ALEX BLAME

 

4. Malditos Charlies

No habrían pasado más de dos minutos cuando unas luces, reflejándose en el techo del laboratorio, me sacaron de mi estado de duermevela. Al principio pensé que serían un par de alumnos que venían a hacer botellón, pero cuando hoy el ruido de alguien que trepaba por la fachada y forzaba una de las ventanas del laboratorio, inmediatamente me puse en guardia.

A gatas, me desplacé entre las mesas en dirección al origen del ruido y me asomé para ver lo que estaba ocurriendo. Dos personas vestidas de negro y con pasamontañas estaban registrando el laboratorio.

Se notaba a la legua que eran profesionales. Se movían con soltura. No parecían preocupados o nerviosos, conscientes de que la seguridad de aquel campus era de risa y ni siquiera se molestaban en bajar la voz. Por sus palabras me di cuenta inmediatamente que eran chinos o coreanos. Los observé unos instantes revolviendo entre los papeles y el material que tenía acumulado Matilda encima de las mesas y poniendo pequeños aparatos en todos los ordenadores que veían.

Inmediatamente me di cuenta de qué era lo que venían hacer. Querían llevarse el condensador de Matilda y destruir toda su investigación. Una oleada de furia me dominó. Quería matar a esos cabrones, pero los reveladores bultos que pude adivinar en sus caderas me disuadieron de ello.

En ese momento me acordé de Matilda. Si aparecía en ese momento no me imaginaba que podría pasar. Tenía que desviar su atención. Aun recordaba dónde había puesto el condensador y medio a gatas, medio a rastras, me acerqué a la estantería donde mi novia  lo había dejado.

Lo cogí y a tientas me dirigí hacia la puerta. Tanteando en la oscuridad me hice con las llaves del coche y justo cuando así el pomo de la puerta, me erguí y pegué un grito saludando a los chinos con el condensador en la mano.

Sin esperar su respuesta, salí zumbando de la estancia, perseguido por los gritos de los intrusos. Corrí por los pasillos escuchando explosiones apagadas y viendo como astillas de yeso volaban a mi alrededor. Aquellos tipos no estaban de broma.

En cuanto doblé la esquina me puse a correr como un loco con el condensador de fluzo bajo el brazo. Poco a poco, conocedor de todos los recovecos del edificio, conseguí sacarles algo de ventaja.

Sin mirar atrás, salí del edificio por una ventana que daba directa al aparcamiento donde me esperaba mi Corsa OPC. Sabía que si lograba arrancar el coche sin que me agujereasen la cabeza estaba salvado.

En cuanto salí al exterior, el frescor de la noche y la gravilla del aparcamiento me recordaron que estaba totalmente desnudo. Ignorando las piedrecillas que se clavaban e mis pies y la brisa helada que endurecía mis pezones me acerqué al coche.

No voy a relataros la escena de mis manos temblorosas intentando insertar la llave en la cerradura del coche porque sería mentira. Sin dejar de correr pulse el mando y entre en el coche, tiré el condensador en el asiento trasero, apreté el botón del arranque sin llave y salí zumbando del aparcamiento mientras que por el rabillo del ojo veía como un SUV se acercaba a recoger a mis perseguidores.

Rodeé el edificio  a toda velocidad, observando como una espesa nube de humo negro salía por la ventana del laboratorio de física. Podían haber destruido los ordenadores de Matilda, pero yo tenía el condensador y pensaba alejarlo de las garras de aquellos cabrones.

Aceleré un poco más por las calles desiertas del campus en dirección al centro. Estaba empezando a creer que me había librado, cuando el SUV negro apareció de una calle lateral y se colocó justo detrás de mí.

Por el espejo retrovisor vi como un tipo asomaba medio cuerpo por la ventanilla apuntándome con un fusil que me pareció enorme.

Dando un volantazo, esquivé la primera ráfaga y me alejé aun más del campus. Me dirigí hacia el centro, esperando que los pocos coches que circularan por allí disuadiesen a mis perseguidores de seguir disparando.

Atravesé dos rotondas y aceleré hasta rozar los noventa kilómetros por hora, con los malos pegados a mi culo, gastando munición como si no hubiera un mañana. Pisé el acelerador a fondo y mi cochecito pegó un salto adelante. Logré alejarme unos metros,  pero las balas eran más rápidas. Noté como los proyectiles repiqueteaban en la carrocería y la atravesaban. Me mee encima y di un volantazo, intentando evitar lo peor del chaparrón.

Una nueva ráfaga alcanzó mi coche, esta vez de lado y por el rabillo del ojo vi como una de las balas impactaba en el condensador de fluzo del que empezaron a saltar chispas.

Más preocupado por salvar el pellejo que por aquel trasto, aceleré de nuevo en la siguiente recta. El coche pasó a los ciento quince y luego a los ciento veinte por hora. Cuando llegué a los ciento treinta y cinco las chispas del condensador empezaron a extenderse por la carrocería. Aquello me daba mala espina, pero con aquellos bestias pegados a mi culo, no podía hacer otra cosa que seguir acelerando…

Y entonces llegué a los ciento cuarenta  y ocurrió…

—Sí, en ese momento ocurrió la cosa más alucinante que he podido documentar en mi vida. —dice Íker dirigiéndose a las cámaras— Y pronto se sorprenderán tanto como yo. Justo después de los anuncios

—Será hijoputa. —dice Gerardo ahora totalmente enganchado en la historia— Tiene suerte de que yo no tenga el armamento de los chinos, si no se iba a enterar.

Impaciente, espera a que pase los anuncios, jurándose a sí mismo no comprar ninguno de los objetos que promocionan en venganza por interrumpirle la historia

Al fin, después de siete interminables minutos, los anuncios terminan e Íker continúa su  lectura:

… Las chispas envolvieron el Corsa hasta que un fogonazo me cegó momentáneamente. Cuando recuperé la vista no entendía nada. En vez de circular por una autovía desierta, en medio de la noche, estaba dando botes en un camino pedregoso y embarrado a ciento cuarenta por hora.

Actuando por reflejo, hinqué el pie en el pedal del freno. Las pastillas mordieron los discos y el ABS se puso a trabajar a toda potencia, pero en aquella superficie poco podían hacer para disminuir la velocidad.

Con una lentitud desesperante comencé a disminuir la velocidad, cogí al primera curva sin saber cómo, pero entonces, una enorme roca salida de no sabía dónde me arrancó el espoiler delantero y me jodió algo en la suspensión. De repente el volante se iba para todos los lados y apenas podía mantener el control del coche. Aun a cerca de ochenta kilómetros por hora conseguí trazar la siguiente curva ayudándome del freno de mano para ver como una figura caminaba por el medio de la astrosa carretera.

No pude hacer nada, la figura encapuchada se dio la vuelta al oír el estruendo. Aun recuerdo como si fuera ayer los ojos abiertos por la sorpresa, el impacto contra el parabrisas y la caída a plomo, diez metros detrás de mí que observé alucinado por el espejo retrovisor.

Aquello hizo que perdiese totalmente el control el coche. El Corsa empezó a culear y en la siguiente curva me salí recto, salté por encima de un terraplén y como un cohete caí entre una maraña de árboles y arbustos aterrizando en un arroyo.

El agua fría me espabiló. Respiré hondo y tras apartar el airbag, pulsé el botón de emergencias del coche. El aparato parecía funcionar, pero nadie contestaba mi llamada. La radio funcionaba también, pero solo se oía ruido blanco… No entendía nada.

Después de esperar cinco minutos, salí del coche que empezaba a hundirse en el cieno de la orilla. El día era oscuro y frío. Temblando y mareado por el impacto, me abracé y comencé a subir por el terraplén.

A rastras, magullado y dolorido, logré llegar al camino. No sabía que pasaba, ni dónde demonios estaba. De repente, me acordé del tipo al que había atropellado y me fui corriendo hacia el lugar donde había caído con la tonta esperanza de que aun respirara.

Por supuesto estaba más muerto que mi abuela.

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