ALBERTO ROMERO

Un Sueño muy Extraño

Ana estiró la mano en mitad de la oscuridad profunda que la rodeaba. El silencio
sólo estaba roto por el latido fuerte de su bebé, que parecía revolucionado. La
mano pequeña de aquel pequeño ser acarició sus dedos con cuidado.
Ana sonrió y una pequeña luz apareció en el lejano horizonte de aquella oscuridad
profunda y silenciosa. Como si un impulso eléctrico automático hubiera
dado orden de moverse, sus piernas se pusieron a caminar en dirección a aquel lejano
punto de luz.
Ya no escuchaba los latidos del bebé, pero al bajar la mirada comprobó que
su barriga prominente delataba que estaba allí dentro. De nuevo fijó su mirada en
aquel pequeño punto luminoso y continuó avanzando por la negrura hacia él.
No sabía cuanto rato llevaba caminando, pero el sudor recorría su frente y su
espalda, como si llevase muchas horas caminando en aquella dirección.
Se paró sofocada, intentando ver algo más allá de aquél punto, pero la oscuridad
negra y tenebrosa la rodeaba.
Trató de coger aire y recobrar el aliento, pero a cada paso se sentía más y más
fatigada. Sentía calor, como si aumentase la temperatura a su alrededor, y sudaba
como escalando el Everest.
El punto de luz esperanzador y atrayente seguía allí, sin moverse, a la misma
distancia a pesar de lo recorrido. Ana sentía como si le llamase, como si tirase de
ella con una cuerda. Pero no podía caminar más, estaba sin fuerzas.
El calor fue en aumento y el oxígeno de aquel oscuro agujero parecía hacerse
denso y difícil de respirar.
Volvió a oír los latidos del bebé y lo que le pareció la voz de Antonio. No entendía
lo que le decía. Volvió el silencio y otra vez los latidos del bebé.
Ana intentó andar de nuevo hacia la luz y esta vez si que pareció acortar la distancia
con aquel punto. Se hacía más grande y sentía el poder magnético con más
intensidad.
Casi sin respiración, y muerta de calor, dio dos pasos más hacia adelante y
cayó en lo que parecía una piscina, algo líquido y frío, totalmente negro.
Trató de salir a flote sacando la cabeza y respirando con fuerza mientras trataba de
calmarse. La angustia se apoderó de ella rodeada de agua mientras buscaba el
punto de luz que la guiase.
No había luz, ni latidos, ni tripa de embarazada, ni oscuridad, ni voces, ni
agua…
Sólo el silencio y la nada…
Los ojos de Ana se entornaron al recibir la luz de media tarde que entraba por
la ventana de la habitación. Sintió el perfume de la piel de Antonio en su nariz, y
escuchó la voz de su marido que le decía:
—¡Bienvenida Cariño!… ¡Te Quiero!—. Mientras le abrazaba y besaba con suavidad.

Antonio, con el corazón en un puño, no pudo reprimir las lágrimas al ver que
Ana estaba despierta.
El Doctor Smith sonrió viendo la escena y se abrazó a la Doctora Garmendia
como si acabasen de asistir al nacimiento de su propio hijo.
Ana percibió la energía de la alegría a su alrededor, y se sintió asustada y aturdida.

—¿Qué hago en un hospital? —preguntó desorientada.
—Tuviste un accidente de coche cariño —contestó Antonio.
Ana trató de mover sus brazos, como tantas veces había sentido en sus sueños
y pesadillas, pero esta vez lo consiguió de verdad. Con algo de torpeza se llevó las
manos a la cara y las observó como si no fuesen suyas, como si fuera la primera vez
que las veía en su vida.
—¿Estoy soñando? —Acertó a decir con dificultad.
Todos a su alrededor la miraban expectantes. Los médicos, las enfermeras y
Antonio. Con el corazón paralizado y emocionados esperaban se reacción.
Ana no recordaba la cara de ninguno, excepto la de Antonio.
—¿Pero que ha pasado?, ¿Quién es toda esta gente?…
Ana no entendía nada, ni por qué había tanta expectación en torno a ella, y se
echó a llorar.
Los médicos desalojaron al resto de personal de la habitación y se quedaron
solos con Antonio. Dejaron que Ana respirara y se tranquilizara durante unos momentos.

—Has estado en coma dos meses, Ana —dijo la Doctora Garmendia con una cálida sonrisa.
—¿No recuerdas nada del accidente? —preguntó Antonio preocupado.
Ana movió la cabeza de lado a lado para mostrar que no recordaba nada.
—¿Y tampoco has sentido que hayas estado en coma, verdad? —preguntó el
Doctor Smith tratando de practicar el poco español que sabía.
—No recuerdo nada de nada —dijo Ana mientras volvía la angustia y las lágrimas
le invadían los ojos.
—Tranquila, todo irá bien. Lo importante es que estás viva —dijo la Doctora Garmendia
agarrándole la mano con suavidad.
—¿Estoy Viva? —dijo Ana entre sollozos.
—Sí, ¡estás viva! —repitió Antonio llorando al mismo tiempo.
—¡Estoy viva!, estoy viva…
FIN DE LA PRIMERA PARTE

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2 comentarios sobre “Demasiado personal (45)

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