ALBERTO ROMERO

Al Borde del Precipicio.

Deyan se despidió de Antonio con un cariñoso abrazo de hermanos de sangre.
Lo vivido en las últimas horas había estrechado su vínculo aún más de lo fuerte
que ya era. Quedaron en verse al mediodía en casa de Adela y Miguel.
Antonio cerró la puerta y se derrumbó en el sofá. Llevaba un rato con un sentimiento
dentro del pecho que le acongojaba y le daba muchas ganas de llorar. Los
últimos sucesos le tenían al borde del precipicio y ya no podía más. No sabía hasta
cuando aguantaría todo lo que estaba viviendo. Sintió ganas de abandonarlo
todo, de tirar la toalla y huir. No sabía muy bien a donde, ni de que manera. Tampoco
sabía para qué, porque ya no podía más.
Lloró como un recién nacido, casi sin poder coger aire, dejando que la angustia
recorriese cada centímetro de su interior, abandonándose a la rabia, la tristeza,
los agobios y la vida.
Cuando se calmó un poco cogió un vaso de la cocina y se puso dos dedos de
un whisky que tenía guardado para las ocasiones especiales. Volvió a sentarse en
el sofá y paladeó el amargo sabor de aquel brebaje como si fuese un ansiolítico
natural. Un escalofrío recorrió su espalda por la fuerza del alcohol y se sintió un
poco reconfortado.
Necesitaba hablar con Ana, contarle como estaba, sentir su piel y mirarla a los
ojos. Necesitaba cobijarse entre sus brazos, sentir la suavidad de su pelo, alegrarse
el alma con su sonrisa aterciopelada.
Aquello era imposible en aquel momento, pero aún quedaba esperanza y se
vistió con la intención de pasar la mañana con ella en el Hospital.
El teléfono de Antonio sonó tan fuerte que pegó un respingo en el sofá. Era su
hermana Marta.
—Antonio, ¿estás sentado? —preguntó nada más cogerle.
—Sí, ¿Qué pasa? —contestó Antonio preparándose para un nuevo susto.
—No te vas a creer lo que acabo de ver —dijo Marta.
Antonio escuchó con atención e incredulidad el relato de su hermana sobre
Josefa, la ambulancia y el coche de policía. Le contó a Marta lo que había encontrado
en la caja fuerte de Josefa y entre los dos ataron muchos cabos sueltos en
los que no habían caído por falta de información. También le contó lo que había
pasado con su trabajo y como estaba Deyan.
La conversación duró casi dos horas de reloj, pero a ambos les sirvió para ponerse
al día y tranquilizarse.
Marta se despidió contándole que iba a ir al convento, aprovechando la ausencia
de Josefa, para intentar hablar con la monja que le había acompañado en su
viaje a Barakaldo. Antonio le pidió que tuviera mucho cuidado, y que le mantuviese
informado de todo.
Antonio cogió la cartera y se marchó al hospital con ganas de ver a Ana y con
mejor ánimo que al principio de la mañana.
Cuando llegó al hospital recordó el incidente con Josefa en las escaleras de
acceso a las plantas, pero trató de desviar sus pensamientos hacia otras cosas, sin
mucho éxito.
Al llegar al pasillo de la habitación la Doctora Garmendia salía de su despacho
y le obsequió con una de su amplias y cálidas sonrisas.
—Que alegría verte Antonio, tengo una noticia para ti —dijo la doctora con los
ojos brillantes.
—¿De qué se trata? —preguntó Antonio con gran curiosidad.
—El Doctor Smith llega esta tarde de Los Ángeles —contestó la doctora llena de
emoción.
Antonio sonrió como no lo hacía desde antes del accidente y de repente le pareció
que aquel podía ser un día con el cielo azul, sin nubes en el horizonte.

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2 comentarios sobre “Demasiado personal (44)

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