ESRUZA

Esa noche se encontraba sola en casa y había estado pensando, pensando mucho y desesperándose. Los problemas cotidianos pesaban cada vez más. Decidió salir, para disiparse un poco, y subió a su auto. Empezó a conducir por la ciudad, hasta llegar a la carretera, no sabía para donde iba ni le importaba. Creía que concentrándose en conducir alejaría los pensamientos nefastos que la hacían sentir débil, no podía, no debía permitírselo.

Obligada por su trabajo, tenía que viajar constantemente a otros estados para supervisar las actividades de las sucursales de la empresa donde trabajaba. No le gustaba conducir y menos por carretera. Lo hacía porque tenía qué hacerlo y conducía cuidadosamente, pero con temor, siempre viajaba sola. Su miedo se originaba en un sueño, más o menos recurrente. Se veía conduciendo y de repente, en una curva perdía el control y los frenos no funcionaban, se iba al barranco irremediablemente.

Su vida actual era atosigante, un desastre y se sentía sola e impotente. Sin darse cuenta, la noche la sorprendió. No sabía, nunca aprendió a conducir de noche por carretera, le daba miedo, ella tan audaz, nunca superó el miedo a algo tan simple, sin embargo, cada vez apretaba más el acelerador, más y más, adivinando la dirección de las curvas. Los autos que venían en sentido contrario la deslumbraban y ya estaba lloviendo. Su inexperiencia para conducir de noche no le ayudaba, pero siguió apretando el acelerador, fuera de sí.

De repente, en una curva, perdió el control; pisó el freno y no funcionó, puso el freno de mano y tampoco funcionó. Irremediablemente se precipitó al vacío. En la caída pasaron por su mente, como en cámara lenta, cientos de imágenes de su vida y sintió un pánico que paralizaba su cuerpo y se le hizo eterna la caída y alcanzó a pensar que tal vez era lo mejor. En realidad, fueron segundos, tal vez minutos, lo que tardó en estrellarse al fondo del barranco, dejando salir un grito de terror y su rostro se llenó de sudor y lágrimas.

Su hermana, al escuchar el grito, entró precipitadamente a su habitación tratando de despertarla –“Estás soñando, despierta, por favor” –

Las lágrimas corrían por sus mejillas cuando despertó aterrorizada, sintiendo un vacío en el estómago y no cesaba de llorar.

Eran las tres de la madrugada, su hermana la obligó a tomar un calmante, lo cual no le gustaba y, poco rato después entró en un sopor que le hizo dormir hasta casi el medio día.

Despertó cansada, agotada y dándose cuenta de la hora que era se incorporó rápidamente y pensó que todavía tenía pendientes sus obligaciones diarias. Tendió su cama, aseó su habitación y tomó una ducha. El agua de la regadera se mezclaba con sus lágrimas que resbalaban por su rostro, hasta que ya no pudo salir una lágrima más y pensó que ella era fuerte, muy fuerte y no debía sentirse así. ¡Estaba viva!

Un comentario sobre “Velocidad, vacío y lágrimas

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