PSIQUE W

Iván aparece, no sabe como, en medio de un bosque. En mitad de la noche y envuelto en una fina niebla. Rodeado de álamos, pinos, robles, cipreses, encinas, arbustos y rocas. La luna llena brilla con todo su esplendor en lo más alto del cielo, filtrando su luz entre las ramas de los arboles. No se oye nada salvo el ulular de los búhos y el aullar de los lobos. No hay nadie en ese lugar sombrío e inhóspito

Iván, que no sabe donde está, comienza a caminar desorientado mientras grita: “Hola, ¿hay alguien?”. Pero no obtiene más respuesta que el silencio y el aleteo de las aves nocturnas. Asustado, vuelve a gritar con más fuerza y ahínco: “¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!”. Pero solo le responde el silencio del bosque y la luz tenebrosa de la luna.

Iván comienza ahora a sentir miedo y en su cabeza oye voces que dicen: “Rápido. El pulso está bajando. Lo perdemos”. De repente, vuelve al bosque de nuevo. Y ahora escucha a sus espaldas el galope y el relincho de un caballo que se aproxima. Se da la vuelta y ve que hacia él se dirige un jinete encapuchado con una túnica roja y vaporosa, montado sobre un caballo castaño. Cuando el caballo está a punto de atropellarlo, Iván cierra los ojos con fuerza y vuelve a oír voces en su cabeza: “Señor, su hermano está muy grave. Tiene un traumatismo muy serio. La evolución durante las próximas horas es vital. Nosotros no podemos hacer nada más. Solo podemos esperar”.

Iván abre de nuevo los ojos. El jinete ha desaparecido. Pero ahora la niebla que le rodea es aún más espesa. Comienza otra vez  a caminar, más desconcertado que antes, entre los árboles. Mirando a un lado y al otro, adelante y atrás, buscando alguna señal de vida. De nuevo, a lo lejos, ve al jinete cabalgar delante de él. Pero está de espaldas y no puede distinguir su rostro. Le grita pidiéndole ayuda mientras corre desesperadamente tras él. Pero el jinete lo ignora.

Iván cae ahora exhausto al suelo y se queda mirando al cielo. No sabe dónde está, y ante la desesperación se pone a llorar. Cierra los ojos de nuevo con fuerza y vuelve a escuchar en su mente: “¿Iván? Soy yo, tu hermano. ¿Me oyes? No te vayas, no me dejes. Los médicos dicen que tu coma es muy profundo y que en tu situación es muy difícil que salgas pero… no te vayas. Se fuerte, por favor”.

Iván abre los ojos de par en par, pero sigue en el bosque. Habría jurado que, por un momento, estaba en la habitación de un hospital con las paredes y las sábanas de la cama blancas. Mientras su hermano estaba a su lado cogiéndole fuertemente de la mano y le hablaba con mucha pena y desesperación. Pero se olvida de esa sensación en cuanto vuelve a escuchar de nuevo el relinchar de un caballo. Entonces Iván reacciona levantándose de un salto y siguiendo el sonido hasta dar con el caballo y su dueño. Finalmente los encuentra a la orilla de un riachuelo. El caballo bebe plácidamente de sus aguas, mientras su jinete descubre su identidad retirando la capucha que le cubre la cabeza. Resulta ser una mujer de pelo cobrizo y ondulado con la tez blanca y una expresión solemne en el rostro.

Iván se acerca lentamente a ella para intentar hablarle y preguntarle por el lugar en el que están y así poder volver a casa. Pero cuando lo intenta, unos hombres a caballo y armados le atacan fieramente con sus espadas y hachas. Iván se agacha sobre sí mismo asustado por la violencia de estos caballeros de aspecto medieval, haciéndose un ovillo en el suelo. Es ahora cuando la mujer interviene a favor de Iván, y con voz dulce les dice a los caballeros que no le hagan daño y se marchen.

  • Soy Doña Isabel del Robledal –se dirige ahora la mujer a Iván -, mi padre era el Señor de la Meseta del Robledal. Fui ultrajada y mancillada por un impío caballero. Desde entonces estos caballeros me protegen.
  • Yo me llamo Iván, pero no sé cómo he llegado hasta aquí ni porqué–responde Iván.
  • Si estás aquí es por alguna razón –dice solemne Doña Isabel.
  • Solo recuerdo que me caí desde un decimo piso –confiesa Iván, todavía confundido.
  • Entonces he decirte, estimado Iván, que ahora habitas entre el mundo de los vivos y los muertos –le responde Doña Isabel, ahora con un tono cavernoso en su voz.
  • Eso quiere decir que aún hay esperanza de volver a ver a mi hermano –dice Iván entusiasmado.
  • ¿Tu hermano está vivo o muerto? –pregunta Doña Isabel.
  • Vivo –afirma Iván.
  • La hay, ciertamente. Pero si has llegado hasta este punto del viaje sin dificultad, quiere decir que tu destino es no volver a ver a tu hermano –le confiesa apenada Doña Isabel.
  • ¿Lo qué me está diciendo es que debo abandonar el mundo de los vivos y morir definitivamente? –pregunta Iván aterrado.
  • Me temo que sí –le señala Doña Isabel con algo de pesar en su habla.

Iván empieza a comprender ahora que se debate en una lucha entre la vida y la muerte. Una lucha que prácticamente ha perdido, puesto que está más cerca de morir que de seguir viviendo. Se acuerda ahora de todo lo que ha hecho a lo largo de su vida. Pero sobre todo de la fuerza con que su hermano le cogía de la mano y le suplicaba que no le dejase mientras él estaba en la cama del hospital. Ahora entiende que todo esto debe quedarse atrás porque ha tomado otro camino que lo lleva lejos de los vivos.

  • ¿Y cómo hago eso? –pregunta Iván a Doña Isabel -. ¿Cómo abandono el mundo de los vivos para ir a morir?
  • Debes cruzar el velo Iván –le señala Doña Isabel mirando al riachuelo-. Como yo lo crucé hace siglos.

Y diciendo estas palabras, Doña Isabel tiende la mano a Iván para ayudarlo a subir a su montura. Iván echa un último vistazo a aquel bosque, mientras Doña Isabel dirige su caballo, que emite otro relincho en señal de obediencia hacia su amazona, al otro lado del riachuelo. En el momento de cruzar, se ve en el horizonte un destello fugaz. Ante el estremecimiento de Iván al ver la luz, Doña Isabel le tranquiliza:

  • Eso es tu corazón, que se ha apagado.

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