JANIS MULLIGAN

LA GATA NEGRA

16 de junio de 2013

Los nervios consumían a Ángela mientras esperaba su turno para actuar. Era la noche de su debut y espiaba los movimientos de todas las chicas que bailaban en el escenario central, comparándolos mentalmente con el número que había preparado. Algunos de estos movimientos eran vulgares, otros sublimes, pero todos ellos armoniosamente conjugados con la música. Luego, sin apenas ser consciente del paso del tiempo, le tocó a ella y los nervios se esfumaron, como por encanto.

Al pisar el escenario, la burbujeante y ronca voz de su alma oscura la alentó a dejar al público boquiabierto, y ella estuvo una vez más de acuerdo. Había elegido un tema juvenil y desenfadado, con unos buenos coros, y bastante ritmo. Siguió los pasos de la coreografía a la par que se despojaba de la ropa. Había medido exactamente el tiempo que necesitaría para que la última prenda cayera con las últimas notas, pero, por alguna razón, eso no le importó finalmente. Quería que la vieran saltar y brincar, contonearse y flexionarse, amparada en su poder, y escuchar las exclamaciones de asombro.

Se tuvo que contener y solo dedicarse a ejercicios en la barra de acero. Sin embargo, toda la primera fila de hombres clavaron sus ojos en su esbelto cuerpo, sobre todo en aquella enloquecida faldita de tablas que no paraba de insinuar su bonitas nalgas. Finalmente, la dejó caer sobre el piso, mostrando el diminuto tanga que llevaba debajo. Entonces, los billetes de cinco empezaron a caer a sus pies. Algunos hombres le mostraban billetes mayores para que se acercara y pudieran metérselos en la cincha del tanga. Los silbidos arreciaban. Ángela sonreía, aturdida por aquellas miradas, sin importarle que sus menudos y enhiestos pechos se mostraran desnudos, en toda su plenitud.

La salva de aplausos llenó el local cuando desabrochó los lazos de su tanga y lo dejo caer, al mismo tiempo que giraba su cuerpo, presentando al público sus deliciosos glúteos. Aún aplaudían cuando dejó el escenario y pasó al otro lado de la gran cortina de lentejuelas, Ginger la estaba esperando, sonriente. La abrazó y la besó en las mejillas.

—    ¡Fantastic! Estado muy bien, Ángela, de verdad – la felicitó.

—    Un poco ligh pero con mucho ritmo – dijo otra de las chicas.

—    Gracias – contestó ella, algo ruborizada.

—    ¿Quieres barra o baile? – le preguntó Ginger, llevándosela aparte.

—    ¿Cómo? – el rostro de Ángela expresaba su incomprensión.

—    ¿No haber hablado de eso antes? Sorry, creía que había dicho ya. Las chicas que no están bien se ocupan de barra…

—    ¿Qué no están bien? – Ángela no comprendía lo que quería decirle la tailandesa.

—    ¡Ya sabes, chicas malas, con periodo o resfriadas!

—    Ah.

—    Algunas veces, alguna con señales de novio celoso…

—    ¿Moratones?

—    Si, eso. Otras cansadas, o de mala leche, pues prefieren poner copas a bailar esa noche, ¿comprendes?

—    Comprendo.

—    Yo pensado que es primera noche para ti, que, a lo mejor, prefieres copas. Pero, si quieres bailar, vienes conmigo, algunos clientes buenos buscar…

—    Eres un encanto, Ginger, has pensado en todo – dijo Ángela, abrazando a la menuda asiática. – Pondré copas esta noche y observaré.

—    Eso ser bueno. Eres inteligente – y, súbitamente, Ginger le dio un fugaz pico en los labios.

Un par de horas más tarde, Ángela había pillado completamente el ambiente del club. Los clientes, maduros en su mayoría, querían copas fuertes y apenas mezcladas. Sabía que las copas que se tomaban las chicas como invitación estaban aguadas, o eran meros refrescos, y había que tener cuidado al servirlas para que el cliente no se diera cuenta. Las propinas de la barra no eran demasiado espléndidas, pero tampoco había que hacer nada extraño. Una sonrisa, una caricia en la barbilla, una caída de ojos, simple gestos que motivaban al cliente, sobre todo si estaba ebrio.

El tipo que estaba en el rincón del trozo de barra que Ángela atendía, era uno de esos. Maduro, calvo y orondo. Parecía estar atornillado al pretil acolchado del mostrador. Decía llamarse Octavio y según una de las compañeras de barra, estaba forrado. Parecía solo tener ojos para Ángela y, aunque no le decía nada, seguía todos sus movimientos mientras apuraba un whisky tras otro. Incluso espantó un par de chicas que se le acercaron antes.

Ángela tenía buen cuidado de enseñar sus nalgas al inclinarse para tomar un vaso o una botella. Llevaba la camisa atada con un nudo sobre su estómago, enseñando buena parte de sus senos, libres de sujeción. De vez, en cuando, se subía las blancas medias, con un mohín pícaro en sus labios, todo para que aquel tipo no dejara de beber. Y vaya si lo estaba consiguiendo.

Mientras tanto, observaba como se desenvolvían las demás chicas con los clientes. Las veía revolotear de mesa en mesa, ofreciendo sonrisas, guiños, algunas palabras de complicidad. Observaba como los clientes acariciaban aquí una pierna, un pequeño pellizco allá, la velada pasada de un dedo sobre un seno… Las chicas se reían con facilidad y aceptaban aquello, buscando una buena propina, un buen baile.

Algunas lo conseguían y se retiraban, junto al cliente, a los reservados tras los cortinajes. Otras solo obtenían lo que todas llamaban un básico, un baile contoneante que duraba apenas un par de minutos por unos cuantos euros. El básico se hacía a plena vista y nada de tocar. En cambio, aquellos bailes privados, más caros y más largos, se hacían en la intimidad. Muchas de las chicas se dejaban tocar, aunque no íntimamente, pero el cliente agradecía esa oportunidad. Su meta era excitarle todo lo que pudieran y llegar a un acuerdo más positivo, fuera bailando más, o bien marchándose con él. Ginger le comentó, días atrás, que era todo un orgullo conseguir que el cliente se corriera en el pantalón sin conseguir más que unas fugaces caricias. Pocas chicas lo conseguían y, por ello, muchas acababan en la habitación del cercano hotel.

Ángela trataba de no perder de vista las evoluciones de Ginger. Su menuda figura recorría todas las mesas, con el largo cabello flotando tras ella. La vio realizar un par de básicos, cimbrando todo su cuerpo con movimientos sinuosos, como si fuese una hambrienta pitón. Sus nalgas se movían de una forma pasmosa, evidenciando su dureza y firmeza. El sabor de sus labios aún permanecía en la mente de la rubia, la cual pensaba en conseguir más de esos besos en cuanto pudiera.

En ese momento, Ginger le dio la mano a uno de los tipos extranjeros que se sentaban en grupo, en una de las grandes mesas del rincón, y se lo llevó detrás de las cortinas. Un plus para Ginger, pensó Ángela, sonriendo. Al perder a su compañera de piso de vista, volvió su atención hacia Octavio. Este seguía mirándola, con una sonrisa que ladeaba cínicamente el bigotito que recortaba su labio superior.

—    Ponme otra, guapa – le dijo, indicando su vaso con un dedo.

—    Enseguida, señor Octavio – contestó Ángela, aferrando la botella de la estantería.

—    Si, señor, Octavio Padilla, ese soy yo – se regodeó el hombre, con voz pastosa. – Y tú eres Ángela, el ángel de este sitio…

—    Gracias, señor – la voz de la chica era tan melosa que acariciaba.

Ángela sabía, por experiencia, que los hombres reaccionan muy bien ante una voz sensual y dulce, evitando poses agresivas. Ángela había vivido varias de estas situaciones en el pasado. Además, se dio cuenta enseguida de que tratar a aquel hombre como un amo le reportaba buenos billetes de diez euros.

—    ¿De dónde has salido tú? – preguntó Octavio, como si susurrase un secreto.

—    Ssshh… estoy de incógnito aquí – respondió ella, en el mismo tono, señalando hacia arriba.

—    Lo sabía. Vienes del cielo… jaja…– se carcajeó groseramente.

Ángela se rió también, recogiendo los dos billetes que el hombre había dejado sobre el mostrador, uno para ella y el otro para la caja registradora.

—    ¿Sabes que soy un hombre de negocios? – dijo de repente.

—    Eso me han dicho.

—    Vine de Valladolid cuando era un chaval, sin nada en los bolsillos, y ahora, soy el dueño de tres mataderos – dijo con tono melancólico. – Soy un tipo rico, ¿sabes?

—    Me alegro por usted. A su familia no le faltará de nada.

—    Ese es el problema…

Parecía a punto de ponerse depresivo y eso no era algo que a Ángela le gustase.

—    Tengo familia. Una esposa y dos hijos, pero es como si estuviera solo, maldita sea.

Ángela miró hacia los reservados. Ginger aún no había terminado su numerito…

—    Me casé con una estirada… de buena familia, pero estirada – dijo Octavio, más para él que para la chica. – No quiere nada raro en la cama, y de eso… solo una vez al mes. Eso si, ¡un sábado, por supuesto! Los domingos no, porque va a la iglesia…

—    Pobre señor Octavio – dijo Ángela, acariciándole una de las velludas patillas. “¡Coño! ¡Cómo se parece a Torrente, de cerca!”, pensó.

—    Si, pobre… — apuró su copa de un trago y pidió otra. – Mi hijo es como ella, como si tuviera el palo de una escoba metido por el culo. Se ha casado hace poco, con otra pija, ¡como no!

—    Este trago es de la casa – comunicó la chica, tratando de animarle.

—    Gracias, guapa, ¡a tu salud!

El whisky desapareció garganta abajo con total desprecio. “Pronto se caerá”, pensó Ángela.

—    Mi hija tendrá tu edad, más o menos. Se llama Carolina – dijo Octavio, echándose a la boca un puñado de palomitas del cuenco que estaba a su lado. – Es lo único bueno que tengo en casa… Es amable, cariñosa, y leal… Va muy bien en los estudios, ¿sabes?

—    Una buena hija.

—    Si, así es. Lo único que le falla es que está un poco… gordita, ya sabes…

—    Eso tiene arreglo.

—    Lleva dos meses a régimen, pero nunca será como tú… tú eres divina, perfecta… un ángel…

Ángela sonrió. El hombre casi no se tenía en pie, derrengado sobre la barra.

—    Con ese cuerpo tan delgadito… casi frágil… déjame protegerte, cariño…

—    ¿Protegerme?

—    Déjame sacarte de aquí… que ninguno de esos mal nacidos pueda devorarte con los ojos… — balbuceó Octavio, abarcando de un ademán la sala. – Alquilaré un pisito muy bonito para ti.

—    ¿Para poder ir a verme?

—    Eso, exacto… iría a verte y te quitaría esa faldita… y te arroparía…

Ángela le hizo una seña a Domingo, el cual llevaba ya algunos momentos mirando hacia ella. Se acercó disimuladamente hasta situarse al lado de Octavio.

—    ¿Todo bien? – preguntó.

—    Ya no se tiene en pie – contestó Ángela, señalando al hombre beodo.

—    Pediré un taxi – dijo y sacó un móvil del bolsillo interior de la chaqueta. – Tómate un descanso, Ángela.

La joven abandonó la barra, dejando al señor Octavio abrazado al masivo Domingo. Con una sonrisa, se acercó a los cortinajes y arriesgó un vistazo en el reservado que aún ocupaba Ginger. La asiática estaba de pie sobre el amplio sillón en el que se sentaba el cliente. Su cuerpo estaba totalmente desnudo y bailaba lentamente, las manos sobre la cabeza y las caderas ondulante, manteniendo su sexo a escasos centímetros de los ojos masculinos. El turista se había sacado el miembro y lo acariciaba con su propia mano, sin apartar los ojos del pubis de ella.

“Pronto terminará”, se dijo Ángela, alejándose.

Efectivamente, con un gruñido, el cliente dejó escapar un espléndido geiser de esperma que alcanzó a salpicar el vientre de la tailandesa.

―           Wooaa! Beatiful, baby! – susurró Ginger, inclinándose con un pañuelo de papel en la mano.

“Por lo que veo, no le da asco tocar una polla.”, se dijo Ángela, comprobando como su compañera limpiaba el pene del sonriente hombre. Se apartó para dejar salir al cliente, quien dejó a Ginger colocándose de nuevo su exigua ropa, sentada sobre el sillón. Ángela se reunió con su amiga.

―           ¿Esperabas? – preguntó Ginger, subiéndose el minúsculo pantalón con trabajo, ya que se pegaba prácticamente a su piel.

―           Domingo está ocupándose de un borracho en la barra y me ha dicho que me tome un descanso.

―           Sí, es norma. Chica quitarse para que cliente se marche sin protestar – dijo la tailandesa, poniéndose en pie con agilidad.

―           Sí, eso pensaba. Dice llamarse Octavio Padilla.

―           Oh, señor Octavio… muy buen cliente. Gasta mucho dinero.

―           Le he racaneado cincuenta euros – exclamó Ángela, jubilosa.

―           ¿Racaneado? – otra palabra nueva para Ginger.

Ángela agitó los dedos ante los ojos pintados de púrpura de la asiática, con un ágil movimiento conocido mundialmente.

―           Ah – Ginger asintió, comprendiendo. – Pero señor Octavio nunca se emborracha.

―           Pues esta noche va tocado y hundido – se encogió de hombros la rubia. – Me ha insistido en ponerme un apartamento.

―           ¿Para ti? – se asombró Ginger.

―           Sí, dice que soy su ángel.

―           Muy, muy tocado, entonces – se rió, girando el puño delante de su nariz.

―           Ya te digo. Veamos si Domingo lo ha subido ya a un taxi – comentó Ángela, apartando la cortina.

Así era. El señor Octavio ya no se encontraba en la sala, y cuando Ángela se acercó a la salida, el titánico hombre de seguridad le hizo una seña de que todo estaba bien. Sonriendo, Ángela volvió tras el mostrador.

* * * * * * *

5 de julio de 2013

Ángela aún no estaba segura de cómo resolvería su necesidad de sangre, viviendo con Ginger. Habitualmente no necesitaba más que un simple trago cada dos días, menos de 100 centímetros cúbicos de sangre humana, si no utilizaba sus poderes, claro estaba. Con eso era suficiente para mantenerse activa y lúcida. Más de esa cantidad, sin ser necesaria, la volvía errática, agresiva, y descontrolada. Menos y se convertía en un ser apático y desganado, deprimido.

A lo largo de su errática vida, había intentado beber sangre de animales, pero lo único que consiguió fueron dos días de continuos vómitos. Solo tenía que tener cuidado y desahogarse sexualmente con la persona a la que sangrara, antes de regresar al apartamento. Ginger no debía darse cuenta de su fiebre sexual, ni de las llamas que brotaban de su cuerpo.

Ese era un asunto que aún no controlaba del todo. Tenía buen cuidado de no tragar demasiada sangre – con lo sucedido en sus diversas pruebas ya tenía bastante – pero, aún así, la simple ingestión de algo de sangre elevaba su temperatura corporal en, al menos, una decena de grados, y si no se calmaba rápidamente, seguía subiendo, haciendo aparecer las primeras llamas incontroladas.

Por eso mismo, utilizaba los clientes del club para saciarse. Eran todo un regalo caído del cielo. Al cabo de un mes como bailarina, Ángela se había convertido en toda una experta. Era muy requerida para los bailes privados, en los cuales encendía a los hombres con su aparente inocencia. Empezó a llevarse clientes a la calle, por la puerta del patio. No necesitaba ir al motel, cualquier rincón oscuro le servía. Además, tampoco sentía el frío de la noche. Solía empujar al hombre contra uno de los muros del patio, le abrazaba, enroscaba una de sus piernas con las de él, y mordía suavemente la yugular, o la parte carnosa del hombro, e incluso en la cara interna del antebrazo. Cualquiera de esos sitios le venía bien, pues el moratón que quedaba después de que su saliva cerrara la herida, podía disimularse.

La sangre, al llenar su boca y bajar por la garganta, iba desatando su lujuria, sin freno alguno. Jadeando de excitación, montaba aquellos hombres allí mismo, de pie, con urgencia, solo buscando su propia satisfacción. En más de una ocasión, un cliente caía de rodillas para acabar con la boca lo que no podía realizar con su miembro. Ángela regresaba al club, sonriendo beatíficamente, y el cliente era enviado a casa, imbuido de falsos y gratificantes recuerdos.

Una de esas noches, Ángela y Ginger regresaron a casa tras cerrar el club. Había sido una noche tranquila, pues apenas eran las dos de la madrugada. Ginger comentó tener hambre y, mientras se ponía algo más cómodo, Ángela calentó una bandeja de bocaditos que había en el frigorífico. Después, ella misma marchó a cambiarse. Unos minutos más tarde, ambas devoraban los bocaditos, sentadas sobre la gruesa alfombra de la sala.

—    ¿Cómo han estado las propinas esta noche? – preguntó Ángela.

—    Poco… solo dos clientes – respondió Ginger, engullendo uno de los canapés.

—    Ya. Yo uno, un privado.

—    Te visto salir con él – los ojos de Ginger se clavaron en los suyos.

—    Bueno – se encogió de hombros la rubita. – Necesitaba el dinero.

—    A veces no bueno irse con clientes. Peligroso. Mejor menos dinero pero más tranquila. Tú eres niña y no muy fuerte…

—    No te preocupes, Ginger. Soy mucho más fuerte de lo que aparento – dijo Ángela, colocando su mano sobre la de Ginger.

—    Pero me preocupas cada vez que sales fuera con hombre. Tengo miedo por ti – Ginger le apretó la mano con ternura.

Ángela bajó los ojos, las mejillas enrojecidas, y se quedó un momento en silencio.

—    Lo necesitaba – dijo finalmente.

—    Se que es eso. A veces me pasa también. Tanto bailar desnuda excita y querer desahogarse – asintió Ginger. – Pero hay que conocer clientes, saber los de confianza. Solo hacerlo con ellos…

Ángela asintió como respuesta.

—    Te contaré secreto – dijo Ginger, inclinándose hacia delante. – Hace años que no estoy con un hombre… malos recuerdos…

Ángela notó la nota de tristeza en su voz. La mirada de Ginger parecía perdida, como si estuviera evocando esos malos recuerdos.

—    Cuando siento mucha excitación, me junto con chica, otra bailarina. Algunas pensamos iguales y es mucho más dulce y menos problemas…

—    ¿Sales con alguna? – preguntó Aura, demostrando que la comprendía.

—    Nada serio, solo ocasiones precisas. Por lo demás, tengo a Oscar.

—    ¿Oscar? – se extrañó Ángela.

—    Si, consolador en mi mesita. Oscar, puro látex y dieciocho centímetros – Ginger soltó finalmente una carcajada y la rubita la imitó. – Es única parte buena que tiene hombre.

—    ¡Y que lo digas!

Cuando Ángela despertó, como siempre, al atardecer, Ginger estaba a su lado, mimosamente abrazada a ella. Ambas estaban desnudas. Ángela gustaba de dormir así, tanto en invierno como en verano, apenas con una sábana, pero Ginger no. Las manos de la asiática rodeaban su vientre con delicadeza. La rubia hizo memoria para saber si su compañera se acostó con ella al alba. Habían charlado mucho rato; habían bebido té, y finalmente, Ángela se quedó mirando una vieja serie en la tele, casi sin volumen – la verdad es que podía escuchar perfectamente la televisión, aún sin volumen – pero Ginger se fue a dormir a su dormitorio. Sin duda, se tumbó con ella después de almorzar, para una siesta quizás, cuando ella estaba profundamente dormida.

¿Por qué lo haría? ¿Habría hecho algo con su cuerpo?

Estas cuestiones pasaron por su mente fugazmente, pero Ángela acabó encogiéndose de hombros. Le daba igual. Ginger le gustaba bastante y sabía que, tarde o temprano, acabarían las dos en la cama. ¿Qué importaba? Solo pedía estar conciente en ese momento, y disfrutarlo.

Ginger despertó en cuanto Ángela se movió. Le sonrió.

—    Sueño después de comer – se disculpó Ginger. — ¿Te importa?

—    No, para nada, Ginger. Puedes meterte en mi cama cuando te apetezca. Solo que duermo muy profundo, no me daré cuenta de que estas aquí – dijo Ángela, incorporándose sobre un codo.

—    Ya notado. Eres como muerta…

—    Si, algo así – contestó Ángela, riéndose.

—    Pero no fría, sino muy caliente. Tu piel quema.

Ángela asintió.

—    Es una extraña enfermedad. No necesito abrigo alguno en invierno. Pero, ¿y tú? ¿Por qué estás desnuda?

Para Ángela, fue la primera vez que contempló a Ginger ruborizarse. La asiática parecía siempre tan estoica y serena que resultó todo un cambio. Bajó la mirada y, tras un momento, Ginger murmuró algo casi ininteligible.

—    ¿Perdón? – inquirió Ángela, aunque lo había escuchado perfectamente.

—    Quería sentir tu cuerpo – repitió la asiática.

Ambas se miraron largamente, sin decir una palabra. Las oscuras pupilas de Ginger parecían implorar comprensión. Ángela fue conciente de las largas pestañas oscuras de la tailandesa, sin artificios ni maquillaje. Sus labios temblaban imperceptiblemente, como dispuestos para un sutil puchero.

“¡Dios, es una muñeca!”, pensó Ángela.

—    Lástima, no sentí el tuyo – repuso Ángela, inclinándose hacia su compañera. — ¿Qué tocaste?

—    Nada – Ginger apartó la cara.

Ángela tomó su mano derecha y la llevó a su nariz.

—    Puedo oler mi coño en tus dedos…

—    Por favor, Ángela… — El tono era muy quedo e implorante. Ángela notó una vaharada de calor subir por su espalda.

—    ¿Me masturbaste mientras dormía? – preguntó la rubia, acercando sus labios al cuello de Ginger.

Notó como el cuerpo de la tailandesa se tensaba bajo la sábana. Se negaba a mirarla y tragaba saliva, evidentemente atrapada.

—    Respóndeme – susurró Ángela.

—    Si… lo siento…

—    Yo no. ¿Gocé?

—    Lo hice muy suave… si…

—    ¿Te gustó?

Ginger volvió a mirarla. Sus ojos mostraban tristeza y lágrimas.

—    Vamos, dímelo… ¿te gustó lo que tocaste?

—    Mucho… eres lo más perfecto que he tocado jamás.

Ángela siguió admirando aquel rostro lleno de dulzura, sintiendo como su corazón se llenaba de un extraño fuego. Nunca había sentido algo así por ninguna otra persona y se debatía por no confesarlo. Su vida no estaba hecha para el amor, y lo sabía. Pero la emoción era insuperable, devastadora.

—    No, tú eres la perfecta, Ginger – musitó, sus labios cosquilleando los de su compañera.

El beso fue tan dulce y lánguido que los labios no parecieron moverse. Un eterno cosquilleo compartido, un suave aleteo orgánico. Ángela sintió a su amiga estremecerse bajo su contacto. Cuando se separó, Ginger lloraba silenciosamente, una de sus manos posada sobre el hombro de ella.

—    No recuerdo nada, Ginger… ¿Querrás repetir lo que hiciste?

—    Oh, Ángela… soy feliz – sorbió sus lágrimas con el murmullo.

—    Hazme feliz entonces… — dijo Ángela, uniendo de nuevo sus labios.

Esta vez fue todo un abrazo pasional, los desnudos cuerpos fusionados, encajados. Sus lenguas se acariciaban con deleite, intercambiando salivas. Los dedos se atareaban, siguiendo contornos, silueteando diversos encantos, explorando recovecos. Ángela situó uno de sus muslos entre las piernas de Ginger, urgida por una necesidad que jamás experimentó sin antes beber sangre. Ginger acogió esa pierna con toda amabilidad, frotando su humedecido pubis contra ella.

Ángela atrapó un pezón con los dientes. Sabía a canela y sudor. Exquisito. Tironeó suavemente, irguiéndolo, atormentándolo. Podía oír la respiración agitada de Ginger, el inaudible sonido de su pubis frotándose, y sobre todo, el rítmico compás de su corazón, cada vez más veloz.

—    Te deseo desde primer momento que te vi entrar en club – murmuró Ginger en uno de los oídos de Ángela.

—    Oooh… cariño, ¿de verdad? – “No puedo confesarte que lo percibí perfectamente”.

Los dedos de la tailandesa no dejaban de amasar los tersos glúteos de Ángela, como si se aferrase a un salvavidas en un mar embravecido. Una de esas manos se introdujo ávidamente bajo el vientre de la rubia, alcanzando el deseoso triángulo sexual. Ambas tenían sus pubis totalmente depilados.

—    Lo tienes ardiendo…

—    Méteme ya ese dedo… no aguanto más – respondió Ángela, abriendo totalmente sus piernas.

El dedo corazón de la asiática se deslizó en el interior de la vagina ofrecida como si hubiera nacido para ello. Ángela agitó sus caderas y su boca se apoderó de la de su compañera, con verdadera ansia. Un segundo dedo se emparejó con el primero, ensanchando más las paredes de la vagina.

―           Otro más – gruñó la rubia, cerrando los ojos.

Ginger no se hizo rogar e introdujo también el anular, disparando la frenética rotación de las caderas de Ángela.

―           Tú… muy caliente… muy caliente – murmuró la asiática.

―           No lo sabes…b-bien… me pones c-como una perra… muñequita – jadeó su amiga, los labios vibrando contra su barbilla.

―           Déjame lamer… por favor… quiero probar sabor tuyo…

Sin decir nada, Ángela se deslizó como una anguila hasta quedar sentada sobre el rostro de Ginger, los muslos separados, el trasero descansando sobre el pechito de la tailandesa.

―           Muy mojada… cariño – casi sopló Ginger en el interior del coño.

―           Deja de hablar, putita… y come – gimió Ángela, meneando su pelvis para acercarla aún más.

Ginger sonrió y sacó su hábil lengua, usando tan sólo la punta para titilar sobre ciertas áreas, lo que arrancó una salvaje imprecación de la rubia, que perseguía el orgasmo como el Coyote al Correcaminos.

―           ¡DEJA DE JUGAR, GUARRA, Y MUÉRDEME EL PUTO CLÍTORIIIISSS! – gritó Ángela, poseída por el más puro frenesí.

Aferró el flequillo de la asiática y tironeó de él para hundir la lengua en su vagina. Se restregó como un animal contra aquellos labios y lengua que baboseaban sobre su sexo. Su otra mano libre pellizcaba su pezón con tanta fuerza que empezó a sangrar. Su nariz apuntaba al techo de la habitación, la boca abierta, los colmillos crecidos, las pupilas tan claras y transparentes que los ojos parecían vacíos.

Ángela se estaba corriendo como nunca lo había experimentado, sin explicación alguna, sin control. Intentaba contener el chillido que amenazaba con escapar de su vientre, mientras que saltaba y retozaba sobre la dulce boca que la enloquecía.

―           Puto… Padre… Satán – masculló con un estertor en su último espasmo. A continuación, cayó a un lado, jadeando.

―           ¿Estás bien, Ángela? – preguntó suavemente Ginger, incorporándose sobre un codo para mirarla a la cara.

―           En la gloria, cariño – murmuró la rubia, con una sonrisa beatífica en sus labios. – Deja que me recupere y te haré aullar muchas veces…

* * * * * * *

21 de julio de 2013

Ángela trepó como una gran araña por el grueso canalón del patio interior hasta el tejado del antiguo cine. El lugar no tenía otro acceso, más que a través de un sucio tragaluz que aún no sabía dónde llevaba. Allí, la espalda apoyada contra las grandes letras del finado neón, Ángela se sentía a gusto, en paz con la noche y con sus pensamientos. Miró la menguada luna en el cielo y suspiró. Tenía la noche libre y se sentía realmente ociosa en esa noche.

Por un momento, pensó en cuanto había avanzado en su azarosa vida en el último mes. Tenía un trabajo, amistades, una compañera de piso hermosa y dispuesta… todo un avance en la caótica vida de Ángela Nuñez, se dijo, sonriendo. Aspiró el aire nocturno, sintiéndose libre y algo hambrienta. Quizás debiera saltar un poco, entre tejados, y buscar un aperitivo…

La extrema sensación que un par de ojos la estaban observando la hizo tensarse bruscamente, girando el cuello velozmente. Bajo la suciedad de los cristales del tragaluz, alguien la estaba espiando. Pensó en saltar y desaparecer, pero se obligó a pensar y no caer en el impulso del instinto. No estaba haciendo nada demasiado raro en ese momento, así que no tenía que preocuparse. Venteó las aletas de su nariz, buscando descubrir un olor claro y preciso. Grasa rancia, vapores de monóxido de carbono, heces de pájaros… y… ¡Sí, allí estaba el olor particular del humano!

―           Buenas noches, Cristian – pronunció suavemente su nombre, mirándole con ojos entrecerrados.

Con un chirrido de rodaderas oxidadas, el tragaluz se deslizó, como la cúpula de la carlinga de un avión de combate. La cabeza del joven se mostró libremente. Sus redondas gafas destellaron a los ojos de ella.

―           Buenas noches, Ángela – sonrió él, izándose a pulso hasta poner una rodilla sobre la gruesa grava. — ¿Cómo has subido aquí?

―           Trepando – subió ella un hombro, con un gesto de indiferencia.

Cristian pareció querer preguntar algo más, pero cerró la boca y metió las manos en los bolsillos de su jeans mientras se acercaba al letrero.

―           Puede ser peligroso – la amonestó suavemente, señalando con la barbilla el hueco del patio interior.

―           Todo es peligroso en esta vida. Sólo quería respirar un poco de aire.

―           La próxima vez, llama a mi puerta y usa el tragaluz – barbotó Cristian.

―           ¿Sí?

―           Es más seguro que trepar por el patio, ¿no crees?

Ella sonrió de manera aviesa, lo cual confirió a su delicado rostro una expresión aún más juvenil.

―           ¿Sea la hora que sea? – preguntó Ángela en un susurro.

―           Sí, no duermo mucho…

―           ¿Por qué?

―           Los mejores proyectos nacen en la quietud de la noche – respondió él, como si le confesase un secreto alquímico.

―           Así que es cierto. Ginger me dijo que eras una especie de inventor…

―           Algo así. Mi mente diseña cosas e intento recrearlas, pero muchas veces soy incapaz… – esta vez fue él quien se encogió de hombros.

―           ¿Así que tú eres el fantasma del ático?

―           Ajá. Más que un ático era la antigua cabina de proyección y el almacén. ¿Quieres ver mi estudio? – la invitó con un gesto.

―           Vale.

Cristian bajó primero por el tragaluz, dejándose caer sobre una robusta mesa colocada debajo. Alargó las manos para ayudarla, pero Ángela ya estaba a su lado, sonriente. El chico enarcó una ceja, sorprendido. La rubia paseó la mirada a su alrededor y parpadeó, sorprendida a su vez.

A un lado de la mesa, un detallado banco de trabajo, pintado en azul, pecaba de limpio y ordenado, con una banqueta giratoria sin espaldar guardada bajo el tablero. Varias reglas, escuadras y cartabones descansaban sobre la superficie, al lado de un lapicero con forma de antigua berlina. Un gran flexo apagado se alzaba sobre su brazo extensible, desde un lateral del banco.

―           Todo mi mundo está en esta habitación. Esta sala me sirve de estudio, de dormitorio, de cocina, y de lo que sea necesario. Dispongo de un pequeño cuarto de baño, allí atrás, al menos, pero esto es suficiente para mí – le dijo Cristian, saltando de la mesa.

―           Ya veo – respondió ella, mirando la cama enganchada al techo.

Normalmente, la cama de matrimonio debía de quedar oscilando a un metro del suelo, sujetada por los cuatro cables de acero de sus esquinas, al igual que un antiguo palanquín. Pero, sin duda para dejar espacio, Cristian debía tirar de ella hasta sujetar un lateral al techo. Entonces, la cama quedaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados y se podía utilizar el espacio del mueble, aunque contemplar la cama pegada al techo era todo un impacto para el ojo desentrenado.

Innumerables estantes llenaban todas las paredes. No había espacio para cuadros o pósteres, sólo tablas y repisas, cubiertas con libros y todo tipo de objetos sin relación. Aún así, Cristian había reservado un espacio para una gran pizarra blanca de plástico, en la que había varias fórmulas físicas garabateadas. Justo debajo de la ventanita que daba al patio interior, un hornillo diminuto se protegía bajo una campana de extracción que respiraba por la propia ventana. Un pequeño frigorífico, con un microondas sobre él, se erguía a su lado.

―           Todo al alcance de la mano, ¿eh? – bromeó Ángela.

―           Sí, algo así. Mi tío me ofreció este sitio para mí, si lo acondicionaba.

―           ¿Y llevas mucho tiempo aquí? – preguntó ella, colocándose debajo de la cama y alzando los ojos.

―           Bastante – respondió Cristian, echando para atrás su rebelde cabello.

―           Pues no pareces tan viejo…

―           Tengo veinticinco años. Mi tío me acogió cuando tenía quince años, al morir mi madre.

―           Ah… ¿no tienes más familia? – se giró ella, mirándole.

―           No. Sólo estábamos mi madre y yo. Tío Antón es el único hermano de mamá. Me acogió en su casa, pero no hice buenas migas con su esposa y sus hijos – Cristian abrió las manos, como queriendo decir qué eso eran cosas que ocurrían. – Así que cuando decidió reformar este viejo cine para dedicarlo a apartamentos, le propuse ser el hombre del mantenimiento, a cambio de un sitio para vivir. Creo que fue el arreglo perfecto. Mi tío sabía que no podía seguir en su casa, y, por otra parte, conocía mi habilidad para reparar y modificar todo tipo de cosas. Así que me regaló este espacio…

―           ¡Y todos contentos! – exclamó Ángela, colocando sus manos sobre las caderas. Cristian se rió, de manera suave. — ¿Y todo eso de inventar? ¿De dónde sale?

―           Oh, eso… empecé muy pequeño. Primero eran gadjets para juguetes, pequeños soldaditos o vehículos que veía en la tele y que mi madre no podía comprarme. Era una forma de multiplicar mis juguetes, ¿sabes? Luego fueron objetos más caros y complicados. Construí una carabina de aire comprimido con diez años, y te aseguro que tenía más potencia que la que puedes comprar en una armería.

―           ¡Vaya!

―           He construido patinetas de todo tipo, una extraña bicicleta que podía acoplarse a otras – Cristian se rió entre dientes –, mi propio walkman solar, y otras cosillas. Era un asiduo visitante de la escombrera de Tarrasa y las chatarrerías de Les Carbonelles, rebuscando piezas y motores. Cuando me mudé aquí, estuve muchos meses sin poder dedicarme a mi hobby. Pero, finalmente, me ajusté…

―           Enséñame algo guay que hayas hecho últimamente.

Cristian asintió y se dirigió hacia una de las estanterías. Regresó a su lado con un tarro lleno de níqueles de diferentes tamaños, que agitó ante ella.

―           ¿Canicas? – inquirió ella, con una torcida sonrisa.

―           No. Son parches para tuberías.

―           ¿Parches? – se asombró ella.

―           Funcionan con este electroimán – el joven le mostró un aparato del tamaño de un radiocasete, con varios diales y lectores. – Se coloca esto en el área donde se halla la fuga y se dejan caer varios de las bolas por el fregadero.

Abrió el tarro y sacó una de las canicas metálicas, señalando el corte que las dividía en dos semiesferas.

―           Las dos mitades se separan y se anclan al interior de la tubería, al entrar en contacto con el electroimán. Entonces, se inicia una reacción interna que funde el material, creando un parche en la tubería. Claro que siempre es mejor cambiar el segmento dañado, pero hay muchas ocasiones en que no se tiene tiempo para hacer tal bricolaje.

―           ¿Has patentado esto? – preguntó Ángela, asombrada.

―           Aún no. Tengo que conseguir algo de dinero.

―           Pues es una pasada, Cristian. ¿Tienes más cosas?

Sonriendo, el chico la acercó a uno de los estantes, señalando cada cosa que había creado e ideado. Unas eran meras tonterías, pero otras hablaban de su intelecto y de su pragmatismo. Estuvieron mucho tiempo, tanto que Cristian bajó la cama del techo y se sentaron en ella, hablando de lo que ambos habían vivido, pero sobre todo, Ángela dejó que el joven sacara cuanto tenía acumulado en su pecho, escuchándole con atención y, de vez en cuando, apartando el rebelde cabello de Cristian, que se afanaba en caer sobre sus ojos.

Cuando Ginger volvió de su turno en La Gata Negra, se asombró al encontrarles a los dos bebiendo café ante la televisión y mirando un programa de cotilleos. Ángela se levantó y abrazó a su amiga, y le sirvió un té que había preparado especialmente para ella. Ángela se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo, sentada en aquel sofá amarillo, rodeada de dos personas que estimaba realmente.

Su sonrisa iluminó el corazón de sus acompañantes.

 CONTINUARÁ…

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