JANIS MULLIGAN

El observatorio de aves

Denisse nos muestra, con todo descaro, uno de sus blancos muslos al cabalgar una pierna sobre la otra. Nos mira intensamente, durante casi un minuto, y suspira, abriendo las manos. Se encuentra sentada en uno de los sillones orejeros de mi despacho, vistiendo una corta bata de andar por casa. Le ha estado dando vueltas al asunto legal de los Belleterre y ha venido a exponer sus conclusiones. Yo me encuentro sentado a mi escritorio con Katrina de pie detrás de mí, teniendo sus manos apoyadas en mis hombros.

―           Lo ideal sería que las autoridades declararan a los Belleterre muertos. De otra forma, la lucha legal será infinita.

―           Pero… ¿Cómo podemos hacer eso? Sus cuerpos están en el fondo del Mediterráneo – exclama mi esposa.

―           No lo sé. Habría que buscar alguna manera de que acepten nuestra palabra sin tener que presentar los cadáveres – la albina se mesa el blanco pelo, irritada.

―           ¿Qué tal un naufragio? – me dice Ras, jovialmente.

“¿Un naufragio? ¿A qué te refieres, viejo?

―           Sólo necesitas un testigo, un superviviente, alguien socialmente de confianza que afirme que los miembros de la familia viajaban en el barco y que…

―           ¡Se hundió! – exclamo en voz alta, completando la idea del ladino monje. Debo decir que cuando se pone a conspirar, no hay Dios que le gane.

―           ¿Qué dices, querido? – Katrina me aprieta un hombro.

―           El viejo ha tenido una idea genial. Debo hablar con Marco, antes de nada.

―           ¿Puedes explicarte? – me requiere Denisse.

―           Aún no – digo, conectando el sistema de videoconferencia con encriptación.

Para cerrar el capítulo de Córcega, hay que controlar las propiedades y bienes de la familia Belleterre. Disponemos de unos herederos directos, en la persona de la esposa de Ramus y sus hijos, pero para que puedan heredar –que es la manera legal más simple—, tienen que declararlos desaparecidos y muertos. La idea de Ras es perfecta y debo averiguar si es posible llevarla a cabo. Marco aparece en el monitor, un tanto confuso. Es la primera vez que utiliza este sistema de comunicación, sin duda.

―           Marco, ¿los Belleterre disponían de algún barco personal, un yate o algo así?

―           Giovanni tenía el velero de su esposa, ¿por qué?

―           ¿Un velero? ¿Grande?

―           Veintidós metros de eslora. Últimamente no navegaba mucho, pero, tiempo atrás, todos los cumpleaños de la familia se celebraban a bordo.

―           Perfecto – me froto las manos. – Necesito que busques alguien con buena reputación. Si tenía relación con los Belleterre, mejor.

―           No entiendo…

Katrina lo repite en francés, y la mirada del maduro gay se vuelve turbia.

―           Necesitamos alguien que pueda testificar sobre un naufragio, alguien que pueda engañar perfectamente a las autoridades, del que no recelen, y que se preste a mentir por nosotros. ¿Conoces alguien así? – espero a que mi mujer traduzca, ya que no quiero malentendidos.

―           Creo que sí – contesta Marco, con una sonrisa lobuna.

―           Bien, prepara el velero para salir al mar. Viste a varios de nuestros hombres con ropa de la familia. Sé que no habéis vaciado aún los armarios… Quiero que se parezcan cuanto más posible a los Belleterre. Ah, y tendrás que poner a algunas chicas también. Aparenta una fiesta…

―           Comprendo. Lo hundimos en alta mar, en algún punto en que no pueda recuperarse, ¿cierto?

―           Lo has adivinado. Hay que hacer las cosas bien. El puerto anotará la hora de partida del velero, con un rumbo real. Habrá que pedir auxilio a los guardacostas y preparar a nuestro naufrago como único superviviente y testigo.

―           Este fin de semana anuncian mar gruesa en el mar Jónico, podría ser de utilidad. Esa parte es de lo más profundo del Mediterráneo.

―           Lo dejo en tus manos – le contesto, agradecido a su implicación. – Pero hay que estar seguros de poder confiar en ese testigo.

―           Descuida. Es un empresario que nos debe mucho. Me pongo a ello.

―           Bien.

Cierro la videoconferencia y miro a mi abogada, la cual está balanceando la pierna desnuda sin percatarse que me está mostrando hasta las amígdalas.

―           ¿Cuánto tiempo tardarán en declararles muertos? – le pregunto.

―           Depende de muchas cosas, de los informes de los guardacostas, de la meteorología, de los testimonios… Primero los declararán desaparecidos y esperaran unos tres meses. Después habrá que aportar nuevas pruebas de que no ha habido movimientos bancarios ni han usado ningún bien de la familia en sus nombres, y serán declarados muertos, a no ser que alguien aporte indicios de lo contrario, con lo que podría pasar más tiempo como desaparecidos, incluso años.

―           Vale. Podemos manejarlo. Nosotros sabemos que están muertos y controlamos a la viuda, así que no hay problema por el tiempo.

―           ¿Qué piensas hacer con ella y los niños? –me pregunta Katrina, inclinándose y apoyando su barbilla sobre mi coronilla.

―           Entregarle una parte de los beneficios que los negocios de la isla originan, unos ingresos debidamente lavados que pondré a su nombre como parte de la venta de ciertos bienes y que le permitirán vivir holgadamente el resto de su vida y la de sus hijos. Todo lo demás, pasará a RASSE.

―           ¿Y si no acepta? – indica Denisse.

―           ¿Tú crees? Marco se lo hará comprender eficazmente. En cuanto comprenda que puede desaparecer como su marido y su suegro, no creo que se oponga a una vida regalada y sin problemas – la pongo al corriente.

―           ¿Te fías de Marco, cariño?

―           Por supuesto que no. Traicionó rápidamente a Giovanni, en cuando le vio los ojos al lobo. Pero es un superviviente y, como tal, un tipo muy astuto para dejar al frente de los negocios. De todas formas, me he asegurado de su lealtad. He mantenido varias charlas personales con él, enfrentado a la mirada de basilisco. Creo que ha empezado a admirarme – confieso, riéndome. – ¡Mano de santo!

Ya han pasado algunas semanas desde el rescate, semanas en las que he tenido que viajar seguidamente entre Madrid y Ajaccio, el aeropuerto corso más cercano a la villa rebautizada como Dolor de Katrina. Podría haber pasado un tiempo en la isla, ocupándome de todo, pero no quería dejar sola demasiado tiempo a mi esposa. Katrina se está recuperando bastante bien, con la inestimable ayuda de la Dra. Garñión, de la que sólo puedo hablar alabanzas por lo bien que se está portando. No solo está preparando la Escuela de Protocolo para su primer curso para chicas que no pertenecen a la organización, sino que saca tiempo para largas sesiones de terapia para Katrina.

Ahora nos queda esperar a lo que se dirá con la desaparición oficial de los Belleterre. Algunas personas ya saben que están muertos, me refiero a sus socios criminales que estuvieron detenidos en la villa y a los que comuniqué el desenlace, aunque ninguno conoce los detalles. La noticia del naufragio llenará el hueco que quedó en ellos y los hará reflexionar sobre unirse a RASSE.

* * * * * * * * *

Por fin, El Observatorio está a punto para inaugurarse.

Ese es el nombre que hemos pensado para el club de relax de Algete, El Observatorio… Me gusta, decididamente. La idea surgió durante los trabajos de decoración interior. María Cardaño, la célebre decoradora de la aristocracia y de alta sociedad en suma, aceptó el reto de crear un ambiente exótico para el club. Yo mismo la puse en conocimiento de lo que pensaba hacer allí, para que no tuviera falsas impresiones. María es una dama de alcurnia, con un gusto exquisito y unos impecables contactos, pero debo decir que es más puta que las gallinas, si, señor. He tenido que follármela más de una vez, en precario equilibrio, porque la señora – tiene cuarenta y seis años— se excitaba demasiado cuando se dejaba llevar por su imaginación portentosa.

Debo reconocer que ha hecho un magnífico trabajo. Todo ha quedado verdaderamente “chic”. Además, ella fue el artífice del nombre cuando comentó que el lugar iba a atraer cantidad de “pájaros” de todas las especies para desplumar. De ahí, El Observatorio de Aves, claro.

No puedo estar más de acuerdo con la decoradora, ya que disponemos de las mejores chicas de alto standing de Europa, gracias a la doctora y sus mejoras hipnóticas. Cualquiera de ellas no desentonaría lo más mínimo en la coronación de un rey, o en los salones de tertulia del Vaticano. Bellas y de exquisitas maneras, cada una con su aspecto y vestimenta cuidados al mínimo detalle, con conocimientos de protocolo y etiqueta y hablando varios idiomas, eran verdaderas joyas pulidas. Hemos invertido en ellas dinero y tiempo para que florezcan como auténticas geishas modernas, capaces de encandilar a cualquier cliente, tanto con sus artes amatorias como con su perspicacia y aptitudes culturales.

Luchando con el nudo de la pajarita, me acerco a mi esposa para que me ayude con ello. Katrina está sentada ante el tocador, maquillándose. Tan solo lleva puesta una braguita de alto talle que se pierde entre sus maravillosos glúteos. Me mira a través del espejo y sonríe. Con el dedo meñique de su mano derecha atusa el corto flequillo que luce.

Han pasado cuatro meses desde el asalto en Córcega. Ahora, la cabecita de Katrina luce un corte pixie, dinámico y simpático, que recuerda a un chico angelical, más rubio que nunca. Echo de menos su antigua y esplendorosa cabellera, pero me ha prometido que procurará mantenerlo largo, otra vez.

―           ¿Te está dando guerra el nudo, cariño? – me pregunta.

―           Ya sabes que esto no es lo mío – contesto, plantándome a su lado.

Ella se levanta y alza las manos, dedicándose con pericia a anudar el lazo oscuro en mi cuello.

―           Ya está. ¡Qué guapo estás, mi vida! – me dice, dándome una palmada en el pecho.

―           Siempre seré un patán a tu lado – y es absolutamente cierto. — ¿Puedo besarte?

No sólo lo pregunto por la aplicación del maquillaje, sino porque es uno de los problemas que hemos heredado de su calvario. No soporta que la toquen sin avisarla. A veces salta de costado, en otras ocasiones chilla con sorpresa y miedo, y padeció un par de fuertes crisis cuando nos metimos en la cama, tras el asunto. He aprendido a tener paciencia – aún más— y pedir su permiso cada vez que me acerco a ella. Debo confesar que aún no hemos tenido un acto sexual completo desde su liberación. Más de una vez me digo que fui demasiado misericordioso con esos putos corsos. Debí haberme empleado más en su sufrimiento. Pero eso es algo que ya no tiene remedio.

―           Por supuesto, cariño, siempre – me contesta ella, ofreciéndome sus labios.

La beso profundamente, demostrándole cuanto echo de menos su piel, su tacto. Ella gime entre mis brazos, derritiéndose con su propio deseo, pero, lentamente, la noto envararse bajo mis manos y acaba despegando sus labios de los míos, apoyando sus palmas sobre la pechera de mi camisa.

―           Perdona – susurra.

―           No, perdona tú. Me he sobrepasado en la duración – confieso, soltándola. – Debo darte espacio, lo sé.

―           Lo siento tantísimo, Sergio, de veras… pero es más fuerte que mi voluntad.

―           Ssshhhh… no te disculpes. No es culpa tuya. Todo se solucionará, te lo prometo – hundo mis dedos en el pelo de su recortada nuca y me sonríe. – Sigue vistiéndote, voy a ver cómo lo llevan las “gordas”.

―           Seguro que aún están en la cama – se ríe Katrina.

A pesar de que son las cinco de la tarde, es posible que sea así. Pamela y Elke ya se ven triponas y el ciclo de los mareos y nauseas tan incordiantes ya ha pasado. Así que se han convertido en dos gatas mimosas y lánguidas que se pasan el día tomando el sol, picoteando, haciendo ejercicios premamá, y, sobre todo, durmiendo.

Llamo a su puerta pero no recibo respuesta. Enarcando una ceja, giro el picaporte y entro. Como temía, están en la cama pero no duermen. Otra de las actividades diarias y constantes que comparten es la de hacer el amor, a cualquier hora, en cualquier sitio. Contemplarse preñadas, la una a la otra, desata increíblemente su libido. Creo que están tan felices de haberse quedado las dos embarazadas, que eso saca lo más putón de cada una a flote.

Están frente a frente, tumbadas y acodadas sobre la cama, las piernas de ambas entrecruzadas, formando la típica “tijera”. Se miran a los ojos mientras no dejan de exhalar gemidos que se asemejan a maullidos encelados, más bien. Sus manos se ceban en la tripita de la otra, acariciando, mimando, y palpando la vida que yace debajo, mientras sus vaginas, chorreando ya, no dejan de frotarse, la una contra la otra.

Giran sus cabezas al acercarme a la cama y, con ojos sensualmente entrecerrados, me sonríen, pero no reaccionan a mi presencia, ni en uno u otro sentido. Me hice la promesa de dejarlas en paz durante el embarazo y lo mantengo, pero ellas tampoco hacen gesto de invitarme a unirme a ellas. Noto el empujón de Ras en mi mente, deseoso, pero no cedo.

―           ¿Os queda mucho? – pregunto.

―           Dos orgasmos… más – murmura Pamela.

Alzó los ojos al techo. Está bien, tenemos tiempo antes de partir hacia Algete. Iré a hablar con Nadia y que me cuente cómo lleva la seguridad del Observatorio. ¡Qué remedio!

Salimos de la mansión sobre las ocho de la tarde, en varios vehículos. Todo el mundo va a asistir a la inauguración, pues El Observatorio es, ahora mismo, nuestra joya más preciada y cara. Katrina, Krimea, y yo compartimos coche. Nadia va en el coche de cabeza, con varios soldados. Pamela, Elke, y Denisse van en otro. Finalmente, Patricia, Basil, Juni, y Alexi llenan un cuarto coche. La comitiva la cierra un blindado 4×4 lleno de más soldados, que se encargarán de vigilar la amplia explanada para aparcamiento, una vez allí.

¿Por qué he invitado a Juni y Alexi? ¿Y por qué no? Trabajan para mí y las considero de la familia. Quiero conocer sus opiniones. No soy ningún cacique negrero… joder.

Sé que he descrito anteriormente la especial estructura del Observatorio, pero ahora que está terminado completamente, es muchísimo más impresionante. Los dos gigantescos molinos de viento, cuyos verticales postes están camuflados por falsos troncos de árboles, y en cuyas ramas se han instalado ingentes cantidades de perfectos nidos, constituyen la única referencia que allí aguarde un complejo de ese tamaño. Estas enormes aspas están todo el día funcionando, canalizando energía para todo el complejo, e incluso extrayendo de sobra. Tanto desde la nueva carretera que cruza el municipio, como de la antigua que proviene del pueblo, El Observatorio resulta invisible. Tan sólo una colina con una increíble ladera de suave hierba llama la atención, aparte de los molinos, claro.

Sin embargo, desde el río, la trasera del complejo muestra los amplios ventanales que se abren al vasto jardín, el cual se une con la vegetación del río. Allí, bajo montículos sembrados de caléndulas y diversas plantas de fuerte resistencia, yacen ocultas diversas dependencias de servicio, como almacenes de jardinería, casetas de dispersión de riego, y la misma clínica para aves.

Está anocheciendo cuando llegamos y las luces exteriores ya están encendidas. Los dos altísimos “árboles” están magníficamente iluminados con focos colocados estratégicamente. Los hace destacar pero no molesta a los pájaros que anidan en ellos. Las titilantes luces de aviso para la aviación destacan en lo más alto y en la punta de las aspas, rojas y azules. Me digo a mí mismo que, más tarde, cuando sea noche cerrada, saldré de nuevo a contemplar la iluminación del jardín.

El interior es tremendamente acogedor, con todos los suelos de madera –incluso en los baños hay tarima de cedro sobre las losas de cerámica— y las paredes estucadas en cálidos tonos crema y pastel. Los salones de ocio se encuentran tras los inmensos ventanales acristalados que dan a los jardines. Una gran biblioteca, un salón de actos, un gimnasio y una sauna, y una piscina climatizada. Más al interior, en el mismo ángulo del increíble tejado de tierra y hierba, se sitúa un pequeño comedor y un bar con todo lujo y confort. La cocina está en un piso superior, absolutamente dedicado a ella y a la gran despensa, junto con las cámaras frigoríficas. Así hemos aprovechado el espacio ascendente de la pendiente, bajo el suelo. Varios montacargas, de diversos tamaños, permiten sacar platos y abastecer con comodidad. Las grandes turbinas que desalojan el humo de la cocina están camufladas en la cúspide de la loma falsa. También por allí respira todo el sistema de aire reciclado y climatizado.

Cubiertos por la espesa manta de tierra y hierba que forma la pradera, dos pisos superiores forman una especie de doble escalón estructural. Treinta habitaciones de gran tamaño se reparten entre ellos, todas con baño incluido. Otras seis habitaciones están dedicadas a almacenaje de ropas de cama, diferentes accesorios sexuales, y otros artículos de menaje y trabajo. Constituyen el reino de las chicas, sus lugares de trabajo y descanso, todo en uno. Las habitaciones son suites, prácticamente, con espacio para disponer de vestidor, salita de estar, y dormitorio separado, amén del cuarto de baño. Según las últimas encuestas de la doctora, las chicas están muy impresionadas por el lugar y encantadas con los aposentos.

Aunque hay habitaciones sin ventanas al exterior, todas poseen un estupendo sistema de reciclado de aire. Las que no disponen de ventanas, poseen falsos ventanales que no son más que camufladas pantallas panorámicas que retransmiten lo que captan las cámaras en el exterior, en tiempo real.

El Observatorio se ha ideado para atender todos los gustos y las chicas insistieron mucho en que se reciclara absolutamente todo. Así, los desperdicios de la cocina son vertidos en tanques especiales para formar abono. El agua utilizada se depura para abastecer los jardines, regar la pradera inclinada, para el vapor de la sauna y para las piscinas. Disponemos de una pequeña planta depuradora, cercana al río. Los diversos plásticos son triturados hasta ser convertido en una pasta que utilizamos para impermeabilizar ciertas zonas. El papel, cartón y tela se usan como material para nuevos nidos y refugios de aves. Ahora estamos pensando en qué hacer con el vidrio. En fin, hemos procurado pensar en todo y ser un poco más ecológicos. Espero que demos ejemplo en el cercano pueblo.

En cuanto al impacto que ese núcleo urbano ha sufrido con nuestra presencia… Hemos contratado un equipo de seis jardineros para cuidar de los entornos naturales; otro equipo de cuatro hombres para mantenimiento. Un fontanero, un electricista, un albañil y un carpintero. Ellos se ocuparán de las reformas y arreglos necesarios, así como de contratar a más personal si lo necesitasen. También hemos requerido dos turnos de limpiadores para las instalaciones interiores, cada turno con seis personas. Todo tiene que estar siempre inmaculado para nuestros poderosos clientes. Un magnífico chef catalán se ocupa de la cocina, respaldado por cuatro alumnos suyos. Otros seis pinches han sido agregados a su dominio, así como varios camareros y camareras, en distintos turnos, con contratos eventuales. En total, hemos ofrecido más de cuarenta puestos de trabajo a los moradores de Algete. Según palabras del alcalde, hemos casi solucionado el paro en el municipio. La mayoría de nuestras compras básicas la hacemos en los negocios locales, como el pan, verduras y vegetales, productos de limpieza, lavandería, útiles y herramientas, bebidas y otros productos alimenticios, lo cual genera una buena inversión para el pueblo. En definitiva, el consistorio está muy contento de haberme vendido aquellos terrenos baldíos.

La propia Isabel, la Dra. Garñión, nos recibe en el salón de actos, engalanado con cortinajes etéreos que impiden que algún paparazzi fotografíe a los invitados. Nos sonríe y nos besa las mejillas, acompañada de una rutilante morena que hace de su ayudante. Ambas visten trajes de noche oscuros, llenos de brillante pedrería. Creo que esa es nuestra asignatura pendiente: elegir a un gerente para El Observatorio.

La doctora ya dispone del programa que actualizará a la persona que elija, para elevar aún más sus dones naturales. Tengo a varios candidatos, pero no me decido. Veo a Nadia pasar, comprobando la seguridad del complejo, que ha sido diseñada por ella misma. Un retén de seis soldados se mantendrá permanentemente en El Observatorio. Su sala de mando y control es subterránea, en los jardines, donde también disponen de cubículos para descansar. Hay detectores de movimiento en las zonas de acceso desde el río y en la periferia del terreno. Cámaras ocultas vigilan en silencio, solamente controladas por los miembros de seguridad, y hay cuatro sistemas de alarma, uno por cada nivel de peligro. Nadia ha instalado puertas de cierre automático, como las de los museos, y ha insistido en que todos los cristales tienen que ser a prueba de balas. No he escatimado en nada, verdaderamente.

Los invitados empiezan a llegar, con el anochecer. Para la inauguración he invitado los alcaldes de las veinte principales poblaciones de la Comunidad de Madrid, el de Algete incluido, a varios ediles del ayuntamiento de Madrid, y una buena representación de los responsables de la Comunidad, amén de unos cuantos ilustres abogados, notarios, y juristas. He dedicado esta velada a los políticos, que son los clientes más habituales. Así que no hay ningún artista, ni ningún aristócrata a la vista, ni tampoco ricos empresarios, o deportistas. Ya tendrán su noche, ellos también.

Por un momento, pensé en Iris para el puesto de gerente, pero Katrina me hizo ver que la Reina Dominatrix es clave para el Temiscira. No debería desperdiciar su talento. Tiene toda la razón, así que debo seguir buscando.

Nuestros invitados nos saludan y charlamos entre copas de frío champán y deliciosos canapés que el chef Jordi A. no para de enviarnos. Hacía tiempo que quería reforzar todos esos contactos políticos. Siempre son de utilidad en este mundillo. Así que sonrió, aprieto mano, brindo, y me muevo entre ellos, haciéndoles creer que ellos son los importantes, los envidiados. Eso siempre funciona.

Las chicas pronto se convierten en el alma de la velada, integrándose perfectamente entre todos aquellos maduros tecnócratas vividores, ávidos de joven carne asequible. Me desentiendo de la charla que Katrina mantiene con uno de los prestigiosos asesores de la Comunidad y contempló el savoir-faire de las geishas. Debo reconocer que Isabel ha creado un milagro con ellas. Sus pasos están medidos para no aparentar interés ni impaciencia. Se han pasado horas lidiando con altos tacones para acostumbrar sus pies. No miran directamente a los ojos a ningún hombre que entabla conversación con ellas, pero sus cuellos adoptan posturas de total atención a sus palabras. De esa forma, los clientes se sienten complacidos internamente, otorgándoles el grado justo de superioridad para que deseen pasar a mayores confianzas.

Las chicas siempre se mantienen en el corto espacio del contacto personal, nunca más alejadas de un par de pasos. Sus gestos nunca son exagerados o dotados de emotivos tics. Han ensayado técnicas de oratoria cada día, para depurar sus gesticulaciones habituales. Sus dedos suelen rozar las manos y brazos de los clientes, en ensayados movimientos que aparentan casualidad. Finalmente, acabarán colgadas del brazo del cliente, o atrayendo un brazo que las rodee cariñosamente, en un tiempo realmente corto.

Todo esto se suele aprender con años de experiencia para una prostituta, algo que las limitaba bastante, ya que a esas alturas, su pieles perdían tersura y sus cuerpos firmeza. Pero con el programa ideado por la doctora, todo ese aprendizaje se reduce a unos pocos meses, aumentando así la espectacularidad de estas bellas mujeres. ¿Quién no pagaría al menos tres mil euros por pasar la noche con una de ellas?

Katrina me cambia la copa de champán que sostengo en la mano, vacía. Vuelvo a la realidad, parpadeando. Una joven, de generoso trasero, me sonríe, sosteniendo una bandeja llena de copas. Debe ser una de camareras contratadas en Algete.

―           ¿Dónde estabas, cariño? – me pregunta Katrina, que ya ha despachado a su contertulio.

―           Haciendo números – sonrío.

―           ¿Caja registradora mental?

―           Ajá. Ya están empezando a desaparecer hacia las escaleras.

―           Sí, pronto nos quedaremos solos.

―           Bueno, podemos tomar una para nosotros, ¿no? – bromeo.

―           Quizás, todo puede ser – y mi corazón se acelera con esas simples palabras.

No quiero insistir, así que la invito a ver los jardines iluminados, aprovechando que no hace demasiado frío fuera. Katrina se cuelga de mi brazo y, al pasar ante el pequeño mostrador del lateral, pido una botella de vodka al camarero.

―          Estoy más que harto de espumoso… joder – mascullo, haciendo reír a mi esposa.

Los jardines están verdaderamente espectaculares, con los setos bien recortados y los macizos bien agrupados. Los jardineros han hecho un magnífico trabajo. Han estado trabajando a la par que los obreros, en cuanto la estructura estuvo definida. Unos jardines así necesitan tiempo y cuidados, lo sé perfectamente.

Notando que Katrina tiembla, me quito la chaqueta y se la pongo. A veces me olvido que no siento el frío como ella. Hemos tirado el champán de las copas y las utilizamos para beber el vodka que nos calienta el vientre, mientras paseamos por los senderos de piedra negra.

―          Tengo el pálpito que esta mansión va a ser famosa, de ahora en adelante – susurra Katrina, su sien pegada a mi hombro.

―          Eso espero. Hay mucho dinero invertido.

―          Te he estado observando mientras mirabas a las chicas…

―          ¿Celosa? – me detengo con las cejas alzadas, mirándola.

―          No, preocupada más bien. Llevo mucho tiempo alejada de ti.

―          No hay nada de que preocuparse. Estás en fase de superación, eso es todo.

―          Pero… tienes tus necesidades. Ras las tiene…

―          Al viejo ya le controlo yo, tranquila. Por otro lado, hay muchas chicas en la mansión para aliviarme.

―          No hay tantas. Cuatro de ellas están fuera del juego. Tu hermana y Elke…

―          He sido yo quien ha decidido no acostarme con ellas mientras estén gestando.

―          Lo sé. Luego están Denisse y Nadia.

―          Están en plena luna de miel – me río. – No me importa, Katrina. Krimea sigue ahí, a nuestra disposición, y Ras tiene debilidad por la joven Alexi. Con eso es suficiente, ¿no crees?

―          Sé que no es así – me mira ella, con ojos húmedos. – Te contienes por mí. Deberías visitar más a Iris. La Reina te sacia más que nadie.

No es que se lo haya ocultado, pero no he comentado nunca nada de eso con mi esposa. ¿Quién se la ha podido decir?  Katrina pone un dedo sobre mis labios.

―           Invité a Iris a casa, hace unas semanas. Ella me lo contó, directamente. No quería que yo tomara el asunto por algo que no era – me cuenta.

―           Vaya, es decidida.

―           Sí, y honrada. Me habló de los sentimientos que despiertas en ella y de lo cómo los entierra en su seno, por el bien de todos – noto un suave dolor en sus palabras.

―           Quizás no debería acercarme a ella si hago que sienta eso. Nunca he dado pie a algo así.

―           Es lo mismo que ella me dijo.

La miro fijamente y me digo que necesitamos otros dos tragos de vodka.

―           ¿Y tú? ¿Qué piensas? – le pregunto.

―           Recuerdo que tuve una conversación parecida con Maby, ella sentada en el sofá del piso y yo arrodillada en el suelo, mirándola a los ojos. Ya por entonces, a pesar de la dolorosa y humillante disciplina a la que me sometía, junto con tu hermana, la adoraba. Intentaba rebelarme, sobre todo cuando me encontraba sola. Mi carácter rebelde y mimado intentaba hacerme escapar, pero las palabras de Maby siempre me acallaban y sus actos me encadenaban.

―           Yo también la echo de menos.

―           Sí, yo también a pesar de saber que si estuviera viva, no estaríamos casados – asiento ante esas palabras, totalmente ciertas. Maby fue mi gran amor, mi primer amor. – El hecho es que, aquel día, confesé, por primera vez, que tú me hacías sentir algo que nunca había sentido antes. Ella me sonrió y dijo: “Sé que lo amas, aún cuando tu mente no lo ha aceptado. Sergio hace que esas cosas ocurran.”

―           Nunca me has hablado de eso – la digo.

―           “Pero yo no quiero hacerte daño”, le contesté. “Nunca te haría daño, ni a Pamela tampoco. Sois las primeras amigas que he tenido en mi vida.” – sigue relatando, como si no me hubiera escuchado. – “No lo sabrá nunca, lo prometo”.

―           ¿Se lo prometiste a Maby? – me asombro.

―           Sí, pero ella no quiso saber nada. Me dijo que no podría cumplir con esa promesa y que todo dependería de ti. Para ella, compartirte con las demás era mucho mejor que no tenerte más. Eso mismo es lo que le dije a Iris.

―           Coño…

No me esperaba este arrebato de sinceridad, ni esa charla entre Iris y mi mujer. ¿A qué llevaría todo eso? Con mucha delicadeza, atrapo su rostro entre mis manos, hinchando los maravillosos y sonrojados carrillos, y deposito tres suaves besos sobre sus oprimidos labios rojos.

―           Por cosas como esa podría esperar siglos a que mejoraras, dulzura. ¿Cómo no echarte de menos, Katrina? No solamente disfrutamos del mejor sexo entre nosotros, sino que nos complementamos sin ni siquiera ser conscientes. Me conoces mejor que nadie, mi vida, y sabes que no te dejaré nunca, jamás.

―           Lo sé, tontorrón. ¿Podemos volver dentro? Creo que se me ha congelado el tanga.

Riéndonos y con mi brazo por encima de su hombro, volvemos al Observatorio. Tal y como habíamos previsto, cuando llegamos al salón de actos, no queda ya ningún invitado a la vista. Todos deben estar llenando las sábanas de fluidos amorosos, sacando todo el provecho que pueden a sus chequeras.

Una de las camareras, que se dedica a recoger los servicios usados por los invitados, nos comenta que la poca gente que ha quedado se ha trasladado al bar. Decidimos imitarlos, por supuesto. Sentados en los cómodos sillones de cuero del bar, que parece más un club de caballeros que otra cosa, con paneles de madera cubriendo las paredes, nos encontramos a Isabel charlando con Patricia y Alexi, al parecer muy atentas a sus palabras. Más allá, sentadas a la barra, Pamela y Elke se atiborran de canapés, ayudándose de un par de Cocas lights.

Nadia, de pie y con una copa en la mano, habla con Juni y Denisse, las cuales están sentadas en altos taburetes, en el otro extremo del gran mostrador de madera y cuero. Basil nos sale al encuentro, llevando del brazo a la morenaza ayudante de la doctora. Al igual que todos, Basil está achispado y contento.

―           ¡Ha sido todo un éxito! – me palmea la espalda, tras soltar el brazo de la chica.

―           Sí, a la altura de cualquier resort de Las Vegas – alaba Krimea, sorprendiéndonos por detrás. Nos abraza compulsivamente, feliz de vernos así de juntos.

―           Quizás actúes un día aquí – contesto, atrapando a la mulata por la enorme trenza que se ha hecho y besándola duramente.

―           ¿Tendría que hacerlo desnuda? – bromea al separarse.

Katrina la hace callar, besándola a su vez, también en la boca. Cruzo los dedos, a ver si se anima y sigue. Isabel me hace una señal con la mano y me acerco hasta donde se encuentra. Patricia me hace un hueco en el sofá para que me siente. Alexi me devuelve la sonrisa. Parece un poco boba.

―           ¿Qué le pasa? – le pregunto a Patricia.

―           Demasiado champán – musita con una risita.

―           Vaya. ¿Cómo ha ido todo, Isabel?

―           Mejor de lo que pensaba. Las niñas se han plegado perfectamente a lo que esos hombres esperaban de ellas. Son políticos acostumbrados a moverse en situaciones prestigiosas, pero creo que nuestras niñas aún pueden dar mucho más de sí.

―           Te refieres a clientes de más postín, ¿no? – determino.

―           Exactamente, pero ha sido una muy buena prueba de fuego. Las treinta y cinco chicas están ahora mismo con clientes, aunque hemos andado muy justos – me cuenta ella, a su vez.

―           ¿A qué te refieres?

―           Que algunos de los capitostes se han llevado dos chicas a la cama, a costa del presupuesto del partido – se ríe.

―           Es lo que suele pasar cuando no sabes a cual elegir.

―           ¡Te las llevas a las dos! – exclama Patricia, echándose sobre mí.

―           Quieta, leona. ¿Qué te ha parecido esto, Alexi?

―           Es increíble. Creía que había visto lujo en tu mansión, pero esto es… – agita una mano, con asombro.

―           Dime la verdad, Alexi – se inmiscuye la doctora. — ¿Qué piensas de la prostitución?

La pecosa ucraniana se encoje de hombros y me mira de reojo. Sus ojos están un tanto vidriosos y tiene la voz estropajosa, pero parece tener lucidez mental.

―           Eso es cosa de cada mujer, de sus condiciones de vida. No puedo opinar a la ligera. Habrá chicas que les guste esa vida, y otras que habrán sido obligadas a ello.

―           Sí, eso es cierto – digo. – Y, personalmente, ¿lo harías?

―           ¿Ser puta? – pregunta, parpadeando.

―           No, acostarte con una – la pillo por sorpresa. — ¿Qué pensarías de eso?

―           No sé – murmura, mordiéndose el labio inferior. – Puede que yo sola no sería… capaz, pero con alguien más…

―           ¿Con un novio? – pregunta la doctora.

Nuevo encogimiento de hombros y otra rápida mirada. Ras rebulle con fuerza, diciéndome que esa niña experimentará cada uno de los mayores vicios existentes, sólo por el deseo de agradarme, y sé que es absolutamente cierto.

Nos encontramos a solas en el bar, sin la presencia de un mísero camarero, para no tener testigos de lo que podemos charlar. Los licores fuertes empiezan a correr, amplificando la lujuria que llevamos toda la velada experimentando. Contemplar cómo las chicas han ido pescando y engatusando a sus presas ha sido muy vivificante.

Las primeras que se retiran a un rincón discreto son mi hermana y la noruega. No pueden beber alcohol, pero se han apoderado de una bandeja de bombones, que engullen entre besos y caricias.

Nadia y Denisse han estado brindando con la morena ayudante de la doctora, una prostituta llamada Ava a la que lleva un par de semanas metiendo entre sus piernas con la excusa del puesto. Pero esta vez, Isabel parece más interesada en las dos más jóvenes del grupo: Patricia y Alexi. Recuerdo que Katrina me dijo algo respecto a los gustos de la mujer: las colegialas son su delirio. Así que la francesa y la colombiana parecen haber tomado el relevo para compartir a Ava, porque le están metiendo mano por todas partes, acodadas en la barra. Ava se retuerce y no sabe muy bien a quien devolver sus besos, superada por el placer que está recibiendo.

En ese preciso momento, me doy cuenta de algo que, hasta ahora, he pasado por alto. Basil está tras el mostrador, como un voluntarioso barman. Se acoda, echando el cuerpo encima, su cabeza muy próxima a la de Juni, que está sentada al otro lado de la barra, en uno de los altos taburetes. Llevan un buen rato charlando en susurros, muy concentrados en sus palabras. Los dedos del maduro Basil acarician los de ella. ¿Se entienden? ¿Es algo puntual o lleva sucediendo desde tiempo atrás? Juni es una mujer hermosa, que ha iniciado los cuarenta. No sería de extrañar que esos dos intimaran y me alegraría por ello. Un búlgaro y una bielorusa, peores parejas se han visto.

Le señalo el hecho a Katrina, moviendo la barbilla hacia ellos. Ella asiente tranquilamente, quizás ya supiese algo. A su vez, me señala al otro extremo de la sala, donde se sienta Isabel y los benjamines. No es que me sorprenda ver a Alexi arrodillada en el suelo y comiéndole el coño a la doctora, que tiene su vestido de noche remangando hasta la cintura, pero no es algo que me esperara tan rápido. La jovencita pecosa le abre las piernas con las manos y hunde su cabeza con un buen ritmo. Arrodillada al lado de la doctora, Patricia apoya una de sus manos sobre la cabeza de su amiga, y la otra alrededor del cuello de Isabel. Se están dando la lengua lánguidamente, de una forma desaforada que me hace babear.

―           Creo que Isabel se va a levantar mañana de muy buen humor – me susurra Katrina.

―           Todo depende de lo que haga con ella esa loca de Patricia – advierto.

―           Oh, descuida, la doctora sabrá lidiar perfectamente con esa joven dominante. Ya lo hacía conmigo. Nunca pude someter a Isabel.

Asiento y empiezo a ser consciente de las manos de Krimea que, a mi otro costado, desliza por mi nuca y espalda, fervientemente. Giro la cabeza hacia ella y atrapo sus gruesos labios. Ella desliza la lengua al interior de mi boca. Sabe a vino y fruta. Sus largas uñas arañan mi pecho, por encima de la camisa. Katrina aún lleva mi chaqueta puesta.

Los dedos de Krimea suben hasta jugar con el nudo de mi pajarita, hasta desatarlo. Luego inicia la tarea de desabotonar la sedosa camisa y abrir un hueco lo suficientemente grande como para meter una mano y pellizcarme dulcemente los pezones y los pectorales. Gimo sin remedio mientras devoro su lengua, consciente de que mi esposa nos observa, al otro lado de mi cuerpo.

Nos separamos, algo jadeantes. La miro a los ojos claros y verdosos y percibo el más puro deseo en ellos. Deslizo la mirada por su cuerpo y acabo dándome cuenta que la raja de su falda revela la mayor parte de sus muslos. Mi mano se dispara con voluntad propia, perdiéndose en la sedosa penumbra de sus muslos. Esperaba encontrarme la humedad en su ropa interior, pero no lleva nada debajo. Dios, algunas veces son taaaan putas… Me vuelve loco.

De repente, las manos de Katrina pasan sobre mi regazo, aferrando las de Krimea hasta conducirlas a mi entrepierna.

―           Sácala de su encierro – le dice, con voz ronca.

Krimea se atarea de inmediato con mi bragueta, desabrochando el pantalón. No importa que los demás puedan verlo todo con solo levantar la cabeza de sus asuntos. La mayoría de los presentes nos conocemos íntimamente y los que no, pues… que aprovechen. A la par que le hundo un dedo en su coñito y acaricio el clítoris con un nudillo, Krimea saca mi miembro a la luz y se afana en él, cebándolo como un animal para el sacrificio. Pronto lo tiene en forma, carnoso y todo lo erecto que puede, pero ella ya está gimiendo como una cerda en celo, las piernas indecorosamente abiertas.

―           Así, bien hecho, mi maravillosa esclava – susurra Katrina, acariciándole la mejilla. Después me mira a mí, con mirada encendida. – Cariño, estoy borracha y muy cachonda, así que si tiene que pasar algo, será ahora, ¿comprendes?

―           Muy clarito, Katrina.

―           Llevo sin tomar anticonceptivos desde que vine de Córcega. Esos cabrones corsos me atiborraban de ellos en la comida – me dice con una mueca. No había pensado en ello, mejor dicho, no he querido pensar. – No esperaba ponerme tan bruta con esta velada, pero parece que las sesiones con Isabel dan su fruto.

La mano de Krimea que sigue acariciando lentamente mi falo, se mueve, tomando la de mi esposa. La atrae hasta empuñar mi pene, casi con miedo. Las dos siguen procurándome el lento sobeo. Ahora es la piel de mi esposa la que me toca, Krimea solo hace presión y dirige el movimiento. Ella sabe perfectamente lo que ocurre. Por un momento, no me atrevo ni a respirar, esperando ese preciso instante en que Katrina se envara y todo se pierde. Pero no sucede. Katrina se limita a morderse el labio y mirarme.

―           Quiero que me folles esta noche. Krimea nos ayudará, ¿verdad que sí, Kri? – La artista asiente sin perder el ritmo, sus labios pegados a mi cuello. – Se acabó tanta tontería y debilidad. Yo estoy viva y ellos rodeados de peces. Quiero que me folles como a esas putas de Elke y Pamela, todos los días, dos y tres veces, hasta que me dejes encharcada de semen y preñada. ¿Lo harás, cariño?

―           Sí, te lo prometo.

―           Aunque me niegue, patalee y chille. Si eso pasa, viólame sin miramientos. Krimea está de testigo.

―           Katrina, eso es excesivo.

―           ¡No! Esa será mi terapia. Un polvazo de los tuyos por cada uno que…

―           Vale, vale, entiendo – la atajo con un gesto. – Pues empecemos ya.

Krimea se ocupa de bajar un poco más mi pantalón y ayuda a Katrina a quitarse el tanga, haciendo que cabalgue mi regazo. La larga falda entallada, gris y rosa, que porta Katrina cubre nuestros sexos desnudos, pero no impide que comience a tragarse mi miembro, centímetro a centímetro. Su coño está tan mojado como el de Krimea y aún más deseoso, así que no se detiene. Gime, murmura, y suspira con cada avance que hace. Nuestros ojos están clavados en el otro, repasando cada porción del rostro que adoramos, cada rasgo que nos define, y con ello, las pequeñas máculas que arrastramos con el paso de la vida.

Cuando Katrina casi ha conseguido introducir todo mi pene, se envara súbitamente. Me temo lo peor, pero ella sonríe y se relaja.

―           Me he corrido – me susurra. – Lo necesitaba.

Y aprieta las manos que tiene sobre mi nuca, para lanzarse a besarme ávidamente. Krimea también aprieta mi brazo e imagino que está sonriendo al ver nuestras lenguas disputando febrilmente la pasión embriagadora. No abandono en ningún momento el abrazo con el que la estrecho, como si su sólo contacto mantuviera alejados esas fobias extrañas que la asaltan. Y, por lo que parece, funciona.

Su mórbido cuerpo empieza a saltar y contornearse, unido a mi entrepierna. Los senos, libres de sujeción bajo los tirantes, se frotan contra mi pecho, una y otra vez, mientras que sus labios succionan y aprietan mi lengua. Krimea está que se sale, clavando sus uñas en mi brazo. Por el rabillo del ojo, puedo descubrir que su otra mano está enterrada entre sus muslos, totalmente abandonada al placer. Ni siquiera se atreve a sugerir que aceptemos sus besos. Es feliz de vernos en plena faena amorosa. Han pasado demasiados meses y se han vertido demasiadas cataratas lacrimales para que todo se fastidie ahora.

―           Necesitamos cambiar de postura – le digo, mientras mordisqueo su labio inferior.

―           Sí… sí… necesito correrme… otra vez… – jadea.

Así que me pongo en pie y ella se sujeta, abarcando mi cintura con sus piernas, todo ello sin dejar de besarme. En esos cortos dos segundos, soy consciente de que la mayoría de los allí reunidos nos están mirando, con sonrisas de todo tipo. Las hay de comprensión, de compañerismo, de envidia, e incluso de curiosidad. No importa ahora, debo preocuparme de algo más urgente.

Tumbo a Katrina de espaldas sobre el mullido sofá. Krimea se ha movido con nosotros, dejándonos sitio. Mi esposa me acoge plenamente en esa postura misionera y la clavo majestuosamente, con orgullo, haciéndola chillar. ¡Cuánto echaba de menos sentir esa tierna carne íntima abrirse completamente bajo mi empuje!

Los dedos de Krimea arañan tiernamente mi nuca. Está de pie, a nuestro lado, mirándonos follar con algo de pena.

―           Mis dueños… – se atreve finalmente – ¿puedo interferir?

―           Mete tu… culo entre… nuestras bocas, putón – masculla mi mujer, bajo el ritmo de mis envites.

Con súbita alegría, la norteamericana se apoya en el brazo del sofá para colocar sus pies a cada lado de la cabeza de Katrina y, entonces, recula lentamente hasta separar nuestros rostros para introducir sus potentes nalgas tatuadas. Su coñito para su ama, su culito para el amo.

Creo que apenas pasa un minuto, aunque no puedo estar seguro, ya que la pasión te suele aturrullar, cuando Krimea comienza a gritar y escupir palabrotas malsonantes en su yankee natal. A través de sus muslos abiertos, puedo ver la boca de mi esposa tragando el chorro de lefa que ha soltado Krimea al correrse. Aumento el ritmo de mi bombeo y meto mi lengua a más profundidad en el dilatado ano. ¡Que no paren de gritar!

―           ¡Voy a correrme! – exclamo al notar el delicioso hormigueo en mi perineo, presto a subir por mi columna.

―           ¡En mi boca! – chilla Krimea.

―           ¡DE ESO NADA, MALA PUTA! – el exabrupto de mi esposa rebota en las paredes, sorprendiendo a todo el mundo, inclusive Krimea. – ¡Se va a correr en mi coño! ¡Para preñarme! ¡ME VA A HACER UNA BARRIGA COMO A LA PUTA DE SU HERMANA!

La única forma de callarla es correrme largamente dentro de ella, hacer que se corra pulsando su clítoris al mismo tiempo. Krimea, que se ha apartado de nosotros, es la que se encarga de ello, sin que le diga una sola palabra. Sabe muy bien cual es su cometido.

Katrina agita la cabeza como una loca cuando su cuarto orgasmo la alcanza, berreando obscenidades que me impulsan a empujar más a cada chorreón de semen que suelto. ¡Joder, qué morbo! Al quitarme de encima, una vez acabada la descarga, Katrina se encoge como un feto sobre el sofá y se mete el pulgar en la boca, durmiéndose en segundos, absolutamente feliz. Le arreglo el vestido y le echo por encima de nuevo la chaqueta, que se ha quitado minutos antes.

Cuando levanto la vista, todos me están mirando. Han dejado de lado sus propios juegos amorosos para contemplar el espectáculo. Mi hermana está de pie, con su mano en la de Elke. Me miran y sonríen, lejos de incomodarse por las obscenas palabras de Katrina, como si supieran que mi esposa ha expulsado por fin los oscuros demonios que la poseían.

―           ¿Qué pasa? – les digo. — ¿No habéis visto a nadie follar?

―           Así no – murmura Isabel, llevando esta vez la cabeza de Alexi entre las piernas de una desesperada Patricia.

―           ¡Pues es lo que hay! Krimea, ven aquí que te voy a dar las gracias como Dios manda – la tomo de un brazo, llevándola a otro sillón, mientras ella se ríe bajito.

Es algo que siempre digo: una inauguración es una inauguración, ¿no?

 

CONTINUARÁ…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s