GAMBITO DANÉS

Ona era una joven introvertida. A sus dieciocho años probablemente nadie podía afirmar conocerla, conocerla de verdad. Propensa a los ensimismamientos y al recogimiento podía pasarse horas sin articular una palabra, sumergida en sus propios pensamientos. Hacía un año que había perdido a su abuela, casi el mismo tiempo que llevaba su abuelo viviendo en casa. Dimas, a su vez, también había sido una persona atípica. Pescador de profesión, con aspecto fuerte y algo rudo, escondía una sensibilidad que lo convertía en una persona muy especial. Había sobrevivido cuarenta años a la dureza del mar, pero no era capaz de superar la muerte de su esposa. Pocos días después de que ella los dejara, se encerró en sí mismo hasta el punto de ser incapaz de cuidarse. Un año había pasado ya desde que perdiera la facultad del habla y de casi todo lo demás. Doce meses de un vacío inexplicable. Los cuatro, Dimas, Ona y los padres de esta, vivían en una pequeña casa en una localidad costera del Bajo Ampurdán, en la Costa Brava.

I

—Ona, filla, ¿has visto que está haciendo l’avi? —preguntó la madre mientras terminaba de lavar los platos de la cena.

—Creo que está en el baño esperándote.

—¿Ya? ¿Pero qué hora es?

—Las diez y media pasadas.

—Sí que se nos ha hecho tarde…vaya. Con la cantidad de trabajo que tengo aún. Nena, hazme un favor, ¿por qué no lo duchas tú por esta vez?

Ona se quedó pensativa. Su madre nunca le había pedido algo así y ni siquiera sabía si era capaz de hacerlo. Si sabía hacer algo así. Reflexionó unos segundos más hasta que respondió con un escueto:

—Vale.

Subió las escaleras que separaban los dos pisos y se encerró en su habitación. En alguna ocasión había visto a su madre duchando a su padre y decidió prepararse tal y como lo hacía ella. Se desvistió, se puso un bañador que usaba exclusivamente para ir a la piscina del instituto y recogió su abundante y leonado pelo en una práctica coleta. Respiró hondo y fue al encuentro de su abuelo. Cuando abrió el baño principal, en efecto, allí estaba. De pie y con la mirada perdida. Respiró nuevamente.

—Vamos abuelo, hoy te ducho yo, ¿vale? —informó forzando una sonrisa.

A Ona no le molestaba ayudar en casa. Simplemente no sabía muy bien cómo actuar en determinadas situaciones.

—Primero te quitamos la camisa… —dijo con voz dulce mientras empezaba a desabotonarla no sin cierta dificultad.

Dimas no decía nada como era ya costumbre, pero movía los brazos facilitando la acción.

—Ahora los zapatos…

Cuando consiguió desnudarlo por completo, pudo observar como a sus setenta y dos años conservaba parte de la habitual musculatura de los marineros. Los tatuajes de un kraken junto a varios símbolos marinos decoraban su fuerte brazo derecho.

—Muy bien avi, ahora entra en la ducha que primero te pasaré un poco de agua antes de enjabonarte.

El abuelo obedeció y ella empezó a ducharlo superando, poco a poco, la incomodidad.

—Ahora te enjabono un poco con la esponja.

Recorrió su cuerpo con delicadeza, sin poder evitar ciertos pensamientos: «¿Le enjabono sus partes?», «¿Debo hacerlo o se molestará?».

Finalmente hizo de tripas corazón y pasó la esponja por los genitales de manera bastante más sutil de lo que habría hecho en cualquier otra parte del cuerpo. Siguió con los glúteos para hacer una última pasada por los testículos, casi sin mirar. Entonces pasó algo inimaginable. Inconcebible en la inocente mente de una nieta. El miembro de Dimas aumentó inequívocamente de tamaño. Ona se quedó tan asombrada que dejó de mover la esponja en seco, que ahora recorría sus piernas. Con lentitud alzó la cabeza y su mirada se cruzó con la del abuelo. Los ojos azul oceánicos de ambos chocaron con la fuerza del océano y el mar en el estrecho. Casi de manera mística la pequeña ventana del baño retembló agitada por la fuerza de la tramontana que hacía días que soplaba con fuerza. Abrumada, reunió fuerzas de nuevo y siguió con su tarea. Dejó la esponja y le aclaró lo más rápido que pudo, con su mirada que se perdía constantemente en el dilatado pene del abuelo.

—Bueno, solo falta secarte.

Recorrió el cuerpo del anciano con la toalla a toda prisa, pero los hechos no dejaban de empeorar. Ahora la erección del abuelo era casi descomunal, impensable en alguien de su edad. Lo ayudó a salir de la ducha y lo vistió con cuidado pero sin demora.

—Buenas noches avi, ya puedes irte a la cama.

Aquella noche a Ona le costó conciliar el sueño. Se preguntó si eso era simplemente un reflejo natural. Si alguna vez le habría pasado con su madre. La tramontana hacía repicar la persiana de la habitación cuando, finalmente, el cansancio empezó a vencerla.

II

Cuenta la leyenda que cuando Pirene, la hija de los Pirineos, tras ser liberada del incendio de Alcies, dejó las montañas para conocer la costa, ordenó a sus sirvientes que le buscasen una playa pequeña en la que establecer su morada. Recorrieron toda la costa de norte a sur a la búsqueda de ese rincón donde establecerse. Pasaron por el golfo de Rosas, que consideraron demasiado extenso para el pequeño refugio que buscaba, pensó en establecerse en la cala de Aiguablava, en Begur, aunque las montañas que la rodeaban le recordaban demasiado a su antigua morada. Las calas de Calella y Llafranc la tentaron en un principio, sin embargo, no se decidió hasta que una avería en su nave la obligó a varar pasadas las Illes Formigues, pasado el Cap Gros, donde, al bajar del barco quedó prendada de la finísima arena de su playa y de la suavidad que sentía en ella. Allí, junto a las caricias de las olas del mar, solicitó a su séquito que fuese erigido su Castillo. Y así se hizo, se construyó un pequeño paraiso a su imagen y semejanza huertos y jardines. Los pescadores del lugar quedaron prendados tanto de la belleza como de la alegría de la princesa, a la que obsequiaban con el mejor pescado de mar, a los que ella, en compensación, obsequiaba con su simpatía y canciones. Sin embargo, el señor feudal que tenía otro castillo en la vecina cala de Es Castell, quedó tan prendado de la joven que envió embajadas para pedir su mano. Sin embargo, Pyrene tenía el corazón ya robado por quien la salvó del incendio de las montañas, por lo que tuvo que rechazar a aquel caballero. Éste, desairado y rabioso por el rechazo de la joven princesa, y tras varias amenazas, quemó una noche la morada de la joven y su séquito, reduciéndolo a cenizas. Del palacio de nuestra princesa no quedó más que un conjunto de ruinas, las cuales fueron tragándose las olas del mar con el paso de los años. Sólo una roca, la que se alza, negra, en medio de la playa, ha podido permanecer a lo largo de los siglos.

—Ona, ¡Ona! ¡¿Estás bien?!

Finalmente la joven salió de sus pensamientos, arrancada por la incómoda voz de su novio, Marc. Los dos junto a su amigo Joan habían decidido volver juntos a casa después de las clases del instituto, pero pronto ella había caído presa de sus recuerdos. En este caso inmersa en una de las apasionantes leyendas que su abuelo le contaba de pequeña, mientras le hacía compañía en La bella Lola, un bar frecuentado por marineros en Calella de Palafrugell. Solía contarle todo tipo de historias enttetanto removía su cremat, esperando que las llamas fueran extinguiéndose poco a poco.

—Ona tía cada día estás peor, es como ir por la calle con un zombi —le recriminó su novio.

—Tengo que irme —fue lo único que contestó mientras aligeraba el paso.

Marc i Joan se quedaron boquiabiertos viéndola marchar, fijándose inevitablemente en el espectacular trasero en forma de cereza que se agitaba de lado a lado debido a las largas y contundentes zancadas. Joan puso amistosamente el brazo en el hombro de su amigo y le dijo:

—Suerte que está buena, porque tu novia es más rara…

Marc le apartó el brazo resignado, pero su amigo siguió:

—Tiene el mejor culo del instituto y un buen par de tetas. ¿Follando también es medio rarita o en la cama se desmelena?

—Cállate de una vez, gilipollas.

Ona abrió la puerta de casa un poco alterada. Sentía nerviosismo y un calor que le incendiaba las mejillas. Saludó fugazmente a sus padres y subió las escaleras rápidamente en dirección a su habitación. Una vez allí cerró la puerta y se estiró sobre la cama. Por un momento pensó que estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad, pero pronto se dio cuenta de que se trataba de otra cosa. Mientras resoplaba se bajó como pudo los pantalones y las bragas hasta la altura de las rodillas. Poseída por una desconocida calentura empezó a frotarse el clítoris sin preliminares, casi con violencia. Lo manoseaba con movimientos circulares y de lado a lado cada vez más rápido hasta que, en cuestión de un par de minutos, se corrió brutalmente. Tuvo el orgasmo más salvaje que podía recordar. Sintió el placer que Marc no había sido capaz de darle en tres años de monótonos y casi asépticos coitos.

III

Pasó una semana hasta que Ona vio la oportunidad. El viento volvía a soplar con tanta fuerza que la muchacha fantaseó con que arrancaba la casa de raíz. Vio que su madre estaba atareada, peleándose con la lavadora, y se ofreció para bañar al abuelo.

Gràcies filla, me haces un favor inmenso.

Se recogió el pelo en un voluminoso moño y se puso, sin lugar a dudas, el bikini más sexy que tenía. Este constaba en la parte de arriba por dos pequeños triangulitos unidos por finas tiras de ropa y abajo lo completaba una braguita que casi se convertía en tanga por la zona de los glúteos. Posó frente al espejo que tenía en la puerta del armario de su habitación, uno de cuerpo entero. Vio como sus generosos pechos casi luchaban por librarse de la prenda y cómo su firme culo se tensaba por los movimientos. Reflexionando llegó a la conclusión de que la prenda era tan obscena que nunca la había estrenado. Cuando entró en el baño allí estaba él, esperando su ducha como un autómata. Al ver a Ona y no a su hija esta vez sí giró la cabeza para observarla.

—Vamos abuelo, hoy también te lavaré yo.

Lo desvistió con auténtica ternura pero con una cierta malicia. Mientras lentamente le quitaba la ropa no dejó de mirarle a los ojos ni por un momento. Se preguntaba que había dentro de su cabeza. Le habían hecho un sinfín de pruebas y cognitivamente no habían encontrado nada fuera de lo normal. El médico achacaba su estado a la falta de ganas de vivir, nada que ver con la edad o su condición física que era óptima para los años que tenía.

—Ya puedes entrar en la ducha.

Ona se acercó a él, haciéndole la primera pasada de agua con la alcachofa de la ducha. Se acercó aún más para enjabonarle, dejando sus pechos a poco más de un centímetro de su pecho. Le enjabonaba el pectoral cuando notó, causándole un escalofrío, como el miembro de su abuelo impactaba erecto contra su vientre. Sonrió con lascivia mirándole de nuevo aquellos marítimos ojos. Empezó a enjabonarle el pene diciéndole:

—No pasa nada abuelo, está todo bien.

Pudo oírle tragar saliva. Decidió dejar la esponja y comenzó a acariciarle piel contra piel, con extrema suavidad y dulzura.

—¿Te gusta?

Siguió frotándolo y tocándolo cada vez más decidida, subiendo y bajando y continuando con una masturbación.

—¿Te gusta avi?

Le oyó ahora resoplar, incluso creyó oírle gemir.

—Yo creo que sí te gusta un poco —dijo mientras subía las revoluciones.

Ella también estaba caliente. Le excitaba excitar. Se enorgullecía de ser la única persona capaz de provocar alguna reacción a aquel familiar al que amaba. Agarró su mano y se la depositó encima del pecho, invitándolo.

—Puedes tocarme si quieres.

Mientras seguía con aquella experta paja Dimas obedeció, acariciándole aquellos jovencísimos senos. Sentía tanto placer que estaba cerca de atragantarse.

—Te quiero abuelo, quiero que tengas tu último orgasmo. No voy a parar.

Ahora le sobaba y magreaba el busto rejuvenecido, como un adolescente que conoce por primera vez esta parte de la anatomía. Ella le pajeaba con tanta fuerza que le dolía el brazo e incluso se le empezaba a dormir.

—Vamos abuelo, vamos….tu puedes…

El anciano emitía toda clase de sonidos guturales mientras disfrutaba de su nieta. De repente, exhausta, Ona empezó a bajar el ritmo de las sacudidas.

—No te preocupes, no te dejaré así.

Se puso de rodillas en el plato de ducha y volvió a arreglarse el pelo en un moño, asilvestrado este por culpa del agua. Le agarró el falo y se lo metió entero en la boca, succionándolo con maestría y generosidad. Lo metía y sacaba con fuerza y velocidad mientras aprovechaba para jugar con el glande con su lengua. Dimas tuvo que apoyar sus dos varoniles manos en los azulejos de la pared para mantener el equilibrio. Las piernas le temblaban por el placer. Ona siguió con coraje hasta que empezó a cargársele la mandíbula. Frustrada empezó a notar como, a pesar de estar excitadísimo, el miembro de su abuelo disminuía de tamaño dentro de la boca. Restregando sus labios por última vez sacó el trozo de carne de su cavidad resignada. Recuperó el aliento y la respiración unos segundos hasta que consiguió decir:

—No te preocupes abuelo, no pasa nada. Ahora te vestiré.

IV

Pasaron los días, largos, ventosos y cargados. Ona no encontró ninguna opción para acercarse a su abuelo. Su madre, por tema de horarios, lo había estado bañando antes de cenar, imposibilitando así cualquier excusa. Aquel jueves hubo una de las tormentas más poderosas que la joven podía recordar. El viento era huracanado. Agitó el mar de tal manera que incluso salpicó la ventana de las casa del pueblo, incluso las más lejanas a la cala. El oscuro día solo se iluminaba por el incesante caer de los rayos. No sabía si debido a la tormenta o qué, pero Ona se notaba realmente alterada. Intentó concentrarse en la respiración para dormir un poco cuando llegó la noche, pero las horas pasaban sin que lo hubiese conseguido. Un reloj de pared que había en el pasillo marcó las tres de la madrugada con su habitual y a veces molesto tintineo. En noches de insomnio como aquella aún se hacía más insufrible.

Finalmente tomó una decisión. Descalza y a hurtadillas salió al pasillo, pasó por delante de la habitación de sus padres y consiguió llegar, sin ser vista, hasta la de su abuelo. Entró en esta y le dijo mientras cerraba la puerta con cuidado:

—No te asustes abuelo, soy yo, Ona.

El corazón volvía a bombear con fuerza dentro del pecho. Con tanta que incluso le costaba respirar.

—Soy yo, Ona —insistió mientras retiraba la sábana y la manta que tapaban al anciano.

Sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad y pudo observar como su abuelo la observaba cariacontecido. Con dulzura se puso a horcajadas encima de él, presionando con su sexo el miembro del abuelo, separados solo por un cortísimo pantalón de pijama ella y otro más tradicional él. Se deshizo de la holgada camiseta que llevaba descubriendo sus perfectos pechos y movió un poco la cabeza para revitalizar la preciosa cabellera.

—¿Te gustan?

Notó como el bulto la presionaba, activándose como un resorte. Sostuvo su peso sobre las rodillas, se separó de él, y liberó su erección bajándole los pantalones hasta las rodillas.

—Ya veo que sí. Pues estás de suerte, porque soy tuya.

Le agarró por las muñecas y le llevó ambas manos hasta sus pechos que él enseguida comenzó a manosear. Mientras se sentía magreada se quitó el pantaloncito ágilmente y volvió a apoyarse contra sus partes, atrapándole el pene pero sin que este la penetrase. Aprovechó para moverse un poco, restregando su sexo contra aquel mandoble.

—Vengo a terminar lo que empecé.

Siguió moviéndose un poco, excitada, hasta que lo liberó lo suficiente para colocar el glande en la entrada de su vagina y así, muy despacio, meterse entero el aparato.

—Mmm, sí, eso es avi.

Dimas jugaba con aquellas enormes tetas, consciente de que aquello era mejor que cualquier sueño. No era capaz de recordar la última vez que había tenido unos pechos así entre sus manos. Ona aumentó el ritmo de sus movimientos, notando como su falo la llenaba por completo y sintiendo un placer inmenso. Se mordisqueó el labio para no gemir con fuerza mientras seguía cabalgándolo.

—Mmm, así abuelo, mmm, mmm. Quiero que te corras por última vez. Mmm, sí, síii.

Ahora le embestía con tanta fuerza que podía notar sus ingles chocar con violencia contra las de él, tuvo que morderse el antebrazo para no gritar de gusto.

—Mmmmm, mmm, mmm, así…ohhh, ¡ohhh! Vamos avi, no pararé hasta que me llenes, ¡no pienso parar!

Esta vez la erección no perdió fuerza y el anciano incluso acompañó el movimiento con sus caderas, gimiendo también.

—¡¡Ohh!!, síii, mmmm.

Le manoseaba las tetas formando círculos, tan caliente que la nieta podía sentir sus pechos rebotando con violencia mientras se movía con tanta furia que podía notar sus abdominales completamente contraídos.

—¡Vamos abuelo!, ¡vamos!, ¡vamos! ¡¡Córrete!!

Finalmente el abuelo se derramó dentro de ella, alcanzando un increíble orgasmo y quedándose tan extasiado que casi pierde el conocimiento. Ona, en cuanto notó su simiente, se dejó llevar y se corrió también entre fortísimos espasmos. Muerta de cansancio y placer se estiró a su lado, recuperándose de lo que parecía haber sido una guerra. Cuando tuvo fuerzas se acercó a su oído y le susurró:

—Te quiero.

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