JANIS MULLIGAN

Visiones del pasado

Esto es como una condena. Me encuentro en El Cairo, en uno de los sitios más interesantes del planeta, y tengo que permanecer escondido en esos túneles. Todo lo más, subir a comer en una de las casas del barrio, donde debo sonreír como un bobo sin entender de la misa la mitad.

¡Joder! Podría estar en El Gezirah, en el Semiramis, o el Concorde El Salam, lujosos hoteles en los que dispondría de todo lo que se me antojase. No es que no tenga todo lo que necesite en el barrio islámico… no, es más bien que me gusta tener un poco de intimidad, ¿sabéis?

Pero no me hagáis demasiado caso. Es tan solo el berrinche. No puedo quejarme de nada. Esta gente se ha tirado de sus propias camas para que Nadia y yo durmamos juntos. En un principio, ella intentó hacerles comprender que no éramos pareja, pero aquí nadie parece escucharla cuando habla de esas cosas tan abstractas. ¿Lesbiana? ¿Pareja de hecho? ¿Libre albedrío? La miran como si se hubiera fumado una pipa de opio.

Así que Nadia ha decidido pasar del tema y compartir cama conmigo. Claro que yo tan feliz, no es para menos, pero que conste que me he mantenido siempre en mi rincón… hasta que ella ha cruzado la raya, claro. Es que ambos somos muy débiles para combatir la tentación.

Por lo tanto, hemos llegado al tácito acuerdo de que ella no está engañando a Denisse con otra mujer, y yo… bueno yo soy así, lo sabe hasta el Tato. Como vamos a pasar varias semanas aquí, lo mejor es consolarnos entre los dos, ¿no? Donde hay confianza… da asco, ¿no es así el dicho?

El caso es que cuando nos levantamos de la cama del oráculo, a la mañana siguiente del primer día, Yassin ya no estaba y Ras seguía cabreado, sin hablarme. Así que decidí llamar a España para contar novedades, pero, asombrosamente, nuestros móviles se habían volatilizado. Nadia y yo subimos aquella escalera pétrea que se encontraba al lado de la alcoba y que nos condujo a la trastienda de una carnicería. El tipo de mandil ensangrentado ni siquiera se sobresaltó al vernos surgir de la trampilla del suelo. Siguió despedazando un cordero como si fuese muy habitual que los clientes brotasen del suelo.

Nadia habló con varias personas que pronto se nos acercaron. Estaban allí para atendernos en lo que quisiéramos, pero ninguno podía dejarnos llamar desde un móvil.

―           Yassin les ha dejado muy claro que sólo podemos llamar desde un locutorio o esperar a que ella regrese a mediodía. Traerá un teléfono seguro para nosotros – me traduce Nadia.

―           ¿Qué pasa? Es que vigila la CIA? – mascullé.

―           Peor, el MOSSAD… las comunicaciones no son seguras. ¿Quieres ir a un locutorio?

―           ¿Estás de coña? Esperaré.

―           Bien. Nos esperan para desayunar – me comentó Nadia, mirando los gestos que le hacía una de las ancianas.

Esto es hospitalidad y no la que te dan en Lourdes. En los días que llevo aquí, he comido en más de una docena de hogares y dormido en al menos cuatro camas distintas. Parece que se nos rifaran entre los vecinos, para ver quien tiene el honor de acogernos.

Cuando Yassin regresó, me encontraba sentado sobre la alfombra de una habitación atestada de tíos. Estábamos hombro con hombro, pasándonos un cachivache lleno de grifa de uno a otro, entre una humareda apestosa. Todos bromeaban y me daban palmadas en la espalda, pero ¿qué queréis que diga? Yo como los tontos, diciendo a todo que sí y dándole caladas a la cosa aquella. Para colmo, obligaron a Nadia a marcharse a otra habitación, donde estaban las mujeres haciendo el almuerzo. Tuve miedo que sacara su “alma mater” – que es como llama a su pistola – y pusiese en fuga a todos aquellos musulmanes.

Me alegré una “hartá” de ver al Oráculo, principalmente por dos motivos: uno, poder alejarme de todas aquellas “atenciones” y, segundo… hombre, Yassin es un dulce para el ojo, que coño.

―           ¿Tan jodidas están las comunicaciones en este país? – le pregunté a bocajarro. Ella me sonrió y me hizo una seña con el dedo para que la siguiera.

Subimos hasta una azotea típica, cuadrangular, de muretes bajos y encalados, y tenderetes llenos de ropa secándose. Yassin iba vestida con ropa oscura y amplia, que aunque no era un burka, casi podía pasar por uno. Sin embargo, no llevaba el rostro cubierto. Del interior de sus ropajes, sacó un grueso teléfono que reconocí de inmediato: un aparatejo de uso militar, seguramente de emisión codificada y enlace por satélite. Me lo entregó, diciéndome:

―           Es seguro y no se puede rastrear. Úsalo siempre para llamar a Madrid. no te puedes fiar de otro sistema, por el momento.

―           Bien, me vale. Creía que en Egipto, las mujeres tenían un poco más de libertad – señalé su ropa.

―           Y la tienen, pero estamos en el barrio islámico, hermoso. Hay tradiciones que respetar…

―           Ya veo. Tengo que llamar a mi esposa…

―           Por supuesto. Le diré a Nadia que suba en un momento para hablar también con su pareja.

―           Su novia – detallé, sólo por el placer de verla torcer el gesto, pero no lo hizo. Asintió y descendió la escalera de mano que llevaba a la terraza.

Bueno, no voy a aburriros con la batalla dialéctica que tuve con Katrina. Sólo os diré que el teléfono estuvo a punto de terminar en la otra punta del barrio. Katrina no quería saber nada de fuerzas, de coaliciones, de dioses, ni otras patrañas. Había ido a Egipto a conocer al confidente Maat y lo había hecho. Punto. Me quería en casa al paso, en horas, o vendría en persona a por mí.

Creo que ese humor tiene que ser debido al embarazo y eso me tiene acojonado de verdad. Hasta ahora, es lo único que ha vuelto a resucitar a la antigua Katrina, “la perra”. Todas esas hormonas y enzimas en el torrente sanguíneo han despertado al dragón, y os juro que tiene aún más mala leche que antes… mala leche y experiencia.

Así que tuve que tirar de todas mis reservas de dulzura, buenas palabras, y promesas, para calmarla y hacerle comprender la oportunidad que se nos ha brindado. Bueno, debo decir que Nadia me echó una mano al subir rápidamente a la azotea, y Denisse, ya con el “manos libres” puesto, al otro lado, contribuyó también.

Tras más de una hora de tira y afloja, de explicar mil veces toda la asombrosa historia del Oráculo, y de jurarle que estábamos bien, quedó más o menos convencida del asunto. Sin embargo, quedaban detalles aún al aire, por lo que entregué el teléfono a Nadia y la dejé hablar en privado con su chica. Debo confesar que escapé de mi esposa, sí señor. No disponía de más munición defensiva. No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que quedarme en la tierra de los faraones, ni cómo afectaría todo ello a nuestros propios asuntos. Lo de no alojarme en un buen hotel, tampoco la convencía demasiado. Luego estaba el asunto del cercano parto de Elke y Pam, que variaban días en sus fechas calculadas. Katrina quería saber si estaría de vuelta para el evento, y yo no tenía ni puñetera idea.

¡Claro que quiero asistir al nacimiento de mis hijos! ¡Haré todo lo posible por estar allí! Pero no puedo prometer nada porque no depende en absoluto de mí. Espero que pase pronto la primera fase del embarazo de Katrina. En vez de nauseas y antojos, creo que le ha dado más bien por tomar un Kalashnikov y poner a todo el mundo firme, coño.

Me encontré con Yassin poniendo la mesa, en un estrecho y sobrecargado comedor. Ella me miró y se rió suavemente. Me pregunté si ya conocería la discusión que había tenido con Katrina? No me extrañó en absoluto.

―           No parecía muy de acuerdo, ¿verdad? – me dijo.

―           No, para nada. Creo que el embarazo le ha cambiado el carácter – me encogí de hombros.

―           Claro, tú eres un experto – se cachondeó. Una de las viejas se carcajeó groseramente en mis barbas, cuando levanté los ojos al techo en un gesto de rendición.

―           ¿Cuáles son los planes? – pregunté, cambiando de tema.

―           Quedarnos aquí.

―           Pero… ¿Es broma, no? ¡Yassin, hay que conseguir informes, trazar evaluaciones, planificar un montón de cosas…!

―           Sí. Todo se hará aquí – y siguió poniendo vasos sobre la larga mesa, tan tranquila.

Decidí callarme. Ese no era mi día, seguro.

La verdad es que el Oráculo tenía razón. Todo ha sucedido en aquel barrio de gente humilde, bajo los cimientos de sus casas. Han pasado varios días, de hecho, hace ocho ya que nos bajamos del avión. Cada anochecer hemos bajado al templo, en el cual hemos recibido a una multitud de semitas anodinos, que han alabado primero los antiguos dioses y luego nos han detallado sus informes. No importa que sean albañiles, tenderos, esparteros, o servidores públicos; todos ellos han hecho su trabajo con gran meticulosidad y duro empeño. Sus informes son exhaustivos y fieles, y, además, ponen énfasis en ciertos aspectos que los investigadores militares no contemplan.

De esa forma, podemos saber detalles que pueden ser de utilidad según los distintos personajes. El despecho de un ayudante, la profesión del hermano de la amante de un rico anticuario, lo que gasta la esposa de un edil corrupto, o… por ejemplo, en qué tienda se han comprado todas las cerraduras de un bien surtido almacén.

Disponiendo de tanta gente a tu disposición y tan integrada en el tejido social, los informes se suceden sin pausa, y pronto Yassin debe conseguirme ayudantes para filtrar toda esa información. Así que, sin pretenderlo, organizamos una enorme oficina de inteligencia, en la que los agentes son amas de casa, tenderos cotillas, y herméticos mercaderes.

En esos días, he podido darme cuenta de la cantidad de fieles que se entregan a la vieja religión. En un país islámico como Egipto, que puedas contar por miles los seguidores de una religión muerta hace más de mil años, es todo un triunfo. ¿Qué ha llevado a toda esa gente a cambiar de creencia? ¿Con lo arraigada que está su fe en Alá, cómo reniegan de ella para abrazar un culto politeísta?

Para mí es que están hasta los huevos del rollo de los imanes, de los putos ayatollahs, y de todos los vividores que se han colgados a sus chepas desde hace años. Un tema religioso tan fanático, absorbente y prohibitivo debe cansar bastante. Pero el caso es que parecen muy contentos de servir a los antiguos dioses. También hay que decir que los dones del Oráculo convencen a cualquiera, incluso a mí.

No he sido yo muy dado a creer en nada, y aún menos desde que Ras se reveló. Sin embargo, Yassin, con sus sencillas palabras y su propia historia personal, me está convenciendo de la existencia de unas entidades sobrehumanas que llevan miles de años con nosotros. ¿Son dioses, u otra cosa? ¿Alienígenas procedentes de otro mundo? ¿De otro Plano? ¿Del interior de la Tierra? Vete a saber… lo único que sé con seguridad es que si pueden ayudarme con mis enemigos, sin duda les alabaré.

Mi paciencia ha llegado al límite. Desciendo la escalinata hasta el aposento de Yassin y entro sin llamar. Está escribiendo en su portátil. Levanta la mirada y enarca una ceja al verme.

―           ¿Necesitas algo, Sergio? – me pregunta. Una camisa azul, desabrochada, cubre su torso, mostrando parte de sus perfectos senos. No puedo ver si lleva algo más cubriendo sus piernas porque la mesa las oculta.

―           Sí, tengo que salir de aquí. Voy a volverme loco…

―           ¿Claustrofobia?

―           Algo parecido. Aburrimiento – apoyo mi trasero sobre la mesa redonda.

―           Vale, lo veía venir – sonríe. – Tengo programados unos días de viaje, tú, yo y Nadia, por supuesto.

―           ¿Ah, sí? ¿Dónde?

―           Tenemos que planear in situ, así que visitaremos otros lugares y te enseñaré tanto la sociedad actual de Egipto como los lugares ancestrales. ¿No es lo que querías?

Ya debería saber que no puedo esconderle nada. Ve casi todo lo que yo veo, y conoce lo que pienso.

―           No sólo de ti, chico. Recuerda que la bella flor puede oírme como tú.

 

Yassin asiente, con una sonrisa, pero no contesta. No me molesto en pensar la contestación, sino que la digo en voz alta.

―           ¿Se te ha pasado el enfado, viejo?

―           La sorpresa me abrumó. No estoy acostumbrado a que mis palabras sean escuchadas por otra persona que no seas tú. Pero, ahora, con más calma, me siento halagado.

―           ¿Halagado? – Esta vez es ella la que pregunta.

―           Sí. De nuevo tengo la oportunidad de charlar y codearme con una bella dama, ¿no es cierto’

Sonrío con alivio. Ras está aprovechando la situación para desempolvar su compendio de seducción. Puedo entenderlo, por supuesto, hace más de cien años que no le ha tirado los tejos a una mujer, literalmente.

―           ¿Dónde iremos? – vuelvo a la proposición del Oráculo.

―           Oh, sí… mañana viajaremos a Giza, a visitar las pirámides y la Esfinge, por supuesto. Venir a El Cairo y no verlas es pecado – no me gusta su tono; es como si se estuviera cachondeando de mí. – También visitaremos el museo de antigüedades. Después, nos trasladaremos a Luxor, y más tarde, a Asuán. ¿Qué te parece?

―           Por mí está bien – me inclino hacia ella, buscando conectar mis labios. Su índice se posa sobre mi boca, frenándome.

―           ¿Cómo te encuentras? – me pregunta.

―           Muy bien, ¿por qué?

―           La bendición de los viejos dioses ha debido empezar a afectarte… ¿Sientes algo extraño? Por muy nimio que parezca… — me mira intensamente con esos tremendos ojos que cambian de color cuando menos te lo esperas.

―           Pues… no sé. Me siento en forma, muy dinámico. Por eso estoy loco por salir de aquí. Duermo poco y estoy todo el día muy activo, como con las pilas a tope, ya sabes…

―           Yo también siento cosas…

―           ¿Tú? – se asombra ella. — ¿Qué sientes, Rasputín?

―           Las percepciones que comparto con Sergio se han disparado, aumentando exponencialmente. Controlo sus sentidos como nunca lo he hecho.

―           No me esperaba algo así. No creí que el alma de Rasputín fuera afectada por la bendición. Él no es humano ya – comenta ella.

―           Pero vive y actúa dentro de un humano, ¿no? Si yo soy afectado de alguna manera, tiene que modificar su percepción de sentir la vida a través de mí.

―           Es cierto.

―           Y lógico – admite Yassin. – Debéis estar al tanto de los cambios, pues estos suceden a medida que el entorno y las condiciones de vida influyen sobre tu cuerpo y mente. En estos días, has estado inmerso en un ambiente protegido y calmo, por lo que las bendiciones apenas han actuado, pero…

―           Pero si me expongo a situaciones estresantes, puedo cambiar de repente, ¿a eso te refieres? – termino.

―           Sí.

―           ¿Me transformaré en un hombre lagarto o algo así? – bromeo.

―           No, nada tan extremo. Sólo reaccionaras al medio, eso es todo – me contesta antes de volver en lo que sea que esté trabajando.

* * * *  * * * *

No he sentido el calor de Egipto hasta que hemos llegado a la llanura de Giza. A pesar de estar en marzo, el sol aprieta fuerte y el viento transporta granos de arena y polvo que nos reseca la boca. Aún así, vale la pena situarse a la sombra de esas magníficas construcciones. Contemplar tan titánica obra, ingeniada por los que creíamos unos antepasados atrasados y faltos de inventiva, me hace sentirme pequeño e insignificante.

En el momento en que nos hemos bajado del coche en la necrópolis de Giza, un jovencito llamado Tessi se acercó a Yassin y le tomó las manos, apoyando su frente sobre el dorso de ambas, en señal de respeto. El niño no tiene más de doce años y se muestra como todo un pilluelo buscavidas. Vende fotografías, mapas, refrescos fríos, tabaco, y sirve de guía por un precio acordado. Sin embargo, no nos pidió ni una piastra, y no se despegó de nosotros, ayudándonos en todo.

Sacó fotos de Nadia contra la pirámide de Keops, o apoyada en la Gran esfinge. Tomó otras de los tres, como si Yassin, Nadia y yo fuéramos turistas normales y corrientes. Debo decir que Yassin viste a la usanza europea, con un pantalón caqui bien ajustado a sus piernas y caderas, así como una camisa de amplios bolsillos. Lleva sus trenzas recogidas bajo un pañuelo y porta un amplio sombrero para protegerse del sol, al igual que nosotros.

Cuando le pedí a Tessi que le sacara un par de fotos a Yassin, a solas, el niño fue a pedirle permiso, con los ojos bajos, demostrándome la importancia que el Oráculo tiene para su gente. Sin que nadie le dijera nada, nos trajo, a media mañana varios refrescos y pedacitos de fruta que nos revitalizó. No quiso aceptar el billete de diez libras egipcias que intenté darle y se mostró ofendido cuando insistí. Yassin movió negativamente para que no siguiera por ese camino.

Ha llegado el momento de entrar en la gran pirámide y mi corazón se acelera por la emoción. Incluso Ras está impaciente. El niño se queda fuera, enfrascado en su negocio habitual. A medida que ascendemos por la larga rampa de madera con travesaños que conduce a la Gran Galería, el olor del interior de la pirámide llena mis pulmones. No puede decirse que sea una atmósfera viciada ni antigua, dados los canales de respiración que existen, pero contiene algo que acaba afectándome, algo que me recuerda al pasado.

La visión se me hace borrosa, las estrechas paredes del pasadizo amenazan con cerrarse del todo, y comienzo a sudar como un cerdo, empapando la camisa. Nadia se da cuenta y hace que me apoye en ella hasta llegar a la Cámara del rey. Allí, con disimulo ya que llevamos un grupo de ruidosos belgas con nosotros, me deja apoyado contra un muro granítico.

En ese momento, las visiones me alcanzan y me pierdo en ellas.

Ya no estoy en el interior de la pirámide, sino debajo de una tela sujeta por mástiles y que me da sombra. Hay polvo por todas partes y hace calor, mucho calor. Varios hombres me rodean, vestidos con túnicas livianas, e inclinados sobre una mesa cubierta de croquis y dibujos. Tienen la tez cetrina pero no se parecen en absoluto a los egipcios de ahora. Algunos ni siquiera parecen semitas. Sus ojos oscuros están perfilados de negro y portan muchos adornos en el cuello, lóbulos e incluso en sus cabellos aceitados.

¡Son antiguos egipcios! Me miro las manos, con una clara intuición mordiéndome el vientre. Llevo las muñecas enfundadas en unos brazaletes de brillante cobre y un grueso anillo con una piedra de jade en el dedo. Porto sandalias de cuero y visto una especie de falda de lino hasta la rodilla. ¿Quién coño soy?

―           Cálmate… es una visión – la voz de Ras me tranquiliza. – Pero tan nítida como jamás la he tenido.

―           Ya se nota que es nítida, joder. Me he quedado a cuadros – murmuro, mirando aquellos hombres que parlotean en un idioma desconocido.

―           Creo que estamos asistiendo a la construcción de la pirámide.

Me doy cuenta que tiene razón. Fuera del pabellón de tela, la visión se aclara, permitiéndome ver parte del exterior. Estamos en el desierto y hay gente trabajando en el polvo. Paso al lado de los hombres reunidos sin que éstos se dignen mirarme, y me asomo afuera. El impacto en mi mente es brutal. He visto escenas parecidas en películas, me he tragado documentales en los que se explicaba la teoría sobre la construcción de la Gran Pirámide, casi paso a paso. Incluso hice un trabajo para clase sobre ello… pero…

¡Allí no hay nada de eso! Una gran rampa de tierra, de más de un kilómetro de larga, sube en una poca pronunciada pendiente hasta un enorme agujero, situado en una de las caras de la pirámide, que se encuentra a medio levantar. Los obreros cantan y parecen estar de fiesta, hablando los unos con los otros mientras realizan tareas ciclópeas, como si nada. ¿Dónde están las cuadrillas de trabajadores empujando sillares? ¿Dónde están las tan cacareadas grúas de madera que Herodoto describió? ¿Y los duros capataces? ¿Los golpes de látigo al aire? ¿Los bueyes arrastrando pesadas cargas?

¡No están! Sólo hay tipos sonrientes y flacos que parecen putos Supermanes, arrastrando en pareja sillares de dos toneladas rampa arriba. ¡Dos hombres tan sólo para una de esas pesadas piedras! Hay mujeres repartiendo agua por doquier, y los hombres se detienen a charlar con ellas, tirando de las gruesas maromas de cáñamo que sujetan su colosal carga.

Una rampa interior en espiral, flanquea los muros de la pirámide. Los materiales entran al interior a través del gran boquete que está en una de las caras, y son arrastrados a la altura deseada a través de esa rampa interna. A la altura en que están trabajando, una docena de hombres se dedican a incorporar perfectamente los sillares que llegan, junto a sus hermanos ya colocados. Unos, armados de cinceles y mazos, nivelan la superficie para que encajen al milímetro; otros levantan el bloque usando cuerdas, y unos terceros, lo empujan hasta situarlo en el lugar indicado. Es como si estuvieran jugando al Lego, pero con piezas para gigantes, sólo que no parecen pesarles o, más bien, como si dispusieran de una fuerza y resistencia más allá de lo humano.

Ni siquiera los trabajadores son millares. Se suponía que los agricultores de las plantaciones de las márgenes del Nilo se convertían en obreros constructores en los meses en que el río se desbordaba, y esto parece confirmarlo, pero sólo son unos pocos de cientos. Sin embargo, hacen el trabajo de miles…

―           Efectivamente, Elegido.

La nueva voz es como el chirrido de un pájaro enorme, y hace que cada uno de mis nervios tiemble y se agite. Ras barbota una salvaje maldición, impulsándome a girarme a toda velocidad.

Uno de los hombres que se encuentran inclinados sobre los planos de la mesa, alza la cabeza, mirándome, sólo que ya no es una cabeza humana, sino la de un enorme halcón, mientras que su cuerpo sigue siendo humano.

―           ¡Horus! – exclama Ras, usando mi propia garganta.

―           Así es, Monje. Bienvenidos a los recuerdos comunes de los dioses – cada palabra que pronuncia es como si me picoteara el cerebro.

―           Retírate, Sergio. Deja que yo me encargue. A mí no me afecta. ¡Pasa a segundo plano, idiota!

 

No me queda otra más que obedecerle y me dejo hundir hasta un rincón seguro y tranquilo, en el que puedo observar sin sufrir.

―           ¿Qué estamos viendo?

―           Al arquitecto Hemiunu dirigir la colosal obra de Keops, por supuesto.

―           ¿Por qué vemos esos hombres hacer el trabajo como titanes? ¿Acaso es una simplificación de la obra?

―           En absoluto – se ríe el dios de cabeza de halcón, de forma siniestra. – Todo sucedió así, tal como lo estáis viendo.

―           ¡No es posible!

―           Sí lo es, y lo estás descubriendo a tu pesar. Es la única explicación factible a todas las preguntas hechas por los hombres a lo largo de los tiempos. ¿De qué otra forma podría haberse terminado esta obra, sin poner en peligro el futuro de esta tierra desértica? Aquí no hay madera para levantar postes ni aparejos, ni suficientes hombres para trabajar en una obra así, sin abandonar los campos. ¿Trabajar tres meses al año y acabar la obra en veinte años? ¿A qué idiota se le ocurrió esa teoría?

―           A Herodoto, un historiador griego.

―           ¡Un iluso!

―           Entonces… ¿Fuisteis los dioses quienes prestasteis vuestro poder? ¿Ayudasteis a construir la Gran Pirámide?

―           Les dimos nuestra bendición, como se la hemos dado al Elegido. Gracias a ella, sus cuerpos se fortalecían durante los meses que trabajaban en la obra. Después, revertían a la normalidad para reponerse hasta el año siguiente. Cuando llegue el momento, Sergio también podrá llevar a cabo asombrosas tareas. Pero no sólo les otorgamos nuestras bendiciones, sino también el saber, los cálculos necesarios para levantar ésta y otras construcciones. ¿Acaso no es evidente que esto va más allá de erigir una mega construcción?

―           Sí, ya conozco la relación con la constelación de Sirio, la disposición de las pirámides con el eje de la Tierra, y las demás anormalidades que contiene la Gran Pirámide.

―           El pueblo egipcio se adaptó enseguida a la sabiduría que le entregamos, pero no fue quien la desarrolló. Cuando desaparecimos, también lo hizo la sabiduría que le elevaba por encima de otros pueblos.

―           ¿Y por qué desaparecisteis?

―           No es el momento de hablar de eso, Monje – el tono de Horus fue tajante. – Recuérdale al Elegido lo que ha visto… recuerda…

―           ¡Sergio, Sergio! – el tono urgente de Nadia entra en mi cabeza, sacándome del rincón oscuro en que he estado postrado.

Su mano está sacudiendo mi mejilla y no precisamente con caricias. Su voz denota preocupación.

―           Ya, ya estoy… ¡Deja de hostiarme, coño! – gruño, abriendo los ojos.

Nadia está inclinada sobre mí, el ceño fruncido, la verde mirada chispeando. Detrás, Yassin tiene los brazos cruzados y se mordisquea una uña, pensativa. Los belgas cuchichean entre ellos, mirándome de reojo.

―           Tengo claustrofobia. No pasa nada – les tranquilizo, agitando una mano. No sé si me han entendido. Que les den. – Tengo que salir de aquí.

Yassin asiente con la cabeza y Nadia intenta ayudarme a bajar la pendiente de madera. Me deshago de ella y bajo corriendo, dejándolas atrás. El impulso de salir me puede, y no sé por qué. Nunca he tenido claustrofobia, aunque tampoco había estado nunca en la Pirámide de Keops. Pero intuyo que es algo más bien relacionado con lo que he visto en el interior.

Cuando Yassin y Nadia salen al exterior, estoy sentado en el chiringuito de Tessi, bebiéndome una limonada y digiriendo todo lo que me cuenta Ras, quien se calla al aparecer el Oráculo. Como si sirviera de algo.

―           ¿Qué te ha pasado en el interior, patrón?

―           Ras ha tenido unas palabras con Horus – mascullo, dejando a Yassin con la boca abierta. — ¿No lo has visto tú, Oráculo? – le preguntó con un tono ácido.

―           ¿Horus? No… no siempre veo cosas a la vez que tú, Sergio. Muchas veces lo hago después, en sueños – me dice, recomponiéndose.

―           Ya. Pues el dios de cabeza de pájaro nos ha mostrado gentilmente la construcción de la Gran Pirámide.

―           ¿Qué? ¿De veras? – exclaman las dos, cada una por un motivo distinto, claro.

―           Y debo decir que jamás os imaginaríais cómo se construyó… ni de coña – digo, apurando el refresco. – Tus dioses me dan la impresión de no proceder de la imaginación humana, Yassin. Tienen toda la pinta de venir de un sitio lejano – y mi pulgar señala el cielo.

―           Aún así, son dioses – se encoge de hombros y debo reconocer que tiene razón. ¡Qué importa de dónde vengan si demuestran tener poder y dones sobrehumanos!

―           ¿Qué hacemos? ¿Te sientes con ánimos de seguir viendo pirámides? – pregunta Nadia, cambiando la conversación.

―           No, la verdad es que no.

―           Podemos ir a Luxor. En unas tres horas podríamos… – interviene Yassin.

―           Nanay. No voy, al menos hoy – refunfuño como un crío.

********

La bendición de los antiguos dioses no sólo me ha cambiado a mí, tal y como dijo Horus en la visión que me impactó la semana pasada, sino que también ha cambiado a Ras y su relación simbiótica conmigo. Aún no he podido comprobar los cambios y mejoras que se han producido en mi cuerpo – ni tampoco he tenido ganas, la verdad –, pero sí hemos notado el aumento de las percepciones del viejo, y lo han hecho de forma exagerada. Debo tener cuidado con los dones que compartimos, ya que parecen haber crecido tanto que hay veces que escapan a mi control. Hablo de la mirada de basilisco, las intuiciones que nos embargan, el control de los sentidos… todo está magnificado, y es tan sencillo caer en la tentación…

Al día siguiente de nuestra visita a Giza, de mejor humor esta vez, hemos visitado el templo de Karnak y el de Luxor, en la antigua Tebas. Allí sí que estamos en el puto desierto, a cuarenta grados, sobre todo cuando paseamos por el Valle de los reyes y fuimos a ver los Colosos de Memnón.

De allí, partimos hacia Asuán al tercer día; tres días de reuniones secretas y más informes. Llegamos a Asuán al atardecer. Como en Luxor, un grupo de familias nos dio hospitalidad. El Oráculo fue requerido para asistir a un rito funerario y partió sola durante buena parte de la noche. Esa es otra cosa que me ha llamado mucho la atención del nuevo culto egipcio: los ritos de embalsamamiento y la creencia en una nueva vida ligada al cuerpo mortal, en otro Plano. Al parecer, han recuperado la técnica que usaban los antiguos embalsamadores, y la han mejorado con las nuevas tecnologías. He tenido la oportunidad de ver uno de los cadáveres ya preparados y a punto de ser cerrado en el sarcófago de aluminio, y es verdaderamente impresionante.

La lógica avala a estos cultistas. Si durante el tiempo de vida terrenal hemos luchado tanto por nuestros cuerpos, contra enfermedades, lesiones, por mantener la belleza, la plenitud, y la forma física, ¿por qué vamos a deshacernos de ellos en el momento de la muerte, por la esperanza de un alma que nadie ha visto, ni comprobado científicamente? ¿No es mejor quedarnos con el envoltorio que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida, debidamente conservado? Como he dicho, es lógico y factible con las nuevas técnicas, pues no sólo utilizan el método de embalsamamiento. Los más adinerados optan por nuevos métodos, como la crionización, o la conservación en un ambiente totalmente aséptico.

Por mi parte, no sé qué pensar de todo ello. Mi cerebro aún está procesando datos sobre la existencia real de estos dioses. La pregunta que más me hago es: ¿Si existen los antiguos dioses egipcios, existen también los demás dioses? El Olimpo griego-romano, el Asgard nórdico, Jehová, Alá, Budá, Kali, Manitú… ¿Pueden estar todos ahí, en un rincón de nuestro universo, esperando a revelarse? Joder, que miedo…

El caso es que me encuentro tumbado en una cama extraña, en una ciudad a orillas del Nilo, dándole vueltas a todo esto. Por otro lado, me digo que debo llamar a casa para interesarme por los últimos días de embarazo de mis chicas y de mi esposa. No quiero que me den una sorpresa de última hora.

―           Hay dos chicas delante de la puerta. Están cuchicheando – ahora sí que es difícil sorprender a Ras. – Se trata de la hija mayor de la familia y otra jovencita que no reconozco.

El sonido del picaporte llega hasta mí, junto con un quedo murmullo. Unas risas contenidas y unas sombras que se mueven hasta el interior de la habitación. Entonces, enciendo la luz.

Las chicas se sobresaltan y están a punto de salir corriendo.

―           Stop! – exclamo y se quedan clavadas, alcanzadas por mi voluntad. – Come here!

Las observo mientras avanzan hacia la cama. Llevan el oscuro pelo suelto y recién cepillado, y visten unos largos camisones que sólo dejan al descubierto sus descalzos pies. Una de ellas estará cerca de los dieciocho años, y, a pesar del control mental, sonríe, mirándome con ojos oscuros y chispeantes. La otra es más joven, entre los catorce y dieciséis años, con rasgos muy parecidos.

―           Sisters? – pregunto, señalándolas.

―           Cousins – responde la mayor. Así que primas…

―           What are you doing here? – que menos que preguntarles lo que están haciendo en mi cuarto.

―           Mi prima quería conocerte. No se creía que fueras tan guapo – traduzco su vacilante inglés.

Sonrío y ellas me imitan, mostrándome grandes paletones y un par de dientes montados, que dotan de verdadera simpatía sus sonrisas. Son bastante atractivas, debo reconocer, y llevo a obligado plan unos cuantos días. No es muy buena idea que estén aquí. Así se lo hago saber.

―           Podríais tener problemas si os pillan aquí. Las chicas vírgenes no deben entrar en la habitación de un hombre.

―           Eso es para las chicas musulmanas – me contesta la mayor, negando con la cabeza. – Las antiguas tradiciones son más… ¿abiertas?

―           Sí, relajadas – comprendo. — ¿Así que podéis buscaros un novio cuando queráis?

―           Algo así – se ríe, y le dice algo a su prima, haciéndola reír también. – Es… la oportunidad de conocer al Elegido…

―           Bueno, pues ya me habéis visto. Ahora, podéis hacer dos cosas, o marcharos a dormir o subiros a la cama, conmigo…

Se miran la una a la otra, y asienten. Tras eso, se suben a la cama, colocándose una a cada lado de mí. Tímidas no son, vamos.

―           ¿Cuántos años tenéis?

―           Casi dieciocho – se señala a sí misma la mayor. – Ella quince. Me llamo Yelinda, mi prima Bessaméh.

―           Yo Sergio – me presento, golpeando con mi índice la mejilla e, inmediatamente, me da cada una un beso allí. — ¿Y qué pensabais hacer en mi dormitorio?

―           ¿Follar? – musita Yelinda, con una irónica sonrisa.

―           Sois muy jóvenes – niego con una mano.

―           Yo ya he follado con un primo y ella quiere ser mujer ya, no niña – señala a su primita. – El Oráculo dice que tú eres el instrumento de los dioses, así que todo estará bien, ¿no?

Joder con la lógica, coño. En otras palabras, no hacen nada malo si se acuestan conmigo, ya que soy el Elegido. La más joven dice algo en árabe que su prima me traduce al inglés.

―           Mi prima dice que es muy buena servidora y que reza todos los días, así que tienes que hacerla mujer.

Eah, así y ya está. ¡Que aprenda la Iglesia! Si crees y rezas, vendrá un señor escogido por tu Dios y te desflorará… ¡Mucho mejor que la Comunión!

Entre risitas, apartan la fina sábana que cubre mis piernas y contemplan mi boxer. Nuevas palabras susurradas entre ellas y sus manos se lanzan a bajarme la prenda íntima. Intento frenarlas pero no sirve de nada, están dispuestas. Se quedan muy quietas al toparse con el tamaño de mi pene. La más pequeña agita una mano varias veces, mientras se ríe en silencio. La otra se muerde el labio inferior en respuesta. Pero no se echan atrás y toman mi miembro con sus manos. Su osadía me gusta.

Tironeo de uno de los camisones, subiéndolo y descubriendo las morenas piernas. Ellas captan la sugerencia y las blancas prendas salen por sus cabezas, demostrándome que no suelen gastar mucho dinero en ropa interior. Están absolutamente desnudas debajo del camisón. Aún cuando sus rasgos son un tanto aniñados, sobre todo en la menor, sus cuerpos no guardan relación. Son rotundos, totalmente desarrollados y, por lo tanto, hermosos. Senos medianos, unos vientres levemente hinchaditos, nalgas levantadas y bien redondas y unos pubis velludos y ansiosos.

Sí tenía alguna duda, se ha esfumado. Las abrazo a cada una con un brazo y las pego a mi cuerpo, al mismo tiempo que me tumbo. Sus bocas quedan al alcance de la mía y alterno los besos de una a otra. Sus manos acarician suavemente mi pecho y mis flancos, mientras sus labios aspiran mi aliento. Bessaméh imita a su prima, pues no tiene experiencia, pero Yelinda, sin duda, ha besado a muchos más que a su primo. Aún así, ambas chicas poseen labios turgentes, cálidos y realmente suaves, hechos para besar. En un momento dado, las dos chicas intentan introducir sus lenguas en mi boca, a la misma vez, haciendo que sus apéndices se rocen entre ellos. Esto conlleva que curioseen un poco más, dándose directamente la lengua.

―           ¿Es la primera vez? – pregunto, reconociendo el gesto.

Ellas asienten, mirándome de reojo, sin dejar de jugar con sus lenguas, recostadas sobre mi pecho.

―           Bueno, estoy seguro de que cuando acabemos, vais a ser algo más que primas – les digo mientras empujo sus cabezas hacia abajo, en busca de lo que interesa.

Sus dedos y sus bocas se posan, al mismo tiempo, sobre mi pene, cada una ocupada en un extremo. Yelinda chupando mis testículos, Bessaméh atareada con el glande y mi frenillo. Ponen tanto entusiasmo que me hacen suspirar. “Esto es un recibimiento a recordar”, le digo al viejo, quien me sonríe mentalmente.

Contemplo sus cuerpos desnudos, atareados sobre mí, expuestos a la descarnada bombilla que cuelga del techo. Sus largos cabellos azabaches se derraman sobre mis muslos. Sus cabezas se mueven, sinuosas, para llevar sus labios donde atrapar más carne. Sus nalgas se empinan a medida que sus bocas se afanan. Sus lenguas se encuentran entre ellas a medio camino, como si se saludaran al pasar, antes de continuar la tarea.

Están tan entusiasmadas con lo que hacen que si las dejara, estarían toda la noche ocupadas con mi polla. Pero recuerdo que han venido aquí a follar, ¿no es cierto?

Atrapo a Yelinda y aferrándole las muñecas, la subo sobre mi cuerpo, pegando su espalda a mi pecho. Las redondas nalgas se rozan contra mi polla, que está clamando ya por un agujero. Le suelto las muñecas y la abro de piernas, doblándole las rodillas. Su pelvis se tensa al sentir los punterazos de mi pene entre sus muslos. Bessamé, de rodillas, contempla todo el ritual, con ojos llenos de envidia. Penetro lentamente a la chica, que suspira y se estira completamente sobre mí. Su cuello se gira, su boca buscando la mía. Le doy la lengua mientras empujo con las caderas.

Pronto está gimiendo, la vagina colapsada, incapaz de tragar más. Ha entrado más de media, pero está topando casi con su útero. Me retraigo un poco y me deslizo de nuevo. La noto estremecerse. Alargo la mano y atrapo a su prima por el pelo, acostándola sobre ella.

No tengo que indicarle nada. Se fusionan en un apasionado beso mientras sus manos recorren todas las curvas y pliegues femeninos que encuentran. Yo sigo moviéndome despacio y con tiento. Yelinda no tarda mucho en gemir contra la boca de su prima, traspasada por un enorme orgasmo que la remueve por completo.

Su propia prima la quita de en medio. Ella también quiere lo suyo y está más que dispuesta. La dejo que me cabalgue, con sus ojos clavados en los míos. De esa manera, podrá tener control sobre lo que se introduzca en su virginal coñito. Restriego la polla sobre su vulva, poniéndola frenética. Se moja, se frota, y cierra los ojos, todo a la vez.

No puedo ver a Yelinda con el cuerpo de su prima delante, pero seguramente está observando como empujo la cabeza de mi polla en el interior del coñito. El himen frena mi entrada y me quedo quieto unos segundos. Yelinda le dice algo en árabe y yo intuyó que se refiere a si está preparada. Lo siento, es tarde para eso. Empujo y desgarro. Ese coñito me traga instintivamente y me obligo a dejarle un momento para acostumbrarse. Está tan caliente y húmedo que es realmente delicioso. No sé si la humedad es sangre o Bessaméh es toda una calentona, ya lo veremos más tarde…

La chiquilla es la que empieza a moverse, por su cuenta. La veo mordisquearse el labio una docena de veces y adoptar mohines de molestia y de placer, en completa alternancia. Se lanza a un ritmo mucho más acusado, botando sobre mí. Poco a poco, empujo más polla al interior de su coñito y acepta más que su prima más experimentada. Sus ojos se vuelven, mostrando el blanco, pero no aminora en absoluto. Esa niña se está corriendo y sigue follando. Para que luego hablen de las inexpertas. Por mi parte, ver ese rostro congestionado, con esa boquita jadeante, me lleva al límite.

―           ¡Yelinda, sácasela! – exclamo, sin acordarme de los padres dormidos, ni de nada más.

La prima mayor aferra la base de mi pene y empuja las nalgas de su prima. En ese momento, mientras una descabalga y queda a cuatro patas sobre la cama, la otra recibe la emisión de semen en plena cara. Pero no suelta el rabo, ni hablar. Abre más la boca y saca la lengua para recoger lo que brote. Su prima observa atentamente el fenómeno y, cuando Yelinda pasa su lengua por mi glande para limpiarlo, se lanza sobre ella para lamer los restos que quedan en su rostro y labios.

Las veo rodar, lamerse y besarse, todo a la vez. Los dientes de Bessaméh se apoderan de los puntiagudos pezones de su prima y se pasa un buen rato torturándolos, hasta encender de nuevo a Yelinda.

―           ¿Veis cómo os decía que ibais a ser algo más que primas? – les digo en castellano, poniéndome de rodillas. – Ahora, Bessaméh, le vas a comer todo ese coñito reluciente, ¿verdad?

Cuando le pongo la mano en la nuca, tirando de ella hacia abajo, me mira y sonríe, como si me entendiese perfectamente. Para mí, que es la más cachonda de las dos.

Empiezo a comprender a los musulmanes y sus costumbres. ¿Qué importa que sus mujeres vayan completamente tapadas por la calle, mientras follen en casa como estas dos hermosuras?

CONTINUARÁ…

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