JANIS MULLIGAN

El control de Cerdeña.

El polvo en suspensión me hace toser, todo está turbio y confuso a mi alrededor. Los oídos me pitan cosa mala. Muevo la cabeza, intentando despejar el aturdimiento. Estoy tirado en el suelo y me incorporo sobre las manos. Katrina está bajo de mí. Tiene sangre en la cara y los ojos cerrados.

―           Katrina… ¡Katrina! – la agito de un hombro y ella se queja, semiinconsciente. El alivio llena mi pecho.

Recorro rápidamente su cuerpo con la mano y se vuelve a quejar más fuerte cuando toco su pierna izquierda. Busco con la mirada a Nadia. Está un poco más allá, tirada también. Me pongo en pie con cuidado. Siseo al sentir el dolor en la espalda, sobre los omoplatos, pero parece que puedo aguantar. Me acuclillo al lado de mi killer y la examino. Ha perdido la conciencia también y aparte de las magulladuras, sólo encuentro un feo corte en uno de sus pechos.

Nos hemos librado por poco.

―           ¡Y qué lo digas, chico! Nuestros hombres ya vienen…

―           Bien. Necesitamos cobertura. No sabemos si hay más asesinos por ahí.

―           Deberías pensar en pasar por muerto…

―           ¿Por qué?

―           Para hacer salir a los que han organizado esto. Si saben que no has caído, esconderán de nuevo la cabeza y eso no te interesa. Tienen que confiarse.

―           Tienes razón, pero ¿cómo lo hago?

―           Ahí hay un cadáver, cerca del coche. Utilízalo para suplantarte.

 

Me despojo de los restos de la chaqueta, tinta en sangre, y me acerco al cuerpo del desgraciado valet que abrió la puerta de la limusina. Está destrozado por la explosión, así que me servirá de momento. El vehículo está ardiendo por los cuatros costados. El blindaje no ha servido de nada. Si hubiéramos estado en el interior, estaríamos todos muertos. Kaput.

¿Cómo han conseguido acceder a la limusina? Había dos hombres de guardia con ella. ¿Sería cómplice el chofer? Era un magnífico soldado y no creo que tuviera complejo de mártir para volar también con el coche.

―           Es demasiado pronto para especular.

 

Empujo el cadáver con el pie, dejándolo un poco más cerca del destrozado vehículo y le enfundo parte de la chaqueta en un brazo. Parece que he pasado horas en aquel vestíbulo medio derruido, pero, en realidad, sólo han pasado unos minutos. Un primer soldado aparece, apuntando con su arma.

―           ¿Está bien, jefe? – pregunta y apenas le escucho por el pitido de mis oídos.

―           Me tengo en pie – respondo, levantando el pulgar.

―           Tiene sangre en la espalda – baja el arma para echarme un vistazo, mientras un segundo y tercer soldado toman posiciones para cubrir la entrada.

Hemos tenido suerte por la robustez del edificio, que ha contenido la mayor parte de la explosión, gracias a sus gruesos y antiguos muros. Una parte del dintel se ha caído y las puertas han sido arrancadas de cuajo, así como la ventana, pero los muros han aguantado. Gracias, Napoleón.

―           No tiene buena pinta, jefe. Hay metralla alojada en su espalda – susurra mi hombre.

―           Bien, gracias. Nadia está despertando – se escuchan voces que provienen del interior del edificio, sin duda la gente que asiste al baile, o los sirvientes. – Ese muerto soy yo, ¿entendido? – lo señalo para mis hombres y estos asienten. – Yo seré uno más de vosotros, el escolta personal.

Nadia está intentando sentarse con un gruñido. Me arrodillo a su lado y le sostengo la cabeza.

―           Tranquila, Nadia. ¿Cuántos dedos ves? – le pregunto, levantando tres de ellos.

―           Tres, Sergio. Estoy bien, sólo ha sido el impacto de la onda expansiva…

―           Tienes un corte en el pecho, míratelo mejor.

La dejo que se examine y me ocupo de nuevo de mi esposa, la cual no ha despertado aún. Un valet abre la puerta que comunica con la escalera que lleva al salón de actos, y deja escapar un exabrupto al contemplar la escena.

―           ¡Traiga agua y mantas! – le grito, obedeciendo a la petición de Ras. El hombre desaparece de inmediato.

―           Las ambulancias llegarán enseguida – informa uno de mis hombres.

Mejor. No me gusta el aspecto que tiene Katrina. Sus labios se están poniendo azules.

―           ¡Mierda! ¡Me va a quedar una cicatriz en la teta, coño! – exclama Nadia, demostrándome que ya está recuperada.

―           ¿Tenemos más chicos aquí? – pregunto a mi soldado, que se apoda “Trema”.

―           Sí, están examinando la zona. Han encontrado a Sánchez muerto en el aparcamiento. Tenía el cuello cortado.

Sánchez es el otro soldado que debía proteger la limusina. Va encajando. Varios valets aparecen, trayendo mantas y botellines de agua. Detrás de ellos, diversas personalidades aparecen, los rostros cenicientos, los ojos desmesurados. Una de ellas es el propio alcalde, que se acerca farfullando algo. Tomo una manta y cubro a Katrina con ella, colocando otra doblada bajo la nuca.

―           ¡Vuelvan adentro! – exclama Nadia en inglés a los curiosos. — ¡La zona no es segura! ¡Vuelvan adentro!

Su tono no es de los que se pasan por alto, precisamente, así que obedecen, lo cual nos deja cierta intimidad hasta que vengan los equipos de emergencia y los gendarmes.

―           Nadia, llama a nuestra gente en la isla y diles que se activa el plan B – le siseó.

―           ¿Qué plan B? – su cara es todo un poema por la sorpresa.

―           ¡Hazlo! Después, llama a Basil y le dices que suelte los perros, ¡de inmediato!

―           ¡Ya me explicarás todo eso después, patrón! –masculla, pero ya está llamando.

―           “Trema”, sal fuera y encárgate de difundir a todo el que pregunte que el señor Talmión ha fallecido en la explosión y que su esposa está herida, incluida la policía.

El soldado asiente, pero, aún así comenta:

―           No sé si seremos suficientes para protegerle.

―           No importa. Lo que pretendo es activar el boca a boca. Ahí fuera debe haber observadores.

Varias sirenas cercanas se escuchan. Bien. Ya era hora. Una cuadrilla de bomberos se ocupa de apagar el fuego que envuelve la limusina, desplazada al medio de la calle por la explosión. Los sanitarios se ocupan de nosotros. Katrina parece tener la pierna fracturada y una conmoción y es la primera que se llevan al hospital. Nadia y yo somos curados, sentados en la trasera de las ambulancias, a la espera de que llegue un inspector. Los gendarmes ya nos han hecho varias preguntas pero nuestro francés no es bueno para responder a ese nivel. Así que tendremos que esperar un traductor o un poli que sepa español. El tiempo corre y va en contra nuestra.

Mis heridas en la espalda son dolorosas pero no son graves. Mi masa muscular ha absorbido la mayoría de los cascotes que me han golpeado. Ninguno ha profundizado de manera preocupante, así que confío en mi propia naturaleza para sanar. Nadia envía la mitad de los hombres que están con nosotros a vigilar el hospital. Los demás se agrupan a nuestro alrededor.

Finalmente, llega un detective menudo y con un ridículo bigotito que me recuerda una barbaridad al inspector Clouseau, el de la Pantera Rosa. Habla medianamente bien el castellano y puedo explicarle lo sucedido: algo inconmensurable para la rutina de la pacífica isla, un atentado contra turistas, el señor y señora Talmión.

Cuando me piden que me identifique, recurro a una de las identidades ya preparadas de antemano por Basil y que tengo memorizada. Me excuso diciendo que era el escolta personal de los señores y que mi identificación se ha perdido en el interior de la limusina, pero que mi pasaporte será enviado desde España al día siguiente. Contesto a las preguntas habituales sobre posibles enemistades, a qué se dedicaba el señor Talmión, y el motivo de su visita a Córcega. A medida que voy desgranando los detalles de un hombre de negocios dispuesto a invertir en la isla, el policía va aflojando y pronto decide terminar para que podamos ir también al hospital. Ya era hora, porque mi mente está a varios kilómetros de allí, preocupada por Katrina.

En el hospital nos hacen un reconocimiento más exhaustivo y deciden tenernos allí toda la noche en observación. Me jode bastante tener que quedarme, pero no puedo hacer otra cosa, ya que no dispongo de tiempo ni de medios. Sólo me queda esperar esas malditas llamadas que no llegan…

A las dos de la madrugada el móvil de Nadia vibra. Los dos nos encontramos sentados en la habitación de Katrina, la cual sigue inconsciente. Tras unas palabras, me pasa el aparato.

―           Aquí Sergio…

―           Asunto concluido, jefe – me responde una voz ronca.

―           ¿Cómo fue?

―           Tenía usted razón. Asaltaron el cuartel. Los hemos ido cazando como patos en un barril.

―           ¿Bajas?

―           Dos de los nuestros y un civil de los que estaban dentro – eso me hace apretar los dientes, pero está dentro de los límites previstos. – Tenemos cuatro prisioneros y una docena de cadáveres. ¿Qué hacemos?

―           Interrogad los prisioneros. Quiero una confesión de sus actos. Deshaceros de los cadáveres y aguardad instrucciones.

―           Sí, jefe.

―           ¿Algún problema con las autoridades?

―           Contenidas. Tanto nosotros como ellos usábamos silenciadores.

―           Bien.

Le devuelvo el móvil a su dueña y ésta me pregunta muy bajito:

―           ¿Me vas a contar ahora todo ese plan que desconozco?

―           Claro, Nadia – asiento y suspiro, al mismo tiempo. – No era más que un plan de emergencia, por si algo salía mal… fuera de escala.

―           Como ha sucedido.

―           El segundo aviso de Maat me puso muy nervioso, ¿sabes? Eso de los rayos de Júpiter cayendo sobre mis dominios en el Mediterráneo me hizo pensar en el asalto que llevamos a cabo nosotros. ¿Y si los sardos les daba por pensar lo mismo?

―           Ya veo, ¿y no se te ocurrió comentármelo?

―           Sólo era un quizás. Llamé a los chicos acuartelados en Sartène y en la villa, y les comenté lo que pensaba. Llegamos a la conclusión que no se perdía nada por esconderse fuera del recinto y dejar civiles trabajando en el interior, siguiendo con las reformas.

―           ¿Se escondieron fuera? – se asombra ella.

―           Durante cuarenta y ocho horas, han estado ocultos en vehículos, portales y comercios, o dando vueltas por ahí, esperando que ocurriera algo como lo de esta noche.

―           Así que los asaltantes han atacado pensando que estaban en el interior, desprevenidos…

―           Así es. Había un par de hombres con los civiles, la mayoría antiguos colaboradores de los Belleterre, para ponerlos a cubierto. Hemos perdido uno de ellos y dos de los chicos, pero todos los malos han caído.

―           ¿Estás seguro que pertenecen a la Anónima Sarda?

―           Bueno, en este momento están haciendo cantar a los supervivientes, pero apostaría a que son ellos – sonrío.

De nuevo el móvil. Si mi instinto no falla, debe tratarse del Dolor de Katrina.

―           ¡Nadia! – me grita una voz en cuanto abro comunicación.

―           Soy Sergio, informa…

―           Perdón, jefe, soy Oscar Kapp, en la villa… ¡los muy hijo de putas se han encerrado en el interior y nos están haciendo frente!

―           ¿Y los civiles?

―           Han salido todos por el pasadizo, pero no sé cuanto tiempo podremos mantenerlos allí. Hemos tenido cuatro bajas y ellos son casi una veintena – su voz suena preocupada.

―           Volad la villa. El código de seguridad es “katy”.

―           P-pero… – puedo notar el asombro en su voz.

―           Que no escape ninguno. Lanzad por los aires esos muros, a mi esposa nunca le gustaron – insisto.

―           De acuerdo – responde y cuelga.

―           ¿De veras vas a volar la villa? – pregunta Nadia suavemente.

―           Hice que la minaran de explosivos para darle el gusto a Katrina de volarla ella misma, pero me parece que será mucho mejor hacerlo ahora.

―           ¿Tanto odiaba aquello tu esposa?

―           ¿Tú no odiarías ese sitio después de pasar por ese calvario?

―           Claro, claro – alarga la mano y toma la mía.

―           Sólo me jode que no pueda ver como salta por los aires – giro la vista hasta contemplar a mi durmiente esposa, cuya pierna enyesada cuelga del trapecio que baja del techo.

* * * * * * * *

Apenas he dormido, contemplando alternativamente a Katrina y a Nadia, la cual se ha quedado dormida en la butaca. He estado a punto de perderlas esta noche. Bueno, no sólo a ellas, me recuerda Ras. Empiezo a estar muy harto de que me tomen como diana de feria. He sido comedido en mis actuaciones y he respetado las reglas que se me han impuesto, pero nadie más parece hacerlo. Arrudin por un lado, los Belleterre, los sardos, los sicilianos… y vete a saber quien más.

Se acabaron las conmiseraciones, me toca mover a mí.

Con las primeras luces del alba, el móvil de Nadia vuelve a sonar. Aunque el mío no hubiera cascado en la explosión, las comunicaciones pasan siempre a través de ella. La voz gélida del capitán Lemox escupe tres palabras: “Hora de venir” y luego cuelga. Mis tripas se animan, de la misma forma que lo hicieron cuando Oscar Kapp llamó, comunicándome que la villa ya no existía.

Nadia despierta en cuanto toco su hombro, totalmente alerta.

―           Tenemos que irnos – le digo.

―           ¿Dónde?

―           Un barco nos espera para llevarnos a la isla vecina.

―           ¿A Cerdeña? – parpadea.

―           Sí. Los perros que Basil soltó han acorralado a la presa.

―           Tío, ¡te explicas como un puto libro cerrado! – exclama, poniéndose en pie.

―           Ya te lo contaré por el camino. Pasaremos por una casa de la costa para cambiarnos – le explico, inclinándome sobre la frente de Katrina y depositando un suave beso.

“Mejórate, dulzura”.

Los “perros” no son otros más que el equipo de mercenarios del capitán Lemox. Basil tenía instrucciones de enviarlos a Cerdeña en el caso de que me ocurriera alguna desgracia en Córcega. Supongo que la treintena de hombres que la Anónima Sarda ha utilizado en los asaltos en suelo corso ha debido minar considerablemente su ejército privado. Así que, tanto el club de campo Tessamo, dónde se suele reunir la cúpula mafiosa, como el complejo residencial Maravís, dónde moran la mayoría de las familias de los capos, no deberían tener demasiada vigilancia, y más creyéndome muerto.

Lo que Basil y yo habíamos planeado para esta contingencia era que los mercenarios fueran llevados en un jet privado hasta el aeropuerto de Palma de Mallorca. Desde allí serían transportados a Cerdeña en dos helicópteros de carga, hasta ser depositados en dos puntos de Cagliari, la capital. Uno de ellos está situado a orillas del lago Simbirizzi, al oeste del puerto: el club de campo, rodeado de hectáreas privadas. El otro se encuentra a las afueras de Sestu, una población englobada por la urbe, tranquila y próspera, donde se sitúa el complejo Maravís.

Le explico todo eso a Nadia durante el trayecto hasta Pisinale, a apenas doce kilómetros, donde disponemos de la cala privada. Un rápido cambio de ropa y nos subimos a una lancha rápida que nos espera en el embarcadero, junto a cuatro hombres. El piloto pone rumbo a Cerdeña con toda la potencia de los cuatro motores.

Avistamos la punta de Stintino una hora después y doblamos el Domus de María en otra hora más. Hemos cruzado Cerdeña por mar en un tiempo record. Desembarcamos en el pequeño puerto deportivo del Golfo, dónde hay un coche esperándonos. Es fácil saltarse el puesto de aduana del puerto con la ayuda de mis hombres. Remontamos la Vía Lungomare del Golfo hasta la Vía Leonardo Da Vinci, y luego por Marco Polo hasta encarar el lago azul de Simbirizzi. Casi otra hora más. Son las diez de la mañana y todo mi cuerpo palpita. No he tenido más comunicación con el capitán Lemox por motivos de seguridad.

El propio Lemox nos espera a la entrada de la enorme finca que es el club de campo Tessamo. Cubre su arma con una larga gabardina, pero lleva sus pertrechos al aire.

―           Infórmame, por favor – le pido, tras estrechar su mano.

―           Como pensabas, la seguridad era escasa. Han enviado a casi todos sus hombres al asalto de la isla vecina. No nos ha tomado mucho trabajo tomar las instalaciones, por lo demás cerradas de madrugada.

―           Bien. ¿Bajas?

―           Sólo un par de heridos leves. Todo ha ido como la seda. La mayoría de los objetivos se encontraba aquí, aguardando el informe de sus tropas. Hemos cortado las comunicaciones y los tenemos a todos metidos en una sala.

―           ¿Qué hay de sus familias?

―           Coser y cantar. El complejo residencial sólo estaba vigilado por cuatro individuos y mantenía las alarmas conectadas con este lugar. He dado la orden de que agruparan las familias escogidas en una sola casa, pero mantenemos el complejo cerrado.

―           Bien hecho.

Nos subimos a un coche eléctrico que nos conduce hasta las instalaciones principales. Puedo observar las diferentes actividades que se pueden realizar allí. Hay un buen campo de golf, instalaciones hípicas, una galería de tiro al descubierto, y las instalaciones náuticas del lago. Al menos eso es lo que puedo distinguir. Un buen tinglado para el recreo de la Anónima Sarda.

Dos hombres armados vigilan a una decena de hombres maniatados en una sala de ocio, con billar y barra de bebidas.

―           ¡Buenos días, señores! – saludo mientras paseo mi mirada sobre ellos. Me devuelven el gesto, con mala cara. — ¿Alguien entiende el español?

―           Io – levanta la barbilla un hombre de rostro ratonil. – He vivido tiempo en Tarragona.

―           Bien, traducirás lo que digamos. ¿Cuál es tu nombre?

―           Lando Berteli.

―           Mi nombre es Sergio Talmión y soy el director de RASSE. Como podéis comprobar, las noticias de mi muerte han sido algo exageradas – Ras me impulsa a mantener una postura firme y digna, con las manos a la espalda y el torso erguido. – La mayoría de los hombres que habéis enviado a Córcega han muerto, otros han sido capturados y han terminado confesando vuestros planes. Así que no sirve de nada negar vuestra participación.

El tal Lando traduce rápidamente mis palabras y puedo ver la preocupación en los ojos de esos hombres. Doy un paso y me encaro con el cabecilla, al que reconozco por las fotos de archivo. Tiene los dientes apretados y una fiera mirada orgullosa. Es el único que no parece derrotado. Creo que espera salvarse con algún trato.

―           Vicenzo Torano, te culpo de la muerte de varios de mis hombres, así como del daño que ha sufrido mi esposa – sus ojos se redondean al escuchar la traducción, pero saca fuerzas de la flaqueza y escupe al suelo. – En el día de hoy, la Anónima Sarda deja de existir. Os condeno a morir por el fuego. Vuestras familias serán desmembradas. Vuestros bienes requisados. Vuestros nombres, olvidados… ¡que así se cumpla!

A medida que Lando balbucea la traducción, varios de ellos inclinan la cabeza, llorando y gimiendo de miedo y temor por su familia. Algunos no comprenden eso de “desmembrar” a la familia, y se lo toman literalmente. Eduardo Capuzzo, uno de los capos familiares, se tira de rodillas, suplicando piedad para su hijo de doce años.

―           ¡No puedes hacer eso! – vocifera Vicenzo Torano, escupiendo saliva. – Nuestros hermanos sicilianos se tomarán la revancha y te arrastrarán, ¡ya verás!

Miro a Lando, el cual se ha derrumbado en el sillón en el que está atado, para que me traduzca lo que ha dicho su jefe. Me río en su cara al escuchar las palabras.

―           No creo que la mafia siciliana decida declararnos la guerra. Tanto los Belleterre como vosotros, me habéis atacado sin provocación previa. Aquí no se trata de una vendetta, sino de una simple cuestión de intereses, dinero y poder. Nadie ha sido injuriado, ni su honor puesto en cuestión. Bueno, tan solo el mío, claro. Así que una pronta y letal respuesta es más que adecuada para dejar entrever a los demás que me tomo estos asuntos muy, pero que muy en serio. Habéis actuado por vuestra cuenta, sin atender palabras de nadie, así que sufriréis las consecuencias sólo vosotros… ¿capice?

Le hago un gesto a Lemox para que sus hombres empiecen a derramar gasolina por el salón y por otras habitaciones. Los prisioneros gritan y suplican y se lanzan contra la puerta cuando la cerramos, en un inútil intento de escapar. Cuando llegamos a la puerta exterior, uno de los hombres arroja varias bengalas, cada una en una dirección, prendiendo diversos regueros de combustible. Las llamas se alzan inmediatamente, condenadamente azules por la gasolina. Aquello se convierte en un infierno en apenas un minuto. Dentro de la sala, los gritos continúan, cada vez más desesperados a medida que el humo se cuela por la puerta y el calor aumenta. Aún las llamas no han traspasado el umbral de la sala de ocio, pero es apenas cuestión de minutos.

Noto a Ras sonreír en mi interior. Es una sensación extraña y poderosa cuando el viejo se siente contento. Esa clase de tortura le encanta. A mí también, debo decir.

―           ¿Qué hacemos con los familiares? – me pregunta el capitán Lemox mientras nos movemos hacia el exterior. Detrás, las llamas rugen con fuerza. Nadie podría salir ya de allí.

―           Nos llevaremos los niños y niñas menores de diez años a la mansión. Todo hombre mayor de quince años debe ser arrojado al mar, con un peso en los pies. Dadle un minuto a las madres para despedirse de todos ellos, pero dejadles bien claro que no los volverán a ver más, por culpa de las acciones de sus padres – le contesto, muy serio.

―           ¿Y si hay algún niño o niña entre diez y quince años? – pregunta Nadia, con los ojos impresionados.

―           Que se queden con sus madres para recordarles lo que han perdido.

Eso es desmembrar una familia. Es lo que hacían los mongoles cuando conquistaban territorios nuevos, según me dice Ras. Bueno, ellos no los tiraban al mar, pero los arrastraban con sus caballos por toda la estepa. Criaremos a los más pequeños en La Facultad, como otros huérfanos, pero garantizando así la sumisión de la familia.

Nadia y yo, junto con nuestros escoltas, abandonamos inmediatamente la isla, dejando que Lemox se ocupe del siniestro encargo. Tengo que hablar con Denisse para que investigue los bienes de los sardos. Hay que hacer lo mismo que con los de los Belleterre. Lemox y sus mercenarios se quedarán en Cerdeña para asegurar el traspaso de poder y controlar a cualquiera que ose toser. Nos queda mucho trabajo que hacer ahora que la rama siciliana de Cerdeña ha quedado descabezada y reducida.

Nada más regresar a Córcega, envío inmediatamente más hombres a la isla vecina para ayudar a Lemox a pescar pequeños pececillos colaboradores y ponerlos a trabajar para nosotros. Espero enviar un mensaje claro y conciso a los capos de la isla madre, o sea, Sicilia: Cerdeña y Córcega son mías, quien decida disputarlas, sufrirá la pérdida de su familia.

Sé que tendré que hacer un trato con las fuerzas locales, o sea los carabinieri y los guardacostas, así como los políticos locales, para mantener una vigilancia constante y disponer de apoyo táctico. Pienso usar lo que pueda arrebatarles a la Anónima Sarda para pagar esos sobornos insulares. Ye veremos lo que opina Denisse.

Nadia se hace con un vehículo y me lleva de nuevo al hospital. Me llevo una gran alegría cuando el doctor me anuncia que Katrina ha despertado. Tiene una conmoción que necesita reposo, aparte de la pierna rota, claro.

La bellísima sonrisa con la que me recibe es suficiente para hacerme olvidar cuanto ha pasado. Me siento en la cama, a su lado, y la abrazo con fuerza, haciéndola gemir.

―           Bruto – masculla.

―           Rubia – le contesto, feliz.

―           Me he asustado mucho al despertarme y no verte por ninguna parte – me amonesta, con el ceño fruncido.

―           Tenía cosas que hacer en Cerdeña.

―           ¿Cerdeña? – la he mantenido un tanto desinformada estos días, debo reconocer.

―           La chusma de allí puso una bomba en nuestro coche.

―           ¿Ellos? Pero… ¡no les hemos hecho nada!

―           Cuestión de negocios. Querían tomar el relevo de los Belleterre.

―           ¡Maldita sea la hora en que pusimos los pies aquí! – escupe. — ¿Qué has hecho en Cerdeña?

―           Hemos aumentado nuestro patrimonio y poder, nena – le digo, encogiéndome de hombros.

―           ¿Más problemas? – pregunta, alzando sus rubias cejas.

―           No he podido evitarlo, cariño.

―           ¿Y ahora qué? – suspira.

―           Ahora tengo que ir a comisaría a decirles que no estoy muerto…

―           ¿Qué?

* * * * * * *

El hospital tiene poca actividad en Año Nuevo. No es un buen día para ponerse enfermo o tener un accidente. Anoche Katrina y yo felicitamos a las chicas y a Basil, a través de Skype. Es una pena no haber podido regresar para una fecha tan señalada. De todas formas, he tenido que hacer lo mismo con mi familia. Ellos se creen que estamos pasando esas fechas en el Mediterráneo. Cuesta poco hacerlos felices. Subo de tomarme un café en un “bistro” cercano al hospital, donde hacen un magnífico café turco y me encuentro la habitación privada de Katrina llena de gente. Bueno, más que gente son todas nuestras amistades de la mansión, incluido Basil.

―           ¿Qué hacéis aquí? – pregunto como un tonto, después de que Patricia se enganche a mi cuello.

―           ¿Qué van a hacer aquí, tonto? ¡Pues venir a verme! – exclama Katrina, sonriendo y abrazada a Krimea.

―           ¿Todos? ¿Habéis venido todos? – hasta Sasha y Niska están allí.

―           Claro, hermanito. Hemos tomado un vuelo a Ajaccio, todas en primera. ¡Pagas tú! Pretendía que Juni y Alexi vinieran, pero debían quedarse a cuidar los niños, sobre todo con los últimos nuevos que has enviado.

―           P-pero… — no tengo palabras, sólo me queda acariciar el vientre de Pamela que me besa dulcemente.

―           Tienes una condenada manía de asustarnos a todas con esos “accidentes” – me amonesta entre beso y beso. Detrás de ella, sonriéndome y acariciándome con esos ojos casi transparentes, Elke espera su turno.

La habitación queda un poquito llena pero nos acomodamos como podemos. Contemplo a placer los embarazos de las chicas, cada vez más redondas y hermosas, con ese aire a matronas de Rembrant.

―           Tenía entendido que las embarazadas no podían volar – comento.

―           ¿Por qué no somos ya aerodinámicas? – bromea mi hermana. – Eso es a partir del octavo mes. Aún falta un poquito para eso. ¿Verdad, amor?

―           Verdad – responde Elke, dándole la mano.

―           Tenemos confirmación del sexo de los bebés – anuncia Pam, haciendo que la mayoría grite de entusiasmo. Cierro los ojos, temeroso.

―           A ver, suéltalo ya, que Ras está a punto de salir por mi boca – las animo.

―           El mío es niña – nos dice Elke. – El de Pam, niño.

―           ¡BIEN! – el entusiasmo del viejo rebota en el interior de mi cráneo. Sin duda es la mejor noticia para él. Un niño con mis genes…

―           ¿Habéis pensado ya en nombres? – pregunta Katrina desde la cama.

―           Aún no – se encoge de hombros mi hermana. – Cuanto tú vayas a casa, ¿vale?

―           Claro, cuñada. Será pronto, me dan el alta a principio de semana.

Denisse me hace una seña tras soltar la mano de Nadia, citándome en el pasillo. La francesa no descansa nunca, debería saberlo. Quitándome a Patricia de encima, la sigo y Basil me imita.

―           ¿Qué pasa? – le suelto a bocajarro.

―           Yo también me alegro de verte – contesta ella, cínicamente.

―           Perdona… me siento tenso.

―           Normal, vas a ser padre – comenta Basil.

―           Sí, y comeré huevos, como dicen en mi tierra.

―           No sé lo que significa eso, pero tengo que comentarte ciertas cosas de Cerdeña – musita ella.

―           Dispara, Denisse.

―           Bueno, el asunto es un poco más difícil de subsanar que con los Belleterre. Esta vez no hay un solo heredero universal, sino varios, e incluso un hijo con otro cónyuge divorciado – me comenta, refiriéndose a los bienes de la Anónima Sarda.

―           Comprendo, pero estoy seguro que esos tipos debían de tener ciertos bienes agrupados bajo empresas tapadera para asegurar su propio clan criminal. Eso es lo que deseo, no los bienes personales.

―           Comprendo, seguiré buscando. Si hay algún consorcio de ese tipo, los herederos no podrán reclamarlo. ¿Qué hay de lo que sí reclamarán las familias?

―           Que se lo queden, salvo el club de campo, si no está metido ya en el consorcio. Ese sitio nos viene muy bien.

―           Las instalaciones han ardido completamente. El jefe de bomberos ha firmado el informe que asegura que ha sido un fallo eléctrico, como le han indicado nuestros chicos.

―           Perfecto – sonrío. – Al menos algo que sale bien. Que tu perito contable siga buscando, yo tiraré de algunos hilos por ahí.

―           Claro, Sergio.

Al entrar de nuevo en la habitación, Patricia se pega a mí y me pregunta:

―           ¿Nuevos informes mafiosos? – su sonrisa es el epítome de todas las sonrisas sardónicas.

―           ¡A callar, canija! – le chisto.

Esa noche, consigo sacar a Katrina del hospital, aunque temporalmente, y llevo a todo el mundo a cenar, para celebrar el Año Nuevo. Krimea se vuelca en atender a mi esposa, con todo el mimo del universo. No hay duda de que Katrina se lo agradece, a juzgar por los besos y carantoñas. Mirándolas a todas, llego a la conclusión de que ya no puedo lidiar con ellas; han evolucionado en otra especie desconocida al pasar tanto tiempo juntas.

―           ¿Te han superado?

―           ¿Tú no lo crees, viejo?

No me contesta.

* * * * * * *

Al día siguiente del ataque de la Anónima Sarda, envié un mensaje de agradecimiento a Maat, pero, como siempre ocurre, no he tenido ninguna respuesta. Ese tipo me intriga, ya que no consigo entender su propósito ni interés en todo este asunto. ¿Qué gana con avisarme? Si supiera contestar a eso, estaría más cerca de averiguar su identidad.

Ya estamos en casa y Katrina comienza a manejar las muletas con eficacia. Nadia y yo hemos visitado la doctora Ramos para que nos aconseje sobre las heridas recibidas. Las que tengo en la espalda están cicatrizando bien, como siempre, y apenas dejaran marcas. Pero Nadia presenta un feo costurón en el seno derecho, demasiado visible. La recomendación de la doctora es que acuda a un cirujano estético cuanto antes y le ha dado la tarjeta de un colega de toda confianza.

―           ¿Estás seguro, Sergio? – me pregunta ella al salir de la consulta, cuando le digo que correré con los gastos.

―           No puedo dejar que le causes un trauma a Denisse – bromeo. – Tienes que estar lo más guapa posible para mi abogado.

Nadia me sonríe y se cuelga de mi brazo, feliz. Las cosas se están desarrollando más o menos bien. Denisse se encuentra en Cagliari, junto con un experto perito contable, rastreando las cuentas de la Anónima Sarda, y Marco Saprisa se ha ocupado de absorber sus negocios y personal. Cada día me alegro más de haber perdonado a ese sujeto.

Me he pasado toda la tarde exponiendo ante mis socios europeos mis avances en la zona mediterránea y han quedado muy satisfechos del control adquirido. A su vez, el propio Meldner, el “caudillo alemán” me comenta el muro que han levantado contra las mafias centroeuropeas, que tienen que usar los pasos de Italia y Grecia para intensificar el contrabando y la fuga de divisas, entrando así en conflicto con los grupos que operan en esos países. Aunque sean aliados, los intereses pueden mucho más.

Controlamos una de las entradas al Mediterráneo, pero la otra, el canal de Suez, está fuera de nuestras posibilidades. Mientras esté sin control, cantidades de droga y otras cosas llegaran desde Asia, y la guerra seguirá activa.

Katrina penetra en mi despacho, apoyada sobre sus muletas. Espera a que cierre la comunicación y, entonces, se sienta sobre mis piernas, apoyando las muletas en el lateral del escritorio.

―           ¿Cómo te sientes hoy? – le pregunto antes de besarla en la nuca.

―           Un pelín harta de esas cosas – dice, señalando las muletas.

―           Bueno, te puedo llevar en brazos, si lo prefieres.

―           No, lo que quiero es que esta noche le eches un vistazo a Patricia y Alexi.

―           ¿Un vistazo? ¿Dónde?

―           Les he dado permiso para asistir a una fiesta en una urbanización del Parque de los Pinos.

―           ¿Ah, sí? ¿Desde cuando tienen amigas comunes?

―           Desde que van a la misma clase, cariño – me responde como si fuer aun niño.

―           Ah, vale – últimamente no me he ocupado mucho de ese tema, dejándolo en manos de Katrina. — ¿Y qué hago? ¿Me planto en la fiesta?

―           ¡Pues claro!

―           Pero, ¿qué hago yo en una fiesta de críos?

―           Amor mío, tú eres otro crío. ¡Si apenas has cumplido veinte años! Intégrate y vigílalas.

―           Tú estás chalada. Seré el más alto de la fiesta, el más viejo, el que más destaque, y del que se reirán a más no poder – intento hacerla comprender.

―           ¡Cómo se nota que no fuiste a un instituto de Madrid! Vamos a ver, cariño, no vas a ser el más alto, aunque sí entre los más altos. Los colegios de Madrid tienen equipos de baloncesto y hay verdaderos gigantes entre los chicos de dieciséis años. Tampoco serás el más viejo. Muchas chicas de instituto salen con estudiantes universitarios y tú pasarías perfectamente por uno de ellos. Y, para finalizar, no creo que nadie se ría de ti, más bien te odiarán cuando las jovencitas empiecen a suspirar al verte…

―           Graciosa – la callo, besándola.

―           Pero, ¿irás?

―           Sí, pero no me llevaré escolta. Sólo me faltaba llegar allí con Terminator a mi lado.

―           Es una salida fuera de programa, no creo que pase nada.

―           Bien, cariño, y ahora… ¿qué te parece si te llevo a la cama y hacemos nuestro ñaka ñaka diario?

―           Buuuffff… no sé si quieres preñarme o que me salgan agujetas – me contesta, riéndose.

* * * * * * *

Bueno, si debo integrarme, lo mejor es conducir un coche juvenil, ¿no? Así que me decanto por un Ferrari FF –Ferrari Four—, rojo cereza que creo que aún no ha visto la calle. El Parque de los Pinos es un vasto pinar a las afueras de Madrid, en el que se han construido un par de urbanizaciones de las caras. Allí mora cierta burguesía de alta esfera, sobre todo con titulaciones de cirujano, arquitecto, y doctorados diversos.

La casa en cuestión se ve a leguas, con todo su jardín iluminado y una cincuentena de coches aparcados frente a ella. Otro detalle es la música a toda ostia. Menos mal que el vecino más próximo está a doscientos metros. Meto el Ferrari en el mismo jardín –no pienso dejarlo en las sombras de más atrás – lo que organiza un buen lío entre los chicos y chicas que me ven llegar. La gente se asoma a las amplias ventanas y sale a la puerta de la gran casa de corte futurista. Salgo del coche, tan sólo llevando un liviano jersey sobre mi torso, a pesar del frío que hace.

La bocanada de calor y humo que me recibe no puede ser buena, no señor. Nadie debería sumergirse en un ambiente así, si quiere cumplir los cincuenta. Debo decir que Katrina tenía razón, las chicas me miran y comentan entre sí, lo que lleva a los chicos a odiarme. Y en medio de todo eso, Ras es absolutamente feliz.

―          Oye – freno a una chica con la que me cruzo. Me sonríe, encandilada por mi aspecto. Y pensar que me tenía por un monstruo hace unos años. — ¿Conoces a una rubita de nombre Patricia? Suele ir con una ucraniana pecosa, Alexi.

―          No, lo siento, pero hay mucho sitio donde mirar – me contesta. — ¿Quieres que te acompañe?

―          No hace falta, gracias, ya las encontraré – me despido alegremente.

Me quedo plantado en un enorme salón, mirando cuidadosamente alrededor. Parece el centro neurálgico de la fiesta. Hay un montón de gente bailando, charlando, y sobre todo bebiendo. No las veo aunque pueden estar entre toda esa peña.

―           ¿Eres del equipo de Parnas? – pregunta una voz chillona detrás de mí.

―           Sí, baloncesto – respondo, girándome. Parnas es el nombre del colegio privado al que acuden mis dos chicas. Me encuentro con dos chicas morenas mirándome, una cogida al brazo de la otra y con un vaso de plástico en la otra mano.

―           Ya te lo decía, creo que le he visto por allí – le dice una a la otra. – Tiene que ser el nuevo, el de Bosnia.

―           Sí, ese mismo – asiento, riéndome.

―           Coño, ¡qué alto es! – exclama la otra.

―           Juega al baloncesto, tonta. No va a ser un retaco, ¿no?

―           Pssss… no sé yo cómo se besa a un tío tan alto. Tiene que ser incómodo, ¿a qué sí?

―           No sé, pregúntaselo. A lo mejor podéis probar – se burla su amiga. Las cabronas hablan de mí como si no estuviera presente.

―           Es sólo por una mera cuestión científica, ¿sabes? – avanza la otra hasta apoyar una mano sobre mi pecho.

Deja el vaso en la mano de su compañera y se engancha a mi cuello, inclinándome hacia ella. Sus frescos labios se entreabren, buscando mi boca. Sus ojos se cierran, dispuesta a recibir el beso. Aún puedo examinar rápidamente su rostro. No puede tener más de diecisiete años.

―           ¿Qué te crees que estás haciendo, pedazo de guarra? – exclama la voz de Patricia muy cerca de nosotros.

La chica se aparta de mí, sobresaltada. Patricia mantiene la pose, las manos en las caderas. Detrás de ella, Alexi muestra una mirada ceñuda y furiosa.

―           Sólo nos estábamos conociendo – levanta una mano la chica morena.

―           Ya, lo mismo que te conoce todo el insti, Claudia. ¡Que ya nos conocemos!

―           Sí, ¡qué corra el aire, guapa! – puntualiza a su vez Alexi.

Las dos morenas se alejan, meneando furiosamente las estilizadas caderas.

―           ¿Qué coño haces aquí, Sergio? – me pregunta Patricia, sin moverse lo más mínimo.

―           Control obligado. Me envía Katrina.

Patricia abre la boca para responder alguna de sus clásicas borderías, pero parece pensárselo mejor y se calla. Alexi le susurra algo al oído.

―           Así que Katrina, ¿eh? – masculla la rubia. — ¿Es que no se fía de nosotras?

―           Por lo visto, no – me encojo de hombros.

―           ¿Ya nos vamos? – pregunta Alexi.

―           No, aún es temprano. Aquí, el caballero, ha venido a controlarnos – comenta Patricia, con una sonrisa.

―           Ah, bien. ¿Vas a bailar con nosotras, Sergio? – pregunta Alexi con dulzura.

“Esa inocencia no puede ser real”, me digo.

―           Claro que lo es. Es lo que más me pone de esa chica. La puedes estar preñando viva que te preguntará alguna inocentada.

―           Bien, ya que estoy aquí, ¿por qué no divertirnos? – las tranquilizo.

―           ¿Es que quieres que te presentemos a nuestros amigos?

―           No, no me apetece lidiar con más tíos. Mejor será que no me presentéis a nadie. Dejad que ocurra la magia.

―           Joder… dejad que las niñas se acerquen a él – murmura Patricia. – Esto va a ser un matadero…

―           ¿A qué te refieres, Patricia? – le pregunta Alexi.

―           Calla y tira palante, tonta – la empuja suavemente Patricia, indicándome que la siga.

A pesar de todo, una gran sonrisa aparece en el rostro de las dos cuando me pongo a bailar con ellas, en mitad del salón. El sitio está lleno y la música es machacante y rítmica, puro trance. Tengo sed y envío a Alexi a buscarme una cerveza o algo frío. Patricia se pega a mí para bailar mucho más sensual que nunca, rozándome con sus nalgas o abrazándose a mí. Cuando miró en rededor, comprendo el motivo. Al menos cinco chicas se han acercado con la excusa de bailar y me devoran con los ojos.

“¿Qué les dan a estas locas? ¿Chupitos de lujuria?”

Ras está que se sale, de puro gozo. Debo tener cuidado con él. Alexi regresa con una cerveza helada. Se lo agradezco, inclinándome sobre ella y mordisqueando su labio. Casi puedo escuchar el gruñido gutural que surge de las otras gargantas femeninas. Seguimos bailando los tres y Patricia se anima a tontear también con su amiga, delante de los demás estudiantes. ¿Conocerán todos ellos su afinidad hacia las chicas? ¿Ya no hay secretos entre los adolescentes? Joder, me siento viejo.

El juego se desplaza hacia mi persona, ahora son las dos las que me incitan. Las chicas que nos rodean no saben qué pensar y se limitan a seguir allí, mirando con curiosidad. Me canso de ser el centro de atención y las abrazo a las dos, llevándomelas hacia una amplia escalera.

―           ¿Me enseñáis la casa? – las invito.

―           Vale – acepta Alexi, subiendo la primera.

―           ¿E Irene? ¿No ha venido? – pregunto a Patricia, siguiendo el culito de la pecosa.

―           Su madre es enemiga de las fiestas, ¿te acuerdas?

―           Sí, la semilla del diablo – digo, torciendo el gesto.

―           Exacto.

La casa es grande, pero mal distribuida. Tiene escaleras en sitios inverosímiles y techos altísimos en la planta baja, pero más bien bajos en el piso superior. Los dormitorios son extra grandes, y hay una biblioteca en el altillo del salón, con balaustradas que rodean todo el perímetro. Volvemos a bajar y visito la enorme cocina, una sala de ocio, y hay un despacho que está cerrado, seguramente del dueño de la casa.

―           ¿De quién es esta casa? – le pregunto a Patricia.

―           De Salomé. Su padre es broker. Él y su madre se han ido de vacaciones a Israel.

―           Y claro, la niña ha aprovechado para montar la fiesta, ¿no? – dejo caer.

―           Por supuesto – me giro al escuchar la nueva voz.

―           ¡Salomé! – exclama Patricia.

La anfitriona es una chica de mediana estatura, con el pelo rizado de un rubio ceniciento, y un rostro agraciado pero con muchos lunares. Sus ojos brillan, clavados en mí, grises e inteligentes.

―           No recuerdo haberte invitado… mejor dicho, no recuerdo haberte conocido siquiera – me dice, con una sonrisa.

―           Son cosas que ocurren a veces. me llamo Sergio y soy el… hermano mayor de Patricia – miento, haciendo caso al susurro de Ras.

―           ¿Qué? – exclama mi rubia, pero es rápidamente acallada por el tirón de brazo que le otorga Alexi.

―           Vaya, Patricia, te lo tenías muy callado – le dice su amiga, echándole una rápida mirada. — ¿Y has venido a controlarla?

―           Algo así.

―           Entonces, quédate… ¿Qué te ha parecido la casa?

―           Interesante y grande – le contesto mientras ella se acerca.

―           ¿Quieres bajar a la bodega? Mi padre es todo un coleccionista de “caldos”, como él llama a los vinos – Salomé se cuelga de mi brazo con toda confianza.

―           Por mí, encantado.

Patricia y Alexi se quedan atrás, sin excusa para seguirnos, y seguramente rabiosas. Hay que ver lo celosas que se ponen por nada…

No hay que ser doctorado en comportamiento social para saber lo que busca la joven Salomé. Lleva todo el rato acariciándome el brazo, entusiasmada con los duros músculos que palpa. La bodega es pequeñita e íntima, que es lo que sin duda buscaba ella. Me arrincona detrás de una de las grandes estanterías y se aprieta contra mí.

―           Te vi antes, cuando llegaste con ese Ferrari… precioso. No sabía que Patricia fuera de tan alto nivel – murmura, su barbilla levantada para mirarme de tan cerca.

―           Hay mucho nivel en mi familia, no creas.

―           Ya lo veo – sus manos se deslizan por mi pecho. – Dios, qué duro está esto…

―           Salomé, no soy ningún niñato para robarme una sesión de besos en la bodega de tu padre – la advierto.

―           No pensaba que lo fueras, tonto – me responde, empinándose y buscando mis labios. Tengo que inclinarme para que llegue a mi boca.

Su lengua sabe a vodka con caramelo y su aliento es tan caliente como el aire de un incendio. Se suelta pronto de mi cintura para aventurar sus dedos en otros recodos más íntimos. Sus deditos no dejan de palpar mi entrepierna, como si quisiera asegurarse de que lo que toca es real.

―           ¿Qué te ha parecido la cosa? – le pregunto, al separarnos, imitando lo que ella me preguntó antes.

―           Interesante… y g-grande – murmura ella, devolviéndome la pulla, aunque con dificultad. — ¿No llevarás ahí dentro un calcetín o algo así?

―           Sólo puedes asegurarte de una manera, Salomé – susurro, ruborizándola.

―           Aquí no – responde ella, girando la cabeza al escuchar voces en las escaleras.

―           Llévame – le propongo, haciéndola sonreír.

Patricia y Alexi están esperándonos, apoyadas en la pared, cuando subimos de nuevo. Noto sus ojos clavados en mi espalda, recriminándome que suba al piso superior con su amiga, bueno, supongo que es su amiga, aunque ellas podrían llamarla cosas peores. Si se cabrean, peor para ellas. Me apetece moldear carne joven y fresca. Puede que Salomé recuerde esta noche durante toda su vida; puede que la marque de una manera que no se espera…

Me conduce hasta una puerta que permanece cerrada, sin duda el dormitorio de sus padres. Salomé saca una llave del bolsillo trasero de sus jeans y abre la puerta. Un lujoso dormitorio, lleno de detalles de Feng shui nos acoge. He ganado la apuesta: vamos a follar en la cama de sus papis…

Salomé ha mostrado sus intenciones, sin lugar a dudas, pero ante la cama, su valentía desaparece, así que tomo el control, abrazándola desde atrás, y besándola suavemente en el cuello. Ella cierra los ojos y suspira. Sus manos se apoyan en las mías, presionando aún más su vientre. Mis dedos se cuelan bajo la corta blusa celeste que porta, acariciando su vientre plano, el hoyo de su ombligo, la dureza de sus costillas. Tiembla entre mis brazos, la cabeza recostada sobre mi hombro.

―           Ahora… vamos a quitar esto – susurro en su oído, al mismo tiempo que subo una mano hasta sus senos, apresados por un pequeño sujetador.

Ella traga saliva cuando deslizo hacia arriba la blusa. Levanta los brazos para que saque completamente la prenda y aprovecha para acariciarme la nuca y las orejas. Bailo con ella ante el espejo de la gran cómoda beige, mi pecho pegado a su espalda, mis dedos atareados en el cierre del sujetador.

―           Mira que hermosa te ves – vierto en su oído mientras acaricio sus pequeños pechos, completamente desnudos.

Ella abre los ojos y se mira en el espejo. Noto su sensualidad en la forma en que sus nalgas se pegan a mí, en cómo baja sus brazos para abultar más sus senos, en el gemido que deja escapar. No creo que los chicos que hayan estado con ella la hicieran sentirse así con unas pocas caricias.

―           ¿Quieres que te desabroche el pantalón? – le preguntó bajito, toqueteando el botón de la cintura.

―           Sí…

Apenas es un silbido, pero sus manos se posan sobre las mías, indicándome lo que desea. Muy lentamente, desabotono los jeans y toda la bragueta. A cada botón liberado, Salomé contonea sus caderas para rozar sus nalgas contra mi entrepierna. Cuelo mi mano en la apertura, recorriendo su braguita con un dedo. Está realmente húmeda. Pellizco su vulva sobre el tejido y su pelvis se contrae, al mismo tiempo que deja escapar una risita. La levanto a pulso y la arrojo sobre la cama, arrancándole un gritito de sorpresa y gozo. Le quito los zapatos de plataforma y tiro de las perneras del vaquero hasta sacárselo. Ella me mira encendida cuando meto dos dedos en los laterales de su braguita y la deslizo piernas abajo.

Me tumbo sobre ella, mordisqueando sus labios, entregándole mi lengua, cosa que parece enloquecerla. No deja de succionármela e incluso morderla muy suavemente. Su piel arde de pasión. Me deslizo a lo largo de su cuerpo, dejando una marca de saliva a mi paso, hasta quedar arrodillado en la pequeña alfombra que hay al lado de la cama. Abro sus muslos, exponiendo su sexo totalmente.

―           Dime la verdad, Salomé… ¿Te lo han comido bien alguna vez? – sus mejillas enrojecen y niega con la cabeza, los ojos fijos en mí.

―           ¿Me lo vas a hacer tú? – musita.

―           Claro que sí – susurro, inclinándome sobre su pubis.

Mantiene un suave penacho de vello por encima del pubis, pero tiene depilado los labios mayores. Su coñito parece llamarme, con sus labios hinchados y un monte de Venus marcado. Lo abro con los dedos, exponiéndolo totalmente a mi lengua. Bajo la suave luz de la cómoda, su intimidad reluce por el icor que mana de su interior. Realmente apetitoso, me digo, dando la primera pasada de lengua.

Salomé respinga sobre la cama, quizás por el resultado de la nueva sensación. Sea como sea, sus dedos se aferran a la ropa de la cama y sus caderas siguen cada lengüetazo mío, presionando su sexo contra mi boca.

―           Oh, Dios mío… es maravilloso – susurra.

Hago titilar la lengua sobre su clítoris, inflamándolo cada vez más. Sumerjo la punta todo lo que puedo en el interior de su vagina, buscando ahondar en sus mullidos pliegues. Y ella salta de nuevo, aferrándose a mi cabello con ambas manos. Parece estar experimentando un onírico rodeo en el que mi cabeza es su particular toro salvaje, al cual aferrarse para no ser desmontada con tantos saltos. Sus labios dejan escapar pequeños y cortos jadeos a cada pasada de mi lengua. Sé que ha tenido ya un pequeño orgasmo, pero busco el de los fuegos artificiales, así que no dejo de lamer y chupar, y ella de retorcerse, tironeando de mi pelo.

―           ¡La… ostia… putaaaaaaaaaaaaaaa…aaah…AAAH…! – exclama, disparando su ingle hacia arriba, empujando con la punta de sus pies sobre mi espalda.

¡Ahí están los fuegos artificiales!

―           ¡Bravo! ¡Así se hace! – el sonido de palmas me hace girarme, limpiándome aún lo que Salomé ha derramado en mi boca.

―           ¿Qué coño hacéis aquí? – barboto, mirando a Patricia y Alexi, que no dejan de aplaudir desde la puerta.

―           Queremos ver cómo te la follas – explica Patricia, caminando hasta la cama y saltando sobre ella. Alexi la sigue, mirando la desnuda Salomé, que aún no puede menearse, tan sólo jadear.

―           Pero… ¡esto no es serio! – exclamo.

―           Tranquilo, Sergi, a Salomé no le importa, ¿verdad? – dice Patricia, inclinándose sobre el rostro de la chica.

Salomé la mira, el rostro encendido, los ojos acuosos, recuperándose del tremendo placer que ha obtenido.

―           Queremos ver cómo te mete esa enorme polla que tiene Sergio. Queremos ver como te corres y chillas, Salomé, sin remedio, una y otra vez.

―           No molestaremos, sólo miraremos, palabra – musita Alexi, asomando su carita pecosa por encima del hombro de su amiga.

―           ¿Quieres que veamos lo puta que te vas a volver, cuando Sergi te meta esa tranca?

―           Sí – dejó escapar la dueña de la casa, terriblemente excitada por la extraña situación.

―           Joder, chicas, que pécoras que sois – me río.

―           ¿Ahora qué? – pregunta Patricia. — ¿Te devuelve el gesto?

―           Sería lo suyo – opina Alexi.

―           ¡Vamos a desnudar a Sergi para que Salomé lo vea en todo su esplendor!

Patricia y Alexi saltan de la cama y me ponen en pie, entre risas. Casi me arrancan el jersey y forcejean con mi cinturón y con la bragueta, hasta bajarme el pantalón completamente. Mientras Patricia me sostiene por la espalda, Alexi tira de las perneras hasta dejarme solamente con el boxer.

―           ¿Preparada, Salomé? – pregunta Patricia, sobando mi miembro por encima de la tela de la prenda íntima.

Salomé asiente, acodada sobre la cama y con la mirada fija en lo que interesa. Alexi baja mi boxer, revelando mi pene recostado sobre el muslo, bien hinchado ya.

―           ¡Je! No te esperabas esto, ¿verdad? – la insta la rubia y se ríe ante la atónita negación que recibe. – Vas a parecer una brocheta con patas, querida…

―           ¿Le tocas siempre la polla a tu hermano? – pregunta ácidamente Salomé, recuperando el habla.

―           No es su hermano – interviene Alexi. – Es un amigo… íntimo.

―           Vamos, incorporate – Patricia toma una mano de Salomé y la sienta sobre la cama. – Ahora tienes que mamársela. No conocerás cosa más sublime.

Me acerco a la cama, balanceando la polla obscenamente, haciendo que todas ellas se rían. Ahora sí que parecen colegialas. Salomé alarga la mano y recoge delicadamente mi prepucio. Tironea de la piel y sopesa el miembro, como queriendo asegurarse de que es real y no una imitación.

―           Pobrecita – murmura Patricia, arrodillada a su lado y observándola.

―           ¿por qué lo de pobrecita? – pregunta Alexi, al otro lado, colocada de la misma manera.

―           Porque no volverá a encontrar otra polla parecida en su vida, ni nadie que la haga sentir como Sergio… esa es nuestra marca.

Me hago el tonto. No he pensado jamás que esa chiquilla tuviera las cosas tan claras. Es un tema que las chicas mayores han hablado entre ellas y conmigo, sobre sus experiencias conmigo y lo vacío que resulta hacer el amor con otro hombre tras probar conmigo. No es que me ponga moños, no soy de esos, ya lo sabéis, pero lo que aporta Ras y lo que soy capaz de hacer con mi cuerpo, no se olvida fácilmente.

―           Vamos… a la boca – musita Alexi, retirando los rizados cabellos de un lateral de la cabeza de Salomé, y colocándolos detrás de la oreja.

La chica la obedece e intenta engullir todo el glande, pero topa con sus dientes.

―           Tranquila, sin prisas – la aconseja Patricia.

Se dedica a lamer todo el contorno del glande, a ensalivar cuidadosamente el tronco, a palpar los testículos, mientras su boca se hace lentamente con la medida de mi herramienta.

―           ¡Qué barbaridad! – jadea, tragando la saliva acumulada en su boca.

―           Tienes que mojarla más. No te tragues la saliva, escúpela sobre la polla – le comenta Alexi.

Poco a poco, entre consejos y bromas, Salomé le toma el tono al asunto, derramando hilos de baba sobre mi piel, masajeando de un extremo a otro mi pene con sus suaves manos, y, finalmente, tragando un buen trozo de sexo. Ver cómo se introduce mi miembro hasta atragantarse, y las dos cotillas arrodilladas a los lados, con los ojos clavados en su tarea, me pone muy cachondo. Por respeto a mí, se han convertido esta noche en mironas. No me han tocado de forma evidente hasta ahora, y a Salomé tampoco. Me sorprenden, al menos Patricia.

Saco la polla de la boca de Salomé y juego con ella, golpeando sus labios, sus mejillas, y la restriego por todo el rostro, contemplando como ella abre la boca, deseosa de más. Pero yo quiero metérsela ya y se lo indico.

―           Ha llegado el momento – palmea Patricia. – Túmbate.

―           ¡Te la va a meter! ¡Te la va a meter! – canturrea Alexi, tomando a Salomé de los hombros y acostándola boca arriba.

―           ¡Uy, Sergi! Esto no es un coño, es una fuente – Patricia se lleva una mano a la boca mientras que, con la otra, mete un dedo en el coño de Salomé, la cual no hace más que sonreír bobaliconamente.

―           ¡A ver, putillas, fuera! ¡Os quiero a un lado, la una sobre la otra! Así podréis mirar y acariciaros a la vez. ¡Me tenéis hasta los huevos con tanto comentario! – las amonesto con unos azotes.

Dicho y hecho. Es como si estuvieran esperando esas palabras. Patricia se tumba y se sube la falda de vuelo que lleva, dejando ver que no lleva bragas debajo. Alexi gatea hasta su amiga y, de rodillas ante ella, se remanga con trabajo la estrecha minifalda que viste, hasta dejarla hecha un cinturón por encima de sus caderas. Ella sí lleva un tanga, que aparta en el momento de tumbarse sobre Patricia. Se envuelven en un tórrido abrazo que culmina con un intensísimo beso. Deben estar salidas perdidas…

Yo sigo con lo mío. Aferrando mi tranca con la mano, la enfilo al coñito de la jovencita, la cual está un poco ida, la mirada atrapada por lo que sus amigas están haciendo a su lado. A lo mejor también le gustaría probar, pero ahora no es el momento, ahora voy yo…

Vuelve su atención hacia mí en el instante en que mi miembro empuja contra sus labios mayores. Su pubis sube al encuentro instintivamente y sus piernas se abren totalmente, pero querer no es siempre poder. Se queja dolorosamente en cuanto introduzco el glande.

―           Espera, por favor – susurra, mirándome.

―           ¿No serás virgen, eh? – mascullo, deteniéndome.

―           No, no…

―           Tiene novio – me informa Patricia, mientras mete dos de sus dedos en el coñito de Alexi. – Un guaperas…

―           ¿Lo haces a menudo con él? – le pregunto, mientras muevo mis caderas en círculo, tratando de ensanchar el conducto.

―           Desde hace un mes y medio – musita Salomé, el rostro congestionado por el pudor y por lo que está sintiendo.

―           ¿Y de tamaño? ¿Cómo es? ¿Pequeñita? – mis labios se mantienen a milímetros de los suyos.

―           Pequeña… pequeñísima comparada con la tuya – la punta de su lengua lame mis labios.

―           No has ensanchado aún tu conducto vaginal, podría decirse que casi eres virgen, Salomé. Habrá que trabajar duro – sonrío y le guiño un ojo a Alexi, quien ya tiene el labio inferior temblando por lo que le está haciendo su compañera.

―           ¿Podemos ayudar? – se ofrece Patricia con viveza, dejando a medias a la ucraniana.

―           Vale – suspiro. – A ver, tú y Alexi arrodillaros frente a frente. Voy a colocar a Salomé sobre vuestras rodillas.

Visto y no visto, ocupan la posición que les he pedido, dejando que una rodilla de Alexi penetre entre las piernas de Patricia. Le indico a Salomé cómo quiero que se tumbe ella. Lo hace de bruces, dejando que los muslos desnudos de las chicas sirvan de apoyo a su vientre y caderas, para alzar sus nalgas. Cruza los brazos delante de ella, apoyando sobre ellos la mejilla.

Así, apoyada sobre las rodillas, las piernas bien abiertas, está totalmente ofrecida a mí. Mi pene encuentra menos resistencia ahora y penetra un poco más lejos. Patricia y Alexi acarician la estremecida espalda de Salomé, y tironean malignamente de los endurecidos pezones que quedan a su alcance.

Deslizo mi polla lentamente en el estuche de cálida carne y la vuelvo a sacar un par de segundos después, y vuelta a empezar, ahondando cada vez más. a cada vaivén, Salomé resopla dulcemente, los ojos cerrados, los dientes apretados. Otra vez, otro empujón, otro resoplido.

Sin ningún tipo de aviso, sus nalgas se estremecen largamente. Salomé no ha podido resistir la presión de golpear su cerviz y se ha corrido, casi sin esperarlo. No me detengo por ello. Patricia me sonríe, reconociendo los síntomas y se alza sobre sus talones para ofrecerme su boca.

Mientras alterno mis besos con las dos, aumento el ritmo de mis caderas, y consigo que Salomé empiece a emitir otro tipo de ruiditos. Es como un suave hipido intermitente que nos vuelve a todos locos. Más rápido, más fuerte, y el hipido cambia a un sensual quejido. Salomé está mordiendo la colcha, los ojos entreabiertos y en blanco.

―           ¡Joder… es un putón del… quince! – exhala entre dientes Patricia. Ha llevado una mano entre sus propias piernas, al observar la expresión de vicio que asoma al rostro de Salomé. Alexi la imita de inmediato, bastante urgida.

Mi polla entra y sale ahora a toda velocidad, adentrándose en aquella vagina juvenil más de la mitad. Los brazos de Salomé se han estirado, afirmándose contra el cabecero para soportar los envites. Sus nalgas no dejan de agitarse de forma enloquecida y mantiene el rostro enterrado en el colchón, ahogando los chillidos en que se han convertido los armoniosos quejidos.

Creo que se ha corrido varias veces en pocos minutos, pero yo sigo cabalgando hacia mi propio placer, impulsado por las obscenidades que vuelca Ras en mi mente. No soy apenas consciente de ello, pero saco la polla cuando surge el primer chorreón, apoyándola en la espalda de la chiquilla. Las diversas emisiones de semen inundan su lomo, y Patricia y Alexi, con un gritito de alegría, se inclinan para recoger la esencia con sus lenguas.

Recuperando el aliento, observo como mis dos chicas lamen toda la espalda de su amiga. Salomé parece haber corrido un maratón, jadeante, sudoroso, enrojecida, sin fuerzas, pero, al girar la cabeza y mirarnos, su sonrisa es radiante.

―           Bueno, chicas – digo, poniéndome en pie y limpiándome la polla con la espléndida colcha –, nos tenemos que ir. Ha sido un placer, Salomé. Cuando quieras follar otra vez, díselo a Patricia y ella te llevará a mi casa…

―           No sé, puede que quiera probar algo nuevo – dice Patricia, relamiéndose. De repente, se inclina sobre el rostro de Salomé y la besa dulcemente. — ¿Verdad, cariño?

No me queda otra que reírme mientras me visto.

CONTINUARÁ…

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