JUAN NADIE

Según algunos críticos literarios ilustrados y bien versados, este relato en
forma de monólogo destila, tras su discurso llano y directo, un humor negro
terrorífico y con mucha mala leche.
Alguno dijo que el relato da una vuelta de tuerca al género zombi, quizá
una vuelta pequeña, pero de resultados tronchantes a la vez que terroríficos,
sobre todo conforme se va acercando el final.
También hubo quién afirmó que se trataba de un relato inusual, transgresor
y socarrón. Una historia con tintes tabernarios que se convierte en una de
declaración de estatutos enfermizos, aunque coherentes, de los redivivos.
Una historia escrita en un tono grotesco que no consigue privar al lector de
esa intensa sensación de repugnancia que acompaña durante su lectura.
¿Te atreves a leerla?

YO, ¿ZOMBI?
La gente nos llama zombis, ¿te lo puedes creer, Chico? ¡Zombis! Así,
como si tal cosa. No, no te rías, Paco, no es cuestión de broma. Bastante mal lo
está pasando ya el muchacho. ¿No ves la cara de asustado que tiene? Acaba de
dejar su casa y todavía no sabe muy bien que hacer, el pobre. No te preocupes,
chaval, al principio es duro, ya lo sé. Pero poco a poco te irás acostumbrando. Es
cuestión de tiempo, eso es todo.
Pues sí, nos llaman zombis, como si fuésemos muertos vivientes sin seso
ni cerebro y fuésemos por ahí andando como borrachos con los brazos levantados
y la mirada perdida. Hay que joderse, ¿no te parece? Que encima de sufrir esta
maldita enfermedad, nos traten como si fuésemos monstruos, como engendros
salidos de alguna historia de terror, o de alguna de esas películas de cine gore, ¡si
señor!
Que no, Paco, no te engañes. Es cierto que todo el mundo se ha tirado la
vida entera viendo pelis de miedo, demasiadas, diría yo, y tienen ya la idea
metida en la cabeza. Pero no es sólo eso. Lo que pasa es que la gente siempre
tiene miedo de lo que es diferente, de lo que les resulta extraño. Y su manera de
enfrentarse a eso que les atemoriza es etiquetarlo y alejarlo, cerrarle la puerta y
poner un cartelito de no se admiten a los que son como tú. Por eso te llaman
zombi y te han echado de casa, Chico, porque en el fondo te tienen miedo. Esa es
la pura verdad.
Pero no somos monstruos, no señor. Sólo estamos enfermos. Es esa
puñetera bacteria dermato-no-se-cuantos que hace que la piel se te hinche, se te
pudra y se caiga a pedazos. Sí, es cierto que no te hace precisamente más guapo,
y el aspecto resulta bastante repulsivo de ver, sobre todo cuanto te miras a ti
mismo. Pero aquí no tenemos espejos, y pronto te acostumbras a mirar el careto
de los demás.
Paco, échale otro tronquito al fuego, que está empezando a refrescar.
Bueno, el olor es en parte por la enfermedad, desde luego. Pero también es
por la falta de higiene, como te puedes imaginar. Con esta pinta no puedes
registrarte en un hotel y tomar una ducha como Dios manda, o irte al gimnasio o
a la piscina pública. Y vivir en medio del bosque, como si fuésemos alimañas,
tampoco ayuda. Puedes intentar lavarte en un arroyo o algo así, pero el agua está
demasiado fría y se te meten bichos en las heridas y pliegues de la piel, así que
no sirve de mucho. Pero no te preocupes, Chico, pronto te acostumbrarás. ¡Ah! Y
tampoco se te ocurra acercarte a una granja para lavarte en los bebederos del
ganado. Además de pringarte de estiércol sólo conseguirás que algún granjero te
meta una perdigonada en el pecho. Tan pronto como te ven, se lían a tiros
contigo. Como le pasó al pobre Juanjo. ¿Te acuerdas de Juanjo, Paco? Sí,
hombre. El tipo aquel que era vendedor de seguros. Estaba bastante gordo y no
podía correr demasiado rápido. Cuando el malnacido del granjero nos sorprendió
y salimos por piernas, Juanjo se quedó atrás casi desde el principio. El hijoputa le
voló la tapa de los sesos con el rifle que utilizaba para cazar. Que digo yo que
debía de cazar elefantes, a juzgar por el agujero que le hizo en la cabeza al pobre
Juanjo.
¡Ah! Ahora te acuerdas, ¿verdad, Paco? El muy cabrón dejó a Juanjo allí,
despanzurrado en medio del sembrado. Después volvió con una lata de gasolina,
se la roció por encima y le metió fuego. Para que veas como nos tratan, Chico.
Son unos auténticos desalmados. A partir de ahora, ándate con cuidado cuando te
topes con los normales. A la menor oportunidad que les des, acabarán contigo lo
más rápido que puedan.
A ti también te ha ocurrido, ¿verdad, Chico? Claro, claro. Te han echado
de tu casa en cuanto mostraste los primeros síntomas. Y ni se te ocurra acercarte
a un hospital. No habrá médico ni enfermera que se atreva a tocarte. La
enfermedad es sumamente contagiosa, sobre todo por contacto físico. En cuanto
el pellejo empieza a arrugarse, te conviertes en un paria, en un apestado al que
todo el mundo repudia, como los leprosos de la antigüedad. Pero lo peor no es
eso, no señor. ¿Verdad que no, Chico? Lo peor es que te das cuenta de que tu
familia y tus amigos, esas personas a las que querías y que formaban parte de tu
vida, demuestran ser lo que realmente son: unos sádicos malnacidos.
Pues como te iba contando, una semana después de lo de Juanjo volvimos
a la granja. Incendiamos los establos y la casa, que ardieron hasta los cimientos.
Luego me enteré de que el puto granjero y su familia murieron en el incendio. No
se salvó ni el gato. Ardieron como chicharrones en una barbacoa. ¡Qué se jodan!
Si nos hubiesen tratado mejor, no habrían acabado así, ¿no crees, muchacho?
Tú todavía estás en las primeras fases, Chico, por eso sólo tienes la piel
arrugada. Pero pronto empezará a caérsete a tiras, ya verás. Y si te pica, ráscate
sin miedo, no te preocupes por las heridas. Tarde o temprano se acabará
desprendiendo de todas formas. Pero ten cuidado con los pedazos que te vas
dejando por ahí. Los perros los utilizan para olfatearnos y seguirnos. Así es como
la policía nos localiza.
Además, se los comen, ¿verdad, Paco? A los muy cabrones no les afecta la
jodida bacteria. Los putos perros callejeros se dan un banquete a nuestra costa, je,
je.
Paco, aleja un poco esa carne del fuego, que se va a chamuscar. Ya sabes
que a mi me gusta poco hecha.
Sí, yo también lo leí en unos periódicos que encontré en el vertedero. Pero
la historia estaba del todo distorsionada. Nos pintaban como unas bestias
agresivas y demoníacas que atacamos sin ton ni son, pero eso no es cierto. ¡No
señor! No somos monstruos, ya te lo he dicho, Chico, por mucho que así nos
pongan en los noticieros. Es cierto que a veces un grupo de nosotros asalta a
alguien. Pero no es violencia gratuita, de eso nada. Lo de arañar y morder a la
gente es para que les entre la puta bacteria lo más rápido posible. Para que se den
cuenta de cómo es ser uno de nosotros. Mientras más seamos, más fácilmente se
darán cuenta de que somos personas normales y corrientes, un poco feas, eso es
cierto, pero con los mismos derechos de cualquier otro.
Vale, vale, Paco. Es cierto que a veces el asunto se nos va un poco de las
manos. Pero lo del tipo aquel de la gasolinera fue culpa suya. El tío se resistía
como una fiera y no dejaba de patalear y de chillar como un demonio. Y claro, al
final acabamos arrancándole los brazos y las piernas. No era esa nuestra
intención, desde luego, pero al final pasó lo que pasó. ¿Qué se supone que
íbamos a hacer? El hijoputa saco una llave inglesa que parecía un garrote. Era él
o nosotros, Paco. Tú lo sabes. Es que los hay que son de lo más testarudos.
Y la cosa salió en los periódicos en primera plana. Un nuevo ataque de los
zombis, decían los muy cabrones. Ahora casi todo el mundo tiene un arma a
mano y, en cuanto te ven, se lían a tiros contigo. ¡Coño! Si es que así no se puede
vivir.
¿Tú que dices, Paco? Ponemos más trozos en el fuego, no sea que se
presente alguno de los otros.
Pues claro que nos los comimos, Chico, ¿de qué te sorprendes? De todas
maneras, ya la habían pifiado. Carne es carne, chaval, y no era cuestión de
desaprovecharla. Viviendo como un animal en el bosque hay que sobrevivir
como buenamente se puede, que aquí no hay supermercados, ¿sabes? Lo de cazar
no es nada de fácil, si no tienes con qué hacerlo. Y tampoco vas a mantenerte a
base de moras silvestres, ¿no te parece?
Nada, Chico. No te preocupes. Ya verás como pronto te haces a esta vida.
Un poco jodida, desde luego, pero no está tan mal. Arrímate al fuego, hombre, no
seas tímido, que se te va a quedar el culo helado.
Por cierto, ¿te apetece un poco de muslo? Está bastante tierno. La tipa no
debía de tener más de veinte añitos; una perita en dulce, te lo digo yo. La
encontramos de acampada con el novio. Los dos tortolitos pensaban jugar a la
chingadita campestre. Pues jodidos sí que acabaron, je, je. El novio salió
despavorido nada más vernos, saltó por el barranco, pero a ella conseguimos
agarrarla. Anda que no gritaba ni nada la maldita, ¿verdad, Paco? Tuvimos que
darle duro. Pero come, come, chaval, no pongas esa cara. Verás que rico está.

Un comentario sobre “Yo, ¿zombie?

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