidad ahora, encarando con ánimos su futuro.

Apurando los canelones, Ángela tuvo que reconocer que se sentía bien con su acción, tanto por ayudar a su vecina, como por salvar a la chiquilla que encontró en el despacho. ¿Sería eso lo que llamaban “complejo de héroe”? ¿Iba a ponerse una capa y un antifaz, y saltar por toda la ciudad?

Nanay. De eso nada. Una cosa era ayudar a alguien conocido, y otra exponerse a los ojos humanos. Aunque… bueno, si tenía que intervenir alguna vez… bien con un amigo, o con alguna injusticia…

“¡Qué no! ¡Déjate de tonterías, Ángela!”, se gritó interiormente.

En ese momento, escuchó los pasos de Ginger en el descansillo. Barrió las cuestiones morales de su mente y se puso en pie. Dejó el plato en el fregadero al mismo tiempo que se movía como una centella hacia la puerta, todo en el espacio de tiempo que la llave giró en la cerradura. Cuando Ginger abrió la puerta, se encontró con una sonriente Ángela que se lanzó a sus brazos.

La besó varias veces, a la par que le preguntaba cómo estaba el agua, si había hecho viento, o demasiado calor, si había estrenado el nuevo bikini, quienes habían ido con ella… Ginger tuvo que alzar una mano y acallarla con un beso más profundo.

—    Mucho, mucho calor. Agua bien, fresca. No bikini, playa nudista, y cuatro chicas del club conmigo: Ester, Carla, Nissima, y Andrea. ¿Por qué tan contenta? – respondió Ginger, una vez se separó.

—    No lo sé, me he levantado así.

—    Bien, entonces ahora ducha – Ginger dejó el bolso playero y las sandalias a un lado de la puerta, para dirigirse al cuarto de baño.

—    ¿Quieres compañía? – exclamó Ángela, palmeando.

—    Siempre, tonta.

* * * * * * * * *

David descubrió de nuevo a su tío observándole. Bufó y siguió partiendo costillas. Ya llevaba así un par de semanas. ¿Es que no se fiaba de él? Entonces, ¿por qué le había dado trabajo? No lo entendía. No estaba a cargo de caja, ni efectivo alguno, hacía todo lo bien que podía sus tareas, y aprendía el oficio.

¿Acaso sería por los despojos que se llevaba a casa? ¿Por unos cuantos filetes grasientos y sangrientos que apartaba? ¿Tan miserable era su tío Julián? Si era así, debía tener cuidado, tío Julián era un hombre muy devoto y conservador. ¿Quién sabe lo que podía hacer alguien así si se enteraba de su secreto?

Nadie más lo conocía, ni pensaba revelarlo. En el fondo, le daba cierta vergüenza más que otra cosa, pues a él no le parecía algo tan terrible. El Cambio había llegado al cumplir catorce años y fue bastante gradual. Durante meses, fueron sus sentidos los que se amoldaron a su entorno. Sobre todo, su olfato y el gusto. Se amplificaron tanto que anulaban a veces su mente. David podía oler cualquier insignificante aroma que estuviera a su alrededor, desde las migajas de bizcocho en el bolsillo de un niño, al almizcle natural de la menstruación, o el enervante olor a pústula de un cáncer de huesos. Tal facultad, al principio, le ponía enfermo y muy alterado.

Se empalmaba al llegar hasta su nariz olores terriblemente afrodisíacos, como el de la carne recién sajada, de una golosina ensalivada, el aroma de los besos de una pareja, o, lo peor de todo, el impactante y dulzón olor de una hembra humana en celo, a pesar de cuanto digan los biólogos y científicos. Las mujeres tienen un corto celo cada mes, justo después de la menstruación.

Tuvo que aprender a refrenarse, a disimular, a apartarse de las tentaciones, lo que compensaba con lo que le brindaba su sentido del gusto, muy magnificado también. Para David, comerse una chocolatina, un trozo de pastel, o lamer un helado era toda una experiencia de intensos sabores nunca probados, al menos a ese nivel. Podía paladear un sabor durante mucho tiempo, incluso después de haberlo digerido. Su nueva memoria instintiva clasificaba miles de olores y sabores que los humanos ni podían imaginar.

Y si se refería a la carne, bueno, eso ya era una locura. Se ponía cachondo probando carnes diferentes, crudas por supuesto. Por eso, trabajar en una carnicería era todo un paraíso para él. Cerdo, ternera, vaca, buey, cordero, cabrito, avestruz, caballo, toro, pollo, pavo, codorniz, faisán… todas y cada una de esas apetitosas carnes imprimían en él particulares sabores y reacciones.

Unas eran físicas, como el sabor de la vaca o del caballo, que hacían que su pene aumentara en tamaño y dureza, otras, como las de volatería, ayudaban a su cuerpo a generar endorfinas y sanarse a sí mismo. El toro le daba agudeza mental durante unas horas, y el avestruz le proporcionaba ingentes energías, que le mantenían activo y nervioso durante horas. Sin embargo, el pescado, en general, le producía gases y le dejaba el estómago vacío al cabo de unos momentos.

Después de unos meses, el Cambio trajo las primeras alteraciones físicas, como el color de sus ojos, la dureza de sus uñas, y el aumento de la pilosidad en su cuerpo. Lentamente, los cambios físicos fueron aumentando, al principio con la llegada de la noche, pero últimamente podía hacerlos durante el día también.

Ahora, David controlaba esos cambios y se habían convertido en una especie de tics emocionales, con lo que debía de tener cuidado de no hacerlos ante la gente. Sin embargo, el Gran Cambio, el que le convertía en una bestia peluda e inhumana, sólo llegaba con la salida de la luna. Cualquier luna le valía, menguante, creciente, o llena. Tan sólo la luna nueva le impedía cambiar.

Pero, con cualquier cambio físico, su mente permanecía intacta. Bajo todo aquel pelo, garras, y nuevos huesos, seguía siendo David. Se solía decir que con el Cambio pasaba lo mismo que con sus piercings y aretes, con los que había pretendido buscar una nueva personalidad. Cambiar a su versión más animal, no le aportaba coraje o ferocidad, era él mismo, con sus carencias y sus sentimientos, sólo que más fuerte y más rápido que nunca.

Se acercaba la hora de cierre de la carnicería y aún tenía que fregar las grandes ollas de acero que utilizaban para cocer tripas. Por lo que parecía, su tío Julián estaba dejándole mucho trabajo para él. No llegó a ninguna conclusión con ello; no sabía si era bueno o malo.

Pero hoy, en particular, no quería terminar tarde. ¡Tenía una cita! Sonrió, los ojos chispeantes. Mirella había aceptado salir al cine con él, a pesar de tener al menos seis años más que él. El Cambio no sólo había traído inconvenientes y cuestiones sin respuestas, sino que también había dotado a su cuerpo de una madurez impresionante, que lo había esculpido en tan sólo un año. David tenía dieciséis años, pero su cuerpo estaba en la cúspide de su existencia. En verdad, no los aparentaba en absoluto, lo que le había ayudado ciertamente en tener éxito con un buen número de chicas que salían corriendo cuando se enteraban de su edad.

David sonrió de nuevo, sumido en sus pensamientos. ¿A quién le importaba que le dejaran? Ya habían cumplido su función, ¿no? Se las había pasado por la piedra y cuando empezaban a querer algo más, descubrían que era un menor, y se apartaban, asustadas por la implicación. Mejor, terreno despejado para otra chorvita. Pero, sin duda, Mirella era la mejor de cuantas había probado. Más hermosa, más elegante, más inteligente… quizás demasiado para él, pensó. Pero era su primera cita con ella y había que aprovecharla. Así que se dio toda la prisa que pudo para terminar sus tareas y salir con tiempo.

El sol se ponía tras el Tibidabo cuando salió de la trastienda. La carnicería ya llevaba cerrada más de una hora. Caminó a buen ritmo hacia casa, subiendo por la avenida Diagonal, hasta la plaza de les Glories Catalanes, que cruzó para tomar la carrer del Dos de Maig. Fue allí, entre aquellos bloques de viviendas tan parecidos, cuadrangulares y de esquinas recortadas, cuando descubrió que le estaban siguiendo.

Olisqueó el olor del aceite de armas, la tensión excitante de la caza en varias secreciones que le rodeaban, el chasquido de los comunicadores. ¿Todo eso era por él? ¿Quién quería hacerle daño? Él no había hecho nada… Tenía que despistarlos y no podría hacerlo en la calle, a pie. Debía subir, a las azoteas, donde pudiera transformarse lejos de las miradas, y escapar de uno edificio a otro.

Aprovechó que una señora anciana intentaba abrir uno de los portales para colarse en él, acompañando a la mujer hasta el ascensor. Subió al último piso y no le costó demasiado reventar la cerradura de la puerta de la azotea. El sol se había puesto ya, así que pudo cambiar a su forma más poderosa: el lupino. Era como un minotauro, mitad hombre, mitad bestia, sólo que su parte animal era canina, o lupina, más bien. Lo primero que hizo fue desnudarse y meter toda la ropa y deportivas en el interior de la mochila que siempre portaba. Se la colocó a la espalda, y se dejó llevar por el Cambio.

El lupino se mantenía sobre las dos patas traseras, como un hombre, pero también podía correr velozmente a cuatros patas. Las garras de las manos eran largas y afiladas. Las palmas estaban provistas de negras y duras almohadillas. Los brazos eran más largos que los de un hombre y tremendamente nervudos. Amplias costillas, cintura estrecha, y unas patas inhumanas, curvadas y fuertes.

David gruñó y chasqueó sus poderosas fauces, llenas de afilados dientes. Sus amarillentos ojos ya estaban estudiando una ruta de escape. Vio las cúspides de la Sagrada Familia, apenas a cinco manzanas. Se acercó al muro de la azotea y se subió a él, sin demostrar vértigo, ni nerviosismo. Caminó por el estrecho borde con toda confianza hasta saltar al tejado del edificio. Una vez en él, incrementó su velocidad, recorriendo todo el tejado, tomando impulso. Entonces, saltó al edificio más cercano, cruzando la calle. Sus zarpas patinaron sobre las tejas, al caer, pero no se frenó, sino que adoptó un ritmo más frenético, y saltó nuevamente.

Las fauces de David no podían distenderse en una sonrisa humana, pero estaba riéndose en su interior, gozando con la sensación de saltar de edificio en edificio. Era lo más parecido a la libertad que había experimentado. La casa de sus padres no estaba lejos, de hecho, en el barrio vecino: el Camp de l’Arpa del Clot, y llegaría en unos minutos.

Miró hacia atrás en unas cuantas ocasiones, pero no vio nada, ni nadie que le persiguiera. Sin embargo, la sensación seguía allí, en su vientre, como un doloroso pellizco. Saltó la carrer de la Independencia y también la de Valencia, luego la de Mallorca y la de Rogent, y cuando ya tenía la plaça Can Robacols a la vista, le alcanzó el disparo.

Fue tan violento que lanzó su cuerpo unos metros resbalado por la azotea, arrancándole un largo gañido de dolor. Le habían alcanzado en una de sus patas, y le quemaba a muerte. Desesperado, intentó sacarse el proyectil con los dedos, pero no lo encontraba, por mucho que ahondara.

Se puso en pie y trató de caminar. Sólo pudo cojear y una nueva bala arrancó esquirlas muy cerca de él. Se dejó caer y apoyó la espalda contra una torreta de refrigeración. No podía moverse, atrapado a cien metros de su refugio. Dejó escapar otro suave gañido, esta vez de pena. ¿Qué querían de él?

Cinco minutos después, les escuchó subir por las escaleras interiores. Crujidos de botas, sonidos metálicos de los correajes, peines de balas introduciéndose en el cuerpo de las armas. Mal asunto, pensó con un fuerte temblor. No sólo estaba herido, sino que aquella bala le había metido algo en el cuerpo. ¿Alguna droga, veneno?

Rugió hacia el primer hombre que apareció, las garras preparadas para arrancarle el cuajo si se acercaba lo suficiente. Pero parecían profesionales. Ninguno se acercó a menos de tres metros y no dejaban de apuntarle con unos rifles de asalto de aspecto ominoso. Eran tres y todos llevaban el rostro tapado por oscuros pasamontañas. Sobre sus pechos brillaban diversas insignias que más bien parecían talismanes, enganchadas sobre el chaleco antibalas. Sus ropas eran oscuras y sin ninguna identificación de que pertenecieran a algún grupo o cuerpo gubernamental. David chasqueó las mandíbulas hacia ellos.

—    Ha sido un buen disparo, Uno – dijo uno de ellos, pero nadie contestó, así que David supuso que estaba hablando por radio con el tirador.

—    No puede moverse – comentó otro.

—    No te fíes de eso, Tres. Con estos bichos hay que tener mucho ojo. Se ponen a volar cuando menos te lo esperas – dijo el tercero.

—    ¿Tenemos orden de eliminación? – preguntó de nuevo el primero en hablar. – Bien. Entendido – se tocó el oído, y giró el oculto rostro hacia sus compañeros. – Tenemos que llevárnoslo.

—    ¡Joder! Hay que esperar a que se canse y transforme de nuevo en una persona – se quejó Tres.

—    Podemos meterle otro chute y que se caiga redondo – argumentó otro.

—    ¡Nada de chutes! ¡Lo quieren vivo! Otra dosis podría dañarlo.

—    Vale, Cinco, así que esperaremos.

Tomaron posiciones, sentándose sobre un murete de separación, sin dejar de apuntarle con sus armas. David notaba como las fuerzas se le escapaban, pero no quiso cambiar voluntariamente, esperando una oportunidad, un milagro.

—    No es un lupino muy grande, ¿verdad? – le señaló uno de ellos, con el cañón.

—    Es un crío. Tiene dieciséis años. Puede que crezca más después.

—    No creo que tenga tiempo para crecer – se rió suavemente su compinche.

—    Quizás el Obispo lo quiera como sabueso – dijo el otro, con un tono festivo.

—    ¡Chitón! ¡Sin nombres, capullo! – se puso en pie el que no había dicho nada aún. — ¡No comentéis las órdeneeeeeeeeeeee…!

El enmascarado que estaba hablando fue arrastrado hacia atrás, a toda velocidad, chillando y pataleando. Lo que fuese lo que le había atrapado, lo arrastró hasta la zona más oscura de la azotea, por encima del murete en el que estaban sentados. Sus dos compañeros, sobresaltados, empezaron a disparar a las sombras, con el rostro lívido por la impresión.

—    ¡Uno! ¡Uno, responde! ¡UNO! – gritó uno de ellos, cambiando el cargador de su arma, tras activar su comunicador. — ¿Uno?

—    Déjalo. Ha caído. Nadie nos cubre – exclamó su compañero. – Lo que quiero saber es ¿qué se ha llevado a Cinco y dónde? – con estas preguntas, encendió la linterna que llevaba en la bocacha del cañón, disipando las sombras de la esquina de la azotea.

—    ¡Jodidos monstruos! – escupió el compañero, imitándole con su propia linterna.

Pero allí no estaba Cinco, tan sólo su rifle de asalto y su pasamontañas.

—    ¡Tenemos que abortar la misión! – dijo uno de ellos, apuntando a cada rincón. – No somos suficientes para custodiar a la bestia. Si Uno ha caído, también lo ha hecho Dos. Estaban juntos.

—    Tienes razón, pero antes de irnos, debemos asegurar esta zona. No pienso dejar a ningún monstruito a mi espalda. ¿Tienes idea de qué puede ser? – preguntó el otro, asomándose detrás de la caseta de ascensores. — ¿Alguien de su familia? Tres… ¿Tres? ¿Dónde coño estás, Tres?

Pero, por mucho que le llamó y buscó, Tres no apareció. Había desaparecido, en un segundo, sin un ruido, sin defenderse. El tipo enmascarado que quedaba, que podría suponerse como Cuatro, empezó a sudar bajo el pasamontañas, y no sólo por el calor veraniego. Regresó ante el lupino y lo encañonó. El arma tembló en sus manos.

—    ¡Dímelo! ¿Dónde están? ¡Habla, puto engendro! – le gritó.

Pero David no podía hablar bajo la forma lupina, y no quería cambiar. Su única oportunidad de sobrevivir era mantenerse bajo aquella forma resistente. Sin embargo, se encontraba al límite de sus fuerzas, los ojos se le cerraban y jadeaba, con la lengua colgando de sus fauces. Llevado por la rabia y el miedo, el enmascarado hizo lo que le habían advertido que no hiciera nunca: acercarse a una bestia herida y acorralada.

Le plantó el cañón del rifle en la garganta y empujó, arrancando un quejido del lupino.

—    ¿Dónde están mis compañeros? ¿Quién se los ha llevado?

—    Yo – dijo una suave y cristalina voz, por encima de su cabeza.

Ni siquiera tuvo tiempo para levantar su arma, y apenas los ojos. Había alguien acuclillado sobre la torreta de ventilación tras la que se escondía el engendro. Una jovencita de ojos luminosamente azules que le sonreía, una preciosidad rubia que le puso delicadamente una mano en la frente, y empujó.

El supuesto Cuatro gritó durante toda la caída. Incomprensiblemente, el empujón había sido tan fuerte como para sacar su cuerpo de la azotea y arrojarle al vacío.

Ángela, acuclillada sobre la cabeza del lupino, alargó una mano y palmeó suavemente sobre el hirsuto pelaje de la bestia, como si acariciase la testa de un perro fiel. David se desmayó en ese momento.

—    ¿Qué eres tú, chico? – musitó la vampiresa.

* * * * * * * * *

 

David despertó en una luminosa habitación pintada de blanco y beige. No reconoció el lugar, pero cuando la recorrió con la mirada comprendió que se encontraba en un hospital o clínica. Tenía una sonda en un antebrazo, un monitor conectado a sus constantes, y la pierna vendada. A su lado había otra cama, pero estaba vacía.

Una enfermera pasó por delante de la puerta, en ese momento, y, al verle despierto, entró con una agradable sonrisa en sus labios.

—    Bueno, bueno, has despertado – le dijo, comprobando instintivamente las constantes del chico.

—    ¿Cómo he llegado hasta aquí? – preguntó David, sintiendo la boca pastosa. — ¿Puede darme agua?

—    ¿No sabes quién te trajo? – se asombró la madura enfermera, entregándole un vasito de plástico lleno de agua.

—    No. perdí el conocimiento, creo.

—    Pues te encontramos delante de las puertas de Urgencias. Alguien te hizo un torniquete en la pierna, pero te dejó allí.

—    Vaya.

—    ¿Qué te pasó?

—    Estoy confuso. Me dispararon…

—    La policía llegará enseguida para interrogarte – le dijo la enfermera. – Y luego completaremos tu ficha de ingreso. ¿A quien quieres que llamemos? No llevabas documentación encima.

—    A mis padres, por favor. Creo que deberían estar aquí si me van a interrogar, soy menor de edad…

La enfermera enarcó una ceja, sorprendida, y, tras tomar los datos pertinentes, se marchó. David se concentró en buscar una excusa creíble. Si le habían traído al hospital, es que lo habían sacado de la azotea, pero cómo explicaría el ir desnudo, con la ropa dentro de la mochila. ¿Y quién le había disparado? ¿Por qué querían llevárselo? ¿Quiénes eran aquellos tipos? Le estaban vigilando, conocían su ruta para ir a casa, puesto que habían apostado un francotirador. ¿Su familia estaba a salvo? ¿Tenía algo que ver con el fisgoneo de su tío?

El médico llegó antes que la policía y David supo que le habían operado la pierna para sacarle todos los pedacitos de bala. Por lo visto, era una bala especial, de tipo militar, que se fraccionaba al estamparse, vertiendo en la herida una sustancia, que, en esta ocasión, era un paralizante químico. Así mismo, habían tenido que suministrarle varios reactivos que sirvieran de antídoto.

Sus padres llegaron, muy alterados. No sólo su hijo no había dormido en casa, sino que le habían disparado desde lejos. Su padre culpaba a la gente con quien se relacionaba, chicos extraños y alucinados. Su madre tan solo lloraba, aferrando la mano de David. La policía le interrogó delante de sus padres y el chico se remitió a que volvía a casa del trabajo, que había corrido durante el trayecto porque tenía una cita, y que sintió el impacto y la terrible quemazón en la pierna, y que no podía moverse.

Se mantuvo firme sobre esa versión, sabiendo que era cierta. Tan sólo se guardaba el detalle de convertirse en un lupino. Los dos agentes le creyeron y empezaron a unir lo que David les contaba, con lo que habían encontrado ellos en la zona, aunque les faltaba bastante para tener una explicación digna. No se trataba de un tirador al azar, porque habían encontrado varios cuerpos de gente militarizada. ¿Un ajuste de cuentas que había fallado por algún motivo? ¿Un enfrentamiento entre bandas criminales? Los investigadores se decantaban más, por esta última hipótesis, y David había sido una víctima inocente cogida entre dos fuegos.

Relató, o más bien inventó, como se quedó allí tirado, en la acera, paralizado, sin poder hablar, esperando que alguien le ayudara. Daba gracias a quien fuera que le encontró y le trajese al hospital, aunque no hubiera dado la cara. Le había salvado la vida.

Todos quedaron contentos con aquella versión que había surgido por sí sola, dejando que unos y otros opinaran. Había sido listo por una vez. Sus padres, los médicos, la policía… todos creyeron en que había sido una víctima totalmente inocente, aunque, en cierto modo, era así.

Cuando todos se fueron, David se quedó pensando en su cita perdida y envió a Mirella un mensaje, resumiéndole lo ocurrido y pidiéndole otra oportunidad. Mirella estaba demasiado buena como para dejarla escapar. Luego, a solas, pensó en la visión, de refilón, de la chica de la azotea, y, sobre todo, de su voz. Era una voz increíble, sensual y musical, una voz para escuchar horas y horas, pero que sólo había dicho una palabra: “yo”. Sabía que le había salvado, pero no sabía cómo, ni por qué, y, por supuesto, quién.

Hubo un ruido en la ventana. David levantó la vista, pero la persiana bajada no dejaba ver nada. Un nuevo golpeteo. Sin duda alguna, estaban llamando a la ventana.

“¡Pero estamos en un quinto!”, se dijo.

Una nueva llamada con los nudillos. David se bajó de la cama, y se apoyó en el bastón ortopédico que se encontraba en la cama, y que le permitía ir al baño con seguridad. Subió la persiana y su boca se abrió, de par en par.

Había una chica en la ventana, que parecía sujetarse perfectamente a la fachada. Le ofreció una sonrisa preciosa y, con un gesto, le pidió que abriera la doble ventana. David lo hizo inmediatamente, primero una y luego la otra, permitiendo que entrara, junto con la chica, el aire caliente de la noche.

Al verla de cerca, el chico se sorprendió de la juventud de su visitante. No podía ser mayor que él. Era esbelta, ágil, y muy bonita, comprobó al verla entrar con un elegante movimiento, como si se hubiera deslizado. Llevaba un fino vestido veraniego, de falda amplia a la rodilla, y peto cuadrado, que dejaba los hombros y brazos al aire. Calzaba unas manoletinas compañeras al vestido, amarillo y rosa.

—    Hola – le dijo ella, mirándole con aquellos ojos celestes primorosos.

—    Hola… eres la chica de la azotea, ¿no?

—    Sí. ¿Cómo te encuentras? – le preguntó Ángela, tomándolo del codo y sentándolo en la cama.

—    Vivo, gracias a ti.

—    Bueno, pues me alegro de ello – sonrió ella, sentándose sobre la cabecera del respaldo del sillón que se encontraba al lado de la cama. — ¿Eres un hombre lobo?

David parpadeó, sorprendido por lo directa que había sido, pero, de todas formas, tenía que haberlo visto al salvarle y, luego, al desmayarse, revertir a su figura humana. Así que asintió.

—    Soy un licántropo, esa es la palabra – puntualizó. – Pero yo prefiero el término lupino. ¿Y tú? ¿Cómo has trepado hasta aquí? ¿Cómo hiciste para deshacerte de aquellos tipos?

—    Soy una vampiresa.

De nuevo, David quedó sorprendido.

—    ¿Habías conocido a otros como nosotros? – le preguntó Ángela, haciéndole reaccionar.

—    No, nunca. Creía que era el único.

—    Yo también – sonrió ella, rascándose una rodilla. – Me alegra haber intervenido anoche.

—    Más me alegra a mí – se rió él.

—    Me llamo Ángela.

—    David.

Se quedaron mirándose, sonrientes.

—    ¿Sólo sales de noche? – le preguntó el chico.

—    Sí, de día duermo. El sol no me sienta… bien – respondió ella, con un gesto cómico.

—    Vaya.

—    ¿Y tú? Ayer no había luna llena.

—    Oh, eso no importa. Puedo transformarme siempre que haya una luna, salvo en luna nueva.

—    No tiene mucho que ver con la leyenda.

—    No – se encogió de hombros David. – La plata tampoco me afecta, bueno, quiero decir a no ser que me disparan con una bala de plata o me aplasten la cabeza con un candelabro antiguo. No es la plata la que me mataría…

Ángela se rió, divertida y cómoda con aquel chico, como si lo conociese de toda la vida.

—    ¿Cuántos años tienes? – le preguntó Ángela.

—    He cumplido dieciséis hace un par de meses.

—    ¿De veras? No los aparentas. Cualquiera te echaría, no sé, veinticuatro por lo menos.

—    ¿Tantos? – He ahí el secreto de mi triunfo con las chicas, se dijo. – Tú también pareces muy joven. ¿Cuándo te hicieron vampira?

—    Bueno, verás. No lo sé… sólo sucedió a los trece años. De repente, no podía salir a la calle durante el día y necesitaba sangre para mantenerme fuerte. Eso ocurrió en la década de los 60, hace cincuenta años.

—    ¿Qué? ¿Tienes más de sesenta años? ¿Tú? Es coña, ¿no? – David se sentó recto en la cama, atónito.

—    Pues no. Tuve que escapar de mi casa y abandonar a mi familia cuando comprendí que no podía garantizar su seguridad. Desde entonces, he estado vagando por España, de un sitio para otro.

—    Debe de ser duro tener el aspecto de una cría y disponer de toda la experiencia de una vida.

—    No te creas. Me ayuda a ocultarme perfectamente. Todo el mundo cree que soy una niñita inocente, ¿sabes?

—    Seguro que eso pensaron los tipos de anoche – cabeceó él.

—    No creo. No les di tiempo a verme – contestó ella, abriendo los brazos y poniendo las palmas hacia arriba.

—    Visto y no visto.

—    Sip, eso mismo.

Hubo una pausa de silencio y Ángela se puso en pie.

—    Oye, David, ¿crees que hay más gente como nosotros por ahí?

—    Antes no lo creía, pero te he conocido, y, si estamos nosotros dos, ¿por qué no puede haber más?

—    Sí, tienes razón. Bueno, es hora de que me vaya. Puede llegar una enfermera y eso…

—    Sí, sí, pero vuelve cuando quieras. Esto se curaría mejor si tuviera carne cruda a mi alcance – dijo él, palmeándose la pierna.

—    ¿La carne cruda te sana?

—    Sí, cruda y fresca.

—    A mí la sangre. Somos diferentes, pero muy parecidos.

—    Una pregunta, Ángela. ¿Puedes convertirte en murciélago?

—    No creo, al menos aún no lo he conseguido – sonrió ella. – Pero habiendo edificios altos, no me hace falta.

Y le dejó con la palabra en la boca, saliendo por la ventana y desapareciendo en la noche.

* * * * * * * *

David recibió el alta tres días más tarde. El agujero de bala tenía una pinta inmejorable, palabras textuales del médico que creía estar ante uno de esos casos de curación regenerativa. Sus padres le sacaron del hospital en una silla de ruedas y le ayudaron a subir al coche familiar. David podía moverse mucho mejor, pero se le ocurrió mantenerlo en reserva. Por unos días, dejaría que su madre le mimase. No se sentía con ánimos de regresar a embutir carne en tripas.

Por el momento, tenía dos cosas en mente: su primera cita con Mirella, pospuesta por el momento, y responder al correo que le acababa de llegar.

“Envíame tu dirección y pasaré a verte. Mi número ya lo tienes. Cúrate rápido que tenemos que salir por ahí, los dos. Un beso. Ángela.”

“¿Cómo sabe que me han dado el alta? ¿Y cómo conoce mi número de móvil?”, pensó David mientras su padre conducía a su lado. Su madre, atrás, estaba llamando a su hermana para darle la noticia. “Seguramente vino anoche, mientras dormía, y se ha enterado de todo. Envidio la confianza que tiene.”

Al día siguiente, bien instalado en su habitación, teniendo a su hermana mayor y a su madre a su disposición, David recibió la visita de Mirella, y se preparó perfectamente para ella. Pijama de seda, con la camisa bastante desabotonada, luciendo pectorales velludos, y la pernera del pantalón de la pierna agujereada cortada para dejar a la vista el ostentoso vendaje.

Mirella era secretaria de un bufete de abogados. Tenía veintitrés años y se creía la reina de su círculo personal. Lucía su melena caoba siempre perfecta, limpia, sedosa, y con un peinado de 300 €, por lo menos. Una melenita recortada a la altura de la nuca, con volumen y las puntas remetidas hacia las mejillas, con el grueso flequillo recortado a la altura de los ojos verdosos.

Mirella era atractiva, con una boca sensual, de gruesos labios, y una perpetua expresión de fastidio que le daba un aire de viciosa que tiraba para atrás. Poseía un buen cuerpo que cultivaba tres días a la semana en el gimnasio. Así era Mirella, y David estaba dispuesto a aprovechar la compasión que la chica sintiera por él.

—    ¡Oh, David! ¿Qué es lo que te han hecho? – exclamó Mirella, una vez que Silvia, la hermana del chico, la hiciera pasar.

—    Un piercing nuevo – bromeó, mientras su hermana los dejaba solos.

—    ¡No sabía que fuera un disparo! Me dijeron que fue un accidente…

—    Bueno, si te dispara un francotirador, ¿no es un accidente que te haya escogido entre tanta gente?

—    Ay, tonto, siempre estás bromeando – Mirella se inclinó para besar ambas mejillas del muchacho, y no apartó la mirada del pecho velludo. – Cuéntamelo todo…

David repitió de nuevo toda la historia, y a cada vez, lo hacía mejor, adornando ciertas áreas para que fuera más creíble.

—    Así que no sé quien me salvó la vida, encontrándome y llevándome al hospital – se encogió de hombros.

—    Fuese quien fuese, merece un beso.

—    Cómo no se lo puedes dar, ¿qué tal si me lo cedes a mí? – pidió el chico, acariciando el dorso de la mano femenina que tenía entre las suyas.

—    Ay, ¿aquí, en tu casa? – respondió ella con voz modosa, admirando la bien iluminada habitación, con paredes llenas de cuadros hechos con ilustraciones de fantasía épica, algo que la había impactado gratamente.

—    Nadie va a entrar sin llamar – susurró él, atrayéndola contra su hombro.

Mirella cerró los ojos y pegó su cuerpo como una lapa al hombro del chico que ella creía un hombre. Posó una mano sobre la nuca masculina y dejó que la pasión de él llenara su boca. La lengua parecía viva y también parecía crecer, llegando a rincones imposibles. Se separaron con los ojos luminosos, jadeante ella, relamiéndose él.

Mirella aún se estaba recuperando de un beso de esa dimensión. Nadie la había besado nunca así, y eso que se había besado con muchos y muchas.

—    ¡David! – dejó escapar ella en un suspiro.

—    ¿Qué pasa? ¿No lo he hecho bien? – preguntó él, atento al aroma que estaba percibiendo. Mirella estaba cachonda, y seguía aumentando.

—    ¡No, por Dios! Besas muy bien… pero estás herido y…

—    Tengo un tiro en la pierna, no en el corazón, preciosa. No sabes todo lo que pasó por mi cabeza cuando sentí el impacto. Me dirigía a nuestra cita y pensé que no volvería a verte… ni tocarte…

—    Oh, David – ella aleteó sus espesas pestañas y se colgó aún más de su cuello, sintiendo que su sangre corría demasiado aprisa por su cuerpo.

—    Me hice una firme promesa, ante la posibilidad de morir…

—    ¿Cuál?

—    Que si sobrevivía, no perdería el tiempo jamás con hipocresías y rancias costumbres impuestas. Me gustas mucho, Mirella, me siento arder a tu lado… quiero tocarte, amarte, besar cada rincón de tu cuerpo, y hablarte en murmullos toda la noche, abrazado a ti.

Mirella, que esperaba más bien una petición para salir, se quedó temblando, el rostro enrojecido, los pezones duros y sensibles, encerrados en su bonito sujetador de Victoria’s Secret. Había algo en aquel hombre que la desconcertaba, que la llevaba a extraños límites que pocas veces se había atrevido a cruzar. En aquel momento, sólo deseaba hundir su mano bajo la camisa del pijama y acariciar aquella pelambrera rizada y oscura que la atraía con inusitada fuerza.

Se obligó a mirar el rostro de David, con aquellos ojos entre grises y verdes, las poderosas cejas que iniciaban la afilada nariz, aquellos labios rojos y carnosos que se perfilaban en la oscura sombra de la cerrada barba de tres o cuatro días. David era un hombre velludo, muy velludo, pero, al mismo tiempo, muy atractivo en su masculinidad, con un cabello moreno y rizado.

Pudo oler el jugo prostático que se derramó sin control en el interior de la braguita de la chica. Inclinó la cabeza y mordisqueó levemente el cuello de Mirella, haciéndola estremecerse.

—    David… David… déjalo – gimió ella.

—    No puedo. Voy a reventar…

Mirella bajó los ojos hasta el liviano pantalón y comprobó que se había formado un pináculo extraño que tironeaba de la tela. Se mordió el labio cuando comprendió que se trataba de una erección, y por el bulto que levantaba, la mayor que hubiera visto o palpado nunca.

—    No… no podemos… tu madre…

—    Lo sé, Mirella, lo sé – asintió él, inclinando la cabeza de la chica y besándola en la frente y cráneo.

Mirella no podía dejar de mirar aquel bulto que temblaba bajo la seda. Intentando escapar de la tentación de llevar una mano sobre él, la llevó al otro lugar que la llamaba, el pecho peludo. Sus dedos se enroscaron allí, tironeando levemente de pequeños puñados de vello, repasando con el índice los abultados y durísimos pectorales, bajando por los pequeños escalones que formaban los marcados abdominales.

—    Oh, Dios… David – suspiró, con un tono que mostraba totalmente su rendición.

—    Ve y echa el pestillo en la puerta – musitó David a su oído y ella obedeció al instante.

—    Quiero verlo – le dijo ella, tras cerrar la puerta, la espalda contra la madera.

—    ¿Esto? – señaló David el bulto de su erección.

—    Sí… por favor… — el rostro de la chica ardía de emoción, rojo como un tomate.

David pellizcó los laterales del pantalón, bajándolo un poco. No llevaba ropa íntima, así que el grueso pene, cruzado por azuladas venas, apareció en toda su magnificencia, vibrando de ansiedad.

—    ¡Oh, Dios santo, David… que monstruosidad! – dejó escapar ella.

—    ¿Te asusta?

—    Me impone – confesó ella, acercándose y negando con la cabeza.

—    ¿Deseas tocarlo?

—    Oh, sí… ya lo creo que deseo tocarlo – y se sentó en un lateral de la cama.

Llevó una trémula mano hasta el miembro masculino, notando cuanto calor despedía. Sus dedos abarcaron cuanto pudieron, pero le faltaba mano para empuñar toda la pieza. Era el miembro más suave y, a la misma vez, más duro que tocaba. Con un impulso, estrujó suavemente el glande al subir la mano. David gimió, mientras le revolvía el perfecto peinado. A Mirella le importó una mierda que la despeinara. Tenía la perfección en la mano.

—    Lento, pequeña… arriba y abajo – susurró él, besándola en la nariz.

Mirella había aprendido a pajear con su primer novio. Tenía un miembro torcido que no le permitía la penetración, y mientras se decidía o no a operarse, ella le pajeaba a todas horas, en su piso universitario. Pero aquella cosa no se podía comparar con el pito en ángulo de Matías. No, nada que ver.

La piel de aquel badajo subía y bajaba a la perfección, dejando un grueso glande al descubierto, de cuyo agujerito rezumaba cada vez más líquido seminal. Las gruesas pelotas, completamente desprovistas de vello, clamaban para ser arrulladas y sobadas.

—    Qué bien lo haces, Mirella… qué manos…

Ella sonrió y se inclinó para ofrecerle su lengua. Él la chupó y aspiró delicadamente, mientras sus manos se atareaban en desabotonar la camisa malva de la chica. Con algo de dificultad – porque Mirella no quería soltar su polla ni un segundo – David consiguió quitarle la camisa y sacó aquellos pechitos de sonrosados y erectos pezones fuera del sujetador de encaje.

—    Frota mi capullo contra esos pezones, ¿quieres, Mirella?

Riéndose como una boba, la chica inclinó su cuerpo hasta hacer coincidir su endurecido pezón contra el glande, lo que dejó un rastro de líquido sobre su pecho. Ya no tuvo que decirle nada más, lo siguiente que tocó su glande fueron los labios y lengua de Mirella.

Se lo tomó con mucha paciencia, ensalivando primero el grueso glande, y luego todo el tronco, pasando su lengua infinidad de veces por él. Chupeteó, lamió y hasta mordisqueó los gruesos testículos que reposaban como en un trono. Sólo entonces, empezó a tragar. Apenas le cabía en la boca, en aquella boca que antes estuviera exquisitamente pintada, en aquella boca que sabía camelarse a sus jefes, y que hablaba cuatro idiomas, catalán incluido.

Poco a poco, a base de arcadas, cantidad de saliva, y mucha dedicación, consiguió tragarse más de medio miembro. David se retorcía bajo aquella boca sabia, gimiendo y aferrándola del cabello. Había estado a punto de correrse en dos ocasiones, pero, aún no sabía cómo, se había aguantado.

—    Mirella… no sigas – susurró, el vientre temblando. – Me voy… a correr… aparta…

Pero ella no le hizo caso, tan sólo sacó la polla de su boca, y la reemplazó por un huevo. Al mismo tiempo, manoseó el miembro con una mano, manteniéndolo vertical sobre su nariz. Con un ronco gruñido, David se dejó ir. Un espeso borbotón de cálido semen se desbordó sobre la nariz y frente de la chica, deslizándose mansamente hacia abajo, mientras más esperma se unía a la primera emisión.

Mirella limpió a consciencia el miembro masculino, antes de dedicarse con un dedo a llevar el semen de su rostro a la boca. En verdad, parecía hambrienta.

—    ¡Joder, David! ¡Qué rico que estás! – dijo ella, riendo.

—    Puedes lavarte la boca, si quieres, pero que conste que a mí no me importa.

—    Mejor, así puedo compartirlo – respondió ella, besándole en la boca y vertiendo en ella las últimas gotas de semen.

—    Quítate las bragas.

—    Será mejor que…

—    ¡Las bragas! – gruñó David, tomando las riendas.

Mirella se bajó de la cama y se puso en pie. Se remangó la estrecha falda y deslizó la prenda íntima, a juego con el sujetador, por las piernas.

—    Ven, ponme el coño en la boca, que te lo voy a comer todito – dijo David con una sonrisa. – Ya que me has dejado seco, es lo menos que puedo hacer por ti.

Ninguno de los amantes de Mirella habían sido amantes del cunnilingus. Tenía que enfadarse para tener una ración de lengua en el coño. Ahora, David le ofrecía una voluntariamente, y eso hacía que su vagina goteara, literalmente. Se subió a la cama, colocó una pierna a cada lado del cuerpo de David, con los pies descalzos bajo la almohada, y flexionó un tanto las rodillas para colocar su pubis a la altura de la boca del hombre.

David echó un buen vistazo a la entrepierna femenina. El vello del pubis estaba muy bien recortado, hasta dejar tan solo una delgada línea vertical. Los labios estaban abiertos, la vulva inflamada de deseos, incluso el clítoris asomaba sin haberlo acariciado. Sí, no había duda, Mirella estaba dispuesta a todo esa tarde. Sus manos aferraron las nalgas con fuerza, sujetando a Mirella casi a pulso, como si se tratase de una muñeca. La lengua de David creció en el momento en que introdujo la cabeza entre los muslos, alcanzando todo el coño, de cabo a rabo.

Mirella, al notar la asombrosa pasada de la lengua, dejó escapar un gritito, de asombro y de placer, todo unido. Sus manos se aferraron a la nuca del chico y encajó aún más el rostro masculino en su entrepierna. Aquella lengua la estaba matando. Llegaba a lugares insospechados, tal y como había hecho en el interior de su boca, salvo que allí, había más puntos sensibles.

—    Oh… David… ooooohh… Daviiiddd… – exclamaba a cada pulsación de aquel apéndice que la horadaba.

Sus caderas se agitaban furiosamente, casi sin control. Sus muslos se estremecían y sus rodillas amenazaban con flaquear. Finalmente, tras el primer orgasmo, se dejó caer de rodillas y David siguió su movimiento, tumbándose en la cama. Mirella quedó arrodillada sobre los almohadones, sin que David hubiese sacado su lengua del coño.

Acabó dedicándose al endurecido clítoris, aspirándolo de una forma tan potente, que Mirella dejó escapar una ventosidad. Pero no estaba, en aquel momento, para pasar vergüenza. Sólo gemía y se retorcía, y, de vez en cuando, gritaba bajito, intentando no llamar la atención de la madre o hermana de David.

Cuando se corrió por tercera vez, llevó la mano a la entrepierna y aferró la lengua del chico con los dedos.

—    Ya basta… por favor – jadeó. – Me vas… a matar… David…

—    Entonces, habrá que esperar para follarte, ¿no?

—    Si no quieres que me desmaye – rió ella, tumbándose a su lado y besándole en la mejilla.

—    Se puede decir que te ha gustado, ¿no?

—    David – dijo ella, mirándole fijamente a los ojos. – Nunca he sentido algo así. Nadie ha hecho que me corra tan seguido y tan fuerte. Eres un maestro.

—    Sí, de los Jedi – bromeó, pero muy contento, interiormente. Quería seguir viéndola, tan sólo tenía que ocultarle su edad. Ya había estado en su casa y había pasado lo más difícil, se dijo. Quizás funcionaría. — ¿Vendrás mañana?

—    Depende del trabajo, pero, en un principio, claro que sí. ¿Y el tuyo? ¿Cuándo irás?

—    Le he dicho a mi tío que si no coloca rampas para minusválidos, no vuelvo – dijo, risueño.

Sin embargo, fuera de las bromas, había algo que no le gustaba en su tío, y era hora de averiguar qué es lo que era.

 

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (4)

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