JANIS MULLIGAN

La guerra de Anubis

Estamos a punto de aterrizar en Atenas. Nadia y yo estamos de regreso a Egipto, vía Grecia. El motivo de este rodeo se debe a un nuevo correo de Maat, o Yassin, mejor dicho: “Aeropuertos controlados. No voléis hasta aquí.” Sucinto y acojonador. Así es el Oráculo.

Una llamada encriptada, más tarde, me explica que debido a la actividad insurgente de la nueva “secta”, las autoridades vigilan tanto las partidas como las llegadas de posibles sospechosos. Yassin piensa que es mejor que mi nombre o mi cara no aparezcan por ninguna parte, en previsión a nuestros planes, y estoy de acuerdo con ella. Así que he alquilado un jet para Atenas, a través de una de las empresas colombianas. Allí nos espera un barco que nos llevará hasta Alejandría, donde los fieles se ocuparán de introducirnos en el país.

En los diez días en que nos hemos ausentado de Egipto, han sucedido muchas cosas. La Garra de Anubis ha hecho su aparición pública, desvelando sus pretensiones y su fanática motivación, copando la primera página de todos los medios de comunicación. Me encanta el nombre que Yassin, o quien sea que la aconseje, ha elegido: La Garra de Anubis. Tiene gancho y es ominoso…

Se ha iniciado toda una campaña en Internet, desde servidores situados en Rusia, denunciando el sistema corrupto que gobierna Egipto y aclamando valores patrióticos e históricos que encienden la mente de los más jóvenes. La falta de vivienda en las áreas urbanas, la masificación de personas sin empleo ni hogar, la especulación de terrenos y yacimientos, y las grandes diferencias sociales son el caballo de batalla del nuevo grupo. Saben de qué adolece el pueblo egipcio, y, por lo tanto, lo que puede sublevar muchos sectores de población.

Hace tres días, las ciudades más importantes han despertado con multitud de pintadas, reclamando una acción inmediata del gobierno para paliar la corrupción y la desaparición de reliquias. En esta semana, ese ha sido el tema a discutir en los cafés y barras de zumos, o bien alrededor de una pipa de agua. Según Yassin, la gente comenta y asiente, muy de acuerdo con la temática, pero sin tomar partido aún. Ayer, sobre El Cairo, decenas de avioncitos teledirigidos dejaron caer nubes de misivas impresas sobre toda la ciudad, denunciando la nueva excavación en el Valle de las Reinas, y la implicación del museo británico en ella. Así que, en estos momentos, el país está muy dividido en sus opiniones, y dispuesto para responder ante un golpe bien dirigido.

Presentamos documentación falsa en la aduana griega y tomamos un taxi hasta El Pireo. No tardamos mucho en mezclarnos con el innumerable gentío que deambula en Mikrolimano, uno de sus puertos más pequeños y turísticos, donde los grandes yates dan paso a barcos pesqueros, y los restaurantes a tabernas especializadas en pescado fresco. Una lancha nos espera para poner rumbo a alta mar, sin apenas mediar más que una par de palabras. A seis millas, un pesquero egipcio, de nombre impronunciable, nos recoge. El patrón, un hombre de edad mediana, con un rostro casi negro y surcado de miles de arruguitas, inclina la cabeza ante mí, llevándose la mano abierta ante la boca, en señal de respeto y servidumbre. Es un gesto que he visto repetido miles de veces, cada vez que me cruzo con algún fiel.

Cinco horas más tarde, desembarcamos en el puerto occidental de Alejandría, entre cientos de pesqueros y buques mercantes. Las autoridades del puerto apenas echan una mirada al nombre del barco, acostumbrados a tantos pequeños pesqueros. Con una tela sobre la cabeza y una caja de pescado en las manos, Nadia y yo ponemos el pie en tierra, y, poco después, nos escabullimos entre los numerosos clientes de la cercana lonja.

Tan solo llevamos equipaje de mano – ya compraremos lo necesario en El Cairo – y tomamos un té dulce de jengibre en la taberna que nos ha indicado el patrón del barco de pesca. Allí contacta con nosotros un nuevo individuo sonriente. Se llama Hamud y le faltan cuatro piezas dentales delanteras y superiores que ponen al descubierto su gran encía rosada.

Apenas habla unas cuantas palabras de inglés y nos indica que le sigamos hasta un polvoriento Land Cruisier lleno de abolladuras pero con neumáticos nuevos, aparcado en una cercana plaza. En su interior, hay una chiquilla de no más de trece años que se nos presenta como Nud. Es su hija y habla correctamente un inglés casi cockney, o sea con acento del East End londinense. Al menos eso es lo que me dice Nadia, lo que me deja algo confuso. ¿Cómo reconoce ella un acento peculiarmente londinense?

Nos subimos al coche y Hamud toma la dirección hacia El-Agamy, donde enfilará la carretera del desierto hasta El Cairo. A través de su hija, nos comenta que es lo más acertado debido a los controles que la policía ha montado en la carretera más frecuentada, que conduce a la ciudad interior de Tanta.

La carretera pronto adopta el aspecto que tendrá en todo su recorrido, millas y millas de llanura desértica a ambos márgenes, salpicadas de escuálidas plantas y cactus de diferentes formas. Es monótono y aburrido. Encima, Hamud lleva sintonizada una emisora árabe, con música tradicional. El sonido de la pandereta y de los címbalos amenaza con perforarme el cerebro. Al menos, el climatizador del coche funciona bien.

Nud viaja delante, con su padre, y se gira, de vez en cuando, dándonos algunas explicaciones sobre lo que nos encontramos, que es más bien poco. En un par de ocasiones, divisamos la larga reata de una caravana de camellos, que me transporta a otra época. Finalmente, entre la machacona música y el vaivén del vehículo, Nadia se adormece, la cabeza contra mi hombro. Yo también cierro los ojos, perdiéndome entre mis pensamientos.

Rememoro los pequeños rostros de mis hijos, de Víctor y Danielle, las insistentes atenciones de sus madres, el almuerzo de lujo cuando todos regresaron a casa… Dejo escapar una sonrisita al recordar la noche de locura que pasamos Katrina y yo junto a Krimea e Iris, y la aparente amistad que ha nacido entre mi esposa y la Dominatrix, al ver cómo se comían la una a la otra. Si tengo razón e Iris está empezando a sentir algo por mí, esa amistad puede acabar bastante mal. Ya veremos, me digo.

Pienso en la reunión que mantuve con Basil y el jefe Sadoni antes de partir. Les dejé bien claro que no estaba seguro de cómo iba a acabar todo este asunto, pero que si tenía éxito, nuestros antagonistas se iban a enfadar muchísimo, por lo que convendría tener la mansión en máxima alerta, por lo que pudiese pasar. Basil me aseguró que se ocuparía él mismo del asunto y que no me preocupase de nada. El jefe Sadoni insistió en la necesidad de disponer de un retén de soldados para este tipo de emergencias. Nuestros efectivos están repartidos en Córcega y Cerdeña y deseaba iniciar una nueva partida de reclutas. Tuve que darle la razón y permitir que abriera un nuevo curso de entrenamiento.

Hamud conduce toda la noche y cuando le pido que se cambie conmigo, se niega en redondo. Su misión es conducirme hasta el Oráculo y eso hará. Nud comenta que ella está ahí para que no se duerma al volante. Con las primeras luces del alba, cruzamos las desiertas avenidas de la ciudad del 6 de Octubre, una nueva ampliación de El Cairo, al otro margen del Nilo, que aún no está demasiado habitada.

Soy recibido como un icono religioso por los fieles que cuidan del templo, a los que ya conozco bien. Las mujeres besan mis manos, los hombres me palmean los hombros, y los niños se sientan en mi regazo a la menor ocasión. Yassin nos está esperando, con una dulce sonrisa en los labios, sentada a la mesa surtida para el desayuno. Nos da la bienvenida pero no hace ni un solo gesto por tocarnos. Nos sentamos a comer y, solo entonces, me pregunta por los recién nacidos.

Incluso para mí queda evidente el tremendo orgullo que siento por mis hijos. Se me cae la baba hablando de ellos y Yassin sonríe, comprensiva. Nadia es la primera en traerme a la realidad, preguntando al Oráculo cómo están las cosas.

―           Te hice caso, Sergio, y he creado La Garra de Anubis en base a cuanto me has contado sobre ETA – empieza ella, troceando una tortita de harina y sémola con los dedos. – Nada de críticas religiosas, ni políticas, tan sólo la pretensión de recuperar nuestro pasado, nuestras reliquias, y nuestro suelo.

Asiento, dándole mi aprobación. Creo que lo mejor es no involucrar tendencias extremistas por el momento, y desarrollar un nuevo sentimiento patrio, de puro orgullo.

―           La web se ha situado en Rusia, a salvo de asaltos informáticos, y mantendrá ocupados a los técnicos e investigadores, pues no es más que un señuelo que emite propaganda, cada cierta hora. Por otra parte, casi hemos completado los seguimientos de los objetivos. Tenemos muchos voluntarios para mártires, Sergio…

No sé si es orgullo o pena lo que noto en su voz, pero el hecho es que me mira intensamente.

―           No he aceptado esta antigua religión de forma absoluta, pero me parece que no predica ningún martirio entre sus seguidores – le contesto, tomando un sorbo de negro café.

―           Las costumbres son difíciles de erradicar, Elegido, pero, al menos, los fieles son conscientes de que no es un sobrevalorado imán amargado quien les pide un acto de ese tipo, sino que se ofrecen ellos por el orgullo de su pueblo, por el bien común.

―           Mejor, pero intentaremos que suceda el mínimo daño, ¿vale?

Nadia ha participado en todo el planteamiento de la idea, aportando consejos y diferentes puntos de vista, pero ahora está muy callada, pues sabe que ya no debe opinar. Todo el asunto está ya fuera de su control.

―           He visto que lo de los aviones teledirigidos ha salido bien – la felicito.

―           Sí. Al principio creí que no tendrían potencia para levantar las bolsas de misivas – sonríe Yassin –, pero el joven Ashmed solucionó el asunto colocando dos aviones en tándem. ¡El cielo se cubrió de papeles!

―           ¿Qué se ha conseguido?

―           Hay una manifestación multitudinaria programada para dentro de tres días en la plaza Tahrir, – la noto realmente entusiasmada – y se comenta que todo el mundo participará.

―           Bien. Es una buena noticia, quizás podamos utilizarla de alguna manera. Tenemos que repasar los objetivos de nuevo y hacer cambios de última hora.

―           Sí, tenemos que bajar a mi alcoba, pero no a hacer planes – dice Yassin, con una curiosa expresión.

―           ¿Ah, no?

―           No. Tengo que daros de nuevo la “bendición”… ahora.

―           Yo me quedaré aquí – musita Nadia.

―           Nada de eso. Tú también vienes y ésta vez no te vas a limitar a mirar – expone Yassin con firmeza, levantándose.

―           Pero yo no…

―           A callar, Nadita, y tira para abajo – la interrumpo, aferrándola de un brazo,

―           Pero, patrón… esto es traicionar a Denisse – gime ella, siguiendo mis pasos.

―           No, querida, no pienses en que va a ser una cita sexual, sino un servicio a tu patrón. No puedes mantenerte al margen de las bendiciones si quieres protegerle – dijo Yassin, girando la cabeza al descender las escaleras, delante de nosotros.

―           Tiene razón, Nadia – le soplo al oído, muy serio, pero Ras bate palmas en mi interior.

La agradable penumbra de los aposentos de Yassin nos acoge al descender al subterráneo. La frescura que reina allí atempera nuestra piel. Me dejo caer en una de las butacas, con un suspiro. Nadia se queda a mi lado, sin saber muy bien qué hacer.

―           Empecemos contigo, Nadia – musita el Oráculo, dejando caer al suelo su amplia chilaba repujada y demostrando que no lleva nada más debajo.

―           ¿Conmigo? – barbota la latina, mirando el opulento cuerpo de la semita.

―           Sí, querida… ¿No tendrás miedo de mí?

―           No, por supuesto – menea la cabeza.

―           Pues entonces, deja que te quite toda esta ropa – la voz de Yassin se vuelve más enervante, a medida que se acerca a Nadia.

Comprendo el dilema de mi killer. Denisse y ella se han declarado su amor y han prometido no acostarse con otras mujeres, pero debe romper su promesa por lealtad hacia mí. Me pongo en pie y me muevo hacia ellas.

―           Ya hablaremos con Denisse – susurro a su espalda, abrazándola por sorpresa. – Se lo contaremos todo y ya verás como lo comprende – murmuro, deslizando mis labios por su nuca descubierta por la cola de caballo que recoge su cabellera.

―           ¿De verdad? ¿Me ayudaras? – en este momento queda muy poco de la dura mujer pistolera. Más bien parece una niña asustada, deseosa de que la abracen y la cuiden.

―           Palabra de patrón…

Yassin acaba de desabotonarle la camisa, dejando al descubierto el cómodo sujetador deportivo que utiliza. Con dedos expertos y sin ninguna prisa, la semita la desnuda, susurrando hermosas lisonjas a cada capa de ropa que deja caer. Mis manos se apoderan de los apretados glúteos de Nadia, estrujándolos suavemente, arrancando un gemido de su boca, un gemido que es rápidamente sofocado por los labios de Yassin, al unir sus labios a los de la latina.

Me aparto de ellas, dejándolas abrazadas y ocupadas en compartir sus lenguas. Está bellísimas, en pie y desnudas, ambas aún calzadas; dos bellezas morenas de etnias tan distintas. Yassin da un par de pasos atrás, atrayendo a la colombiana hasta la cama, sin dejar de besarla, hasta que las dos caen sobre ella.

Sin dejar de mirarlas, me despojo de mi ropa, lentamente. En ese momento, me doy cuenta que puedo percibir la energía que se concentra en el cuerpo del Oráculo. No estoy seguro si es debido a los desarrollados sentidos de Ras o es un cambio de mi cuerpo, pero el caso es que la piel de Yassin reluce, como recorrida por ondas lumínicas. ¿Es parte de la bendición? Intuyo que sí, ya que parece irradiar la carne desnuda de Nadia, empapándola.

¿Así que la bendición es una respuesta física, que se puede cuantificar si dispusiéramos de los instrumentos necesarios? Pero, ¿para qué sirve esa energía? ¿Qué músculos potencia? Es algo que aún se me escapa. Las dos hembras se atarean en acariciar sus cuerpos y besarse continuamente, realizando todo tipo de ardientes juegos bucales. Creo que es el momento de que me una a ellas…

Me arrodillo en la cama, colocando mi miembro morcillón a la altura de sus rostros. Empuñándolo con una mano, golpeo suavemente sus mejillas, obligándolas a dejar de besarse para atender mi insistente pene. Yassin se ríe y atrapa la cola de caballo de Nadia con una mano.

―           Vamos, querida, liba de esta magnífica fuente celestial – musita, empujando el rostro de la colombiana contra mi pene.

Nadia no se hace de rogar. No sé cómo reaccionará con otro hombre, pero conmigo se presta a todo, hasta el momento. Su lengua atrapa mi glande, dejando que sus labios lo envuelvan sedosamente. Sus pequeños dientes rozan la delicada piel con todo cuidado. Yassin, siempre manteniendo a Nadia abrazada, utiliza una mano para introducir un pedazo más de polla dentro de la boca de su compañera. Otra mano, la de Nadia, sujeta mis testículos suavemente. Pronto, las bocas de las dos disputan más terreno de mi polla, a medida que crece y se endurece, llenándola de babas y besos.

Buscando el calor de sus cuerpos, me dejo caer sobre la cama, casi aplastándolas. Ellas se ríen y ruedan, dejándome espacio hasta que quedo tumbado de espaldas, expuesto a sus deseos. Yassin es la primera en subirse sobre mí, cabalgando mi cintura. Mi pene se desliza en el interior de su vagina con una facilidad que me abruma. Es como si se adaptara totalmente a mis medidas, como si toda su vida se hubiera estado preparando para ello. Nadia se envalentona y se arrodilla sobre mi boca, encarando a Yassin. Su coñito de niña, de monte hinchado y labios cerrados, queda a mi disposición, exhalando gloriosos jugos en mi garganta.

He perdido la posibilidad de verlas interactuar entre ellas, mientras me cabalgan, pero siento sus manos apoyadas en mí, la calidez de sus entrepiernas, la suavidad de sus muslos aferrándose a mi cuerpo, y compongo un cuadro mental totalmente realista.

Yassin sube y baja sobre mi polla, agitando lentamente sus nalgas y caderas. Una retahíla de suaves palabras en árabe escapa de su boca, entre jadeos y gemidos entrecortados. A saber lo que está diciendo. Nadia no dice nada, pero no está callada. A cada pasada de mi lengua, da una riñonada que pasea su raja sobre mi rostro, al mismo tiempo que emite un quejido, y vuelta a empezar.

Decido cambiar de postura cuando me aseguro de que ambas se han corrido largamente. Las hago colocarse a cuatro patas, las cabezas rozando el cabezal de barrotes de la cama, sus híper mojados coños expuestos a mi balanceante polla. Mientras tallo sus espléndidas nalgas con unos cuantos manotazos, ella se comen la boca con ansias devoradoras, ladeando sus cuellos para no mover los cuerpos.

―           ¿El coño o el culito? – les pregunto suavemente.

―           Por donde te apetezca, Elegido – contesta Yassin.

―           Lo… mismo digo, patrón…

Enfilo el coñito de Nadia, más que deseoso de tragarse mi cipote. Con un par de envites, cuelo medio miembro en el interior de la latina, colmándola totalmente. Los dedos de mi mano izquierda se abren paso entre las nalgas de Yassin, dilatando su ano. Entierra la cabeza en la almohada, ahogando sus gemidos, pero su culo se estremece largamente.

―           Ooooh… virgencita de la sierra… cada día es más gorda – bufa Nadia.

Yassin no dice nada pero alarga una mano, tomando la de su compañera, en un acto de apoyo total. Le he metido un segundo dedo en el recto y muerde la almohada. Con un tirón, me salgo de Nadia y apunto mi polla bien mojada hacia el coño de la semita. No tengo miramientos con ella; sé que se lo traga todo. Me mojo los dedos de la otra mano para clavarlos en el culito de la latina. Tengo que recordar no usar los otros dedos para preservarlas de infecciones…

Nadia grita cuando mi índice entra como un proyectil, dilatando su esfínter. Ella misma lleva una mano a su clítoris, pellizcando y frotando, mientras que yo me esfuerzo contra la grupa de Yassin. Otra vez alterno de chica, haciéndolas berrear más alto. Otro cambio, más gemidos. Otro… aaahhh…

Me corro sobre sus nalgas, repartiendo semen como un campeón. Ellas se dejan caer de bruces, cansadas y sudorosas de soportar mis envites. Se sonríen, la una a la otra, y se cogen de nuevo de la mano mientras yo froto mi glande chorreante sobre sus espaldas.

* * * * * * *

Una mañana, días después, nos levantamos antes del alba. Yassin me viste con una liviana y fresca túnica de algodón, y la sigo, descalzo, al templo. Es la madrugada del día designado.

―           Nadia, querida, quédate de guardia y no dejes que nadie entre en el templo, bajo ningún motivo – Nadia, quien nos ha seguido como siempre, me mira tras recibir la instrucción del Oráculo, y yo asiento, conforme.

Se aleja hasta situarse bajo la arcada del túnel de acceso, oculta entre las sombras, pero sin perdernos de vista. Yassin toma mi mano y me conduce delante de las grandes estatuas de la enéada, las nueve deidades más antiguas del panteón. Allí, toma mis manos y se encara conmigo, sonriéndome.

―           En este momento, Auf-Ra surge del duat a bordo de Mesketet, su barca nocturna, tras derrotar de nuevo al gran Mal Apep – declama el Oráculo. – Seth saluda los rayos solares alzando su lanza, un pie apoyado sobre la borda, vencedor de su eterno enfrentamiento, y se une a nuestra tarea. Inclina la frente ante la llegada del Señor de las tormentas, Elegido.

La obedezco y, por un momento, es como si algunos rayos del amanecer se colaran por algún invisible resquicio para proyectar ciertas sombras contra el fondo del templo. Una silueta oscura se agiganta sobre la pared de piedra. Unas extrañas orejas, en forma de abanico cerrado, crecen sobre la parte superior de la sombra; un hocico bestial, puntiagudo y curvo, nace de la oscuridad, con cierto parecido al de un cerdo hormiguero, y unos anchos hombros fornidos acaban deformando la silueta hasta fundirla con las demás sombras. ¿Alucinación o realidad? No me queda más remedio que parpadear y aguardar.

―           Seth, Amo de la fuerza bruta, de la violencia, de la guerra, y del caos. Señor de lo que No es Bueno y de las tinieblas, de la sequía y del desierto. El que crea los oasis y el que mantiene a raya a Apophis, protegiéndonos – canturrea Yassin, sin dejar de mirarme. – Ayúdanos en nuestra empresa, insufla en nosotros tu divina fuerza y espíritu… imbúyenos de tu rabia sacra para que podamos elevar de nuevo el reino del Nilo…

Súbitamente, el dolor estalla a la altura de mis riñones, traspasándome. Yassin también sufre una ruda contracción y sus ojos se desorbitan por el dolor. Es como si algo muy afilado y puntiagudo nos hubiera traspasado a ambos, manteniéndonos unidos por el daño y el sufrimiento. Una fuerza invisible nos alza, dejándonos apoyados sobre los dedos de nuestros pies. Siento como mis tripas amenazan con seguir el impulso del tirón y abandonarme. El dolor no me deja ni siquiera pronunciar palabra.

Noto los ojos de Nadia sobre nosotros, aunque no la puedo distinguir en la oscuridad. Presiento que se debate entre el impulso de ayudarnos y lo que debe estar sintiendo ella misma a causa de su propia bendición. La presión se afirma sobre mi cuerpo, repartiéndose más uniformemente y haciendo que el dolor mengue considerablemente. Frente a mí, Yassin suspira, aliviada, y sus ojos giran en el interior de sus órbitas, mostrándome el blanco desvaído. El Oráculo ya no está en casa, me digo, pero no tardo en imitarla, alcanzando por imágenes impactantes.

De repente, me encuentro planeando sobre El Cairo. Debería percibir la cálida brisa sobre mi piel y oler la sequedad del desierto, pero nada de eso me asalta. Aún desde mi inusual posición, puedo reconocer la esbelta estructura de la Torre del Cairo, la mole aislada de la Ciudadela de Saladino, o el edificio rosa del Museo Egipcio. No hay duda que es la ciudad, pero el que la sobrevuela… ¿soy yo? Trato de mirarme la mano y agitar los dedos, pero ningún estímulo responde a mi orden mental. Por lo que puedo percibir a mi alrededor… no hay manos, ni dedos. No hay nada, tan solo aire.

¿Acaso me he convertido en un espíritu? ¿En un ente invisible? Trato de respirar y calmarme y caigo en la cuenta que no dispongo de pecho, ni de pulmones para hacerlo. De improviso, me siento arropado por una ardiente sensación de amparo, de protección. No tengo cuerpo para experimentar nada físico, pero parece que mi alma o esencia sí puede.

“¿Estás ahí, viejo?”

―           Aquí estoy, Sergio. No te preocupes… vemos con los ojos de Seth.

“¿Cómo lo sabes?”

―           Lo sé, chico, eso es todo. Creo que vamos a poder observar cuanto ocurre en este día, de una forma un tanto omnisciente – me da la sensación que se divierte.

“¡Qué sea su Voluntad!”, y es algo que surge de mi mente sin ser consciente de ello.

Bajo en picado en un segundo, sin disponer de control alguno. Reconozco la plaza Tahrir, pues la he visto muchas veces en las noticias este año. Se está congregando una multitud en ella. Desde sus diferentes accesos, una riada intermitente de hormigas engrosan el colectivo. Bajo aún más y apercibo que la frente de muchas de aquellas personas brilla, iluminada con un jeroglífico astral que representa a una bestia sentada con cola erguida y bifurcada.

―           La marca de Seth. Es el resultado de las bendiciones que Yassin ha repartido entre su gente.

“¿Yassin ha follado con toda esa gente?”, me asombro.

―           Con aún más, chico, muchos más. El Oráculo reparte las bendiciones de los dioses a través de su cuerpo. ¿Dónde te crees que ha estado todos esos días que se ha ausentado?

“¡Vaya panzada de follar, madre mía! ¿Tengo que preocuparme por las enfermedades venéreas?”

―           Creo que está por encima de esas cosas, Sergio. Ella es el nexo con los antiguos dioses…

Mejor. Empezaba a preocuparme. El número de los participantes no deja de aumentar, convirtiéndose en un ente comunal aún adormecido. Nuevos furgones policiales llegan para reforzar las fuerzas de la autoridad que ya se encuentran allí. Me asombra lo silenciosa que aquella masa de gente se mantiene y me hace temer una súbita explosión en cualquier momento.

Como una mosca arrastrada por un Jumbo, mi perspectiva cambia, volviendo a elevarme a toda velocidad. Menos mal que no tengo estómago, sino hubiera puesto perdido a más de uno, allá abajo. No sé cómo, pero sé dónde nos dirigimos… Midan Ataba, el centro de la ciudad…

“Mezuh deja caer el paño dentro del cubo de agua y se pone en pie. Sus castigadas rodillas por tantos años de fregar de hinojos se resienten y crujen. Sin embargo, la fuera de Seth recorre sus venas y tendones, excitándola fuertemente. Cierra el puño y sonríe. Es la hora y sabe lo que tiene que hacer. No defraudará a los dioses.

La madura y regordeta mujer baja las escaleras de la lujosa casa, en dirección al despacho de la planta baja, donde Ebi Failuk suele permanecer toda la mañana. Ella lo sabe muy bien, pues lleva trabajando en esa casa desde hace veinte años. El anticuario no abandona nunca su despacho antes del mediodía, momento en que realiza ciertas visitas al banco, a su abogado, u otros asuntos.

Menab, el perro israelita, se mantiene en su sitio, sentado en un cómodo sillón y con el periódico entre las manos, ante la puerta del despacho. Es un ex agente del Mossad y, por lo tanto, peligroso. Lleva al servicio del anticuario cinco años, desde el último atentado que el viejo sufrió. Mezuh se acerca sonriente al maduro tipo de rostro chupado y ojos muertos, portando varias toallas en sus manos. Menab le devuelve una pequeña sonrisa y sigue leyendo su periódico.

Al pasar por delante de él, la mano de la mujer se cuela entre las toallas, abriendo la navaja de afeitar que esconde allí. Sus pies giran en un elegante paso de baile, inspirado por la alegórica melodía que resuena en sus venas, y sus caderas ganan impulso con ello. En su mano, la abierta navaja siega completamente un lateral del cuello del hombre, desde la nuca a la garganta, en un tajo profundo y letal.

Mezuh se queda mirando su obra, contemplando como el hombre se ahoga en su propia sangre, incapaz de pronunciar más que gorgoteos y gemidos, tirado en el suelo. Entonces, más tranquila, se acerca hasta la puerta principal y la abre. Cuatro pares de ojos la están esperando, cumplido su objetivo. Los dos más jóvenes observan el cuerpo degollado, pero los dos mayores ni siquiera echan una miradita. Ellos se han ocupado de los vigilantes de fuera: Hamed, el chofer, y el brutal Ibrahim.

Mezuh conoce de vista a uno de los recién llegados, pero nunca ha cambiado una palabra con ninguno, pero son hermanos de plegaria todos ellos. Yamed, a quien ha visto por la calle, reparte prensa y hace recados. Tiene trece años y es un redomado pillo del zoco de Khan el Khalili. La fina y puntiaguda navaja entre sus dedos aún rezuma sangre. Adur el Sabal tiene una tienda de especias en la colina Surbur. Es un hombre de casi sesenta años, tranquilo y sabio. Su esposa, Kadema, tiene la mitad de años y es diminuta y grácil, siempre con una sonrisa bajo su velo. Haref es el hijo mayor de ambos, de quince años. Es muy bueno jugando al fútbol y quiere estudiar en Alejandría, dentro de un par de años. Los tres miembros de la familia preparan sus armas, a la puerta del despacho.

Mezuh abre la puerta, dejándoles pasar. En el interior, Ebi Failuk levanta los ojos de los documentos que está leyendo y enarca una ceja blanquecina, pero no dice una palabra al observar la chata pistola que empuña el hombre. Los observa a todos, asombrado. Su sirvienta sujeta una navaja de afeitar manchada de oscuro icor. La otra mujer enarbola un escalofriante cuchillo cebollero, y uno de los chicos un mazo de hierro. El anticuario se dice a sí mismo que cuando han conseguido llegar hasta allí, sus hombres deben haberle fallado, de algún modo.

―           ¿Qué queréis? – musita.

―           Tus manos, patrón – pronuncia con voz ronca Mezuh.

―           ¿Cómo? – los ojos del maduro anticuario están a punto de salirse de las órbitas.

―           Tienes que pagar tus crímenes de ladrón, Ebi – masculla el tendero, apuntándole con su arma al vientre.

―           P-pero… ¿De qué narices estáis hablando?

―           Suficiente. Cogedlo – agita una mano la sirvienta.

Los chicos son los primeros en moverse y el anticuario, poniéndose en pie de un impulso, lanza a Yamed hacia atrás de un golpe, pero Haref mueve su mazo con pericia, alcanzando al histérico hombre en una rodilla. Entre alaridos, Ebi Failuk cae al suelo, aferrándose la dolorida pierna. Todo su dinero, sus contactos, y su poder no le sirven de nada en ese momento. En segundos, es atado a su sillón giratorio, manos y pies sujetos por largas cinchas de duro plástico. Mezuh se encarga de amordazarlo. El hombre intenta gritar y se agita, sus ojos girando enloquecidos. Sólo puede contemplar como la menuda mujer se afana en calentar un cuadrado de metal con un soldador de fontanero que ha sacado de un saco. El hombre, a su vez, extrae un viejo alfanje del mismo lugar, pesado y muy afilado, dado como brilla el filo. El rostro del anticuario pierde todo el color y parece estar a punto de morir de miedo.

Pero, por desgracia, no lo hace.

Los dos chicos se encargan de retirar el sillón del escritorio y sujetarlo desde atrás para que no se mueva. Adur el Sabal se coloca a un lado, sujetando el pesado alfanje con las dos manos. Al otro lado, su esposa toma lugar, sujetando el recalentado metal con unas largas pinzas. Mezuh se enfrenta directamente al que ha sido su patrón durante tantos años.

―           Los antiguos dioses te han condenado por latrocinio y expoliador de tumbas, Ebi Failuk – expone la mujer, con una voz chirriante. – Has defraudado tu tierra y a tu pueblo y, por ello, perderás tus manos.

Sin más transición, el tendero alza la gran espada de filo curvo y la deja caer sobre la muñeca izquierda con inusitada fuerza. El jeroglífico de su frente destella, al usar la fuerza de Seth para el golpe. Un largo grito sofocado surge de la garganta del anticuario cuando su mano cae al suelo, aún agitándose, entre chorros de sangre. Inmediatamente, Kadema, la esposa, aplica el hierro al rojo sobre el muñón. Con un horripilante siseo y un acre hedor a carne quemada, cauteriza la tremenda herida, cortando el flujo de sangre.

Ebi Failuk se ha desmayado por el dolor y la impresión, pero eso no impide que Adur cumpla con su deber, cortando la otra mano. La pequeña mujer vuelve a aplicar el hierro ardiente sobre la carne.

―           ¡Quitadle las ligaduras y recoged las manos! ¡Se la echaremos a los cocodrilos! – exclama el tendero.

―           Sí – responde su hijo. – No tiene derecho a disponer de ellas para la otra vida.

―           Yamed, detrás de la escalera se encuentra el cuarto de grabación. Que no quede evidencia de nuestro paso por aquí, más que las pintadas de La Garra – le indica Mezuh al más joven, y éste se aleja, riendo.

En unos minutos, la casa queda en silencio, con tres cadáveres y un anticuario sin manos que se queja en su inconsciencia.”

Lo que ha pasado frente a mis ojos me deja boquiabierto, a pesar de que parte de la idea fue mía. Pero no esperaba que todo sucediese con esa sangre fría y eficacia. Si todos los fieles están tan concienciados de su papel como estos, todo saldrá a pedir de boca.

Sin darme tiempo a reponerme, mi consciencia salta a otro escenario y a otra ciudad. La residencia de Idani Ib Hassan, en Luxor. Es un contrabandista de arte bastante poderoso. No es ni siquiera egipcio, sino libanés. El coche que lleva a su segunda esposa y sus hijos hasta el colegio, es detenido por un grupo de mujeres con burkas, que parecen haber sufrido un accidente.

Mientras tanto, un grupo de obreros se ha descolgado desde la azotea del edificio donde se encuentra el bufete de Hassan y ha sorprendido al secretario de éste, a quien no le queda más remedio que ayudarles a atrapar a su jefe cuando llegue. Tomados por sorpresa, tanto Hassan como los hombres de su séquito, son reducidos. La sentencia se lleva a cabo sobre el gran escritorio de su despacho, con rapidez y eficacia.

En este caso, las mujeres que han detenido el coche se han llevado con ellas el primogénito de Hassan. Ese es otro detalle que los dioses requieren para su justicia. En el caso de que los condenados tengan familia, perderán al familiar menor más cercano, hijo, sobrino o nieto, el macho que dará continuidad a la estirpe. Los dioses se encargarán de condicionar la memoria y mente de estos jóvenes y el culto se ocupará de criarles con todo cariño, como uno más de ellos. De esta forma, constituirán una garantía y una forma de presión.

Un nuevo escenario. De vuelta a la plaza Tahrir. La masa ingente se ha puesto en movimiento, enarbolando pancartas y aullando peticiones. Es como una estampida puesta en marcha por astutos cuatreros, discernibles para mí por las marcas luminosas de sus frentes. La policía trata de contenerles en el interior de la plaza, pero resulta desbordada. Tienen que pedir refuerzos para acotar avenidas y calles, tratando de controlar el caos, lo que deja aún más desatendidos nuestros silenciosos asaltos.

Mohamed Telussian en Asuán, promotor artístico y culpable de la venta del sarcófago de Setis II.

Affiar Zouti, en Alejandría, importador-exportador, culpable de contrabando de piedras preciosas de las minas de Zabagard.

Zamia Fleurtein, El Cairo, actriz egipcia de madre europea, culpable de vender varias estelas y un monolito.

Deodsio Nourisso, Alejandría, armador griego, culpable de expoliar las ruinas subacuáticas de Faros.

Thierry Baass-Udra, Luxor, director del conjunto histórico del Templo de Karnak, culpable de contrabando y expoliación.

Y, así, muchos más… la lista es larga.

Mientras el día avanza, la manifestación de El Cairo se refuerza con más miembros y más incentivo de los dioses. La multitud avanza hacia el barrio de Zamalek, en el norte de la isla principal. Se suceden encontronazos violentos entre provocadores y policías a lo largo de la ruta, y, de alguna manera, el grueso de la marcha queda protegido. Las autoridades están desbordadas por el suceso, tomadas por sorpresa. Nadie pensó que tanta gente se echaría a la calle, ni siquiera nosotros, pues la mayoría de la gente no pertenece al culto, sino que ha sido atraída por uno u otro motivo. ¿Los dioses tendrán algo que ver?

Me dejo llevar por los sucesos, saltando de un lado a otro, como un burdo muñeco de guiñol, empapándome de cuanto sucede, casi de inmediato. Contemplo, sin poder hacer nada, como algunos fieles fallan en diversos objetivos, cayendo ante los disparos de guardaespaldas o autoridades. No son soldados, sino personas corrientes, a pesar de los beneficios de la bendición. Por otra parte, es natural que la ley de Murphy actúe sobre algunos de esos planes tan estudiados; es algo contra lo que nadie puede luchar, ni siquiera Seth. Pero la inmensa ola levantada y dirigida continúa con su masivo impulso sin restringir. Ya es demasiado tarde para detenerla.

Cuando llega el anochecer y la influencia de Seth se disipa, todo Egipto es consciente de que se ha librado una guerra. En El Cairo, en Luxor, Asuán, Alejandría, y en otras ciudades más pequeñas, repartidas a lo largo del territorio nacional, se han llevado a cabo mutilaciones y secuestros en un número escalofriante: más de un centenar.

En cada una de esas actuaciones, se exhiben pintadas de una garra encerrada en un ojo; el signo de La Garra de Anubis. Los medios se hacen inmediatamente eco de la virulencia de los hechos, especulando sobre lo que pueden significar estos violentos ataques. La mayoría de víctimas pertenecen a  estratos sociales bien conocidos, personajes con influencia y marcada vida social. Algunas de ellas han muerto a consecuencia del duro shock sufrido por la amputación y el dolor, y, por otro lado, muchos escoltas han perdido la vida, atrapados en sus puestos.

Por lo que ha quedado claro, para la policía, es que, a partir de la identidad de los asaltantes abatidos, parece tratarse de una especie de razzia popular, de una obsesiva venganza detonada por una especie de histeria colectiva. Algo así como un linchamiento masivo. Por el momento, nadie se pone de acuerdo con los motivos que ha llevado a la gente a escuchar los disparates de ese nuevo grupo revolucionario que ha aparecido. Es casi mejor de cómo lo pensé…

Los cultistas de los antiguos dioses, hombres, mujeres, ancianos y niños, han llevado a cabo el plan meticulosamente, y aún así hemos perdido a diecisiete fieles y cuatro han sido capturados, heridos. Yassin está absolutamente segura que ninguno de ellos hablará y que asumirán su destino con dignidad, esperando la ayuda de las divinidades. Realmente, están motivados, ¿Quién lo niega? Bueno, la verdad es que yo también lo estoy, después de lo que he experimentado. Es lo que tiene que unos dioses te den muestras de su existencia y benevolencia… mueres por ellos sin dudarlo.

La policía intenta encontrar los responsables, pero es una tarea muy ardua, y tiene que recurrir a la ayuda del ejército. Han tenido que llegar a la conclusión de que no se ha tratado de ningún linchamiento, sino que han sido unas acciones muy meticulosas y demasiado coordinadas. Los investigadores ya deben suponer que están buscando un grupo muy numeroso y con muchos recursos, así que deben de ser conscientes de necesitar apoyo.

¿Cómo van a buscar sospechosos entre los diecisiete millones de habitantes de El Cairo? ¿De qué forman pueden diferenciar entre las personas normales y corrientes, más bien de clase baja, de este país? Y todo eso, sin contar con la voluntad del panteón, sin contar con una pizca de ayuda divina. ¿Acaso ya no recuerdan que el Dios de Israel envió sus ángeles a matar los primogénitos de Egipto? ¿No es eso lo que hemos hecho hoy, de manera tan eficaz como si bajaran unos susodichos tipos alados del cielo para llevarlo a cabo?

Según las emisoras de televisión, los mutilados claman justicia desde sus lechos hospitalarios, y rezan por la vida de sus hijos perdidos, pero, sin duda, sus colegas criminales ya han movilizado todos sus contactos, intentando averiguar algo que les permita comprender… No creo que se traguen el cuento de La Garra, aunque, ¿Quién sabe?

El ejército vigila por todas partes. Se ha proclamado un toque de queda en las grandes ciudades. La gente está asustada durante las primeras horas, pero a medida que las pruebas y rumores que hemos ido obteniendo empiezan a llegar a las distintas editoriales, comienzan los escándalos. Y eso que los diversos informativos no utilizan toda la información que les llega, tan sólo la que pueden contrastar, pero es suficiente para que el público se escandalice y exija.

Cada mutilado dispone de una ficha, de los informes de ciertos seguimientos, de rumores y sospechas, y todo ha sido bien documentado. Así que hemos enviado cuanto tenemos como pruebas de la implicación de cada uno en diversos robos, estafas, y crímenes.

Al día siguiente – creo que nadie ha dormido en el país, por una causa u otra – y a la vista de cuanto se ha filtrado, aparecen las primeras reacciones sociopolíticas. La aparente honradez de las víctimas empieza a cuestionarse y las palabras y advertencias de La Garra de Anubis alcanzan un nuevo nivel en importancia.

Es el momento de lanzar la segunda oleada, mientras todo el mundo está confuso y las autoridades vigilan y protegen a peces gordos que no nos importan lo más mínimo. El segundo gremio elegido es otro de los cánceres del país: los funcionarios públicos.

El ejército vigila barrios pudientes, conjuntos residenciales de alto nivel, y mansiones lujosas donde moran los ilustres objetivos que la policía y los políticos locales les han señalado, o sea, más individuos corruptores y criminales. Pero lo que los cultistas buscan en la oscuridad de la noche es gente más sencilla, aunque no por eso menos culpable. Es la noche para secuestrar a jueces, burócratas, ediles, funcionarios fiscales, y otros crápulas que se han hecho ricos con las habituales dadivas a cambio de su vista gorda.

De la misma forma que dos días antes, los fieles siguen el plan al milímetro. La información personal conseguida revela ubicación y todo tipo de datos sobre los objetivos. Cuantos duermen en la casa, el sistema de alarma instalado, si dispone de armas, si tiene insomnio, si se medica… Los tentáculos del culto llega a todos los niveles, con ayuda de las personas más dispares: empleadas de hogar, barrenderos, empleados de farmacia, trabajadores sociales, obreros diversos, prostitutas, comerciantes…

Esta vez, la amputación no es tan drástica, aunque igualmente traumática. Se les corta la lengua a cada uno de ellos, delante de su familia, acusados de chivatos, traidores, y corruptos. La noche se va llenando de luces y aullidos de sirena en todo el país, de norte a sur. Los hospitales se colapsan de nuevo, y, como en el caso anterior, ningún apéndice seccionado aparece. El signo de La Garra es lo único que queda atrás.

En esta ocasión, ningún cultista ha sido herido o atrapado, pues los objetivos no revestían tanto peligro como el gremio anterior. Cuando empiezan a llegar las pruebas de sus implicaciones, algunos de ellos se suicidan, avergonzados. Como personalidades públicas que son, tener la lengua cortada no les va a hacer un buen favor, aparte del sambenito que arrastraran siempre. Nadie va a confiar más en ellos.

En apenas un par de semanas de existencia, el nuevo culto de La Garra de Anubis y sus sangrientos actos es conocido en el mundo entero. Los dioses están satisfechos, ya que con la cadena de contactos rota, los criminales restantes se han escondido rápidamente. Los más menudos se han enterrado aún más en el tejido social, pasando desapercibidos, y los más poderosos simplemente se han marchado del país, rumbo a Libia, Yemen, o Sudán, donde se mantienen incólumes. Pero, de todas maneras, sus delitos en Egipto han quedado expuestos ante todos, dificultándoles así el regreso.

Debo decir que la opinión pública está bastante dividida. Unos alaban el culto, aunque más bien piensan que es una especie de agrupación patriótica, y alientan a descubrir más tapujos; otros nos llaman terroristas criminales y fanáticos, pero eso es algo que ya teníamos asumido de principio.

El caso es que, a raíz de nuestra intervención, se ha organizado un comité ciudadano para estudiar y comprobar qué hay de cierto en toda la información aparecida, lo que pone el control de antigüedades y los depósitos clandestinos encontrados en manos del pueblo y del estado.

Según propias palabras del Oráculo, los dioses están muy contentos con la limpieza llevada a cabo y piensan modificar lentamente la estructura política y social del Nilo para recuperar el antiguo esplendor de Egipto.

―           ¿Qué pasará con los islamistas? – le pregunto, dudoso.

―           No habrá ninguna imposición religiosa por parte de los dioses, pero tampoco soportaran persecución alguna. Ya sabes cómo son, tanto los coptos como los musulmanes… se creen en posesión de la única verdad. A la más mínima, La Garra de Anubis se alzará.

―           Así que eso queda como baza – asiento, riéndome.

―           Por supuesto. Hay que aprovechar una invención tan magnífica – responde, colgándose de mi brazo. – Has hecho cuanto se esperaba de ti, Elegido.

―           Bueno, ha sido divertido, pero ahora puedo dedicarme a mi objetivo: el canal de Suez.

―           Sí, ya he puesto a mi gente a investigar, aunque tardarán un tanto. El territorio del canal es un mundo muy hermético…

―           Sí, supongo.

―           No hay nada tan hermético que unos cuantos dedos cortados no abran.

―           Estuvo un tiempo de cerrajero en San Petersburgo – bromeo, señalando mi pecho.

Nadia y Yassin se ríen relajadamente.

 

CONTINUARÁ…

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