ALBERTO ROMERO

Una memoria USB.

Antonio llegó a casa aquella noche con una sonrisa que le ocupaba todo el
alma y media cara. La alegría que le embargaba también dejaba espacio para la
preocupación. Ana por fin estaba despierta, y eso era un soplo de esperanza en
que todo volvería pronto a la normalidad, pero habían sucedido tantas cosas en su
ausencia, que no sabía por donde comenzar a explicárselas.
En el rellano del ascensor se encontró a Martín, su vecino, y no pudo resistirse
a contarle que Ana había despertado del coma. Se puso muy contento por la noticia
y le dio un paquete de correos que justo había llegado ese mismo día para él.
Antonio entró en casa y hasta le pareció más bonita y limpia que de costumbre.
La alegría le hacía ver la vida con un filtro lleno de color y energía. La realidad
era que el piso estaba hecho un desastre, sucio y frío, y necesitaba una puesta a
punto urgente. Por su mente se pasó la idea de ponerse a limpiar y dejar el piso
preparado para la vuelta a casa de Ana, pero miró el reloj y cayó en la cuenta de
que era tarde, y que Ana aún tardaría unas semanas en ser dada de alta. Podía descansar
de aquel día tan intenso y comenzar al día siguiente la puesta a punto del
hogar para la llegada de su mujer, y su futuro hijo.
Dejó el paquete que le había dado Martín sobre la mesita baja del salón y preparó
algo de cena. Llamó a su hermana Marta para saber como había ido la visita
al convento y esta le dejó con la boca abierta al contarle lo que le había dicho la
monja portera y el encuentro de Josefa con el policía. Estaba en duda de si serviría
para algo seguir en Barakaldo un día más, porque se le hacía difícil llegar a la monja
sin que Josefa le descubriera. Lloraron un rato de alegría por el despertar de
Ana y Marta le dijo que le echaba mucho de menos, y a Deyan y a los gemelos aún
más. Antonio le dio las gracias por todo lo que estaba haciendo por él y le pidió
que volviese. Si el viaje repentino a Bilbao le había servido para darse cuenta de
que en realidad no necesitaba estar lejos de su familia, ni sola, Antonio se daba
por satisfecho. Habían conseguido mucho con aquella persecución a Josefa: Sabían
donde se escondía, y Marta había aclarado sus dudas existenciales.
Antonio encendió la tele y comenzó a devorar la tortilla de jamón que se había
preparado para cenar algo caliente cuando reparó en el paquete que había llegado.

Revisó el pequeño sobre marrón acolchado con la curiosidad del que no esperaba
ningún envío de nadie. Aparecía su nombre y su dirección, pero no había rastro
ni detalle del remitente. Lo abrió con cuidado y en su interior encontró una carta
escrita a mano y una memoria usb. La carta decía lo siguiente:
Querido Antonio:
Siento no haberte vuelto a escribir antes, pero ha sido imposible. En esta carta
te envío una grabación que te ayudará a desenmascarar a tu suegra y a explicárselo
a Ana el día que despierte del coma.
Antonio se quedó blanco al leer aquella carta. Corrió al portátil que estaba sobre
la mesa del comedor e insertó la memoria USB para ver de que se trataba.
Cuando vio el video en el que aparecía Josefa atada en un lugar oscuro, confesando
que Ana no era su hija biológica, casi se desmaya…

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