ALBERTO ROMERO

Conversaciones de Convento

Marta se decidió por fin a llamar a la puerta del convento en busca de respuestas.
Era el momento de hacerlo si Josefa se había marchado en el coche de la Policía,
y tendría un rato hasta que volviese.
La única cosa que le frenaba era que acababan de llevarse a un muerto o vete
tu a saber, y no sabía lo que se iba a encontrar o como la recibirían. La conversación
con Antonio le había tranquilizado y por fin estaba decidida.
Presionó el botón del portero automático y espero respuesta. A los pocos segundos
una voz femenina respondió al otro lado del altavoz.
—¿!Sí?! —preguntaron con voz robotizada.
—Hola, Buenos Días. Vengo preguntando por la hermana Concepción —respondió
Marta con la voz temblorosa.
—¿Quién es usted? —preguntó con palpable hostilidad la voz al otro lado del
telefonillo.
—Soy una amiga de Madrid.
—Espere, ahora bajo a abrirle.
Marta se puso muy nerviosa pero trató de disimular para que no lo notaran y
conseguir el máximo de información posible.
El portón de madera del portal se abrió lentamente y de la oscuridad apareció
una monja muy gorda con cara de malas pulgas.
—¿Quién es usted y de que conoce a la hermana Concepción? —preguntó
mientras la miraba con el gesto desconfiado de arriba a abajo.
—Soy una amiga suya de Madrid y me gustaría saludarla —dijo Marta con la mejor
cara de bondad que pudo interpretar.
La monja guardó silencio y contestó con desagrado.
—¿Desde cuando no habla con ella?
—Bueno, antes de ayer hablé con ella en Madrid —contestó Marta un poco extrañada
por tanto interrogatorio.
—Sor Concepción ha sufrido un infarto hace apenas dos horas y se la han llevado
al hospital —. Soltó la monja mirando a Marta fijamente.
—¡Oh!, ¿Y está bien? —contestó Marta asustada de verdad al hilar que quizás
era la monja que había visto salir en camilla, tapada por una sábana.
—Aún no sabemos nada, señora, pero no tiene buena pinta —apuntó la monja
aflojando el gesto rudo y mostrando un poco de preocupación.
—Lo siento mucho, no sabía nada —contestó Marta perpleja.
—Sí quiere le puedo dejar un aviso para cuando vuelva. Dígame su nombre.
—No se preocupe, llamaré esta tarde al convento para interesarme —dijo Marta
tratando de mantener la compostura.
—Como usted desee —contestó la monja con educación y cerrando la puerta al
mismo tiempo.
Sin casi poder apartarse Marta recibió el portazo en todas las narices.
Agachó la cabeza y se alejó lo más rápido posible por donde había venido.
Apenas había avanzado unos metros cuando apareció un coche de policía a
gran velocidad que paró en la entrada del convento.
Desde la sombra de un bonito magnolio, que adornaba la calle, pudo observar
con discreción como bajaban Josefa y la monja de antes del coche con visible
cara de enfado.
—No se vayan ustedes muy lejos, esta tarde quiero hablar con todas las hermanas
del convento, y con usted —dijo un policía saliendo del coche con ellas y hablando
en voz muy alta mientras señalaba a Josefa con el dedo índice.
Marta escuchó la conversación y vio a Josefa enrojecida contestando al policía
en voz baja, poniendo cara de sumisa.
Unos metros mas allá alguien observaba a Marta desde otro sombrío magnolio.

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