XAVI ALTA

Los nervios la atenazan cuando, acabando de recorrer la leve rampa que la introduce al nuevo mundo, se enfrenta a las barreras de metacrilato. Tiene el pase que Alfredo le ha tendido pero no piensa utilizarlo. Mira hacia atrás al hombre que la ha protegido siempre y que ahora es su cómplice, se asegura de que él no pueda verla y gira a la izquierda para enfrentarse a la máquina amarilla. Es muy grande, mucho más de lo que esperaba. Toca la pantalla táctil pero no acaba de entender el significado de los iconos. Teclea varios hasta que comprende suficientemente el funcionamiento para poder seguir adelante. Sí, lo ha hecho bien, sonríe orgullosa, no puede ser tan difícil. La pantalla cambia señalándole una cifra. Y entonces se da cuenta. Un chico, posiblemente de su misma edad, espera paciente a que acabe. Se pone nerviosa. Busca en su pequeño bolso Givenchy hasta dar con el monedero a juego. Solamente lleva un billete, así que lo introduce en la ranura marcada para ello. Pero esta lo escupe. Lo inserta de nuevo, pero la máquina lo rechaza otra vez. Se impacienta. ¡Maldita máquina!

-¿Quieres que te ayude?

La voz del chico la sobresalta. No, no hace falta quiere decirle, pero no le da tiempo. La mano de él se acerca, ¿me permites?, gira el billete y ahora sí, la caprichosa obedece. Al instante, un montón de monedas suenan en el lado izquierdo del expendedor, asustándola. ¿Dónde va a guardar todo eso?

-¡Qué cabrones! Siempre dan el cambio en monedas. Espero que hayas traído una mochila –sonríe afable.

Ella no puede más que devolverle el gesto, tímida, mientras toma el billete de la ventana inferior y recoge la montaña de chatarra.

Inserta el título en la ranura de la barrera. Un pitido. Tampoco esta máquina obedece. Toma el cartoncito, le da la vuelta y ahora sí, las puertas se abren. Cruza y entra en el andén.

El chico también ha superado la barrera. Está de pie a unos 10 metros de distancia leyendo un libro muy fino, viejo y gastado. Ha sido agradable, además es guapo, aunque esa barba descuidada y los tejanos raídos le dan un toque… no sé, humilde. Además ha dicho cabrones.

-¡Qué cabrones! –pronuncia para sí. Primero mentalmente, para repetirlo en voz suave, que nadie me oiga, un par de veces. Sonríe traviesa. -¡Qué cabrones!

Un ruido metálico avisa a la docena larga de personas que ocupan el espacioso andén de la entrada del convoy. Es la última en moverse. Se acerca a una de las puertas y pulsa el botón iluminado en verde. Pero nada ocurre. Los demás pasajeros ya han entrado en el tren y ella parece estar vetada. ¿Qué pasa con las malditas máquinas de este país?

Pulsa de nuevo, insistente, hasta que las dos láminas se abren. Su pie derecho se mueve rápido y entra en un nuevo mundo. No esperaba que fuera así, tampoco como Armstrong dando el primer paso en la Luna, claro, pero… ¿Qué más da? Ya está dentro.

Las puertas se cierran a su espalda mientras la chica avanza. Mira a derecha e izquierda analizando cada detalle del vagón. Siempre ha sido muy observadora, demasiado inquieta, según Doña Pilar, así que escruta el espacio. Cuatro islas de cuatro asientos conforman la distribución. Más de la mitad están vacíos aunque hay gente de pie. El chico, por ejemplo, manteniendo los 10 o 15 metros de distancia del andén.

Duda entre sentarse y permanecer de pie, hasta que se decide por avanzar hacia los asientos. Dos hombres a la izquierda, una mujer mayor a la derecha. Elige la segunda opción. Es más lógica pues quedan tres butacas libres, pero al sentarse le queda el resquemor de no poder sentir el agobio provocado por la multitud que le habían contado que era lo habitual en los trenes de cercanías.

La mujer, sentada en diagonal, la mira. Ligeramente al principio, para intimidarla a los pocos segundos. Ella acaba bajando la vista, algo que no está acostumbrada a hacer. Se gira cuando oye el altavoz anunciar la parada. ¿Ya? ¡Qué corto! No pienso bajar, aún no.

En la estación, mira por la ventana, buscando a Alfredo. Le gustaría hacerle un gesto para que no se preocupara, pero no lo ve.

Una mujer más joven que la anterior se sienta delante, lo que la obliga a flexionar las piernas. También la mira, fijamente. Se siente incómoda, hasta que la primera exclama:

-Perdona niña, ¿pero nunca te han dicho que eres idéntica a la princesa Blanca?

Nota como su cara bulle, pero su cerebro es ágil. Alguna vez, afirma tímida, provocando que la más joven apunte:

-Yo también lo estaba pensando. Sois como dos gotas de agua.

-Bueno, eso tampoco lo sabemos, porque nunca hemos visto a la verdadera y la tele… ya se sabe. Unos dicen que engorda, otros que adelgaza.

-También es verdad. Aunque tú pareces más joven y más guapa.

Las mujeres siguen a lo suyo en ese castellano castizo que tanto odia Doña Pilar pero que a ella le parece precioso. No puede evitar mirarlas, ensimismada, hasta que la más mayor la interpela de nuevo.

-Chica, de verdad, que no me explico el parecido. ¿No te llamarás…?

-Blanca –afirma risueña, provocando la carcajada en ambas mujeres, demasiado alta, sin cubrirse la sonrisa con la mano, algo que ella sí hace, incapaz de renunciar a sus estrictos modales.

-Hombre, un rato fina sí eres, -continúa la mujer ante el gesto de la joven –casi podrías ser princesa.

-Es ella, -afirma divertida la más joven –las princesas van cada día a trabajar en tren de cercanías.

El altavoz corta las carcajadas. Le gustaría seguir la excursión pero Alfredo estará preocupado. Debe bajar. Se levanta despidiéndose de las dos mujeres. Dale recuerdos a la Reina, se le adelanta la mayor. De su parte, ¿doña…? Doña Remedios, sigue la broma la maruja que se gira hacia la compañera de asiento, ¿y usté es? Doña Conchita, responde la segunda.

Aún no ha perdido la sonrisa cuando se encuentra en el andén. Mira el nombre de la estación donde ha bajado en un gran cartel blanco y rojo y lo teclea en su Iphone X para que Alfredo venga a buscarla. Por su derecha se acerca el chico que la ayudó en el expendedor. La saluda, amable. Es guapo. Le sigue hacia la salida. Al darse cuenta, el joven ralentiza el paso. Trata de entablar una conversación banal con ella, buscando que no sea banal, que pueda llevar a algo, pues él toma ese tren casi a diario. La chica se muestra abierta a sus avances, aunque tímida.

Cruzan juntos las barreras mientras él le explica que estudia arquitectura. ¿Y tú? Derecho responde, aunque no es cierto pues aún está en bachillerato, pero le incomoda que pueda verla como a una cría. Le gusta el chico, ambos se gustan, así que él le pregunta si toma ese tren a menudo. No, no suelo hacerlo, niega con un hilo de voz. Una lástima, podríamos vernos de nuevo. ¡Ojalá! Piensa, pero sabe que no será posible.

Entonces ve el Mercedes negro de Alfredo aparecer veloz por la calle que da acceso a la estación para detenerse demasiado bruscamente a pocos metros de ellos. El chico se asusta ligeramente al ver bajar a aquel fornido hombre del vehículo que parece que se les acerca. Pero un leve gesto de la chica parece que lo detiene.

-Ha sido un placer –pronuncia educadamente la joven antes de girarse hacia el coche. El joven, sorprendido aún, solamente tiene tiempo de suplicar, dime al menos cómo te llamas. –Blanca –afirma segura, con aquella media sonrisa que lo derrite.

Pero no cae en la cuenta de la identidad de la chica hasta que oye al hombre vestido en un impecable traje oscuro dirigirse a ella mientras le sostiene la puerta posterior para que se acomode:

-Os ruego que no volváis a hacerme esto, Alteza. No os imagináis el susto que me habéis dado.

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