MOISÉS ESTÉVEZ

Era Minna, su compañera. Tras darle los buenos días, le dijo que el jefe la había llamado para que se dirigieran los dos al lugar donde se había cometido el último asesinato.
Ya se había filtrado a los medios que un asesino en serie andaba suelto por las idílicas y hasta hace poco pacíficas calles de Fjälbacka.
Erik terminó de tomarse el café y se quitó su confortable e inseparable pijama, para ponerse su habitual indumentaria de trabajo: traje negro, zapatos negros, camisa blanca y corbata también negra. Semiautomática Parabellum y esposas en el cinturón, su imprescindible iPhone, llaves de su Volkswagen y listo para afrontar su ineludible cita.
Encendió un cigarrillo con la intención de fumárselo antes de montarse en el vehículo, a la vez que pensaba que coño estaba pasando en hasta ahora su tranquilo pueblo. En comisaría estaban desbordados, y al forense, se le acumulaban los cadáveres en la morgue, y ya no por la cantidad, si no por lo complicado de sus autopsias.
Cuando llegó al lugar del crimen, la inspectora Minna lo esperaba con un par de cafés en las manos, cosa que agradeció enormemente a pesar de haber tomado ya uno en casa.
– Buenos días Erik.
– Hola Minna, que tenemos.
Su compañera, entre sorbo y sorbo de aquel sabroso y negro brebaje lo puso en antecedentes de camino a la habitación de la casa en la que se encontraba la víctima, anticipándole que la escena era brutal.
El escenario ofrecía una imagen dantesca. El occiso individuo, un hombre de mediana edad, estaba colocado en posición fetal, desnudo, con los pies y las manos atados juntos con una especie de alambre espinado, orejas y nariz cortadas, ojos abiertos de par en par gracias al pegamento que aquel cruel y sangriento torturador le había aplicado en las órbitas, como si este no quisiera que su presa se perdiera ni un instante de lo que le estaba ocurriendo hasta el último momento, que llegaba con un tiro a bocajarro entre ceja y ceja.
Nada o casi nada que no hubieran padecido las víctimas anteriores. Un patrón de conducta idéntico, un sello que marcaba una violencia extrema, una forma de proceder que hacía que todos los presentes se preguntasen cómo alguien podría hacer algo así, por qué motivo. Qué podría tener una persona en lo más profundo de su mente para actuar con tanta furia y ensañamiento…

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