ALBERTO ROMERO

La Petición de la Madre Superiora.

Antonio se levantó al día siguiente con la resaca del video que le había llegado
de manera anónima en la memoria USB. El visionado había terminado de confirmar
todo lo que él había leído en la carpeta de adopción de Ana.
Estaba asustado por el contexto en el que aparecía Josefa en el video, pero
sentía alivio de tener una prueba real que mostrar a Ana, sobre lo que estaba sucediendo
con su madre y con su origen.
Antes de ir al hospital decidió que aquella era la gota que colmaba el vaso y
que lo mejor era denunciar a Josefa ante la policía. Ya se lo había dicho el día anterior
a Deyan, y Adela, su madre, le dijo en el hospital que ya estaba tardando en
hacerlo. Sus padres estaban al día de lo que había pasado en el último encuentro
entre Josefa y Antonio, y estaban muy asustados por aquellas amenazas a su hijo.
Antonio se acercó a la comisaría que había en el barrio y puso la denuncia por
amenazas contra Josefa. Los policías que le tomaron declaración se quedaron de
piedra de que no lo hubiera hecho antes y hasta el jefe del distrito escuchó su historia
de los últimos meses.
Antonio confesó en comisaría que su hermana Marta había perseguido a Josefa
en su huida tras amenazarle en el hospital, y que sabía que se escondía en el
convento de las Dominicas de Barakaldo.
Cuando salió de la comisaría sintió como si se hubiera quitado una losa de la
espalda. Miró hacia arriba y el sol brillaba con fuerza en el cielo azul de Madrid.
Aquel podía ser el comienzo de un nuevo día y de una nueva etapa en su vida. Llamó
a su hermana Marta de camino al hospital. Tenía que avisarla de que había
puesto una denuncia contra Josefa y la petición de la policía de que volviese, porque
ellos tomarían el control de la situación.
Marta amaneció aquella mañana con la firme decisión de volver a intentar
acercarse al convento en busca de respuestas o volver a Madrid sin más retraso.
Cuando recibió la llamada de Antonio estaba en la cafetería cercana al convento
que le había servido de refugio en los dos últimos días en Bilbao.
—Entiendo lo que me dices Antonio. Pero creo que voy a hacer mi última incursión
antes de volver esta tarde a Madrid.
—No te expongas a un encuentro con Josefa —le pidió Antonio preocupado.
—Tranquilo, no lo haré —confirmó Marta al mismo tiempo que colgaba.
Mientras tanto en el Convento de las Dominicas Josefa amanecía tratando de
recobrar la tranquilidad después del intenso día anterior.
—La madre superiora quiere verte —anunció una monja a Josefa mientras esta
desayunaba.
—De acuerdo, ahora mismo voy —dijo Josefa muy educada.
Cuando Josefa entró en el despacho de la madre superiora esta le esperaba
de pie junto a la ventana. Con gesto muy serio la invitó a sentarse.
Hablaron del suceso del día anterior y la monja le expresó el descontento que
había entre todas las hermanas por su presencia en el convento.
Sin mucho tacto ni educación, la madre superiora le invitó a que se marchara
cuanto antes.
—No voy a encubrirte más —sentenció con sequedad.
Josefa recibió la petición con una tranquilidad que a cualquiera le hubiera hecho
pensar que se lo esperaba.
—Haré mi maleta y me marcharé esta misma mañana —anunció conteniendo su
rabia y enfado—. No voy a estar en un lugar donde se desprecie mi presencia —dijo
mientras se marchaba del despacho dando un portazo.

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