ALEX BLAME

“Es grave error predicar que la brujería pueda no existir, y quienes predican públicamente esta vil opinión dificultan de manera notable la santa obra de los inquisidores.”

                                             Carta oficial de aprobación del Malleus Malleficarum. Universidad de Colonia.

 

Prólogo

Ha sido un día de mierda. Su jefe le ha llamado en pleno domingo, histérico y Gerardo no ha tenido más remedio que acudir a su puesto de trabajo a pesar de ser festivo. Luego, ha tenido que aguantar toda la puta tarde a su jefe, sus amenazas y sus lloriqueos y todo porque el muy mamón, por ahorrarse dos duros, no  escuchó sus recomendaciones en su momento y ahora tendrá que vérselas con una auditoria de la casa madre. Cuando llega  a casa, tiene ganas de matar a alguien.

A pesar de que su casa es un remanso de paz y Carla le está esperando con una sabrosa cena, ni siquiera eso logra mejorar su estado de ánimo. Afortunadamente hoy echan en la tele la última de Stallone. Tras lavarse apresuradamente los dientes, se mete en la cama y enciende el televisor. La película acaba de empezar.

Rambo apenas ha tenido tiempo de volar la cabeza de sus dos primeros adversarios cuando Carla aparece por la puerta del vestidor con un salto de cama color gris perla. Durante unos instantes Gerardo no puede evitar desviar la mirada de la cara torcida y sudorosa de Stallone hacia los pezones que se marcan en el líquido tejido del camisón.

Carla es un monumento; con ese cabello largo y  dorado, los ojos azules, la boca pequeña y jugosa, esas curvas de infarto y su juventud desbordante, puede parecer la típica rubia tonta, pero Gerardo pronto había aprendido que su esposa es algo más que una mujer hermosa, también es una mujer de armas tomar.

En cuanto ve la tele y le mira, Gerardo sabe que está jodido. Aun así, no está dispuesto a claudicar sin lucha.

—Cariño, —dice ella mientras se sienta sobre la cama, justo a su lado, dejando que la raja del salto de cama resbale mostrando una pierna esbelta y morena. — ¿De veras tenemos que ver esto?

—¡Joder! Ya empezamos. He tenido un día de mierda y ahora me apetece ver volar unos cuantos charlies por los aires. ¿No puedes darme ese gusto?

—Vamos cariño. Si todas esas películas son iguales. Sangre, vísceras, miembros cercenados… Es asqueroso. —dice señalando la pantalla en el momento en el que el protagonista lanza una bomba de mano en un salón de masajes repleto de vietcongs.

—Sabes de sobra que no hay nada en la tele… —dice Gerardo intentando resistir.

—Eso es mentira. —replica ella cogiendo el mando y cambiando de canal.

Gerardo se lo arrebata y pone la película de nuevo. Carla le mira seria, pero no intenta quitárselo de nuevo, quizás esta vez tenga suerte…

Se equivoca; con un mohín su mujer  le mira y acercando un dedo enjoyado al tirante de su salto de cama lo empuja por su hombro obligándolo a deslizarse  brazo abajo y  liberando uno de sus pechos. Todo está perdido. Gerardo lo acaricia con suavidad mientras escucha  desde muy lejos como su mujer le explica que si se porta bien y le deja ver un rato lo que quiera, se lo recompensará adecuadamente más tarde.

Sin esperar la respuesta, Carla vuelve a coger el mando y cambia de canal justo cuando Íker Jiménez sale de entre las sombras. Ahora Gerardo comprende el interés de su esposa por hacerse con el mando. Le encantan las majaderías que cuenta ese hombre. Intenta quejarse, pero ella fija la mirada en la pantalla y le tapa la boca con un dedo.

Gerardo no se rinde y cambia de táctica. Intenta  ignorar al presentador y acaricia los mulsos de Carla. Quizás pueda excitarla lo suficiente para evitar tragarse esa mierda de programa entero.

Carla le deja hacer, pero no le hace mucho caso y poco a poco las palabras de Íker van captando su atención en contra de su voluntad…

 

  1. El cofre del tesoro

—Bienvenidos a la nave del misterio… —empieza Íker dirigiéndose a una figura encapuchada que permanece estática a un lado del set.

El presentador, siguiendo su costumbre, se acerca a la imagen mientras se rasca la barbilla meditativo y apoya la mano en el hombro derecho de la figura, antes de volver a hablar.

—El programa de hoy es especial, tanto que el mundo probablemente no volverá a ser el mismo después de que les contemos lo hechos y demostremos, más allá de toda duda, que son ciertos.

—¡Puff!

—¡Cállate y escucha, estúpido! —le ordena Carla.

Íker se aleja de la ominosa figura de lo que parece ser un monje con un hábito negro y se dirige a la mesa donde sus colaboradores habituales le están esperando, con rostros serios y miradas trascendentes.

—Esta historia comienza en un mercadillo. Uno de esos rastros que todos los fines de semana se organizan en nuestras ciudades. Todos sabemos como son, todos los frecuentamos más o menos, llevados por la curiosidad …

—Siempre que el capullo de tu jefe te deje tiempo libre. —interviene Gerardo antes de ser rápidamente acallado por su mujer.

— … y todos hemos encontrado en ellos alguna vez un tesoro. Con ese mismo afán me interné hace no mucho en uno de ellos. La verdad es que nada de lo que estaba viendo me estaba impresionando, pero justo en una esquina, detrás de un enorme puesto dónde un montón de mujeres se peleaba por ropa interior a precio de saldo, un anciano vendía sus escasas pertenencias sobre una ajada manta.

—Cuando me acerqué, el hombre no pareció darse cuenta de mi presencia. Su cara llena de arrugas y manchas propias de su edad, parecía esculpida en piedra.. De repente, abrió sus ojos grandes y oscuros, rodeados de enormes ojeras y me miró. Por la profundidad de su mirada, pude adivinar que aquel hombre escondía muchos secretos.

—La colección de objetos que exponía era de lo más variopinta, candelabros, máscaras tribales, animales disecados… Todo antiguo, todo polvoriento. Sin embargo, lo que más llamó mi atención, fue un baúl de madera con incrustaciones de nácar y de aspecto tan sólido que ni siquiera el paso del tiempo parecía haber hecho mella en él.

—La verdad es que no pude resistirme; pagué religiosamente lo que el anciano me pidió   y me lo llevé a casa ansioso a enseñarle mi hallazgo a Carmen. —dice el presentador antes de que la cámara se fije en su esposa y copresentadora del programa.

—En efecto, cuando llegó Íker con aquel trasto mohoso y me contó lo que le había costado estuve a punto matarlo, trocearlo, meterlo en el baúl acompañado de piedras y tirarlo al mar, pero en fin, una ya está acostumbrada a las estupideces de su marido y lo dejé correr como toda buena esposa hace con las excentricidades de su esposo.

—Amén. —dice Carla ignorando la mirada indignada de Gerardo.

—Por la ligereza con la que lo movía, era obvio que no había muchas cosas dentro, pero cuando Íker lo abrió y vimos su interior totalmente vacío, no pudimos evitar sufrir una decepción.

—Yo estaba a punto de cerrar la tapa y llevarlo al desván a acumular polvo junto con  otras de mis  adquisiciones, cuando Carmen señaló un pequeño agujero en una de las esquinas del suelo del baúl. Con las manos temblando de emoción, golpeé el suelo del baúl… ¡Había un doble fondo! Con un alfiler presioné en el resorte que había en el interior del agujero y descubrimos un pequeño compartimento en el que había varios libros, por su aspecto, muy antiguos.

—Con sumo cuidado, los extrajimos uno a uno. —añade la presentadora—La mayoría estaban tan deteriorados que no se podía leer nada más que frases sueltas, pero uno de ellos había sido tratado con mucho más cuidado, aislado del polvo y la humedad por una bolsa encerada.

—Allí mismo, sentados en el suelo, al lado del baúl, abrimos el libro por la primera página. —continúa Íker con cara de iluminado mientras muestra un libro de aspecto muy sobado— En él se cuenta una historia que a nadie dejará indiferente.

—Joder… Ya no saben que inventar… —dice Gerardo— ¿De veras tengo que tragarme esto?

—Calla y escucha. Quizás te sorprendas. En los avances hablaban de juicios por terribles crímenes, así que tendrás tu ración de sangre y vísceras. Ten un poco de paciencia.

—Mi Íker siempre ha sido un poco torpe y con la emoción, su temblor de manos se hizo tan incontrolable, que el libro se le escurrió de las manos y cayó al suelo. En ese momento una hoja se desprendió del volumen.

—Mientras Carmen me echaba la bronca y me llamaba manos de mantequilla, me incliné y recogí la cuartilla. Al ver lo que contenía casi me hago pis allí mismo. Pegadas cuidadosamente al pergamino había dos fotografías a todo color de un hombre.

—Ja, ja, ja. Esto se pone interesante. ¿Cómo puede haber alguien tan memo para tragarse esa historia?

En ese momento una fotografía ocupa la pantalla.  Desde ella, un hombre de unos cuarenta y pico y prematuramente calvo, los mira con una sonrisa falsa y una de las cejas alzadas a lo Sean Connery. La foto está tan desgastada que parece haberse hecho hace cientos de años. Aquel rostro y el gesto de superioridad le suenan de algo a Gerardo, pero no consigue ubicarlos.

—Sé que es muy difícil de creer. Incluso nosotros, a pesar del aspecto quebradizo de la foto, nos negamos a pensar que la foto fuese contemporánea al libro así que hicimos lo obvio… la llevamos al CESID para que dataran libro y foto por el método del Carbono 14.

—Con nosotros esta Elvira Cuadrado, —interviene de nuevo Carmen— jefa de la sección de física aplicada del CESID y la máxima eminencia en el país en datación de muestras por medio de isótopos radiactivos.

Durante los siguientes minutos, aquella mujer menuda y miope se dedica a describir con todo tipo de detalles el sistema que ha seguido, tanto para datar los objetos, como para asegurarse de que los Jiménez no le han timado. Tras asegurar a regañadientes que no hay manera de falsificar los resultados,  Íker Jiménez hace la pregunta que todos los televidentes están esperando.

—¿Cuáles son sus conclusiones Doctora Cuadrado?

La mujer está a punto de abrir la boca para responder a la pregunta cuando Íker la interrumpe:

—La doctora Cuadrado responderá a esta pregunta, pero antes unos consejos publicitarios.

 

Continuará…

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