XAVIALTA

-¡Esto es una mierda!

Ross y yo nos miramos indignados, pero ninguno es capaz de decir nada. Incluso disimulamos el gesto.

-A ver, no podemos permitirnos que los lectores descubran al asesino en el cuarto capítulo. ¡Coño, se nos ve venir! –continúa. –Por suerte, el argumento es cojonudo, lo suficientemente intrincado para que podamos tener al lector himnotizado, pero tenemos que darle una última vuelta a la chica ciega.

Da un largo sorbo al poleo-menta, cada día odio más ese brebaje, se seca los carnosos labios con una servilleta de papel y sentencia.

-Una semana, es el plazo que os doy, así que nos reunimos de nuevo el martes próximo aquí. Arregladme la escena de la ciega y añadid los apuntes que os he traído. No son demasiados, pero algunos adjetivos pegan más que otros. Sé de qué hablo –Sentencia con su habitual soberbia antes de levantarse para despedirse condescendiente. –El martes, eh chicos, ni un día más. Así el miércoles lo reviso y el jueves lo entrego en la editorial. Evidentemente, las bebidas están pagadas.

Cada día estoy más harta. No por el trabajo en sí, a los que nos gusta escribir no nos supone un gran esfuerzo coger lápiz y papel, un portátil o un PC hoy en día, pero esto es cada vez más humillante. Ross piensa lo mismo que yo, pero en su caso el adjetivo que sé que bulle en su cabeza es desigual. Es el que ha utilizado las últimas veces que hemos comentado esta, cada vez menos gratificante, relación a tres bandas.

Pero también sé, como ha pasado otras veces, que por más que nos lamentemos, que nos lamamos las heridas, que nos indignemos y nos prometamos cambiar las tornas, sé que no haremos nada. Agacharemos la cabeza y nos arrodillaremos en nuestro rincón de pensar suplicando perdón por haber tenido malos pensamientos.

***

El gran Vic Pratt llena la pantalla de la televisión de 40″ que preside mi comedor. Está opinando sobre un espeluznante suceso que tiene consternada a toda la población, pues es un periodista famoso cuya opinión siempre es escuchada. Es una tertulia matinal en el programa líder de audiencia donde la presentadora, alguien que también publicó un libro muy vendido y fue pillada plagiando, trata de poner orden en una olla de grillos crispada y barriobajera.

Hasta que el principal autor de best sellers del país abre la boca. Entonces, el griterío enmudece, los otros periodistas aprenden y las marujas que están en casa babean. Sí, compraremos tu libro. Pero él no necesita ni siquiera nombrarlo. Todos sabemos quién es, qué ha escrito y qué tenemos que comprar. Aunque algunos lo sepamos mejor que otros.

Son las 12.30 del mediodía y debería estar en clase enseñando a mis alumnos de secundaria las diferencias estilísticas entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, pero por enésima vez este mes, he solicitado una baja laboral por gripe, que me será descontada de mi exigua nómina, para acabar la dichosa escena de la chica ciega. Pero no puedo quitar los ojos de la pantalla, porque yo también soy una víctima de Vic Pratt.

¿Cuánto hace que empecé a escribir? ¿Cuántos textos habré comenzado? ¿Cuántas historias he dejado inacabadas? ¿Cuántos sueños…?

Siempre he sido una chica solitaria. Hija única de padres separados cuyo principal afán era deshacerse de mí para confraternizar con otros animales de su misma especie, me refugié en la lectura al principio, para lanzarme a la escritura en cuanto fui capaz de sostener un bolígrafo y dar forma a frases sencillas de sujeto, verbo y predicado. Fuera por vivir zambullida en un mundo interior en que me desenvolvía como gato en el agua, fuera porque nunca fui una persona especialmente dotada para las relaciones personales, fuera porque no soy una chica agraciada de las que tienen que sacudirse los moscones en tropel, nunca he contado con amigos verdaderos. Conocidos sí, empezando por los cuarenta y dos compañeros de claustro que comparten docencia conmigo en el instituto público de la población, aderezados por los 60 alumnos que cada año pasan por mis manos sin escucharme a penas en clase, más pendientes de sus chorradas adolescentes los hormonadamente avanzados, o de ralentizar la clase de turno con bromas carentes de gracia los más infantiles. Gracias tan divertidas como apodar La Zombie a su profesora de literatura española. Porque soy pálida de piel, porque tengo los ojos ligeramente hundidos aunque sean de un inusual azul cielo, porque no me importa mi apariencia ni espero la llegada de ningún príncipe azul.

Es Ross. A parte de la directora de la escuela para preguntarme qué tal me encuentro cuando estamos en la fase de entrega de la novela y comienza mi hábito de bajas laborales, suele ser la única persona que me llama, el único ser humano al que considero algo parecido a un amigo.

-¿Dime?

-Necesito verte, ¿tienes un rato este mediodía, quedamos para comer?

No me apetece. Esa es la verdad, pero debo quedar con él. No suelo comer mucho, menos en restaurantes de menú, y tenía la intención de quedarme en casa todo el día para cerrar la novela definitivamente. Podría decirle que se pasara por casa, así me evitaría tener que vestirme y acicalarme, pero nunca he invitado a un hombre a mi casa y Ross, aunque sea el único ser humano que se asemeje tangencialmente a lo que las convenciones sociales llamamos amigo, no será el primero.

-Voy a dejarlo.

¿Cómo dices? exclaman mis ojos en la terraza del bar del café donde le he citado a media tarde. Ya tengo acabada la escena y solamente nos falta que Ross aplique los cambios que Vic ordenó. Por tanto, es obvio que esta novela quedará acabada a tiempo, pero no me creo que quiera perder este trabajo. Entre otras cosas, porque no tiene otro.

-He decidido lanzarme en solitario –se explica. –Una editorial pequeña va a publicarme la novela juvenil que te expliqué, la de la niña maga, por lo que ha llegado el momento de perseguir mi sueño.

Me alegro por él, pero se está equivocando. Trabajar para Vic no es incompatible con publicar novelas propias. Para mí es un complemento, mal pagado, cierto, pues el año pasado cobré 12.000€ en negro por escribir más de la mitad de una novela que generó caso 1 millón y medio de beneficios, repartidos entre la editorial y el escritor estrella del momento.

Trato de hacérselo ver, de que no debes precipitarte de un tren en marcha para saltar al vacío sin red, pero no me hace caso. El martes, entregado el último pedido, se lo dirá.

Yo también tengo escritos, algunos francamente buenos, pero nunca he osado presentarme ante un editor para que me diera su opinión. ¿Cobardía? Seguramente, pero tampoco tengo claro querer compartir mi mundo interior con el resto de la humanidad.

***

-Entre la coordinación literaria y la campaña publicitaria, estaré unos tres meses desaparecido. Bueno, desaparecido no es la palabra porque me verás en todos los medios, me refiero para ti. Has hecho un buen trabajo. Bueno, lo habéis hecho los dos pero éste –señala con desdén la silla vacía de Ross que acaba de largarse después de haberle anunciado su decisión y que el mayor vendedor de best sellers del país lo insultara con comentarios vejatorios sobre sus mínimas posibilidades de prosperar en este mundo –te deja el campo libre para que seas mi musa.

Bonita palabra. Lástima que no tenga ni un ápice de sinceridad. Esclava es como podría definirme si fuera honesto, pero no se lo voy a rebatir.

-Cuento contigo para el próximo proyecto. Eres mejor escritora que Ross, así que no me preocupa que haya abandonado el barco. Pero necesito que me confirmes que podrás sobrellevarlo tú sola.

Asiento, justo en el momento en que dos chicas en la treintena se nos acercan y preguntan a Vic si pueden darle dos besos y si les firmaría un autógrafo. El escritor de moda se levanta ufano, accediendo, mientras acabo siendo yo la que inmortalizo la escena con los Iphones de las mujeres.

La cosa dura un poco más porque una de las lectoras tontea con él descaradamente, hasta que Vic se apunta el número de móvil de la incauta que, en caso de recibir la llamada del maestro, será tratada como un trozo de carne, aunque parece ser lo que está buscando.

El momento humillante llega cuando la más comedida le pregunta por mí, ¿es tú mujer? No, responde con displicencia, es mi secretaria.

***

He acabado de corregir el texto de Ross y es francamente bueno. Muy comercial, intrincado también, aunque el éxito de los Harry Potters y Juegos de Tronos entre el público juvenil le beneficia. Me gusta la historia, me gusta mucho la atmósfera, me gusta su descripción de personajes. No creo que le cueste venderlo, pero ser la apuesta de una editorial pequeña le resta muchas posibilidades.

-Espero que te vaya muy bien –le animo después de haber comentado las cuatro tonterías que le he anotado.

***

Mierda, mierda, mierda. No suelo maldecir, pero nunca me había encontrado en esta situación. Que Vic es un ser humano de moralidad muy discutible no hay duda, pero no esperaba lo que ha hecho.

Ross está destrozado. Vic lo ha destrozado.

El muy canalla, creo que es el calificativo que mejor se adapta a su acto, ha acusado al emergente Ross Mor de plagio. ¡Inaudito! Su tono, en el mismo programa de televisión de la periodista de marras, es conciliador, comprensivo.

-Pobre chico, comprendo que es muy duro hacerse un hueco en esta jungla, pero tomar ideas prestadas de otros no es el camino. –La periodista plagiadora asiente, cuánta razón tienes, inmaculada inocencia, mientras su estrella invitada continúa con su perorata ética. –Era uno de mis correctores, tenía acceso a mis textos, así que tomó uno de mis trabajos de juventud, un esbozo imaginativo, iluso incluso pues pronto lo deseché por no tener calidad suficiente, pero este pobre hombre… -pausa dramática para que todo el mundo adjetive sus sentimientos, de apoyo hacia el gran autor mancillado, de oprobio al delincuente de marras.

Vic no puede demostrar lo que está diciendo, pero La leyenda del audaz ya ha sido retirada de las estanterías de todas las librerías.

***

Está completamente borracho. Maldito el día que le permití reunirnos en mi casa para comentar las líneas maestras de la nueva novela. No puedo permitirme que me vean en público con desconocidos después de lo de Ross, fue su primer argumento. El segundo fue más contundente. Es lo que hay. Ya sabes cómo ha acabado tu excompañero, así que si quieres seguir en el barco será según las reglas del capitán.

No sé ni me importa de dónde venía, pero ha llegado cargado, con su inseparable maletín de galeno bajo el brazo. Me ha pedido otra copa pero no bebo. Solamente tenía vino blanco de cocinar, así que me ha ordenado bajar al supermercado de la esquina a comprar una botella de Chivas Regal. 27€ la puñetera botella que se ha tragado en menos de dos horas.

A partir de ahí, todo se ha ido al garete.

***

Yo nunca quise esto. Hay gente que daría un brazo, una pierna o incluso pasaría por lo que estoy pasando con tal de lograr los 5 minutos de gloria que cantaba Andy Warhol, pero yo no. En cambio, no hay hija de vecina en este país o allende los mares que no conozca mi nombre.

Esa ha sido la estrategia de mi abogado desde el primer momento. Yo soy la víctima. Una víctima débil, como todas, sensible, lograremos empatía, atrapada, lo que me llevó a actuar desesperadamente, e indefensa, algo que mi joven letrado trata de contrarrestar.

Mis compañeras de galería me acompañan en el cuarto de la tele de la cárcel, animándome, jaleando lo listo y guapo que es mi abogado, mientras cuenta las bondades de la pobre chica que el déspota Vic Pratt vejó intelectual y físicamente. Por ello, llegado al límite al que cualquier ser humano puede soportar, no me quedó más remedio que acuchillarlo repetidamente en un acto defensivo que cualquier mujer comprende perfectamente pues su agresor no tenía freno.

***

Es cierto que Vic me agredió. Estaba tan borracho que perdió el control de la situación. Aunque traté de zafarme, me acorraló, logrando caer sobre mi pequeño cuerpo inmovilizándome. Mi pasividad le facilitó el trabajo, no osé resistirme, pero mi virginidad y su brusquedad no dejaron dudas a los forenses que el gran escritor había violado a la pobre chica.

No sé el rato que tardé en reaccionar. Minutos, horas, soy incapaz de precisarlo. Ni siquiera vi que el retaco dormía plácidamente en el suelo, panza arriba, con su asquerosa arma arrugada patéticamente.

Llamé a Ross, ¿a quién más podía llamar?

Lo que ocurrió a continuación solamente lo sé yo. Y mi único amigo, claro, pero ha dejado de serlo. Porque tomó un bolígrafo de la mesita y se lo clavó en el cuello tantas veces que tuve que agarrarlo tratando de impedírselo. Gesto que me manchó de sangre, prueba inequívoca de que luché con todas mis fuerzas para sacarme al agresor de encima.

La policía apareció a los pocos minutos de que Ross saliera corriendo de mi apartamento. Los llamó él, sin duda, antes de desaparecer sin dejar rastro.

Lo divertido del caso, si es que tiene alguna gracia, es que ahora soy una celebridad. Soy la negra que escribía los libros del gran Vic Pratt, algo que no puedo demostrar pero que mi bello y avispado abogado no para de anunciar hasta la saciedad, emulando a Goebbles y su famoso “basta repetir una mentira 1000 veces para que se convierta en una gran verdad”.

Como colofón, mi abogado llega acompañado a la visita semanal que tenemos acordada para preparar el juicio. Me presenta a una directiva de la principal editorial en lengua hispana. Haré lo que me aconseje él, pero la propuesta es irrechazable.

Pagarán mi defensa, multiplicando por diez los recursos destinados a ella si es necesario, si tengo lista la novela sobre mi relación de amor-odio con Vic Pratt antes de que comience el juicio.

Ante mis suspicacias, la ejecutiva sentencia, la realidad será la que queramos nosotros.

 

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