GINES CARRASCOSO

 

⎯  ¡Ni dudas ni ostias! No me vengas ahora con sensiblerías… Tú mejor que nadie deberías saber el porqué de nuestra lucha… ¿O es que se te ha olvidado?

⎯ ¡A ver… yo sé lo que defiendo y sé por lo que lucho…! ¿Pero que mierda tiene que ver éste pobre de ahí abajo con todo…? ¿Me puedes explicar que va a arreglar su muerte?

⎯ Que te digo que no me vengas ahora con tus principios y tus dudas…Ese tío es parte del sistema y nuestra lucha es con el sistema, y si el sistema no quiere escuchar, pues lo que van a oir son tiros y lo que van a ver es sangre, punto. Y mañana seguiremos las instrucciones, a un descampao y pim pam, punto.

⎯ De punto nada, este tío es un don nadie, no me jodas… que sistema, ni qué sistema… Este está en el ayuntamiento de rebote… que estaba de reserva en las listas… ¡Joder! … es para partirse de risa… Mira la cosa aún no estaba clara, no te precipites…

⎯ ¡Pero qué precipites, ni precipites…!  A mí, no me toques las narices más. Tu no eres quien para cuestionar nada. ¿Pero es que hay otras instrucciones? Te digo que mañana me lo cargo… Y si tú no tienes huevos, apártate.

⎯ Al menos deja que hable… igual ha habido contacto con la familia y han pensado otra cosa…

Poco a poco la conversación se alejaba de mí y no pude escuchar nada más. En la oscuridad de mi prisión, sólo un ventanuco daba a una especie de jardín a ras de suelo. En algunos momentos del día,  entre la maleza y las plantas pasaban rayos de luz. Eso de día, claro. Ahora no me veía ni las manos,  totalmente pegajosas,  de limpiarme la llorera.

Pensé en lo que acababa de escuchar y no pude reprimir nuevas lágrimas. Lloraba por enésima vez. Durante el tiempo que llevaba encerrado había gritado y aporreado la puerta. Me había despedido de mis padres, de mis amigos, de mi vida. Había buscado respuestas que me habían conducido constantemente a las mismas preguntas. ¿Por Qué?, ¿para qué?… No alcanzaba a comprender cómo era posible que mi muerte fuese a cambiar nada. Hora tras hora, mis pensamientos se acumulaban, se esparcían, se reunían… Luego lloraba. Después me llenaba de entereza, rozaba la valentía. Ideaba planes para escapar, para enfrentarme a mis captores. De nuevo me hundía y asumía la verdad de aquellas cuatro paredes.

Hacía ya tres noches, que me había despertado en aquel agujero. Había tenido la oportunidad en éste tiempo de medir sus dimensiones infinidad de veces. No había más, dos pasos hacia el frente y dos pasos de lado a lado. Al menos podía estar de pie. Pero sobre todo había pensado. Sentado y en silencio había puesto todo mi empeño en recordar el momento del secuestro. Todo estaba confuso. Debieron de darme algo… ¿Pero cómo, dónde? Recordaba que el lunes había salido temprano. Hora de costumbre, mal hecho. Pero ¿a quién podía importarle yo?. Claro mi familia… bueno, alguna droga no sé. Después el zulo. Y aunque despertarme en medio de la oscuridad y tomar conciencia de la situación, había sido duro… En fin… la voz que acababa de escuchar al otro lado de la puerta, diciendo que en unas horas va a venir hasta aquí, abrirá la puerta, te pondrá una capucha en la cabeza, te meterá en un coche y conducirá hasta algún lugar en el que, a rastras y a empujones te sacarán del asiento trasero gritando ¡que te calles ya joder! Y tú gritando ¡que no y pero porqué! Y de pronto ¡pum! Sabor a sangre olor a metal, y la luz al final del túnel… Me derrumbé de nuevo.

Estuve llorando y pensando, pensando y llorando durante horas. En algún momento debí quedarme dormido de puro agotamiento. Medio dormido, me pareció escuchar pasos que se acercaban por la escalera. Poco a poco abrí los ojos, y pude ver que un tenue hilo de luz dorada atravesaba el cuarto.

Al momento la llave en la puerta. No me hacía falta hacer preguntas. Me sorprendió la entereza con la que me preparaba para mi ejecución. No había lágrimas. Se debieron terminar.

⎯ ¡Ponte  eso, rápido !

Reconocí la voz. Me lanzó algo parecido a una capucha cerrada. Me levanté y vi que una pistola me apuntaba. Noté como se balanceaba nervioso. Se le notaba apremiado… apresurado. Obedecí.

⎯ ¡Andando!  -dijo-

Era la voz que luchaba, la voz que no se hacía preguntas, que no cuestionaba las órdenes. La voz que me dispararía. La otra voz, la de las dudas, la que no estaba segura de que mi muerte sirviera de nada, no estaba. No se oía.

⎯ ¿Dónde vamos? -musité- ¿Qué pasa?

Lo dije tan bajo, con tan poca vida, que el hombre que no se hacía preguntas ni siquiera me oyó. A empujones me condujo fuera de la casa

⎯ ¡Vamos date prisa joder!

Empecé a rezar.  Inconscientemente le pedía a Dios. Curioso,  porque hacía mucho tiempo que no pisaba la iglesia.  De nuevo la congoja, de nuevo la llorera.

“Mamá, no llores, sé valiente… bien pensado, fíjate quizás un día pongan mi nombre a alguna plaza.. Mamá no llores…”.  Pensé que desvariaba.

⎯ ¿Dónde me lleváis, que os he hecho yo?,  ¿Oye… y el otro, y tu compañero?

⎯ ¡Venga camina, y cierra el pico, que coño te importará a tí… Espera un momento! -Me detuvo de un empujón-

⎯ A ver, sube, entra ahí.

Levanté la pierna y me golpeé la rodilla con algo metálico. A ciegas,  extendí las manos hacia delante y toqué un suelo enmoquetado. Al momento sentí que me empujaban dentro del maletero de un coche.

⎯ Estate ahí tumbado hasta que te digan, y calladito.

Ahora, el cañón del arma se apoyaba en mi barbilla

⎯ Pasa las manos hacia atrás… ¡vamos!

Por un momento, noté como la presión del cañón había cedido. Supuse que ahora nadie sostenía el arma. El hombre que no se hacía preguntas, intentaba amarrarme las manos a la espalda. Es el momento,  pensé. Pero una dolorosa presión en las muñecas me trajo de vuelta. Demasiado tarde. Como muchas cosas a lo largo de mi vida, tarde mal y nunca.

El vehículo se puso en marcha y tuve la impresión de que circulaba por un camino. Pronto el coche se detuvo. Me pareció que hacía un giro a la izquierda y se incorporaba a una carretera.

“Papá, pronto estaré ahí… ya ves… al final y como siempre he de darte la razón. Ya me lo decías. “Qué falta te hace a tí meterte en esos líos. Ya puedes tener cuidado por donde andas, que está el mundo muy loco”.  En fín, esto no pinta nada bien… Papá … Si estás por ahí pronto te abrazaré…”

Mis pensamientos estaban secos. Ya no me quedaban lágrimas para acompañarlos. Y mientras, seguía allí tumbado en la semioscuridad de aquel maletero, que olía a aceite, a grasa. Me recordaba el olor que traía mi padre cuando volvía del taller.

Noté que habíamos girado y abandonado el asfalto. Ahora el traqueteo era constante. Estábamos en un camino.  No había fallos, el guión se estaba cumpliendo a la perfección,  coche, empujones, fuera, ejecución, el túnel y la luz.

“Clara… No ha durado mucho después de todo. Si no hubiese sido tan gilipollas… ya hacía años que estábamos juntos. Lo siento. Clara… te quiero. Lo del banco te lo cancelarán seguro…  Tú les dices que te han matao al novio… además me parece que había un seguro para estas cosas… te quiero Clara…”

Ahora sí, volvió la llorera, la desesperación la impotencia. Ni siquiera el dolor del cabezazo contra el suelo al pasar un bache me rescató.  Otro bache. Parecía que estábamos llegando. Ahora tocan los empujones para que salga.. y seguimos. El coche se detuvo. Escuché pasos dados con dificultad como entre la maleza. Se abrió el maletero.

⎯ ¡Abajo, vamos… vamooosss ostia… !

Prácticamente caí desde el borde del maletero al suelo. Intenté incorporarme pero con las manos atrás me resultó imposible. Caí de nuevo.

⎯ ¡Venga levántate, joder. No… noooo… de rodillas … venga ostia!

Me zarandeaba de un lado para otro hasta que quedé de rodillas. Las manos atrás. Respiraba con dificultad porque la tela de la capucha se me pegaba a la nariz. Me dolían las rodillas y el corazón me iba a mil.

⎯ Oye, espera… por favor, pero…¿porqué?

Intenté incorporarme, y me escuché suplicar. Seguimos el guión.

⎯ ¡Que te estés ahí ostia… !

Obedecí. Y por un momento se hizo el silencio. Volví despacio la cabeza

⎯ ¡Estate quieto de una puta vez!

El golpe me hizo tambalear. Me quedé aturdido y con un fuerte dolor en el pómulo que casi agradecí. Silencio de nuevo. Escuche el ruido metálico de cuando se maneja un arma. El hombre que no se hacía preguntas respiraba ahora aceleradamente, casi acalorado, como armándose de valor. Rompí a llorar escandalosamente sin poder evitar mover la cabeza de un lado a otro mientras la presión del cañón me perseguía.

“Lo va  a hacer, lo va a hacer. Os quiero, os quiero a todos” -pensaba- mientras el pecho me brincaba descontrolado. Escuché una fuerte detonación, un silbido y un golpe sordo. Caí hacia delante. Silencio.

¿Y esta consciencia que tengo? ¿no duele que te disparen en la cabeza? Suponía que sería así, que uno sigue consciente unos minutos después del balazo.

No puede ser… tenía demasiadas sensaciones. Notaba la hierba en la cara, el fresco del ambiente, el dolor en las muñecas… Estaba vivo, no me cabía duda. Pero aún así, seguía aterrorizado y era incapaz de moverme. Pasaron unos minutos, y me convencí de que no había nadie conmigo, y de que mi “verdugo” yacía muerto, no podía explicar de qué manera,  sobre mí.  Rodé ligeramente y me liberé.

Tumbado boca arriba, respiré profundo y otra vez me acordé de Dios. ¡Hoy estaría contento conmigo!  No muy lejos de allí,  un motor se ponía en marcha y se alejaba.

ginescarrascoso.wordpress.com

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