LOIS SANS

Siempre me había parecido exagerado el comentario de que los años pasan volando,
incluso era de la opinión de que, a veces, las horas pasan demasiado lentas, sin
embargo, este año que, en un principio, creí que era el fin de mi felicidad, fue tomando
un rumbo dinámico para acabar de una manera totalmente imprevisible.
Recuerdo perfectamente lo contenta que me puse cuando mi hermana María me explicó
que tenía intención de organizar una cena de fin de año en su casa en la que, a parte de
mi marido Ernesto y yo, invitaría a algunas parejas de amigos, algunos de los cuales ya
conocía, de otros había oído hablar y estaba impaciente por conocer, porque ella
siempre me estaba contando las diferentes historias divertidas que protagonizaban. Así
pues, estaba impaciente por formar parte de este grupo pensando que esta sería la mejor
manera de comenzar el año.
Entre todos decidimos el menú y nos repartimos las tareas para comprar todo lo
necesario para esa noche mágica. Incluso sorteamos el amigo invisible para que cada
uno de nosotros tuviera un regalo de un valor parecido.
A media tarde nos encontramos en su casa y empezamos a preparar todo lo necesario
para esa fiesta que, con tanto esmero, habíamos organizado. Después fui a la peluquería
para que Concha, mi peluquera de toda la vida, me hiciera un recogido, me pintara las
uñas en rojo brillante y me maquillara un poco esa tez tan blanca que tengo por
naturaleza.
Y, para finalizar, me vestí con un mono de seda negro, que a mí me parecía muy sexy y
demasiado escotado, aunque me quedaba de maravilla después de haber perdido un par
de quilos que me sobraban. Los zapatos, el cinturón y el bolso en color rojo igual que la
ropa interior y las uñas y, cuando me vi en el espejo, respiré profundamente convencida
de iba a ser la mejor fiesta de mi vida.
Tanto la decoración del salón como la cena fueron dignos del mejor Restaurante y, una
vez comidos los turrones y bajo los primeros efectos del alcohol, nos intercambiamos
los regalos. No sé quién me regalo el pañuelo rojo de seda, el cual encajaba
perfectamente con el conjunto que llevaba y mis ojos brillaban esperando llegar a casa
para celebrarlo íntimamente con Ernesto.
A las doce nos comimos las uvas, brindamos con cava, nos besamos deseándonos un
feliz año nuevo y luego cantamos y bailamos como poseídos. Todo me parecía perfecto
hasta que noté que la cabeza me daba vueltas y decidí ir a la habitación de mi hermana y
estirarme un rato en su cama.
Justo en el momento que iba a abrir la puerta, escuché unos gemidos sospechosos y,
mientras intentaba recordar quién faltaba en el salón en el momento de marcharme y,
aunque sabía que no debía hacerlo, me asomé lentamente encontrándome una estampa
que me removió las entrañas y mi vida en general.
Si cierro los ojos, todavía los puedo ver estirados en la cama, sus cuerpos desnudos,
relucientes por algún tipo de aceite, acariciando suave pero expertamente cada rincón de su anatomía. Eran mi marido Ernesto y mi cuñado Fabián.
Un fuerte olor a almizcle removió mis sentidos logrando que la sensación de mareo
aumentara y, cuando me di cuenta de que perdía el equilibrio, me senté en el suelo del
pasillo apoyándome en la pared, esperando que aquello que había observado fuese fruto
de mi imaginación, sin tener el valor necesario para decidir que debía hacer.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que María se acercó y, al verme sentada en el suelo,
pálida como una estatua, con los ojos cerrados sollozando, asustada me preguntó:
• ¿Qué pasa, Lucia? ¿Te encuentras mal?
• Asómate, sin hacer ruido, a tu habitación – ordené susurrando mientras hacia un
esfuerzo por abrir los ojos.
• ¿Qué ocurre? ¿Acaso alguien está echando un polvo en mi cama? – dijo
sonriendo, mientras tiraba de mí, levantándome bruscamente del suelo.
Cogidas de la mano nos asomamos a su alcoba justo en el momento en que los dos
hombres, con esos cuerpazos relucientes alcanzaban un orgasmo, o al menos eso nos
pareció.
Cuando María vio el panorama abrió bruscamente la puerta, montando un pollo,
gritandoles todo tipo de insultos, mientras yo, en un estado completa totalmente
catatónico, vomitaba todo lo que había comido y bebido.
Y aunque en el salón la música estaba a tope y el resto de invitados cantaban y bailaban,
los gritos de mi hermana consiguieron que todos se acercaran para averiguar qué estaba
pasando, creándose una situación entre cómica y dramática con dos hombres desnudos
en una cama y el resto de comensales como espectadores.
A partir de esa noche todo ocurrió muy deprisa, Ernesto vino a casa, hizo las maletas, se
llevó todo lo que consideró que era suyo, dejándome el piso y los muebles, sin
justificarse ni dar ninguna explicación, pero asegurando que se haría cargo de todos los
gastos de mantenimiento de nuestro hijo Damián, que estaba estudiando Diseño
Gráfico. Por Reyes y, ante el estupor de toda la familia, nos anunciaron que se iban a
vivir juntos.
Y aunque hubiese preferido convertirme en una viuda digna, no tuve más remedio que
afrontar el tema de la separación, así como reunirme con él y nuestros abogados para
negociar mi futuro y el futuro de nuestro hijo.
Aunque he tenido mucho tiempo para pensar en lo que ha pasado, sigo preguntándome
cómo es posible que, de repente, una persona pueda cambiar, tan bruscamente, su
tendencia sexual, incluso me he preguntado si alguna vez le he satisfecho como mujer,
siendo todo demasiado complejo, por lo que la cabeza me da vueltas haciendo
especulaciones, debido a que la única explicación de Ernesto es que está locamente
enamorado de Fabián.
A pesar de todo, me gusta recordar cómo nos conocimos, fue cuando empecé a trabajar
en la fábrica, yo tenía veinte años y el veintiocho. Entonces yo era joven, inexperta y
extremadamente decorosa, ni había tenido novio ni me habían besado nunca en la boca.
Trabajamos en el mismo departamento, en una cadena de montaje y estaba loco por mi
hermana María, como la mayoría de chicos de su edad, porque ella era, y todavía es,
muy sexy y provocativa, estando acostumbrada a tener siempre muchos admiradores,
por eso, al cabo de unas semanas Ernesto me pidió que le ayudara a conquistarla.
Quedamos a la salida de la fábrica, me llevó a una vieja y oscura cafetería que olía a
rancio, con las mesas de madera despintada y carcomida. El camarero era cojo aunque
tenía una sonrisa espectacular y su simpatía llegaba a ser empalagosa.
Me invitó a un refresco y, mientras me preguntaba por mi hermana y nuestra familia, sin
darnos cuenta, nos contamos nuestras vidas, al tiempo que acariciaba mis manos con la
punta de sus dedos y conseguía que mi corazón palpitara a un ritmo vertiginoso,
consiguiendo que me enamorara irremediablemente de él.
A partir de aquel día nos encontrabamos a menudo, me invitaba a merendar al salir de la fábrica y, mientras me metía la mano por debajo la falda, acariciándome los muslos
suavemente, llegando a rozar la puntilla de mis braguitas, yo me estremecía deseando
más.
Tal vez porque era mayor que yo y tenía mucha más experiencia siempre me sorprendía
enseñándome algo nuevo, un día me hablaba de algún país remoto donde me aseguraba
que había ido de vacaciones, otro día me contaba alguna experiencia en alguna extraña
ciudad donde afirmaba que había vivido anteriormente y, mientras tanto acariciaba
sensualmente mis manos, metiéndome mariposas en el estómago.
Algunas veces me cogía una mano y besaba suavemente cada dedo, otro día
mordisqueaba sensualmente mis mejillas, hasta que, pasado un tiempo prudencial se
atrevió a besarme en los labios, suavemente, mientras su aroma masculino a Varón
Dandy sacudía mis sentidos deseando aprender ávidamente todo ese mundo nuevo que,
diariamente, me estaba mostrando. Al cabo de un par de meses me pidió que fuésemos
novios, sellando el acontecimiento con un largo y apasionado beso en la boca que
removió mis cinco sentidos.
A partir de entonces, salíamos de la fábrica juntos para ir a pasear, merendar, hablar en
un banco del parque y, de vez en cuando, me invitaba al cine. Un día que su madre no
estaba en casa me invitó a subir a su pequeño apartamento del último piso en un edificio
del casco antiguo. Después de enseñarme su pequeña casa me pidió que me desnudara
y, con las mejillas encendidas por la vergüenza y la excitación, me quité la blusa blanca
y la falda azul y me quedé en ropa interior. Me miró detenidamente, de arriba abajo,
sonriendo, haciéndome sentir deseada y mientras me abrazaba me desabrochó el
sujetador y acarició mis pequeños pechos redondos haciéndome enloquecer de pasión.
Luego me quitó las bragas, sus dedos finos y ágiles exploraron mi sexo haciéndome
estremecer, excitándome hasta que alcancé mi primer orgasmo. A continuación, me
pidió que lo desnudara y me enseñó cómo darle placer para que él también gozara hasta
conseguir el éxtasis.
A partir de ese día mantuvimos relaciones sexuales regularmente, en su casa cuando su
madre no estaba, en la mía cuando no estaban ni mis padres ni mi hermana, incluso,
alguna vez, en casa de un amigo suyo, que le dejaba la llave debajo del felpudo.
Un día que nos contábamos confidencias con María, me preguntó:
• Oye pequeña, tú ya no eres virgen ¿verdad?
• ¿Qué quieres decir? – respondí con una pregunta mientras notaba que se me
subían los colores a la cara.
• Pues eso, que has tenido relaciones sexuales con Ernesto ¿verdad? – siguió
insistiendo.
• Bueno si, lo hemos hecho – contesté completamente acalorada y avergonzada.
• ¿Sabes en qué lo he notado? Pues que se te han puesto unos pechos como
cántaros – explicó mientras se reía a carcajadas.
Sin poder evitarlo, los miré atentamente y descubrí que la blusa me apretaba, incluso un
par de botones parecía que estaban a punto de saltar. Y entonces caí en la cuenta de que
no me había venido la regla desde no sabía exactamente cuándo.
al verme tan apurada y pensativa, María, se puso seria y susurrando preguntó:
• ¿No estarás embarazada?
• No lo sé… – contesté titubeando.
Acalorada me cogió de la mano y me llevó a la farmacia para que me hicieran la prueba.
Y sí, estaba embarazada.
Muerta de miedo le conté a Ernesto la situación, pensando que, tal vez, se desentendería
de mí, sin embargo, él reaccionó abrazándome y besándome, pidiéndome que me casara
con él, ilusionado porque íbamos a ser padres. El domingo siguiente vino a casa a comer
y le pidió permiso a papá para casarse conmigo.
Con mucha ilusión, entre todos, preparamos la boda. Tía Leonor me regaló un vestido
largo, blanco, con pequeñas perlas incrustadas, una larga cola, una corona con perlas de
donde salía el velo. Mi hermana me regaló los zapatos, a juego con el vestido, mi madre
me dio su liga y unos pendientes de perlas de la abuela Margarita, para que tuviera algo
usado, porque dicen que da suerte y mi peluquera me peinó un elegante moño decorado
con perlitas blancas.
Una calurosa tarde de junio mi padre, elegantemente ataviado con un traje gris, me
acompañó al altar mientras mi madre con un vestido de seda rosa intentaba disimular
esas lágrimas que se le escapaban por la emoción.
Su madre nos regaló un viaje de luna de miel en un pequeño hotelito en un pueblo de la
costa de Santander, donde hicimos largos paseos por la playa, nos reímos a la luz de la
luna y nos preparamos para recibir a nuestro hijo.
Una mañana fría y lluviosa de febrero nació Damián, como se suele decir, con un pan
bajo el brazo, ya que, a los pocos días, a Ernesto le ofrecieron un trabajo como
comercial de ferretería, con un sueldo mucho mejor que el de la fábrica, pero con el
inconveniente de que tendría que viajar por toda España.
Con la llegada de Damián, Ernesto quería que dejara la fábrica, sin embargo, le
convencí de que con dos sueldos podríamos comprar un piso en lugar de vivir de
alquiler, aunque nunca llegamos a comprarlo porque él siempre tenía una excusa como
cambiar de coche, comprar un ordenador, un móvil o ropa de marca.
Un caluroso día de finales de verano se casó María con el contable de la fábrica, Fabián,
un portugués alto y apersonado que nos tenía a todos un poco amedrentados, a pesar de
que era muy atento y delicado.
Cuando lo pienso me parece increíble la actitud que mantiene cada persona frente a los
problemas que surgen a largo de nuestras vidas, ya que cuando nos separamos, mientras
yo me pasaba los días lamentándome porque Ernesto me había abandonado por un
hombre, mi hermana María le ponía la ropa en bolsas de basura y se las dejaba en el
rellano de la escalera.
Y mientras yo pasaba las noches en vela llorando mi soledad, ella se apuntaba a una de
esas páginas de Internet para ligar y tenía una cita a ciegas cada fin de semana.
Pasados un par de meses, hicieron recortes en la fábrica donde había trabajado toda mi
vida y, junto con veinte compañeras más, nos echaron a la calle, con una pequeña
indemnización y dos años de paro.
Y entonces me sentí como si mi vida no le importara a nadie, como si yo no valiera
nada, no tenía ganas de levantarme por la mañana porque no tenía nada que hacer,
solamente pensar en que mi vida no tenía ningún sentido.
Menos mal que el primo de mi amiga Pili me ofreció un trabajo en un restaurante y,
aunque trabajo más de doce horas diarias, al menos no tengo tiempo de compadecerme.
El dueño es un enano gordo y baboso, que huele a colonia barata, intentando disimular
el agrio olor a fritanga que desprende su piel. Es un solterón impresentable, que intenta
meter mano a todas las camareras.
De mis compañeras solo puedo hablar bien de Ana, que tiene más o menos mi edad y
con quién nos hemos entendido perfectamente bien. Las otras tres no son de fiar, Marga
es la más veterana y se cree que tiene derecho a todo, siendo una gruñona insoportable.
Bea es una niñata creída, que se insinúa a todos los machos que vienen a comer. Y Rosa
es una prepotente sabelotodo, la típica persona que cuando le cuentas algo ella ya lo ha
hecho antes.
Sin embargo, reconozco que mi cambio radical se lo debo a mi amiga Pili y fue cuando
quedamos para ir de compras al supermercado, la cajera nos dio unos boletos para
participar en un sorteo de varios productos.
He de confesar que, hasta ese día, nunca había creído en loterías, bingos o cualquier otro
tipo de rifa. Por eso, cuando Pili me obligó a rellenar ese boleto, de entrada, me negué,
sin embargo, insistió tanto alegando que no tenía nada que perder y, tal vez, algo que
ganar que finalmente me convenció.
Cuando me llamaron al móvil y me dijeron que había ganado un ordenador portátil creí
que era una broma. Le pedí a Pili que me acompañara porque temía que no fuese cierto
y algún tipo de cámara oculta me dejara en evidencia tratándome de paleta ante todo el
mundo.
Y hasta que el gerente del local no me hizo entrega de la caja con el ordenador y nos
hicieron varias fotos para los periódicos locales y las redes sociales, no di crédito de lo
que me estaba sucediendo.
Hasta la fecha siempre había sido bastante escéptica tanto con los ordenadores como
con los móviles, por eso pensé en venderlo, bueno por eso y para ganar algún dinero
extra, no obstante, mi hijo Damián insistió en que era una herramienta útil,
fundamentando que podía hacer algún curso de idiomas por internet, abrir una cuenta de correo electrónico, incluso utilizarlo para leer libros en PDF, escribir mis memorias,
mirar videos o compartir cualquier historia en las redes sociales.
Tengo suerte de que Damián sea un experto en informática, enseguida me instaló todos
los programas necesarios, me abrió una cuenta de correo electrónico, un perfil en
Facebook y otro en Twitter. Y ha tenido muchísima paciencia a la hora de explicarme
cómo funcionaba cada programa, sin importarle tener que repetírmelo hasta que lo he
ido asimilando.
Así pues, cada noche, después de cenar, me siento en el sofá con el portátil y voy
practicando, primero empecé buscando palabras, pueblos, personas en un navegador.
Después me apunté a un curso de inglés para Dummies, que me dijo Damián que es un
curso para personas que les cuesta aprender, o sea, facilísimo y, sinceramente, lo estoy
pasando muy bien a la vez que aprendo el idioma.
Hice caso a Damián que me animó a participar en las redes sociales. Empecé con
Twitter, siguiendo a políticos, actores, cantantes, incluso sigo al Papa Francisco. De
momento no me he atrevido a compartir nada, solo leo los comentarios ajenos que,
algunas veces, me parecen un poco fuertes. Es increíble lo rápido que se suceden los
diferentes comentarios y lo mucho que pueden significar ciento cuarenta palabras.
Con Facebook me he familiarizado mucho más rápido, supongo que, en parte, es gracias
a que Damián me metió en varios grupos y, aunque no tengo muchos amigos puedo
participar en las diferentes conversaciones de los grupos.
El grupo que más me gusta es el de “solteros y solteras del mundo”, el cual, como dice
el nombre, reúne a personas solteras de todo el mundo, los cuales suelen compartir
fotografías y comentarios muy divertidos.
Así pues, por la noche, cuando llego de trabajar empiezo mi ritual: primero me quito los
zapatos, voy al baño, enciendo el ordenador mientras preparo la cena y, mientras estoy
comiendo, voy mirando todo lo que pasa en el mundo o en mi mundo de Facebook.
Damián me ha dicho que, si me compro un móvil más moderno y con más capacidad,
me puede instalar las redes sociales para conectarme cuando me apetezca, sin embargo,
creo que prefiero esperar el momento delicioso de llegar a casa, después de trabajar,
para disfrutarlo con más ilusión.
Una noche, mientras comentaba un chiste que había compartido Rufina, una chica
argentina muy divertida, me abrió Álvaro por Messenger con un mensaje de voz,
pidiéndome una fotografía. Hasta entonces no se me había ocurrido poner una foto mía
de perfil y nadie me había dicho nada.
Cuando llegó Damián, me hizo varias fotos con el móvil y me las mandó por mail,
escogimos la que más nos gustó y, con su ayuda, la pusimos de perfil, otra se la mandé a
Álvaro. Luego me comentó:
• Caramba Lucía, me pareces muy guapa. No sé porque motivo no habías puesto
tu foto en el perfil.
• Gracias Álvaro – contesté insertando un emoticono con la cara avergonzada.
• Oye, mira, estoy creando un grupo en un video chat para personas del mundo
que estén solas por fin de año. ¿Te apetece formar parte de ese grupo? – explicó.
• No sé todavía que voy a hacer por Fin de Año – contesté sin más, aunque sabía
de sobras que este plan era mejor que los otros planes que tenía.
Y es que este año las fiestas estaban siendo muy raras, por Navidad nos encontramos en
casa de mis padres y estábamos ellos, mi hermana, mi hijo y yo, sin Ernesto ni Fabián.
Mi hermana había preparado una super fiesta en su casa, igual que el año pasado, pero
con gente diferente y, la verdad, me daba miedo. Sí, tenia aprensión a esos nuevos
amigos que le salían como setas, algunos demasiado mayores, otros excesivamente
jóvenes y, además, las chicas con las que salía, todas parecían demasiado “frescas”, así,
pues, esa sería una excusa para no tener que ir.
También había la opción de ir a casa de mis padres con sus amigos, todos ellos rozando
los setenta, en fin, no gracias.
Ya había pensado en quedarme en casa, prepárame una cenita ligera, comer las uvas
delante del televisor y beber un poco de cava antes de ir a dormir, aunque parezca un
poco triste.
Así que le fui dando vueltas a la idea de Álvaro y al final le dije que sí, que había
descartado las otras opciones y que estaría encantada de pasar una ciber fiesta de Fin de
Año.
Unos días antes me llegó la invitación para formar parte de un video chat y la acepté.
Menos mal que ahora ya se me da mejor eso de la informática, porque no quería que
Damián se enterara que iba a pasar el fin de año con gente desconocida, no sería un
buen ejemplo.
Quedamos el último día del año a las nueve de la noche, las normas eran que debíamos
vestir elegantemente, cenaríamos todos juntos, a las doce nos comeríamos las uvas
juntos y brindaríamos con cava, por video chat.
En total éramos ocho personas de diferentes lugares del mundo. Álvaro de Sevilla,
Rufina de Argentina, Paco de Galicia, Miguel Ángel de Méjico, Claudia de Bolivia,
Isabella de Colombia, Pedro de Valencia y yo, Lucía de Madrid.
Aunque no iba a moverme de casa, estaba nerviosa y me fui a comprar un vestido rosa
muy elegante, fui a la peluquería y Concha me hizo una trenza, me pintó las uñas de
color rosa y me maquilló, eso sin saber que mi fiesta era totalmente casera.
Compré comida en el restaurante japonés de la esquina y, una vez en casa, preparé la
mesa como si fuese a tener invitados, incluso encendí unas velas aromáticas de color
rojo, que daban un aire místico a la mesa del comedor.
Antes de las nueve conecté el ordenador, entré en el video chat y observé como todos
iban apareciendo en la pantalla. Muy educadamente nos saludamos y cada uno explicó
en qué consistía su menú.
Yo era la única que me había decidido por una carta oriental, los demás todos comían
algo típico de su tierra. Nos reímos de la ocurrencia y empezamos a comer, brindando
de vez en cuando. Luego comimos turrones y otros manjares típicos de Sudamérica, que
ahora no recuerdo.
Esperando las doce, charlamos animadamente mientras seguíamos brindando, así pues,
cuando faltaba media hora para la media noche, casi me había acabado la botella de
cava y notaba sus efectos, ya que normalmente solo bebo agua.
Álvaro, como anfitrión organizador, puso el televisor para seguir la tradición de las doce
uvas y todos, incluso los sudamericanos nos preparamos para dar fin al año viejo y
empezar, con ilusión y esperanza, una nueva etapa.
Sonaron las doce, comimos las uvas, brindamos de nuevo y bailamos al son de la
música que había puesto el sevillano.
Y cuando más animados estábamos nos preguntó:
• Ahora que ya nos conocemos, hemos cenado, bebido y comido las uvas juntos
¿qué os parece si acabamos la fiesta con ciber sexo?
Aunque de momento quedamos atónitos ante su propuesta, empezaron a hablar todos a
la vez, preguntando, proponiendo, menos yo, que, de momento, permanecí azorada.
Y de nuevo el sevillano, organizó la ciber fiesta. Puso música sensual y mientras
bailábamos debíamos quitarnos la ropa y, como todos íbamos un poco subidos de tono,
sin apenas darnos cuenta nos quedamos en ropa interior.
Entonces nos recomendó que cada uno gozara con su cuerpo delante de los otros, todos
a la vez, organizando así una ciber orgía. Y aunque al principio me dio mucho apuro, al
ver que todos se desnudaban y empezaban a acariciarse, tal vez gracias al alcohol, el
morbo, la novedad, me decidí a seguir sus pasos, sin dejar de observarlos, porque era
realmente erótico tener un orgasmo con gente del mundo en casa, pero, a la vez, en sus
casas.
Después de esa original ciber orgía, estuvimos un rato hablando de nuestras vidas,
varias historias diferentes con sus problemas, algunos, tal vez, peores que los míos, pero
también con sus momentos felices, como yo, supongo.
Poco a poco, se fueron despidiendo todos, ya de madrugada y, al final, quedamos
solamente Álvaro y yo. Entonces me di cuenta de que el sevillano guapote realmente me
importaba más de lo que yo imaginaba y, por lo visto, yo a él también. Me he dado
cuenta de eso cuando me ha pedido que durmiéramos juntos, es decir cada uno en su
cama, pero con el ordenador encendido como si estuviéramos juntos.
Esta mañana me he despertado y lo he visto a mi lado, durmiendo a pierna suelta, no sé
qué habría dado por estar realmente a su lado y poder abrazar su hermoso cuerpo.
Cuando se ha despertado me ha obsequiado con su sonrisa espectacular, me ha dicho
que esta madrugada he roncado un poco, pero que mis ronquidos son muy sexys, como
yo.
Suspiro profundamente y me doy un tiempo para digerir todo lo que me ha pasado
últimamente, aunque creo que debo prepararme, porque ha comprado un billete en el
primer AVE y está de camino a Madrid, así que dejo de escribir y me voy a la estación a
esperarle, porque su semana de vacaciones, que empieza hoy, la pasará en casa,
conmigo.
FIN

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