JANIS MULLIGAN

 

 EL PRINCIPIO 

4 de agosto de 2013.

Ginger y Ángela subieron al piso entre bromas, traviesas cosquillas, y risitas apagadas. La noche había sido intensa para ser viernes, con una delegación de vendedores de Vaporetta venidos de toda España, y una despedida de solteros con miembros bastante acaudalados. El sueño de cualquier stripper.

Ambas habían bailado muchísimo aquella noche, en privado, detrás de las cortinas. Entre propinas y tarifas, habían sacado una pasta y eso las había puesto muy contentas y también muy calientes. Ese era el riesgo del oficio. Aquellas ávidas manos, aquellos chicos macizos y vitales de la despedida de solteros…

Ginger la atrapó nada más entrar, abarcando su estrecha cintura y apoyándola contra la madera de la puerta. Ángela dejó escapar esa risa cristalina tan suya, y echó los brazos al cuello de la tailandesa.

―           Estamos en casa… así que puedes besarme – susurró la rubita, provocando con un delicioso mohín.

Con un suave ronquido de deseo, Ginger mordisqueó aquellos labios que la traían loca; unos labios naturalmente fruncidos, como si estuvieran realizando un eterno puchero de niña consentida y frustrada. Ángela estaba resultando una tentación demasiado fuerte para ella.

La rubia respondió con pasión al beso, iniciando un buen combate de lenguas húmedas y ansiosas. Un esbelto muslo desnudo subió hasta enroscarse en la pierna izquierda de la asiática, quien, a su vez, metió sus manos bajo la breve minifalda de Ángela, aferrando con fuerza sus pequeños y redondos glúteos.

―           Estoy ardiendo – susurró Ángela, dejando que sus labios vibrasen sobre los de Ginger.

―           Lo sé, lo noto en tu piel… eres puro fuego ahora mismo…

―           Necesito que entres en mí… ya.

Ginger no se lo hizo repetir. Deslizó una de sus manos hasta meterla entre los muslos abiertos de su compañera. Apartó la braguita y resbaló el dedo índice por la entreabierta vulva, recogiendo la humedad concentrada allí. Aún se asombraba de cuanto se humedecía Ángela, de lo que era capaz de supurar por su vagina cuando se excitaba, y mejor no hablar cuando se corría.

El índice ahondó más, haciendo gemir a la rubita en el interior de la boca de Ginger. Pensó que era de lo más erótico que había experimentado nunca. Aquel gemido volcado en el interior de sus labios, como si tratase de entregarle su pasión. La asiática se tenía por una mujer bisexual y ardiente, aunque últimamente se decantara más por las féminas, pero ninguno de sus amantes, masculinos o femeninos, se entregó nunca a ella de aquella forma tan sensual y, a la vez, natural.

Se dijo que aquella jovencita angelical había nacido para el puro gozo, para hacer el amor a todas horas. Con este pensamiento, añadió el dedo corazón al índice que ya tenía dentro de la vagina de su compañera, haciéndola suspirar más. Inició un lento vaivén que horadaba cada vez más profundamente el sexo de Ángela, la cual tenía la cabeza echada hacia atrás, la coronilla contra la puerta, y la boca abierta por los jadeos.

―           Haz… que me… corra… cariño – barbotó Ángela. – Estoy… a dos segundos… de gritar…

Efectivamente, Ginger sólo tuvo que rozar con el pulgar el grueso clítoris para que la rubia temblase con un espasmo que le hizo aflojar las rodillas y colgarse del cuello de su compañera de piso.

―           Uh… gracias, amor – susurró, antes de besarla con dulzura.

Ginger notó su propia humedad en el interior de sus shorts, pero era capaz de aguantar el deseo. Se apartó de Ángela, le dio la mano, y la condujo a su dormitorio. Solían amarse sobre el nuevo colchón de Ángela, primero por comodidad, y segundo porque así, cuando amaneciera, la rubia podía quedarse dormida sin tener que irse a su cuarto. Ginger ya había comprobado lo profundo que era el sueño de Ángela si se dormía.

―           Espera, espera – la detuvo Ángela antes de entrar en su dormitorio. — ¿Qué tal unos chupitos antes, zorra?

―           Vale. Hay botella tequila en nevera – asintió Ginger.

―           Vale. Vete quitando la ropa mientras vuelvo – la sonrisa de Ángela fue de lo más sórdido.

Mientras se desnudaba en la penumbra, Ginger pensó en que la chiquilla, en ocasiones, parecía mucho más madura y experimentada que ella misma. Ángela regresó en ese momento, trayendo una esbelta botella y dos pequeños vasos. Su cuerpo recogía la escasa luz que entraba por la ventana del estrecho patio, como si fuese algo sobrenatural. Venía desnuda totalmente, habiéndose quitado la ropa en la cocina-comedor. Su piel era pálida, adoptando un tono azulado con la luz de la luna. Se había soltado el pelo de las infantiles coletas que solía utilizar al bailar, y éste caía en cascada sobre sus hombros y espalda.

―           Brindemos – propuso, entregándole un vasito a Ginger.

―           Sí. Por nosotras.

―           Eso, y por todos los hijos de puta que nos desean. ¡Que revienten! – añadió Ángela.

―           ¡Que revienten! – coreó su amiga.

Se echaron los tragos al coleto y volvieron a llenar los vasitos.

―           Por seguir entendiéndonos así de bien – brindó la asiática, mirándola intensamente.

―           Por nuestra amistad – chocó Ángela el vaso con el de su amiga.

Se besaron profundamente tras beber de nuevo, degustando el alcohol en la lengua de la otra, arrodilladas sobre el colchón y abrazadas.

―           Deberías ir a por Oscar… pienso follarte con él – le susurró Ángela al oído.

―           Después… ahora quiero sentirte – jadeó Ginger, dejándose caer de espaldas sobre la cama y abriendo los muslos.

La asiática se sentía adicta a la lengua de Ángela, una lengua que conseguía llegar a cualquier rincón de su intimidad, y que la enervaba y satisfacía como ninguna otra cosa en este mundo. Nada más notar como descendía la cabeza de su compañera, un estremecimiento recorrió toda su espalda, haciendo que se abriera aún más de piernas. La fina y nerviosa lengua dio una larga pasada a todo su sexo, terminando sobre su clítoris. Sintió un chispazo increíble en él, algo que tan sólo sentía con ella y que la enloquecía. Se abandonó completamente, colocando una mano sobre el sedoso pelo rubio y mordiéndose el labio inferior.

Una hora más tarde, con el consolador de dieciocho centímetros llamado Oscar abandonado sobre la cama, Ginger devolvía el placer a su amiga. Ésta se encontraba fuera de la cama, apoyada de bruces contra el gran espejo que Cristian había adosado a la pared. Tenía la mejilla izquierda contra la lisa superficie, empañándola con su respiración, la palma de la mano apoyada un poco más abajo y el trasero un tanto levantado. Las piernas quedaban separadas del espejo, para, de esa forma, ofrecer su grupa a su amiga, quien, arrodillada en el suelo, detrás de Ángela, hundía su nariz y boca entre los dulces cachetitos de la rubita.

Ángela jadeaba contra el espejo, mirándose en él de cuando en cuando. La claridad comenzaba a entrar por el ojo de patio, avisando del amanecer, por lo que podía verse perfectamente en el espejo, sin intensificar su visión. Se regodeaba en sus expresiones de placer, diciéndose lo guarra que era y cuanto disfrutaba de ello. Aunque no podía ver a su compañera atareada entre sus piernas, contemplar su silueta, la línea luminiscente que contorneaba su cuerpo enturbiaba sus deseos. ¿Quién era el imbécil que decía que los vampiros no se reflejaban en un espejo?

Su sangre olía tan bien, tan cálida y espesa, que, a veces, debía controlar sus colmillos para que no afloraran. Aquel olor tan especiado le traía recuerdos, intensos recuerdos de sus primeras alimentaciones, de sus primeras muertes…

Se corrió en silencio, contoneándose contra el rostro de Ginger, y lamiendo el espejo. Su mente retrocedió décadas, recordando con una prístina claridad…

* * * * * * * *

1963

La vida de la hija mayor de los Núñez era casi un cuento de hadas. Sus padres se querían, tenía un precioso hermanito de ocho años que la adoraba, y obtenía cuanto le apetecía nada más pedirlo. Su padre trabajaba como arquitecto y su madre era una renombrada psicoanalista, de las primeras en España con consulta propia, pues corría el año 1963.

A sus trece años, era la envidia de todas sus amigas y conocidas. Era preciosa, inteligente, y ambiciosa. Ángela sabía perfectamente lo que quería de la vida, a pesar de su juventud. Había ganado dos campeonatos estatales de gimnasia rítmica, uno de ellos en solitario. Su entrenador le auguraba grandes gestas deportivas en su vida. En la escuela, era una de las líderes naturales, admirada y querida.

Ángela aún no había desarrollado ese rasgo esnob y altanero, clásico de las herederas de las altas esferas, pero se encontraba en el camino. Algunos de sus profesores auguraban que aparecería en cuanto se desarrollara y buscara nuevos intereses.

Pero todos se equivocaban. Lo primero que llegó fue el Cambio.

Todo empezó con unas fuertes fiebres que la postraron en la cama durante una semana, dejándola muy débil. Gemía como un cachorro perdido cuando su madre subía por las mañanas. La luz del sol la molestaba muchísimo. Le producía dolor de cabeza, intensos picores en la piel, y vómitos. Tío Alberto, hermano de su padre, era el médico que siempre se había ocupado de la familia. Pensó que la niña había desarrollado una fuerte reacción alérgica a la luz solar, o bien que era un síntoma de las fuertes migrañas que empezaba a padecer. Esperaba que Ángela se recuperara de sus fiebres para enviarla al hospital, donde le haría un chequeo completo.

Mientras tanto, sugirió que la niña no se expusiera al sol. A las dos semanas de permanecer en su habitación, en penumbras, sus padres la obligaron a vestirse para acudir a su cita en el hospital. En un principio, Ángela se negó. Estaba débil, pálida y desgarbada, pero se sentía tranquila, a salvo en su habitación. Su madre murmuró algo sobre infantiles temores y la obligó a ponerse en marcha.

Pudo controlar los picores y el fuerte fulgor en los ojos, gracias a que el día estaba nublado y se había vestido a conciencia, sin dejar apenas un centímetro de su piel al descubierto, salvo su rostro. El sol directo no entraba en casa, aquel día, pero sintió la desagradable pulsación latir en sus sienes. Bajaron hasta el aparcamiento del inmueble y se subieron al coche. Hasta ahí todo genial.

Pero cuando recorrieron las amplias avenidas de la ciudad, el día empezó a aclarar. Ante la sorpresa de sus padres, Ángela empezó a gritar y a debatirse en el interior del coche. La piel de su rostro comenzó a humear, y su madre tuvo que tirarse literalmente sobre ella para poder aquietarla.

—    ¡Jesucristo! – exclamó. — ¡Eduardo, está ardiendo!

—    ¿Le ha vuelto la fiebre? – preguntó su padre, nervioso e intentando mirar por encima del hombro.

—    ¡No! ¡Se quema de verdad! ¡Su piel está burbujeando! – chilló su madre, histérica.

El hospital no estaba lejos, pero Ángela llegó sumida en una extraña catarsis, una inconsciencia que rondaba el coma, agitada por temblores y espasmos. Gracias a la influencia de tío Alberto, la ingresaron en una habitación con la ventana totalmente tapada por una cortina tupida. Aplicaron pomadas a sus quemaduras, y empezaron con las pruebas. Ángela despertaba a ratos de su inconsciencia y se quejaba, pidiendo agua. Su padre recorría los pasillos, como un león enjaulado; su madre se derramaba en lágrimas en una de las sillas. Cuarenta y ocho más tarde, Alberto apareció con un posible diagnóstico. Nadie del equipo médico estaba seguro de nada, pero el análisis de la sangre de Ángela mostraba una extraña infección, una especie de leucemia desconocida, que, posiblemente, era la causante de todos los desarreglos somáticos.

El señor Núñez dio su permiso para un cambio total de sangre, como medida preliminar. Asombrosamente, en cuanto la sangre nueva penetró en el cuerpo de la niña, se observó un cambio radical. Sus quemaduras remitían a ojos vista y el color regresaba a su cuerpo. Una hora después de la transfusión, Ángela estaba en pie, sonriente y animada. Los especialistas recetaron un tratamiento agresivo, y la enviaron a casa, atónitos.

Pero, para Ángela, nada se había acabado. De hecho, solo había comenzado. Al regresar del hospital, descubrió que no podía dormir por las noches. En cuanto el sol se ponía, se sentía repleta de energías y fuerza. Podía oler la noche fuera de su habitación, como si la estuviera aguardando. Se paseaba inquieta por todo su cuarto, escuchando los ruidos nocturnos, olfateando olores que jamás antes había olido. La coordinación de su cuerpo aumentaba por las noches y pasaba el tiempo realizando piruetas imposibles, en completo silencio.

Sin embargo, al llegar el amanecer, caía en un profundo sopor que la mantenía todo el día adormecida. Su madre tenia sumo cuidado de cerrar totalmente las persianas de su habitación, protegiéndola del sol. A veces, era imposible despertarla para que comiera. Se negaba a abandonar el sueño.

A la segunda semana de volver a casa, su cuerpo empezó a rechazar el tratamiento médico. Vomitaba, orinaba, e incluso defecaba, sin aviso, de forma incontrolable. Su padre apenas soportaba la situación, tío Alberto se llevó muestras de todo, y su madre empezó a rezar. Las nuevas de tío Alberto no fueron esperanzadoras. El cuerpo de Ángela rechazaba la nueva sangre y el tratamiento; la infección había vuelto con más virulencia incluso. Necesitarían ingresar a la niña en un centro de investigación suizo, interesado en su caso.

Los investigadores esperaban estudiar esa nueva forma de leucemia, jamás tratada. Alberto fue muy sincero con su hermano. No sabían como se iba a desarrollar la enfermedad, ni el tiempo del que dispondrían, pero la única esperanza de Ángela estaba en ser internada allí.

Aquella misma noche, Ángela sintió, por primera vez, la presencia rasposa de su alma oscura.

Era como una presencia, fría y terrible, que se agazapaba en su interior, aferrándose a su corazón y a la base de su nuca. Estaba segura que no procedía de ella, pues intuía que era muy vieja, llena de ansias e innombrables deseos. No tenía voz, pero ella podía traducir las sensaciones que llegaban a su cerebro en palabras.

  Hambre… sangre… fuerza… noche…

Llevaba algunos días sin probar bocado, salvo agua, debido a las diarreas y los vómitos, y, al atardecer, cuando su hermanito entró a saludarla, estuvo a punto de saltar sobre él. Olió la sangre que recorría sus venas, pura, nueva, y un espantoso gruñido nació en su pecho. Como pudo, Ángela se refrenó y, a gritos, expulsó a Tony de la habitación. El niño se marchó corriendo, muy asustado.

Ángela meditó en todo lo que estaba pasando, acurrucada en un rincón, bajo la ventana. No se creía para nada lo que sus padres le contaban sobre alergias y factores genéticos. La presencia oscura, el alma, no era consecuencia de una enfermedad, sino de una maldición. Cada vez le daba más vueltas a todo el folclore sobre monstruos que había visto en aquellas viejas películas inglesas de la Hammer, o leído en la biblioteca. Cada vez estaba más convencida de que ella se había convertido en uno de ellos, en una criatura de la oscuridad.

No dormía de noche, se tenía que esconder del sol, era más fuerte, más rápida, sus sentidos habían aumentado,… y ahora algo más compartía su cuerpo, impulsándola a hacer cosas horribles.

Ángela llegó a la conclusión que alguna temible criatura, como un vampiro, había estado en su cuarto y la había transformado en una cosa de la noche.

   Noche…

Se mordió los labios, asustada. Si era cierto, su familia corría peligro mientras estuviera con ellos. Por el momento, resistía bien los extraños impulsos que la asaltaban, pero no estaba segura del tiempo que aguantaría.

Por eso mismo, cuando tío Alberto trajo la admisión para el centro de investigación suizo, Ángela se alegró de dejar su casa. Estaría vigilada, controlada, y si le brotaban colmillos, los médicos sabrían qué hacer.

El centro de investigación se encontraba en Oron, a unos cuantos kilómetros del gran lago Léman, entre montañas boscosas deshabitadas. Era cómodo y tranquilo, equipado con todo el confort y tecnología de la época. Sus padres la visitaban dos veces al mes, y Ángela languideció allí durante tres meses. Le hicieron innumerables baterías de pruebas, una y otra vez. Estaba monitorizada las veinticuatro horas. Sondada por todas partes, y probando diferentes tratamientos.

Pero Ángela iba a peor. Su cuerpo había adelgazado y había crecido, como resultado de los cambios hormonales propios de la adolescencia. Su piel era muy pálida y sus ojos habían perdido aquel brillo entusiasta. Habían adecuado su habitación a su patología. El sol no entraba y las contraventanas se abrían al ocaso. Con la habitación insonorizada, podía dedicarse a ver la tele por las noches, leer, o hacer ejercicio en el gimnasio.

No se estaba mal, la verdad, pero el alma oscura seguía con ella, insistiendo, rogando, prometiendo… y Ángela ya no tenía fuerzas para resistirse. Una noche, cayó en una crisis histérica que la llevó a destrozar su habitación y atacar a los celadores que se presentaron. Cuando despertó, a la noche siguiente, estaba atada a la cama, y, entonces, decidió hacer caso al alma oscura. Se sentía enterrada en vida, privada de sus emociones, solo control y más control. Decidió vivir lo que le quedara de vida, sin restricciones.

Al menor descuido, se escapó. No le costó ningún trabajo. Los altos muros no eran impedimento, ni las alambradas. Además, aquello no era una cárcel. La recogió un camionero en la carretera y Ángela, en deferencia a la amabilidad del hombre, hincó sus fuertes dedos en el asiento, reprimiendo su impulso de desgarrarle la garganta. Pasó el día durmiendo en la parte trasera de otro camión, que la llevó hasta el sur de Francia. El simple hecho de estar libre, le daba fuerzas.

Dos noches más tarde, mientras buscaba un refugio más duradero para esconderse durante el día, fue abordada por ciertos individuos. Se encontraba en el extremo del paseo marítimo, dispuesta a meterse en uno de los almacenes que abundaban por allí. Era cerca de la medianoche de un día de la semana y no había nadie por las calles.

Pero aquellos dos tipos parecían estar de guardia ante uno de los almacenes. El propio frenesí de Ángela le impidió detectarles antes de verles. Se asustó cuando la increparon, llamándola, y la apuntaron con feas pistolas que sacaron de alguna parte. Se quedó quieta, jadeando, buscando una posible ruta de escape.

—    Tonerres, mais ça ç’est una gamine! – dijo uno de los hombres, al acercarse.

—    Q’est ce que tu fais içi? – preguntó el otro.

—    No entiendo – musitó Ángela.

—    ¿Espagnola? – preguntó de nuevo el primer hombre.

—    Sí.

—    ¿Qué haces aquí? ¿Y tus padres? – le preguntó en un castellano mal pronunciado.

Ángela se encogió de hombros. Llevaba varios días sin asearse, ni cambiarse de ropa. La zona no estaba bien iluminada, aunque ella podía ver perfectamente. Uno de ellos la atrapó por un brazo y, entonces, guardaron sus armas.

—    ¿Qué haces por aquí? ¡Contesta! – le preguntó, zarandeándola.

—    Perdida… — musitó Ángela, muy bajo.

—    ¿Te has perdido? ¿A estas horas? No lo creo. Más bien estarías espiando para robar, ¿verdad?

—    No… no… por favor…

—    Déjala, Daniel, es apenas una niña – dijo el otro, usando también un español muy gutural.

—    ¿Sabes? Nunca he probado una tan joven.

—    Tío, yo no quiero saber nada de eso – contestó su compañero, alzando las manos.

—    Tranquilo, cúbreme un rato – dijo el que tenía aferrada Ángela, empujándola hacia el almacén.

Ángela comprendía que el hombre la arrastraba hacia lo que iba a ser su violación y, posiblemente, su muerte, pero no estaba asustada. En su interior, sabía que era más fuerte que él, más rápida. El alma oscura solo le repetía que esperara. El hombre, algo obeso y barbudo, la hizo subir unas escaleras y la introdujo a través de una puerta pequeña de chapa al interior de la nave.

El pulso de la chiquilla se aceleró mientras era llevada a un cuartucho, donde un camastro y una pequeña mesa de despacho reinaban. Su respiración se convirtió en un jadeo ronco y profundo.

—    Ponte cómoda. Esto no va a durar mucho – dijo el hombre, con una risita, tras arrojarla sobre el camastro.

Dejó la pistola sobre la mesa y se desabrochó el cinturón y la bragueta. En ese momento, cuando su captor estaba más indefenso, Ángela saltó sobre él, con una velocidad y un impulso nada humanos. Aunque era muy liviana, ese impulso le ayudó a aplastarle contra la cerrada puerta. El sordo golpe reverberó en todo el almacén. Chillando, el hombre manoteó, intentando quitársela de encima, pero Ángela se comportaba como un gato, aferrada a él con sus uñas y corvas. Llevada por las ansias, no fue conciente de que sus caninos se afilaron y brotaron de las encías, llenando su boca de sangre propia. Los nuevos músculos de su mandíbula se tensaron, proporcionándole suficiente fuerza como para morder una viga de acero. Sus sentidos detectaron perfectamente el punto de la garganta donde latía el acelerado pulso del hombre.

  Sangre… hambre…

En un segundo, un manantial de sangre brotaba del cuello del hombre, quien se ahogaba con su propio vertido. Aplicó sus labios con frenesí, tragando a borbotones, olvidándose de todo. Notaba como la nueva savia llenaba su cuerpo necesitado, como un elixir de los dioses. La voz del otro hombre sonó al otro lado de la puerta, preguntando.

—    Mon vieu… Daniel… Tu est bien? J’ ai ecouté un cou fort…

El cuerpo del tal Daniel y la propia Ángela atrancaban la puerta, la cual abría hacia el interior del cuartucho. El hombre no fue capaz de superar esa oposición, a pesar de intentarlo varias veces, mientras gritaba.

—    Daniel! Conard, tu m’ entend?

Ángela gruñó. La sangre ya no manaba con fuerza y quería más, embriagada por el sabor. Sus manos estaban empapadas de sangre, así como su cuello y pecho. También lo estaba la pechera del hombre muerto, y parte de su abultado vientre. Ángela se obligó a apartarse del cadáver, abrazándose las costillas, calmando su respiración.

—     Ouvre la porte d’une fois! Ouvre!

La chiquilla notó una calidez desconocida en su estómago, parecida a la satisfacción, pero que iba en aumento, subiendo a sus pulmones, bajando a su vagina, extendiéndose por brazos y piernas. Los gritos y empujones del hombre de fuera la agitaban. Un punto de su nuca empezó a quemar, aumentando, a su vez, el fuego que recorría su cuerpo. Su frente y axilas se llenaron, inmediatamente, de un denso sudor que no era capaz de enfriar su piel. Ángela comenzó a mecerse sobre sus rodillas, dejando escapar un continuado lamento. El hombre consiguió desplazar un poco el cadáver, deslizándolo sobre la sangre que empapaba el suelo, y metió sus manos por el quicio.

Ángela no entendía sus palabras. Su mundo estaba lleno de dolor, de fuego interno que la abrasaba. Su cabello humeaba y flotaba en el aire, alzado por el tremendo calor que desprendía su cuerpo. Su lamento se convirtió en un entrecortado chirriar de dientes. Se miró los dedos. Estaban rojos y la piel de las yemas burbujeaba, intentando contener la sangre que se había convertido en lava. El dolor era increíble, espantoso, totalmente repartido por cada centímetro de su cuerpo. El hombre asomó la cabeza, mirando, con ojos muy abiertos, la escena.

  Deja salir el fuego… expulsa el fuego… ¡ahora!

Con un alarido, Ángela abrió los brazos en cruz, manteniéndose de rodillas, y alzó el rostro hacia el techo. Su vista quedó nublada por una columna de llamas que surgía de su boca. Al mismo tiempo, notó como la punta de sus dedos se rasgaba, reventaba, dejando manar más surtidores de un fuego que parecía tener cualidades de liquidez. Se adhería a paredes, suelo y muebles, con una facilidad que recordaba al napalm.

—    Mil tonerres de putaines…! – barbotó el hombre, cerrando la puerta rápidamente.

En ese momento, las llamas, que cubrían prácticamente todo el pequeño cuarto, parecieron ser aspiradas de nuevo por el cuerpo de Ángela. En un segundo, consumieron todo el oxígeno de la habitación y se apagaron. Ángela no dejaba de gritar, sin freno. Sus ropas se deshacían, incendiadas. Toda su piel estaba surcada por pequeñas llamas azules, como si se hubiera convertido en una cocina de butano. Entonces, como un tremendo esfuerzo, expulsó todo el calor de su cuerpo, de una sola vez. Su aura incendiada fue impelida hacia delante, como si se tratara de los motores de un cohete espacial. Las paredes que rodeaban la puerta quedaron ennegrecidas, calcinadas. La propia puerta salió despedida, como si hubiera pretendido contener una explosión, despedida a muchos metros en el interior del almacén.

El cadáver fue también empujado por la onda fuera de la habitación, quedando achurrascado totalmente. Ángela quedó de rodillas entre los restos llameantes de la mesa y del camastro. Jadeaba, la cabeza hundida sobre sus pechos, completamente desnuda, pero el dolor había desaparecido. Una sensación refrescante de limpieza y plenitud recorrió su cuerpo.

Con temor, miró sus dedos. Estaban enteros, aunque enrojecidos. Tanteó todo su cuerpo, asegurándose que estaba bien.

 

Demasiada sangre… despacio…

Ángela comprendió que se había excedido, se había dejado llevar por las ansias. Tanta sangre sin duda generaba ese fuego. Tendría que aprender a dosificarse, a resistir la tentación. Sin duda podía hacerlo, se dijo. De lo contrario, volvería a pasar por todo ese dolor, lo cual era un poderoso aliciente. Se puso en pie y salió del cuarto. Contempló el calcinado muerto. Era más que un vampiro, mucho más… Tenía que aprender a controlarse. No podía ir matando indiscriminadamente.

Antes de salir del almacén, encontró al otro hombre. Estaba tumbado de bruces. Media puerta astillada se le clavaba en la espalda. Con los ojos llorosos, Ángela decidió buscar algo de ropa. No podía deambular desnuda en la noche. La suerte le acompañó. El lateral del almacén, frente a una de las puertas de carga, estaba lleno de grandes cajas de cartón. Al abrirlas, encontró juguetes, herramientas, material eléctrico, y diversas naderías, que, sin duda, serían enviados a los bazares que marroquíes, turcos y pakistaníes regentaban en toda Francia. Encontró una caja con ropa, aunque demasiado infantil para su gusto. Pero, al menos, alguna le estaba bien y la tapaba. Encontró un bolso mochilero, quizás perteneciente a uno de los fallecidos. Arrojó al suelo su contenido, un termo, un bocadillo a medio comer, envuelto en papel, una chaqueta demasiado grande y una baraja de cartas. Cogió algo más de ropa, una manta, dos pares de zapatillas deportivas, una pequeña navaja, y una cantimplora, y llenó la mochila.

Echándosela al hombro, salió del almacén y se perdió en la noche.

Por aquel entonces, tenía catorce años y era una niña sin experiencia alguna. Habían pasado más de cincuenta años de aquello y había aprendido una o dos cosas.

* * * * * * * * * *

8 de agosto de 2013.

Estaba sentada sobre el pulido parquet, mirando la tele sin volumen, y devorando lo que quedaba en el frío cartucho de pollo frito. Se encontraba en braguitas solamente, prestando atención a uno de esos programas sobre asesinos célebres, y devorando crujientes pedazos de carne. Ginger estaba dormida en su cama, aquejada de un molesto dolor menstrual.

Por un momento, Ángela estuvo a punto de decidirse a salir al tejado, y sentir la brisa nocturna sobre su febril piel. Pero, justo entonces, escuchó las voces contenidas que provenían del apartamento vecino. Enarcó una ceja y se chupó los dedos grasientos. En el tiempo que llevaba viviendo allí, no había escuchado nunca palabras de ese talante en el apartamento de Isandra.

Era consciente que la mujer era una prostituta, pero con mucha clase. Recibía a ciertos hombres maduros en su casa, pero todo era muy correcto y muy limpio. Isandra rondaba la treintena, era una mujer alta y de formas generosas, y de fácil sonrisa. Las veces que se la había tropezado en las escaleras, al anochecer, la mujer vestía de forma conservadora y elegante, nada de trapitos ordinarios y provocativos.

Sabía que tenía un novio, Ubaldo, que la solía visitar casi cada noche. Era un tipo joven y dinámico, con pisada segura y sonrisa algo sardónica, pero simpática. Ángela prestó atención y las voces se hicieron aún más nítidas. Había una masculina que se elevaba un poco más, y tenía un tono enfadado.

―           ¡Eres una inútil! ¿Ahora qué voy a hacer? ¡Necesitaba ese dinero para esta noche! – exclamó la voz masculina, de forma contenida.

―           Lo siento, no era mi intención – sollozó la voz de Isandra. — ¡Compréndelo, he estado enferma!

―           ¡Sólo es un puto resfriado! ¡Te tomas un Frenadol y en paz!

―           No, no, Ubi… estaba fatal, moqueando y congestionada… así no podía estar con ningún cliente… por favor…

―           Mira, Isandra, necesito esa pasta para mañana por la mañana. Le he prometido a Elisa llevarla a un buen restaurante para celebrar el aniversario. Así que espero que lo saques de tu cuenta a primera hora. ¿Lo captas?

―           Sí, sí… Iré al cajero mañana.

―           A primera hora, zorra…

Escuchó un portazo y luego los sollozos de Isandra. Así que Ubaldo era también su chulo… “Échate novio para que te chulee y te hostie”, pensó Ángela, poniéndose en pie y metiendo el cartón vacío del pollo en el cubo de basura. “Encima va a llevar a otra mujer a cenar. ¡Capullo!”

Se encogió de hombros, olvidándose del asunto, se puso una camiseta y se calzó sus deportivas. Con esa guisa, subió al estudio de Cristian. Abrió la puerta con la llave escondida en el plafond de cristal del pasillo, y entró, tan silenciosa como un fantasma.

Se detuvo al lado de la cama colgante, en la que el joven roncaba suavemente, tumbado de bruces, con los pies fuera de la cama. Con una sonrisa, Ángela apartó uno de los rizos masculinos que caía sobre un ojo. Luego, sin un ruido, saltó hacia la abierta claraboya y se aupó con toda facilidad, para salir al tejado.

Allí de pie, con los brazos abiertos, aspiró la brisa nocturna procedente del mar, que le traía olores intensos. Se asomó al borde del tejado, sin importarle su inclinación, y descubrió al tipo abajo. Ubaldo se estaba colocando el casco sobre la cabeza, cabalgando una potente moto roja. Estuvo tentada de dejarse caer a su lado y darle el susto de su vida, pero se obligó a refrenarse. Primero sería mejor hablar con alguien que les conociera mejor.

Ella apenas conocía a Isandra, ya que sólo habían hablado en una ocasión y se saludaban cuando se veían. No tenía confianza alguna con ella. Sonrió al comprender que Cristian era la persona ideal. Conocía a todos los inquilinos y prácticamente se ocupaba de los bricolages necesarios. Él sabría algo más, ¿no?

Tomando una decisión, Ángela entró de nuevo en el estudio de Cristian y se subió a la cama, acurrucándose contra el dormido cuerpo, como si lo hubiera hecho cada noche anteriormente. Su índice acarició la punta de la nariz masculina, obligándole a manotear en sueños. Ángela soltó una risita y repitió el gesto, hasta despertar al joven.

―           ¿Qué…? ¿Q-qué haces en mi cama, Ángela? – Cristian se irguió como un resorte, totalmente despierto de golpe.

―           Me dijiste que podía utilizar tu claraboya cuando quisiese – se encogió deliciosamente de hombros ella.

―           Bueno, sí… pero quería decir – Cristian era consciente de aquellos dos enormes ojos zafiro, clavados en él, brillantes en la penumbra.

―           Creí que me habías dado permiso para cuando lo necesitase. Lo siento si me he tomado la libertad… — Ángela compuso un bien estudiado puchero en sus rasgos.

―           No, no, que va, tranquila – se apresuró él a quitar importancia a aquella intrusión. – Cuando quieras, cuando lo consideres necesario, por supuesto.

―           Gracias, Cristian. Bueno, ya que estás despierto… ¿te importa que te pregunte por mi vecina?

―           ¿Isandra?

―           Sí.

―           ¿Qué pasa con ella? – preguntó él, rascándose las greñas.

―           He oído a su novio discutir con ella. Parecía muy enfadado y ya sabes lo que pueden hacer las personas enfadadas – el tono de la chiquilla era de lo más preocupado.

―           No es su novio, sino su cuñado.

―           ¿Su cuñado? – esta vez el interés de Ángela no fue fingido. — ¿Cómo es eso?

―           Bueno, creo que la señorita Isandra fue la primera inquilina de mi tío, el cual hace la vista gorda a la visita de sus clientes por su discreción y buen hacer. Todos sabemos que Isandra es prostituta, pero en verdad no lo manifiesta nunca. Se comenta que Isandra, hace un tiempo, disponía de trabajo y no se dedicaba a esta vida, pero, al parecer, Elisa, su hermana menor, se casó con un menda de cuidado.

―           El famoso Ubaldo, ¿no? – sonrió Ángela.

―           Así es – Cristian adoptó la posición de loto sobre su cama, haciendo que se meciera de nuevo. – Ubaldo es quien arregla las citas y visitas de los hombres que acuden al apartamento. No sé cómo ha conseguido camelarse a su cuñada, pero sí sé que ha estado una buena temporada tirándosela él solo. Pero, ahora parece que la está chuleando a placer.

―           Vaya.

―           A mi tío no le gusta nada ese tío y se lo hace saber cada vez que puede, tanto a ella como a él, pero…

―           No puede hacer nada, claro – completó la frase la jovencita. — ¿Cómo es Isandra? Personalmente, me refiero.

―           Bueno, le he hecho varios arreglos y hemos hablado distendidamente. Es hermosa y elegante, incluso en la intimidad, pero creo que es una mujer totalmente dependiente de los hombres.

―           ¿Sumisa?

―           Más bien como si no hubiera hecho nunca nada por sí misma, ¿sabes? De esas mujeres a las que el padre decidía todo, o aquellas cuyos esposos se ocupan absolutamente de todo, teniéndolas como floreros bonitos en casa, totalmente anuladas por un marido… de ese tipo – Cristian unió las manos y las cerró en un férreo cepo.

―           Ya veo. Será mejor que te deje dormir, Cristian.

―           No me importa charlar contigo.

―           Lo sé – dijo ella, acariciándole una mejilla con el dorso de la mano. – Pero tienes que dormir.

―           Tú también.

―           Yo también – asintió ella, bajándose de la balanceante cama.

* * * * * * * *

11 de agosto de 2013.

Ángela regresaba temprano del club, donde había cubierto la ausencia de Ginger, aún algo molesta por una pequeña infección que se había complicado con su periodo menstrual. Apenas era medianoche y la noche veraniega estaba serena y calurosa. Subió los escalones con el sigilo instintivo que la caracterizaba. De hecho, cuando iba con Ginger, tenía que obligarse a pisar fuerte y torpe, para hacer ruido. Al llegar al tercero y último piso, sus fosas nasales se dilataron, aspirando el enervante aroma de la sangre. Sangre que aún surgía de una vena, fresca y enloquecedora.

Sin ser consciente de ello, siguió la pista del olor hasta detenerse ante la puerta de Isandra.

“¡Joder, no!”, pensó, intentando retirarse, pero su lengua ya surgía de su boca, moviéndose nerviosamente, como si fueran sus papilas gustativas las que estuvieran olisqueando el banquete. Sus dedos se clavaron en la jamba de madera, arañándola profundamente. Gruñó como una bestia, desde lo más profundo de su estómago, donde el Hambre despertó. Llevaba dos días sin probar una gota…

Bajó una mano temblorosa hasta el redondo picaporte, girándolo y comprobando que la puerta estaba cerrada. Empujó, tanto con el antebrazo sobre el picaporte, como con el hombro sobre la hoja de la puerta. El barrón de madera donde entraba la pestaña de la cerradura se rajó y la puerta cedió.

Isandra estaba un poco más allá, tirada en el suelo, el casi transparente camisón que llevaba – seguramente con el que recibía a los clientes – estaba rasgado y manchado de sangre. Sollozaba quedamente, la nariz contra la alfombra, los antebrazos alrededor de su rostro, escondiéndolo. Llevaba el pelo recogido en una trenza, que dejaba al descubierto su espalda.

Decenas de trazos cárdenos la cruzaban, en diagonal, desde los omoplatos hasta la parte superior de los muslos. Marcas de violentos cintazos. Sus amplias nalgas iban más allá del rojo extremo, pues ya estaban violáceas. Allí no había sangre, pero Ángela seguía oliéndola. Atrapándola por la trenza, la chiquilla giró bruscamente a la opulenta mujer, que hacía casi el doble de ella.

Isandra gimió e intentó mantener sus rasgos ocultos, pero Ángela no la dejó. Le habían partido la nariz y los labios – de ahí provenía la sangre –, y tenía los dos ojos casi cerrados por la hinchazón. Ángela reprimió como pudo, tanto el gruñido de su vientre, como el instinto depredador de alimentarse. Si podía contenerse un poco más, podría alimentarse sin tener que influenciar a la mujer, sin dejar pistas.

Fue a la cocina y abrió el frigorífico. Encontró un par de hamburguesas frescas – no era carne roja, pero tendría que servir – y regresó hasta la mujer, colocándoselas sobre los hinchados párpados.

―           Ssshhh. Quieta. Soy Ángela, tu vecina. Déjatelas puestas, te ayudaran con la hinchazón. ¿Estás bien? ¿Tienes algo roto? – Isandra negó con la cabeza. – Mientras tanto, te limpiaré la sangre de la nariz y boca…

Ángela se inclinó y colocó una mano al otro lado de la cabeza de la mujer, inclinando la cabeza hasta alcanzar el reguero que descendía de su fosa nasal derecha con la lengua. Fue tan delicada como se lo permitió su ansia, pero lamió muchas veces, adquiriendo con su lengua toda la sangre que podía. Repasó los labios tumefactos, limpiando la sangre y, al mismo tiempo, su especial saliva funcionaba como coagulante y cicatrizante.

Si Isandra llegó a darse cuenta de que la estaba limpiando con la lengua, no fue algo que enunciara. Quizás por miedo, por asombro, o simplemente, porque no llegó a darse cuenta. El hecho fue que, a los pocos minutos, Isandra tenía la cara limpia, aunque magullada, y Ángela se había alimentado.

Ahora, la piel de la vampiresa empezaba a calentarse demasiado. La ingesta de sangre disparaba su fuego interno y tenía que calmarlo como fuese. El problema es que Isandra no estaba por la labor en ese momento.

―           ¿Quieres que te lleve al hospital? – preguntó Ángela, comenzando a jadear.

―           No… nada de hospital – gimió Isandra, sosteniendo con las manos las hamburguesas sobre cejas y ojos.

―           Pero… ¡tienes que denunciar a quien te ha hecho esto! – Ángela luchaba entre el calor de su cuerpo y su propia moral.

―           No, no… sólo quiero dormir… por favor…

Consciente del poco tiempo que le quedaba, Ángela levantó de un puñado a la mujer, llevándola hasta el dormitorio. La dejó sobre la cama y se marchó corriendo, musitando una excusa. Entró en su apartamento como un vendaval, dejando incluso la puerta abierta, y se dirigió al dormitorio de su compañera, donde rebuscó en la mesita el consolador que se guardaba allí.

Ginger, quien estaba leyendo en la cama, desnuda y acariciada por el continuo soplo de un gran ventilador, dispuesto sobre el suelo, la miró con las cejas alzadas.

―           ¿Qué pasa?

―           Bufff… bufff… necesito a Oscar – murmuró Ángela, encontrándole por fin y enarbolándolo.

―           ¿Muy caliente esta noche en el club? – sonrió Ginger, haciéndole un sitio a su amiga en la cama.

―           Algo así – Ángela ni se desnudó, se bajó los shorts que llevaba a medio muslo, y luego tironeó de las braguitas como pudo. – Bésame, Ginger… por favor, bésame…

Ginger no pudo resistirse a aquella súplica musitada, a aquellas palabras que parecían brotarle a Ángela del alma. Se tumbó de bruces y de través en la cama, inclinando la cabeza sobre la boca de su compañera, hundiendo su lengua hasta casi el esófago de la rubita. Ésta, con las rodillas dobladas y entreabiertas, pasaba el consolador sobre su vulva, activando de comienzo la tercera velocidad del artefacto. No tardó en hundirlo en su sexo, casi con la fuerza de una puñalada, gimiendo en la boca de su amiga.

―           ¡Qué de caliente está tu piel! – comentó Ginger, acariciando la piel sudorosa de sus pechos, bajo la blusa.

―           Sigue besándome, cariño, eso me refrescará – musitó la rubita, buscando nuevamente su lengua.

Un minuto después, se corría con un fuerte estremecimiento, pero no dejó de mover el consolador en su vagina, buscando más placer que bajara su temperatura, hasta que los dedos de su amiga ocuparon el lugar del juguete sexual.

Al día siguiente, antes de marcharse a la Gata Negra, visitó a Isandra. Reparó como pudo la jamba de madera y acudiendo al dormitorio. La prostituta no se había levantado en todo el día, y ahora mismo, se refugiaba en la penumbra que reinaba en la habitación.

―           ¿Cómo te encuentras? – le preguntó.

―           Mejor – respondió la mujer, dificultada por los labios hinchados. — ¿Cómo has entrado?

―           Ayer tuve que darle un buen empujón a tu puerta. Tendrás que llamar a Cristian para que lo arregle bien.

―           No pasa nada. Gracias por lo que hiciste.

―           Nada, mujer, para eso estamos las vecinas, ¿no? – sonrió Ángela. — ¿Quién te hizo eso? ¿Ubaldo?

Isandra apartó el rostro, mirando al otro lado de la cama.

―           En cierta manera – musitó.

―           ¿En cierta madera? – Ángela levantó una ceja, sorprendida.

―           Fue un cliente nuevo que él me envió… era una bestia… ni siquiera quiso follar, sólo pegarme…

―           ¡Hijo de p… perra! – rectificó a tiempo Ángela. — ¿Por qué?

―           ¿Por qué me lo envió Ubi? – encogió un hombro, mirando de nuevo a Ángela, quien se había sentado en un lateral de la cama. – Sin duda para darme una lección.

―           Os escuché discutir la otra noche.

―           Ah, entonces, ya sabes por qué…

―           Pero ¿le diste el dinero?

―           Sí, pero así se asegura que no proteste otra vez.

―           ¡Pero te está sisando el dinero de tu trabajo!

―           Es lo que suelen hacer los chulos – dijo Isandra, con una sonrisa desfallecida.

―           ¿Por qué lo soportas?

―           No era tan malo antes… además, sabe cómo explotar mi culpabilidad por engañar a mi propia hermana. Es mi cuñado, ¿sabes?

―           Lo sé. No eres capaz de negarte, ¿verdad?

―           Sólo rezo para que enferme o que tenga un accidente, y eso me hace sentirme peor, porque sé que Dios no atenderá una súplica así…

―           Dios no, pero sí puede que lo haga el Diablo – “o una diablesa”, se dijo.

* * * * * * * *

13 de agosto de 2013.

Ángela hizo su último pase la noche del sábado hacia la una y cuarto, y le dijo a Ginger que se iba al piso porque le dolía bastante la cabeza. No se sentía de humor para bailar en privado ni para aguantar manoseos. Ginger asintió, le dio un besito en la frente y la envió a casa.

Nada más llegar, la vampiresa se cambió de ropa por algo más cómodo – unos shorts muy cortitos y un estrecho top – y se calzó sus eternas deportivas. No usó la claraboya para salir al tejado – esta vez no quería ser vista –, así que ascendió escalando el estrecho ojo de patio.

La dirección que le había sonsacado a Isandra estaba en El Poblenou, pasado el cementiri de l’est. Mantuvo el océano a su diestra, mientras saltaba de azotea en terraza, cruzaba calles y avenidas de un salto, y esforzaba sus innaturales músculos. Ángela gozaba realmente de estas carreras suicidas a decenas de metros del suelo. Activaba su corriente sanguíneo, desentumecía sus articulaciones, y eliminaba las telarañas de su cerebro, se solía decir ella misma. El caso es que era mucho mejor que coger el metro o un taxi, y, desde luego, muchísimo más barato.

Media hora más tarde, divisó su destino. Un almacén medio oculto entre la vegetación que separa Passeig de Calvell de la Avenida del Litoral, un poco antes del hermoso Espigó de la Mar Bella. Un almacén que algunos amigos de Ubaldo habían reconvertido en un club de moda.

Ángela se dejó caer al suelo y recompuso su escasa ropa en la penumbra de un callejón. Luego, cruzó la calle, mezclándose con varios grupitos que fumaban y bebían ante el chato edificio. Más de un chico la miró, atraído por su garbo y naturalidad. Avanzaba de forma felina, sorteando a la gente. Sus shorts dejaban al aire parte de sus nalguitas, evidenciando que no llevaba ropa íntima, o, si acaso, un minúsculo tanga. Sus dos coletas rubias oscilaban al ritmo de sus pasos, dándole el aire de una Lolita peligrosa. Eso mismo tuvieron que pensar los dos masivos porteros de la entrada, porque la dejaron pasar de inmediato.

Una vez en el interior, agenciándose un copazo de la mano de un embobado chico, Ángela se mezcló con el gentío que saltaba, bailaba, reía, o tragaba pastillas, y se dedicó a buscar.

* * * * * * * * *

Marina creyó que la suerte le había sonreído aquella noche. Primero, había conseguido engañar a su estricta madre para ir al Tarsus, el club de moda en Barna; segundo, también había conseguido entrar a pesar de sus dieciséis años. Bueno, había que decir que tampoco los aparentaba vestida así.

Marina portaba una minifalda tan corta que tenía que llevar una braguita deportiva del mismo color para ocultar sus nalgas. Una camiseta holgada de basket dejaba entrever a cada movimiento el top sin tirantes que llevaba debajo, como sujetador. Sus bellos ojos oscuros estaban súper ribeteados de ocre y dorado, formando casi un antifaz, junto con sus rojos labios. Era natural que los porteros no hubieran captado su juventud, ya que estaba bien desarrollada para su edad.

En tercer lugar, había atraído la atención de uno de los socios mayores, el llamado Max C., un tipo de unos treinta años, muy acicalado y lánguido, que volcaba extraños susurros en sus oídos. A pesar de eso, Marina se encontraba en el cielo, abandonando a sus amigas para subir a uno de los palcos VIP del fondo.

No estaba habituada a beber, pero trasegaba champán como si estuviese perdida en un desierto. Max C. la animaba a seguir bebiendo, llenando su copa en cuanto se vaciaba. Había varias chicas sentadas con ella, en aquel reservado del que se divisaba todo, junto con otros socios y amigos.

Peps Vernel le era conocido de haberlo visto varias veces en un programa de la cadena autonómica. Era un maduro cómico con barbita de chivo entrecana. Los demás se los habían presentado pero apenas recordaba sus nombres, sólo el del más joven, con uno de esos nombres extraños que se te quedan grabados: Ubaldo.

Se sentía bastante extraña, como flotando en un cálido elemento, en el que los colores y destellos de los focos tenían sonidos propios. Las voces que la rodeaban eran graves y lánguidas, tanto que, a veces, no podía entender lo que decían. No era consciente de que sonreía como una boba y asentía a cuanto le decían. Tampoco era consciente del Rohypnol que le habían mezclado en el champán.

Sonreía cuando Max C. tomó la mano de la chica que se sentaba al otro lado de Marina, y la llevó hasta la roja braguita de ésta. La otra chica, tan drogada como Marina, sobó largamente el pubis de su compañera, riéndose ambas. Cuando los labios de Max se posaron sobre los de ella, Marina intentó escurrirse, pero su cuerpo no respondió.

Como si estuviera en un sueño caminó a otra parte, ayudada por las manos de alguien que la acompañaba. Entró en un despacho, o lo que se asemejaba a eso. Había un escritorio inmenso, una ventana, un enorme sofá, una luz al fondo que le daba en los ojos…

Manoteó débilmente cuando la desnudaron. Veía el rostro de Max C., pero había alguien más también, dos o tres personas, al menos. Inmediatamente, le pusieron algo en la boca, algo cálido y de tacto suave. Tardó un poco en reconocer que era un pene, el de Max. Ya había hecho varias veces el amor con sus últimos novietes, pero aún era cosas entre críos, no un miembro adulto y experimentado tieso bajo su nariz. Protestó pero su voz apenas salía de su garganta. No le quedó más remedio que lamer y chupar para respirar.

De repente, colocaron otros miembros masculinos en sus manos, iguales o incluso más grandes que la que tenía en la boca. Reconoció a Ubaldo y a otro tipo joven. La cogían de las muñecas para inducir el ritmo requerido, mientras se reían e incluso se besaban entre ellos. Marina no comprendía nada, sólo que quería detenerse, asustada.

En un momento dado, Max C. apartó a sus amigos, la tomó por los tobillos y alzó sus piernas. Marina notó el miembro de él abriéndose paso en su vagina. Por alguna razón, a pesar de su negativa, su sexo estaba húmedo y dispuesto. ¿Sería tan guarra de correrse cuando la estaban violando? Marina no conocía lo que era capaz de hacer la droga de la violación en su organismo.

―           ¡Aaah! ¡Qué niñita tan tierna! – gimoteaba Max, babeando sobre ella y empujando. – Es pura mantequilla.

―           Pues acaba y déjamela – le respondió Ubaldo.

―           Ya me corro… yaaaa…

Ella notó el esperma en el interior de la vagina, pero no se preocupó por ello, debidamente trastornada. Alguien le dio la vuelta, dejándola de bruces sobre el sofá. Se aferró como pudo cuando un pene más grueso la traspaso de un golpe. Se quejó guturalmente y sólo pudo morderse el labio para soportar los embistes.

De repente, escuchó la voz de Max que exclamaba:

―           ¡Eh! ¿Qué quieres? ¡No puedes…!

―           Déjala… ¿No ves que quiere unirse? – dijo el tercer hombre.

―           Ponla aquí, al lado… que está más buena que ésta aún – dijo Ubaldo, palmeándole una nalga.

―           Bueno, encanto, ya has oído, entra y… ¡Uuuaaarghh! – la voz de Max C. se convirtió en un horrendo lamento.

Tanto Ubaldo como el otro hombre que esperaba su turno dejaron escapar exclamaciones de sorpresa, y Marina intentaba girar el cuello para ver qué ocurría, pero la presión de la mano de Ubaldo la mantenía pegada al respaldar del sillón.

Los gritos arreciaron y la presión de su espalda y nalgas desapareció. Marina se giró como pudo, sólo para ver una escena dantesca. Max estaba arrodillado al lado de la puerta, sosteniendo algo contra su vientre, encorvado sobre sí mismo. Había largas pinceladas rojas por todas partes, en las paredes, sobre el suelo, sobre los hombres… El tercer hombre, del que no sabía el nombre, estaba sentado de culo en el suelo, las manos atrás, intentando sostenerse. Tenía los ojos desorbitados y farfullaba algo. No parecía herido, sino muy acojonado.

Marina escuchó un gruñido a su otro lado y, sin mover el cuerpo, giró la cabeza hasta enfocar la mirada sobre una forma inclinada sobre Ubaldo, que dejaba lentamente de patalear y golpear la espalda de aquella persona. El sonido cambió como si alguien aspirara groseramente por una cañita.

En un segundo, aquella forma indefinida adoptó la apariencia de una jovencita con coletas rubias que volvió a saltar, como un animal, sobre el tipo que intentaba levantarse. El sonido de su cabeza reventando contra el suelo crispó los nervios de la joven Marina. Eso sería algo que recordaría toda su vida.

De nuevo fue un borrón en movimientos, tan sólo piel pálida que se deslizaba por el aire como si fuese líquido. Levantó la cabeza de Max, tirando de su cabello, hasta dejar la garganta expuesta. Los bonitos dedos de uñas pintadas de oscuro, penetraron en la carne como si ésta fuese tan sólo humo, extrayendo la carótida de un seco tirón.

Fue entonces, cuando Marina comprobó que no era eso solo lo que había sacado del cuerpo de Max C., sino también las tripas, que éste, antes de agonizar intentaba sujetar. La joven tuvo una arcada en seco, mientras sus ojos se empapaban de toda la escena. Ya, sin prisas, la joven de las coletas se giró y contempló su mano ensangrentada. Le dio una larga pasada con su lengua, tomando aquella sangre golosamente, y se acercó a Ubaldo.

Éste parecía horrorizado y manoteaba sin parar, intentando levantarse, pero su cuerpo no parecía responderle. Murmuraba una continua negación entre sus labios. La chica se acuclilló a su lado, posando una de sus manos sobre su garganta, la otra sobre sus genitales desnudos, ya que tenía el pantalón por las rodillas.

Por un segundo, aquellas manos parecieron adoptar el tono de las brasas al rojo vivo y Ubaldo gritó desesperadamente, con todo el cuerpo retorciéndose. Al apartar las manos, unas llamas brillantes nacieron vivazmente en aquellos dos puntos. Por mucho que Ubaldo intentó apagarlas, palmeando sobre ellas o rodando, se extendieron vorazmente, consumiendo su bajo vientre y su cabeza, hasta que se quedó muy quieto.

Con la boca abierta, y la imagen fluctuando en sus ojos, Marina contempló como menguaba aquel fuego hasta apagarse. Una mano muy caliente tocó su frente. Ángela la ayudó a echarse en el sofá.

―           Ahora, duerme, pequeña. Duerme y sueña con cosas bonitas – le susurró, tapando su cuerpo desnudo con varios cojines que dispuso sobre ella.

Marina cerró los ojos con un suspiro y se adormeció inmediatamente. Ángela tomó el móvil del cuerpo del de la cabeza abierta y llamó a emergencias, anónimamente. Dejó caer el móvil al suelo. Las huellas no le preocupaban, cuando usaba el fuego se borraban durante unas horas, hasta que su epidermis se regenerara.

Palmeó sus manos con un gesto que significaba “trabajo terminado”, y salió por la ventana. Ya se ocuparían las autoridades de la chiquilla y que los inspectores se trajinaran los sesos para averiguar qué había ocurrido en aquel despacho. El testimonio de la chica no tendría valor alguno, tan drogada como estaba.

E Isandra no tendría que rezar nunca más.

Continuará…

 

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