ALEX BLAME

3.En el calor de la noche

Yo, Javier Ortuño, inquisidor general en otro tiempo y ahora simple fraile dedicado al auxilio  de los pobres y los desamparados, he vivido una vida larga y llena de aventuras, pero antes de dejar este mundo tengo la intención de contar toda la verdad sobre mi vida y mis orígenes. Sé que más de un lector se negará a creer lo que aquí escribo, pero juro ante Dios todopoderoso que todo lo que cuento en estos pergaminos no es nada más que la verdad.

Mi historia comienza muy lejos, casi quinientos años en el futuro. En ese futuro yo era profesor de latín en una universidad. Era un hombre feliz, respetado por mis colegas y amado por mis alumnos.

—Puff. Sí. Recuerdo como amábamos todos las broncas que nos echaba cada vez que empleábamos mal una declinación.—interviene Gerardo incapaz de contenerse.

Pero todo cambió un espléndido día de verano. El calor había apretado todo el día y las aulas de humanidades eran una sauna. En aquellas noches, siempre solía colarme en el Departamento de Física. Los sofisticados aparatos requerían un ambiente más fresco y además Matilda, la jefa del departamento de física aplicada, mi novia, trabajaba allí.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer… o mañana, bueno ya me entendéis.  Cuando llegué al departamento encontré a Matilda, sola, como siempre, haciendo horas extra mientras trabajaba en su último artefacto.

Aquel lugar era el sueño de todo inventor maníaco… y mi pesadilla. Cada vez que me olvidaba dejar las llaves del coche sobre un pequeño armarito al lado de la puerta, los potentes  electroimanes que tenía mi novia en el laboratorio me jodían la codificación de la llave del coche  y tenía que gastarme cien euros en el concesionario.

Entré y me acerqué por detrás, en silencio. Cuando estuve justo tras ella la agarré por las caderas. Matilda pegó un grito y dio un salto electrizada.

—¡Cabrón! Te he dicho un millón de veces que no hagas eso.

—Es que es tan divertido verte saltar como un ratoncillo asustado que no puedo resistirme.

—Eres gilipollas, ¿Y si se me cae el condensador? ¿Serás tú el que me compense miles de horas de trabajo?

—Por supuesto. Me encanta compensarte. —respondí acorralando a mi novia contra la mesa y frotándome contra ella como un babuino en celo.

—Déjalo ya, tengo que trabajar.

—¿En ese trasto? —dije cogiendo un aparato en forma de frisbee con múltiples circuitos entre los que destacan tres dispuestos en forma de Y griega.

—Ten cuidado con mi condensador de fluzo. No es un juguete. —dijo ella arrebatándomelo de las manos.

—¿Qué es un condensador de fluzo? —le pregunté yo aun inconsciente de que aquel trasto marcaría el resto de mi vida.

—Este trasto, como tú lo llamas, va a revolucionar el mercado de la energía. Ahí donde lo ves, un condensador de fluzo como este puede almacenar una cantidad ingente de energía. ¿Sabes cuánto pesan las baterías de un coche eléctrico?

—No lo sé exactamente, pero mucho.

—Pues este aparato puede almacenar 1,21 gigawatios. —dijo haciéndolo botar un par de veces en sus manos con facilidad— Con esa cantidad de energía se puede mover un coche durante toda su vida útil sin necesidad de una recarga o podría usarse en aviones, trenes barcos…. cualquier cosa que se te ocurra que necesite energía.

—Aja, entiendo. Tienes un trasto del tamaño de una mochila pequeña con energía suficiente para mover un trasatlántico. ¿No habrás visto demasiadas películas de Ironman?

—Déjate de estupideces, no lo entiendes, es energía a bajo coste para todos….

—Te olvidas de que esa energía tiene que salir de alguna parte, esto no cambiará nada. Seguiremos obteniéndola de las mismas fuentes…

—Te equivocas —dijo ella conteniendo su impaciencia— El condensador puede cargarse a cualquier velocidad y con cualquier voltaje. Podemos conectarlo a una serie de placas solares para tener energía el resto del día o podemos hacerlo incluso con un rayo. ¿Entiendes las implicaciones?

—Por supuesto. —dije yo— Pronto serás multimillonaria. ¿Cuánto te han ofrecido las petroleras y las eléctricas para que encierres este trasto y tires la llave?

—¿Cómo sabes que…?

—Es de cajón. —la interrumpí— Me imagino que habrás publicado ya varios artículos sobre el tema y supongo que no han pasado desapercibidos.

La dejé mirándome con desconfianza mientras centraba mi atención en aquel aparato y jugueteaba con él antes de que me apartase con un gesto airado.

—Cuidado, tiene una carga completa. Yo que tú, no tocaría esos dos conectores.

—La verdad es que ese trasto me recuerda un poco a ti. —dije al recordar para que había venido— Pequeño, ligero, redondo y con dos conectores que pueden producir peligrosas descargas.

En ese momento cogí a Matilda por las caderas y la senté sobre la mesa de trabajo justo antes de que mis manos se cerrasen sobre sus pechos….

Gerardo observa en la pantalla como el plano se desplaza de la figura de Íker, sentado en el sofá a la cara ruborizada de la doctora que, impotente, escucha la narración con los labios apretados en una fina línea de indignación.

Matilda reaccionó y me abofeteó con fuerza, justo antes de besarme.

La verdad es que era una mujer preciosa de rasgos asiáticos y a pesar de ser veinte años más joven que yo, para su edad era muy madura… ¡Qué coños! Me la ponía muy dura.

Tengo que decir que estaba totalmente enamorado de aquella fascinante mujer. Cada vez que la desnudaba y observaba el cuerpo moreno y esbelto, sus pechos pequeños, con los pezones oscuros y diminutos y su pubis completa y cuidadosamente depilado, sentía como cada célula de mi cuerpo deseaba a aquella mujer con un ardor animal.

Aquella noche no fue distinto. Sin dejar de besarla, hundí las manos en su cabello mientras ella desabotonaba su bata y rodeaba mi cintura con sus piernas. Mis manos se desplazaron por su espalda y recorrieron sus piernas esbeltas y musculosas esculpidas en el gimnasio, disfrutando de su suavidad.

De un empujón se separó de mí e impidiéndome que me acercara, se quitó la bata y la dejó caer al suelo. Bajo ella solo llevaba una fina blusa blanca y una minifalda de tablas.

Mirándome a los ojos, se deshizo poco a poco de ambas prendas. Consciente de que iba a venir a visitarla, no se había puesto nada debajo. Me abalancé sobre ella, pero con un movimiento fluido me esquivó y cogiéndome por la espalda desplazó sus manos en torno a mi cintura y me sopesó con ellas el paquete.

Yo me estremecí, sintiendo como mi polla crecía y se endurecía en un instante. Incapaz de contener mi deseo, me deshice a tirones de mi ropa y dándome la vuelta, empujé a Matilda contra la pared y la acorralé besando su cuello y sus pechos, impregnándome del aroma de su piel y del sabor de su boca.

Aquella mujer era como una serpiente, tan pronto estaba enroscada en torno a mi cuerpo como se escurría de mi abrazo y salía corriendo evadiendo mis intentos por atraparla. Finalmente logré cogerla por un tobillo y tumbarla boca arriba sobre el suelo del laboratorio. Matilda sonreía y jadeaba mientras intentaba evitar que la penetrase, satisfecha con mi deseo desesperado.

Por fin logré colocarme sobre ella y aprovechando el peso de mi cuerpo la inmovilicé el tiempo suficiente para poder entrar en ella. Matilda gimió y se retorció mientras mi pene avanzaba en su interior hasta colmar su delicioso coño con él.

En ese momento mi novia se rindió y rodeó mis caderas con sus piernas mientras me susurraba al oído palabras de amor. Yo estaba ciego, solo pensaba en embestir aquel delicioso cuerpo una y otra vez como un toro furioso.

Aprovechando un despiste, Matilda me empujó y se puso encima de mí. Separándose, recorrió mi cuerpo con su melena haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera de deseo.  Con su cara oculta por aquella densa cabellera, no me di cuenta de sus intenciones hasta que su boca envolvió mi glande con su calor. Con una maestría de la que solo las orientales son capaces, repasó mi pene con su lengua y  mordisqueó mi glande  para terminar chupándolo con fuerza hasta ponerme al borde del orgasmo.

En ese momento Matilda se apartó observándome con aquella sonrisa de superioridad que tanto odiaba y amaba a la vez. Yo le mantuve la mirada mientras ella apartaba el pelo de su cuerpo exhibiendo su piel ligeramente bronceada y su sexo abierto y enrojecido.

—Ya podían ser todos los episodios así. No sé si podré llegar al final sin echarte un polvo… —dice Gerardo besando el cuello de su esposa.

Ignorando sus deseos, me quedé tumbado en el suelo, obligando a que fuese ella la que se acercase. Con movimientos deliberadamente lentos, se fue aproximando hasta sentarse sobre mis caderas. Matilda sonrió de nuevo, se metió mi polla hasta el fondo de su coño y  empezó a mover las caderas mientras jugaba con su melena y miraba al frente con aire ausente.

Solo un leve temblor en sus labios delataba el placer que recorría su cuerpo. Yo le seguí el juego y la dejé hacer, intentando inútilmente parecer tan relajado como ella.

Poco a poco, los movimientos de sus caderas fueron haciéndose más amplios y Matilda cogió un mechón de su pelo y lo mordió para evitar que escapara ningún gemido de placer. Incapaz de contenerme más, con un movimiento rápido, la obligué a descabalgar y de un empujón la puse de cara a la pared.

Dominado por una intensa lujuria separé sus nalgas y la penetré con tanta fuerza que sus pies despegaron del suelo. Mis manos recorrieron su cuerpo y lo sobaron y estrujaron sin miramientos mientras le daba polla sin descanso.

Ella intentó morder el pelo para ahogar los gritos de placer, pero yo cogí su melena y rodeando su fino cuello con ella, tiré con fuerza mientras seguía empujando. Matilda arañó la pared e intentó coger aire mientras yo mantenía la presión sobre su cuello y la follaba desatado hasta correrme en su interior.

Bastaron unos pocos empujones más para que Matilda se viese asaltada por un orgasmo brutal que le hizo perder el control de su cuerpo. Con un gemido estrangulado se derrumbó en mis brazos mientras todo su cuerpo se estremecía victima de prolongados relámpagos de placer.

—Cabrón. —dijo Matilda con voz ronca y pegándome un codazo cuando se hubo recuperado.

Yo, siguiendo el ritual, encajé el golpe y dejé que me diese un par de bofetones más sin decir nada. Aun recuerdo lo que disfrutaba con aquella mujer. A pesar de estar a eones de distancia aun me parece oler el aroma de su pelo, el sabor de sus besos y el calor de su piel…

El cámara no puede evitarlo y enfoca por un instante el rostro arrebolado de Matilda.

En fin, tras un par de minutos de conversación intrascendente, Matilda se levantó y poniéndose apresuradamente la bata, como siempre que hacíamos el amor, se fue a los aseos del piso de abajo para quitarse mis inmundicias como decía ella.

Satisfecho, apagué la luz del laboratorio y me tumbé de nuevo, desnudo sobre el suelo, inconsciente de los sucesos que iban a poner mi vida patas arriba, apenas en unos instantes.

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