ALBERTO ROMERO

El Inspector Aguirre.

Al inspector Aguirre no le apetecía ni lo más mínimo pasar la tarde de aquel
día interrogando a un montón de monjas en el convento de las Dominicas de Barakaldo.
La llamada anónima que decía que Sor Concepción había muerto asesinada
y no muerto por razones naturales le había puesto en alerta máxima, pero tampoco podía fiarse. Lo habitual era esperar a que la autopsia dictaminase las causas de la
muerte, pero algo no le cuadraba en aquel suceso místico-religioso.
Llegó al convento y con la primera que pidió hablar fue con Josefa Bengoetxea.
Aquella señora mayor no era monja, y a él le parecía muy raro que su presencia
en el convento coincidiera con la muerte de Sor Concepción.
—Así que ustedes dos estaban haciendo la habitación cuando la hermana Concepción
sufrió el ataque al corazón… —Comenzó el inspector en cuanto Josefa entró
en el despacho, sin siquiera saludarla, invitándole a sentarse con la mano.
Josefa estaba muy nerviosa, pero no iba a dejar que el policía detectase sus
nervios y llevaba toda la tarde tratando de concentrarse, como sólo ella sabía hacer,
en interpretar su papel de buena persona, que tan bien se le daba. Se sentó
donde le indicó el inspector y cerró las piernas apoyando las manos en las rodillas
mientras bajaba la cabeza.
Josu Aguirre tenía cincuenta y cinco años y el culo pelado, como el mismo decía,
en la investigación de asesinatos y crímenes extraños. No se le escapaba ni un
gesto, por muy sutil que fuera, cuando estaba interrogando a un sospechoso. Fue
el número uno de su promoción y a sus espaldas había más de cien casos de asesinato
resueltos.
El gesto de Josefa le pareció muy estudiado y entrecerró los ojos tratando de
ver más allá de sus palabras.

—Así es señor agente. Menudo susto me he llevado cuando ha sucedido, me
he quedado bloqueada —contestó Josefa.
Aguirre decidió abandonar el asiento de la Madre Superiora y se sentó en el
borde de la mesa, muy arrimado a Josefa, rompiendo la comodidad de ésta con
tanta cercanía.
—¿Recuérdeme que es lo que está haciendo usted en este convento? —dijo
muy serio Aguirre, mientras miraba fijo a los ojos de Josefa.
Josefa se revolvió en el asiento y protestó un poco recordándole al policía que
ya había dado esas explicaciones en comisaría aquella misma mañana.
—Me gustaría volver a oírlo, por favor —dijo el comisario sonriendo levemente.
El resto del interrogatorio siguió con una Josefa sumisa y suave como una pomada.
Le dio las explicaciones de su retiro espiritual y todos los datos sobre su
vida en Madrid, su hija en coma y hasta de la muerte de su marido por un cáncer.
A Josu Aguirre aquella señora le daba mala espina, pero todo su relato le parecía
convincente, así que trató de no guiarse por su instinto y continuó el resto de
interrogatorios con las monjas.
Cuando había acabado y casi estaba a punto de marcharse sonó su teléfono
móvil. Le llamaban de la central. El médico forense había determinado, en un primer
avance de la autopsia, que la causa de la muerte era un ataque al corazón muy
fuerte y el resto de órganos habían fallado al momento por la avanzada edad de la
monja.
El inspector Aguirre colgó el teléfono y guardó silencio unos instantes mientras
se dirigía a la salida.
—¿Usted ha estado desaparecida en los últimos dos meses? —dijo Aguirre a Josefa
delante del resto de monjas, mientras le miraba con gesto neutro.
Todas las monjas se revolvieron alteradas al oír la pregunta y miraron a Josefa
con sorpresa.
—Sí, estuvo aquí hace un mes y medio —contestó la Madre Superiora con mucha
rapidez.
—Sí, estuve aquí unos días y me marché sin avisar a mi familia —contestó Josefa
tartamudeando —Fueron ellos los que pusieron la denuncia de mi desaparición —
Se lamentó.
Josu Aguirre sonrió asintiendo y desapareció tras la puerta hacia las oscura noche
de Barakaldo.

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4 comentarios sobre “Demasiado personal (49)

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