AURORA MADARIAGA

El cielo vasto me traga en su inmensidad. Cada estrella parece guiñarme el ojo desde las alturas y me llaman a su lado. La batalla ha acabado, a lo lejos el quejido dolente de mis hermanos moribundos de a poco cesa. Pronto este prado quedará en silencio cuando mi respiración entrecortada quede reducida a una apnea agonizante y categórica. Todo dentro de mí se retuerce, mi carne mortal ha sido atravesada por el filo de la espada enemiga, ya escucho la llamada de mis acestros. ¿Es este el final del camino? ¿Cuántas espadas he empuñado y a cuántos soldados he atravesado con ellas? ¿Cuántos han yacido en el campo de guerra desangrándose por el mandato que por años comandó mi espada? Ahora soy yo el que se desvanece, insignificante ante el cosmos abierto en las alturas, incapaz de mover un sólo músculo. Incapaz de elevar la voz para una última prédiga.

Una brisa gélida sopla mis heridas. Pincha como cientos de esquirlas de hierro incandescente, mas refresca por un instante la carne abierta. El cielo ya viste el manto azulino junto a sus perlas de fiesta. Soy su único espectador en el silencio sepulcral del páramo. De pronto, la cara de mi primogénito cruza mi mente. Su madre amamantándolo a los pocos días de haber nacido. Nunca antes sentí tanta luz y calor en mi pecho como aquel día. Cuando pensaba que la vida era sólo un peregrinar dentro de la legión, cuando todo lo que motivaba mis días era matar para no morir primero, ella apareció en mi camino. Una doncella dulce y suave. Demasiado hermosa y pura para estas manos tantas veces bañadas en sangre ajena, acostumbradas a empuñar el hierro de espada y escudo. El hecho de haber ascendido a centurión fue razón suficiente para que su padre me la entregara para desposarla. Nunca me sentí digno de ella. Sus profundos ojos castaños brillantes de bondad miraban dentro de los míos con una inocencia ya olvidada para mí. ¿Cómo pude siquiera mirarla y reconocer su presencia si por años todo cuanto vi fue la mirada de horror y la agonía del enemigo retorciéndose por la punta de mi espada en el campo de batalla? Iovita. «Es joven y fuerte» pienso, «recibirá compensación por mi partida y encontrará otro hombre. Otro padre para Paulus». Mi abdomen se contrae hasta hacerme toser sangre. Mi vista se cristaliza con el calor de las últimas lágrimas. Iovita. Trato de pronunciar su nombre pero la garganta se contrae en una quemazón fulminante tan sólo intentar vociferar un susurro. ¿Dónde están los Dioses a los que antes de cada campaña me encomendé? ¿Me han abandonado en la hora final? El cielo ya mira hacia la Tierra con su capa elegante y oscura. «He sido bendecido» pienso y suelto una risa amarga, «pues la luna en toda su gloria ha venido a despedirme».

De pronto todo queda en silencio. Mi cuerpo mortal deja de contraerse. No lo siento. Me elevo como una pluma en el aire y asciendo. El páramo parece cada vez más ínfimo desde las alturas. Allí yazco sin vida junto a mis hermanos legionarios. Aquí entre las estrellas los encuentro. Sonrien y nos reconocemos apenas vernos. ¿Es este el Olimpo? El brillo platinado de la luna parece bañarnos por completo. Su luz nos atraviesa. Soy al fin libre de mi armadura, tan liviano que casi no existo. Mas sí soy y estoy. Todavía lo soy. Aquí entre el cosmos como un guiño lejano que a la Tierra mira y te llama.
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***

Lamento Eroico

Rhapsody

Langue in me l’eco infranto
al truce sguardo dell’angelo cieco
rovina in me l’antica rima
nel cuor del cigno ferito e morente.
Cosmi di eternita’ tradita
di verita’ svanite che ora versano
lacrime d’addio in un vuoto nero
sincero e fiero al mio destino andro’

Urla il tuono
al mio lamento eroico
Sorte, consuma la realta’!

Spiriti di mondi arcani
chiedo la vita al di la’ della morte
per allinear le stelle amiche
e diventar guardiano celeste.

Custode di eternita’ guarita
di verita’ trovate per tutti i figli di madre terra
sempre a lei ho dato la vita…
la morte
cosi’ continuero’!

Urla il tuono
al mio lamento eroico
Sorte, consuma la realta’!

Languidece en mí el eco roto
frente a la cruel mirada del ángel ciego
arruina en mí, la antigua rima
en el corazón del cisne herido y moribundo.
Cosmos de eternidad traicionada
de verdades que ahora derraman
lágrimas de despedida en un vacío negro
sincero y orgulloso iré a mi destino.

Grita el trueno
a mi lamento heroico
¡Suerte, consuma la realidad!

Espiritus de mundos arcanos
Pido la vida más allá de la muerte
para alinear las estrellas amigas
y convertirme en guardián celeste.

Guardián de eternidad sanada
de verdades encontradas para todos los hijos de madre tierra
siempre a ella he dado la vida…
la muerte
¡Así continuaré!

Grita el trueno
a mi lamento heroico
¡Suerte, consuma la realidad!

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