MANGER

Unas finas arenas de un color preciosamente asalmonado, pigmentadas sutilmente con un ligero verde metálico, le rodeaban sin fin por los cuatro puntos cardinales. Había llegado hasta aquel paraje tras dos horas de aburrida caminata para no obtener información relevante. Nada se divisaba a todo lo ancho y largo de su visión, siquiera el más pequeño montículo desde donde poder alzarse y dominar un poco más el horizonte.

Las luces que emitían los cuatro grandes soles, tres de ellos a punto de extinción, se repartían en todas direcciones creando un efecto espectral, y hasta las piedras más diminutas se vestían con temblorosas semisombras que le hacían creer estar dotadas de vida propia, como moviéndose alrededor de sí mismas creando sobre el suelo un curioso baile de negros puros y grises macilentos.

Llevó su vista lo más lejos que pudo y le vino la idea redundante de que aquella aridez era “inmensamente” inmensa hasta un horizonte inalcanzable; procesó sus impresiones como pudo, pero se apoderó de él la duda de lo indefinido y se le antojó imposible terminar todo el trabajo que se le había encomendado desde el Centro Espacial. Ya había computado más de dos años terrestres desde su llegada a aquel planeta y nada había encontrado que sirviera a la Humanidad para avanzar algo más sobre la posible existencia de vida extraterrestre; tan solo algunas rocas sedimentarias le hicieron aflorar vagamente la idea de obtener un pequeño vestigio de vida, muy primitiva e incipiente, microbiana tal vez, seguramente acuática y en tiempos que remontaría ─según los cálculos obtenidos en su laboratorio─ más allá de su protohistoria.

Lo demás había sido rutinario: recogida de pequeños residuos, análisis de muestras, espectrogramas de sonidos, cartografías, remisión de resultados… Todo muy aburrido, día tras día, noche tras noche, si es que pudiera hablarse de esas fases en un planeta con múltiples soles. Al final, después de consultar con Base Alfa, llegó a la conclusión de que era absolutamente improbable la existencia de vida en aquella perdida y triste roca del espacio.

Pero había recibido instrucciones muy precisas: investigar, investigar, siempre investigar… ¡Investigar siempre sin descanso!

Se paró un instante y recordó con nostalgia la maldita cuenta atrás que significó su definitiva expulsión de su planeta nativo: cuatro, tres, dos, uno…

¡Dios, qué horror abandonarlo!

Ahora estaba allí, solo, sin más compañía que aquellos despoblados horizontes y las huellas de su propio deambular marcadas para siempre sobre las secas arenas de un planeta muerto, a un año luz de distancia. No podía hacerse a la idea de que la inmensa soledad de aquel lugar sería, para siempre, su única y fiel compañera.

Giró la observación 180 grados y analizó meditadamente los contrastados y curiosos trazos que habían fijado para siempre los cruzamientos de sus incontables paseos; por un momento pensó que quizá, algún día lejano, otro llegara hasta esa misma coordenada y creyera al observarlos que el planeta ofrecía compañía.

Resultaba grotesco y triste…

Pero no… En realidad, no haría falta, era suficiente con su sola presencia allí; la pila atómica duraría eternamente mientras no faltara el uranio concentrado que había descubierto en aquella inmensa mina del subsuelo.

Con sorpresa contenida, notó cómo un par de lágrimas recorrían su cara…

Es la primera vez…

Se asusta…

Hoy ha aprendido a llorar…

Es el milagro de un sentimiento hasta ahora desconocido para él…

Se queja el hombre de su soledad… ─procesa…

Soledad… Soledad… ¿Qué sabe el hombre de la soledad?… ─se lamenta el sintético robot con cara de hombre enfocando sus ojos hacia el cielo, ahora estrellado por mil millones de guiños de una remota esperanza que parecen reírse de él…

Un comentario sobre “Aprendiendo a llorar

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