JANIS MULLIGAN

Solución para todo

Es muy extraño lo que me sucede. Sé que me han reventado el cráneo, aunque apuesto a que ha sido la cabeza del ka y no la mía, porque no me ha dolido mucho. El caso es que estoy grogui por el súbito drenaje, pero aún así, tengo cierto conocimiento de lo que ocurre a mi alrededor, gracias a una mejorada conexión con Ras. Más o menos, es como si lo viera todo a través de la mirilla de una puerta.

Un agudo grito resuena más atrás, haciendo que Konor y sus hombres se giren, sobresaltados. Una melenita rubia se esparce al saltar sobre ellos como una gata salvaje. Sasha, gritando como una loca, cae sobre Konor, rodando los dos por el suelo. Las uñas de la checa se hunden en la cara del albanés, buscando sus ojos. El hombre grita y trata de arrancarse la chica de encima, pero Sasha parece soldada a él, arañándole y mordiéndole. Finalmente, el culatazo de uno de los soldados la deja semiinconsciente en el suelo. Konor tiene las mejillas laceradas y un lacrimal rajado.

Se levanta farfullando y lanza una patada a la pobre Sasha, alcanzándola en un costado.

―           ¡Hija de la gran puta! – masculla. – ¡Ha estado a punto de sacarme un ojo! – chasquea los dedos y la señala. — ¡Llevárosla y disfrutad de ella hasta reventadla!

Los dos hombres de su lado, sonríen como lobos hambrientos. La toman de pies y manos y se la llevan, pasillo adelante.

―           ¡Vosotros! – llama a otro par de guardias que están en lo alto de las escaleras. – Llevad a éste a los aposentos de la señora, querrá ver con sus propios ojos este desaguisado. Usad el montacargas.

―           Sí, señor.

―           Joder, tengo que desinfectar estos arañazos. A saber dónde ha metido las uñas esa guarra… — murmura, pasando el dorso de la mano por la sangre que mana de su lacrimal, y marchándose.

Los dos hombres que quedan me toman cada uno de una mano y me arrastran por el pasillo, en busca del montacargas. La alfombra no deja que mi cuerpo desnudo sea fácil de arrastrar. Tampoco es que sea muy liviano, que digamos.

―           ¿Estás consciente?

―           No. bueno, no lo sé… esto es muy raro.

―           Sólo es nuestro cuerpo, reajustándose tras perder el ka exterior – me tranquiliza.

―           ¿Y cómo sabes tú eso, listo?

―           Por eso mismo, porque soy listo, chaval. He examinado nuestro cuerpo y no hay nada roto. Varios moretones y algunos cortes menores. Nada de importancia. Pero debes aprovechar la oportunidad… en el montacargas.

―           ¿Sí? ¿Con el bazooka que llevó en el bolsillo?

―           Menos coña, jovencito. Te ayudaré con la mirada de basilisco, por lo menos para uno. Debes ocuparte del otro.

 

Aún refunfuño mentalmente mientras llegamos ante la puerta del montacargas, simulada como la puerta de una habitación más. Con un gruñido, me arrastran al interior.

―           ¡Cómo pesa el cabrón! – farfulla uno de ellos, adelantándose para oprimir el botón de subida.

El otro me mira, tirado en el suelo de goma, y escupe sobre mí. Es el momento que escoge Ras para abrir nuestros ojos y fulminar al tipo con todo lo que lleva dentro, que debe de ser bastante, porque el pobre queda con la espalda pegada a la pared y babeando, los ojos vidriosos.

Su compañero, al girar la vista, lo contempla extrañado. Se acerca a él, tendiendo la mano.

―           Misha, tío, ¿te encuentras bien? – se interesa, palmeándole una mejilla. – Misha, respóndeme…

―           Eh… ¿qué? Sí, ya… ya… ¡no me des más hostias, coño! – reacciona su compañero, despertando de su estado. – Ha sido como un bajón… no sé…

―           Vale, es normal. Llevamos un día de estrés total, joder – masculla el otro, volviendo a su posición original.

El montacargas se detiene y uno de ellos abre la puerta.

―           Bufff… la señora no quiere que se manche nada en este piso – razona el tipo, mirando la alfombra oriental que cubre el pasillo. – Tendremos que cogerle a pulso.

―           Mejor por debajo de las axilas y dejamos que arrastre los pies. No tiene sangre en ellos.

―           Sí, tienes razón. ¡No veas cómo pesa el muerto!

Dicho y hecho, cada uno echa uno de mis brazos sobre su hombro y me sujetan de la cintura, dejando que mis pies arrastren sobre la alfombra. La postura del borracho, me digo. Mi propio peso hace que mi cabeza laxa cuelgue entre mis hombros y que los huesos de mi pecho se marquen completamente.

Me doy cuenta de que vuelvo a estar al control de mi cuerpo, consciente, y que algo se está desgarrando en mí, a cada paso que mis captores dan.

―           ¡El ka se está rasgando! ¡Prepárate!

 

Es algo parecido a cuando el matarife raja el vientre de la res que cuelga del gancho y su paquete intestinal cae al suelo con un sonido viscoso. El ka ya no puede sujetar el peso de mi cuerpo y se desgarra, dejando aparecer primeramente mi torso. A continuación, deslizándose como esquivas culebras, mis brazos se escurren, dejando atrás dos mangas de carne aún caliente. Lo único que sujeta aún mi cuerpo es el rostro del ka. La rota mandíbula, desplazada y macilenta, acaba cediendo por la presión y ocasiona un desgarro en cremallera que abre la piel de mi rota nariz y de la frente. Finalmente, mi verdadera cabeza acaba golpeando el suelo.

Todo ha sucedido en segundos. Los dos hombres aún han dado dos pasos hacia delante, hasta darse cuenta que lo que tiene entre las manos no es un cuerpo, sino un pellejo, que se une al ka aún medianamente entero de mis piernas.

―           ¿Qué… qué coño… es esto? – barbota uno de ellos, estrujando la muñeca de carne fofa que aún sostiene. — ¡Joder, Misha! ¡Se ha descompuesto!

Suena histérico y bastante asustado. A su lado, su compañero no responde, ni se mueve. Está estático, como en trance, sosteniendo un brazo deshuesado. Lanzo mi pierna, aún en el suelo, y barro los pies del primero fuertemente. Con un chillido de cerdo asustado, cae al suelo. Ni siquiera es capaz de levantar su arma cuando me ve ponerme en pie, todo mi cuerpo y rostro lleno de restos sanguinolentos que se han quedado adheridos. Para él, debo de ser la puta visión de un muerto viviente. Le aplasto la traquea con el talón para que no siga chillando. Le parto el cuello al otro, a pesar de que sigue sin moverse, anulado por la voluntad de Ras. No puedo dejar a nadie vivo detrás de mí.

Me quedo quieto unos segundos, atento a los sonidos de la mansión. Las risotadas y los chillidos de la pobre Sasha provienen desde el salón central, donde la están usando de juguete festivo. Todo ese jolgorio ha hecho pasar desapercibido los grititos del soldado aterrado. Parece que la suerte ha vuelto a mí.

―           ¡Vamos! ¡Escóndelos!

 

Aunque estoy cerca de mis aposentos, no me atrevo a entrar. Puede que mis chicas estén retenidas allí, vigiladas. Utilizo uno de los amplios armarios donde el servicio guarda ropa de cama y otros accesorios para meter los cadáveres. Acabo de despojarme del ectoplasma de mis piernas y me limpio el cuerpo como puedo, utilizando varias sábanas.

Despojo a uno de los muertos de sus pantalones, más que nada para disponer de un cinturón para portar las armas que voy a necesitar, pero también para sujetar mi pene. No se pelea a gusto cuando tienes el badajo moviéndose para todos lados. ¿Y si me lo pillo con algo en uno de esos combates? Joder, ni quiero pensarlo. Mejor llevarlo pegado al cuerpo y quietecito, ¿no?

Los pantalones son amplios pero me están algo cortos, pero ¿qué más da? Meto una semiautomática en la cintura, a mi espalda, y me cuelgo el AK del tipo al hombro. Asomo un ojo al pasillo. Nadie. Perfecto. Van a dar las dos de la madrugada.

Llego hasta la sala de ocio y arriesgo otra mirada. Hay un tipo dormido en el sofá, frente a la gran pantalla que retransmite una película porno, sin duda del canal de pago. ¡Vaya con el angelito! Pasa del sueño a la muerte en una rápida e indolora transición. Me dirijo al rincón de la ventana, a la “vitrina de trofeos”. Allí guardo “souvenirs” de mis viajes, fetiches y caprichos que he ido adquiriendo, como la espada Akerawa, de la dinastía Sunjo, una maravillosa katana de casi quinientos años de antigüedad, perfectamente equilibrada y afilada, que compré en una subasta, en Ámsterdam.

―           Ven aquí, pequeña, que te voy a dar un baño revitalizante – murmuro, al cogerla de su estante.

Paso la correa de la funda por uno de mis hombros para dejar la liviana espada sobre mi espalda, y me acerco a la puerta. Respiro profundamente y le preguntó a Ras, en voz alta.

 

―           Bueno, viejo, se acabó lo bueno. Ahora dependo totalmente de ti.

―           Como siempre, como siempre – comenta con su peculiar humor.

―           Te tienes que poner en modo Sabueso, ¿sabes? Tienes que advertirme donde están apostados esos hijos de puta, o cuando se acercan demasiado.

―           Vale, Sergio, lo haré.

―           Bien. ¿Cómo está la cosa en este piso?

―           Hacia delante, hay un grupo de hombres charlando y fumando – puedo oler el tabaco – en el pasillo. Apostaría que están guardando los aposentos de tu hermana.

―           Anenka debe de estar allí descansando – asiento.

―           Abajo, hay toda una juerga montada en el salón central. Al menos hay de siete a diez personas.

―           Pobre Sasha – dejo escapar, apretando la culata del AK-47.

―           ¡Ni se te ocurra pensarlo! – me advierte Ras. – No puedes salvarla sin montar un follón padre, y eso no serviría de nada, más que para matarnos.

 

Lo sé y lo confirmo, asintiendo, aunque me duelen los dientes al apretar la mandíbula. Cuando constaté que aún tenía mis dientes, me puse muy contento. El doble ka era perfecto en su realización, con dientes y todo.

 

―           Así que sólo nos queda una salida: subir – mascullo. – Está bien, a ver si tenemos suerte de encontrar a Konor entre sábanas. ¿Puedes decirme algo?

―           Aún no. Tengo que acercarme más.

―           ¡Pues en marcha!

Espada en mano, me muevo sigilosamente, la espalda pegada a la pared, hacia las escaleras secundarias. Debo ser rápido y letal si me encuentro con alguien. Disparar no es una opción. Cualquier ruido impropio haría que me acorralaran. Paso el tramo de escaleras que descienden. Menuda suerte, no han reemplazado el guardia que Niska mató. ¿Puede ser cierto que la vigilancia se ha relajado al atraparme? Me muevo hasta el final del pasillo y arriesgo un vistazo por la ventana que da al lateral del edificio. No distingo nada de relevancia y me pregunto cuánto va a tardar aún Nadia.

Según los planes trazados, deben ocuparse de las patrullas y retenes del exterior antes de asaltar la mansión. De otra manera, se verían cogidos entre dos fuegos al mínimo error.

―           Hay un hombre a mitad de la escalera. Acaba de encender un cigarrillo – me comunica Ras.

Asomo la cabeza con mucho cuidado para echar un vistazo. El hombre está apoyado en la pared que asciende con los escalones, jugueteando con su móvil, un cigarrillo colgando de sus labios. Inspiro lentamente, llenándome de oxígeno, y me lanzo escaleras arriba, subiéndolas de dos en dos.

El soldado me capta por el rabillo del ojo, seguramente, y se aturrulla momentáneamente, intentando guardar el teléfono. No tirarlo al suelo directamente le cuesta la vida. La punta de la hoja rasga la carne bajo la rodilla, haciendo que el hombre se tambalee hacia delante. Completando el movimiento con un sesgo en vertical y hacia arriba, la hoja penetra por debajo de la barbilla y brota por la parte superior del hueso frontal. Cráneo traspasado en un segundo. El soldado se queda colgando de mi espada hasta que lo dejo en el suelo suavemente.

Todo bien por el momento. Recupero el aliento mientras limpio la hoja de la katana en las ropas del cadáver. Luego, subo lentamente la escalinata. Según Ras, no hay nadie cerca en el pasillo que contorna toda La Facultad. Los niños deben estar retenidos en sus dormitorios y si hay algo raro, debe de estar en el dormitorio de la pobre Juni, donde se refugió Alexi. A estas horas, deben de haberla sacado de allí, pero quizás estén utilizando ese lugar – el dormitorio es amplio, con despacho propio – para algo más… Un escalofrío me recorre la espalda al pensar en lo que parece gustarle hacer a Konor.

―           ¡Viene alguien! Por las pisadas, es un hombre… camina pegado a la pared…

 

Estoy cerca de la esquina a doblar en el pasillo, por lo que me arrodillo en el suelo, y empuño la espada con las dos manos. El soldado gira la esquina y se topa conmigo. Abre los ojos exageradamente, tanto por la sorpresa como por la punta de la katana que se abre paso en sus entrañas. Una fuerte torsión de las muñecas hacia la izquierda y el acero destroza hígado y páncreas. El dolor es tan vivo que impide que el hombre grite o se mueva más allá de un par de espasmos.

Arrastro el cuerpo y abro la puerta más cercana. Es un dormitorio de cuatro camas. Los niños levantan sus cabezas despeinadas, medio dormidos y asustados.

―           ¡Ssshhh! ¡Ni un ruido, soy yo! – les chisto, encendiendo la luz.

―           ¡Padrecito! – murmura el mayor, mirando el cuerpo que dejo en el suelo. — ¿Es uno de ellos?

―           Sí – no creo que ninguno de ellos se traumatice por ver un cadáver. Ya han visto suficientes en sus países. – Lo voy a dejar aquí para que no lo encuentren. Echadle una manta por encima si no queréis verle.

Pietro, el chico de más edad, diez años cumplidos, se encoge de hombros y sonríe.

―           ¿Cuántos hombres malos habéis visto aquí arriba? – les pregunto.

―           Cuando nos enviaron a la cama, había cuatro, más el viejo de las cicatrices en la cabeza.

―           Konor. ¿Sabéis dónde están ahora?

―           Se quedaron en la sala de la tele…

―           Pero hemos escuchado gritar a Alexi, cerca de la habitación de Madre Juni – aporta otro.

―           Bien. ¡A la cama de nuevo!

―           Rezaremos por ti, padrecito – me susurra Pietro al subirse a la cama de un salto.

Reemprendo el avance y, al acercarme a uno de los baños comunales, Ras me avisa de gemidos y ruidos de succión en el interior. Tragando saliva, abro la puerta y miro con cuidado. Aferrado con ambas manos al quicio de la puerta de una de las cabinas, uno de los hombres de Konor tiene los pantalones bajados hasta los tobillos. Culea lentamente en la boca de un niño en pijama, arrodillado sobre las baldosas del suelo. Sin duda, ha debido sorprenderle cuando se ha levantado a orinar y el cabrón ha aprovechado el momento. Tardo casi treinta segundos en acercarme a él, atento a la Uzzi que tiene colgada en bandolera a la espalda. El rápido corte en la nuca separa la columna vertebral, y el abusador se derrumba como una marioneta sin hilos.

El niño me mira con ojos enormes, aún de rodillas, una manita alzada con la que sostenía seguramente el miembro del hombre.

―           Enjuágate la boca y vete a la cama, rápido.

Se pone en pie y obedece sin tardanza.

―           Quedan dos – mascullo, sentando al muerto sobre la taza del inodoro.

Pero no los encuentro. No están en la sala de la tele, ni en la zona de ocio. Puede que estén haciendo una ronda o hayan bajado a otro piso. Tengo al alcance el dormitorio de Juni, así que tengo que echar un vistazo ya.

Incluso antes de entrar en el despacho de Juni, única entrada a su dormitorio, escucho los chillidos infantiles. Mi mano suda de tanto apretar la empuñadura de marfil de la espada. ¡Maldito pederasta! La puerta que comunica con el dormitorio está entornada y los gritos y quejidos proceden indudablemente de allí.

Empujo la puerta lentamente. La cama queda de perfil a la entrada y me encuentro con Konor desnudo y de pie sobre la cama, bien abierto de piernas e inclinado totalmente hacia delante. Con una mano, mantiene la cabeza de Iselna contra el colchón. La rubia niña de once años berrea de dolor y angustia, derramando un torrente de lágrimas sobre la ropa de cama.

Konor la obliga a mantenerse de rodillas, con sus nalgas levantadas y el pecho aplastado contra la cama. La parte superior de su pijama está remangada y arrugada. La está penetrando duramente, sin consideración, como si fuese una puta de puerto. Los gruesos testículos del maniaco se bambolean, golpeando contra la pelvis de la niña.

Alexi, desnuda y arrodillada en la cama, abraza a otra niña, igualmente desnuda. Creo que es Anita, una niña croata de nueve años. Está llorando a mares y Alexi trata de calmarla, haciendo que su cabeza se pose contra su pecho y que no vea lo que está Konor haciéndole a su compañera. Por lo que puedo ver, tanto una como la otra, han sufrido las atenciones de ese crápula.

Súbitamente, Alexi capta mi presencia y está a punto de proferir un grito de alegría. Me llevo el dedo a los labios, indicándole silencio, y me acerco más y más, tanto que puedo alargar una mano y aferrar esos huevos bamboleantes. El brutal tirón le hace gritar y se aparta de la niña, siguiendo el movimiento de mi mano. Un pequeño tajo de la afilada hoja, le deja el escroto vacío, y entonces sus gritos se convierten en aullidos de animal castrado.

―           ¡Alexi, llévatelas al baño y meteros en la bañera! ¡Rápido! ¡Y agachad la cabeza! – exclamo, dejando que Konor se derrumbe sobre la cama, y poniendo en pie a Ilsena.

No pierdo el tiempo mirando sí las niñas abandonan la habitación, ya que debo situarme detrás de la puerta, espada en alto. Veinte segundos más tarde, un hombre armado entra como una exhalación, contemplando cómo su jefe se retuerce sobre la cama, las manos entre los muslos. Se queda impactado, tal y como suponía. Su compañero, un poco más rezagado, se queda a la altura de la puerta, colocando una mano sobre el hombro del primero.

Deslizo la hoja de la espada contra la puerta, alcanzando suavemente la carótida del segundo soldado. Una pasada de la hoja corta carne, arterias, y cartílago con una facilidad increíble. La mano del hombre aprieta el hombro de su compañero con un espasmo, al ver como un impresionante chorro de sangre se escapa de su garganta, al mismo tiempo que cierra el dedo sobre el gatillo de su Uzzi.

La ráfaga de balas parte en dos al tipo de delante, y muchas impactan en la pared de enfrente, a pocos centímetros de la cabeza de Konor, quien no deja de rodar sobre la cama, de un lado a otro. No creo que sea dolor lo que siente, aún debe estar bajo el shock, pero sí debe de ser la angustia de haber perdido su capacidad sexual. Eso debe de joder bastante a un agresor sexual, ¿no?

―           ¿Alexi? ¿Estáis bien? – pregunto con un grito.

―           Sí, Sergio, las balas han pasado lejos – me contesta igualmente.

―           Bien, ¡quedaros ahí hasta que os lo diga!

Recuperando parte de su entereza al sentir pasar las balas cerca, Konor intenta bajarse de la cama. Con un par de pasos, estoy a su lado y la espada baja rauda hacia el pie que ha colocado en el suelo.

¡TCHAC! Todos los dedos y parte del empeine de su pie derecho saltan por los aires, junto con un chorro de sangre. Otro alarido, esta vez desgarrador, se eleva en quietud de la noche.

―           No te muevas de ahí, querido – le digo irónicamente, antes de pasarme al despacho.

Por mis cuentas, los hombres que Konor había destinado a este piso, están liquidados, pero los disparos y los últimos gritos deben atraer a algunos tipos del piso inferior. Debo esconderme mejor, pero cerca. El gran archivador metálico del despacho de Juni me sirve perfectamente.

Konor no deja de gritar y gritar. Un resquicio me permite ver cómo intenta cortar la hemorragia, liándose la sábana de la cama al pie. Pasos a la carrera. Suelas de goma. Tres hombres según el viejo.

Los dejo pasar y que se empapen de la escena, que intenten ayudarle. Entonces, entro, llenando todo el espacio de rápidas cuchilladas. La sangre salpica para todos lados. Hay una última ráfaga de disparos, al aire literalmente, porque la mano cercenada ha apretado el gatillo por la retracción del tendón. El AK dispara en un arco descendente, por encima de mi cabeza.

En ese preciso momento, llega a mis oídos la música más celestial que jamás haya oído, una melodía en la que destacan ráfagas cortas de Enkel Cort, pepinazos de granadas aturdidoras, y vidrios estallando. ¡Nadia y los chicos han llegado! ¡Vamos a salir de esta!

―           ¡Alexi, sal! ¡Que las niñas se queden en la bañera!

Alexi se arroja en mis brazos corriendo. Tiene un ojo morado y casi cerrado, del que se deslizan gruesas lágrimas. Me besa una y otra vez el pecho desnudo.

―           ¿Estás bien?

―           Ahora sí – me responde, con una sonrisa bañada en llanto.

―           Bueno, aquí tienes – le digo, recogiendo una Glock de uno de los caídos y entregándosela. – Este es el seguro. Vigílalo un momento. Si tan sólo agita una mano, disparas. No lo pienses.

―           No lo pensaré – me contesta, apareciendo una mueca de rencor en su bello rostro.

Konor está lívido, apretando la sábana contra su pie. Nos mira con profundo odio. Por un momento, estoy a punto de cortarle el otro pie, para que no se pueda mover, pero no dispongo de tiempo. Salgo corriendo hacia uno de los dormitorios infantiles, uno en particular. Cuando Víctor hizo la remodelación de la Facultad, taponó el hueco del antiguo montacargas de poleas del siglo XVIII, que apenas era un armario con estantes. Un montacargas que pasaba frente al boudoir de Anenka.

Si tengo un poco más de suerte esta noche, quizás pueda acceder a…

Los chicos, tres niños y una niña, están despiertos, escuchando los disparos que continúan sonando en el piso bajo, cuando abro la puerta de un empujón. Les envío a despertar a los chicos de las habitaciones contiguas y que todos se replieguen al fondo del pasillo. Ninguno hace preguntas, obedeciendo rápidamente. Desplazo un armario y arranco la silicona que mantiene la gruesa lámina de hierro. En un par de tensos minutos, tratando de no hacer ruido, puedo levantar la plancha y ver, a través del hueco, una barricada de muebles montada en el pasillo.

Varios hombres se aprestan detrás, empuñando sus armas y preparando una MG-50, de soporte giratorio. Mal asunto para quien intente llegar desde el pasillo. Sin duda, Anenka ha ordenado que monten la resistencia en aquel punto. Para protegerla a toda costa.

Tumbándome en el suelo e introduciendo el cañón del AK por el hueco, consigo tener un buen blanco. Aprieto el gatillo con alegría, enviando las balas en abanico. Vacío el cargador y saco uno nuevo del bolsillo del pantalón. Pasa un minuto en silencio y decido dejarme caer por el hueco. Mientras lo hago, espero recibir un balazo, pero no sucede nada. Les he alcanzado bien a todos.

Remato a dos de ellos y me situó a un lado de la puerta de lo que fue el boudoir. Anenka tiene salida por otra puerta, la del dormitorio propiamente dicho, pero está en el mismo pasillo, más allá, así que puedo controlarla.

―           ¿Alguien dentro? – le pregunto a Ras.

―           Sólo escucho el llanto de los bebés, pero llega del dormitorio grande, no de aquí. No creo que esté follando.

―           No lo creo, después de la ensalada de tiros – comento alegremente.

―           No sé cuantas personas hay ahí dentro, pero aseguraría que más de cuatro.

―           Una de dos: o tiene soldados con ella, dispuestos a acribillarnos cuando entremos, o tiene a las chicas como rehenes. Ambas posibilidades van con su carácter.

Acciono la manija de la puerta. Cerrada con llave. Descerrajo la puerta de una patada. Tal como ha dicho Ras, no hay nadie. El famoso boudoir pasó a ser el dormitorio de los bebés, tras el parto, aunque las cunas están vacías. Eso me hace decantarme más por la posibilidad de los rehenes.

Pego la espalda a la pared y manejo el pomo de la puerta que conecta con el dormitorio materno. El sonido lastimoso de los bebés no cesa. Dos balas atraviesan la madera, sobresaltándome. Paralelamente, los disparos en el piso bajo cesan.

―           ¿Anenka? – levanto la voz. – ¡Estás atrapada! Lo mejor que puedes hacer es entregarte

―           ¡Tengo suficiente gente aquí dentro para forzar una salida! – me contesta.

―           ¿A qué te refieres? – necesito saber quienes están ahí dentro.

―           Tengo a tu mujercita y a tu hermana, sentadas delante de mí, sosteniendo a tus preciosos hijos en brazos. Claro que, mi socia y yo estamos apuntando a sus lindas cabecitas.

¡Mierda!

―           ¿Dónde está Konor? – me pregunta. Su tono no es nada tranquilo. Se debe de estar preguntando cómo se ha dado la vuelta la tortilla.

―           Oh, está arriba, ocupado con un “pie de atleta” – bromeo, para calmar la tensión.

―           ¡Quiero salir de aquí y disponer de un coche fuera!

―           ¿Qué más? – pregunto al ver entrar a Nadia en la habitación de los niños.

―           ¡Un avión en el aeropuerto!

―           Todo controlado, afuera y abajo – me susurra la colombiana, llevando el visor de visión nocturna sobre la frente.

―           Envía un par de hombres arriba. Alexi está vigilando a un cabronazo, ella sola.

―           Vale.

―           ¿Qué me dices? – me pregunta la voz de Anenka.

―           ¿Y cuando me entregas a mi familia? – le pregunto mientras Nadia se marcha.

―           Cuando esté a salvo.

―           ¿A salvo dónde? ¿Con Arrudin?

―           Puede ser.

―           Arrudin está acabado, Anenka, y lo sabes – agito la cabeza. – Tienes que darme más garantías si quieres que acepte el trato.

―           ¡Tengo todas las garantías que quieras! ¡A la puta de tu esposa y la guarra de tu hermana! ¡Y si no fuera suficiente, tengo a Víctor y la pequeña Danielle! ¡Tus bastardos! ¡Puedo pedirte la luna si quiero!

―           Está bien, Anenka, haré unas llamadas – capitulo.

Al salir al pasillo, me encuentro a varios de mis hombres armados y Elke y Denisse, abrazadas y muy nerviosas.

―           ¿Cómo están? – me preguntan.

―           Bien, pero son rehenes. No podemos entrar, sin que alguien salga herido.

―           ¿Has pensado algo? – me pregunta Elke, abrazándome.

―           Aún no. Estoy en ello.

―           Vale – sorbe por la nariz y me suelta.

Nadia me hace una señal desde el fondo del pasillo y me reúno con ella.

―           Lo han pasado mal – me dice.

―           Lo sé. Lo he visto con mis propios ojos. ¿Qué pasa con Sasha?

Niega con la cabeza, una mirada de tristeza en sus ojos.

―           Hemos llegado tarde. La han reventado, violándola una docena de tíos.

―           ¡Maldita sea! – me sulfuro, cerrando los puños. – Trató de salvarme, sin pensar en las consecuencias. Niska también ha muerto, y… Juni…

―           Y Basil – asiente la colombiana. – Hemos perdido a mucha gente.

―           ¡Por eso mismo, no quiero perder a nadie más! ¡Y esa puta de Anenka tiene a cuanto más me importa en el mundo!

―           Estoy esperando una llamada de Cali – susurra.

―           ¿Para qué? – me extraño.

―           Me acordé de un producto que usamos un par de veces, en situaciones precarias. Derrumba un hombre en tres segundos. Es inodoro e indetectable.

―           ¿Un gas?

―           Más bien una toxina sacada de plantas. He llamado a Gato Bala para que me ponga en contacto con el químico que la desarrolló. Quería saber si era viable usarla con… bebés.

Me obligo a cerrar la boca. Todo el asunto es un condicionante.

―           Consigue tiempo. Es lo único que puedes hacer – me empuja por el brazo. Asiento, dirigiéndome de nuevo al dormitorio.

Finalmente, consigo convencerla que tendrá un avión en dos horas, y que yo mismo la llevaré al aeródromo cuando llegue el momento. Dejo a varios hombres custodiando los aposentos y subo a ver cómo mantiene el tipo Konor. Ha conseguido casi detener la hemorragia y se encuentra atado sobre la cama.

―           Cuando llegue la doctora Ramos con su gente, quiero que le eche un vistazo también a éste – le digo al centinela, señalando la cama. – Quiero que aguante lo que tengo pensado para él.

―           Está bien, señor.

Busco a Alexi y la encuentro preparando cacao caliente para todos los niños. Es lo mejor. No creo que ninguno consiga dormir esta noche. Se ha puesto un cómodo pijama de dos piezas que pone de manifiesto su culito redondito.

―           ¿Cómo te encuentras?

―           Mejor – me responde. – Pero aún no me he repuesto de lo que le ha pasado a Juni… pobrecita…

―           Pues tienes que hacerlo porque ahora eres tú la que se ocupará de La Facultad.

―           ¿Yo? Pero… soy demasiado…

―           ¿Qué? ¿Joven? ¿Crees que necesito aquí una gobernanta austera y desabrida? Sé que te gustan los niños, que te sientes bien con ellos, y que eres buena en esto. Para mí es suficiente.

―           Gracias, Sergio.

―           Cualquier cosa que necesites me lo comunicaras personalmente, ¿entendido?

―           Sí.

La dejo en la pequeña cocina que usan para calentar cosas, aún impactada por mi decisión. Quiero alguien que comprenda a esos niños, que les de buenos consejos, pero que sepa por lo que están pasando, y Alexi es lo más parecido a una hermana mayor que tendrán jamás.

Al bajar, me encuentro con Nadia, que está hablando por teléfono. Me sitúo a su lado y espero, impaciente. Sus ojos brillan cuando acaba la conversación.

―           Es viable, siempre y cuando no estén expuestos más de cinco minutos – me dice, esperanzada.

―           ¿Y esa toxina tiene que venir desde Colombia? – le pregunto, ceñudo.

―           No. Disponen de cierta cantidad aquí, en Madrid, en la floristería – me pone las manos sobre los hombros. — ¡Llegará en unos minutos!

Dejo escapar un suspiro de alivio y la abrazo.

―           ¿Has hablado ya con Denisse? – le pregunto.

―           No, no he tenido tiempo. Tan sólo la he abrazado.

―           Pues hazlo cuando puedas. Han… abusado de ella, ¿sabes?

―           Ya lo suponía, Sergio. Nadie ha salido indemne.

―           Nadie – asiento, cabizbajo.

Media hora más tarde, me encuentro de nuevo en el dormitorio de los bebés, a un costado de la puerta. Tengo una máscara de oxígeno en la mano. En el pasillo, los hombres designados, también portan máscaras antigas, y hay dos sanitarios de la clínica de la Dra. Ramos, preparados con respiradores.

―           Ya he recibido la confirmación, Anenka. Hay un jet esperando en la pista 4 del aeródromo de Cuatro Vientos. Antes de salir de ahí, quiero que abrigues bien los bebés, y que mi mujer y mi hermana se vistan adecuadamente. Después, dejaré que dispongas del cortejo como desees, aceptando todo lo que me pidas. No quiero que haya malentendidos. ¿Me has entendido?

―           Perfectamente, Sergio. Eres todo un padrazo – se ríe ella e imagino que baja su arma para indicar a las chicas lo que deben hacer.

Es el momento de soltar la toxina. He metido a dos de los niños mayores en los conductos del aire acondicionado, con las máscaras pertinentes. Se mueven bien, en silencio, por el interior de los tubos, y deben dejar caer las cápsulas a través de las rejillas.

―           ¡Ya han caído! – brota una voz aguda y sofocada por la máscara.

Me coloco la mía y entro. Atrapo los dos bebés de un puñado, uno en cada mano, y le doy una patada a la puerta del dormitorio, saliendo al pasillo. Los dos enfermeros se ocupan inmediatamente de ellos. Después, vuelvo a entrar. Miro al techo e indico a los chicos que salgan de ahí. Mis hombres sacan a todo el mundo hasta el pasillo. El sistema de extracción empieza a limpiar el aire. Me ocupo personalmente de ligar pies y manos de Anenka y Anenka bis. Ya me ocuparé de ellas después.

Ahora, quiero ver cómo está mi preciosa mujercita y mi deliciosa hermana.

* * * * * * * * *

Recorro con la vista los asientos del avión privado que nos lleva a Brasil. Lemox está sentado con sus tres hombres, sumidos en cotejar mapas en los dos monitores que ocupan. Nadia no le pierde ojo a Anenka y su doble, a las que mantiene sedadas. Están esposadas la una a la otra, y, a su vez, a los cómodos divanes del aparato. Finalmente, a mi lado, recostando su cabecita sobre mi hombro, se encuentra Katrina. En un principio, no quería que viniera – donde vamos a meternos no es sitio para una mujer embarazada –, pero se ha puesto de lo más cabezota. Cuando se pone así hay que ceder o matarla, es algo que su padre me dijo una vez.

Nadia es quien me ha dado la idea de esta especie de sentencia. Me habló de la comunidad del Pico del Diablo y de sus especiales normas y creo que es lo que esa asesina merece. Los supervivientes de la mansión ya han tenido su venganza, dos noches atrás, de la que me ocupé personalmente.

Saqué a rastras a Konor hasta la explanada de césped, detrás de la mansión. Llevaba el pie desnudo vendado y nada más; le quería desnudo e indefenso. Suplicó y lloriqueó durante todo el trayecto, intentando salvarse. Ya lo había intentado antes, cuando Nadia y Lemox le sometieron a interrogatorio. Tardó cinco horas en desgranar todos los secretos de su patrón, a cambio de inmunidad, cosa que no consiguió, por supuesto. No es precisamente una fiel actitud.

Le aprisioné los tobillos en un cepo de acero que le impedía ponerse en pie. De esa manera, quedaba tumbado sobre la hierba, boca arriba, moqueando de miedo. Entonces, reuní a cuantos habían sobrevivido al asalto a su alrededor. No lo había hecho mucha gente. Los primeros en ser pasados a cuchillo fueron los integrantes del personal que no les servía para nada. Decidieron no encerrarlos ni adjudicar hombres a su vigilancia; les rebanaron el cuello sin más. Encontramos los tres jardineros, los dos mozos de cuadras, y tres educadores de La Facultad, desangrados en el sótano.

Tan solo se salvaron tres de las doncellas, así como Carmina, la cocinera, Marita, su ayudante, Adolfo, el pinche de cocina, y una educadora de los niños. Tan sólo fueron perdonadas para que atendieran las necesidades de los asaltadores, tanto domesticas como sexuales. Todas, incluyendo a Carmina – que tiene cincuenta años – fueron violadas y humilladas.

Por eso mismo, decidí este castigo, para ayudarlas a recuperarse.

Distribuí cuchillos de cocina entre todos los reunidos – Alexi, Katrina y Denisse, se unieron también – y prestaron atención a mis palabras.

―           Los cosacos tenían una ley para los que ofendían o atentaban contra su comunidad, fuera cosaco o no. Le ataban un pie a una estaca y hacían rápidas pasadas con sus caballos y los sables empuñados. Cada uno gritaba la afrenta que le había hecho el reo y le hacía un corte poco profundo. Uno detrás de otro, durante horas. La gente aplaudía, vitoreaba y escupía al reo. La sangre lavaba la ofensa hasta que el sujeto quedaba para alimentar a los perros. Es lo que os propongo hacer con este mal nacido esta noche – los ojos de Konor se desorbitaron. – No vamos a usar caballos, pero el principio es el mismo. Pensad en cuanto daño os ha hecho, dad un paso, y dadle un corte, no importa donde. Mientras los demás hacen lo mismo, pensad de nuevo en la humillación, el dolor, y el miedo que habéis sufrido, y volved a cortar, amigos míos. Es todo vuestro. Disfrutadlo mientras dure.

Al principio, ninguno de ellos se atrevía a ser el primero. Se miraban los unos a los otros, los cuchillos empuñados con tanta fuerza que los nudillos se blanqueaban. Sin embargo, Alexi fue la primera en decidirse. Con los dientes encajados, dio un paso y se inclinó sobre Konor. Éste intentó protegerse, alzando los brazos, y procurando moverse sinuosamente sobre la hierba. La chica no buscó un sitio preciso, su hoja cortó la palma que el hombre extendía.

Konor chilló, retrayendo la mano y cogiéndola con la otra. Pero ya había otra persona que se había decidido. La educadora de La Facultad, dio un paso al centro del círculo que todos formaban, y le cortó en el exterior del muslo. Katrina fue la tercera y cortó sobre el tríceps, decidida. Los chillidos de Konor comenzaron a ser continuos. El grupo había perdido el miedo y la vergüenza, y la rabia empezaba a apoderarse de todos ellos.

―           ¿Cómo has ideado eso? – me preguntó Nadia, poniéndose a mi lado y contemplando la escena.

―           Ras me lo propuso. Siempre tiene interesantes historias que contar – le dije.

―           Me recuerda un poco a lo que me contaron sobre las sentencias de la comunidad del Pico del Diablo.

―           ¿Qué es eso?

―           Es una especie de leyenda urbana de Brasil. El Pico del Diablo está en el norte del Mato Grosso, en una pequeña cadena montañosa. Se dice que hay todo un pueblo de rufianes que vive allí, sacando oro de una mina oculta. Aventureros y busca vidas de todo el mundo se han dado cita allí. La comunidad no tienen más ley y orden que las que ella misma dicta, y el castigo se hace de esa forma – señala al vociferante Konor con la barbilla. – En grupo. Todos participan.

―           ¿Seguro que es una leyenda urbana? – la miré.

―           Bueno, es lo que decía don Ubaldo cuando contaba esa historia.

―           ¿Don Ubaldo?

―           Es el padre de Gato Bala – sonrió ella.

―           ¿Por qué no le llamas y le preguntas sobre si hay algo cierto en esa historia, Nadia?

―           Pero… ¿Para qué, patrón?

―           Cosas mías. Tú llámale…

Mientras tanto, las chicas y el chico del círculo se volvían frenéticos, poseídos por el impulso ansioso de la sangre. Sus bocas se curvaban en tensas muecas, sus ojos estaban entornados, con las pupilas contraídas bajo las luces indirectas. Algunas se pisaban la lengua, esperando su turno, el cual llegaba cada vez más rápidamente, pues ya ninguno dudaba en inclinarse y cortar. Se estaba convirtiendo en toda una orgía sanguinaria.

Los gritos de Konor habían bajado en intensidad, convirtiéndose más bien en un continuo lamento. Sus brazos y piernas sangraban profusamente, por innumerables cortes, y cada vez tenía menos fuerzas para levantarlos. Eso significaba que los siguientes cortes irían a zonas más sensibles y vitales, como el vientre, el pecho, el cuello, o incluso el rostro.

Sin embargo, nadie intentaba alcanzar sus genitales, primero porque la costura que aparecía en su escroto hablaba de su castración, y segundo, el miedo y el dolor habían empequeñecido tanto su pene, que era prácticamente imposible acertarle.

Me quedé allí de pie, con los brazos cruzados y sonriendo, contemplando cómo le rebaneaban durante horas, hasta que no fue más que un amasijo de sangrante pulpa roja, que ya no se quejaba, aunque respirara ligeramente. Hartas de sangre y cansadas, las chicas le abandonaron sobre el césped, y fueron a lavarse. Dejé que agonizara solo como un perro, bajo la luz de la luna. Ese fue el fin de Konor Bruvin, el albanés.

Me pasé casi toda la noche editando la grabación que había obtenido de la sentencia de Konor, borrando rostros evidentes, y algunas vistas de la casa. Cuando terminé, la envié a una dirección que el albanés nos había dado, junto con un mensaje terminante. Sólo entonces, me fui a la cama, donde me acurruqué junto a mi preciosa mujer.

―           Patrón – la voz de Nadia me sacó de mis pensamientos –, están despertando.

Miré a nuestras dos “invitadas” y, efectivamente, estaban rebullendo.

―           Dales otra dosis. Queda poco para llegar a Sao Paulo y no quiero que hagan cosas raras en la aduana. Las pondremos de nuevo en dos sillas de ruedas, con sus mantitas, y sus bolsas de suero, y las haremos pasar por dos chicas accidentadas que regresan a casa – de esa forma, junto con sus pasaportes encontrados, las sacamos de España. Nadie hace demasiadas preguntas al ver una chica dormida en una silla de ruedas.

Aterrizamos en el aeropuerto internacional de Guarulhos, donde nos espera un helicóptero para llevarnos al interior del país. Se trata de un viejo Mil Mi-4 ruso, pero bien cuidado y rectificado, donde cabemos todos con holgura. Los asientos han sido puestos para nosotros, porque aún huelen a nuevos. Los dos pilotos hablan castellano perfectamente, lo que es una suerte porque ninguno de nosotros estamos duchos en el idioma luso.

Es un viaje monótono y cansado, aunque arrullados por el ronroneo del motor que los cascos de protección dejan filtrar, hemos dormido algo. Cinco horas de vuelo y dos paradas para repostar, es lo que hemos tardado en llegar a nuestro destino.

El helicóptero nos ha dejado en uno de los amplios salientes escalonados que acoge el pueblo minero, a casi dos mil metros del techo selvático. Es un ambiente vital y fresco, alejado de la cálida humedad de la selva, de los inquietantes insectos letales, y de cuando perjudicial puede haber en aquella latitud. Mejor para Katrina.

Hay un hombre esperándonos, quien nos conduce hasta la autoridad de la comunidad. Salvador Quiche es el alcalde designado, una forma más de describirle. En realidad, es el dueño de la mayoría de comercios que funcionan en el pueblo de más de cinco mil almas que ha acabado reuniéndose baja la gran veta de oro. Su familia es una de las fundadoras de La Lágrima, nombre que le han dado a la comunidad. La mina en sí no tiene dueño, a causa de un trato que se firmó entre todos los primeros que llegaron hasta allí, pero se necesita la colaboración de todos para extraer el mineral y hacerlo rentable, por lo que se ha acabado en fundar una especie de cooperativa.

El señor Quiche, aparte de llevarse beneficios de la mina, se enriquece con su economato – más bien un pequeño centro comercial donde es posible encontrar de todo – y sus garitos de ambiente. Pero hay otros tipos de comercios en La Lágrima, desde barbería hasta carpinteros de muebles. Es una comunidad próspera, que no paga impuestos algunos, salvo los pertinentes alquileres. Ni el gobierno local de Mato Grosso, ni la capital federal sabe de su existencia.

No hay carreteras que lleguen allí, salvo sendas en la selva. La comunidad dispone de dos helicópteros, uno de carga y otro de pasajeros, para mantener sus suministros. Por otra parte, muchos de sus vecinos se dedican a recolectar en los campos de las laderas, en criar ganado, y manufacturar todo tipo de productos de la zona para alimentar y cuidar a la población.

Una población con apenas mujeres y niños, pero muchos hombres adultos, quizás demasiados, es lo que nos comenta el señor Quiche, tras hacernos sentar en el despacho de su economato, y servirnos un buen trago de mate fermentado y azucarado. Parece ser que las mujeres, aquí, constituyen un tesoro. Las putas de sus garitos están muy solicitadas, sin importar que sean demasiado maduras o feas. La soltería es un mal en esta zona, nos dice.

―           Por eso he pensado en ofrecerle un trato – le digo.

―           Mi compadre Ubaldo responde por usted, así que será un placer hacer negocios.

Hemos tenido suerte de que el padre de Gato Bala hubiera estado años en La Lágrima y conociera personalmente al alcalde Quiche. Las historias que contaba no eran leyendas urbanas, sino algo que había vivido en su juventud, justo aquí, en este sitio. Cuando supo de mi interés, le contó la verdad a Nadia y se ofreció para allanarnos el camino, así como para conseguir las coordenadas precisas de La Lágrima.

―           Quiero ofrecerle estas dos mujeres – señalo a las dos Anenkas, que están amordazadas y maniatadas sobre sus sillas, los ojos rodando en las órbitas por el miedo.

―           Son muy hermosas – enarca una ceja el maduro hombre. — ¿Por qué? – no se fía, ya que nadie regala nada en esta tierra.

―           Tengo que deshacerme de ellas y, además, una de ellas me ha ofendido gravemente. Quiero que su vida sea un infierno.

―           ¿Cuál de ellas?

―           La rubia.

―           Ajá – admite, contemplando fijamente a Anenka.

―           Le ofrezco a la morena como pago por sus molestias. Úsela como desea, es una buena pieza – le digo, señalando a la falsa Anenka.

―           Es cierto. Es mucho mejor que cualquiera de mis chicas.

―           Pero no se fíe lo más mínimo. Ambas son víboras. En el momento en que dispongan de algo de libertad, harán cuanto sea necesario para hacerse con el control, o para matar.

―           Comprendo – asiente, mirándolas de nuevo bajo una nueva perspectiva. — ¿Qué desea a cambio que haga con la otra?

―           Deseo que la use toda la comunidad, para lo que desee, de día y de noche, todos los días, hasta el día en que muera – la sentencia surge de mis labios, sin ningún tipo de indecisión. Noto como Anenka se envara, llena de temor.

―           Se puede conseguir – asiente de nuevo el señor Quiche.

―           Deberá estar atada o controlada de alguna forma para que no escape o se quite la vida. Se la lavará todos los días, se la atenderá con todo cuidado, tres comidas al día y el agua que necesite. Se la peinará y maquillará, y tendrá todo tipo de cuidados para que sea siempre atractiva para el deseo masculino.

―           Quiere que sea una muñeca para usar.

―           Exactamente. Puede fijar un precio básico y barato para cubrir los gastos de esos cuidados, pero no quiero que se comercie con ella, ¿entiende?

―           Perfectamente. Quiere que todo el mundo tenga acceso a ella.

―           Sí – digo con una amplia sonrisa, mirando a los erráticos ojos de Anenka. – Quiero que se la humille a diario, cada día de su vida.

―           ¡Trato hecho! – exclama el alcalde, extendiendo su mano.

La aprieto y sello el destino de la espía rusa. Creo que es lo peor que he podido imaginar para ella: una vida de servidumbre y esclavitud para una dominante como ella; humillación sexual y de otros tipos, bajo una gente ruin y brutal como estos mineros salvajes.

―          He organizado una cena para celebrar nuestro compromiso – nos comunica el alcalde, llenando nuestros vasos, pero esta vez con aguardiente boliviano. Katrina pone la mano sobre su vaso para que no lo llene, con una sonrisa. – Espero que se queden a pasar la noche.

―          Sí, será un placer – le contesto.

Más que una noche, nos hemos quedado tres días para disfrutar de la rutina implantada a Anenka. Al día siguiente, se la ha encadenado al amplio porche del economato. Dos carpinteros han construido una habitación a su alrededor. Un suelo más adecuado, paredes impermeabilizadas, una amplia ventana, una cama, una letrina, un armario… se le ha instalado un lavabo y una ducha, todo al alcance de la cadena que está unida al grillete de su tobillo. La cadena se desplaza y se recoge en el techo, lejos de su alcance, para que no pueda ahorcarse con ella. Esta gente sabe lo que se hace.

Los carpinteros, al menos que yo sepa, han sido los primeros en gozar de ella. Han parado en su trabajo cada hora para una mamadita o un polvete rápido y sin florituras. Así que han disfrutado bien de su trabajo. La habitación ha quedado monísima. Todo el mundo que acude al economato, puede distinguir a la zorra a través de la gran ventana. Se le ha instalado una hucha en la puerta para que puedan dejar algún donativo tras usar al “presente”.

Ese es el nombre con el que la han bautizado, el “presente” para el pueblo. Al principio, Anenka se mostró rebelde, con la frente bien alta, escupiendo a sus primeros usuarios, pero al tercer día, toda esa pose ha desaparecido. Las lágrimas arrasan sus ojos, sus hombros se han caído, su frente ha bajado, aceptando la humillación. Para entonces, más de medio pueblo se ha metido entre sus piernas, atraído por su belleza, a medida que el rumor se expandía.

Siempre hay condones suficientes en su cuarto, traídos por sus propias visitas masculinas que los acumulan, dispuestos a no dejarla embarazada y así poder seguir usándola. Algunas mujeres también la han probado, echando la cortinilla que se ha colocado en la ventana para este fin, en su mayoría putas de los garitos.

En cuanto a la falsa Anenka, a la que han puesto el sobrenombre de Perla, es la alegría de Quiche. Se ha convertido en su puta más rentable, a la que mima todo lo que puede. Sólo la deja tener cinco clientes al día, por una buena suma. La viste de seda y está encantado con sus maneras finas y educadas. Considerando lo astuta que es esa chica, puede salir con bien de ésta, con el tiempo.

Katrina se abraza a mí, buscando mi calor. Estamos bajo el porche de la barbería, frente al economato, mirando la ventana de Anenka. Está lloviendo, como llueve cada día allí. La reserva de agua del pueblo proviene de la lluvia. Las calles de suelo rocoso despejan el agua rápidamente y no hay fango alguno. Pero la temperatura baja con la lluvia, lo que es motivo para que mi esposa se pegue a mí.

Contemplamos el ardor del obeso y barbudo tipo que encula ferozmente a la rusa, dispuesta en cuatro para él. No sé si gozará con todas esas atenciones, aunque supongo que algún orgasmo obtendrá de tanto follar, pero muerde la almohada con fiereza, dispuesta a no soltar un grito. Aún es temprano, apenas las diez de la mañana. Siempre le ocurre lo mismo, se siente rebelde cuando se despierta, pero, a medida que va transcurriendo el día, follada tras follada, sus humos se desvanecen y claudica con humildad y lágrimas.

―           ¿A qué es un cuadro maravilloso? – me pregunta Katrina.

―           Digno del Louvre – cabeceo.

―           Y así será todos los días de su vida, ¿verdad?

―           Ya le ha dado instrucciones a Quiche por si la gente perdiera el interés por ella.

―           ¡Bien pensado, cariño!

Escupo al suelo, como recuerdo para mi antagonista, y, tomando a mi esposa de la mano, me dirijo al helicóptero, en el que los demás nos esperan para volver a casa.

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