JANIS MULLIGAN

El oráculo

Levanto los ojos de los informes que siembran el escritorio de mi despacho. Las letras bailotean ante mis ojos, haciéndose incomprensibles a medida que pasan las horas. Me froto los ojos y me estiro, haciendo que los huesos de mi espalda crujan. Tengo hambre. ¿Qué hora es? Aaah… es casi la hora del almuerzo, bien.

Echo un vistazo por la ventana y sonrió al entrever a Elke y Pam tomando el sol de finales de febrero en el porche lateral. Está a punto de entrar en su octavo mes de embarazo y están maravillosamente gordas, llenas de pequeños achaques propios de madres primerizas. Al menos es lo que dice su médico. Vistiendo gruesos jerseys de lana y con una manta sobre las piernas, están tumbadas al sol sobre las hamacas, como lagartos orondos y vagos.

Todos estamos excitadísimos con la pronta llegada de las criaturas. Ellas y Basil han preparado un maravilloso cuarto infantil, justo al lado de su alcoba. Incluso Patricia está leyendo un libro sobre cuidados para bebés, no digo más…

En cuanto a mi esposa, su escayola está a punto de pasar a la historia. En esta misma semana, se la quitaran y comenzara a hacer rehabilitación. La doble rotura de tibia y peroné ha soldado bien y ahora tiene que desentumecer esa pierna y también quitarse de las caderas un par de kilos.

Desde mi despiadado y sorpresivo golpe a la Anónima Sarda, el Mediterráneo ha quedado muy tranquilo. Nuestros enemigos más marítimos, todos socios de Arrudin, como los italianos, los griegos y los malteses, han dejado de aguijonearnos y han optado por ponerse a la defensiva, blindándose en sus territorios. No se fían de mí, creo yo…

Por fin, les he demostrado que no soy ningún niño y que no me dejaré mangonear de ninguna manera. Pero que no den muestras de hostilidad, no significa que hayan desaparecido. Malta y Rodas se han convertido en verdaderos escollos a tener en cuenta, refugio de seudos piratas que esperan la mínima oportunidad. Sicilia está algo más tranquila, al estar más cerca de mis dos islas, ahora bien reforzadas. Por el momento, se mantiene el equilibrio de fuerzas.

Intento hacerme una idea de cómo se sentirá Nicola Arrudin con todo lo que ha pasado. Ha perdido completamente la vía colombiana, desde que los cárteles unidos le han vetado. Toda su mercancía ilegal proviene del Triángulo de Oro, de Asia, y debe remontar el canal de Suez para acceder a sus socios húngaros, italianos, o griegos, que es por donde entra la droga. Esto le coarta bastante y no debe estar muy feliz.

Controlar el canal sería darles el golpe de gracia y obligarles a dar la cara y atacarme forzosamente, lo cual sería ideal para mis planes. Pero, por el momento, no puedo forzarles a ello. No dispongo de suficiente presión…

En nuestro bando, los negocios marchan bien. Las cooperativas agrícolas de los colombianos funcionan de maravilla – de hecho, acaban de abrir otras dos en Andalucía –, lo que significa mano de obra legal para mis clubes y demás negocios. No es que pretenda quitarles el pan de la boca a los españoles, pero mis castings se vendrían abajo si sólo usara autóctonos. España no es tan grande para disponer de tantas chicas dispuestas a abrirse de piernas, ¿no creen?

Por otra parte, controlar esa área del Mediterráneo permite a mis socios asegurar los cargamentos y descubrir toda la menudencia y tráfico de la competencia, manteniendo así contentas a las autoridades pertinentes. Esto mina los pequeños competidores y sangra al enemigo lentamente, siguiendo las enseñanzas de Sun Tzu.

Sé que pronto actuaran de nuevo contra mí. Me he convertido en la llave que necesitan. No me importa, ya no me tomarán más por sorpresa.

Dejo el despacho y me dirijo hacia la cocina, buscando un tentempié y una cerveza. Por el camino, me encuentro con Isabel, la Dra. Garñión, charlando con Katrina, en la salita Malva. Katrina ha rebautizado las salas del piso bajo, así como los salones y las bibliotecas. Todo el mundo ha tenido que aprenderse los nuevos nombres. Hay que ver lo que hace el aburrimiento.

―           ¿Cómo estás, Isabel? Me alegro de verte – la saludo.

Ella se pone en pie y me besa en la mejilla, tomando mis manos.

―           Yo también, Sergio. Me he pasado para ver cómo estaba Katrina.

―           Loca por correr – bromeo. – Le quitan el yeso en un par de días.

―           Sí, eso me ha comentado.

Katrina sonríe, sentada con su pierna estirada. La escayola parece que ha estado en la guerra de Vietnam, deshilachada y sucia.

―           Isabel estaba informándome sobre el éxito del último curso para chicas no pertenecientes a RASSE – me dice mi esposa.

―           ¿Ah, sí?

―           Estoy muy satisfecha con lo conseguido – me asegura la doctora. – Setenta chicas de todas partes del mundo durante dos meses, a doce mil euros por cabeza, hacen un buen pellizco.

―           Tiene razón, pero… ¿han quedado satisfechas ellas?

―           Oh, sí, por supuesto. Bueno, más bien sus patrocinadores, claro. La calidad que han conseguido tras estos dos meses es verdaderamente espectacular.

―           No lo dudo, Isabel. Podrán recuperar su inversión en poco tiempo.

―           Así es. ¿Quería preguntar si habría alguna posibilidad de conocer algo sobre vuestro próximo proyecto?

―           No hay nada seguro aún, Isabel – le confieso, torciendo el gesto. – Dependemos de una serie de factores que no están en nuestras manos controlar.

No es cosa de decirle que estamos en mitad de un conflicto armado y que no podemos invertir de momento. Confío en ella pero no para tanto.

―           Estamos estudiando crear algo clásico en Córcega, quizás – me ayuda Katrina.

―           ¿En Córcega? Creía que habías ido a comprar un terreno en Ibiza – parpadea la doctora, confusa.

―           Aquello no salió bien, pero ha caído en nuestras manos una extensa y magnífica villa en Córcega. Aunque el turismo es algo menor allí, sí posee un alto nivel económico. Pero, como he dicho, son solo especulaciones, estudios de mercado – le digo.

―           Claro, claro – asiente la doctora. – Bueno, va siendo hora de marcharme.

―           ¡De eso nada, Isabel! ¡Te quedas a almorzar! – interviene Katrina.

Las dejo con sus cosas y persigo a Niska por el pasillo que lleva a la cocina, haciéndola emitir grititos nerviosos. ¡Me encanta!

* * * * * * *

―           ¡Empiezo a estar harta de esta puta isla! – masculla Denisse a través de Skype.

―           Venga, cariño, que te quedan un par de días y te vuelves – le contesta Nadia, de pie e inclinada sobre el monitor, las manos apoyadas sobre mi escritorio.

Denisse sigue en Cerdeña, atando los últimos cabos que nos darán el control de las posesiones de la Anónima Sarda. No sé exactamente cómo lo ha hecho el experto que se ha llevado con ella, pero tiene algo que ver con una OPA hostil y haber negociado con el gobierno local el pago de ciertos impuestos atrasados. Denisse, bueno en realidad fue Marco, tuvo que encontrar dos de los directivos pertenecientes al consejo administrativo, un asesor y un vocal, y éstos, suficientemente motivados por los rostros patibularios de nuestros hombres, firmaron la venta de la sociedad anónima que engloba los bienes de los sardos. Quizás la próxima vez no me deje llevar tanto por el entusiasmo y los mantenga con vida hasta que puedan firmar la cesión de su patrimonio. Nos hubiéramos ahorrado muchos problemas.

―           ¡Es que te echo mucho de menos! No me gusta dormir sola – gruñe la albina, sin importarle que yo esté delante.

―           ¡Pues te compras un peluche, joder! – la abucheo, harto de sus quejas. — ¿Tienes ya la relación de propiedades?

―           Sí. La mayoría son pisos y casas. Hay un hotel también y el club de campo. Ya te envío un dossier más detallado.

―           ¿Nada que podamos utilizar para clubes?

―           El club de campo – se encoge de hombros.

―           No sirve. No dejarán construir tan cerca del lago. Los edificios que hay son de una planta. Además, está demasiado cerca de la ciudad como para convertirlo en un lupanar.

―           Ya veo – Denisse atiende lo que le dice alguien fuera de cámara y vuelve a mirarme.

―           Bueno, seguimos contando con El Dolor de Katrina. Te dejo, acaba de llegarme un correo – le digo, mirando el aviso.

―           De acuerdo, Sergio. Nadia, te quiero. Te llamo esta noche.

―           Claro, guapa. Un beso – se despide la latina.

Al abrir el Outlook, el remitente del correo queda a la vista. Aferro la muñeca de Nadya para que no se marche. Es Maat…

Casi me da miedo abrir el correo. La colombiana coloca su mano en mi hombro, dándome ánimos. Doble clic y el mensaje se abre. Leo con temor.

“Las constelaciones han alcanzado su cénit; las vidas de unos y otros se cruzan para formar el entramado que los dioses han designado. Es el momento que RASSE conozca a Maat y los entresijos de su destino. Ven a El Cairo antes de que la luna redonda asome, a recibir la bendición de Ra.

Maat.”

―           ¿Q-qué significa… eso? – pregunta Nadya, preocupada.

―           Nada bueno – le digo. – Tenemos que viajar a Egipto.

* * * * * * *

―           ¿Qué cojones se te ha perdido en Egipto? – es la pregunta que campa por las mentes de todos, en la mansión, pero es mi esposa la que la suelta en voz alta.

―           A mí nada, pero, por lo visto, Maat es de allí – digo con suavidad.

―           Era lo más lógico – interviene Basil. – Maat es una diosa del Antiguo Egipto.

―           ¿Y por qué quiere verte? – es el turno de mi hermana de preguntar.

―           No lo sé. Tiene que ver con mi destino, creo.

―           No vayas…

―           Tengo que ir, Elke – le contesto, observando el puchero que hace. – Maat nos ha salvado el culo a todos en varias ocasiones, literalmente. Si quiere conocerme, debo ir. Sabe demasiadas cosas como para no tenerle en cuenta. Además…

―           Yo iré con él – acaba la frase Nadia.

―           Alquilaré un avión para una docena de personas y…

―           No, Basil. Esta vez iremos solamente Nadia y yo. Nada de llamar la atención. Viajaremos con documentación falsa – le digo.

―           ¿Por qué? – pregunta Katrina.

―           Porque no me fío de nadie. Seremos un par de turistas y viajaremos como tal…

Krimea no está presente, así como tampoco Patricia. Es una reunión de Estado Mayor, como la llamo. Katrina está sentada en uno de los sillones de la biblioteca, sin escayola en la pierna. Las he reunido a todas cuando ella ha llegado a la mansión de su visita al médico, sin darle tiempo a nada más.

―           ¿Cuándo os marcharéis? – me pregunta. Por el tono de su voz, ha aceptado la idea.

―           Mañana. Según el mensaje, tengo que ir antes de que la luna llena asome, y eso es dentro de cuatro días.

―           ¿Qué otros detalles te ha dado? – me pregunta Pam, sosteniendo su gran vientre.

―           Poco más – le digo, entregándole el mensaje impreso.

―           ¡Esto es una locura! Cualquier ha podido escribir esto y conducirte a una trampa.

―           Es la dirección que siempre utiliza Maat – interviene Basil.

―           Sí. Si hubiera querido verme muerto, con no avisarme de… nada, pues estaría criando margaritas – me encojo de hombros.

―           Está bien. Si Sergio confía en esa persona, pues que vaya – dice Katrina, levantándose. – Cariño, tengo que hablar contigo… llévame arriba, por favor.

La tomo en brazos y, como una niña pequeña, se acurruca contra mi pecho, con sus brazos alrededor de mi cuello. Mientras subo las escaleras, no deja de decirme, una y otra vez, que me quiere, que me adora…

―           ¿Qué es lo que te pasa, Katrina? – le pregunto al entrar en nuestro dormitorio. – Me parece que estás muy sensible…

―           Hoy he aprovechado la visita al traumatólogo para hacerme un chequeo – susurra, al ponerla en el suelo.

―           ¿Un chequeo?

―           Sí, más que nada para confirmar lo que ya intuía – sonríe ella, mirándome con sus maravillosos ojos azules.

―           ¿Intuir? – no sé por dónde va.

―           Chico, estás cada día peor. ¿De qué querrá hablarte tu esposa cuando te la has estado cepillando cada día y ahora te marchas a un país lejano?

―           ¡Dios! – caigo en la cuenta. – Katrina, mi vida… ¿Estás… estás…?

―           Sí, tonto, estoy embarazada – me echa las manos al cuello, besándome la barbilla. – de unas seis semanas.

―           ¡Toma ya! ¡Vamos a tener familia numerosa! – exclamo, llevándola en volandas hasta la cama.

Katrina no deja de reírse y besarme, mientras la desnudo. Esto hay que celebrarlo por todo lo alto, con media docena de orgasmos, al menos.

* * * * * * *

Pienso en cuanto he cambiado en estos dos años. Volar ya no supone nada nuevo para mí, aunque sea en turista con Iberia como ahora. Nadia se cuelga de mi brazo, mochila al hombro, cuando descendemos la escalera del avión. Representa muy bien su papel de turista y compañera sentimental, mientras sus ojos repasan a todo aquel con el que se cruza.

Esperamos a que liberen nuestro equipaje que, por otro lado, es bastante escaso: un macuto para cada uno. Ya compraremos lo que necesitemos, es mucho más fácil. Cuando salimos del área de equipajes, Nadia me da un codazo disimulado. Con la barbilla me indica algo a mi derecha, entre la multitud que está esperando. Uno de los pequeños carteles levantados por manos pacientes tiene escrito: “Jacques Dumon”. Es el nombre que pone en mi falso pasaporte, joder. ¿Cómo coño han sabido…?

Nos acercamos al tipo que sujeta el cartel, quien sonríe en cuanto detecta que nos dirigimos hacia él. Es un tipo de unos cuarenta años, con una gorra amarilla de Camel y todo un mostacho de los de antes.

―           I am Jacques Dumon – me presento.

―           Perfect, welcome to Cairo. I have to bring you to your residence. If you follow me… – nos indica con un inglés de curioso acento.

Nos conduce hasta un taxi, un viejo Mercedes, y ni siquiera abre el maletero para que dejemos allí nuestros petates.

―           Mantenlo contigo. Eso es por si nos tenemos que bajar muy rápidamente – me susurra Nadia. Ni siquiera lo había pensado.

Nos subimos atrás y el tipo arranca. Nada de conversación, ni ruta turística. Recorremos los veinte kilómetros que separan el aeropuerto internacional de la ciudad, que está al oeste, en pocos minutos. El problema comienza cuando entramos en la capital. El Cairo es un caos, conducir en ella es delirante. No se respeta una sola norma vial. No hay semáforos, ni pasos de cebra, ni indicaciones, ni siquiera señales. Los otros conductores nos adelantan por donde pueden, con agresivas ráfagas de luces, como diciéndote: ¡apártate o te arrastramos! Los bocinazos son constantes, el rugido de los motores acelerados se eleva por encima de todo, y los gritos e insultos podrían sentar cátedra.

No sé, pero calculo que la vida media de un conductor habitual en esta ciudad debe rondar los treinta años, contando con que haya obtenido el permiso de conducir a los dieciocho. Ese estrés tiene que ser mortal. Cuando lo comentó al oído de Nadia, ésta me mira y sonríe, agitando la cabeza.

―           Aquí nadie tiene permiso de conducir, patrón – me contesta.

Me llevo la mano a los ojos, verdaderamente acojonado por las maniobras que realiza nuestro conductor, quien parece llevarnos a callejear por toda la ciudad. Al menos pasamos hora y medio dentro del vehículo, pasando por zonas que se alternan en la escala urbana. Desde rascacielos y parques realmente bien diseñados, a callejuelas estrechas, de recargados edificios antiguos, con arquitectura típicamente islámica.

En algunas ocasiones, podemos ver, en el horizonte, las grandes pirámides, en la llanura de Guiza, engañando al ojo inexperto al hacerle creer que están más cerca de lo que realmente están. Me siento verdaderamente perdido. Nadia me asegura que el taxista está dando vueltas y rodeos para despistar cualquier perseguidor y para que nosotros no recordemos el camino seguido. ¡Cuanta paranoia! Finalmente, nuestro chofer penetra bajo una arcada y se detiene en medio de un patio cerrado, con un par de escaleras de madera que ascienden en distintas direcciones. Todo tiene una pinta de haber sido construido hace más de cien años.

―           Get off! Quick! – nos ladra, haciendo gestos con la mano.

Nada más poner el pie sobre el suelo enlosado, el vehículo sale disparado por debajo del arco. Nos quedamos de pie, petate al hombro, y más confusos que un esquimal en un cruce. Pero, inmediatamente, un completo batallón de chiquillos, ninguno mayor de doce años, nos rodea, entre gritos y risas. Extienden sus manos, una y otra vez, delante de mis narices, hasta que Nadie deposita algunas monedas.

―           ¡Tío, algunas veces eres patético!

 

La verdad es que sí, pero como soy grande a ver quien tiene huevos de decírmelo. Suelto algunas monedas más y los chicos, con gran algarabía, nos toman de la mano y nos introducen más en aquel mundo laberíntico que forma el interior de las moradas. Parece como si todas las casas estuvieran interconectadas, como si se pudiera pasar de la cocina de una casa al dormitorio de otra, y creo que eso mismo es lo que estamos haciendo. Nos cruzamos con varias mujeres, vestidas de oscuro y de ojos culminados con kohl. También hay varios hombres echados sobre bajas otomanas, algunos fumando de elaboradas pipas de agua.

Nos suben a un dormitorio, donde un anciano dormita; salimos por una ventana a una galería medio cubierta que cruza al otro lado de la calle, nos bajan a una pequeña mezquita vacía, y finalmente acabamos en el comedor de una familia que nos acoge entre sonrisas y chasquidos de lengua.

Cumplida su misión, los niños desaparecen como por ensalmo, dejándonos sentados a una mesa larga, junto con los propietarios de la casa. La familia cuenta con, al menos, siete miembros: el padre, la madre, un par de niños, la abuela, y puede que un par de cuñados, o primos jóvenes.

El padre, un hombre de pelo cano y encrespado, hace un gesto y un par de platos aparecen de la nada para depositarse ante nuestros ojos. La madre nos sirve con un gran cucharón de madera. Es una especie de sopa con tropezones.

―           Molokheya olduğunu. Bu çok iyi. Yiyin! – exclama el padre.

Nadia prueba tímidamente aquella sopa, pero yo meto la cuchara hasta el fondo. No suelo asustarme de las comidas. Más tarde supe que era un guiso tradicional, el molokheya, muy parecido a nuestro cocido, con legumbres, carne de pollo y conejo y diversas hierbas aromáticas. No está mal.

El centro de la mesa está lleno de cuencos coloridos, con bacalao en escabeche, couscous de sémola, ful mesdammes, que es un plato hecho con habas cocidas y  plato nacional, y también Kibbeh, albóndigas de carne de cordero frita y sémola de trigo, bañadas en salsa de dátiles y almendras.

Se puede decir que hemos degustado la verdadera gastronomía egipcia, lo que come una familia humilde, y debo confirmar que nos ha encantado. Sonreímos a cuanto nos dice aquel hombre, ya que no entendemos ni jota, pero uno de los hombres jóvenes habla inglés y Nadia se entiende rápidamente con él. Tal y como había pensado, es un hermano del padre y vive con ellos porque trabaja en el centro de la ciudad.

Nadia intenta averiguar qué hacemos allí exactamente y lo único que recoge es que debemos esperar. Nos encontramos en pleno barrio antiguo islámico y estamos a salvo allí. Me encojo de hombros, mirándola. Si hay que esperar, esperaremos. Qué remedio.

Nadya parece estar súper contenta con todo esto. Su inglés es muy bueno, y se lanza a preguntar infinidad de cosas. Los chicos jóvenes parecen entusiasmados con ella. Hombre, ya me diréis, con un bombón como ella, que no guarda las distancias exigidas por el Corán, pues claro que los tiene mojado pan con ella. Después de almorzar, nos salimos a un pequeño porche trasero, donde los niños juegan a lanzar navajas y cuchillos contra un poste. En eso, sí soy bueno y lo demuestro para alegría de los niños. A media tarde, harto de agujerar el poste de madera, la madre nos trae un fuerte café amargo que maravilla a Nadia.

―           Parece que estamos en un viaje de novios – me dice Nadia, con una sonrisa.

―           Sí, el que no habéis hecho aún tú y Denisse – mi tono es demasiado incisivo.

―           Ya habrá tiempo – se encoge ella de hombros.

―           Claro. No sé tú, pero yo me estoy aburriendo más que Darwin en una tertulia de obispos. Si no respetase tanto a Denisse, te propondría perdernos un buen rato en un dormitorio.

En contra de lo que he pensado hasta ahora, Nadia sonríe sin mirarme y sube un hombro.

―           Si no la amase como la amo, te habría dicho que sí, patrón – me contesta.

―           Bueno, bueno, parece que le has perdido el asco a los hombres, ¿no? – le digo mientras me recuesto mejor contra la pared a la sombra.

―           No, sólo a ti – me mira de reojo.

―           Pues no sabes tú lo que me alegro.

―           ¿Por qué? – media sonrisa se pinta en sus labios.

―           Pues porque echo de menos aquel encuentro que tuvimos en Lisboa. Echo de menos a Denisse… ¿Crees que, en alguna ocasión, podríamos repetir el trío?

―           No lo sé con seguridad, patrón, pero yo diría que Denisse no es de hierro tampoco – se ríe, al tiempo que con un par de movimientos precisos, se hace un moño que deja su nuca desnuda.

―           Ya veo. Bueno, eso será cuando contemos con la presencia de nuestra albina – cabeceó y ella me imita.

―           Se lo preguntaré con tiento – me asegura ella.

―           ¿Sabes que… Katrina está embarazada? – le confieso.

―           ¡Qué bien, patrón! ¡Enhorabuena! Vas a tener un montón de hijos de golpe, chico – la alegría de Nadia es totalmente sincera.

―           Sí, eso parece – me siento raro cuando me detengo a pensar lo que significa todo eso. Como más… ¿maduro?

―           ¡Maldición! ¡Teníamos que estar en un país musulmán! – rezonga ella.

―           ¿Por qué?

―           No podemos regar la noticia como Dios manda – y Nadia se cruza de brazos, enfurruñada, haciéndome reír.

Al caer la noche, dos hombres jóvenes y que no hemos visto antes, nos embozan con unos largos pañuelos y nos sacan de nuevo a la calle. De nuevo más callejas, más laberinto, más tejados, hasta llegar al barrio copto, el más antiguo de la ciudad. Las estrechas ventanas de sus chatos edificios están iluminadas, con sus moradores sin duda sentados ante la cena. Apenas hay viandantes por la calle y los comercios ya han cerrado en el barrio. Nos movemos en silencio, hollando el antiguo empedrado del suelo.

Nos hacen descender por una desgastada escalera de peldaños húmedos, que se encuentra medio oculta tras un montón de cubos de basura y viejas bicicletas amontonadas, en el fondo del vestíbulo de uno de los edificios. Puede que hayamos descendido un par de niveles con respecto a la calle, introduciéndonos en un mundo subterráneo y silencioso. Mortecinas bombillas brillan a lo largo de un cordón eléctrico que recorre varias salas de techo bajo y gruesos muros. El suelo ha pasado de ser de hormigón a tierra batida y aplastada. Diversos murales casi desaparecidos cubren las paredes. Es como si hubiéramos retrocedido en el tiempo.

―           ¿Dónde coño estamos? – susurro, pero nadie me contesta.

Nos hemos detenido en una estancia pétrea, que hace resonar nuestras respiraciones en un tenue eco. Aquí los murales pintados parecen más vivos, destacando bajo las débiles bombillas. Con asombro, compruebo que son jeroglíficos lo que cubren todas las paredes.

El recinto es rectangular, con una anchura de una decena de metros y una largura del doble, al menos. Al fondo, hay una amplia cortina que cubre todo el segmento, desde el suelo al techo. La dura tierra del suelo está bien aplanada y seca. Dos hileras de aquellas bombillas, una en cada largo muro lateral, iluminan la estancia.

Me acerco a examinar mejor los jeroglíficos. No tengo ni idea de su significado, pero puedo distinguir varios dioses y figuras que reconozco de mis lecturas. Los dos jóvenes que nos han traído hasta aquí permanecen quietos, como estatuas de carne, contemplando nuestros movimientos.

―           Patrón, esto no me da buena espina – me dice Nadia, echando mano a la pistola que ha colado en su equipaje.

―           Tranquila – musito, mirando como la cortina se agita. Debe de haber una entrada detrás.

Efectivamente, una figura asoma por un hueco entre la tela. Va cubierta de los pies a la cabeza con un burka, por lo que debe de ser una mujer.

―           Es una mujer. Puedo olerla.

 

Hasta que no está más cerca, no puedo distinguir sus oscuros ojos ribeteados de negro, con unas largas pestañas que parecen aletear. Me alzo en toda mi estatura y relajo mis nervios. Si es una mujer, puedo encargarme, me digo.

―           Bienvenido a la Tierra del Nilo, Sergio, y tú también, Nadia – dice la mujer en un más que pasable castellano. La voz que surge de detrás del velo es suave y cantarina.

―           Gracias – respondo. – Compruebo que nos conoces a ambos. Me gustaría saber…

―           Mi nombre es Yassin. Soy la voz de los Amos del Desierto.

―           Vaya – musita Nadia.

―           Sí, creo que estás como yo, más perdida que una cabra en una pollería – le soplo a mi chica con humor ácido.

La mujer habla unos segundos con los jóvenes, en un idioma aún más silbante que el que he escuchado utilizar a nuestros anfitriones. Los hombres asienten y dando media vuelta, se marchan, dejándonos solos.

―           Yo he encarnado Maat para ti – dice entonces la mujer.

―           ¿Tú eres Maat? – me asombro. En verdad esperaba otra cosa.

―           Así es – y, como el truco de un prestidigitador, el oscuro burka se desliza por su cuerpo hasta acabar sobre la tierra. – Maat habla a través de mí.

Tanto yo como Nadia no tenemos más remedio que admirar a esa mujer que ha aparecido ante nuestros ojos. No lleva otra cosa más que lo que parece ser el atuendo de una odalisca bajo la tela del burka. Un corpiño de seda roja cubre sus bien delineados senos, libres de más encierro. Una falda abierta por ambos costados hasta la cadera, hecha de transparente gasa, enmascara ligeramente sus torneadas piernas. Su cabello está trenzado en delicadas guedejas recubiertas de coralinas y otras bisuterías refulgentes. Camina descalza, con una tobillera repleta de cascabeles. A través de la brumosa tela, puedo ver que no hay rastro de ropa interior.

―           Patrón… esto no será uno de esos programas de inocentadas, ¿no? No aparecerá una cámara ahora diciéndonos que nos han pillado, ¿eh? – me suelta Nadia por un lateral de su boca.

―           Pues si es así, bien pillados estamos – respondo, sin apartar los ojos de la mujer semita.

Debe de haber cumplido los treinta años, pero su cutis es perfecto, sus rasgos dignos del más elaborado cuento de Sherezade, y su figura… bueno… sólo diré que si Nadia fuera hombre, ya estaría empalmado.

―           Bueno – digo, reponiéndome de la sorpresa. – Me gustaría saber cómo has sabido todo esos detalles sobre RASSE y sobre nuestros enemigos.

―           Yo no sé nada, sólo soy un vehículo de la voluntad de los Amos.

―           Ya, los Amos del Desierto – remacha Nadia, con cierto tonillo irónico.

―           Sí, ellos… los Viejos Dioses – Yassin se gira y señala hacia la cortina, que se está descorriendo en una magnífica puesta en escena.

Detrás de la tela, hay seis pedestales con seis estatuas, aunque no distingo el material con el que están hechas. Están talladas a tamaño natural, con unos buenos dos metros, y hay que añadir el metro de pedestal. Detrás de ellas, distingo la oscuridad de un pasadizo. Sin duda es el utilizado por Yassin para asomar.

―           Ra en el centro – nos indica la mujer semita. – Junto a su esposo e Hijo del Sol, Osiris, la Diosa Isis y el hijo de ambos, Horus. Al otro lado, la Diosa Maat y el Padrino de los Muertos, Anubis.

―           Ppffff…

El bufido de Nadia atrae la atención de la mujer y sus ojos se endurecen como ágatas violáceas. ¿Cómo ha hecho para cambiar el color de sus pupilas?

―           Sé que es difícil cambiar vuestro concepto de mundo y creer en unas entidades que llevan desaparecidas más de tres mil años – nos dice con excelso tono. – Yo crecí en una familia que respetaba los antiguos ritos y fui elegida por Sobek, el dios cocodrilo, como oráculo a la edad de nueve años. Desde ese momento, mi vida quedó encauzada.

―           ¿Se puede saber cómo te escogió ese dios cocodrilo? – pregunta Nadia, cada vez más burlona.

―           Me salvó la vida. Una noche, durante la crecida del Gran Río, estuve muy enferma, con neumonía. Sobek salió caminando del agua y entró en la casa de mis padres. Se metió debajo de mi cama y estuvo allí toda la noche, velando mi sueño. Al día siguiente, ya no tenía fiebre y había despertado del mal sueño. Sobek, ante los ojos de todos, de mis padres, de mis vecinos, y del médico que llegó a casa, salió de debajo de la cama y se marchó con mi mal. Desde ese día, fui consagrada a su servicio.

―           Bueno, eso puede tener otra explic… – comienza a decir mi killer.

―           ¡Chitón! ¡Déjalo, Nadia! Yo la creo – la interrumpo.

Nadia me mira con malos ojos, pero Yassin sonríe ampliamente.

―           Pero no fue lo único que te pasó, ¿verdad? – le digo y ella niega con la cabeza. – Tienes que contarlo todo, ¿es eso?

―           Sí, debes conocer mi vida tal como yo conozco la tuya, pues tú también has sido elegido – dice ella, caminando hacia las estatuas.

La sigo y Nadia me imita. Al llegar ante los pedestales, ella se sienta en uno, concretamente en el que sostiene la estatua de Osiris. Nadia y yo usamos el de su esposa Isis, justo al lado. Entonces puedo comprobar que las estatuas están talladas en madera y pintadas magníficamente. No me parecen antiguas, aunque no soy ningún experto.

―           Durante los siguientes cinco años, los demás dioses visitaron mi casa, mi escuela, y mi vida en general – recapituló ella. – Y no me refiero con eso a los que veis aquí representados, sino a todas las divinidades del antiguo imperio, desde Apis, el buey sagrado hasta Imhotep, el dios de la sabiduría. Todas ellas hablaron por mi boca y bendijeron mis manos. A medida que pasaban los meses, cada vez más gente acudía a mi humilde casa, en auténtica peregrinación. La gente venía de todas partes para verme y escucharme. Coptos, sefardíes, musulmanes, y hasta cristianos buscaban la niña que hablaba por los antiguos Amos.

―           ¿Eras un oráculo?

―           Sí y aún lo soy, Sergio. Así es como he visto toda tu vida. Las visiones no cesan de llegar. He conocido cada paso de tu vida, cada romance que has tenido, cada sufrimiento, y cada alegría. Os he visto a los dos en la selva colombiana matando hombres y disfrutando de ello – nos señala.

―           ¿Qué? – respinga Nadia.

―           Os he visto compartir aquella menuda asiática en el burdel – sonríe la bella semita. – Te he visto matar al muchacho que violentó a tu hermana; observé como lo ahogabas con tu príapo.

―           ¿De qué está hablando, patrón? – pregunta Nadia, nerviosa porque está descubriendo que Yassin no parece una embaucadora. No he contado a nadie la forma en que maté a Eric. No puede saberlo…

―           Ví como tu amada moría a tu lado, la llamada Maby. He sentido como conquistabas a cada mujer que se cruzaba en tu camino, y cómo te preocupabas por cada una de ellas. He compartido el afecto que sientes por cada huérfano que recoges. He experimentado el orgullo que te embarga cuando contemplas a tu esposa y también he llorado con sus últimas desgracias. Vivo tu sentimiento de paternidad, cuando posas las manos sobre los vientres hinchados de tu hermana y su amante, encintas de tus vástagos…

―           ¿Cómo puedes conocer todo eso? – exclama Nadia, poniéndose en pie y avanzando hacia ella.

―           Y, finalmente, escucho cada palabra que vuelca Rasputín en tu alma.

Atrapo a Nadia por el brazo, reteniéndola. Mi estómago se ha encabritado.

―           ¿Sabes de Rasputín? ¿Le escuchas? – le pregunto, entrecerrando los ojos.

―           Sí, desde hace mucho tiempo. Le escuchaba cuando te instruía en el desván de tu casa, cuando aún eras un niño y apenas te comunicabas con tus padres. Le escuchaba verter sus palabras venenosas en tus oídos, cambiándote, afilándote como una espada. Le escucho en este momento, sugiriéndote que me mates, que no me escuches más… ¿Acaso no tengo razón?

Nadia me mira y no tiene que preguntarme nada. Con sólo observar mi rostro, sabe que cuanto ha dicho esa mujer es cierto. En mi interior, Ras se remueve como si se lo estuvieran comiendo las hormigas caníbales. Escupe, injuria y aúlla, preguntándose quien es esa loca. Y yo me quedo atónito, descubriendo la existencia de un ser prodigioso.

Debéis comprender que tener el espíritu de un sociópata en mi interior, no me ha vuelto más crédulo con los temas paranormales y misteriosos. Para mí charlar con Ras es como hablar con mi conciencia, no le trato como un fantasma, ni nada parecido. Pero lo que es capaz de hacer Yassin es sinceramente milagroso.

―           Aprendí el español por ti, Sergio, porque mis dioses me hablaron de tu destino y del mío. Me eligieron a mí tan sólo para atraerte, para que te sirviera y cuidara. Mis destellos de clarividencia han permitido avisarte de las veces en que tu vida era amenazada y así poder modificar tu destino. Unas veces he tenido más tiempo que otras para advertirte, o como en el caso de vuestro secuestro, debía mantenerme callada para que todo sucediera y asegurar tu auge – la voz de Yassin es como un canto de sirena en mi interior. No puedo hacer otra cosa más que escucharla. – Me fuiste profetizado hace quince años. Te llamaban “el niño viejo” y yo espiaba tus sueños. Ahora, mis dioses te llaman El Regresado y quieren otorgarte todas sus bendiciones.

―           ¿Por qué? – susurro. — ¿Por qué yo?

―           No lo sé, nunca me lo han dicho. Yo sólo obedezco sus deseos – se encoge de hombros. – Pero confío plenamente en Ra.

Se pone en pie y nos hace una señal para que la sigamos. Se dirige hacia el oscuro túnel, con una gracia que parece que está bailando. Sus caderas oscilan, sensuales y poderosas, atrayendo nuestros ojos. Yassin es toda una hembra, debo reconocer. Así que seguimos el cascabeleo de su tobillo.

Al acercarnos al túnel, varios braseros se encienden simultáneamente iluminando el interior. Me pregunto el por qué de tanta teatralidad, pero no es el momento de curiosear. El túnel es bajo y largo, obligándome a inclinarme.

―           Ese es nuestro nuevo templo – nos comenta, señalando hacia atrás, hacia la gran sala que hemos abandonado.

―           No parece muy lujoso – opina Nadia.

―           No necesitamos lujos. Los dioses atienden nuestras plegarias en cualquier parte. Celebramos las grandes fiestas en los antiguos templos, en Karnak, Luxor o Abu Simbel, donde los turistas nos fotografían, creyendo que somos parte de una representación artística. Pero nada más lejos de la verdad, somos un culto renacido y floreciente, con un panteón politeísta más unido que nunca.

Yassin habla con fervor y total convicción. No es algo a tomar en broma. Ha demostrado que está muy bien informada y eso ya es un poder en nuestra sociedad. Tengo que conocerla mejor, me aconseja Ras en un murmullo. Se ha vuelto precavido desde que sabe que esa mujer le puede escuchar.

El túnel termina ante unas escaleras talladas en la piedra, que remontan en espiral. Al pie de ellas, contra la pared, hay una puerta que Yassin abre, invitándonos a pasar.

―           Mis aposentos – nos dice.

Se trata de una alcoba de grandes dimensiones, sin ningún tipo de ventana al exterior, pero en la que entra, de alguna manera, brisa fresca. Debe de tener algún sistema de aireación. Cuelgan tapices de las paredes y alfombras en el suelo, cubriendo la fría piedra. Una gran mesa redonda constituye el centro de la estancia. Hay libros apilados sobre ella, así como en una enorme estantería rinconera. Un portátil permanece abierto, lanzando destellos sobre la mesa. De alguna manera, se me hace raro ver el ordenador allí, como si no concordase con la personalidad de la sacerdotisa, pero supongo que las nuevas tecnologías no están reñidas con los antiguos credos. Otros muebles como una mesita auxiliar, una cómoda de apariencia antigua, un enorme arcón con bandas de hierros y un gran biombo de madera y tela completan la estancia.

―           Debo ungirte con óleo sagrado – me dice Yassin, empujándome hacia el biombo.

―           ¿Para?

―           Eliminará la patina de incredulidad e hipocresía que recubre tu piel; abrirá tu alma a los dioses. No temas… jamás te haría daño – su sonrisa tiene algo que me desarma.

El biombo esconde la parte más íntima de la alcoba, su cama. Es enorme, con dosel y mosquitera, aunque no creo que los insectos penetren a la profundidad en la que nos encontramos. Un gran armario casi tapa una puerta que supongo será un cuarto de baño. Giro la cabeza y observo como Nadia se asoma con cuidado por un lado del biombo. No piensa perderme de vista.

―           Puedes pasar, Nadia. Siéntate donde gustes – le dice Yassin, sin mirarla.

―           Por supuesto – responde la latina, instalándose en una bella mecedora de mimbre.

Yassin se marcha un instante, dejándome sentado en un lateral de la cama, y regresa con una bandeja sobre la que hay varios potes y una redoma de cristal. Lo deja todo en una baja mesita que se encuentra al lado de la cama y mezcla varios de aquellas sustancias en un tazón.

―           Verás, Sergio – me dice, situándose de pie entre mis piernas y untando mi frente con el aromático óleo –, los antiguos dioses han resurgido lentamente, buscando adeptos a través de los años para hacerse más fuertes – me toca tras las orejas y en la nuca, luego la punta de la nariz y la barbilla. – Los hombres de Napoleón fueron el detonador, los que despertaron a las divinidades de su letargo.

Sus ágiles dedos desabotonan mi camisa, sin preocuparse de mancharla con el aceite. La camisa acaba sobre la cama. Sus dedos frotan lentamente mis pectorales.

―           Los dioses despertaron y no pudieron hacer otra cosa más que observar, inanes sin sus adoradores. Pero contemplaron el mundo nuevo y lo comprendieron con el paso de los años. Quedaron espantados por la violencia gratuita, la extrema avaricia, y la tremenda injusticia. Ya no estábamos bajo la protección de ningún dios, ni la de ellos, ni la de otros.

―           Eso lo podía haber dicho yo. Dios nos abandonó hace tiempo.

―           Tienes razón, Rasputín – sonríe Yassin, subiéndose a la cama de rodillas, y untando mi espalda.

―           ¡Maldita sea! Es verdad que me escucha – masculla el viejo.

―           Los antiguos dioses quedaron muy descontentos con las fanáticas acciones de los extremistas islamistas, con la injusticia que campa bajo los cielos del Nilo, cansados de los rencores y rencillas que surgen por doquier, alentados por los buitres políticos… pero, lo peor de todo, es la afrenta del pillaje.

―           ¿El pillaje? – pregunto, con los ojos entornados por las caricias de sus cálidas manos.

―           Sí. Desde que despertaron, los templos y las tumbas sagradas han sufrido el expolio masivo de sus bienes, de las antiguas ofrendas. Gente de todos los países han venido a llevarse algún recuerdo o tesoro de la antigua cultura. Los franceses primero, después los ingleses, y toda la comunidad científica. Los antiguos ladrones de tumbas se han hecho poderosos en esta sociedad, alentados por ricos excéntricos y museos sin escrúpulos. Han constituido una mafia que ulcera nuestros principios y nuestro país.

―           Ya veo – murmuro, mirando a Nadia de reojo. La latina está muy atenta a las manos de Yassin.

―           Pero no sólo los ladrones de tumbas sangran esta tierra. Hay otros que traen la desgracia y la muerte, que comercian con veneno y esclavizan sus hijas. Gente como Arrudin – acaba soplándome en el oído Yassin, antes de bajarse de la cama.

―           Ahí quería llegar – le digo, mientras la observo arrodillarse ante mí y dedicarse a desabrochar mi pantalón.

―           Arrudin utiliza la red criminal de los ladrones de tumbas para mantener su supremacía sobre el canal de Suez. De esa forma, controla el paso de su letal mercancía.

―           Sí, le tengo vetado el paso de Gibraltar – sonrío y ella me devuelve la sonrisa, al par que tira del pantalón.

―           Lo sé – el pantalón acaba sobre la cama, junto con mis calcetines. Yassin impregna sus manos con más aceite. – Por eso he estado advirtiéndote de todos los movimientos de Arrudin que te interesaban.

―           ¿Y se puede saber cómo has conseguido toda esa información? – pregunta Nadia desde la mecedora.

―           De la misma forma que vi la muerte de tu hermano o la humillación a la que te sometieron aquellos hombres, asesina – contesta la sacerdotisa muy suavemente, pero mirando a la colombiana.

Nadia se queda lívida y no es capaz de contestar nada más, congestionada por la sorpresa. Yassin me convence cada vez más de su don.

―           Eres el elegido de los antiguos dioses, Sergio, y desean que pongas coto a las acciones de los ladrones de tumbas – me susurra de forma enervante, mientras fricciona lentamente mis muslos.

―           ¿Yo? ¿Por qué?

―           Porque eres quien han profetizado, el hombre de las dos almas, El Regresado. Eres fuerte y valeroso – sus dedos bajan por mis corvas y se dedica a los dedos de mis pies. – Conocemos los nombres de todos los saqueadores, de los contrabandistas de tesoros, de los ladrones y expoliadores, y de los importadores extranjeros. Conocemos muchas cosas pues somos miles… miles de fieles repartidos por todo el país, ocupando puestos en todos los niveles, miles de orejas y ojos para ver y escuchar…

―           Pero… – musito. Ahora es cuando viene el pero, claro.

―           Pero no tenemos experiencia ni líder. Los dioses quieren que tú seas ese líder, quien tome las riendas de este ejército de fieles y lleves la guerra hasta sus propias moradas.

―           ¡Ya estamos metidos hasta las cejas en una guerra! – masculla Nadia.

―           ¿Acaso no es la misma? – sonríe Yassin, haciendo que me gire y me tumbe de bruces sobre la cama. — ¿Arrudin no actúa aquí y en Europa? ¿Acaso sus acciones no traen la desgracia tanto en Egipto como en Francia o Grecia? Piensa en las nuevas fuerzas que obtendrás, en el incondicional apoyo de unas entidades divinas…

La verdad es que no dejo de pensar en eso, tumbado sobre la cama y notando como las afiladas uñas descienden lascivamente por la parte posterior de mis piernas. ¿Por qué rechazar una oportunidad caída de los cielos, literalmente?

―           Está bien, lo haré, pero quiero algo a cambio – contesto, lo que hace que Nadia respingue.

―           ¿Qué deseas, Elegido?

―           Quiero controlar el canal de Suez, tal y como lo hace ese cabrón georgiano. Quiero cortar todas las vías de suministro a sus aliados.

Yassin vuelve a girar mi cuerpo sobre la cama y me sonríe, inclinándose sobre mí. Mi boxer se desliza lentamente piernas abajo. Sólo le queda ungir mi miembro.

―           Hecho – responde, los ojos clavados en mi pene, que no parece impresionarla. Debe de ser verdad que me ha estado observando desde pequeños. Tiene que estar acostumbrada a verme. – Dispondrás de una red de informadores desde Suez a Port Fuad, que te harán saber la carga y destino de cada barco que pase por el canal. Controlaras cada soborno necesario y cuanto afecte al flujo del canal.

―           Bien, eso ayudará – le contesto, observando como sus manos se atarean sobre mi sexo. Se toma su tiempo, sobando, palpando, y sopesando. Sus labios están curvados en una ladina sonrisa.

Mi miembro se está levantando, pringado en aceite. Como toda mujer, Yassin no es inmune a mis encantos, pero sí a la mirada de basilisco, que ya he intentado usar antes.

―           Bien, los óleos han purificado tu cuerpo – me dice, arrodillándose a mi lado, con una mano aún aferrando mi ya alzado miembro. – Ahora, recibirás la bendición de los Amos, Sergio.

―           ¿Van a aparecer aquí? – pregunto, juguetón.

―           No, nada de eso. Será mi cuerpo quien te otorgue su bendición. Ellos te la concederán a través de mí – observo como sus labios tiemblan con deseo.

―           Claro, claro – contesto y alzo mis manos para acariciar sus hermosos pechos.

Yassin sonríe e hincha su pecho para ofrecerme más volumen. Es mi turno de desnudarla y acariciarla, y la sacerdotisa se entrega completamente a mis deseos. La ropa de odalisca no presenta un gran impedimento para dejarla como nació. Su piel es tersa y sus carnes duras y prietas. No sé qué edad tiene exactamente, pero su cuerpo está trabajado perfectamente. ¿La sacerdotisa de Ra acude a un gimnasio? Rodamos sobre la cama, ella succionando mi boca y saliva, sus trencitas cayendo sobre mi rostro, y su cuerpo apretándose contra el mío, compartiendo la capa de aceite místico que me cubre.

Los besos son cada vez más intensos y sus uñas me arañan en los sitios más inverosímiles. Entreabro los ojos y busco a Nadia. Se mece lentamente, mirándonos. Se pisa el labio con los dientes, cada vez más, denotando su excitación, pero no se atreve a acercarse. Respeta demasiado a su chica para ello y, además, no creo que se fíe ni un pelo de Yassin. Se quedará allí, vigilante y cachonda.

―           Oooh… cuanto tiempo llevo esperando esto – susurra Yassin, besando mi cuello, acostada sobre mi pecho.

―           He notado las ganas que tenías de echarle mano a mi rabo.

―           ¿Se ha notado mucho? – se ríe ella. – No sabes lo que deseaba tocarlo desde que ví como crecía, noche tras noche, allá en la granja de tus padres. Sabía que un día vendrías a mí y que, entonces… sería mío.

―           Pues aquí me tienes, Yassin.

―           Oh, sí… voy a follarte hasta agotarte, Sergio – me dice, buscando con su mano mi pene y subiéndose sobre él. Mi glande se roza contra el oscuro matojo que adorna su entrepierna. No sé si es por su religión o por costumbre, pero Yassin no parece arreglarse demasiado el pubis.

Sonrío, diciéndome que ya veremos quien agota a quien, cuando ella se empala con mi sexo. Estoy acostumbrado a generar molestias y presiones con mis penetraciones, pero Yassin se lo traga todo sin esfuerzo, como si estuviera diseñada para mi calibre. Su vagina es tan caliente y está tan lubricada que prácticamente resbala sobre mi falo. Se incorpora sobre sus brazos, las manos apoyadas en mi pecho, y me mira directamente a los ojos. De nuevo, los suyos parecen haber cambiado de color. Ahora son marrones, ribeteados de un tono casi dorado. Sus labios están entreabiertos, suspirando con cada giro de sus caderas, con cada empellón de su pelvis. Su vagina aprieta el tronco de mi polla como si tuviese voluntad propia. Nadie me ha follado así nunca.

Siento como el pene me hormiguea, como si una baja corriente eléctrica estuviera recorriéndolo constantemente. El glande me pica pero de una forma realmente agradable, lo que me lleva a hundirlo más hasta topar con la cerviz, en un intento de rascarme contra ella.

―           Aaaah… divina Hathor… me colma como nadie… no quiero dejar de follar nunca – musita en una especie de plegaria.

La chica semita me hace rodar, colocándose debajo de mí y abriendo sus piernas al máximo. Me hundo en ella como en mantequilla derretida. Gime y se agita, con esos ojos extraños entornados. Las pestañas son larguísimas y están tiesas por el negro kohl. Con un gruñido, muerdo esos labios tentadoramente pintados con lapislázuli. Me espalda se envara, se endurece, todo mi cuerpo recorrido por una sensación de maravilloso bienestar, de energía trepidante que me hace vibrar.

Me siento lleno de fuerza, lo que me lleva a aumentar mi movimiento hasta conseguir un ritmo infernal que la hace chillar y agitarse entre mis brazos. Si eso ha sido su primer orgasmo, que sus dioses se apiaden de mí. Ha sido bestial.

Protesta cuando le saco la polla; quiere más, mucho más. Pero no la escucho, subo sus piernas hasta mis hombros, dejándola totalmente expuesta. Ella sonríe al comprender lo que pretendo. Con mis manos apretando sus corvas, la penetro sin consideración, haciéndola gritar. Esta vez, llegó más profundo que nunca, quizás más de lo que ella ha experimentado jamás.

Ella me mira, aferrada a mi cuello, alzando su pelvis todo lo que puede.

―           Dame duro, mi bello Elegido… todo lo duro que puedas… destrózame…

Si me lo pide así… ¿cómo puedo negarme? Los quejidos se elevan en la alcoba, transformándose rápidamente en auténticos chillidos y obscenidades. Será el oráculo de los dioses, pero tiene una boca para lavarla con jabón, joder. Me corro dentro de ella, sin remedio, con ímpetu, haciendo que alcance la dicha en dos ocasiones, una de ellas coincidiendo con mi descarga.

Yassin lame mi barbilla sudorosa antes de que la deje salir de debajo de mi cuerpo. Se acurruca contra mi vientre, limpiando mi pene con su lengua. De ahí pasa a un trabajo bucal mucho más sugerente y atrevido, tragándose todo lo que puede y más, hasta volver a poner en condiciones mi herramienta sexual. Las babas chorrean de su boca, cayendo resbaladas sobre mi polla.

―           Dulce Osiris, es tu réplica exacta… ¡qué gozada! – deja escapar entre sus dientes. No entiendo a qué se refiere.

La hago girarse y ella me presenta sus nalgas para que haga lo que quiera con ellas. Deslizo una almohada bajo su vientre, elevando su trasero, y se la cuelo de nuevo, tragada hasta el final. Le meto un dedo en la boca para acallarla un poco. Tantos gemidos me están poniendo nervioso. Ella lo succiona como si le fuese la vida.

Giro el cuello y contemplo a Nadia, la cual tiene el pantalón desabrochado y la mano desaparecida en su interior. Sus ojos entrecerrados me observan y su rostro tiene una expresión de golfa a más no poder. Musita algo que no entiendo… algo sobre” cabrones” y”reventar de gusto”. Me río entre dientes y le meto un dedo en el culo a Yassin, sin dilatar ni humedecer, arrancándole un chillido. El vello que tiene en la raja me pone aún más cachondo.

―           U-usa el… óleo… — barbota.

Me inclino hacia atrás, casi sacándole el miembro de su coño y meto un dedo en el tazón del aceite, olvidado sobre la mesita. Con el aceite, su ano se dilata rápidamente, hablándome de lo que ya ha entrado por allí. Un dedo, dos, y luego tres, hasta abrirla en canal. Parece enloquecida, moviendo el culo sin medida. Cambio la polla de agujero, sin demasiados miramientos, y ella berrea exageradamente. Menos mal que no hay vecinos.

La arrastro por toda la cama debido a los empellones que le doy. Ella mantiene el rostro entre las sábanas, mordiéndolas, babeándolas. Sus trenzas le cubren el rostro cuando lo gira para respirar, como una nadadora de crowl. Su culo debe de ser muy sensible porque se ha corrido otras dos veces, sin pausa.

Por mi parte, me siento cada vez más fuerte y resistente, como si estuviera extrayendo energía de ella. Jamás he sentido algo así, ni siquiera cuando Ras se ha apoderado de mí. Nadia se levanta de la mecedora y se quita el pantalón, bajando también la braguita azul que utiliza. Se sienta de nuevo, colocando las corvas sobre los brazos de la mecedora, abriéndose totalmente de piernas y metiéndose casi el puño en el coño, totalmente ebria de gozo.

Saco la polla de un tirón, dejándole el esfínter abierto y pulsante. Yassin gime. No me importa causarle dolor en este momento.

―           ¡Ven aquí, sacerdotisa! – le digo, girándola y subiéndome a horcajadas sobre su pecho.

Atrapo el tazón y derramo un chorro de aceite sobre sus pechos, embadurnándolos. Entonces, coloco mi polla en el canal que forman las dos esplendorosas colinas.

―           Aaaah… – me dejo llevar. – Me voy a correr sobre tus pechos y en tu cara…

―           Lo estoy deseando, rey mío – jadea ella, apretando con las manos sus pechos contra mi miembro.

Ese canal es tan suave que me hace estremecer entero. El primer borbotón la alcanza justo sobre los labios, y saca la lengua para lamerlo rápidamente. Los siguientes se dispersan sobre su pecho y cuello. Yassin reparte el semen sobre sus mamas, empapa sus erguidos pezones, y se lleva los dedos a la boca para dejarlos bien limpios, antes de ocuparse de mi glande.

―           Parad ya… por Dios… – musita débilmente Nadia, desde la mecedora. – Me vais a matar a dedosss…

Me dejo caer en la cama, con Yassin aún aferrada a mi polla, y sonrío a mi killer.

―           Ven aquí, Nadita… ven a descansar – le digo, guiñándole un ojo.

Sin importarle estar desnuda, se sube a la cama y gatea hasta mí. Se tiende a mi lado, con mi brazo como almohada, y se acurruca contra mi costado, sonriendo. No tarda ni diez segundos en quedarse dormida. Al otro lado, Yassin la imita, pero se me queda mirando con una bella sonrisa en sus labios.

―           Aún puedo seguir – le digo, sonriendo también.

―           Yo también, pero no quiero despertar a Nadia. ¿Has sentido la bendición?

―           ¿Te refieres a esta extraña energía que recorre mi cuerpo?

―           Sí. Son los dones de los dioses, instalándose en tu cuerpo y alma. Pronto sentirás su influencia, cambiando tu vida…

De pronto, se me viene a la cabeza Ras. Ha estado extrañamente callado en todo el encuentro sexual, algo que no es habitual en él. Lo noto en mi interior, paseando como un tigre furioso, pero, por algún motivo, no me contesta. En este momento, no me importa una mierda. Sólo quiero dormir…

CONTINUARÁ…

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