NÁUFRAGOENLALUNA

Años 90, cuatro de la tarde, Sevilla, pleno mes de agosto.

  • ¿Niño cómo está el tiempo? Me pregunta mi madre.

Abro la ventana del piso y entra en el salón una lengua de fuego que quema parte del sofá y me deja sin pestañas (a esas horas en Sevilla la gente hace pan y cerámica en la calle sin necesidad de horno).

  • Creo que es buena hora para ir a Ecovol, porque “a esta hora no va nadie”. Le decía a mi padre.

Ecovol era un supermercado de aquellos años que su eslogan era: “la gran familia que compra unida”. Si nos dejamos llevar por ese eslogan podríamos pensar que era una especie de secta liderada por algún tío con bata de blanca y pelo largo, pero no, era solo un supermercado.

De camino al coche ya había sufrido un golpe de calor, cuando me senté en el asiento de atrás me acordé del caballero que diseñó el Peugeot 504 y le puso asientos de cuero. Este tipo de tapicería tiene unas “propiedades” sorprendentes, en invierno es como sentarte en un cubo de nitrógeno líquido, pero en verano es como si tuviera la capacidad de absorber el calor directamente del núcleo de la tierra y atraer todos y cada uno de los rayos del sol y retener esa energía calorífica hasta que alguien se siente en él, justo en ese momento te provoca quemaduras de tercer grado en el culo. (Este tipo de tapicería debería de venir con un manual que ponga que para usarla es aconsejable no tener culo).

Parte de la gran familia que compra unida, no dice ni una palabra de camino al supermercado porque en el Peugeot hace 200 grados, sufre severas quemaduras en zonas delicadas y no le queda saliva para hablar (necesitábamos esas gotas de agua para crear lágrimas y sufrir en silencio).

Llegamos al aparcamiento del supermercado y allí había más coches que en todas las factorías juntas de Detroit en los años 50, se ve que eso de “ a esa hora no va nadie” se repetía como un eco por todas las casas de la ciudad, (leer con efecto de eco) A esa hora no va nadie , no va nadie, no va nadie.

Dejamos el coche lo más cerca posible (a unos cinco kilómetros) y empezamos a andar arrastrando los pies (demostrando nuestro entusiasmo) mientras, te vas cruzando con familias que sufren deshidratación severa, los pobres pensaron que podrían aparcar lejos y llegar a Ecovol sin llevar agua (¡pringaos!).

Cuando vas llegando, ves que tu hermano pequeño ha crecido unos centímetros, pero es sólo porque se te han derretido la la mitad de la suela de tus botines Jhayber, que para quien no lo sepa eran unos zapatillas (botines) que estaban de moda en aquella época y que eran lo mas parecido a unos zapatos ortopédicos, eran feos con avaricia y tenían una suela del mismo grosor que un ladrillo de gafas (tipo Frankenstein) yo tuve 4 pares (gracias mamá). Creo que el que tuviera esas suelas (casi “ingastables” en una vida humana) provocaba que los padres las vieran como un ahorro seguro.

Antes de entrar en el supermercado me tocaba ir por el carrito de la compra, el único disponible era el “tullido” un carrito cansado de ser carro, un carro que ya se tenía que haber jubilado (hoy en día aún le quedarían algunos años más por trabajar hasta los 75 posiblemente), le faltaba una rueda, tenía dos gripadas y la única que giraba solo lo hacía a la izquierda, por lo que si me dejaban solo empujando, me quedaba dando vueltas como un gilipollas todo el tiempo (ahora entiendo lo de la familia unida, se necesitaban tres personas sólo para empujar el carro) Una vez dentro del super aquello era como si el Papa estuviera dando misa, no he visto más gente en mi vida, yo no digo que hubiera mucha gente, digo que estaba “toda la gente” toda la gran familia al completo, día glorioso para la secta.

Sacábamos la lista de la compra y empezaba el espectáculo. La gente cree que ir a hacer la compra de todo un mes es algo sencillo, pero hay que saber ver el futuro y tener claro que vas a querer desayunar, comer y cenar el resto del mes. Mi madre lo tenía claro, “ve echando lentejas en el carro hasta que yo diga basta”  después venía el turno de los garbanzos, espinacas, pescado, etc (todo muy apetecible para un niño).  El sistema de comidas de mi madre funcionaba a la perfección, pongamos un ejemplo, que no te gustaban las espinacas del lunes, esa comida se pasaba al martes, que seguían sin gustarte, ya sabias lo que comías el miércoles. Una vez le dije que no quería lentejas antes de irme tres días de excursión con el colegio (¡Ahí te quedas mamá! las lentejas te las comes tú) ¿qué se comía curiosamente el día de mi llegada? Lentejas, pero solo las comía yo, mis hermanos ya estaban degustando lo que yo comería tres días después (brócoli, vaya putada) era una especie de brecha culinaria temporal. Mi padre era el único que al tener un sueldo podía comer fuera algunos días y esquivar el sistema (pobre iluso)

  • Cariño hoy como aquí
  • Muy bien, te tocan las lentejas del sábado pasado. (zas en toda la boca)

Una vez terminada la compra te dabas cuenta de que era más fácil quedarse a vivir cerca del carro que empujarlo. De camino a la caja te cruzabas con familias que te miraban con desprecio mientras deslizaban sus carritos con todas sus ruedas engrasadas sin el menor esfuerzo (la clase alta de los carritos, ¡cabrones! hasta en esto hay clases).

En la cola para pagar veías como a muchos de los carros les goteaba el congelado (aficionados) el congelado siempre hay que comprarlo al final (decía mi madre) cuando solo queda un carro delante tuya, entonces es el momento de mandar a tus hijos (los peones de la secta que compra unida) a traer todo el congelado a la vez, pagarlo y empezaba la cuenta atrás, salida al infierno, ir por el coche, meterlo todo en el maletero y salir del aparcamiento como quien traslada un riñón al hospital, aun así era normal que algunas cosas del congelado se derritieran por el camino entre sí y en futuras semanas te comieras unas croquetas sabor fresa o chuparas un polo sabor merluza. Al llegar a casa con claros signos de insolación, estrés y cansado, nos encontramos a mi perro Toby debajo del aire acondicionado panza arriba con los huevos fresquitos mostrándonos la “inteligencia” de nuestra raza.

Hablar de los Jhayber me ha traído recuerdos de cuando me compré unos Nike-Air con cámara de aire (con todos mis ahorros) para que el primer día de escuela un “compañero” me pinchara una de esas cámaras con un compás, cada vez que andaba sonaba como si alguien estuviera hinchando un balón. Un día mi querido compañero apareció con unas gafas de sol nuevas con pinta de ser caras, las dejó en clase para no llevárselas al patio y me vi obligado a llevarme una patilla como recuerdo.

No es rencor, yo lo llamo “recobrar el equilibrio”.

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