ESRUZA

Era un 14 de febrero, Día de San Valentín, y tenía en sus manos una pequeña tarjeta que, celosamente, guardaba en secreto para que nadie la encontrara.

No era una tarjeta común y corriente, comprada, no, la había hecho él con sus propias manos, y tenía pegada una diminuta plumita de pájaro, la tarjetita decía:

 “¡Feliz día! Que la llama de San Valentín nunca se apague”, pero se apagó.

Lentamente, tomó una caja de cerillos y encendió uno, acercó la flama a la tarjeta que, poco a poco, empezó a consumirla hasta que quedaron sólo cenizas, mismas que depositó en un cenicero; con el msimo cerillo encendió un cigarrillo y, mientras fumaba, una lágrima resbaló por sus mejillas.

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