SRA X

Mi pequeña de las dudas infinitas” me decías, y con razón. Siempre preguntándome el porqué de las cosas, segura de que todo tiene una explicación. En cambio a ti te era igual, creías que no todas las cosas tienen una razón lógica. Yo te lo discutía, pero como siempre, terminabas convenciéndome. El más claro ejemplo lo tenía delante: no entendía cómo podía quererte tanto y tampoco cómo había podido gustarte. Así es, el amor no entiende de razones.

He empezado a escribir palabras sin saber si te las leeré. Con la necesidad amarga de decirle a un papel lo que siento. Y no sé porqué. Recuerdo que al llegar ni me miraste, fui solamente una más de centenares y, sin embargo, cuando te vi sentí un torbellino en mi interior. Recuerdo que llegaste y pusiste mi mundo patas arriba, todo aquello en que creía saber sobre el amor, lo volviste ceniza. Recuerdo que nadie, excepto tú, podía sacarme una sonrisa con tan sólo pestañear. Recuerdo, también, muchos de los regalos que me hiciste, pero ¿sabes qué? Los únicos regalos que sobreviven son los recuerdos.

Aquello nuestro era peculiar. Al parecer nos hacía bien pelearnos, justo al contrario, nos fortalecía más. Admítelo, éramos raros, raros y diferentes. Yo quería tenerlo todo bajo control, tú lo dejabas todo a la improvisación. Éramos como la noche y el día, pero ¡qué noche la de aquel día! Da igual lo que fuimos, lo importante es que una vez fuimos, los dos, juntos.

No había nada mejor en este mundo que girarme y ver que estabas observándome a escondidas. Me resultaba tan romántico aquella forma de estar mirándonos. Fue tan… ¿cómo expresarlo? En tus ojos había encontrado esa ternura que durante tanto tiempo había anhelado y, ahora, simplemente, ya no estaba. Esa ternura mágica que inundaba todo mi ser de pura felicidad, se fue poco a poco desvaneciendo a lo largo de nuestros días.

Al igual que una montaña rusa, nuestra relación empezó a bajar en picado. Yo habría subido más, pero el amor es cosa de dos, así que íbamos en el mismo vagón. Por más que me esforzara a salvar lo nuestro, las malditas leyes de la gravedad ganaron el asalto.

Dicen que tengo la voz rota, que me he vuelto adicta a la desilusión, que ya es hora que pase página. Pero, ¿cómo voy a pasar página si en las siguientes siempre aparece tu nombre? ¿Cómo? Que fácil es ordenar y no ayudar a saber cómo quemar las hojas. Ya ves… resulta que no puedo aceptar que aún te eche de menos y que este menos vaya aún a más.

Todas las mañanas me levanto preguntándome si por fin ya te has marchado de mi mente, un poco estúpido, si ya me levanto pensando en ti. Pienso en ti, en nuestros miles de momentos vivido juntos y separados. Pienso en cómo estás, en cómo te fue, en si eres feliz, en si alguna vez volviste a pensar en mí.

Cómo he dicho antes, éramos raros, pero entre nosotros nos comprendíamos. Sin decir ninguna palabra supimos que nuestra historia estaba llegando a su final y empezamos a congelar cada instante sabiendo que eran los últimos.

Últimamente hago mías todas las letras de las canciones. Están hechas para mí, como tú.

Cuando te largaste, empecé a pensar qué pasó, cómo llegamos a esto y, hoy, he llegado a dos conclusiones. La primera es que tenía la certeza de que, por tenerte cerca, te tenía. Me acomodé demasiado pronto a tu lado cuando tú todavía no te habías asentado en el tuyo. Y la segunda, es que tú no parabas de hablar mientras que yo me lo guardaba todo hasta el punto de estallar. Tú tanto rebote y yo tanto reproche, ¿Cómo podía terminar bien?

Se me nubla la mente de palabras bonitas y nocivas que intentan salir de ella pero no pueden. O no quieren. Al menos las primeras. Pero lo conseguiré, algún día te veré y te diré que te he olvidado, pero lo que no sabrás es que te habré olvidado igual como lo hice con el aniversario de mi hermana o como el encargo para Manuel, sin querer.

https://mimentedispersa.wordpress.com/

 

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