NEUS SINTES

Hay un dicho que dice: “la mirada es el espejo del alma”. Y si el alma se reflejara en él….

Cada mañana al despertar, Diana se levantaba y se miraba al espejo. Se miraba en él, y su reflejo aparecía. Facciones de una mujer joven con una mirada apagada, sin luz. Su timidez la había fallado en muchas ocasiones, su debilidad en un mundo oscuro como en el que vivía, no le dejaba seguir avanzando.

El reflejo del alma comienza en los pensamientos, de estos se originan las palabras. Las Palabras se convierten en acciones; acciones se convierten en hábitos; hábitos se convierten en estilo de vida, y el estilo de vida es reflejo autentico del estado de tu alma…!

Cierto día, recibió una invitación a una fiesta. Diana se sorprendió ya que hacía tiempo había desconectado del mundo exterior, fruto de una relación amorosa que terminó en desgracia. Como consecuencia, su alma era la de un alma solitaria y vacía y su única compañera; la soledad.

Mientras sostenía en sus manos la carta, empezó a leer el contenido de ésta, pensando en quien podía haberle escrito. A medida que iba leyendo no dejaba de parpadear y de asombrarse en cada párrafo.

Querida Diana;

Me complace invitarte el próximo fin de semana a una fiesta que voy a dar en mi casa de la montaña.

No se quién eres, y probablemente tú no sepas quién soy. Lo más probable es que nos hayamos visto alguna vez, que hayamos cruzado miradas en un bar o quizás en el metro o en cualquier otro sitio público. No se si te has fijado en mí, yo solo sé que yo no me he fijado en ti, o si lo he hecho no he tenido el valor suficiente para acercarme. Pero sí he percibido tu Alma por eso esta carta a tus manos tenía que llegar. 

Desde la distancia he captado tu alma, triste y solitaria y yo sé o deduzco que tú no eres así…Por eso te quiero invitar para que intentes salir de esa coraza. Inténtalo por ti, por nadie más. Una mujer bella y lista no tiene que rendirse nunca…No dejes que la soledad te gane esta batalla, no dejes que tu Alma sufra más.

Sé tu misma, Diana, por eso te ofrezco mi mano y mi confianza.

Espero que vengas, y poder despertar tu Alma perdida.

Louis.

Diana dejó la carta sobre la cómoda y pensó en aquellas palabras que le habían hecho pensar acerca de su cómo tenia ahora el alma y cuando su alma antes era alegre, vivaz…llena de felicidad. Pensó en aquellas palabras y en quién podría ser Louis. Cómo había podido localizarla sino había tenido contacto con nadie desde hacía bastante tiempo y lo más intrigante, ¿cómo había averiguado cómo tenia ella su Alma?.

A medida de que los días pasaban, Diana aún le daba vueltas a sus pensamientos en si ir o no ir a la fiesta. Por un lado su mente le decía de que era mejor quedarse, pero por otro lado una parte de ella escondida tal vez muy dentro de sí, le aconsejaba que saliera, que se arreglase y saliera a la fiesta.

Tras meditarlo, decidió ir. Su curiosidad era más fuerte. Deseaba por un lado conocer a ese Louis que tan intrigada le tenía.

Era viernes por la noche, el día en que se celebraba la fiesta allí en lo alto de la montaña. Al parecer, Louis vivía allí. En la única casa que había allí arriba, lejos del bullicio de la civilización. Empezó a pensar que quizás era una persona solitaria como ella, por el motivo que viviera aislado en la montaña, o tal vez no…Solo había una manera de averiguarlo.

Una hermosa luna llena se reflejaba detrás de la ventana, mientras observaba como Diana se preparaba para arreglarse.

Abrió el armario y se encontró con la incertidumbre de qué ponerse. Tras quedarse un buen rato mirando, de entre lo que vio más adecuado y que le gustó fue un vestido blanco. Era un vestido largo y del color de los copos de nieve.

Se miró en el espejo. Llevaba los hombros al descubierto, con un fino y y prolongado escote. Su pelo ondulado y largo le caía sobre la espalda. Se inclino para mirarse e inclinando un poco la cabeza, se vio hermosa por primera vez en muchos años. Su mirada de ojos castaños empezaba a brillar, tal vez ansiosa o nerviosa por ir a una fiesta a la que no conocía a nadie. No quiso atreverse mucho y decidió pintarse los labios con un tono discreto. De su tocador  colocó en su frente una diadema, como adorno.

Posó una mano en el espejo muy suavemente y mirándose por última vez susurró en voz baja el nombre de Louis y se encamino hacía la fiesta.

Había un punto en el que no podía ir conduciendo, aparco en el primer hueco que vio. Emprendió un pequeño camino que conducía a la casa.

-Toc, Toc – se apresuó a tocar.

La puerta se abrió paso a una gran fiesta rodeada de luces y música y mucha gente que no había visto ni le eran conocidas. Un estrecho pasadizo de gente bebiendo de sus copas y charlando y otras bailando dejaron un espacio para que Diana pudiera pasar entre el gentío. Su mirada iba de lado a lado asombrada, y algo desorientada, la verdad. Finalmente entró en la sala principal.

-Disculpa…Diana, verdad?- se apresuró a saludar un hombre de aspecto muy galán.

-Sí, soy yo Diana…- dijo algo sobresaltada.

-No te habré asustado, verdad…

-Oh, no!. – se apresuró a decir Diana, sonrojándose porque sabía que en verdad un poco sí.

-Me alegro mucho que hayas decidido asistir – dijo muy cortés.

-Eres Louis… – ¿el mismo que me envío la carta?

-El mismo, señorita – haciendo una reverencia con la mano la invitó a tomar una copa.

La música se oía de fondo a todo volumen, pero donde estaban ellos era una sala en la que se podía escuchar la música de fondo y entablar una conversación sin motivos para gritar.

Había una barra americana detrás llena de diferentes tipos de bebidas. Cogieron dos copas y Diana algo desorientada por no haber salido en tantos años prefirió sentarse en un cercano sofá con telas rojas que se encontraba libre, delante una pequeña mesita conde colocar las copas junto a dos posa vasos.

-Tengo curiosidad saber de ti – se atrevió a decir Diana

-Que curioso.. – te iba a preguntar lo mismo, por raro que te parezca.

-¿De que me conoces?

-Simplemente no te conozco, Diana… – pero percibo las almas de las personas en que estado se encuentran.

-Y me vas a decir ahora que tú si sabes como esta mi alma y la de todos los invitados… – le miró de reojo Diana, sin saber si creer o no en sus palabras.

-Puedes creer o no, Diana. Pero no me mientas al decirte que tus ojos están llenos de tristeza por algo que no pudiste superar. No soy adivino, ni vidente. Las almas las percibo. Por eso te invité.

Diana en parte creía en sus palabras y no preguntó mas y sorbió lentamente de la copa que llevaba en las manos. Por unos instantes los dos no dijeron nada, simplemente escucharon la música y dejaron se dejaron unos minutos de silencio. Diana le gustaba su compañía y no sabía muy bien porqué, sin conocerle. De vez en cuando le miraba de reojo al igual que Louis hacía lo mismo.

-No quería empezar una conversación así, de esta forma, Louis – le dijo dejando la copa a un lado

-Yo tampoco. Más lo siento yo Diana. Tú eres mi invitada.

-Hagamos las paces, me siento mal. Eres tan cortés y yo…. – bueno hace mucho que no he salido a una fiesta y me siento algo desorientada y en ocasiones digo cosas inapropiadas.

-Diana, no has dicho nada que no hayas sentido y que no sea verdad… – hay cosas que son complicadas de entender pero te las puedo explicar. Claro, siempre y cuando tú lo desees.

-Louis, me sorprende tu caballerosidad – le dijo ésta mirándole a los ojos.

La música fue en aumento y una agradable banda sonora empezó a sonar. Louis le sujetó las manos ofreciéndole un baile.

-¿Te apetece un baile, señorita? – le dijo con un tono seductor

-Me encantaría – le contestó con una sonrisa.

Se sumergieron con el gentío y empezaron a bailar. La pista estaba abarrotada de gente. La banda sonora empezó a tocar una canción más lenta y muchos decidieron dejar la pista para las parejas. Diana no se percató.

Diana estaba tan sumergida en la música que le transmitía una paz interior tan agradable que cuando empezó la canción, Louis la agarró de la cintura y Diana hipnotizada por todo lo que le rodeaba se dejo llevar.

-¿Te he dicho esta noche que estás muy hermosa – Diana?

-Me parece que no… – dijo sonrojándose.

-Por segunda vez te lo digo, Diana. Hoy estás espectacular.

-Tienes una forma de hablar, como lo diría diferente a los demás hombres que se han cruzado en mi camino.

-Diana, hay momentos en la vida que después de haber viajado tanto, llegas a un punto en que necesita un hombre un poco de estabilidad en su vida, pero las formas no las  he perdido, al contrario. A medida que he ido viajando de un lado a otro las culturas de otras países y ciudades, se me han ido acoplando en mi.

-Me pareces muy interesante – Louis.

-Tú me lo pareces aún más – Diana…No importa que me cuentes nada de tu vida para saber a través de esa mirada tan profunda que tienes, lo mucho que has vivido y sufrido al mimos tiempo.

Un silencio de la palabras se produjo entre ellos. Siguieron bailando al son de la música. Diana se dejó llevar por las letras de las canciones, no sabía porqué pero experimentó al lado de Louis un sentimiento, un bienestar que hacía tiempo no había vuelto a sentir.

La fiesta llegaba a su fin, Louis acompañaba a sus invitados a la puerta, dándoles las gracias por haber asistido y haber formado una noche de risas y baile.

-Bueno, Louis, ya es hora que marche a casa, le contestó retirando un mechón de su frente.

-Déjame que te acompañe, esta muy oscuro y la noche es fría afuera.

-No te preocupes.. – le dijo dedicándole una leve sonrisa

-Insisto. Estamos en la montaña, a estas horas deambulan lobos – le aseguró preocupado.

Diana le miró algo sobresaltada, por fracción de momentos dudó…Se acercó a la ventana con Louis a sus espaldas, miró a través de ella y se dio cuenta de que Louis estaba en lo cierto. No estaba mintiendo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo…se giró levemente en busca de la mirada de Louis. Louis se dio cuenta de lo asustada que empezaba a encontrarse Diana, ante la visita de los lobos alrededor de la casa.

-Tranquila, así como vienen, también se irán. Suelen venir, aunque nunca han hecho nada que sea peligroso. Pero hoy están más inquietos; esta noche hay luna llena -observó Louis.

-No sé que hacer…

-Quédate, si lo deseas. Puedes pasar la noche en la habitación de al lado. Eres mi invitada. Mi casa es tu casa.

-Estas seguro, Louis..no te importa si…- le miró de soslayo

-En absoluto, Diana. Puedes confiar en mí. No dudes tanto.

Diana decidió quedarse, mañana sería otro día…Louis le enseño la casa, al igual la habitación donde iba a pasar la noche. Afuera se oía el aire silbar y la luna de cada vez brillaba con mas intensidad.  Los lobos empezaron a aullar mirando a la luna, como si le dedicasen una melodía.

Louis la sujeto de la cintura y la acompañó hasta la que sería su habitación. Al entrar sus ojos vieron una bonita y acogedora estancia donde había una cama en el centro y una cómoda con su espejo, que le recordó al suyo.

-Deseo que pases un feliz y apacible descanso, Diana.

-Buenas noches y gracias otra vez.

-De nada. Descansa Diana. Buenas noches.

Y fracciones de segundos sus miradas se cruzaron y una chispa que Diana creyó imaginar, se produjo entre ellos. Diana fue a decir algo pero se contuvo entrando de nuevo en la habitación, donde en un armario fue a extraer un blusón para dormir, pudo observar que había mas ropa de mujer y blusones para dormir, que ropa de varón.

Poco a poco fue quitándose el vestido, dejando su cuerpo al desnudo sin saber que aunque Louis estaba en el otro dormitorio podía sentir su presencia, cada aliento, su respiración y sobre todo escuchaba su alma. Se puso un blusón de color mandarina. Antes de acostarse se recostó en la cama y reflexionó sobre la noche que había pasado, aunque el cansancio pudo más y poco a poco sus párpados fueron cerrándose llevándola a un sueño profundo.

Diana se vio sumergida en un mundo extraño…se encontraba en un mundo muy diferente, donde solo veía puntos azules y siluetas o formas blancas que le hablaban y susurraban. También aparecía Louis quien la observaba desde arriba de una escalinata, sonriendo.

Siluetas que reían, otras que lloraban…y una de ellas se acercó a Diana y le habló.

“Posees un cuerpo carnal y un cuerpo espiritual”. Para encontrar la felicidad debes saber utilizar las dos partes de tu cuerpo. Te habla un alma de la quinta dimensión. Y desapareció, dando lugar a Louis que se encontraba a su lado, juntó las manos con Diana  y desaparecieron.

Diana sobresaltada, despertó. Todo había sido un sueño, muy extraño…Aún era de noche, apenas sabría decir cuantas horas había dormido; unas pocas, tal vez.

-Toc Toc – era Louis detrás de la puerta

-¿Te encuentras bien, Diana?- dijo con tono preocupado

-Si, sí…- dijo aturdida

La puerta se abrió despacio, y entró silenciosamente Louis con su bata color satén. Encontró a Diana con la respiración agitada por el sueño. Fue hasta donde se hallaba, sentándose en el borde de la cama.

Sin decir nada, Louis fue a por un vaso de agua que ofreció a Diana. Se miraron frente a frente, permitiendo un contacto directo en el que a veces el lenguaje del corazón se encuentra en la mirada. El primero en hablar fue Louis.

-Los sueños, así como los recuerdos, quedan al desnudo con nuestros particulares destellos.

-Que quieres decir…

-Quiero decir que muchas veces los sueños son representaciones de lo que hemos vivido ya sea en el pasado o en el presente o en un posible futuro, le dijo mirándole fijamente.

-¿Tú crees?

-Completamente Diana, has entrado en un trance encontrando en tus sueños la quinta dimensión, terminó diciendo, juntando las manos. Pocas personas entran en la quinta dimensión en sus sueños.

-¿Eso es malo?- preguntó aún algo desorientada

-No, en absoluto. Diana, por algo dirán que detrás de las pupilas hay miles de historias que podemos interpretar. Te estoy observando y veo en ti a una mujer poderosa de alma y cuerpo.

Y tras una pausa, Diana se percató que iba en blusón…había perdido la noción del tiempo hablando con Louis, sin darse cuenta. Ella que era tan tímida e inocente…o eso ella creía.

-Apenas te conozco, y cuando hablamos, me transmites una confianza y seguridad que hace años había perdido.

-¿Sabes que ocurre, Diana? La gente debería verse más o los ojos, no solo porque ellos no mienten sino porque, a través de una sencilla mirada, se descifran sentimientos que no alcanzamos a imaginar.

-Louis, eres un hombre verdaderamente increíble. Me gustaría llegar a conocerte mejor. Saber de ti – le contestó con una sonrisa en los labios.

-Yo también Diana. Debemos aprender a conocernos…le sugirió mirándola con deseo.

Se volvieron a mirar largo y tendido en silencio. Sus miradas lo decían todo. Empezaban a sentir algo el uno por el otro y queriendo conocerse espiritualmente como carnalmente…La luna llena brillaba con mas intensidad detrás de la ventana, observadora y única testigo de lo que surgiera entre Diana y Louis.

Ambos se fueron acercando más el uno al otro, muy despacio,hasta que sus labios se rozaron y de nuevo una nueva chispa surgió entre ellos, transportándolos a un largo viaje donde la palabra amor se encontraba vinculada a ellos.

Un fino rayo de luz se filtraba por la ventana haciendo entreabrir los ojos de nuestros amantes. El primero en abrirlos fue Louis quien se quedo mirando a Diana que aún seguía dormida.

Se quedó mirando aquélla mujer de alma pura y radiante. A medida que iba pensando en ella, su dedo indice fue recorriendo el contorno de rostro, podía notar su respiración, sus labios entreabiertos que querría volver a besar…Siguió la línea de cuello tan irresistible y finalmente terminar en la línea de sus pechos. Desnuda ante sus ojos tenía a la más bella mujer que podía estar en su lecho.

Louis también se había enamorado de aquélla mujer a la que desearía estar con ella para siempre.

Diana fue despertando, hasta que sus parpados abiertos se encontraron con la mirada de Louis.

-Buenos días – le dijo acariciándole el rostro.

-Buenos días – Louis…dijo Diana aún medio dormida.

Se cubría con la manta mientras se incorporaba para ver el rostro de quién le había devorado el alma por la noche…cautivada por sus palabras y su atractivo varonil, propio de un caballero.

-Me encanta tu forma de sonreír, cuando me la dedicas, hace que todas mis preocupaciones se desvanezcan. Luego están tus ojos, los cuales pueden mostrar una serenidad inmensa mientras se puede ver en ellos forjar la ira más aterradora.

-Tus palabras traspasan mis venas como si de una substancia me iluminaran la vida. Me llenas de alegría y de una pasión apagada que tenía desde hace años atrás.

Al vestirse Diana se reflejo en el espejo y lo que vieron sus ojos fue a una Diana completamente diferente. Se veía y sentía distinta a la noche anterior. Se encontraba más mujer, mas madura. No sabría decirlo con palabras. Distinta. Se tocó suavemente con las yemas de sus dedos su rostro, cerró los ojos por unos fragmentos de segundos y al abrirlos de nuevo  unas alas surgieron de su espalda.

Eran unas hermosas alas blancas surgidas de la nada.

-Louis! – ven enseguida…

-Oh, Diana! – que ven mis ojos.

-Tendría que asustarme Louis, tú que sabes tanto – dijo abrazándole…

-No, Diana. Déjame que te explique que estas bellas alas que te han surgido significan mucho para mí y para ti también aunque ahora no lo comprendas. Hace muchos, demasiados años tal vez que estoy solo. Me mude en las montañas con la finalidad de encontrar algo de paz interior, ya que cuando a la gente les contaba que veía las almas de las personas, éstas no me creían o se iban alejando de mí…

Diana lo escuchaba atenta, palabra por palabra. Observándolo y viendo al hombre que siempre había deseado hallar. Sus palabras la enamoraban aún más. Sus gestos la atraían. Quería aprender y saber de el. Por ello todo cuanto le contase le era importante

-Te escucho, Louis.

-Con el tiempo he ido aprendiendo más sobre mí mismo…y a saber controlar cada parte de mí. A ver en las almas de las demás personas…hasta que te encontré a ti, Diana. Tu alma, tan diferente a las demás…me atrajiste desde el primer  momento, por eso mi llamada y tan ansiada carta para que pudiera ver en realidad quien eras…y por tus recién salidas alas, me doy cuenta en que te has convertido en mi alma. El alma que quiero que este conmigo. Deseo con todo fervor Diana, si tu lo deseas que empecemos una relación seria. Como la mujer que llevas dentro, la Diana que quiero conocer.

Diana se fue levantando lentamente del tocador e hipnotizada por las tan dulces y bellas palabras que Louis, el único hombre que había hablado así de ella…Se aferró a sus hombros y quedó mirándole a los ojos con una sonrisa en los labios.

-Sí quiero, Louis. Deseo quedarme a tu lado, deseo conocerte y que me enseñes a conocerme a mí misma. Te quiero. No ha existido ningún hombre sobre la faz de la tierra que me hubiera dicho tan bellas palabras. Eres mi alma gemela. El hombre con el que deseo pasar toda mi eternidad.

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